Hoy voy a ser un poco Gen Z (o Alpha, ya no sé por cuál vamos, pero sí sé que nos hemos saltado la Y, y me parece fatal) y voy a hacer un ranking de cuánto disfruto las tareas docentes. Porque sí, ser docente es mucho más que dar clase y la lista de cosas que hacer parece no acabar nunca (porque no lo hace); y aun así hoy, 29 años después, todavía puedo decir que hay cosas que sigo disfrutando, mínimo, con un 8/10.
Literal, bro. Algunas no me rentan, pero hay otras que me las meto por…
No puedo, no puedo, lo siento. Mola mazo ser joven, tronco, pero mola más todavía haberlo sido y poder contarlo.
Ranking de tareas docentes
Dar clase: 9/10
Me metí en esto porque no me imaginaba haciendo otra cosa que no fuera dar clase y sigue siendo cierto. Me lo paso en grande hablando con mis peques, ideando maneras de explicar que les lleguen y actividades algo más divertidas que las que vienen el libro.
Me encanta cuando preguntan sobre temas actuales, cuando demuestran que algo les interesa, la cara que ponen cuando les doy un dato que trastoca su esquema mental. El subidón de ver que un peque que ha estado sufriendo todo el año por entender un concepto por fin lo entiende es una de las mejores sensaciones.
Por no hablar de que no hay muchos trabajos en el mundo en los que te paguen por hacer el payaso en clase.
Si no le pongo un diez es porque esto es un trabajo y, reconozcámoslo, tiene sus días malos como cualquier otro. Sí, he llegado a casa llorando más de una vez, he planificado la huida del aula al menos una vez al mes durante los últimos diez años y si me tocara la lotería no volvería a trabajar. Pero sé, sin ninguna duda, que no me equivoqué al escoger la profesión que escogí y sé que, si tengo que seguir trabajando 17 años más (diosmíodemivida), mejor que sea en esto.
Tutorías: 8/10
Debo ser una persona muy afortunada, porque puedo contar con los dedos de una mano las tutorías incómodas que he tenido (y me sobran dedos). Lo normal es que de las reuniones con las familias salga contenta y con mucha información que me ayuda a entender mejor a mi alumnado, por no hablar de que el vínculo casa-cole sale reforzado.
(A veces entiendes mejor a tu alumnado porque solo te hace falta ver a la madre o al padre para entender por qué la peque es como es, porque de padres gatos hijos michines, de tal palo tal astilla, la manzana no cae lejos del árbol, etc., tú ya me entiendes).
Cuando empecé en esto, hablar con las familias me ponía muy nerviosa. Hay un cliché muy difícil de vencer en educación, un «ellos contra nosotros» que nos hace pensar que estamos en lados contrarios en un campo de batalla. Ignorar esa división y darte cuenta de que familias y docentes estamos ahí por los y las peques es crucial para que haya comunicación. Y sin esa comunicación y el apoyo desde casa, es imposible hacer bien tu trabajo (por no hablar de la tortura de año que vas a tener).
Soy consciente de que no siempre es fácil. He visto tutorías muy difíciles que yo no hubiera sabido sacar adelante, familias en contra de una maestra, denuncias, amenazas. No me ha tocado nunca y cada septiembre cruzo los dedos para que siga sin hacerlo.
A ver si no la he gafado poniéndolo tan alto en mi ranking de tareas docentes.
Corregir: 2/10
Lo odio. A muerte.
Si no lleva un cero es porque a veces me toca corregir alguna redacción graciosa y puedo ver la creatividad de los y las peques, pero pocas cosas me parecen más horribles que corregir exámenes o ejercicios. Aparte de lo poco útil que me parece, porque solo miran la nota y les da igual lo que tienen mal.
(Estoy en primaria. Los de secundaria repasan todos los ejercicios y arañan cada décima, lo sé).
Soy mucho más partidaria de corregir en clase, y mejor aún, de que se corrijan unos a otros. Boli rojo en mano, buscan hasta el más mínimo despiste y no perdonan cosas que yo paso por alto porque a) no las veo, o b) entiendo que están aprendiendo y les doy cuartelillo. Para el cálculo, les dejo traer calculadoras y comprobar que lo han hecho bien cuando terminan (nunca he pillado a nadie haciendo trampas). Pero a veces no queda otro remedio que corregir y empezar a dudar si esa palabra se escribe con b porque la has visto con v diez veces ya, o si Felipe VI es realmente el presidente de Andalucía.
Participar en el consejo escolar de mi centro: 6/10
Sorprende, ¿verdad?
Siendo sincera, a mí también.
Lo que pasa es que soy un poco (muy) cotilla, y el consejo escolar es el sitio perfecto para enterarte de todo lo que pasa en el cole, el barrio y, si estás en un sitio pequeño, el pueblo entero. A menudo dan ganas de sacar las agujas de punto y hacer “uyuyuyuyuyyyyy” mientras escuchas a la gente discutir o lo que las madres piden al representante del ayuntamiento (con toda la razón del mundo).
(Disclaimer: soy una profesional y nunca cuento lo que pasa en esas reuniones más allá del corrillo del claustro que también asite. Que una es cotilla porque le gusta enterarse, pero guarda secretos como nadie).
Sí es cierto que suele ser después de la jornada laboral, que estamos agotadas y que a menudo solo puedes pensar «me quiero ir a mi casa, me quiero ir a mi casa, me quiero ir a mi casa»; a veces, además, las familias se enredan en temas que poco o nada tienen que ver con la vida del cole (rencillas, fiestas del AMPA, dónde comprar los globos para la graduación de infantil) y se hace un poco pesado.
Pero, a pesar de los años que llevo en esto, participar en el consejo escolar está en la parte de arriba del ranking de tareas docentes.
Burocracia: 2/10
No le pongo un 0 porque hay una miajita de documentos que sí considero importantes (¿se me nota o no se me nota que soy medio andaluza ya? ¡Digo!). Pero el noventa por ciento de la burocracia que hacemos es para salvarnos las espaldas, porque si algo ha cambiado en la sociedad es la desconfianza que tenemos hacia las escuelas.
¿Memoria del curso? Importante, claro. No podemos mejorar si no evaluamos lo que hemos hecho bien y mal. ¿Plan de mejora? Fundamental. ¿Documentación del centro donde se especifica su identidad, su forma de actuar, lo que lo hace distinto a los demás? Sí.
Pero tener que registrar cada pequeña cosa que pasa en el aula, hacer un acta cada vez que nos reunimos aunque sea para hablar de algo que acaba de ocurrir, tener que esperar tres meses para que los especialistas de educación especial comprueben si tus sospechas sobre la dislexia, TDAH o TEA de un alumno son más que sospechas y todas las cosas que me dejo porque solo pensar en ello me provoca taquicardia, no. Por favor, no.
Excursiones: 8/10
Las excursiones son lo peor. Te rompen la rutina, son agotadoras, la responsabilidad de llevarte 25 peques en el autobús es enorme; sueles volver fuera del horario escolar y más de una vez tienes menos de doce horas de descanso antes de volver al cole, siempre hay alguno que se marea en el autobús, al inventor de la canción de la lata de ColaCao habría que apalearlo…
También son divertidísimas. Yo soy la primera que aprende cosas nuevas cuando vamos por ahí (hice a todo mi ciclo meterse dos horas de bus para ir y otras dos para volver porque quería ver el barco de Chanquete); conoces a los niños y niñas de otra manera, también a tus compañeras (a veces para mal, qué le vamos a hacer), y rompes la rutina de la mejor forma posible. Sí, agotan y cuando acaban te prometes que nunca más, pero igual que les pasa a los y las peques, es de lo que más me acuerdo cuando termina un curso.
Eso sí: creo que se ha acabado lo de hacer noche fuera de casa. Y no es por los niños y niñas, sino porque estamos viviendo unos tiempos en los que, sintiéndolo mucho, servidora no se arriesga a terminar en la cárcel.
No olvidemos que esto es un trabajo. Uno que me gusta, sí, pero que no merece mi salud física ni mental.
Por más que en mi ranking de tareas docentes haya más cosas positivas que negativas.
¿Cuál es tu ranking de tareas docentes? ¿Qué es lo que más te gusta hacer en el aula y lo que prefieres delegar? Déjamelo en comentarios, en Twitter o Instagram, a ver si coincidimos en alguna.
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