Blog Cosas que pasan cuando das clase

El síndrome del impostor en educación

19 enero, 2021

Quizás no te suene de nada esto del síndrome del impostor, pero sospecho que has oído hablar de él. No es mortal, aunque requiere de tratamiento y, en ocasiones, no tiene cura.

El síndrome del impostor se refiere a esas personas que no terminan de creerse que hacen algo bien, normalmente muy por encima del nivel medio. La gente les pide consejo, les ofrecen dar cursos, escribir un libro, hablar de todo lo que saben, y ellos y ellas se echan para atrás y dicen que no son quien para hablar del tema, que no saben lo suficiente.

En educación es relativamente fácil dar con profesores que adolecen del síndrome. A menudo son ese grupo que pide formación en distintos temas, que halagan a sus compañeras, piden ayuda cuando son quienes deberían ofrecerla y siempre dudan de estar haciendo bien su trabajo, por más que los resultados y el cariño de su alumnado les diga una y otra vez que sí, que lo están haciendo (muy) bien.

El síndrome opuesto al del impostor es el Dunning-Kruger: gente que cree saber mucho sobre lo que no tiene ni idea y que va dando lecciones a los demás. Ya sabes, el tuitero medio, el listo de barra de bar, tu cuñado en Nochebuena o todos los gurús educativos.

Todos.

Hoy vengo a hablarte del dichoso síndrome del impostor y los resultados académicos de los y las peques. Como maestra de Primaria, pocas veces he tenido la necesidad de hacer pasar a mi clase por un examen externo y pautado por otros, mucho menos sentir la presión de los resultados. Eso es un mundo que los docentes de Secundaria conocen bien por el tema de la EBAU, pero que a mí me pilla de nuevas.

Hasta que llegué a Texas con el programa de profesores visitantes. Y mi modo de ver la vida y dar clase cambió.

Aquí, todos los cursos a partir de tercero de Primaria toman un examen estatal de cuyos resultados dependen muchas cosas. En quinto (el último curso), condiciona si un niño o niña pasa a Secundaria, con lo que te puedes imaginar el canguelo que llevo yo desde que llegué.

Pero además, la media de todas las notas que consiga el colegio en distintas pruebas se usa para ponerle nota a ese colegio. Ya sabes, escala americana: A+, B-, C… Y cuanto más baja sea esa nota, más se mete la administración para corregir lo corregible, más cambios de personal y dirección hay, más caña se mete al profesorado.

Los resultados de los exámenes estatales condicionan la vida del colegio, el presupuesto que recibe, el tipo de profesorado que va a trabajar allí, cómo de vigilado va a estar ese profesorado…

Todo. Los resultados de los exámenes lo condicionan todo.

Te puedes imaginar que el tema se toma muy en serio. A intervalos regulares, se evalúa a los y las peques para asegurarse de que vamos por el buen camino. Se analiza cada pregunta mal contestada para entender por qué y cómo corregirlo, se hacen tablas de los aspectos en los que se ha conseguido peor nota, se observa a las clases que no rinden al ritmo esperado…

Te haces una idea.

El profesorado en Estados Unidos, hoy en día, tiene un peso enorme sobre sus hombros porque una buena parte de la educación pública depende de cómo haga su trabajo. Y no me refiero a la calidad de su enseñanza dentro del aula, sino, literalmente, al mantenimiento de la educación pública como servicio de calidad que alcance a todos los estratos de la sociedad.

Cuando tu clase pasa una de esas pruebas que valora qué tal lo van a hacer en el examen estatal, a ti te dan los siete males. Miras los resultados con mimo y analizas cuánto ha mejorado o empeorado cada niño, piensas en los porqués y en qué has hecho tú para que el resultado sea el que es.

Y aquí puedes ver las cosas de dos maneras distintas. Puedes fijarte en los que han subido mucho y decir «soy un hacha, fíjate cuánto han mejorado». O puedes fijarte en lo que no han subido o incluso han empeorado y pensar «soy lo peor sobre la faz de la tierra, no he conseguido que este grupo mejore, merezco la lapidación».

Por supuesto, los del camino del medio se congratulan por lo bueno y se ponen a trabajar con los que más ayuda necesitan, corrigiendo lo que ha salido mal sin necesidad de lapidarse. Pero esa gente tan equilibrada no abunda en educación (y me hacen sentir fatal, porque soy persona de extremos, ¿vale?).

Soy de la firme opinión —probablemente equivocada— de que este posicionamiento a la hora de mirar los resultados de tu clase te define como docente. Cuando te culpas de los suspensos y les das todo el mérito por las buenas notas, el síndrome del impostor deja asomar la cabeza en tu día a día.

«No soy lo suficiente buena para sacar adelante a quienes más lo necesitan», por más que haya una serie de variables que tú no puedes tocar (como la situación familiar de cada uno, o el nivel socioeconómico, o ponga usted aquí una de las millares de cosas que pueden condicionar el nivel de un peque).

«Cómo ha trabajado esta cría, mira qué subidón ha dado, qué bien va ahora», como si tu presencia en el aula y todo lo que has preparado, las horas que has currado, no tuvieran importancia. Como si hubiera mejorado por arte de magia.

La posición contraria, claro, es culpar al sistema, a la familia, al tiempo, a lo que sea de que tu clase no mejore. Que no es que te falte razón, por supuesto, el nivel de la clase no depende solo de tu forma de enseñar; pero si eres capaz de ver que toda tu clase ha suspendido, culpar al Coronavirus y dormir a pierna suelta por la noche, me alegro mucho por tu salud mental y tu autoestima, pero no te entiendo.

Soy persona de extremos, sí. Soy alguien que cree que su labor en el aula es empujar a los que más les cuesta y dejar que los de delante corran todo lo deprisa que puedan. Cuando no consigo que alguien termine la carrera, la culpa es mía. Igual que un entrenador renuncia si el equipo no consigue sus objetivos, en el aula soy yo quien tiene la responsabilidad.

Si las cosas van bien, es porque todo se alinea y la suma de los factores favorece el crecimiento. Si van mal, es culpa mía, independientemente de qué pase alrededor.

La parte más consciente de mi mente dice que no es cierto. La otra, la que manda, la que me mantiene despierta por la noche, sabe que sí.

Adivina a quién le hago caso.

¿A quién le haces caso tú?


Si te ha gustado este artículo, es muy posible que te guste la oda al síndrome del impostor que publiqué con Plataforma Editorial. En Profe, una pregunta me planteo todas las dudas que me surgen a la hora de dar clase.

Si lo que buscas es una lectura más amena, puedes hacerte con Armarios y fulares y reírte con esta comedia de enredos. O averiguar qué es lo que pasa en un fin de semana entre amigos en Antes de que todo se rompiera.

Gracias por estar ahí. Gracias por leer.

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