Blog Fin de curso

5 actividades para la última semana de curso

18 junio, 2018

¿Qué es eso que se divisa por ahí, esa luz al final del túnel en el que todo lo demás es negro? ¿Es el sol, que se digna  por fin a hacer una aparición estelar? ¿Un tren dispuesto a arrollarnos? ¿Un barco de guerra? ¿El coche de los payasos? ¡No! ¡Es la última semana de curso! ¡Julio! ¡El verano!

Jodío, lo que se ha hecho esperar.

Pero el fin de curso ya está aquí, y con él la última semana, esa en la que tenemos tendencia a relajarnos porque ya, para lo que queda, qué más da. Y entonces vienen las broncas, las peleas en clase, los problemas de comportamiento, porque, como bien sabemos los y las que llevamos un tiempo en el aula, cuando las criaturas se aburren la montan parda.

Parece fuera de toda lógica, pero el tiempo libre y las actividades poco guiadas les aburre.

Millenials, que son unos millenials.

Así que, igual que el año pasado por estas fechas, aquí os traigo unas cuantas actividades para poder hacer esta última semana, entre excursión de fin de curso, graduaciones varias y merendolas chupi-guays a las que no debéis olvidaros de invitar al equipo directivo, leñe, que pasamos más hambre que un maestro de escuela. A lo largo de los años las he probado todas y, aunque no puedo asegurar que funcionen con cualquier grupo, os sorprenderá ver a los peques trabajar a estas alturas.

Bueno, trabajar, trabajar… Tampoco nos pasemos.

5 actividades para la última semana de curso

1. ¿Dónde estarás dentro de diez años?

Alucinante pero cierto: escribir una redacción, a veces, les mola. Ni una mosca se oyó el día que planteé este ejercicio en clase, y jamás he visto a nadie escribir tan rápido y con tantas ganas. Alguna me hizo dos páginas en media hora, con eso os digo todo (con aquella letra y aquella ortografía, pero era para leer en voz alta y, qué queréis que os diga, ME RINDO, ¿VALE? No van a escribir las bes y las uves bien en su vida, y qué, HABER SI ME MUERO).

Ojo, que no se te olvide la parte más importante de la actividad: era para leer lo escrito en voz alta. A estas edades (sexto de primaria, me atrevo a decir que los primeros cursos de la ESO también) les encanta compartir lo que escriben. Y me alegra mucho poder decir que, ortografía aparte, sus redacciones estaban muy bien hechas en cuanto a composición y coherencia, lo que cuento como la gran victoria de este curso, que no es poco.

(Nota al margen de profesora orgullosa que quiere hablar de sus peques: sus futuros eran esperanzadores. Ni un Youtuber o jugador de fútbol. Pasteleros, cocineras, astrofísicas y actrices, sí, pero ni un choni. Casi lloro).

(Segunda nota al margen de profesora pobre: Yo también escribí mi redacción, basada en la mayor de las ficciones: “Ya tengo la hipoteca pagada”. Casi me atraganto de la risa. JAJAJ– apiádate de mi y compra mi libro, por lo que más quieras).

2. Cantar y bailar

¿Cuántas ocasiones hemos tenido de aprendernos una canción este curso y cantarla con la clase? Ahora es el momento. Si das inglés, puedes buscar una con letra sencillita y marchosa (los Beatles funcionan muy bien); si das lengua, busca una que cuente una historia con una letra no muy machista, por favor (buena suerte, la vas a necesitar).

En lugar de aprenderla de memoria, podéis organizar una coreografía. Hay miles de ideas  y seguro que no os cuesta nada encontrar una canción con la que terminar el curso.

3. Cuaderno de firmas

Como proyecto de plástica, no tiene precio, sobre todo por lo sencillo que es. Hazles crear una portada bonita (se aceptan collages y distintas maneras de expresión) y, si te animas, ponlos a coser para hacer una libreta con encuadernación japonesa. Si te da la brasa tanta aguja e hilo, limítate a las grapas. Pero por favor, usa una de esas grapadoras especiales para grapar libros, no me seas cutre.

4. Collage de fotos

Nunca es tarde si la dicha es buena, y esta última semana de curso es perfecta para sacar al profesional de la fotografía que muchas y muchos llevan dentro. Manda a dos o tres a sacar fotos por el colegio, imprímelas y crea un póster de recuerdo del año que acaba. Si has sido una persona precavida y ya tienes las fotos hechas, sáltate el primer paso y haz un resumen del año en un mural. También puedes hacerlo en digital, claro, pero a mí este corta y pega casero me gusta mucho (y sé que a los y las peques también).

Como regalo de fin de curso, una foto de todo el grupo plastificada luce tanto como la de un fotógrafo profesional. No lo olvides.

5. Evaluación final

Sí, sé que has dado un salto y te has alejado de la pantalla en cuanto has visto la palabra evaluación. Tranquilidad, que no la tienes que hacer tú, sino la clase. Ya expliqué en este otro post por qué me parece importante, pero sobre todo me gusta porque a mí me ayuda a mejorar y a los niños y niñas les da la oportunidad de sentirse un poco poderosos (sobre todo si el año que viene no van a estar contigo, como es mi caso este año, y pueden ser sinceros). Puedes crear tu propio boletín de notas, con frases graciosas para que no parezca un examen. Espera malas notas ¡y aprende de ellas!

 

Si el curso ha ido medianamente bien, la última semana está para disfrutar. Es el momento de saborear todo el tiempo que hemos invertido en clase y disfrutar de la personalidad de nuestros niños y niñas. Y sí, sé que el cansancio hace mella, que a veces lo único que queremos es sentarnos en la silla en silencio y hacer que trabajen ellos, pero de verdad os digo que así la semana se os hará interminable. Lo sé porque lo he hecho. Y todos los años terminaba más cansada que ahora y de mucho peor humor.

(Ánimo, que ya queda poco).

¿Qué otras ideas tienes tú para la última semana de curso?

Déjalas en los comentarios, que ya sabes que nunca sobran.


 

Un par (o más) de notas finales:

  • Todos los enlaces que pongo en los artículos pueden ser de productos afiliados. Eso significa que, si compras algo a lo que has llegado a través de un enlace desde aquí, yo me llevo un pequeño porcentaje de tu compra (y tú no pagas más).
  • Si te gusta mi forma de escribir, puede que te interese leer más cosas que he escrito. Armarios y fulares está a la venta en Amazon y como lectura de pasatiempo no tiene precio. Bueno, sí, pero es muy barato. 😉
  • Este blog vuelve a llevarse bien con la ley y puedes volver a suscribirte si ya lo estabas antes (y si no, también). Solo por hacerlo recibirás dos guías con actividades que, estoy segura, te serán muy prácticas en clase. Puedes hacerlo un poco más abajo o aquí.

Gracias por leer, comentar y compartir. Si le sacas cualquier tipo de provecho al blog (aunque sea aliviar la espera en el dentista), házmelo saber, que me hace ilusión.

Blog Opinión

¿Alumnado con discapacidades? ¡Sí, gracias!

11 junio, 2018

Si algo define la escuela pública es que en ella entra todo el mundo. No hay exámenes de entrada, ni selección previa del alumnado, ni segregación por origen o nivel socioeconómico (os oigo reír, cabroncetes; sí, ya sé que algunas escuelas públicas no lo parecen a veces, pero en teoría así es). Lleva la diversidad por bandera, una diversidad que abarca no solo lo cultural sino las habilidades de cada niño y niña: lo mismo tienes alumnado de altas capacidades que alumnado con discapacidades, tanto físicas como cognitivas. Alguien nacido en la casa de al lado o recién llegado de un país asiático. Un nativo en la lengua cooficial o recién llegado de Sevilla.

De todo cabe en esta escuela pública. Y, como el caldo de pollo en pastillas, todo la enriquece.

Siempre he creído que la inclusión del alumnado con discapacidades tiene tantas luces como sombras. Sombras, sobre todo, para el propio niño o niña que termina en una escuela sin una clase de educación especial estable, porque los pocos recursos con los que contamos hacen muy difícil que reciba la educación de calidad a la que tiene derecho.

Sí, se les ponen ayudas, profesoras de educación especial, se echa mano de desdobles y se ruega en las delegaciones de Educación para que manden fisioterapeutas, logopedas y todo lo que necesitamos, pero siempre vamos un paso por detrás de sus necesidades. La escuela pública, en el momento en el que escribo estas líneas, está mal dotada para atender a este tipo de niños y niñas.

Pero la presencia del alumnado con discapacidades en una clase trae tantos beneficios para el resto de niños y niñas que, aun a riesgo de sonar egoísta, creo que merece la pena por mucho que pueda mejorarse la atención que reciben. Si lo utilizamos bien, la presencia de una niña en silla de ruedas, un niño sordo o un adolescente con síndrome de Down va a ayudarnos a criar mejores futuros adultos.

No nos hacemos una idea de lo mucho que se trabaja la empatía cuando tu compañera de mesa necesita que la ayudes a bajar en el ascensor. Cuando necesitas usar el lenguaje de signos para comunicarte. Cuando tienes que aprender cómo tratar a alguien que ve y reacciona a la realidad de distinta manera que tú.

Por no hablar de la lección que supone ver sus logros y darnos cuenta de todo lo que son capaces de hacer. Que aprendan, desde pequeños, a no ser condescendientes y a no juzgar a la gente por sus características externas.

En mi colegio, este año, no hay alumnado con discapacidades, pero esta semana los cursos de quinto y sexto tuvieron una visita especial. Hombres y mujeres que trabajan en un taller ocupacional se acercaron a compartir una mañana y estuvieron haciendo un proyecto de plástica con nuestros peques, y yo me escaqueé de detrás de la mesa para poder participar, aunque fuera de oyente.

Tras una presentación que incluyó un regalo (un broche de fieltro hecho a mano que gustó a todo el mundo) y una pequeña explicación de su día a día, se separaron en parejas y tríos y se pusieron manos a la obra para hacer una especie de linterna china con garrafas de plástico. Las profesoras teníamos miedo de que los niños y niñas reaccionaran con recelo o les costara hacer las parejas, y teníamos intención de meter mano para asegurarnos de que los más bocazas no metieran la pata.

No hizo falta. Hicieron falta varios pañuelos de papel para limpiarnos las lágrimas de emoción ante los detalles que vimos, pero intervenir, no.

Desde el primer minuto, las parejas las hicieron sin ninguna ayuda. Un niño de sexto se abrazó a una de las invitadas y estuvieron un buen rato agarrados antes de ponerse con la actividad. El niño tomó el papel de hermano mayor y la ayudó hasta a lavarse las manos. La mujer se fue con una sonrisa de oreja a oreja.

A uno de quinto lo vi paseando con un libro de texto. Al principio pensé que era su manera de pasar del asunto, que no quería tomar parte en la actividad, y lo dejé estar porque no creo que estas cosas haya que forzarlas. Cuando se despedían, me enseñó el libro, orgulloso, y me di cuenta de que había estado consultando el alfabeto de la lengua de signos. Había una sordomuda en el grupo, y él se había despedido de ella deletreando “adiós”. “¡Y me ha entendido!”, me dijo, loco de contento.

Lagrimón. (El mío, se entiende). 

Pero lo mejor fue el crío que se confesó al final de la actividad. “A mí la gente con síndrome de Down me da un poco de miedo, pero estos son muy majos”. Ni él mismo sabía explicarse de dónde venía ese miedo (su madre trabaja en un taller similar al que nos visitó y ha estado en contacto con gente con discapacidad toda su vida), pero su cara de alivio era maravillosa. Le pregunté si le gustaría repetir y me dijo, convencido, que sí.

Al final repartieron besos y abrazos hasta los niños y niñas que no son nada besucones ni cariñosos, y las profesoras tuvimos que contener nuestro entusiasmo por una actividad que no solo salió muy bien, sino que queremos continuar con una visita a su taller. No tenemos el alumnado más formal del mundo; no son los más empáticos (ni los menos), no son los más formales, ni los más mimosos. Pero cuando se les pone ante una situación en la que tienen que demostrar su fondo, nunca defraudan.

Cada vez estoy más convencida de que la maldad se hace, no se nace con ella. Si un niño o niña es cruel, es porque alguien lo ha sido antes con él o ella, no porque “venga de serie”. Cuantos más años paso trabajando con niños y niñas, más claro me lo parece. Y me temo que es tarea de las personas adultas que no lleguen nunca a dar ese paso.

¿Has vivido tú alguna experiencia como esta?

¿Qué opinas de integrar al alumnado con discapacidades en el aula?

Blog Ideas y consejos para el aula de lenguas

Cómo usar el humor en el aula

28 mayo, 2018

El humor es un arma de instrucción masiva.

Llevo tanto tiempo diciendo esto que, si no se me ha ocurrido a mí, he olvidado a quién se lo he robado, así que si el autor o autora original da con este artículo, perdón, perdón, perdón (y dime quién eres para que te pueda citar). Es una verdad tan grande que no entiendo cómo no hay una asignatura en Magisterio sobre cómo usar el humor en el aula. Pero usarlo bien, ojo. Porque el humor, mal usado, te convierte en una persona graciosilla. Y a nadie le gusta tener a un graciosillo dando clase.

Mucha gente se queja de que ahora no se puede ser graciosa o gracioso sin ofender a nadie, porque todo el mundo tiene la piel muy sensible. No estoy de acuerdo. Se puede ser la persona más graciosa del mundo sin insultar de forma individual o a un colectivo en general, y si no me creéis podéis pasaros, por ejemplo, por el blog de Gabriella y ver cómo usa ella el humor en cualquiera de sus artículos. O, sin salir de este blog, por aquí, aquí, y aquí. Será por risas.

Yo uso mucho el humor en clase. Por un lado, porque sé que, cuando cuento una anécdota divertida relacionada con el contenido, los chicos y chicas lo recuerdan con más facilidad y les ayuda a hacer conexiones con conocimientos previos. Pero sobre todo, porque me ayuda a romper esa distancia que siempre hay entre alumno y docente, por muy “profe guay” que nos creamos. Nos hace humanos, nos convierte en seres tridimensionales en lugar de una presencia a quien hay que respetar porque tiene poder. Y esto les ayuda a confiar en nosotros y nosotras, y pedir ayuda si alguna vez la necesitan.

Y eso es crucial.

También es verdad que, a lo largo de los años, me he encontrado gente que cree ser graciosa pero que en realidad da mucha penita. Usar el humor en clase no significa ponerse nariz de payaso y pasarse la hora contando chistes de Jaimito (he ahí un tipo de humor que no debería ofender a nadie en clase). Significa darle la vuelta a una situación, hacerla más ligera con una anécdota o reírte de ti misma cuando metes la pata.

Pero hay normas. Porque sí, es muy fácil meter la pata con el humor.

Cómo usar el humor en el aula sin parecer gilipollas idiota tonta

Si no te sale, no lo hagas

Empezamos por la mayor, la que va a ahorrar disgustos a más de uno y una: si no te sale, déjalo. No puedes usar el humor en el aula si tu carácter es serio por naturaleza. Si eres de las personas que siempre contesta “no lo pillo” cuando te cuentan un chiste, ni lo intentes. Te va a salir forzado, tus alumnos y alumnas no se van a reír o, lo que es peor, se van a reír de ti. Y la gracia de usar el humor en el aula es que se rían contigo y que les sirva para aprender mejor.

A no ser que tu objetivo sea que se rían de ti, claro. ¿Que por qué vas a querer que se rían de ti? Espera, impaciente, que voy.

(Menos si eres de las personas que no tienen sentido del humor. En ese caso puedes dejar de leer ya, si quieres, porque total “pa qué”).

Ríete de ti misma (y deja que la clase también lo haga)

Si hablamos de romper barreras entre docentes y alumnado, nada mejor que reírse de una misma.

Esto ha funcionado así toda la vida. Estás con tu amiga, que se queja de lo mucho que ha engordado los últimos meses, y tú, trozo de bizcocho en mano, tratas de darle ánimos sin que se te note que sí, te has dado cuenta de lo que ha engordado.

—Qué me vas a decir a mí, que el otro día fui a comprar una blusa y la de mi talla casi la confundo con las cortinas del probador.

Tu amiga se va a sentir mejor, porque ver que los demás comparten tus “defectos”, manías, problemas o preocupaciones te ayuda a ponerlo en perspectiva. Y así quizás te ayude con el bizcocho y salves las cortinas del próximo probador.

En clase funciona igual. Cuando cometes un error, por ejemplo, tienes varias opciones: negarlo (“no, yo no he perdido vuestras redacciones, es que tengo tantas que corregir, porque siempre las entregáis tarde, que están en la base de la pila”); pedir perdón (“sí, no sé qué he hecho con la carpeta que me llevé a casa con vuestras redacciones, las he perdido. Ya podéis perdonar. Tendréis que volver a hacerlas”*); o reírte de ti misma (“¿veis mi mesa?, ¿veis ese desastre? Pues están ahí, en algún sustrato en el que aún no he buscado. No sé por qué la llamo “mesa”, cuando en realidad quiero decir Triángulo de las Bermudas”). ¿Con cuál os van a perdonar antes?

Vale igual cuando alguien no entiende una palabra en un texto, o cuando comenten un error leyendo en voz alta, o cuando meten la pata espectacularmente en una definición o un ejercicio. Cuéntales aquella vez que tú hiciste lo mismo, que leíste “albóndiga” en lugar de “alhóndiga”, y claro, no entendías nada. Y si nunca has cometido fallos de este tipo (o no te acuerdas de ellos, porque no me lo creo), te lo inventas.

Pero ríete de ti misma. También es bueno para tu salud mental.

*Por favor, no hagas esto. Si el fallo es tuyo, no hagas que lo pague la clase. No seas ESA docente.

Cuidado con la autoestima (no, la tuya no)

Tengo un crío en clase de sexto que lo sabe todo, y cuando digo todo, quiero decir TODO. Es un coco impresionante, le encanta la historia, los cómics, la literatura, es bueno en todas las áreas. Y es majo, trabajador y tiene un humor adulto que ya me gustaría a mí encontrar en el noventa por ciento de los adultos que conozco.

(Os juro que no me estoy inventando a este niño. Es menor y no puedo daros nombre y apellidos, pero existe. Preguntadme dentro de siete años y os enseño la foto como prueba).

Tal es su nivel que, cuando en una lectura se menciona algún personaje histórico o una zona geográfica que sé que no han estudiado y pregunto quién era o dónde está, la clase entera se gira hacia él. Y a veces no tiene una respuesta elaborada, pero siempre sabe de qué estamos hablando.

Joder, que sabía quién era Gengis Khan y dónde estaba Mesopotamia. QUE TIENE ONCE AÑOS.

Así que, a veces, le tomo el pelo. Porque sé que él sabe que yo sé que sabe (¿eh?), y cuando digo “a X no le preguntéis, que no va a saber”, o “qué mala suerte, os ha tocado X en el grupo, vais a tener que ayudarle”, sé que X entiende que quiero decir justo lo contrario.

X entendería hasta el párrafo que acabo de escribir, fijaos si es listo.

Por supuesto, esto solo lo puedo hacer con X, a quien además conozco desde hace cuatro años. Si eso se lo hago a la cría que le cuesta, la puedo hundir. “No trabajéis con Y, que le vais a tener que ayudar” se llevaría de la clase una mirada de pánico muy merecida, porque hay que ser mala persona para decir algo así. Y son las mismas palabras que he utilizado con X, pero con él sí puedo. Porque es mentira, y él lo sabe.

Para la gran mayoría de docentes, esto es de perogrullo, pero por desgracia no todos lo entienden. No puedes usar un niño o niña como objeto de tus chistes si no estás absolutamente segura de que el chiste no solo no le va a hacer daño, sino que lo va a elevar y va a reforzar los aspectos que se le dan bien. Os sorprendería saber cuánto les afectan nuestras palabras y con qué poco podemos herir (y curar también). Mucho de lo que hacemos o decimos en clase es involuntario, pero ojo con lo que podemos controlar.

El humor es de ida y vuelta

Si usas el humor con tu alumnado, es justo que tu alumnado lo use contigo. Y si no estás dispuesta a aceptar eso, es mejor que no lo uses.

Un ejemplo.

N es una niña con la que te llevas de cine y con quien tienes la confianza suficiente para bromear. La pobre tiene la taquilla hecha un verdadero desastre, y un día te cansas de ver hojas sueltas asomando por todos los rincones y cuadernos con las hojas dobladas por haberlos metido deprisa y corriendo. Te la llevas hasta la taquilla, la mano en el hombro, y se la señalas.

—Puedes hacer dos cosas con esta taquilla: sacarlo todo, ordenarlo y volverlo a meter, o empezar a usar guantes cada vez que metas ahí la mano, porque creo que he visto algo moverse ahí dentro y no era un spinner.

Con un poco de suerte, N elegirá la primera opción. Y un día quizás llegue a clase, se acerque a esa mesa que no has recogido desde el siete de septiembre, la mire y, sin decir palabra, te ofrezca un par de guantes de cocina con una sonrisa maliciosa.

Y tú te ríes, porque tiene razón.

Tira de chistes y anécdotas (e invéntatelas si no las tienes)

A principio de curso, estuvimos hablando de la importancia de las comas. Les dije que algunas comas pueden cambiar el sentido de una frase y es muy importante saber ponerlas bien, y la clase me miraba sin creerse mucho lo que estaba diciendo.

—¿Cómo va a cambiar el sentido? Solo marcan una parada cuando lees.

Y entonces les di el sempiterno ejemplo que aparece en todos los manuales de estilo. Porque no es lo mismo:

Vamos a comer, niños.

que

Vamos a comer niños.

Las carcajadas se oyeron en el piso de abajo. Y lo mejor: no se les ha olvidado, ¡y estamos casi en junio!

Anécdotas de este tipo, que arrancan por lo menos una sonrisa, hacen las clases más memorables y ligeras, y consiguen que todos y todas salgamos del aula con la sensación de haber tenido una buena hora. Creo que lo mejor que me puede decir una clase es “¿ya es la hora?” cuando llega el momento de marchar, sobre todo cuando es una sesión doble y se han pasado toda la tarde conmigo. Buena señal.


Si llevas un tiempo leyendo el blog, sabes que el humor es parte de quien soy, sobre todo cuando escribo. También reconozco que no siempre es fácil, y menos en esos días en los que no le ves la gracia a nada porque has dormido mal, has ido enferma a trabajar o es casi final de curso y las fuerzas dan para lo que dan. Pero siempre merece la pena hacer el esfuerzo, porque cuando tú te lo pasas bien, ellos y ellas disfrutan más. Y, si aprenden y encima se ríen, has matado dos pájaros con la misma piedra*. ¿No es ese objetivo?

*Este blog no hace apología del asesinato de pájaros ni el uso de piedras, y cualquier acción de este tipo que utilice como excusa “Escribir en tiempos de Google dice que debo matar pájaros a pedradas” será negada tajantemente. Que esta postdata sirva de prueba.

¿Cómo usas tú el humor en el aula?

Pásate por Twitter y déjamelo saber con el hashtag #humorenelaula.

animación a la lectura Blog

5 trucos para que los niños y niñas NO lean

21 mayo, 2018

Dicen que en este mundo de Internet, tan lleno de información sobre cualquier cosa, hay que ser original. Encontrar algo de lo que la gente no hable, un nicho, un rincón que llamar tuyo. Explicar cosas que solo unos pocos sean capaces de explicar, para posicionarte muy alto en ese grupo.

Por eso yo vengo a hablar de cómo hacer para que los niños y niñas NO lean.

Todo el mundo en la web tiene trucos para conseguir que lean. Yo misma escribí unos cuantos, para usar en clase y en casa. Es fácil encontrar recetas de animación a la lectura, pero poca gente logra dar con la clave de qué hacer para que los niños y niñas NO lean. Sí, es cierto que muchos lo consiguen, pero lo hacen de refilón, sin darse cuenta. Casi por accidente.

Y no, no tiene tanto que ver con las lecturas obligatorias como se podría pensar. Además, estoy hablando de niños y niñas de primaria. Traigo fórmulas infalibles que conseguirán que tus alumnas y alumnos huyan de los libros más rápido que un gato de un secador encendido.

De verdad, te lo aseguro. Son fórmulas contrastadas, que he visto una y otra vez a lo largo de mi carrera, infalibles, a prueba de tontos. Ni siquiera te va a hacer falta usarlas todas, con un par de ellas será suficiente.

Imagina lo que vas a ahorrar en libros para la biblioteca del cole (y el espacio que vas a ganar, porque si no la usa nadie, mejor quitarla y convertirla en sala de guardia y castigos, que total, es para lo que se usa ya en muchos centros).

Imagina lo agradecida que va a estar esa familia tan ocupada cuando su querubín deje de insistir en ir a la biblioteca a coger libros que llevar a casa y en lugar de eso pida un móvil, mucho más práctico, por otra parte.

Imagina el peso que te vas a quitar de encima cuando no tengas que custodiar esos libros que se compraron en el ’36 y están tan apolillados que, a nada que se rocen, pueden romperse.

Sí, ya sé que Gianni Rodari tiene una lista parecida que Abel Amutxategi publicó en su blog, pero qué sabrá él, que no es maestro y encima es de Bilbao (hablo de Amutxategi, no de Rodari). Hacedle caso a la profe de la capital, que estos bilbaínos, si no es sobre el Atleti, no saben de lo que hablan.

5 maneras aseguradas para que tus alumnos y alumnas NO lean

1. Ríete de sus lecturas

Que quede claro que no te estoy pidiendo que te rías de ellos y ellas, sino de sus lecturas, que no es lo mismo. (Explícaselo así a la inspectora si algún padre o madre te pide cuentas). Piensa que lo haces por su bien, porque si no lo haces tú, lo harán sus “compis” de clase. Si tienen doce años y están leyendo un libro adecuado para chicos y chicas de siete u ocho, es normal que te rías. ¿Cómo no te vas a reír?

¿Que lo hacen porque su nivel de comprensión lectora no les permite disfrutar de lecturas complejas? Pues les mandas deberes. Muchas fichas de esas con textos de tres o cuatro páginas que ni siquiera tú terminas de entender del todo, con una docena de preguntas al final que corriges con el solucionario del material del profesor.

¿Que solo leen cómics porque es lo que les gusta? Ríete a carcajadas. Dales con el cómic en la cabeza (y luego di que era un accidente, claro, tú no querías). ¡Eso no es literatura! ¡Tienen que leer libros de verdad! Dales un tocho de cuatrocientas páginas y exígeles un comentario de texto, a ordenador, letra Arial 12, cuenta para nota.

Tendrán valor, hombre por favor, ya en sexto y pretendiendo colar que están leyendo, un miserable cómic con más dibujos que letras que encima se ve que están disfrutando. Si les gusta, no están leyendo bien. Eso lo sabe todo el mundo. Y tienes que dejárselo bien claro.

2. Hazles leer mucho y rápido

Como todo el mundo sabe, si tenemos que elegir entre cantidad y calidad, debemos escoger siempre cantidad. ¿Prefieres un trabajo que te guste y que pague poco, o uno que pague muy bien para poder irte muy lejos de vacaciones y tener una casa maravillosa que te ayude a olvidar lo mal que lo pasas en el trabajo?

(En tu caso, siendo docente, creo que has tirado por el camino del medio, pero está clarísimo que la opción adecuada es la segunda. Siempre).

Con la lectura pasa lo mismo. ¿Qué es eso de pasarse dos semanas con el mismo libro? ¿No tenemos una hora de biblioteca todas las semanas? ¿Para qué creen que vamos, para mirar la contraportada y decir “cuando termine el que estoy leyendo, me cojo este otro”? ¡No! ¡Para cambiar el libro que cogieron la semana pasada! ¡Caiga quien caiga!

Y es que son unos haraganes. Que tampoco es que los libros infantiles sean tan largos, demonios, si tú y yo nos los leeríamos en una sentada. Media hora de lectura todas las tardes, llueva, nieve o salga el sol, y una entera los sábados y los domingos no es tanto pedir.

¡Qué cumpleaños ni que ocho cuartos! ¡Cómo que “me he ido de vacaciones ”!, ¿acaso no puedes leer en el coche? (Marearse es de cobardes, ¿me oyes? ¡De cobardes!). ¡Y a mí qué me importa que tuvieras un funeral! Sí, sí, tu abuela, bla, bla, bla. ¿Has acabado el libro? ¿No? ¡Pero si han pasado ocho días!

La culpa es de los padres, que no los obligan a sentarse y leer. Con lo fácil que es mandar a la niña a la habitación y decirle “¡De ahí no sales hasta que no te acabes el libro!”.

Más de una semana para terminar un libro… De locos. Simplemente, de locos.

3. Recuérdales que los libros son objetos preciosos y no se tocan

Los niños y las niñas tienen la manía de destrozar todo lo que tocan. Con los libros esto es ya exagerado, porque los destrozan nada más abrirlos. Además, algunos tienen la manía de leer tirados en la cama, o llevárselos a la playa, o sentarse de mala manera en un escalón en el patio y dejarlo en el suelo mientras abren el envoltorio del bocata y comen sin dejar de leer, llenando las páginas de migas.

Tienes que enseñarles que los libros son objetos preciosos, pero no por las palabras que contienen, sino porque cuestan dinero y se rompen con facilidad. Que solo se puede leer sentada en una silla, el libro apoyado sobre una superficie plana, las manos limpias y secas, y, dependiendo de lo caro que sea el libro, no sería mala idea usar guantes. Nada de dedos pringosos, nada de comer mientras leen, adiós bebidas.

Y por favor, diles que no se escribe en el libro, ni aunque sea suyo. Que no se doblan las páginas, ni se marca de ninguna manera. Que el libro tiene que quedar como nuevo cuando terminen con él, y si no lo van a cuidar, mejor que no lo lean.

Mira, si no, qué desastre de bibliotecas tenemos, todas llenas de libros usados, desgastados y manoseados. Con lo que luce una llena de libros nuevos ordenados por colores.

4. Haz comparaciones entre ellos y ellas

Esto va muy unido al primer punto, pero es que es muy importante que tú, la persona adulta encargada de su formación, les deje bien claro qué tipo de lectores y lectoras consideras “adecuado” y cuál es un subgrupo que podría llamarse “infralectores”.

En otras palabras: no puedes permitir que haya gente que esté leyendo El señor de los anillos mientras otros leen El diario de Greg. ¿Qué va a pensar la inspectora cuando entre en tu clase y vea algo así? 

Y bien sabemos los docentes que nada mejor que las comparaciones para humillarlos y conseguir que hagan lo que tú quieras. En este caso, que dejen de leer.

“A ver, Manolito, ¿qué libro has cogido? ¿Cómo que uno de Elige tu propia aventura? ¿Serás holgazán? Mira Elenita, con El Quijote original, nada de versiones para niños. ¿No te da vergüenza? Estoy por mandarte a tercero, que leen libros más gordos que esa porquería que has cogido tú. ¡Si encima es casi un juego! Voy a llamar a tu madre hoy mismo”.

O ese “uy, qué raro, tú leyendo. ¿Te has apostado algo con alguien? ¿O es que el libro tiene dibujos de gente tirándose pedos?”.

Es uno de los métodos más infalibles y más universalmente comprobados para abandonar la lectura.

5. Si todo falla, prohibe leer

Sí, es radical, pero a veces hace falta tomar este tipo de medidas.

Si ves que en tu clase hay afición lectora y que ninguno de los puntos anteriores funciona para que dejen de leer, siempre puedes prohibir la lectura de maneras más o menos sutiles, o sin tapujos, que al final eres tú quien manda. Se trata de eliminar cualquier situación en la que los niños y niñas obtengan placer de un libro y relegar la lectura solo al ámbito académico.

No dejes que saquen libros al patio, diles que tienen que correr y jugar al fútbol (o saltar a la comba, porque seguro que tú no ves con buenos ojos que las chicas jueguen a fútbol. Nos acabamos de conocer e igual estoy siendo presuntuosa al creer que sé de qué pie cojeas, pero me da a mí que sí).

Échales la bronca cuando sacan un libro al terminar un ejercicio, o después de un examen. Pueden hacer un dibujo, o pintar en la mesa, o entretenerse sacándose mocos. Nunca, nunca, leyendo.

Si vais de excursión, o a un campamento, prohibe los libros en la nota que mandas a casa los días antes. Diles que prefieres que se lleven el MP3 o el móvil antes que un libro. Puedes darles como excusa que leer en el autobús marea. Cuando la lectura la pones tú como deberes no, pero si es por placer, sí. Siempre.

Y si algún listo o lista pretende leer a escondidas en clase o en el patio después de que hayas impuesto todas estas normas, mándalo a dirección. Es una falta de respeto a la autoridad y supone, mínimo, tres o cuatro patios castigado o castigada en la biblioteca. Además, así puedes aprovechar para añadir uno de esos libros insufribles que ni tú ni yo querríamos leer al castigo y obligarle a terminarlo en una semana. El equivalente a tu madre obligándote a comerte todo el pastel por haberte comido el trozo de tu hermana para que, gracias al empacho, no quieras volver a comer pastel en tu vida.

Infalible. Te lo aseguro.

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17 de mayo: Día contra la homofobia y la transfobia

14 mayo, 2018

El 17 de mayo se celebra el día contra la homofobia y la transfobia. Empezó a celebrarse para conmemorar la eliminación de la homosexualidad de la lista de enfermedades mundiales, aunque no sé desde cuándo es uno de esos días marcados en el calendario de “días de” habituales.

A mucha gente no le gusta lo de marcar días especiales en el calendario para una u otra causa. A veces esgrimen argumentos que puedo llegar a entender, como que no debe haber solo un día para luchar contra la transfobia, sino que debe ser algo que trabajemos a diario. Otras, te vienen con eso de “y el día contra la heterofobia para cuándo, ¿eh?, ¿EH?”, y en esos casos tengo que refrenar mi instinto asesino y no tirarles el zapato que quiero, NECESITO, tirarles.

Los “días de” ayudan a centrar la atención en situaciones que sí, conocemos, pero sobre las que quizás no sepamos demasiado. Todos y todas sabemos que hay gente que sufre de enfermedades poco comunes, por ejemplo, pero al menos yo no pienso mucho en el tema porque no me toca de cerca. Cuando llega el Día de las enfermedades raras, sin embargo, los medios de comunicación hacen especiales, recibo un montón de información y me doy cuenta de todo lo que implica sufrir una enfermedad así.

Lo mismo con el Día de la mujer, como bien se probó este ocho de marzo en el que salimos a la huelga.

El día contra la homofobia y la transfobia es hoy tan necesario como lo fue en 1990, especialmente en las escuelas. Tras casos como el de Ekai o Thalia, que se quitaron la vida por vivir en una sociedad en la que no podían ser como querían, o viendo las escalofriantes estadísticas sobre suicidios en la comunidad LGTBQ+, educar a las y los niños, los y las adolescentes, es una necesidad de primer orden.

Y sí, lo hacemos todos los días, paramos la clase cuando oímos un comentario que no nos gusta y sacamos el tema de vez en cuando, porque es importante hacerles saber que tienen derecho a sentirse como quieran sentirse y a expresarse como les da la gana.

Pero el 17 de mayo nos da una excusa para tratar el tema más en profundidad. Nos da una excusa para decir “esta semana me salto la programación y vamos a hacer tertulias o lecturas dialógicas”, o “la redacción de esta semana va a ser sobre alguna persona no-heterosexual que conozcáis”. Nos da la oportunidad de hablar directamente del tema, de escucharles, de saber qué piensan y oír sus preocupaciones.

Y de asegurarnos de que están recibiendo la información de fuentes fidedignas, y no de Forocoches.

Algunas ideas para el día contra la homofobia y la transfobia

Si solo le vais a dedicar un día (no deberías, pero quién soy yo para juz– POR QUÉ LE DEDICÁIS SOLO UN DÍA, EH), no os recomiendo que utilicéis todos los vídeos e ideas que os traigo porque iba a ser sobredosis, y eso tampoco nos interesa. Ninguna de las actividades que os propongo lleva más de una hora (bueno, quizás la última sí) y ninguna de ellas necesita preparación previa. Cada uno y cada una conoce su clase mejor que nadie y sabrá qué tipo de actividades puede hacer sin que el alumnado piense que “¡iuju, un día de fiesta!”. Aquí os dejo las que me han funcionado hasta ahora, y las que tengo intención de hacer con una clase muy, muy concienciada con el tema.

Pol

Este vídeo es, simplemente, maravilloso. Pol nos habla de las masculinidades a través de una anécdota en la playa. Habla del machismo, de las agresiones sexuales, de lo que es ser chica y, por tanto, un objeto sexual, y pasar de repente al otro bando, al de ser visto como un agresor.

He usado este vídeo en sexto  y el éxito ha sido rotundo. Aparte de algunas risas aisladas con la palabra “polla” y “maricón” (también se ríen con “pis” y “caca”, tienen once y doce años, qué se le va a hacer), la atención ha sido absoluta y la respuesta, maravillosa. Me hicieron ponerlo dos veces y la tertulia que siguió fue fantástica. Se corregían los unos a los otros (“ya no es Carla, Carla era antes, Carla ya no existe”) y decidimos que el padre de Pol es un buen tipo y nos cae bien.

Sé que Pol ha hecho más vídeos, pero no he tenido tiempo todavía de verlos todos. Les echaré el ojo, porque me encanta cómo se expresa y lo claro que habla.

El vestido nuevo

Este vídeo es ya muy antiguo y recuerdo haberlo visto en algún curso de coeducación allende los tiempos. Lo encontré de casualidad, buscando material para llevar a clase, y de verdad os digo que es perfecto para poner en clases de niños y niñas de tercero de primaria para arriba. Nos permite trabajar temas como el bullying, la importancia de ser diferente o las normas sociales que nos impiden vestirnos como nos da la gana.

“No puedes vestirte de chica, es ilegal” es una de las frases que más les llamó la atención a los de sexto. Todos sabían que no era cierto, pero les costó un buen rato argumentar por qué los chicos nunca llevan vestidos. La conclusión fue “porque se reirían de mí”. Y cuando se dieron cuenta de eso, pude ver en sus caras que algo hacía “clic” ahí dentro.

Mischief managed.

Cuéntame un cuento

Esta semana quiero trabajar los cuentos tradicionales en clase. Mi idea es hacer, entre todos y todas, una lista de cuentos clasificada por el tipo de historia de amor que nos venden. Fijarnos en quiénes son los protagonistas y cuántos chicos y chicas hay (porque sigo trabajando el feminismo, claro, que va de la mano con los derechos LGTBQ+), fijarnos en qué tipo de parejas surgen, en el estereotipo de amor romántico.

Fijarnos en que encontrarte a una chica inconsciente en el bosque y darle un beso no es lo que se debe hacer.

Zarandéala, llama a Merlín, pide ayuda a los enanitos, pero no la beses.

(¿Y qué me decís de los enanitos? Ven a una chica perdida en el bosque y dicen “¡bien, ya tenemos chacha!”. No “pobrecita, se ha perdido”, no “vamos a ayudarla a encontrar una vida mejor”, solo “límpiame las botas, tú”.)

(Basta, que me enciendo).

Después de eso, les voy a pedir que le den la vuelta a un cuento tradicional. En parejas (porque quiero que haya debate), van a deconstruir el cuento que ellos y ellas elijan y contárnoslo al resto de la clase, teniendo en cuenta todo lo que hemos hablado. Si alguien prefiere hacerlo por escrito, vale, pero la idea es, siempre, que surja conversación y oír lo que opinan.

Ya os contaré el resultado.

 

Hay muchas más posibilidades, claro, pero cinco horas a la semana no dan para más (y mi energía tampoco). Se trata de plantar una semilla de normalidad en clase, una forma de hacerles ver que podemos hablar de este tema, que nada es tabú, y que si alguna vez necesitan una persona adulta en quien confiar, hay varias a su alrededor.

También me ha encantado oír a varios niños y niñas decir que ellos no se reirían si alguien de su clase cambiara de género y apareciera un día pidiendo que le llamaran por otro nombre. “Hombre, al principio me quedaría un poco sorprendida, pero reírme, no. Y le ayudaría si los demás se rieran”.

Y ese era mi objetivo.


Quizás os hayáis dado cuenta de que he quitado el cuadro de comentarios del blog. Esto se debe a que el nuevo reglamento sobre protección de datos tiene unas normas muy estrictas sobre cómo debo pedir las direcciones de correo para comentar o para suscribiros al blog. Como aún no tengo claro cuánta sangre de unicornio tengo que conseguir para esto, he preferido blindar el blog y que no podáis dejar ningún dato vuestro por aquí.

Esto incluye la suscripción al blog (¡ay!), así que a partir de ahora y hasta que me aclare, si queréis poneros en contacto conmigo podéis echar mano de los cuadritos de ahí arriba para llegar a mí en redes, o pasaros por la página de Contacto si necesitáis mandarme un email. Si os gusta lo que os cuento, hacédmelo saber, “porfa”. Que bien sabéis que nunca hay demasiado refuerzo positivo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Blog Ideas y consejos para el aula de lenguas

Escribir a máquina: el salvavidas docente

7 mayo, 2018

Ay, escribir, cuánto nos cuesta, sobre todo cuando es forzado (o no: hay maneras de no sufrir tanto). Pocas cosas hay que más miedo den entre los diez y los dieciséis años que el temido “quiero que escribáis una redacción sobre…” que utilizamos los profesores y profesoras en clase.

Pero karma is a bitch, que dijo un sabio, porque para esos profesores y profesoras lo temido viene después. Y no, no hablo de corregir (que también, ¡ay!, también), sino de la negociación. Los diez minutos siguientes a esa orden son siempre una versión de algo que se parece mucho a esto:

—¿Puede ser una hoja en vez de dos?

—No, tienen que ser dos. Y no vale dejar mucho hueco entre las filas ni hacer la letra demasiado grande, que os conozco. Usad la plantilla que os di, y ojito con los márgenes.

—¿Pero si escribimos menos, nos bajas la nota?

—Si escribís menos, es un cero.

—¡Hala! ¡Eso no es justo! ¿Y si no se nos ocurre nada?

—Pensáis más.

—¿Las faltas de ortografía bajan nota?

—Sí.

—¿Pero cuánto?

—Si me sangran los ojos cuando he terminado de corregir, suspendes.

—Ja, ja, ja. No, pero en serio.

—Hablo en serio.

—¿Podemos hacerlo en el ordenador?

—…

Y ahí te callas, porque la parte “sado” de tu profesión quiere decir que no, pero sabes que lo mejor es que lo escriban a máquina, tanto para la clase como para ti.

(Sí, digo “escribir a máquina” en lugar de “a ordenador”. Aprendí mecanografía en una máquina que no sale ni en Mad Men de lo antigua que era, no os digo más).

Porque escribir a máquina tiene sus ventajas, muchas, sobre todo para el profesorado, pero el alumnado suele pensar que está engañando y haciendo trampa cuando la realidad es que nos favorece a todos y todas. Por supuesto, hay que tener en cuenta ciertos factores, como la edad del alumnado, la habilidad del docente con los ordenadores y la accesibilidad a ellos de todos y cada uno de los miembros de la clase. Pero de verdad os digo que, pudiendo elegir, yo siempre prefiero dejar que lo escriban a máquina.

Perdón. A ordenador.

Escribir a máquina: (casi) todo ventajas

Fuera la labor de grafólogos

Que levante la mano quien no haya tenido que devolver alguna vez una redacción completamente indescifrable a la persona que la escribió porque su letra es tan horrenda que no hay quien corrija aquello (y ahora bajadla, que estáis mintiendo). No sé en secundaria, pero en primaria he empezado a pedir las redacciones a ordenador solo por evitar subir la cuenta de mis dioptrías tratando de descodificar más de un texto.

Claro que esto solo conviene hacerlo a partir de cierta edad, porque de cuarto para abajo la idea es que aprendan a escribir a mano de manera legible. Pero si en sexto tienen una letra tan horrible que impide la comprensión, los ejercicios para mejorar la caligrafía van a tener que hacerse fuera del aula y en ratos libres en casa. No ya por la pobre profesora que corrige (que sí, la culpa es suya por mandar redacciones, ¿no tiene otra cosa que hacer?), sino porque no hay tiempo material para practicar una habilidad que ya debería estar asentada.

Ya sabéis que la culpa siempre es del profesor del año pasado. Qué cruz, madre.

Ahorro de papel (y menos peligro de perder cosas)

Cuando eres una persona desordenada (como yo), recibir veinticinco o treinta redacciones cada equis tiempo puede poner el ya de por sí frágil equilibrio de la torre de papeles que tienes sobre tu mesa en serio peligro. Pedirles que te manden la redacción por email o que usen Drive es un ahorro considerable de papel, aunque sé de gente (vale, sí, yo) que a veces imprime las redacciones y las corrige a mano después. Pero no es lo mismo eso que tener una caja enorme de redacciones entregadas que siempre, de forma misteriosa, terminan perdiéndose u olvidas llevarte a casa a corregir.

De forma misteriosa siempre, ¿eh? No vayáis a pensar que lo hago adrede.

Esto tiene un peligro, claro: debemos asegurarnos de que todo nuestro alumnado puede mandarnos las redacciones de forma electrónica. No todos nuestros alumnos y alumnas tienen acceso a un ordenador, por más que haya gente a la que esto le parezca sorprendente. Asegurémonos de que todas y todos juegan con las mismas condiciones; si no pueden hacerlo en casa, tendremos que dejarles trabajar en el centro, ya sea a la hora del recreo o después de clase. Incluso si eso significa que nosotras tenemos que quedarnos también.

Y no, no vale que estos niños y niñas entreguen la redacción escrita a mano. Nadie debería sentirse diferente, hacer un trabajo distinto o sentir que las expectativas puestas en él o ella son distintas por la cantidad de dinero que entra en su casa.

Las faltas de ortografía NO se corrigen solas

Los peques (y no tan peques) creen que sí y por eso siempre pelean por dejar que les dejemos escribir la redacción en el ordenador, pero se les cuelan “a venido”, “a parte”, “haber si no es así” igual que si lo escribieran a mano. Especialmente divertido es darte cuenta de que no han cambiado el idioma de corrección del procesador de texto cuando escriben en euskera, por ejemplo, y les pasan cosas curiosas como colar un Donosita por Donostia que nos arrancan una sonrisa (o un rediós si no estamos de humor, claro).

Vamos, que por mucho que usen la nueva versión de Word, si no saben ortografía básica, van a meter la pata igual que a mano. Y a nosotras nos van a sangrar los ojos también igual (pero al menos les entenderemos la letra).

El corta y pega

Este es uno de los grandes problemas de mandarles hacer el trabajo en ordenador, sobre todo cuando es un texto de investigación: el corta y pega. “Buscad información sobre” se convierte de repente en “corta y pega ese párrafo de la Wikipedia que habla de lo que ha pedido la chapas esta”.

Si la redacción es en un idioma en el que no tienen mucha habilidad, el corta y pega lo harán en el traductor de turno y te llegarán textos en inglés que ni el mismísimo Shakespeare, porque hay que ver lo que han mejorado los traductores últimamente (para lenguas como el inglés, se entiende, porque en otras sigue dadno miedo).

Hay maneras de solucionar esto, pero tienen más que ver con lo que les pedimos que con la técnica que utilizan para llévalo a cabo. En lugar de pedirles que nos hablen de, yo qué sé, Vitoria en el siglo XV, se les puede pedir que comparen las diferencias entre la Vitoria de entonces y la de ahora, o que imaginen un viaje al pasado y describan la ciudad de entonces con los ojos de ahora. Algo para lo que necesiten buscar información, sí, pero que no esté escrito en ningún sitio tal y como necesitan entregarlo.

Si el texto es en un idioma que no controlan, olvídate: Google Translate for the win. Incluso cuando te usan la tercera condicional y el past perfect en un quinto de primaria, protestarán cuando les digas que sabes que no lo han escrito ellos. “Dijiste que podíamos buscar palabras en Wordreference. Y yo las he buscado, pero todas juntas”.

Y a ver qué contestas a eso.

¿Qué ventajas le encuentras a pedir las redacciones en ordenador?

Si las pides a mano, ¿cuáles son tus razones?

 

Anécdotas en el aula Blog

El gran negocio de la educación

2 mayo, 2018

Siempre he sospechado que la educación es un gran negocio para algunas empresas, pero estos meses en dirección me están abriendo los ojos más que veinte años (y pico) en el tajo. Las nuevas tecnologías y la innovación mal entendida han creado tantas empresas que quieren lucrarse de la educación que a veces da miedito.

Cuando era nueva en esto, allá por el pleistoceno, en muchos colegios se oían ya voces que abogaban por eliminar los libros de texto de las aulas. Todavía no estaba muy de moda lo de los proyectos, aunque ya había alguna escuela que los ponía en práctica, pero sí que se hablaba de lo mucho que utilizar un libro cerrado condicionaba lo que se daba en el aula. Yo, como buena novata que quería cambiar el mundo, era una de estas voces.

Y entonces algún compañero o compañera de cuya cara ya no me acuerdo le dio la vuelta al tema. ¿Qué pasaría si los libros de texto dejaran de existir? ¿Cuánta gente se iría a la calle? ¿Cuántos puestos de trabajo desaparecerían de la noche a la mañana? ¿Quería ser yo, me decía, la responsable de que varias familias perdieran el sustento porque decidía no utilizar libros de texto en mi clase? ¿Sabía cuántos miles de personas había detrás de cada uno de esos libros?

Como era joven, inexperta y muy, muy torda, me callé y admití que no le faltaba razón. Si todos los docentes nos poníamos a crear nuestros propios materiales, toda esa gente que vivía de los que ahora utilizábamos ¿dónde iba a ir? ¿Cómo iba a cargar yo con la responsabilidad de dejar sin comer a tanta gente?

Ahora que tengo unos años más, le contestaría que la escuela pública no tiene por qué hacerse cargo de las empresas privadas, que en quien tiene que pensar es en el alumnado y no en cuánto gana o deja de ganar una imprenta. Que lo que nos debe importar es la educación, no todos los chanchullos que se cuecen a su costa, vaya.

Bueno, para eso tengo este blog. Para contestarle ahora.

(Qué a gusto me he quedado, madre).

Nuevos tiempos

Hace veinte años (y pico), el gran negocio en educación se limitaba a los libros de texto, pero hoy en día las empresas que pretenden ganarse la vida con distinto material dirigido a las aulas abundan más que los caracoles en abril.

Todos los días nos llegan a la dirección del colegio docenas de correos electrónicos vendiéndonos algo (bueno, y algún que otro correo diciéndonos que, si le damos nuestros datos, nos van a ingresar 300 millones de dólares porque se está muriendo y no tiene familia a quien dejárselo, que digo yo, cómo han conseguido la dirección oficial del colegio, y por favor, ¿puedo cobrarlo en euros?). Estamos en las listas de correo de empresas tan inverosímiles como una que vende banderas nacionales y regionales “para celebraciones varias” u otra que intenta traer un espectáculo de zarzuela al colegio (y de cuya newsletter no consigo borrarme por más que lo intento); sin olvidarnos, eso nunca, de los varios bancos que han intentado colarnos “talleres de educación financiera” con apertura de cuenta de ahorros como clase final. (I shit you not).

No importa que nos demos de baja en la lista de correo, vuelven a aparecer. A veces nos llegan tres correos seguidos de la misma empresa. Es una jungla.

Por no hablar de las que llaman al teléfono. De esas soy mucho menos fan.

Ejemplos de negocio que os ruego NO imitéis

Programas piloto

A mediados de febrero, nos llamó una empresa que quería hacer una prueba piloto para un programa con tablets (sic). Como soy un poco dura de oído y la chica me recitaba el mensaje aprendido de memoria, al principio le entendía que quería hacer una prueba para un programa “contable”, a lo que yo le dije que no, gracias, ya nos apañamos con Excel. (Me reí cosa mala después. Ay, qué malo es hacerse mayor y por qué no heredé los ojos verdes pero sí la sordera).

Le dije que no de todas las formas que supe, pero ella no cejaba. La conversación fue algo así:

—Es una prueba piloto para un programa nuevo para usar con tablets y…

—Mira, no sigas, no nos interesa. No utilizamos tabletas en el colegio.

—No, da igual, pero las ponemos nosotros, no os cuesta nada, es gratis.

—Pero, ¿cuál es el objetivo de esta prueba?

—Que veáis cómo funciona el programa que os vamos a enseñar.

—Ya, pero es que no vamos a comprar tabletas, así que no tiene mucho sentido hacer la prueba piloto si luego no vamos a usar ese programa.

—Pero si no tienes que comprar nada, es solo que…

—Que no.

Me costó cinco minutos colgar. Tuve que ponerme hasta borde al final.

Pues bien, esta señorita tan maja no tuvo suficiente con mi NO bien trabajado y volvió a llamar al día siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente. Por casualidades de la vida, el teléfono siempre lo cogía mi compañera, y ella quería hablar con la directora, así que le decía que estaba en clase (aunque estuviera haciendo café) y que llamara a la una y media (cuando estoy en casa comiendo).

Así durante un mes.

Pero, ¡ay!, la semana pasada me volvió a pillar. No ella, sino una compañera suya.

Y volvimos a tener la misma conversación. La misma. (Incluida la confusión con el programa “contable”. Que soy lo peor).

Solo que esta vez, cuando me di cuenta de quien era, empecé de otra manera:

—Mira, ya le dije a tu compañera que no nos interesa. No usamos tablets.

—Pues no me consta que les haya llamado nadie. Pero da igual, porque…

Otros cinco minutos de mi vida perdidos.

Ordenadores, ordenadores, ordenadores…

Yo sé que los comerciales tienen un trabajo muy duro y, en la mayoría de los casos, un sueldo de mierda, pero es que el desfile de principio y finales de curso de gente que intenta vendernos algo es para grabarlo. Antes solo venían de las editoriales (sin cita ni nada, porque para qué, ¡hazme caso ahora!), pero últimamente los que nos acosan como si fueran moscas y nosotras rica miel son las empresas de tecnología.

Una grandísima parte de toda la publicidad que recibimos trata de vendernos ordenadores, pantallas digitales, “notebooks”, formación para el profesorado, programas chachi-guays que ni yo (encargada de las TIC en el centro) he oído mencionar en mi vida, y un largo etcétera.

El que más gracia me hizo fue uno que nos traía una oferta de Chromebooks (os pongo el enlace porque si compráis uno me llevo un porcentaje y me vais a hacer muy feliz, no porque les tenga especial cariño; ya que la educación es un negocio, a ver si me llevo yo un pedazo, leñe), que son muy bonitos y muy útiles cuando tienes una red wifi decente en el centro, pero completamente inútiles sin conexión a internet porque no te puedes descargar nada en el ordenador.

La oferta era tentadora, porque era verdad que estaban muy bien de precio, pero al multiplicarlo por todo el alumnado de tercero para arriba, la suma era considerable. El hombre se sabía todas las ayudas y los programas en los que teníamos que meternos para conseguirlas, eso sí, pero ni aun con esas.

—Hombre, siempre podéis pedir parte del precio a las familias…

Me eché a reír. Algunas no pueden con la cuota del material escolar o las excursiones y el hombre quería que les pidiéramos para ordenadores.

Angelico.

El gran almacén del triangulito verde

Disclaimer para quien no me conozca: soy muy de boicotear empresas, aunque mi capacidad de hacer daño sea ínfima y ridícula. Si los valores de una empresa no encajan con los míos  o tienes una política que no me gusta, no voy a comprar ni tu producto ni voy a aparecer en tu centro comercial. Mucho menos voy a hacerte propaganda.

El colmo es que una de estas empresas llamara al colegio para ofrecernos no sé qué y darnos las gracias por haber comprado no sé qué otra cosa (la dirección anterior, porque yo nunca permitiría una compra así con mi firma en la factura). Y, para agradecerlo, la mujer del teléfono (¿por qué son siempre mujeres?; ¿creerán que el tono de voz vende más?) me pidió nombre y apellidos para mandarme la tarjeta de su gran almacén con no sé cuánto dinero de regalo “para ti, para que te lo gastes en lo que tú quieras”.

Supongo que en este país en el que los regalos a cargos públicos son la norma, algo así parecerá lo más normal del mundo, pero qué queréis que os diga, a mí me sentó fatal y le dije un “ni se te ocurra” que me salió del alma. Cualquier regalo que venga al colegio debería ser para el colegio o, todo lo más, para que una persona particular compre cosas que le vengan bien en el trabajo (nos regalan agendas y calendarios a saco, y nos vienen de perlas).

O igual es que me dio rabia que fuera de esta empresa en cuestión, porque si llega a ser un cheque regalo para gastar en una cafetería “cuqui” no le hubiera puesto ninguna pega. O sí. No sé.

Haced la prueba y veremos, jeje. 

¡Y hasta tarjetas de crédito!

Si lo de la tarjeta regalo clama al cielo, lo de la semana pasada me dejó de piedra. Un banco intentó engancharme como cliente regalándome una tarjeta Visa Oro y dos billetes de avión a mi nombre. Le expliqué que estaba llamando a un colegio, pero no hizo falta porque lo sabía. Alucinó cuando le dije que no.

—Pero no le exige permanencia, y le regalamos dos billetes de avión. ¡Dos billetes de avión!

A punto estuve de preguntarle a dónde y si eran de ida y vuelta o solo de ida para dos personas, pero al final me limité a decir que no.

Demonios, tenía que haber aceptado. Aunque solo fuera para escapar de las empresas que intentan venderme cosas.

 

¿Qué empresa ha intentado acercarse a vuestro colegio que no tuviera nada que ver con educación?

¿Sabéis de algún otro gran negocio que dé el cante en la educación pública?

Blog la educación en la ficción

Las casas de Harry Potter y las escuelas “muggle”

23 abril, 2018

Me encanta la saga de Harry Potter (los libros más que las películas, pero las películas también, sí, porque sale mi amadísimo Alan Rickman y ¡ay!, voy a dejar de hablar de él porque igual me echo a llorar). No soy mucho de fantasía, pero pocos libros hay que me haya leído más veces que los siete tomos del niño mago, y ninguna serie de libros ha logrado nunca engancharme tanto como esta.

Leí en algún sitio que hay decenas (si no cientos) de tesis doctorales escritas sobre la saga escrita por J.K. Rowling donde, entre otras cosas, analizan por qué una historia tan simple y tan manida como la del niño huérfano que solventa las adversidades ha tenido tanto éxito. Yo no he llegado a hacer tesis, pero sí le he dado suficientes vueltas para tener una opinión sobre el tema. Opinión personalísima y muy poco científica de una persona que se ha leído cada libro una decena de veces, lo que quiera que eso valga. 

Y es que estoy convencida de que el éxito se debe a la universalidad de sus temas. La lucha del bien contra el mal, el débil ganando al fuerte, las injusticias que se acaban pagando, el racismo, el miedo al que dirán, la envidia, la fuerza del amor (sin tirar de ñoñerías), elegir lo correcto sobre lo fácil… Creo que no hay ni una sola persona en el mundo que no pueda encontrar un tema en los libros de Harry Potter que no le llegue, en mayor o menor medida.

Y si no lo hay, se rebusca hasta encontrarlo, como ha hecho aquí la que os escribe. Porque yo he encontrado un análisis perfecto de las escuelas muggle fijándome en las casas de Hogwarts y en el tipo de alumnado que alberga. Sí, mucho Voldemort y mucha leche, pero Rowling ha clavado el panorama educativo actual en, me atrevo a decir, Europa entera.

¿Que no? Esperad, que voy.

SPECIALIS REVELIO

Slytherin: El colegio privado cristiano de élite del mundo mago

La casa de Salazar Slytherin es famosa por sus conexiones con el poder más oscuro y más, ejem, poderoso. El padre de Malfoy tiene contactos con el primer ministro mago y sus amiguetes están repartidos en todos los estamentos del gobierno. La gran mayoría de los chicos y chicas de esta casa vienen de familias “bien” cuyos padres y madres también fueron miembros. Son racistas, xenófobos y clasistas y no quieren que nadie venga a quitarlos de su sitio.

En el mundo muggle, se me ocurre una denominación de escuela que encaja muy bien con esta descripción, pero que no voy a poner por escrito porque soy una cobarde y porque a ver quién es la guapa que se enfrenta a Slytherin, leches.

O, en lenguaje muggle, lo que viene a ser un “con la iglesia hemos topado”, vaya.

Por supuesto, de ambas (la escuela de ficción y la escuela muggle) sale gente buena. Gente que entró allí porque se sentía obligada por la familia o que cambió de parecer más tarde (ay, mi Severus…), que se ha dado cuenta de que esos valores no se corresponden con la persona en la que se ha convertido. Pero son los menos. Por desgracia, la gran mayoría, dada la opción, prefiere quedarse en la élite que dan el dinero y el poder.

Ravenclaw: El colegio privado bilingüe

En Ravenclaw solo entra la gente más inteligente. El sombrero dichoso tiene sus propias técnicas para saber qué cabezas son las más espabiladas y en las escuelas muggle nos tenemos que conformar con exámenes de entrada, pero, aunque las técnicas son distintas, el objetivo es el mismo: seleccionar a los que más saben.

Sí, es verdad que también hay colegios públicos bilingües, pero en esos está prohibido por ley hacer selección del alumnado a través de un examen (aunque se hace igualmente, alegando que las clases bilingües son “una rama especial, tienen que saber inglés”). Lo de privado también va porque en estas clases suele darse la “curiosa coincidencia” de que las familias tienen un nivel socieconómico tirando a lo alto, al menos lo suficiente para darle clases particulares al nene o la nena y mandarlo a Londres de vacaciones para que practique.

Concertado también me vale, claro.

Gryffindor: La élite dentro de lo público

Quienes trabajamos en educación sabemos muy bien que siempre ha habido clases, incluso en la red pública. Hay colegios con mejor fama que otros, hay institutos donde las familias se dan bofetadas por entrar. Sea por los resultados, por la metodología o por las modas, cuando un centro público coge buena fama deja de ser… tan público, pongámoslo así.

Y es que en Gryffindor no entra cualquiera. Entran los valientes, los que trabajan, los que luchan por sacarse las castañas del fuego; los que, en su gran mayoría, tienen una familia que les apoya y se preocupa por ellos (vale, sí, menos Harry, pero Harry es el Héroe y tiene que hacer el viaje solo, él no cuenta), que van a hablar con los profesores cuando hay un problema, que les cambian de escuela si ven que las cosas se tuercen. (¿Era Seamus o Dean el que estuvo a punto de cambiar tras la muerte de Cedric? Hola, sí, soy la que alardea de haberse leído el libro un montón de veces).

Gryffindor, en la vida real, representa ese centro en el que las familias empiezan a meter tanto los morros que a veces hay que pararles los pies y recordarles que en la escuela trabajan profesionales, que sabemos lo que hacemos y que sus hijos e hijas están en buenas manos. Es ese centro público que la gente a veces confunde con un concertado.

Y eso, aunque lo parezca, no siempre es bueno.

Hufflepuff: La escuela pública de toda la vida

En Hufflepuff da igual cuáles sean tus grandes virtudes o defectos. Da igual que seas lista o valiente, torpe o ágil, formal o gamberrete. Aquí entra todo el mundo, porque no se selecciona (bueno, sí, el sombrero te pone donde toca, pero vamos, es un “es que no sé que hacer contigo, my darling” como una casa). Eso no significa que el alumnado de Hufflepuff no sea tan capaz como el del resto de las escuelas (acordaos de Cedric), simplemente significa que no destacan.

De momento. Porque, como se demostró en el Torneo de los Tres Magos, tener un poco de todas las cualidades y saber utilizarlas y combinarlas puede hacerte ser el elegido y llegar el primero.

Aunque luego un mago psicópata te fulmine de un disparo hechizo. 

 

Yo tengo claro en qué escuela quiero trabajar y qué escuela me representa más. Cuando Pottermore no era más que un invento recién estrenado, el Sombrero Clasificador me colocó en Hufflepuff, y no pude estar más orgullosa. Después, en la nueva versión, me colocó en Gryffindor y ya no me hizo tanta gracia. Qué le vamos a hacer, soy hija de clase trabajadora y me veo representada en ese tipo de alumnado. Que no digo que la clase media tenga nada de malo, pero, ay, no soy muy de menús ecológicos o la importancia del yoga en la clase de gimnasia. Y al próximo que me hable de neurociencia, le incrusto el iPad que nos intentan vender todos los días en la oreja.

Qué agonía, madre. 

 

¿Qué otras lecturas (o películas, o series de televisión) has llegado a comparar tú con las escuelas muggle? 

 

Blog Formación y recursos para el aula de lenguas

Educar en el feminismo: sí, se puede

16 abril, 2018

Hace unos días terminé de leer el libro Educar en el feminismo, de Iria Marañón. Cayó en mis manos casi de casualidad, pero llevaba meses con ganas de ponerme con él porque, aparte de llevar el feminismo como etiqueta personal, tengo la suerte de trabajar en un centro que se toma muy en serio la igualdad de género y los derechos LGTB+.

Mi intención era hacer una reseña del libro que poder encajar en la sección de “reseñas para docentes”, pero en seguida me di cuenta de que este libro estaba más dirigido a familias que a gente que trabaja dando clase. Tiene ideas muy interesantes que comparto al cien por cien y recomiendo a cualquiera con hijos e hijas que le dé un buen repaso, pero para el aula no lo termino de ver.

Claro que no por eso iba a dejar de hacer una entrada sobre feminismo. Anda que no me gusta poco el tema.

Tras la noticia de que el tribunal supremo ha declarado que las ayudas a colegios que segregan por sexos son legales, este tema está más de actualidad que nunca. Ahora resulta que poner a las chicas a hacer ganchillo mientras los chicos van a ver un estadio de fútbol no es solo aceptable, sino deseable, o que mandar a casa a una chica (o casi detenerla) porque se le ve la tira del sujetador o “su atuendo despista a los chicos, que no se pueden concentrar en los estudios” es lo más normal del mundo, porque ya se sabe que la educación de ellos es más importante que la de ellas.

A veces tengo la sensación de que unos extraterrestres viajeros del tiempo me han secuestrado y me han colocado en una época que no es la mía, porque no me puedo creer que estemos volviendo hacia atrás en ciertos temas de esta manera.

Educar en el feminismo, aunque muchos agentes de la sociedad lo nieguen, sigue siendo tan importante como lo ha sido siempre. No se trata de darnos palmaditas en la espalda porque las niñas de nuestra clase juegan a fútbol o los chicos visten de rosa, sino de empoderar a unas y educar a todos y todas en el concepto de que el ser humano no tiene que tomar el modelo masculino por defecto, y que “ser un chicote” no es el objetivo de una educación feminista.

Mucho más fácil decirlo que hacerlo, claro. Varios estudios demuestran que, por muy concienciadas que estemos, las personas que trabajamos en educación pecamos de los mismos defectos que el resto de la sociedad a la hora de tratar de distinta manera a una niña o a un niño. Gente que creía no hacer diferencias ha tenido que ver con horror su imagen grabada en vídeo siendo sexista de forma accidental, simplemente porque tenemos un montón de actitudes grabadas a fuego en nuestro día a día que es muy difícil quitarse si no somos conscientes de que lo hacemos.

Pero se puede, o al menos se puede intentar. Educar en el feminismo es ir tan a contracorriente que es normal que de vez en cuando las olas nos venzan y nos empujen hacia la playa. No se puede dejar de bracear en ningún momento, incluso cuando solo sirva para no perder el terreno que hemos ganado, no para avanzar. Pero hay que hacerlo. Porque el feminismo es tan necesario hoy como lo fue hace doscientos años, por más que nos repitan que no es para tanto y ya lo tenemos todo ganado.

Más de sesenta muertes de mujeres al año víctimas de la violencia machista.

Creo que con eso queda claro que no hay nada ganado.

Educar en el feminismo: más difícil de lo que parece

El primer paso cuando una persona quiere educar en el feminismo es la autoevaluación. De verdad os digo que, por muy feministas que nos creamos, todas las personas cometemos una serie de micromachismos (y de machismos sin micro) de los que no nos damos cuenta hasta que alguien nos los señala.

Amelia Barquín, profesora universitaria experta en temas de género y multiculturalidad con la que he tenido la gran suerte de formarme durante los últimos años, es la responsable de que en mi colegio las gafas violetas sean parte del uniforme. Con ella hicimos, entre otras muchas cosas, un pequeño experimento (muy personal y muy poco científico) en el que nos pidió que nos fijáramos con detalle en cómo tratábamos a los chicos y chicas en nuestras clases. En un cuaderno teníamos que apuntar cosas como a quién premiábamos más, o cuántos turnos de habla les dábamos a los chicos y a las chicas, qué tipo de lenguaje usábamos con unas y otras, etc. El objetivo era hacer una autoevaluación que luego comentábamos en grupo.

Los resultados de este estudio os sorprenderán, como diría aquel.

Nuestro experimento fue cutre-salchichero, pero fue suficiente para que nos diéramos cuenta de que, por ejemplo, damos más voz a los chicos, incluso sin darnos cuenta; de que perdemos antes la paciencia con una niña movida (y la calificamos de “movida” incluso si se mueve mucho menos) que con un chico; de que utilizamos palabras como “guapa, preciosa, bonita” con ellas y “campeón, grandullón, listo” con ellos; de que alabamos la ropa nueva de las niñas o su nuevo peinado, pero no el de los niños, o no al mismo nivel. Desde su más tierna infancia juzgamos a las chicas por su apariencia y aceptamos que “los chicos se pegan y las niñas se abrazan” como si fuera algo genético en lugar de cultural.

Lo hacemos todas. Lo hacemos todos. Incluso cuando nos decimos a nosotras mismas que no, yo no, qué dices, jamás.

Enmendando errores

El primer paso para educar a niñas y niños en el feminismo es ponerse las gafas violetas y enfocarlas a nuestro propio ombligo. Cuando somos capaces de darnos cuenta de las meteduras de pata de nuestro día a día, ya estamos en el agua, ya estamos nadando.

Claro que, para ver las meteduras de pata, hay que saber mirar. Y quizás necesitemos ayuda de fuera y alguien que señale nuestras incongruencias para que las podamos ver. Aceptar que no somos seres perfectos y paritarios duele, y quizás nos cueste un esfuerzo. Debemos escuchar cuando alguien nos diga que lo que estamos haciendo es sexista. No lo descartes. Mírate de verdad, dale una vuelta, asegúrate de que no tienen razón antes de pensar que no es verdad.

Y, incluso si decides que no tu gesto no ha sido sexista, piensa que a esa persona se lo ha podido parecer por cualquier razón. No la llames exagerada, ni le digas aquello de que “es que tú ves machismo en todas partes”. Spoiler: el machismo está en todas partes.

Una vez nos hayamos mirado el ombligo y nos hayamos dado cuenta de qué pie cojeamos (y cojearemos, vaya si cojearemos), ya podemos empezar a corregir nuestros pasos. Cada persona es un mundo y cada una mete la pata en un sito distinto, pero aquí os dejo una lista de errores bastante comunes incluso entre gente muy concienciada con el feminismo. El noventa por ciento de estos errores los he tenido que corregir en mí misma, incluso después de darme cuenta de que “feminista” no era un insulto y podía sentirme orgullosa de serlo.

  • Si no se lo dirías a un niño, no se lo digas a una niña. Al revés también funciona (y con personas adultas, aún más). “Siéntate con las piernas juntas”, “no te tires al suelo que te manchas el vestido”, “vaya señorita estás hecha”, “ya eres mayor para llorar de esa manera”, “eres el hombre de la casa”, “a las chicas no se les pega”… Reconocedlo, lo hemos dicho. Lo hemos hecho.
  • No alagues su físico, ni a unos ni a otras. Los y las niñas pequeñas ponen mucho valor en su ropa y se mueren de ganas por enseñarte su jersey nuevo, su corte de pelo nuevo, sus zapatillas. Puedes apreciarlas con un “qué zapas más chulas”, o “ya veo que te has cortado el pelo” sin decir “qué guapa estás”, “qué bien te sienta”. Les basta con que lo veas, que te fijes, sentirse especiales, pero no hace falta que le digas “pareces una princesa”. Las princesas que ellas conocen, los referentes de los cuentos, se pasan el día esperando al príncipe muertas de asco en el castillo. No queremos ese modelo para nuestras niñas.
  • Usa piropos neutros o usa los mismos con unas y con otros. Si a una niña de doce años le dices “cariño”, a un niño también. Si te suena ridículo llamarle a un niño así, piensa por qué. Tienen la misma edad, ¿por qué a una le das más cariño y apego que al otro?

(En euskera, una palabra que me gusta mucho es “laztana”, equivalente a “cariño”. La usaba a menudo con las niñas, hasta que me di cuenta de que con los chicos, a partir de tercero o cuarto, dejaba de usarla. En lugar de eliminarla, la empecé a usar con los chicos. Muchachotes de sexto que yo creía a vuelta de todo empezaron a abrazarme y a pedir mimos, y una madre me dijo que su hijo le había dicho, muy contento, que le había llamado “laztana” en clase. Lección aprendida).

  • La violencia no es aceptable en ninguna de sus formas. Los chicos tienen por costumbre “jugar a pelear”, pero cuando vemos a dos chicas llegando a las manos, normalmente la bronca va en serio y no les gusta que los chicos “jueguen” con ellas. Deben aprender otras maneras de relacionarse. No podemos normalizar la violencia de ninguna manera, y tienen que aceptar que, si le dan un cachete en el culo a una niña y ella se enfada, no es “una broma” (aparte de ser algo muy serio que no deberíamos dejar pasar).
  • Evita dividir la clase en grupos de chicos y chicas. Así, además, evitarás discriminar al alumnado trans.
  • El dichoso fútbol suele ocupar el noventa por ciento del espacio del patio. Es buena idea programar días sin fútbol durante la semana, aunque también ayuda llevar alguna actividad complementaria para que el alumnado más movido pueda desfogarse. Además, si aprenden un juego que les guste más que el fútbol, puede incluso que no haya que programar esos días. (Sí, siempre fui una soñadora. Qué le vamos a hacer).
  • Si tienes la oportunidad, pide a alguien que haga una auditoría feminista en tu clase para que te ayude a medir, de verdad, el tiempo que les permites hablar a los chicos y chicas, o las veces que llamas a unas y a otros, o cuántas veces les llamas la atención y por qué. Hazlo con una compañera con quien tengas confianza, porque oír los resultados va a doler.

Educar en el feminismo es complejo, muy complejo. Es luchar contra nosotras mismas, contra todo lo que nos han enseñado; es desaprender un montón de creencias que damos por ciertas y nunca lo han sido. El camino es largo, pero se empieza siempre por el primer paso. Solo el hecho de que queramos darlo ya nos hace avanzar.

¿Cómo trabajas el feminismo en tu clase?

¿Qué situaciones has tenido que corregir?

Blog Fin de curso

El tercer trimestre: ¡socorro!

9 abril, 2018

Creo que hoy es el primer día en unas cuantas semanas en el que todos los docentes estamos otra vez trabajando. Los festivos de cada comunidad y cada colegio hacen que unos cojan las vacaciones antes y otros después y las acaben más tarde, aunque al final en todas partes tenemos los mismos días lectivos.

Y como no sabemos callarnos, no hacemos más que alardear de “jeje, vosotros ya habéis vuelto y aquí tenemos una semana más”, que es la vuelta a aquel “cómo me gusta la semana blanca”. Desde carnaval, los celos han estado a flor de piel en Twitter y demás redes.

Entre docentes, digo. No te digo ya la gente que solo tenía fiesta los días marcados en rojo en el calendario.

(Mi más sentido pésame. Sí, ya sé que tenemos demasiadas vacaciones).

Pero ya estamos todas y todos de vuelta, y delante tenemos uno de los mayores terrores del año: El Tercer Trimestre. Así, con mayúsculas y música lúgubre, en blanco y negro y protagonistas de ojos muy grandes mirando fijamente a la cámara.

También es conocido como el último esfuerzo, el sprint final, el vengaunúltimoempujónqueestoyaestá, o madre mía qué largo se me están haciendo estos tres meses.

Para los niños y niñas, no tanto. Para ellos y ellas representa la promesa de las vacaciones, de no estudiar y estar con los amigos (aunque más de uno y más de tres me han dicho, al cruzarnos por la calle en pleno agosto, que estaban deseando empezar las clases otra vez). Para los y las docentes también, pero nosotras sabemos que, antes de que llegue el bendito treinta de junio, hay mucho, MUCHO, que tenemos que hacer.

Porque de repente nos hemos dado cuenta de que no vamos a terminar el temario. Qué terminar, ¡si estamos por la mitad del libro!

Porque no nos acordábamos de que habíamos programado tres o cuatro actividades para este trimestre, por eso de que están cansados y rinden menos, mejor darles un paseo.

Porque tenemos reuniones con las familias, evaluaciones, ACIs, PIREs y esas dichosas decisiones difíciles sobre si determinada alumna repite o no.

Porque ahí fuera es primavera, ¡por fin!, y daríamos cualquier cosa por sentarnos en una terraza en lugar de estar aquí dentro tratando de explicar las conjugaciones de los verbos irregulares del inglés.

Pero no desesperemos. Sí, suena a topicazo, pero ya está el pescado vendido. Solo quedan tres meses (ni eso, que los niños terminan antes y la última semana de papeleo no es para tanto) y hay un puente en medio.

Lo malo es que esos tres meses son mucho más largos que los tres primeros meses del curso, y a la vez mucho más cortos por la cantidad de trabajo que nos espera. Vamos, que no se acaban nunca, hasta que te das cuenta de que no quieres que se acaben porque no te da la vida y tienes que…

Ay, que os había dicho que no había que desesperar.

Cómo afrontar el tercer trimestre sin perder la razón

El otro día me puse a limpiar el estudio de mi casa y encontré una postal que me había mandado una amiga, fechada en 1999. Fue el año que me fui a trabajar a Estados Unidos, y para entonces ya llevaba tres años siendo maestra. El estómago me dio un respingo al darme cuenta de que el año que viene hará veinte años (¡veinte!) que empecé mi aventura americana.

Sí, soy así de vieja.

Así que sí, he vivido ya unos cuantos terceros trimestres, y os puedo asegurar que, en mi ya larga experiencia laboral, nadie ha muerto ni ha terminado en la cárcel por no terminar todo lo que se supone que tenemos que terminar en este tiempo. Sí, hay cosas que hay que hacer sí o sí y más nos vale llevarlas al día, pero otras podemos relegarlas para el principio del curso que viene o, si no repetimos colegio, simplificar la tarea.

A ver si me explico.

Prioricemos

Esto viene al pelo también para nuestra vida personal, pero ¿cuántas de las cosas que consideramos urgentes son realmente urgentes? Si nos paramos a analizar nuestro día a día y todos los pequeños detalles que hacemos porque “tiene que hacerse, es urgente”, nos daríamos cuenta de que muchas de esas cosas quizás no importen tanto.

Hay que poner las notas sí o sí. Hay que reunirse con las familias una última vez sí o sí (aunque puedes adelantarlo y no necesitas pasar más de media hora con todas y cada una de ellas). Hay que asistir a las reuniones de evaluación sí o sí.

Pero igual no hace falta crear una carpeta en el ordenador con todas las fotos del curso para mandárselas a las familias. Es un detalle bonito, vale, pero si estamos hasta el cuello quizás no sea prioritario.

Igual podemos delegar la fiesta de fin de curso en alguna familia voluntariosa que quiera echar una mano. Incluso si eso significa que la fiesta no es exactamente como a nosotras nos gusta.

Y tampoco pasa nada si en el baile que hemos preparado con nuestra clase alguien da un paso fuera de ritmo. Cuando las personas adultas lo hacemos, parecemos ridículas; cuando lo hacen los niños y niñas, son la anécdota adorable de la función.

Tenemos que aprender a delegar, a darnos cuenta de que nada en nuestro trabajo es tan importante que merezca que nos pongamos enfermas.

De verdad.

Prioricemos.

Terminar el temario o morir en el intento

Spoiler: morir en el intento.

Si estamos todavía por la mitad del libro en abril (o dos tercios, me da igual), siento deciros que hace falta poco menos que un milagro para terminar todo lo que supuestamente tenemos que dar.

(Digo supuestamente porque el libro de texto no manda. El currículum está basado en competencias, y quizás esas ya estén trabajadas para febrero. E incluso los contenidos mínimos que marca la ley son mucho más vagos que la unidad quince del libro de matemáticas).

Si nos centramos en el ma-me-mi-mo-mu del día a día y forzamos el motor para llegar a la meta con más o menos gracia, lo único que vamos a conseguir va a ser quemarnos y quemar a quienes nos rodean (que en este caso es nuestro alumnado). Y es que el tercer trimestre es engañoso, porque no son tres meses: hay puentes, jornadas continuas donde el cambio de horario nos descoloca a docentes y alumnado por igual, excursiones, ensayos para la dichosa fiesta de fin de curso…

Esas cinco horas de lengua a la semana van a ser, con suerte, dos o tres. A ver quién es la guapa que se centra en semejante desbarajuste.

Por eso, a veces lo mejor es moderar la velocidad. El fin de curso es como una carretera llena de curvas, si aceleras corres el peligro de salirte y darte un buen golpe.  Mejor ir despacio y disfrutar del paisaje, por muchas ganas que tengamos de llegar.

(Sí, estoy llevando la dichosa metáfora del coche demasiado lejos y ya me he perdido, soy consciente. He acelerado demasiado, me he dejado llevar por el GPS y —BASTA).

Si los temas que quedan por dar nos parecen imprescindibles, hagamos un resumen y saltémonos las partes horribles del libro que nos cuesta dar (y a ellos y ellas entender). Aprovechemos para hacer un proyecto lo más manual posible, o echar mano de la tecnología y dejar que disfruten. Los y las docentes no somos las únicas que están cansadas a estas alturas de curso.

Y para esas últimas semanas en las que no tenemos muy claro si somos educadoras o canguros muy bien pagadas, podéis echar mano de estas actividades que evitan las grescas en clase.

Vamos a calmarnos un poco

Por propia experiencia, la peor época del año es el final del segundo trimestre. El cansancio hace mella, los nervios están a flor de piel y saltamos por cualquier cosa. También es la época en la que suelo enfermar, y sé que no soy la única. Son tiempos duros.

El final del tercer trimestre quizás no sea tan duro porque promete vacaciones y el buen tiempo ayuda (al menos aquí, que adoramos a esa cosa amarilla que se ve en el cielo y vemos muy de vez en cuando), aunque el cansancio también se nota. Es más fácil que saltemos por tonterías y que no estemos dispuestas a aguantar cosas que a principio de curso sí aguantamos. Y no, no estoy hablando de los problemas que nos puedan dar los niños y niñas, sino entre compañeras. Que trabajar con gente es muy duro, leñe.

Relajémonos. Dejemos pasar esas pequeñeces que el cansancio magnifica. Respiremos hondo cuando esa compañera que siempre llega tarde llega más tarde que nunca. Contemos hasta diez cuando el gamberro de clase la vuelva a liar. No contestemos inmediatamente a la nota incendiaria que nos ha mandado ese padre que ha dado por saco todo el curso.

Sé que es difícil (vaya si lo sé), pero por experiencia os digo que no merece la pena.

Es buena época también para trabajar la convivencia en clase y organizar juegos cooperativos, dar caña a las clases de tutoría, hablar de temas quizás no tan académicos y sí más personales. Después de todo un año con ellos y ellas, ahora que los conocemos, podemos saber qué les hace felices y qué les agobia.

Recordemos lo importante

Ser especialista de inglés en una escuela de una sola línea tiene su lado bueno y su lado no tan bueno. En el no tan bueno está que te vuelves loca corriendo de una clase a otra, te tragas todas las reuniones de evaluación y poner notas es un infierno. En el lado bueno, que conoces a casi todo el colegio por nombres y apellidos, a las familias e incluso a los perros que vienen a buscar a los más pequeños.

Y eso es algo muy, muy bueno (sobre todo lo de los perros, ¡que me gusta a mí un chucho!). Porque me ayuda a recordar que yo estoy aquí por los niños y niñas. Que lo mejor de mi profesión, lo más importante, son ellos y ellas. Y los lagrimones que suelto cada fin de curso cuando digo adiós a los de sexto son, al mismo tiempo, lo mejor y lo peor de mi trabajo.

A veces, en las prisas del día a día, en las carreras por llegar a vaya usted a saber dónde, nos olvidamos de los niños y niñas. Tenemos tanta prisa por terminar el temario, por acabar de decorar esa carpeta con las fichas, por asegurarnos de que han terminado el libro de ejercicios, que nos olvidamos de disfrutar de ellos y ellas.

Dejemos lo académico a un lado durante un mes. Centrémonos en las personas que tenemos delante. Disfrutemos de ellos y ellas, observemos su personalidad, su comportamiento, su situación en el mundo. Conozcámoslos. Sobre todo si no los vamos a volver a ver (porque nos vamos del centro, porque es el último curso de la etapa), aprovechemos para pasar tiempo con ellos y ellas. Lo recordarán más que cualquier tema de historia, cualquier “phrasal verb”, cualquier conjugación irregular.

Recordemos lo importante. Recordemos el objetivo de nuestro trabajo: formar personas válidas, fuertes y seguras de sí mismas.

Total, para dentro de dos semanas se habrán olvidado de todo ese temario que tanto nos apresuramos por terminar.

¿Cómo organizas tu tercer trimestre?

¿Qué cosas son para ti imprescindibles estos días?