Blog El día a día

Tipos de alumnado en Primaria

19 marzo, 2019

Hace unas semanas hablé de los tipos de docentes que hay en las escuelas de Primaria. Como tampoco es cuestión de reírme solo de mis compis, hoy te traigo un artículo sobre los tipos de alumnado en Primaria, mi pequeña venganza (cariñosa) hacia mis alumnitos y alumnitas.

Porque ojo, a esas edades siempre son adorables y cómo no los vas a querer, si no tienen ninguna malicia, pero madre mía las maestras y los maestros, qué pedazo de cielo tenemos ganado.

Hasta para aparcar ese Porsche que algunos piensan que podemos permitirnos sin que nos lo rayen, fíjate.

Tipos de alumnado en Primaria

(y por qué los queremos a todos)

El atemporal: su edad es solo un número

Seguro que tienes más de un niño en sexto a quien a veces te dan ganas de limpiarle los mocos o atarle los cordones de los zapatos. O una niña que disfruta como una enana con los vídeos de Peppa Pig o Dora Exploradora, por más que le repitas una y otra vez que los has preparado para Infantil.

Fijo que tú también has tenido una clase de quinto que te pedía hacer las manualidades que llevabas para los de primero, o que se pegaban por colorear dibujos de La patrulla canina.

Y al revés. Peques en primero que te miran raro cuando les dices que van a colorear una ficha de animales. “¿Puedo buscar información sobre los hábitos alimenticios de las panteras negras?”, me dijo uno un día.

(Contesté que sí, claro. Me daba miedito).

O esa niña que, cuando hablas de los leprechaun y las travesuras que hacen en clase (travesuras que te has pasado media hora preparando antes de que entren, con huellas verdes por las paredes incluidas, y que te va a costar toda la tarde recoger), te mira con gesto serio y te suelta un “no somos niños pequeños, Ruth. No nos puedes engañar tan fácilmente”.

A los seis años.

Los que no pillan la ironía

Lo he contado muchas veces, pero creo que uno de los momentos con el que más aprendí en mi carrera profesional fue el día en el que me di cuenta de que la ironía no es innata.

Estaba en una clase de segundo y un crío no me estaba haciendo ni pajolero caso. No recuerdo qué tenía entre manos, pero debía ser mucho más interesante que lo que fuera que yo estuviera haciendo (que tampoco recuerdo, así que probablemente era un peñazo). Harta de que no me hiciera caso, me acerqué a su mesa con los brazos cruzados.

–Te lo estás pasando bien, ¿no?

–Sí –me soltó él, con una sonrisa de oreja a oreja.

Yo me cuadré y, con la más fiera de mis voces y el gesto más serio que pude, le dije:

–Pues nada, hombre, tú sigue, no me hagas ni caso. Total, solo estoy aquí hablando para que aprendas algo, pero si no te apetece, nada, tú a lo tuyo.

–¡Vale! –dijo él. Y siguió con lo suyo.

Y yo me quedé con una cara de gilipollas que no conseguí quitarme en un par de semanas.

Lección aprendida. No he dejado de usar la ironía, pero ahora me aseguro de hacerlo con quien la pilla.

Que elimina a más del veinticinco por ciento de cada claustro, por cierto.

La despistada

En esta categoría de los tipos de alumnado en primaria hay dos subgrupos. En el primero están las chicas y chicos que parecen estar en las nubes pero luego no lo están tanto.

Y que, lo admito, son los que más rabia me dan.

Una peque de hace unos años, en sexto, no hacía más que mirar mis zapatillas nuevas (y cuando no eran las zapatillas, eran los pendientes, la camiseta, el reloj… Ay, la pubertad, qué guerra da). Daba igual que estuviera explicando algo especialmente difícil que no habían visto nunca: ella no escuchaba y no miraba la pizarra ni de casualidad.

Harta de que no me hiciera caso, eché mano de la famosa táctica pedagógica que tan buenos resultados nos da siempre y tan buen recuerdo deja en nuestros peques: ponerla en evidencia delante de toda la clase. (Sí, lo confieso: a veces también peco).

–A ver, E., que te veo muy centrada, dime. ¿Qué acabo de explicar?

Y la muy jodida me repitió, palabra por palabra y con explicación propia después, todo lo que yo había estado contando.

Por supuesto, el otro grupo es el de los que realmente no se enteran. A estos, dejarlos en evidencia es más complicado, porque cuando les pidas que te digan de qué estáis hablando te sueltan, con toda la tranquilidad del mundo, “no lo sé, no te estaba escuchando”.

La sinceridad infantil, a veces, no mola tanto.

Los que protestan por todo

Conversación ficticia, pero no tanto, en más de una clase que he tenido a lo largo de los años:

–Hoy vamos a hacer una presentación oral.

–Jo, no, vaya rollo, no me apetece nada hablar hoy. Además, no la hemos preparado, y llevamos muy poco tiempo con la unidad, y…

–También tienes razón, vale, hacemos un listening.

–Ay, no, qué rollo. Además, ese CD no se oye bien. Y me duele la cabeza.

–Pues trabajo individual. Os he traído unas fichas que…

–¿Examen? ¿Eso es un examen? ¡Dijiste que no ibas a hacer examen!

–No es un examen, no, tranquilidad. ¿Qué quieres hacer? ¿Ir al patio?

–Uf, no, qué pereza, con el frío que hace…

Os juro que he tenido alumnos y alumnas así. Agotador.

Los que son felices con cualquier cosa

Conversación no tan ficticia con un grupo reciente:

–Hoy vamos a preparar una presentación oral.

–BIEEEEEEN.

–¿Puedo ser yo primer?

–¿Nos vas a grabar? ¡Di que nos vas a grabar!

–No, no, hoy solo vamos a empezar a prepararla. Os vais a poner por parejas y…

–BIEEEEEEEN.

–…tenéis que escribir un pequeño guion que…

–BIEEEEEEEN.

–…va a estar basado en este listening que vamos a hacer…

–¡QUÉ GUAY! ¡UN LISTENING!

–¿Podemos aprendérnoslo de memoria?

–¿Nos pones la canción del otro día para poder cantarla antes de empezar?

–¡Y cuando acabemos!

–¡Callaos, que si no, no vamos a tener tiempo de preparar la presentación!

También juro que he tenido una clase así. Y es más agotadora que la anterior (aunque en otro sentido completamente distinto).

Los duros que no lo son tanto…

El otro día, un crío que se cae más que la red wi-fi del colegio se resbaló y se rasguñó la espalda con el borde de un banco. Tenía que dolerle de veras, porque se le había levantado un buen trozo de piel, pero él no lloraba, solo ponía las mismas caras de dolor que ha visto en los jugadores de fútbol cuando se quejan en el suelo.

(Aunque en este caso era de verdad).

Lo llevé a curar y saqué el agua oxigenada. En cuanto la vio, se le cambió el gesto. “Eso pica”, me dijo. “Sí, pero seguro que menos de lo que te duele. Luego ponemos una tirita y listo, ¿vale?”. Siguió sin llorar, pero su cara de espanto era mucho más natural que la de dolor minutos antes.

Esto es mucho más “divertido” cuanto más pequeños son. No sé quién les ha metido a los y las peques que no se debe llorar cuando te haces daño, pero no pocas veces los he tenido que animar a llorar porque, por alguna razón, se están aguantando cuando tienen que tener un susto del copón en el cuerpo.

…y todo lo contrario

El grito atraviesa la clase como si fuera una sirena que avisa del fin del mundo.

–ANDEREÑO, TENGO SANGREEEEEEEEEEEE.

Te acercas, pensando que se está muriendo, y ves que tiene un punto rojo infinitesimal en el brazo, que ni siquiera es sangre sino una pelusa del jersey, pero el peque ya está en brazos de doña Histeria y no hay quien lo calme. O se ha visto las encías rojas, o ha empezado a sangrar de la nariz por sacarse los mocos, o…

Eso en Primaria. En quinto o sexto.

Y luego están los de Infantil, que también lloran pero no tanto.

¿Qué otros tipos de alumnos te has encontrado a lo largo de tu carrera?

¿En cuál encajabas tú?

Blog Ideas y recursos para el aula

Trabajar el feminismo todo el año: Cómo llevarlo al aula

12 marzo, 2019

Si estás suscrita o suscrito a la lista de correo, este fin de semana habrás recibido el email que mando una vez al mes. En este me he mojado un poco y hablo de trabajar el feminismo todo el año. Porque salir una vez al año a protestar por las situaciones injustas que sufrimos solo por ser mujeres está muy bien, pero si no hacemos nada más, se queda corto.

Cualquier persona de a pie puede hacer su parte para luchar por la igualdad. Tú y yo, como docentes que somos, podemos hacer aún más.

Debemos hacerlo.

Porque, como docentes, tenemos una posición privilegiada en la que un grupo (o varios) de niños y niñas, de adolescentes en pleno proceso de maduración, nos tienen como modelos de conducta. Ya sé que a veces puede parecer que no, que somos el último eslabón en la cadena del respeto, pero te aseguro que tenemos mucha más influencia de la que creemos.

Todo lo que sale por nuestra boca puede afecta a algún alumno o alumna, tanto para bien como para mal.

Una sola mirada, un comentario que no has pensado, un gesto de desprecio o cariño, todo puede hundir o aupar a los pequeños humanos que tenemos delante.

Por eso, trabajar el feminismo todo el año es crucial. En todas las áreas, pero sobre todo en la nuestra.

¿Cómo? No es tan difícil. Solo necesitas tener los ojos abiertos y convertir el tema en transversal.

Dicho así suena imposible, pero de verdad, no es para tanto. Aquí te dejo unas ideas que te pueden ayudar.

Trabajar el feminismo todo el año

Elige los modelos que llevas a clase

Esta es una de las primeras cosas que hacemos siempre, y una de las más poderosas. Es tan fácil como recordar que, a lo largo de la historia, las mujeres lo han tenido muy difícil para hacerse un hueco en su especialidad, ya sea arte, ciencia, literatura o física cuántica.

Vete a cualquier museo de arte clásico y busca mujeres en sus paredes. Como modelos hay cientos, pero con su firma en el lienzo, más bien pocas.

Por eso es importante hacer un esfuerzo y llevar los nombres de estas mujeres silenciadas al aula. En algunos campos vas a tener que buscar mucho, porque han (hemos) sido más ignoradas que en otros, pero vale la pena el esfuerzo. Aunque su contribución no fuera rompedora, aunque solo fuera una gota en el océano del conocimiento, menciónalas. Siempre ha habido mujeres en todos los campos, aunque el trabajo de algunas haya pasado a la posteridad como parte del trabajo de los hombres que trabajaban con ellas.

La limpieza y los cuidados como trabajo de
prestigio

El otro día leí un libro de coaching (sí, también leo estas cosas) que hablaba de lo desesperantes que son las tareas de limpieza. Son necesarias, claro, pero repetitivas e infinitas, y te dan la sensación de haber logrado algo, de haber hecho algo con tu día, cuando en realidad no han contribuido en nada a tu desarrollo humano, a tu realización como persona.

Y mañana va a estar todo igual de sucio, sobre todo si tienes familia o animales en casa.

O pelo largo. O tienes la mala costumbre de cocinar y comer sano todos los días. O de lavarte a menudo. O de… Ya me entiendes.

La autora del libro proponía delegar estas tareas en cuanto te fuera posible, a no ser que seas una de esas personas a las que limpiar les relaja. (Nota: si lo necesitas, en mi casa tienes para relajarte un rato). Ella se refería a contratar a alguien que te limpie la casa, pero a mí me dio por pensar en todos esos Grandes Hombres de la historia que ni siquiera pensaron nunca en coger una escoba pero tenían la casa inmaculada. Esos hombres que no supieron ni que tenían hijos hasta que llegó el momento de formarlos para heredar su empresa.

Esos hombres, al fin y al cabo, que pudieron centrarse en su trabajo de cara al exterior, ese que te realiza, que te da un nombre, que te coloca en lo más alto de la historia, porque una o varias mujeres se encargaban de las tareas invisibles sin las cuales la vida no es posible.

Todavía no he tenido la oportunidad de hacerlo, porque hace muchos años que no soy tutora y creo que esto es algo para hacer como unidad didáctica un poco larga, pero me muero de ganas por crear una unidad de Historia en la que se mencione a las mujeres que había detrás de esos grandes inventores. O las labores ajenas a su campo de investigación que tuvieron que hacer las mujeres que incluso así llegaron a donde llegaron.

¿Hasta dónde habría llegado Benjamin Franklin si no le hubieran limpiado la casa, hecho la comida, lavado la ropa? ¿Qué hubiera sido de Freud? ¿Se lavaba Napoleón sus propios calzoncillos? ¿Tendríamos el conocimiento que tenemos hoy en día si esos hombres hubieran tenido que pasar parte de su día limpiando o criando a sus hijos?

Ya me contesto a mí misma: NO.

Llena tu clase de mujeres

Y lo digo en sentido literal.

Invita a mujeres que destacan en sus campos, y si no destacan, también. No hace falta que sean premios Nobel, seguro que a tu alrededor hay mujeres que se han hecho un hueco en su especialidad. Y no tiene por qué ser una especialidad típicamente masculina, puede ser cualquiera.

Una pastelera que ha montado su propia tienda de productos sin gluten ni alérgenos. Una enfermera del banco de sangre. Una cirujana.

Una artista local. Una arquitecta. Una fontanera.

El objetivo no es que hablen de por qué están ahí “a pesar” de ser mujeres, sino simplemente (SIMPLEMENTE) dar a los chicos y chicas ejemplos de todo lo que una mujer puede hacer, que es exactamente lo mismo que un hombre. Hace ya mucho, cuando era tutora en clase de quinto, una niña me preguntó con cara de susto si las chicas podían ser astronautas. Nunca se le había pasado por la cabeza.

Me partió el corazón. Y ahí fue cuando decidí que iba a trabajar el feminismo todo el año.

Las palabras importan

Este es un tema que, curiosamente, ofende a mucha gente, y de verdad te digo que no entiendo por qué. Todo el mundo ha aceptado la aberración que supone la palabra “gamificación”, pero di “les niñes” o usa el femenino como genérico y se te echan a la yugular como si les hubieras mentado a su madre.

También les molesta el uso de “vosotros y vosotras”, de “niños y niñas”. “Porque no hace falta”, dicen. “En castellano, el masculino es neutro”.

No. Y eso es parte del problema.

Se puede usar un vocabulario inclusivo sin utilizar “elles” (siempre que tengas presente que en tu clase puede haber alguien que no se identifique ni con chico ni con chica) o sin pasarte el día desdoblando femeninos y masculinos, que entiendo que en ocasiones puede ser cansino.

(Soy una cansina, sé que te has dado cuenta. Lo siento, pero no lo siento).

El castellano, como todos los idiomas, es mucho más flexible de lo que creemos. En lugar de escribir en las notas que van a casa el tan machacado “estimados padres”, o incluso “estimados padres y madres”, ¿por qué no decir “estimadas familias”? Así, además, estás incluyendo a todas esas familias que no están formadas ni por padre ni por madre, o que tienen dos madres, o dos padres, o una combinación potente de padres, madres, abuelos, abuelas y familia cercana.

(Creerás que exagero, pero cada vez hay más familias fuera del binomio padre-madre).

Puedes decir “el alumnado” en lugar de “los alumnos” (y “docentes” en lugar de “profesores”). Puedes decir “venga, pandilla, vamos a trabajar”, en lugar de “vamos, chicos, a trabajar”.

Puedes hablar de “claustro”, de la “gente de la limpieza” en vez de “la señora de la limpieza”, e incluso dejar claro que, cuando dices “todos”, te refieres a toda la clase, si te da pereza desdoblarlo. Que no lo tomen como norma, porque no lo es. Las mujeres hemos empezado a no incluirnos en ese genérico y a mí, por ejemplo, me chirría cosa mala y a veces no sé si me están hablando a mí o a mis compañeros.

Que a veces es “compañero”, porque solo hay uno. Y sigue usándose el “todos”, porque él abulta más.

O eso parece.


Hay muchas más formas de llevar el feminismo a clase, claro, pero la entrada me ha quedado ya demasiado larga y prefiero hacer una segunda parte a alargarla demasiado. Lo importante, creo, es tener claro que los tiempos han cambiado, que las mujeres seguimos conquistando espacios pero algunos (y ese masculino no es genérico) no lo ven o no quieren verlo.

El feminismo es una lucha diaria. En el aula también. Y por eso es tan importante trabajar el feminismo todo el año.

¿De qué otras maneras trabajas el feminismo en el aula?

Blog Reseñas

Lecturas recomendadas: Proyecto Bruno

5 marzo, 2019

Qué ganas tenía de venir a hablar de Proyecto Bruno, de la genialérrima Ana Gonzalez Duque (antiguamente conocida como La Doctora Jomeini; si te has movido por la blogosfera en los últimos diez años, la conoces seguro). Tengo casi más motivos para que me guste que páginas tiene la novela, que es cortita pero concentra todo lo bueno que debe tener una historia. Primer motivo: sus personajes. Segundo motivo: las risas. Tercer motivo: sus personajes.

Y ciento y pico motivos más que mejor te voy a ir dando poco a poco, que tampoco es plan.

Proyecto Bruno: Literatura juvenil del siglo XXI

A estas alturas, ya sabes que me pirro por las historias que, sin ser del todo rompedoras o novedosas (aunque mejor si lo son), se apartan un poco de los clichés con los que mi generación creció. Ya pasó la época de Los Hollister, donde el padre besaba a sus hijas y daba la mano a sus hijos (de ocho y once años), o les pedía que cuidaran de sus hermanas. Atrás quedaron libros donde no se veía un personaje no-heterosexual ni de refilón, o donde todas las familias eran normativas (madre-padre, clase media, dos hijos y un gato), se llevaban bien y eran tan blancas como la nieve.

No, por desgracia no ha quedado atrás, lo sé. PERO DÉJAME SOÑAR, ¿VALE?

Proyecto Bruno es una comedia romántica juvenil, y como tal cumple con todas las normas de humor, malentendidos, diálogos rápidos, amistades profundas y, por supuesto, final feliz que exige el género. Pero ahí termina toda relación con la típica comedia romántica, porque en esta novela hay más variedad que en los libros que devoré yo de pequeña (y que me encantaron, no te lo voy a negar).

De qué va

La historia empieza cuando un chico nuevo, Bruno, empieza en el instituto de Elena y Ed, los dos protagonistas. Elena decide, nada más conocerlo, que lo tiene que conquistar y no se le ocurre otra manera que hacerlo que a través del método científico. Empieza a observar a su nuevo compañero, a apuntar todos sus movimientos en un diario y a trazar un plan de conquista.

Lo mismo que yo hacía con las alubias que nos mandaban plantar en un algodón en Primaria pero con un chico, vaya.

Lo que Elena no sabe es que a Ed también le gusta Bruno. Y no lo sabe porque, a pesar de que son amigos desde hace mucho tiempo, Ed todavía sigue sin confesarle a su mejor amiga que es homosexual. Claro que no es el único que guarda secretos, porque por ahí está también Jorge, otro del grupo, coladito hasta las trancas por Elena, que nunca ha visto en él nada más que un amigo.

Como te imaginarás, estos elementos son más que suficientes para hacer que la historia esté repleta de malentendidos y chistes malos.

Por qué recomendarla a tu alumnado

Proyecto Bruno es una historia muy divertida, y con eso basta para que la lean en su tiempo libre. Pero es que, además, tiene elementos que pueden llegar a más de un chico o chica que no se ve representado normalmente en las historias. 

Elena, por ejemplo, es negra, como bien se muestra en la contraportada del libro (que tiene unos dibujos maravillosos, por cierto). ¿Cuántos personajes no blancos hay en los libros a los que suelen tener acceso nuestros chicos y chicas? Alguno hay, pero no muchos (y menos de autoras españolas). Bruno es hijo de padres separados, por eso se ha mudado, y Caro, la cuarta del grupo de amigos, es hija de una pareja de mujeres. Lo mejor de todo es que la historia no se centra ni en el color de piel de los personajes, ni en qué supone tener dos madres, ni en la sexualidad de nadie. Se mencionan con toda la normalidad del mundo, como un rasgo más, y ya.

La historia tiene también su puntito friki, con un duelo sobre quién sabe más sobre Harry Potter para el que Ana González Duque pidió ayuda en Twitter y que me dejó un poco hecha polvo porque no lo sé todo sobre la saga, THE SHAME. Y, por supuesto, muchísimos golpes de humor, un Bruno mucho más completo de lo que te esperas al principio y, como te he dicho antes, final feliz.

Que innovar está muy bien, pero sin final feliz no es comedia. Ya lo dijeron los griegos.

Una pequeña confesión sobre Proyecto Bruno

Aunque ya te he dado una buena lista de motivos por los que me gusta el libro, tengo que confesar un último detalle: lo leí antes de que fuera publicado y estaba deseando que saliera para poder hablarte de él. Cuando llegues al final, fíjate en la página de agradecimientos, que sale mi nombre y AY MADRE QUÉ ILUSIÓN ME HACE. Solo por eso ya se ha ganado un hueco muy grande en mi corazoncito.

Dale una oportunidad, que seguro que se gana otro en el tuyo (y en el de tus alumnos).


Puede que hayas llegado hasta aquí porque te gusta la comedia romántica con personajes que se salen un poco de la norma, como Proyecto Bruno; si es así, que sepas que yo también tengo uno que es más que probable que te guste (y que te arranque un par de carcajadas).

Si estás aquí porque te interesa la educación, también tengo este otro para ti. Y si lo que quieres es seguir las novedades que te cuento en el blog, leer un artículo extra al mes y recibir algún que otro regalito, puedes suscribirte en el cajetín de aquí abajo.

Qué de cosas, madre.

Blog Humor

Tipos de docentes más comunes Primaria

19 febrero, 2019

Llevo una temporada en la que no hago más que quejarme, así que me vas a permitir que hoy me ría un poco. Quizás lo haga a tu costa, porque el artículo de esta semana va de tipos de docentes y lo mismo te ves reflejada en alguno. Do not panic, que diría aquel: yo también estoy (a ver si adivinas quién soy, lo he puesto muy difícil). Si no supiera reírme de mí misma, no me atrevería a reírme de los demás.

Pero de buen rollito, en serio.

Por supuesto, las categorías están basadas en mi propia experiencia y se centran, sobre todo, en lo que he visto en Primaria. Si quieres desternillarte con los tipos de docentes en Secundaria, echa un ojo al libro de Nando J. López. Ya me darás las gracias más tarde.

Tipos de docentes más comunes en Primaria

La profe-mamá

La has tenido, tanto de profesora como de compañera, y lo sabes. Es esa mujer que nunca levanta la voz en clase y a la que le da cosa castigar a los peques porque “no es para tanto”, aunque los haya pillado haciendo pintadas en el baño. La profe-mamá habla con ellos y ellas, les dice lo dolida que está, les perdona todo y tolera con normalidad un nivel de ruido y desorden en clase que sería constitutivo de delito en algunos países.

Cuando le tocan cursos bajos, es una profesora adorada por los y las peques; cuando le toca dar quinto y sexto, su clase también la quiere mucho, pero eso no evita que le tomen el pelo como les da la gana. Las familias no se explican cómo sus hijos e hijas se portan tan mal ahora, si el año pasado nunca recibieron ninguna queja.

Quizás porque estaban con…

La sargenta de hierro

(Nota: aunque la RAE no lo acepta y, para variar, dice que es “la mujer del sargento” o tiene connotaciones despectivas, yo uso “sargenta” simplemente como femenino de “sargento”. La connotación, que se la ponga quien quiera).

Da igual en qué curso dé clase, aunque suele estar con los mayores: en el aula no se oye ni una mosca. Nadie se porta mal, nadie pestañea, nadie levanta la cabeza del libro. No suele tener problemas de comportamiento porque una sola mirada disuade al gamberro de liarla parda.

En su clase no se habla de lo que ha pasado en el patio, ni se arreglan problemas que se puedan traer de la calle. Su función es asegurarse de que aprendas, y vas a hacerlo por las buenas o por las malas. A la mínima, abre un parte o llama a casa. Las familias no se quejan porque, admitámoslo, también les da un poco de miedo.

Quizás le hayas oído decir aquello de “pues a mí me trabajan” en las reuniones de evaluación. Como para no. Si hasta cuando lidera ella la reunión prestas atención, porque te acojona.

La fichas

Da igual qué tema esté trabajando, qué asignatura dé o cuál sea su objetivo: ella quiere fichas. Si vienen de una editorial para presentar un nuevo material, ella va a preguntar por el libro de ejercicios y si es fotocopiable. Si estáis haciendo una unidad especial sobre la violencia de género, va a pedir fichas; si es una actividad sobre la paz, fotocopiará una paloma para colorear. Su lema: si no producen algo, lo que sea, no están aprendiendo.

¿Religión? Fichas. ¿Inglés? Ficheishon. ¿Euskera? Fitxak. Todo lo que no está clavado al suelo es susceptible de ser fotocopiado y convertido en…

Fichas, he dicho. Fichas.

La proyectos

Enemiga mortal de la anterior.

Bueno, mortal igual no, pero no dejes grapadoras sobre la mesa si se sientan juntas en una reunión. No, tijeras tampoco. Qué demonios: no dejes que se sienten juntas en una reunión.

Esta no quiere ver una fotocopia ni en pintura, a no ser que sea para pegarla en la pared con las instrucciones del proyecto.

Es capaz de diseñar una maqueta para aprenderse el abecedario. De usar un mapa en clase de música. De hacer que los niños y niñas no se sienten en toda la mañana, sin crear caos ni dejar de trabajar.

A principio de curso, su clase suele ir a casa diciendo que no han hecho nada. A final de curso, son los que mejor controlan el currículum de Geografía de todo el colegio y los únicos capaces de replicar un poblado íbero con palillos y plastilina.

La reconocerás porque en las reuniones de evaluación dice aquello de “conmigo se porta bien”. A lo que “La Fichas” responderá (seguramente por lo bajini): “Cómo no se va a portar bien, si se pasa la hora jugando con el pegamento”.

Sepáralas, hazme caso.

La tecnológica

Tiene una app para cada ocasión. No importa qué se te ocurra, ella sabe cómo hacerlo con el ordenador. ¿Pasar lista? Hay una app. ¿Exámenes molones? Por favor. Dale un enchufe, una conexión a Internet y un cacharro con un chip y te dará la clase del siglo.

En la escuela pública, este tipo de docente escasea por razones obvias.

El año pasado nos deshicimos en el cole de varios ordenadores de este tipo. Me gustaría que esto fuera broma. De verdad.

 

La obsesionada con el libro

Su objetivo en la vida es terminar el libro. Caiga quien caiga, arda lo que tenga que arder.

¿Carnavales? Vale, pero a última hora hacemos Mate, que tenemos que terminar el libro. ¿Último día de clase? Nos quedan diez páginas del libro de Lengua. ¿Simulacro de incendios? No, nosotros no salimos, que hay que hacer esta página o perdemos el ritmo y mañana toca hacer dos.

Si por cualquier cosa se retrasa, manda deberes. No importa que no se haya dado todavía, que no sepan hacerlo, que no entre en el currículum de ese año: si está en el libro, hay que hacerlo.

Si le preguntas, te dirá: “Los libros cuestan un dinero, a ver cómo les explico yo a los padres que no lo hemos terminado”. Aunque todavía no haya conocido a un solo padre, madre, abuela o tutor legal que se haya quejado por dejar el último tema sin dar. En 22 años.

La guay

La profe guay suele ser joven, dinámica, millenial y un poco laxa con las normas, aunque no llega al nivel de la profe-mamá. Los y las peques quieren ir con ella a todas partes, quedarse en clase a la hora de patio, bajar con ella de la mano hasta la puerta de salida (incluso los de sexto).

En su versión más común, es la estudiante de magisterio que viene a hacer las prácticas y los niños y niñas saben que va a decir sí a todo lo que le propongan o le pidan.

La de infantil que se pasó a primaria

La reconocerás porque es la que les suena los mocos a los de sexto (sí, también al repetidor que ya tiene trece años y sombra de bigote) y la que dice a su clase que los de tres años se portan mejor y saben sentarse sin dar tanta guerra.

(Mentira. Mentira, mentira, mentira. Pero su clase no tiene por qué saberlo).

A los dos años de cambiar de etapa, más o menos, pueden pasar dos cosas: que no entienda cómo ha sobrevivido tanto tiempo en Infantil o que le ruegue a la inspectora, de rodillas y llorando, que la deje volver con los monstruos de cuatro años. Al menos con ellos no se le descuajeringa la espalda cuando los coge en brazos.

La de inglés

La reconocerás porque… porque…

La reconocerás. Seguro.

San Patricio: el Halloween para adultos, en el que en vez de caramelos se reparte cerveza negra. God bless St. Patrick’s Day!

¿Qué otros tipos de docentes conoces tú?

¿Con cuál te identificas más?


Si te ha gustado este artículo, puede que también te guste este libro sobre educación en el que cuento aún más cosas sobre cómo es dar clase. O quizás te apetezca leer una novela con uno de esos profes guays, aunque ni es millenial ni da clase en Primaria.

También puedes suscribirte para recibir materiales, información o artículos extras una vez al mes. ¡Prometo no ser pesada!

 

Blog Recursos TIC

7 herramientas TIC que necesitas usar YA

13 febrero, 2019

Qué olvidadas tengo las herramientas TIC últimamente. Como este año no tengo opción de usarlas, se me olvida siempre esta sección, y es una pena porque anda que no hay cosas ahí. Para usar con los y las peques, para crear material… Para todo.

Así que hoy te dejo un pequeño “medley” y así me perdonas un poquito por no haber tocado este tema en meses.

¿Vale? ¿Porfa?

Herramientas TIC: De todo y para todos y todas

Herramientas TIC hay miles (millones), pero no todas nos vienen bien en todo momento. Además, el hecho de que haya tantas es un factor que agobia bastante (al menos a mí). Por no hablar de que es imposible recordarlas todas, aunque en el momento en que las ves digas “qué buena herramienta para trabajar X en clase”.

O igual soy yo, que tengo memoria de pez.

Por eso las he dividido en dos: herramientas TIC que veo apropiadas para el alumnado y otras que quizás sean más adecuadas para el profesorado. Por supuesto, puedo equivocarme o puede que tú veas una utilidad distinta. Ya sabes que las herramientas dependen de quién las usa y para qué, no de quien las crea.

Un último apunte antes de entrar en faena: no pienses que me paso la vida delante del ordenador buscando y comparando herramientas TIC. Llevo ya varios años asistiendo a una formación genial de la mano del Berritzegune (consultoría para profes) de Vitoria y todo lo que sé se lo debo al equipo de IKT y a nuestro profe, Sergio Tejero, que es el que mete las horas de verdad. Mila esker, Sergio!

Pero vamos ya al lío.

Para el alumnado

Una que me gusta mucho y con la que se pueden hacer cosas muy divertidas es Caption Generator, para poner subtítulos. No te hace falta bajar ningún vídeo, solo meter la url de cualquier vídeo de YouTube e incluir los subtítulos que quieras. Puedes usarla como ejercicio de traducción en clase de Inglés o tu lengua cooficial, pero también puedes crear cosas muy divertidas. El vídeo de Hitler se presta a las interpretaciones más graciosas. Siempre que no sepas alemán y te enteres de lo que está diciendo de verdad, claro.

Ya te hablé en esta otra entrada de Symbaloo, una forma de guardar los favoritos en la web y así poder acceder a ellos desde cualquier ordenador. Viene muy bien para hacer trabajos y guardar páginas de referencia que les interese. Además, pueden acceder a tableros de otras compañeras y así dividirse mejor las labores. O aprobar con el sudor ajeno, ya sabes cómo va esto.

Genially es una herramienta que ha venido a quitarle el sitio a Power Point (menos mal) e incluso a Prezy. Con una imagen estática, puedes hacer maravillas, y si se lo enseñas a tus peques puedes tener unas presentaciones de lo más elegantes. Nada de cartulinas con fotos mal recortadas (aunque tampoco hay nada de malo en eso, ojo).

Para el profesorado

Como ya te he dicho antes, puedes enseñar estas herramientas TIC en clase y dejar que las utilicen para sus presentaciones, pero aquí te las pongo pensando en cómo puedes usarlas tú.

Una muy chula es Classroom Screen, una pantalla para la pizarra digital donde cuentas con distintas herramientas (un reloj con cuenta atrás, una ruleta para hacer sorteos, un semáforo para… Da igual, nunca van a hacer caso al semáforo). Luce mucho (por si quieres usarla en la reunión de principio de curso) y es muy práctica. Lo mejor: no necesitas registrarte y viene en muchos idiomas. Lo peor: no puedes registrarte y no se guarda lo que haces de un día para otro.

Otra app, esta vez para el teléfono, es Screen Mirror, que la última vez que miré no estaba en la Apple Store pero sí en Google Play. Con ella puedes mostrar lo que tienes en el teléfono o la tablet en la pantalla digital, y puede venir muy bien si, por ejemplo, estás explicando una actividad para la que necesitan el móvil, o tienes un vídeo que no has podido pasar al ordenador, o… miles de usos, no te lo voy a explicar todo.

Plickers es un clásico ya, pero no deja de ser efectivo, y tengo comprobado que funciona bien hasta con el profesorado (nos echamos unas risas cuando lo expliqué en el claustro). No plastifiques los códigos y asegúrate de tener buena luz para poder leerlos.

Si tienes fichas antiguas que quieras reutilizar de forma digital, Live Work Sheets te permite convertir un pdf en un ejercicio que hacer online que, además, se autocorrige (¡¡SÍ!! ¡¡POR FIN!!). Eso sí, ojito con el copyright porque ya ha habido alguna que otra denuncia por parte de editoriales que han encontrado sus libros pirateados ahí. La versión gratuita tiene un límite de uso y de alumnado que puede acceder. Echa un ojo a los tutoriales, porque tiene un montón de ideas que puedes usar.

 

Hay más, muchas más, pero no es cuestión de agobiarte con todas ellas. Si eres, como yo, el tipo de persona a la que le gusta trastear y probar antes de saltar al vacío y llevarlo a clase, tienes para entretenerte un rato. Lo que te va a faltar es tiempo, como suele pasar. Es el mal de nuestros días, me temo.

¿Qué otras herramientas TIC usas tú en clase?

¿Cuáles recomiendas?

 

Blog Reseñas

Lecturas recomendadas: Los nombres del fuego

6 febrero, 2019

Si das clase en un instituto (no te digo ya si tu asignatura es Literatura), seguro que te suena el nombre del autor que traigo hoy al blog. No es la primera vez que hago una reseña de un libro de Nando López, aunque la vez anterior iba más dedicada a los docentes que a nuestros peques. Esta vez, con Los nombres del fuego, lo que pretendo es traerte un libro que puedas recomendar a tus monstruos cuando te pidan opinión sobre un buen libro para leer en su tiempo libre.

O, mejor todavía: para llevarlo al aula como lectura obligatoria. Así conseguirás que ese concepto deje de estar relacionado con libros, digamos, de otro pelo y te los ganas seguro.

Momento perfecto para colarles El Conde Lucanor sin que se den cuenta, MUAJAJAJA.

Los nombres del fuego

Su autor

Lo confieso: siento debilidad por Nando López. Creo que lo sigo en todas la redes sociales en las que se mueve y me encantan los posts que publica en Facebook (que, si sigues mi página, me habrás visto compartir alguna vez) y sus hilos en Twitter (donde ídem lo anterior). Lo conocí a través de la cuenta que creó para Dilo en voz alta y nos reímos todos, libro que tienes que leer sí o sí si das clase en secundaria (para primaria también se aplica), y me enganchó por su implicación con su trabajo (es profe de secundaria, aunque en este momento no ejerza) y todo lo que hace por la visibilidad del colectivo LGTBQ+, tanto en sus libros como en sus redes.

Aparte de literatura juvenil, Nando también escribe teatro y el año pasado tuve la suerte de ver La edad de la ira aquí, en Vitoria. Es uno de esos autores que aspiran a arruinarme y quitarme horas de sueño porque no hace más que sacar libros que NECESITO leer. Tengo un ojo echado a Nadie nos oye y sé que hay una obra de teatro para primaria que está a punto de salir y tendré que llevar al cole porque cómo no hacerlo.

La historia de Los nombres del fuego

Abril y Xalaquia son dos chicas de dieciséis años con muchas cosas en común y, al mismo tiempo, muy distintas. Una vive en Madrid del siglo XXI, con los problemas y preocupaciones de una chica de esa edad en nuestro tiempo (divorcio de sus padres incluidos). La otra, en Tenochtitlan y en el siglo XVI, tiene que hacer frente a ser mujer en un mundo de y para hombres, a un matrimonio concertado por su padre, a la llegada de los invasores españoles y a la magia de una tierra que está a punto de cambiar todo su mundo. Esto último es lo que más las une. Porque ninguna de las dos lo sabe todavía, pero ambas son parte de esta magia.

En esa aventura y ese viaje las acompañarán sus amigos, entre ellos Marina y Nico. Los dos tienen sus propios fantasmas y mucho trabajo que hacer para lograr poder ser quienes quieren ser. Porque, como bien dice la página web del libro, todos los personajes “tienen ganas de ser. De serlo todo. Y de serlo ahora”.

Temas

Demasiados para nombrarlos todos, pero voy a intentar resaltar los  más importantes. O los que más al ojo me dan a mí, vaya.

En este libro se nota el contacto que tiene Nando con los adolescentes, porque sabe reflejar muy bien lo que se siente con esa edad (y te hace volver a vivirlo, quieras o no). El personaje de Abril podría ser cualquier chica que te cruzas por la calle, por lo bien escrito que está y lo reales que son sus preocupaciones y sus formas de actuar. Por no hablar de lo bien que muestra lo que significa ser una CHICA adolescente, con todo lo que ello supone en este mundo que, lo siento, cada vez me parece más machista.

Como en todos sus libros, la visibilidad de los personajes LGTBQ+ es uno de los aspectos que más destacan, y sé que es lo que más llama la atención de muchos de sus lectores (y la mayor razón para llevar este libro al aula). Nico es un personaje más y su sexualidad es importante, sí, pero no condiciona su forma de actuar y no es lo único que lo define. Me parece increíble que no haya más libros dirigidos al público juvenil que no tengan personajes así.

Y luego está el romance, claro, algo que no puede faltar en una novela con personajes de esta edad. Y la magia, y el uso de las nuevas tecnologías, y… No te cuento más, porque corro el peligro de hacerte un spoiler y tampoco es eso.

Edad adecuada para leer Los nombres del fuego

Ya he escrito más veces por aquí que no soy fan de etiquetar los libros por edades. Creo que es más adecuado aconsejar uno u otro libro teniendo en cuenta lo mucho o poco que lee la persona que te lo pregunta, o qué tipo de libros le gustan.

Si es un libro demasiado complejo para su edad, entenderá solo lo que sea capaz de absorber; y como creo que no hay temas que deban estar prohibidos en la literatura juvenil (o ninguna otra), no veo ningún motivo para seleccionar libros porque puede haber cosas que no vayan a captar todavía.

Si es demasiado para ellos y ellas, lo dejarán. Y si lo terminan, es que no era demasiado.

La experiencia que tuve con Los nombres del fuego en concreto me reafirma en esta opinión. El año pasado daba Lengua en sexto y teníamos clase el viernes a última hora de la tarde. Como comprenderás, a esa hora no me iba a poner hablar del sujeto y el verbo, ni del emisor y receptor, así que nos dedicábamos a hablar de libros.

Era mi hora favorita de la semana. Más que la de salida, fíjate lo que te digo.

Uno de esos viernes, una niña de clase me trajo un libro porque estaba convencida de que me iba a gustar. No acertó del todo, aunque la aventura era chula y tenía una protagonista fuerte y decidida, pero se notaba que era un libro que pretendía ser una novela seria escrita para niños, algo que no me gusta nada. La historia tenía una pequeña similitud con la de Xalaquia y Abril en que las protagonistas eran dos niñas en distintas épocas. Y, como sabía que esta cría leía (lee) de todo, pensé que igual le gustaba el de Nando.

El viernes siguiente, con todas las dudas del mundo porque se lo estaba dando a una niña de solo 11 años, le llevé mi ejemplar de Los nombres del fuego. Le dejé bien claro que podía ser demasiado, que igual no le gustaba, que no pasaba nada si no se lo leía, que…

El lunes me lo devolvió a las 9:30. “No he podido parar hasta terminarlo. ¿Tienes más como este? ¿Hay segunda parte?” La historia de Abril no le había gustado nada (demasiada trama romántica para su edad), pero la de Xalaquia le había encantado.

Y con eso se quedo. Pero se leyó un libro de trescientas páginas en dos días.

Así que no te voy a decir a quién se lo puedes recomendar, aunque ya sabes lo que digo siempre: léelo tú primero para poder hacerlo con conocimiento de causa. Que mirar el catálogo de la editorial y recomendar solo por la portada no tiene ninguna, pero ninguna gracia.



Soy muy pesada y siempre te digo lo mismo, pero sabes que, si te gustan los artículos del blog, puedes suscribirte a la lista de correo y recibir, además de los que publico para todo el mundo, uno extra al mes. A veces hablo de lo que leo, otras de cómo está el mundo de la educación y otras hasta sorteo libros.

Porque sí, también tengo libros. Uno para profes, aunque puede gustarle a más gente (y, si no me crees, echa un vistazo aquí). Otro, para pasar un fin de semana entretenido (te va a costar leerlo menos que a mi alumna Los nombres del fuego). Y, si ninguno te atrae, siempre puedes echar un ojo a las recomendaciones de libros en la sección de Reseñas del blog.

¡Felices lecturas!

 

 

Blog El día a día

El valor del archivo y el germen de Profe, una pregunta

30 enero, 2019

Hoy estoy un poco vaga*, así que me vas a permitir que tire de archivo.

(*Definición de “vaga” en esta ocasión: liada con un montón de proyectos que me hacen mucha ilusión y de los que no puedo decir mucho aún por no gafarla, pero uno empieza por “no” y acaba por “vela nueva”. Los otros mejor no los miento, que la lío y luego tengo que llenar la casa de velas bendecidas, por eso de espantar el mal fario, y no es plan).

Otra cosa no tendré, pero artículos de archivo tengo una buena pila. Antes de abrir este blog que estás leyendo, escribí otro durante diez años, de forma muy irregular y muy desordenada, en el que hablaba hasta del tamaño de mis pies (ojalá bromeara). Ya no está a la vista de los mortales por temas de SEO y de vergüenza propia y ajena, pero yo sí tengo acceso a él y de vez en cuando le echo un vistazo.

Me releo a mí misma, sí, qué pasa.

No soy la única que lee sus artículos de archivo, lo sé de buena tinta, aunque es verdad que dicho así suena un poco raro. A veces lo hago porque no recuerdo lo que he escrito y me sorprendo al encontrar ciertos textos (no siempre de manera positiva). Otras, como hoy, porque tras diez años siempre hay algo que puedo reciclar y traer al presente con una buena revisión cuando la creatividad me falla.

A veces, incluso, descubro que el germen de mi último libro ya estaba allí y lo escribí dos años antes de enviarlo a la editorial. Como ahora. Es como el 10 year challenge, pero en formato blog.

¿Te puedes creer que no recordaba este artículo y es casi el índice de Profe, una pregunta?

Así que aquí te lo dejo, para que veas que hace tres o cuatro cursos tenía las mismas dudas que tengo hoy en día. Bueno, alguna menos, que ya se sabe que con la edad, todo aumenta.

Menos la sabiduría. Al menos en mi caso.

De reinvenciones, ensayos y errores

(Artículo publicado originalmente en octubre de 2016)

No sé qué tienen los lunes este año que me dejan literalmente para el arrastre.

Quizás sean las cinco horas de clase, o las dos horas de formación que vienen después, o las compras que suelo tener que hacer siempre nada más salir del colegio porque nunca aprenderé a hacer la previsión de mi despensa bien y siempre me quedaré sin algo en casa antes del miércoles, que es cuando suelo hacer la compra tranquila.

No lo sé; solo sé que este curso los lunes llego a casa sobre las siete y lo único que me mantiene despierta y en posición vertical es la promesa de una cena rica y quizás un par de capítulos del libro que me esté leyendo en ese momento. El año pasado, según salía de trabajar, llegaba a casa, cogía una manzana y los libros y me iba a una hora de alemán. Os juro que no me reconozco.

Y es que empiezo a pensar que estoy haciendo algo mal, que estoy desaprendiendo lo que una vez supe, que no he adquirido ni una sola habilidad didáctica en los últimos veinte años, porque no es normal que mi lista de deseos de Amazon tenga más libros sobre educación que de ficción.

Me estoy haciendo una interminable lista titulada “libros que leer antes de jubilarme para que me sirvan de algo” (no confundir con “libros que leer antes de quedarme ciega”, que tiene mucho que ver con “libros que leer cuando empiece con el Alzheimer” y que probablemente, y al paso que vamos con lo de la jubilación, serán listas bastante parejas en el tiempo) que empieza a tomar proporciones bíblicas. Los libros que quiero leerme abarcan temas relacionados con (pero no limitados a):

  • La inteligencia emocional.
  • La creatividad en el aula.
  • La adquisición de lenguas en un entorno comunicativo.
  • El uso de las tecnologías en el aula.
  • El juego didáctico y su uso en el aula de Lengua Extranjera.
  • Cómo ser maestra y no morir en el intento.

Viendo la lista de títulos, no puedo evitar una profunda reflexión: ¿qué cojones aprendí yo en magisterio si a estas alturas de la película estoy así?

La respuesta es inmediata: aprendí a hacer unidades didácticas, habilidad que solo me ha servido una vez en mi vida (aunque fue para aprobar unas oposiciones, no está mal) porque ya vienen hechas en el libro de inglés/lengua/conocimiento del medio/matemáticas/etc.

Vale, sí, bien, me digo, pero llevas veinte años dando clase, la experiencia es un grado, que se dice siempre. ¿Qué he aprendido yo en veinte años soltando la chapa delante de una pizarra? Veamos:

  • Sé hacer fotocopias con prácticamente cualquier fotocopiadora del mercado (hoy me han puesto una nueva y me he lucido).
  • Sé plastificar las imágenes que encuentro en Google.
  • Consigo, más o menos, que ningún niño o niña se fugue de clase mientras están bajo mi tutela.
  • He aprendido a ser severa sin que mis alumnos y alumnas me odien (que no es moco de pavo).
  • Por fin he conseguido controlar mi mala leche (jajajajaja, no, esta es coña).

De todo lo demás empiezo a pensar que no tengo ni idea.

Cada día que pasa, en lugar de sentirme más segura en mi trabajo, me surgen más dudas.

Pero no porque yo vea que mis alumnos y alumnas no aprenden (lo hacen a pesar del docente, como decía una compañera); no porque no vengan a clase motivados/as y con ganas de hacer lo que les digo; no porque el día a día con ellos y ellas me diga que me estoy equivocando.

Dentro del aula soy la persona más segura de sí misma que existe.

Tengo el don de atraer la atención de veinte niños y niñas de cuatro años, y de no perder en ensoñaciones a niños y niñas de doce. Puedo hacer que una cría que no habla ni inglés, ni castellano ni euskera se interese por lo que estoy diciendo, y conseguir que una niña que no había dado inglés hasta cuarto alcance a sus compañeros y compañeras de clase (y supere a muchos) para cuando llegue a sexto.

Pero ¡ay!, no sé nada de gamificación. No tengo blog de aula, no utilizo las TIC a todas horas, soy severa con ellos y ellas y exijo resultados; pongo malas notas a los que se las merecen (pero no mando deberes, así que los críos me adoran), levanto la voz en clase y pongo negativos si no entregan los trabajos a tiempo.

“¡¿Qué dices, insensata?!”, gritan esas masas que se reúnen todos los sábados para acudir a talleres donde ponen a parir a gente como yo. “¿No has oído hablar de que no hay que frustrar a los niños? ¿No te ha dicho nadie que hay que dejarles escoger la tarea que ellos y ellas quieran hacer en cualquier momento? ¡Y no usas pizarra digital! ¡Y les “obligas” a hablar en inglés! ¡Y sigues un libro de texto! ¡Anatema! ¡Excomunión! ¡De vuelta a las trincheras, y que las dinosaurias como tú desaparezcan!”

Me pregunto si nuestros profesores y profesoras tenían las mismas preocupaciones cuando nosotras éramos crías. Y eso que yo estudié en una escuela bilingüe en euskera en una época en la que el único ejemplo de bilingüismo venía de Quebec, pero no recuerdo que nadie experimentara conmigo.

Ahora, sin embargo, tengo la sensación de que todo es ensayo y error, todo es deprisa y corriendo, todo es “deja de hacer eso y prueba esto otro, que seguro que sale mejor”. No digo yo que tengamos que cerrarnos a las nuevas metodologías (estoy deseando trabajar por proyectos, dar al alumnado la opción de aprender a su propio ritmo, sin tener que estar todo el día sentados y escuchando a la chapas de turno), pero tampoco podemos pretender reinventar la rueda cada mes.

Ya he perdido la cuenta de cuántas horas he metido en casa intentado empaparme de nuevas tecnologías que me sirvan en el aula (cuando ni siquiera tengo pizarra digital en la clase de inglés), de trucos y maneras de dar plástica en inglés, de cómo conseguir que mis alumnos y alumnas amplíen su vocabulario sin necesidad de mandarles deberes (no porque esté de moda no mandarlos, sino porque en muchas casas son inútiles y solo provocan discusiones).

Y estamos en octubre, señoras y señores.

Que como siga a este ritmo, yo no llego a Navidad.

Y eso que me gusta mi trabajo y no me importa hacerlo gratis (si me pagaran las horas que meto en casa, sería millonaria), pero una tiene sus límites. Y sus obligaciones fuera del aula. Que más de un día me he ido de casa sin dar de comer a los pobres gatos por estar pensando en todas cosas, y los pobres mininos no tienen culpa de nada. Si hasta de alemán me he tenido que borrar porque no me da la vida, oigan.

Y claro, a todo esto, la casa sin barrer. ¿Qué voy a cenar hoy?

Blog Ideas y recursos para el aula

Reuniones difíciles: cómo hablar con quien no escucha

23 enero, 2019

Qué difícil es la comunicación. Qué mal se pasa cuando te toca convocar una de esas reuniones difíciles, en las que sabes que van a llover dagas, va a haber gritos, quizás hasta lágrimas, y que estas últimas, como no te andes con ojo, van a ser tuyas a las tres de la mañana en pleno ataque de ansiedad.

Por desgracia, a veces son inevitables. Ya sea en un claustro en el que hay que tratar temas complejos, o con una compañera que no entiende cómo funciona el colegio o, horror de los horrores, con una de esas familias que no acepta nada de lo que le dices sobre su churumbel, el nuestro es un trabajo en el que se necesita tener mucha mano izquierda y saber decir según qué cosas.

Nadie se libra. Te toca cuando tienes una tutoría y también cuando eres especialista. Te toca mil veces más cuando estás en dirección. Una al día, si las cuentas no me fallan.

Y a base de sustos, de disgustos y de muchas lágrimas de ansiedad y de rabia, vas aprendiendo a desenvolverte en esas reuniones difíciles. O no, y lo que aprendes es que tú no puedes llevar la voz cantante y es mejor dejar que la dirija otra persona, contigo de apoyo moral (y espalda ancha para esconderse detrás si hace falta).

Yo espalda ancha tengo. Lo malo es que soy retaca y a la primera hostia voy al suelo, así que aporto mis asentimientos más sinceros y mi apoyo incondicional.

Y el temblor de rodillas al salir de según qué encuentros.

Reuniones difíciles y cómo afrontarlas

A menudo, las reuniones difíciles no se pueden prever. Tú no crees que el tema a tratar vaya a ser grave, o que las personas delante de ti tengan motivos para sentirse atacadas, y de repente te encuentras saliendo del aula y buscando a alguien más alto y fuerte que tú porque tienes miedo de que te suelten un guantazo.

O un claustro que augurabas tranquilo se pone tan tenso que varias compañeras se levantan para insultarse a gritos y hay que separarlas fisicamente.

O en una reunión de evaluación saltan chispas y se dicen auténticas barbaridades que llevan guardándose años y tienen que salir justo hoy.

Pero en muchas ocasiones sabemos que va a ser una reunión compleja porque hay que tratar temas personales. Desde decirle a una familia que su hija va a repetir, a explicarle que tiene necesidades educativas especiales o que su comportamiento no es el adecuado.

Porque con “reuniones difíciles” no me refiero solo a aquellas en las que la tensión hace estallar las pasiones más bajas, sino aquellas en las que es muy importante transmitir bien la información para evitar malentendidos después. Son precisamente esos malentendidos los que crean las situaciones incómodas (y a veces violentas) después.

Siempre en grupo

Si piensas que en una reunión se van a tratar temas importantes (no digamos ya si temes que haya violencia, verbal o física), no la hagas nunca sola. Si eres tutora, haz que te acompañe la PT, la consultora o alguien de dirección. Si estás en dirección, recuerda que sois un equipo y que es mejor que todas oigáis la información de primera mano.

Ten en cuenta que no estoy hablando solo de las familias. Si puedes, trata de reunirte con la Inspección siempre con alguien más de tu centro, por eso de intercambiar notas después y asegurarte de que todas tenéis la misma información. Lo mismo si una profesora ha tenido un encontronazo con un niño/a o con una familia, o para tratar temas con la AMPA. No es solo porque así te aseguras de que habéis entendido lo mismo, sino porque se os puede ocurrir una solución a un problema que quizás a ti sola no se te ocurriría.

Sé que a mí me pasa. En temas del cole, pienso mejor en equipo.

Levanta acta de todo

Y toma tus propias notas. Aunque haya una persona encargada de registrar todo lo que se dice (que debería hacerse siempre, por nimia que sea la reunión), asegúrate de escribir esas cosas que a ti te han parecido importantes y que puede que en un acta “formal” se escapen. Ten también en cuenta que lo que tú dices está quedando registrado en el acta y en las notas personales de los demás, lo que me lleva a…

Sé profesional

Céntrate y haz que se centren. Si es una de esas reuniones difíciles, a veces tenemos tendencia a sacar trapos sucios ajenos o de hace mucho tiempo. “Mi niño se porta mal porque Fulanito lo provoca” debe ser cortado con un “de Fulanito hablaremos con sus padres, ahora estamos hablando de Manolito”. Igual con “hace dos años hicisteis lo mismo para joderme el horario, esto es personal, vais a por mí”. Let bygones be bygones, que diría el otro. No te dejes enredar.

Y cuida tu lenguaje. Aunque con esa profesora que ha venido a ti con un problema tengas mucha confianza, ahora estáis en un entorno profesional y no podéis hablar como lo haríais en un bar. Lo mismo si delante tienes una familia con la que tienes contacto fuera, o si la inspectora, en otro contexto, te cae bien y va de coleguita contigo.

(Por supuesto, hablo de reuniones difíciles. Si es una reunión relajada con gente que te cae genial, sea del estamento que sea, saca el café y las pastas y disfruta de la compañía. Por suerte, trabajo en un centro donde esto ocurre a menudo y no veas lo que se agradece).

Recuerda las reglas de la comunicación: di la verdad, sé concisa y céntrate en el tema. Permíteme que una esto con…

Ve preparada

Si vas a una reunión con la inspectora y tienes que discutir un problema que ha ocurrido en el colegio, que se note que antes de ir a ella te has currado una solución. Lleva la normativa, las leyes, las actas de todo lo que habéis hecho para solucionarlo por vuestros propios medios. Que no te pille en un renuncio cuando te diga “¿y por qué no habéis probado…?”.

Si la reunión es sobre una niña con un problema educativo que la familia no acepta, lleva registros. Cualquier trabajo que hayáis hecho en clase, las fichas, exámenes, su cuaderno, las pruebas y test que se le hayan hecho. Si el problema es su comportamiento, no te limites a decir que se porta mal: sé específica, recoge testimonios (sin decir nombres de menores a la familia, claro), aporta todas las pruebas que seas capaz de aportar.

En ocasiones, ni siquiera un vídeo del querido angelito quemando el colegio va a convencer a los padres y madres de que su querubín necesita ayuda, pero al menos tú tendrás material suficiente para que, cuando el problema pase a inspección o cambie de centro y empiecen las quejas, tú puedas decir aquello de “te lo dije”.

Ten claro que el objetivo no es tener razón

Esto ha sido mi punto débil durante años. Querer quedar por encima en una conversación está muy bien cuando discutes cuál es la mejor serie en Netflix (Breaking Bad, y a callar todo el mundo), pero no cuando intentas que el clima de un colegio mejore.

Si te estás reuniendo con una familia, deja claro desde el principio que el objetivo es ayudar al niño o niña. Si es una compañera, que es para el bien de ella y del colegio. Si es la inspectora, que tú estás ahí para arreglar una situación y lograr que la escuela funcione mejor. En todos estos casos, lograr tu objetivo puede conllevar que tengas que negociar tu postura inicial y llegar a un acuerdo que no encaja con la idea que llevabas a la reunión.

Como dicen ahora los millenials: eso es bien.

Si tras los gritos y las excusas defensivas de una familia a la que le estás diciendo que su hijo es poco menos que un hooligan descubres que en esa casa hay una amenaza de desahucio, que hay malos tratos, que no hay para comer, que uno de los tutores está en la cárcel… igual tienes que olvidarte del castigo y buscar una manera de que la criatura esté, por lo menos, a salvo en el colegio.

Si la profesora de quien te llueven quejas porque no puede controlar la clase y no han dado un palo al agua en meses te cuenta que tiene unos terribles problemas de ansiedad y que el grupo que le ha tocado la supera, en lugar de darle un toque o mandar un parte a Inspección puede ser más efectivo entrar en su clase y ayudarla con estrategias para mantener la disciplina.

Para que la reunión sea efectiva, por tanto, hay que escuchar además de hablar. A veces es necesario escuchar las cosas que no se dicen, que van ocultas entre las defensas que utilizan las familias para negar el problema y echar la culpa de todo al colegio.

Y sí, soy consciente de que a veces algunas familias son impresentables y no hay quien hable porque no escuchan (igual que hay profesionales impresentables en nuestro gremio, que haberlos, haylos), pero tenemos que quedar por encima de ellos en este sentido y saber escuchar. Y si no sabes…

Conoce tus límites

Soy una persona muy nerviosa y tengo el gran problema de que lo que pienso se me lee en la cara, por más que me esfuerce en disimular. También tengo el problema de no controlar lo que digo cuando estoy nerviosa o enfadada, y más de una vez he soltado auténticas barbaridades en estas circunstancias.

Vamos, que yo de mano izquierda en reuniones difíciles, más bien poco.

Lo más parecido a una mano izquierda que tengo es esta. La mía, un poco más pequeña. Igual de inútil que la derecha en reuniones difíciles.

Voy aprendiendo a escuchar y a medir mucho las palabras que digo en según qué contextos, pero sé que tengo tendencia a meter la pata, así que a menudo me callo. Esto, que parece dejar tirada a las compañeras, en realidad ayuda mucho, porque así ellas no tienen que deshacer los líos en los que me meto por bocazas.

Estar ahí, asentir y apoyar a quien lleva la reunión, hacer de moderadora y tomar acta es mucho más útil que decir una burrada, mandar a la mierda a alguien y cagarla. Si no puedes controlar lo que vas a decir, cállate. Mi cara no puede callarse y más de una vez me han dicho un “sí, ya sé que te estoy tocando las narices” que me ha tenido mortificada un par de días; pero puedes achacar eso a su impresión sobre ti, en lugar de darles una frase que te echen en cara cada vez que hablen contigo.

Vamos, que tu cara puede decir “mientes más que hablas, no te soporto y ojalá tengas siempre acelgas para comer”, pero tu boca, no.

Al menor amago de violencia, huye

Ya, parece de perogrullo, pero hay gente que no lo hace.

No digo que esas personas se enfrenten a quien les está amenazando, sino que intentan calmar los ánimos y recular cuando ya es demasiado tarde. La única opción posible en ese momento es levantarse sin dar explicaciones y abandonar la clase; recuerda que en esta reunión no vas a estar sola y no serás la única que se marche, y eso va a descolocar a la persona que se ha puesto violenta.

Sí, puede que ese descoloque suponga una mayor agresividad todavía, pero hay que dejarle claro que estás en un centro escolar y no se permiten actitudes de ese tipo. Y también puede que, en casos extremos, te toque correr o encerrarte en un baño. No sería el primer caso que oigo (por suerte, no me ha tocado nunca).

Tengo una compañera con mucha experiencia en este tipo de reuniones difíciles que es toda una estratega a la hora de organizar dónde se va a sentar cada uno y qué objetos no debe haber nunca sobre la mesa. Siempre hace que la persona agresiva se siente al fondo y nosotras lo más cerca de la puerta posible, y nunca hay nada más agresivo que un folio a alcance de nadie. Un día me tocó estar en una reunión sin ella y me di cuenta, demasiado tarde, de que no había hecho caso a lo de sentarme cerca de la puerta. No estaba sola y no sentí el miedo que hubiera sentido de haberme tenido que enfrentar a esa persona yo sola, pero digamos que no estuve cómoda.

Que levante la mano quien haya sido intimidado físicamente en su trabajo por una persona adulta en los últimos meses.

Qué bien viven los maestros, cuántas vacaciones tienen.

 

Por suerte, este último tipo de reuniones difíciles, las que llevan violencia física incluida, son las menos, aunque ocurren. No está de más prepararse para ellas y tenerlas en cuenta, y ser consciente de la grandísima suerte que tenemos cuando nos vienen a ver esas familias que asoman por tu clase solo para darte los buenos días, felicitarte el año o traer un pastel para las profes porque es el cumpleaños de la peque y se ha acordado también de nosotras. Ídem con las compañeras que te preguntan por tu fin de semana o la inspectora que… Ídem con las compañeras.

Y es que a menudo nos olvidamos de esas reuniones que, por suerte, más abundan: las buenas.


Si te ha gustado este artículo y quieres seguir leyendo, tienes muchas opciones. Puedes seguir merodeando por el blog (cosa que te recomiendo encarecidamente; aquí tienes una entrada sobre cómo hablar de alcohol y drogas con adolescentes,  y aquí otra sobre cómo hablar de la muerte en Primaria e Infantil); puedes suscribirte en el cajetín de aquí abajo y recibir un par de guías estupendas para usar en clase solo por dar tu dirección de email, completamente gratis y fuera de toda carga (te borras de la lista cuando quieras).

O puedes pasarte por tu librería más cercana y hacerte con Profe, una pregunta en la sección de Educación. O descargarte un ejemplar de Armarios y fulares en un solo clic para leerlo ya.

Tú eliges. Será por opciones.

Blog Reseñas

Lecturas recomendadas: La noche del espectro

16 enero, 2019

Prometí que iba a retomar la sección de Lecturas recomendadas para los peques y aquí estoy. Esta vez, con un libro ¿infantil? perfecto a partir de quinto de Primaria (o incluso antes si les gusta leer y no les asustan los libros “gordos”): La noche del espectro.

Solo una nota recordatoria: mi intención con estas reseñas no es que los trabajes en clase, sino que los puedas recomendar cuando alguien te pregunte qué libros hay por ahí que les puedan gustar. O si necesitas incluir algo de literatura fresca en la biblioteca del cole y buscas libros que, seguro, serán un éxito entre la chavalería.

Pero no les pidas un comentario de texto, por favor.

La noche del espectro: Campbell y Cotrina atacan de nuevo

No es verano de verdad si no cae en mis manos uno de los libros de esta saga de Gabriella Campbell y José Antonio Cotrina.

(Tranquilidad. No me he vuelto loca –no más de lo que estaba– ni me he dado un golpe en la cabeza, sé que estamos en enero. Pero este libro me lo leí en agosto y he convertido en costumbre que la gente me mire con cara de susto en la piscina mientras me río yo sola. Hay costumbres peores. Y si no, pregúntaselo al que tuvo que escribir el cartel de “Se ruega no afeitarse las piernas dentro del jacuzzi” en el spa urbano al que fui una vez. True story).

(No he vuelto. Obviamente).

La noche del espectro continúa las aventuras que Fran, Carol y Kang Dae empezaron en la primera entrega, El día del dragón. Los tres son alumnos del Internado para Niños Singulares de Suburbia, un colegio que provocaría la baja inmediata de cualquier ministra de educación (si es que no lo convierte en ejemplo a seguir, que tampoco me extrañaría).

Aparte de los tres protagonistas, en esta segunda entrega volveremos a encontrarnos con los malos malísimos de la primera aventura, solo que esta vez no serán tan malos. Y es que Wayry, la cría de dragón que todo el mundo desea y los tres amigos están mágicamente obligados a proteger (aunque lo harían de cualquier manera, porque son así de majos), es tan poderoso que hasta los seres del inframundo quieren echarle el guante. Esta vez, la tribu de “malotes” ha venido a ayudarles, no a hacerle daño.

Pero claro, después de lo que Miranda, Flamígero Flambeau, el duque Nefastísimo y los tres fénix de idéntico y eterno nombre les montaron la última vez, cualquiera se fía.

Temas que trata

La noche del espectro es un libro de aventuras infantil, así que te puedes imaginar qué tipo de tramas están presentes. Por supuesto, se trabaja la amistad y la fidelidad entre los chicos y chicas, la valentía para defender a los más débiles, el valor personal de cada uno. Temas que ya se trataron en la primera entrega y continúan en esta.

En esta nueva historia, varios de los personajes que eran pérfidos en la primera se resarcen un poco y demuestran que no son tan sumamente malos. Elena Menta parece hasta humana, Flamífero Flambeau no intenta comérselos [todo el rato] y a Miranda terminas cogiéndole hasta cariño (sobre todo al principio, cuando hace de profesora). Me gusta que incluso en una historia infantil y de humor los personajes tengan segundas oportunidades y no sean malos solo porque sí. Es una buena manera de trabajar la empatía y hacerles entender que, a veces, la gente se comporta mal porque lo pasa mal.

Pero vamos, que la historia mola porque es muy divertida, trate los temas que trate. Recuerda que no buscamos que analicen nada, solo que se diviertan leyendo.

Recomendado para…

Cualquiera con un humor muy básico e infantil (o sea, yo misma) y a la vez suficientes años para recordar las películas de los ochenta (o sea, otra vez yo misma).

Porque, aunque es un libro infantil, tiene muchísimos gags dirigidos a los adultos. Los ratones que trabajan para Flamífero Flambeu solo ven películas en VHS y se disfrazan de sus protagonistas, con lo que, de repente, te aparece un ratón en una camiseta interior blanca, descalzo y diciendo una frase que no te destripo pero que vas a identificar enseguida.

El dúo formado por Nefastísimo y Miranda encajaría sin problema en una telenovela o una sitcom americana, y los erizos cantores… Bueno, el humor de los erizos es infantil, vale, pero yo todavía me estoy riendo con una de sus tonadas (y ya estoy viendo que voy a volver a pasar una semana con el “EY, EY” de los condenados, canción que solo he leído y a la que le he puesto música yo misma y madre qué pegadiza es).

Como es un libro de más de trescientas páginas con un puñado de ilustraciones, mi consejo es que se lo recomiendes a niños y niñas acostumbradas a leer bastante. Suele ayudar llevarlo a clase y leerles un par de párrafos; no hace falta buscar mucho para encontrar una escena que les arranque una carcajada.

Pero lo ideal es que te lo leas tú antes. Ya te digo yo que no te vas a arrepentir.


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Para que luego no digas que no tienes nada para leer.

Blog Opinión

Paciencia: el elemento clave en educación

9 enero, 2019

Paciencia. Cuánto hablamos de ella y qué poco la ejercemos en esta profesión. Te lo dice una impaciente de libro, que quede claro.

Y no hablo de la paciencia necesaria para repetir ocho veces la misma cosa, o para decir que no veinticuatro veces cuando dejas ir al baño a una niña, o para no estrangular a esa compañera que llega tarde al claustro por sistema y hace que se repita todo lo que se ha dicho antes de que ella llegara porque no está de acuerdo con la decisión que se ha tomado y quiere volver a discutir los mismos puntos que ya se han rebatido. (¿Se nota que me da mucha rabia que la gente llegue tarde a los claustros y los alarguen innecesariamente? ¿SE NOTA?).

Hablo de tener la paciencia necesaria para dejar que las cosas funcionen. De llevar algo al aula y no rendirte cuando a las primeras de cambio algo sale mal. De entender que esto es un proceso largo y tedioso, y no todo va a salir bien a la primera.

Deja que te cuente una historia, a ver si me explico mejor. Sicilia, 1927. Una atractiva joven cruza la calle hacia…

No, qué va, es de este mes. Pero lo de “atractiva joven” también vale.

Paciencia como virtud general

Hoy toca historia personal.

Tú no lo sabes, a no ser que me conozcas en persona y tengamos cierta confianza, pero tengo problemas de oído importantes. Una pérdida de audición de esas que, últimamente, me impiden tener una conversación en según qué ambientes.

Es un problema hereditario que vengo arrastrando desde hace años y, en la última visita al otorrino, el hombre me puso cara rara. “Oyes a partir de cuarenta y cinco decibelios cuando la gente de tu edad oye por encima de los diez”, me dijo, y yo tuve que pedir que me lo repitiera porque, ironías de la vida, el hombre hablaba para el cuello de su camisa y no le entendí. “Yo empezaría a mirar audífonos. No siempre funcionan y puede que no te sirvan, así que te recomiendo que los pruebes antes”. Me dio el nombre de un par de tiendas que permiten probarlos y me insistió en que, si funcionaban, iban a mejorar mucho mi calidad de vida.

Así que allí me fui, un poco acojonada acongojada porque sabía que los aparatos de marras son caros de narices (mejor dicho, de orejas. Jajaja. Vale, ya paro). De hecho, para ser sincera, una parte de mí quería que no funcionaran y así no tener que gastarme el dineral. Si no conseguía oír bien ni con audífonos, ya no era culpa mía que la gente me tuviera que repetir las cosas ocho veces, pero si no compraba los cacharros por no gastarme el dinero, me iba a sentir culpable.

(Sé que preferir tener una cuasi-minusvalía antes que gastarte dinero en la solución me hace sonar como una idiota, pero así soy. Es lo que hay, soy clase trabajadora).

La técnica de audición de la tienda me hizo una nueva audiometría y me dijo, para mi espanto/alegría, que mi caso era muy sencillo porque oía igual de mal todas las frecuencias. También me alegró/hundió en la miseria cuando me dijo que la mayoría de sus clientes venían por problemas hereditarios y que a la mayoral le funcionaban.

Cuanto más me hablaba, más esperanza tenía de poder reír los chistes la primera vez que me los contaban en lugar de cargármelos al hacerles repetir la última línea sin ganas y sin gracia, y a la vez más me hundía mientras veía alejarse mi jubilación y el último pago de la hipoteca de la casa.

Y entonces me los puso. Y volví a alegrarme y hundirme en la miseria por partes iguales.

Porque aquello era horrible. Oía mi propia voz con eco, que es el sonido más desagradable que ha oído el ser humano (mi voz, con eco o sin él). La mujer me dijo que era normal, que me acostumbraría y que iba a pasar unas semanas sintiéndome extraña porque iba a oír ruidos que nunca había oído antes. Me enseñó a usar una aplicación en el móvil para regular el sonido (tienen Bluetooth, funcionan como auriculares también, ¡soy la mujer biónica!) y me mandó a la calle.

Creí morir.

Cómo puede la gente vivir en este mundo con tanto ruido.

Cómo no hay más asesinatos en masa, más road-rage, más todo lo malo que se te ocurra.

No, en serio. CÓMO LO AGUANTÁIS, GENTE OYENTE.

Pasé un par de días convencida de que no me iba a quedar con los audífonos. Aparte de que el ruido era ensordecedor, uno me rozaba y me hacía daño en la oreja hasta el punto de tener que quitármelo. Como están conectados al móvil, cuando me llaman (aunque lo tenga en silencio) me suena en los audífonos, algo que descubrí por mi cuenta y casi me mata del susto y me cuesta una oreja.

(O un disgusto, porque me quité los cacharros de semejante tirón que podía habérmelos cargado y madre qué dineral. Aunque perder una oreja también hubiera sido un disgusto. Pero mucho menor porque tengo el pelo largo y nadie se iba a dar cuenta, y mucho más barato dóndevamosapararmadredemivida).

Cuando ando por la calle, oigo los pasos de la gente a mi alrededor. Oigo las conversaciones varios metros por detrás de mí, pero no soy capaz de distinguir de dónde viene el sonido y no sé quién estaba hablando ni a qué distancia está.

Los primeros días fueron horribles. Estaba convencida de que no me los iba a quedar.

Hasta que aprendí a usar el filtro de ruido y todos los ajustes de la dichosa aplicación, y pude ponerlo de manera que ya no oía las voces lejanas pero sí a la gente que hablaba conmigo.

Volví a la tienda y pedí que me los ajustaran para que no me hicieran daño.

Descubrí que la música alta de los bares ya no era un impedimento para escuchar a la persona que me hablaba al lado, que no me hacía falta gritar en entornos con mucho ruido.

Que lo que yo pensaba que era mala dicción por parte de según qué personas era mala audición por la mía.

Entendí lo que me dijo el otorrino cuando habló de mejorar mi calidad de vida. Me va a doler el bolsillo, sí, pero que funcione es algo bueno. Muy bueno.

Aunque al principio no lo pareciera tanto.

Paciencia para los cambios en el aula

Y esto me lleva de nuevo al tema de la paciencia en el aula.

Cada vez que probamos algo en el aula, pasa lo mismo que lo que me pasó a mí con los audífonos: quieres que funcione y, a la vez, que no.

Te conviertes en el docente de Schrodingër, sí, aunque lo niegues. Porque salir de tu zona de confort es difícil y cualquier cambio implica adaptación y más trabajo.

Pero quedarte donde estás no es una opción.

Cuando te estancas, empiezas a morir como docente, empiezas a notar el peso del trabajo, te quemas y revientas.

Tú, que te consideras una buena profesional, quieres probar eso que, supuestamente, tan maravilloso es, aunque sepas que te va a costar un esfuerzo importante. El precio a pagar son más horas de trabajo, sobre todo al principio, y te aterra pensar que vas a tener que seguir a este ritmo siempre.

Así que recelas. Te pones a ello. Dudas. Pruebas.

Y al principio no sale bien. El primer proyecto/experimento/visita a la sala de ordenadores/invocación de los espíritus del aprendizaje que llevas a cabo es un desastre. Has perdido el control de la clase, los y las peques andan como pollo sin cabeza por la escuela, te ha aparecido un espíritu maligno en el baño, no tienes el material que necesitas porque no has previsto que fueran a utilizar uranio empobrecido en su maqueta…

Todo sale mal.

Te falta un pelo para mandar todo al garete y volver a decir aquello de “abrid el libro por la página trece” o lo que quiera que hicieras antes (viva Kahoot, la versión moderna de la ficha de toda la vida). Una parte de ti lo está deseando, porque es la metodología que siempre has llevado y con la que estás más cómoda, pero decides no rendirte.

Metes horas. Te traes el segundo proyecto mejor preparado.

Sale un poco mejor, aunque aún hay fallos.

La clase responde mejor. O no, sigue igual de mal o empeora, y sospechas que esto puede que no sea para ti.

En el tercer intento, le has pillado el truco a eso de invocar al diablo, digo, al espíritu del aprendizaje, y va aún mejor.

O sale aún peor, y lo dejas, porque masoquismos los justos.

Pero lo has probado, le has dado tiempo, te has asegurado de que no funciona porque no va con tu clase/contigo, no porque tuvieras un mal día.

Pero cuando funciona, lo sabes.

Te das cuenta de que tienes menos cosas que corregir y de que ya no te cuesta tanto preparar las clases. De que los resultados académicos mejoran un poco (o bajan un poco, que es lo más normal cuando pruebas algo nuevo, pero la bajada no es preocupante); que ese chaval al que nada parecía motivarle viene más contento a clase; que la relación del grupo ha mejorado un pelín. Empiezas a pensar que quizás vayas por el buen camino, aunque todavía hay cosas que mejorar.

Le das tiempo. Termina el curso con el grupo y coges otro nuevo, y aplicas todo lo aprendido. Algunas cosas funcionan mejor que con el grupo anterior, otras peor, y lo vas ajustando.

Y poco a poco, según pasan los años, te das cuenta de que, aunque quisieras, no podrías volver a la metodología que usabas antes porque te has construido una nueva zona de confort donde los niños y niñas aprenden mejor que antes, tú te sientes cómoda y tus horas de trabajo se han reducido.

Pero han pasado años. Lo has probado durante años.

No tres semanas o dos meses. Años.

Como la metodología con la que tan bien te sentías antes de probar la nueva.

Las nuevas modas educativas y la falta de paciencia

Qué difícil es tener paciencia con las metodologías en un mundo en el que todo se queda obsoleto antes de salir.

Cada vez que leo un artículo sobre educación (no te digo ya si está financiado por una gran empresa), hay una nueva cosa que tenemos que probar y no estamos probando, y cómo se os ocurre, sois todos unos vagos.

En los últimos diez años, ha habido más modas educativas que leyes, que ya es decir. Pasamos de los contenidos a las competencias (porque tiene que ser una u otra, no puedes usar las dos; como si pudieras tener competencia matemática sin saberte la tabla de multiplicar, vaya); del aprendizaje cooperativo al flipped classroom; de Montessori a las tabletas y las TIC en el aula.

Todo junto, sin dar tiempo a probar durante un tiempo una cosa u otra, sin evaluar si se está haciendo bien o no, con el aliento de la nueva moda en el cogote gritándonos “YO TENGO LA SOLUCIÓN DEFINITIVA, LA METODOLOGÍA QUE LES VA A ENSEÑAR A TODOS”, cuando sabemos que no es verdad porque no hay una metodología que sirva para todo el mundo.

Voy a repetir esto, aunque ya lo he dicho muchas veces antes, porque para mí es la clave: NO HAY UNA METODOLOGÍA QUE SIRVA PARA TODO EL MUNDO.

Lo único que funciona (a ratos) es la paciencia. La persistencia. El análisis de lo que ha ido bien y lo que ha ido mal, la evaluación de una misma y de tus métodos.

Les decimos a los y las peques que no pasa nada por hacerlo mal la primera vez, que tienen que volver a intentarlo y cada vez lo harán mejor, pero no nos lo aplicamos en el aula (o no nos dejan aplicárnoslo, que no es lo mismo).

Corremos en busca de la varita mágica, creemos que esa nueva idea nos va a salir bien a la primera, y cuando no lo hace, pasamos al siguiente hechizo.

La educación no es un dos por dos es cuatro. La educación es como cocinar: tienes que hacer el mismo plato varias veces para que te salga perfecto. Y lo que a ti te sale muy bien no tiene por qué salirme bien a mí. Igual a mí se me dan bien los fritos y tú eres una experta repostera.

Y tu plato no tiene por qué gustar a todo el mundo, solo a los comensales que tienes delante. E incluso ahí, habrá alguno que prefiera la fabada de la abuela en vez de las patatas panaderas.

 

Volviendo a la historia personal, por si te picaba la curiosidad: he decidido que me voy a quedar los audífonos. Aún me siento incómoda con ellos en algunas situaciones y no termino de oír bien las conversaciones, que es lo que más me agobia.

A veces estoy incluso tentada de quitármelos, sobre todo cuando hay demasiado ruido.

Pero no lo hago, porque he empezado a notar un gran cambio en mi vida diaria y sé que es solo cuestión de paciencia conseguir oír bien en todos los ambientes.

Necesito tiempo para acostumbrarme a ellos, pero sé que lo voy a hacer. Aunque me va a costar, porque es normal. Así que me los quedo.

El hecho de que me dejen pagarlos en cómodos plazos también me ha ayudado a decidirme, no te voy a engañar. Madremíadelamorhermoso, qué caro sale oír bien.


Si quieres ayudar a financiar mis vicios, digooooo, mis audífonos y encima pasar un buen rato leyendo, puedes echar un ojo a los libros que tengo publicados. Por un lado tienes una comedia divertida y amena para el fin de semana de frío que se nos avecina; por otro, un compendio de dudas sobre lo que hago en clase, que parece que después de veinte años todavía no he conseguido aprender a hacer la O con un canuto.

Mis oídos te lo agradecen. Y mis vecinos, que ya no tienen que oír a Miss Fisher a todo volúmen, también.