Blog Ideas y recursos para el aula

La muerte como parte del currículum

7 noviembre, 2018

Que la fiesta de Halloween nos ha invadido es un hecho tan cierto como que el turrón sabe más rico en noviembre que en diciembre o enero (por eso de que todavía no te ha dado tiempo a empacharte de él). La versión americana de la noche de Todos Los Santos se nos ha colado en la sociedad sin darnos cuenta, y cualquiera les dice a los y las peques que no pueden ir a pedir chuches de puerta en puerta.

Bueno, pueden pedir lo que quieran, pero la llevan clara si creen que la gente les va a lanzar algo desde las ventanas. Por lo menos en Vitoria.

Quiero decir, por lo menos yo.

La fiesta de Halloween trata de monstruos, de vampiros y de dar miedo, pero solemos esquivar el verdadero tema que hay tras los disfraces y los caramelos, el tema original que dio comienzo a la fiesta pagana y después a la cristiana: la muerte.

Porque sí, nos disfrazamos de seres que pierden trozos de piel por el camino y aun así nos da más miedo hablar de la muerte sin tapujos que los muertos vivientes de las películas. Sobre todo con los niños y niñas.

Creemos que los vamos a traumatizar o que no van a entender lo que representa perder a un ser querido (no te digo ya a un compañero o compañera de clase), sin darnos cuenta de que el hecho de que nos hagan preguntas sobre el tema es prueba de su curiosidad.

Y cuando hay curiosidad, hay que saciarla. Porque si no la saciamos nosotras, corremos el peligro de “obligarlos” a buscar en otras fuentes. Y entonces sí que tenemos un problema.

La muerte en el currículum

Como luchar contra Halloween es imposible, en nuestro colegio el AMPA propuso darle una vuelta y quitarle parte de la carga consumista que arrastra. Organizaron una visita al cementerio de Santa Isabel de Vitoria (si no habéis ido, ya estáis tardando) que se nos hizo corta porque fue genial. También nos trajeron a Txabi Arnal, un escritor, maestro y profesor de la Universidad del País Vasco que hizo su tesis sobre la literatura y el duelo y nos dio una charla conjunta a familias y profesorado.

¿Sabes esas horas de formación en las que tienes que hacer un esfuerzo por mantener los ojos abiertos y todo el mundo sale del colegio pintando cuando da la hora de marcharse, haya el ponente terminado o no? Pues esta fue todo lo contrario. La poco más de hora y media se nos pasó en un suspiro y a punto estuvo el señor de la limpieza de encerrarnos dentro porque no nos íbamos.

Y es que Txabi, aparte de saber mucho sobre el tema (por algo se doctoró en él), ha sido maestro de Infantil antes que profesor de personas adultas, y se nota. Nos enganchó con su humor, con su forma de contar las cosas, con su “Hola, soy Txabi y me voy a morir” y, sobre todo, con los álbumes ilustrados que nos trajo.

Nos dejó, además, una buena retahíla de consejos para poner en marcha en clase. Porque la muerte, como él dice, es parte del ciclo de la vida y, cuando no la explicamos, el círculo se convierte en una U y no se cierra. Porque, como personas adultas con quien no se trató el tema en la escuela, aún arrastramos una gran carga y un miedo a hablar de la muerte que no deberíamos transmitir a nuestro alumnado ni a nuestros hijos e hijas. Y porque, como decía Mark Twain, en la vida solo hay dos cosas seguras: los impuestos y la muerte.

5 ideas para tratar la muerte en el aula

1. Desarrollar un protocolo en el centro.

Intento imaginarme el título que le daría yo al nuestro y cada uno que se me ocurre me gusta más:

Protocolo de muerte.

Protocolo mortal.

Protocolo de muerte mortal.

Protocolo en caso de homicidio involuntario por causas relacionadas con el trabajo.

(Ruth, recuerda que es para la escuela, no para salvar tu propio pellejo si se te va la mano, ¡céntrate!)

Como muy bien apuntó Txabi, tenemos tendencia a acordarnos de Santa Barbara solo cuando truena. La muerte es una parte integral de nuestra vida diaria y seguro que en alguno de los centros en los que has estado más de un niño y más de dos ha perdido a un ser querido.

Peor todavía: en algún centro puedes haber perdido a algún niño o niña.

Y cuando pasa algo así (sobre todo esta última posibilidad), todo el mundo busca acercarse al tema de la mejor manera que puede y sabe. Por desgracia, no sabemos mucho, porque es un tema que ha sido tabú durante muchos años. También es demasiado importante como para dejarlo en mano de docentes individuales porque como centro deberíamos seguir una línea común.

Txabi Arnal señaló las dos partes que debe tener un protocolo de este tipo: una preventiva y otra paliativa. No hace falta esperar a que pase algo para tratar el tema, igual que no hace falta esperar a que los niños y niñas sean sexualmente activos para explicarles qué es el sexo (o, ejem, al menos no deberíamos). La muerte debe tener un espacio en nuestra clase y no debe ser un tema que evitemos como si estuviéramos hablando de algo feo o malo: a todos y a todas nos va a llegar el momento tarde o temprano.

Esperemos que sea más tarde que pronto, porque tengo muchas cosas que hacer todavía, pero que va a llegar es seguro.

Tampoco es cuestión de convertir nuestra clase en un velatorio e ir con caras largas todo el santo día. De lo que se trata es de no esquivar el tema cuando un niño o una niña nos haga una pregunta. ¿Cuántas veces te han preguntado a dónde va la gente cuando se muere? ¿Cuántas veces has cambiado de tema? Yo menos en los últimos años, pero es cierto que antes tenía tendencia a esquivarlo. Quizás sea porque ahora sé lo que es la pérdida y puedo compartir lo que sentí (y aún siento).

Porque ahí está el truco: los niños y niñas aprenden cuando pueden basar el nuevo concepto en una experiencia previa, aunque sea literaria, aunque sea una conversación. Si ven que el compañero está triste porque una mascota querida ha muerto y se habla de su pérdida en clase, o si leen un cuento en el que un personaje pierde a un ser querido, van a entender que lo que sienten, cuando les llegue el momento de perder a alguien, es normal.

Después llega la parte paliativa, esa que a nadie le hace gracia y ojalá no hiciera falta. Qué hacer cuando un niño o una niña pierde a un ser querido. Peor todavía es cuando la escuela pierde a un niño o a una niña. Y esto me lleva al segundo punto.

2. Cuidado con los homenajes

El objetivo del duelo es volver a la normalidad lo antes posible. Los niños y las niñas son resilientes, se recuperan de los batacazos que les da la vida con una rapidez que ya la quisiéramos nosotras. Txabi mencionó que, si una peque está todavía triste por la muerte de un ser querido un mes después del suceso, deberíamos buscar ayuda externa porque algo no se ha cerrado bien.

Nos dijo aún más: “Un niño debería ser capaz de salir del funeral de su abuelo y ponerse a jugar con sus amigos”.

Las personas adultas somos distintas, no cabe duda, y necesitamos nuestros rituales de despedida. Esos rituales son necesarios y es muy recomendable que los niños y niñas formen parte de ellos, ya sea yendo al funeral de la abuelita o despidiendo a su compañera de clase.

Hay que despedirse. Hace falta, es necesario.

Pero sin pasarse. Sin alargar el drama, sin forzar, sin hacer que toda la vida del colegio gire en torno a la muerte de la pequeña.

Te voy a contar real algo que viví en una escuela. Si no te hace gracia leer sobre la muerte de niños pequeños, ve directa al punto tres, para qué llevarte el mal rato.

Hace unos años, en el colegio en el que trabajaba murió una pequeña de cinco años en un atropello estúpido (dando marcha atrás al salir de un aparcamiento, el conductor no la vio y se la llevó por delante). Yo estaba esos días liberada haciendo un curso y me enteré por el periódico de que en el pueblo donde trabajaba había muerto una pequeña.

La noticia no decía su nombre pero, cuando vi su nacionalidad, supe que era alumna mía porque en la otra única escuela del pueblo (concertada) no había inmigrantes. Algo dentro de mí, no sé por qué, me indicó también qué niña era (siempre he dicho que soy un poco bruja). Llamé al colegio y supe que había acertado: era la alumna en la que yo había pensado, a quien había dado inglés todo el año anterior y cuya risa aún recuerdo, porque jamás he conocido una niña más alegre que aquella.

Me dijeron que iban a hacer un pequeño homenaje y yo, por supuesto, fui a despedirme. La escuela era un guirigay y la mayor preocupación del equipo directivo parecía ser demostrar a la comunidad de la familia de la niña que la apreciábamos mucho. (Disclaimer: no culpo a la dirección. Yo tampoco hubiera sabido como actuar). Todo el colegio salió al patio, familia incluida; se soltaron globos en su honor y alguien leyó una poesía. Fue un detalle, un momento, y luego todo el mundo volvió a clase.

Hasta ahí todo bien.

Pero no.

Porque el ochenta por ciento de la escuela no sabía quién era la niña, profesoras incluidas. Acababa de empezar primero y nadie era capaz de ponerle cara. Pasaban por delante de la foto que pusieron en el pasillo y algunos murmuraban “ah, sí, creo que me suena”.

No sé si se trabajó algo en clase. No sé si se hizo algo. Yo volví en enero (esto fue en noviembre) y nadie se acordaba ya de ella, o al menos no la mencionaban.

Volvieron a la normalidad. ¿Sirvió de algo el homenaje? No lo sé. Para los niños y niñas, quizás. A mí, desde luego, me dejó más hecha polvo que antes de decir adiós.

Pero claro, yo hace ya tiempo que dejé de ser niña.

3. Cuidado con los eufemismos: la gente muere, no se va

¿Cuántas veces les hemos dicho eso a los peques? Con las mascotas, “se ha escapado”, “ha volado” o “lo hemos llevado al pueblo” han sido eufemismos para “se ha muerto” toda la vida.

(Un momento. Me acabo de acordar de un pollito que tuvimos que se fue al pueblo de mi tío. Un tío con el que casi no tenía relación. Que no tenía pueblo. Ni coche. Ni sabía nada de ningún pollito cuando le pregunt— SERÁN CABRONES).

A veces hacemos lo mismo con las personas. “El abuelito se ha ido de viaje”, le dice el padre, aguantando las lágrimas, a la hija. “Está en el Caribe, con la abuela, que se fue antes, ¿te acuerdas?”. La niña no se acuerda, pero empieza a pensar que el Caribe es un sitio horrible y no entiende por qué en las películas lo mencionan como un destino deseable.

Diles la verdad. Diles que se ha muerto, no que está dormido. Diles que no va a volver, pero que ya no sufre, que no le duele nada y que es normal estar triste. Deja que se despidan en el tanatorio si lo piden, no hagas eso de “son muy pequeños para ver muertos”. Contesta a sus preguntas de manera sincera.

Pero no les digas que están dormidos. No me imagino las pesadillas que van a tener creyendo que el abuelito está dormido y lo han metido en una caja para el resto de su vida.

4. Dale tiempo

Si alguna vez pasas por el trance de perder a alguien de tu clase, date tiempo y dale tiempo a la clase. Deja que se expresen, que lloren, que hagan preguntas. Muestra tú también lo que sientes. Ni se te ocurra vaciar el casillero de la niña con nocturnidad y alevosía, cuando no estén los críos delante: hazlo delante de la clase y aprovecha para recordar su vida. No tiene que ser el mismo día que recibas la noticia, ni a la semana siguiente. Igual la clase no quiere que quites sus cosas, déjalas hasta fin de curso y recógelas cuando el resto se las lleve también.

El objetivo es volver a la normalidad y hablar de esa niña con normalidad forma parte de ello. Celebra el día de su cumpleaños, recordad cómo era, sin regodearos en su recuerdo y en el dolor, sino felices porque la conocisteis y fuisteis parte de su vida.

Así lo viven los niños y las niñas. Aunque a veces se acuerden y estén tristes, al instante siguiente se están riendo. Es una parte más de sus vivencias. Un aprendizaje más. Todo suma.

5. Observa y pide ayuda

No todos los peques van a llevar la muerte de un ser querido igual y no es algo que debamos pretender. Lo que necesitamos es estar atentas para detectar las pequeñas señales de auxilio. Ese niño que siempre ha sido el graciosete (adorable) de la clase y de repente se pone la capucha porque quiere desaparecer en sí mismo, esa niña que siempre ha sido muy dulce y sin venir a cuento empieza a meterse en problemas, esa niña que se echa a llorar de repente y no puede poner en palabras por qué está así: son señales de alarma y debemos estar atentas. La depresión en la adolescencia no es un cuento ni parte de la edad, es algo serio que puede hacer mucho daño.

El objetivo no es solucionarlo (no somos psicólogas), sino pedir ayuda. Llamar a la familia, contarles lo que hemos visto. Y dejarles saber a los peques que sabemos por lo que están pasando.

La muerte es parte de la vida y como tal debemos tratarla en clase. Sin dramas, sin angustias, sin eufemismos. Aquí te dejo una pequeña lista de libros que puedes usar con tu clase (sobre todo con los más pequeños), no tanto para tratar el tema explícitamente sino para hablar de él como hablamos de un millón de cosas más.

Porque la muerte está ahí, está presente, pero no hay por qué temerla si la entendemos (medianamente, al menos).

Te dejo leyendo. Te dejo, pero no me voy. O sea, me voy, pero no al Caribe. Ojalá me fuera al Caribe, pero al de verdad. Vamos, que pretendo estar aquí la semana que viene, toco madera, espero no haberla gafado, coño qué mal fario, para qué habré dicho nada.

Que hasta el miércoles que viene, vaya.


Si la lectura de hoy te ha deprimido un poco (espero que no, pero lo entendería), sabes que siempre puedes echar mano de Armarios y fulares y quitarte el mal sabor de boca. Y si lo que quieres es algo con lo que reírte también, aunque en otro tono, puedes ver lo que Manolo dice de Profe, una pregunta y/o comprarlo aquí directamente si te gusta lo que lees.

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Blog Opinión

Exámenes: ¿tan malos como los pintan?

31 octubre, 2018

Si hay un elemento de la clase tradicional que se lleve mala fama son los exámenes (seguidos muy de cerca por los libros de texto).

No hay más que darse una vuelta por cualquier red social (o cualquier plaza un sábado por la tarde, o por la cafetería cuqui que han abierto debajo de mi casa que siempre está llena de prepúberes) y oír a los y las adolescentes echando pestes sobre las dichosas pruebas, lo mucho que tienen que estudiar y el puñetero calendario escolar que obliga a ponerlos todos juntos, algunos incluso el mismo día.

Bueno, los adolescentes no culpan al calendario escolar, sino al profesor que no ha querido cambiarles el examen. Nadie se acuerda de que luego los tiene que corregir y le hace la misma gracia que a su alumnado.

Sé que hay mucha gente contraria a los exámenes. Muchas personas de dentro y fuera del aula dicen que no sirven de nada, que solo ayudan a memorizar y que lo que se estudia para un examen se olvida a los dos días. No voy a negar que tengan parte de razón, porque es innegable que todos y todas hemos sufrido ese tipo de pruebas, pero me temo que ahí la culpa no es tanto de los exámenes como de quien los crea.

Sí, como bien sospechabas tras haber leído algunas de mis entradas poco populares (que al final no lo son tanto, visto lo visto lo que me comenta la gente), he venido a decirte que estoy a favor de los algunos exámenes.

Porque los exámenes, por sí mismos, tienen valor. Tanto que hay varios objetivos (y más de una competencia) que no se cumplirían si no fuera por ellos.

Espera, que me explico.

La importancia de un examen bien diseñado

Si te has pasado alguna otra vez por este blog, sabes que me gusta escribir. También sabrás que soy directora y que ese cargo implica que más de una vez tengo que llevarme trabajo a casa porque el plan anual no se va a hacer solo.

Cuando llega el fin de semana, tengo que elegir entre hacer una de las dos cosas: escribir por placer (y para publicarlo luego, que es lo divertido) o dedicarle un tiempo al trabajo del cole. Mi cabeza, el corazón, la tripa, los dedos y hasta los gatos me dicen que me ponga a escribir por placer, que es lo guay, lo que más me gusta, lo que quiero estar haciendo cuando los zombies ataquen la ciudad y nos coman los sesos.

Pero una parte muy pequeña de mí que aún no tengo localizada físicamente (porque si no ya la habría extirpado, qué quieres que te diga) me recuerda que la  documentación del cole tiene fecha de entrega, que va a venir la inspectora cualquier día de estos a pedirla y más me vale tenerla preparada y medianamente decente.

La hijaputa de la voz esa que sale de vaya usted a saber dónde gana la mayoría de las veces, oigan. Qué incordio.

Claro que, como yo soy adulta, consigo organizar mi tiempo de forma que quepa todo. Me quito primero el trabajo para luego disfrutar de lo que más me gusta, que incluye escribir, salir a dar una vuelta, irme por ahí de fin de semana o tirarme a leer toda una tarde.

(Nótese que no he dicho “limpiar la casa”, “ordenar armarios” o “poner lavadoras” en ningún momento. Ejem).

Aun así, me cuesta, me cuesta horrores. Si no hubiera una fecha tope, no entregaría la programación del año, el plan de centro o la memoria del curso pasado hasta dos días antes de mi jubilación. Porque a mí lo que me gusta es hacer… bueno, lo que me gusta, como a toda hija de vecina.

¿Recuerdas lo que era ser adolescente? ¿Recuerdas lo que era ser niña y querer pasarte el día jugando? Y no me vengas con eso de que tú eras muy responsable y te pasabas el día estudiando sin que nadie te dijera nada, que no cuela.

Porque lo normal es no hacer las cosas a las que estamos obligadas hasta que la fecha límite te raspa el cogote. Y si no tienes fecha límite… muchas veces no las haces.

Como ponerte a estudiar, por ejemplo.

Exámenes y sus diseños

Eso no quita para que esté de acuerdo en que algunos exámenes no sirven para absolutamente nada.

No sé cuántas veces me habrán puesto un mapa mudo de la península para que colocara las provincias, los ríos o las cadenas montañosas, y hoy es el día que todavía no sé colocar más que el Tajo en el mapa (bueno, y el Ebro porque pasa cerquita). Cuando volví de Estados Unidos me di cuenta de que era capaz de identificar la mayor parte de los estados de aquel país, más o menos, pero no era capaz de encontrar Albacete (lo siento, oriundos de Albacete).

(Antes de que venga algún cuñado a decirme que eso es por la educación que se daba en las ikastolas, también os diré que no soy capaz de nombrar las provincias vasco-francesas y esas me las repitieron incluso más que las cordilleras. Coño, que pasaba de los veinte cuando me enteré de que el Gorbea estaba a medias entre Bizkaia y Araba, ¿dónde estaba yo cuando tocaba geografía? ¿Me abdujeron los alienígenas? ¿Tan bueno estaba el compi de clase que me gustaba?)

(Respuesta a esta última: SÍ).

Cuando un examen solo te pide regurgitar lo que has aprendido en clase, todo ese contenido que has estudiado se va a olvidar con facilidad, sobre todo si no te interesa. Pero si el diseño del examen te pide que demuestres no solo que has estudiado sino que has entendido, estudiar para esa fecha va a conseguir que, oh sorpresa, aprendas.

Es lo que ocurre cuando te dan una tabla de población y la tienes que interpretar. O cuando en un examen de literatura te piden comparar dos textos de autores que has estudiado (gracias, UNED, por este tipo de pruebas) e incluso aceptan que des tu opinión si está contrastada por todo lo que has trabajado durante el curso.

¿Por qué tiene que ser un examen escrito, en lugar de una presentación oral? ¿Por qué no un trabajo que luego hay que exponer? Siempre que haya una fecha de entrega, vale igual. Pero necesitamos una fecha de entrega. Y necesitamos una espada de Damocles, una inspectora que venga a pedirte cuentas, una profesora que no acepte cualquier cosa en un trabajo.

Necesitamos unos criterios de evaluación claros que debemos darles a los niños y niñas el primer día de nuestra asignatura. Necesitamos exigirles para que nos den todo lo que pueden dar.

Sí, lo has leído bien: exigirles. No pedirles ni esperar que te lo den por las buenas.

Exigir y presionar son cosas distintas

Ya sé que estamos en la era del buenismo, del “los niños vienen al cole a ser felices”, del “es que se esfuerza tanto…”, pero con esa filosofía estamos creando una generación de personas muy dependientes y, sobre todo, les estamos haciendo creer que merecen algo solo por el mero hecho de intentarlo.

No. Lo siento, no todo vale.

Hablamos de la competencia de aprender a aprender, pero se lo damos todo masticado y no les ponemos exámenes porque no tienen tiempo para estudiar o, peor (ay), “no queremos presionarlos”.

No sé tú, pero yo nunca me sentí presionada por un examen. Era mi deber, mi tarea, mi trabajo. Era lo que tocaba.

También es verdad que yo crecí en una casa donde un suspenso no era una tragedia, sino un toque de atención. Nunca se me castigó si suspendía y se me había visto estudiar y esforzarme (siempre lo hacía, fui una empollona).

Pero tampoco se me justificó ni se me permitió fallar dos veces en la misma piedra. Si se me daban mal las matemáticas, se me buscaba ayuda, pero yo tenía que poner de mi parte. Si había que ir a hablar con una profesora con la que había tenido un problema, se iba, pero más me valía haber dicho toda la verdad sobre lo que había pasado en clase porque si no en casa la íbamos a tener.

Los exámenes, como les digo yo siempre a los niños y niñas, son las marcas del camino que nos dicen si vamos bien o mal. Si yo, como profesora, veo que toda la clase falla en el mismo aspecto, sé que algo estoy haciendo mal. Si un niño o niña falla en algo concreto, sé que tengo que ayudarles en eso.

Si no evalúo, no hago exámenes, no pongo notas… no tengo ni puñetera idea a dónde voy ni dónde estoy. Ni como profesora, ni como alumna. Y eso valdrá para que vengan felices al cole, pero desde luego no para crear la ciudadanía que necesito para que me pague la pensión de jubilación.

Por eso estoy a favor de los exámenes, pero también de exámenes de calidad. Y, aun a riesgo de sonar incongruente con lo que acabo de decir, también estoy a favor de quitarle peso a los exámenes. Suspender no es el fin del mundo, repetir curso tampoco.

Es más, querido alumno o alumna: que tengas una carrera universitaria no te va a hacer mejor persona ni te va a asegurar una vida fácil. Pero mi trabajo es hacerte aprender, y para ello una de mis herramientas son los exámenes. Piensa que, por cada uno que tú haces, yo tengo que corregir cientos. Me gustan tan poco como a ti, pero son tan necesarios como madrugar.

Y, desde luego, mucho más necesarios que las programaciones que te va a tocar hacer cuando crezcas si cometes la locura de dedicarte a esto, my darling.

¿Qué tipo de exámenes has tenido que sufrir en tus carnes?

¿Qué pruebas son las que más odias? ¿Y las que más te gustan?

Blog Reseñas

Profesor invitado y autobombo. Presentación de Profe, una pregunta

24 octubre, 2018

Me vas a permitir que haga algo que nunca he hecho en este blog: traer a un profesor invitado. No lo hago porque haya sido una semana muy dura (que sí, lo ha sido, pero cuál no lo es), porque no haya tenido tiempo para escribir la entrada de esta semana o porque no me apetezca contar nada nuevo, ojo. Escribir en el blog se ha convertido en una de mis cosas favoritas y antes dejo de ir a trabajar que faltar a la cita de los miércoles.

Bueno, tampoco nos pasemos. Pero que lo hago a gusto, vaya.

La razón de tener hoy un profesor invitado es doble: por un lado, para dar voz a más gente con la que comparto ideas, y por otro hacer un poco de autobombo. Porque el texto que voy a compartir aquí hoy es el que Manolo Martínez, maestro, sindicalista y compañero de lecturas los últimos jueves de cada mes (cuando se reúne nuestro club de lectura en euskera) leyó el jueves pasado en la presentación de Profe, una pregunta en la librería Elkar de Vitoria.

El objetivo no es que vayas corriendo a la librería a comprar el libro (aunque, qué demonios, si lo haces mejor que mejor), sino que leas la experiencia de otro maestro que ha pasado toda una vida en el aula y cuenta cómo era la educación cuando él empezó y cómo es ahora. Manolo ha tenido el detalle de pasarme el texto y ahora, olvidados ya los nervios de la presentación, toca disfrutar con las palabras que el jueves oí pero no asimilé.

Así que, sin más, te dejo con el profesor invitado y por una vez me callo yo. 

Mila esker, Manolo! Eta Irati Iciar, argazkiagatik.

PRESENTACIÓN DE PROFE, UNA PREGUNTA

El lector y la lectora son docentes, se acercan a su librería habitual y lo ven: “PROFE, UNA PREGUNTA”. Así que… un libro sobre enseñanza… “La docencia vista desde dentro”, anuncia su portada… y como las dos trabajan en la enseñanza se miran y recelan… “Pero como lo ha escrito nuestra amiga Ruth – dicen -, pues… venga, vamos a ojearlo un poco”:

“Ser profesora es lo único que he querido hacer desde que era muy pequeña. Mis muñecas aprendieron a multiplicar al mismo tiempo que yo”. Joder, zer polita! Sigamos ojeando: “Se nos prepara para dar clase, pero no para la ingente cantidad de situaciones que nos encontramos a diario”. Mmmm.  Ez dago gaizki… “Yo también tuve todas las respuestas un día. (…) “Tras más de veinte años en el aula, miro hacia atrás y me pregunto dónde dejé todas esas respuestas”. Bueno, esto suena a cercano, a alguien como yo, tutora de primaria que se pregunta y quiere reflexionar sobre su práctica diaria. Vamos a leerlo.

………………………..

Ya se sabe que de enseñanza puede opinar todo el mundo, lo cual es normal ya que todo el mundo ha sido parte del sistema educativo, pero sobre ella se puede hablar de muchas maneras. Todos y todas las que hemos trabajado en esto estamos acostumbradas a que el discurso sobre la enseñanza sea, tanto desde los medios de comunicación como en las declaraciones políticas, solemne: la educación es el futuro de un país, el niño es el centro de la actividad docente (nunca se sabe a cuál de los 25 que hay en clase se refieren ni qué edad tiene ese niño o niña), el sistema educativo debe enfrentar los retos actuales, la formación del profesorado es vital, su sistema de elección también (en la pública, porque en la privada se escoge como se quiere), la adaptación a las nuevas tecnologías es estratégica… este es el discurso correcto.

Y la sensación que tenemos siempre es que nos hablan de fuera, que no han estado en clase, que no han visto un comedor escolar, que no han ido a un barnetegi [campamento]. Por eso leer el libro de Ruth es, aparte de divertido, real, real como la enseñanza misma. Sí, este libro habla sobre enseñanza, enseñanza primaria, y habla a pie de obra, con 25 criaturas con las que convivimos durante dos o tres años, escrito desde dentro de clase. Las situaciones que Ruth describe, que son muchas, son tan cercanas que te hacen sentirte protagonista de ellas, reflejada: “-¡Aiba!”, dices, “eso también me ha pasado a mí,  soy yo con mis miserias y mis glorias”, y así, si al leerlas nos reímos, nos estamos riendo de nosotras, y cuando vemos los apuros  de la protagonista, estamos viendo nuestros propios apuros.

Dice Gil de Biedma en una de sus poesías: “que la vida iba en serio, uno lo empieza a comprender más tarde, como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante”. Y los y las que estamos en la docencia podríamos decir: “que la enseñanza iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde, como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la enseñanza por delante”.

Y es bonito que Ruth nos recuerde que esa es la actitud que todos nosotros y nosotras tuvimos antes de empezar a trabajar y que además esa es la actitud que se debe de tener ante la puerta de la escuela. Nos íbamos a llevar la vida, o sea la enseñanza, por delante e íbamos a cambiar el mundo, por supuesto. Hasta que vimos que era la enseñanza la que cambiaba nuestras vidas.

Porque la enseñanza ha cambiado mucho: ¿Alguien puede imaginar una escuela sin programaciones, Plan de centro, Memoria… sin Consejo Escolar, Aplicaciones informáticas, DAE… sin especialistas de gimnasia, música o inglés? ¿Sin Preescolar? Pues así era la enseñanza cuando empezamos a trabajar. Así que ha cambiado y mejorado mucho, mucho y eso se ha debido, (abro paréntesis), sobre todo a la introducción del euskera, de la enseñanza en euskera en nuestro sistema educativo. Con el euskera entró la innovación, los txokos, los proyectos, las fiestas de Olentzero, Santa Ageda, Carnaval, las salidas a barnetegis … En dos palabras: la renovación pedagógica de una escuela tradicional (cierro paréntesis).

Y dentro de ese cambio que hemos visto en la enseñanza, hay que hablar de la increíble carga que nos están echando encima, ¡sin parar!  La cosa es muy sencilla: tenemos que solucionar todos los problemas no solucionados en la sociedad para que la escuela los solucione, la escuela tiene que arreglar todos los desarreglos sociales. ¿Demasiados accidentes de tráfico? Educación vial. ¿Trastornos de alimentación y obesidad infantil? Educación alimentaria. ¿Violencia política? Víctimas a las aulas. ¿Problemas de residuos? A enseñar reciclaje… Además de todos los valores clásicos de respeto, igualdad, solidaridad, cooperación, medio ambiente, limpieza… Y de todos los contenidos.

Y eso sin hablar de los cambios legales y de metodología que se han dado en los últimos años y que todos, sin excepción, iban  a revolucionar definitivamente la enseñanza en un pis-pas.

El libro de Ruth nos dice que hay que bajar a la realidad. El papel de la escuela se ha reducido, su espacio social es menor que antes, ha perdido importancia, los estímulos exteriores y ajenos se han multiplicado, internet es inabarcable… El fútbol, por ejemplo, con su enorme presencia, y con su mensaje de competitividad (ganar es lo que importa, morir por los colores, cifras millonarias…), o sea, esa nueva religión, juega diariamente en contra de todos los valores que quisiéramos transmitir en clase: el valor del trabajo, el reconocimiento a lo bien hecho aunque se pierda, la solidaridad con los y las desfavorecidas, la igualdad de género… No es fácil dar clase al día siguiente de la final de la UEFA del Alavés o cuando el Baskonia ha ganado la copa de Europa e intentas explicar en clase que, bien, pero que eso no nos da de comer.

La escuela hace lo que debe de hacer, que es muchísimo, pero hay que dejarla más tranquila, no se puede estar cuestionando todos sus objetivos y metodología cada cierto tiempo.

También ha cambiado mucho la percepción social o la consideración que se tiene del profesorado. Ese primer año que estuve en Llodio como específico de euskera me encontré un día en la calle con un padre de la escuela, el padre de Isidorito y Rosita, 9 y 7 años. Me para, él con los dos críos y me dice: “Hombre, don Maixu, ¿qué tal, bien? Usted ya sabe, ¿eh? A éste (y señaló a su hijo Isidorito de 9 años) péguemelo bien, ¿eh?, péguemelo bien para que aprenda. A esta, no (señalando a Rosita, de 7 años), que es tonta”.  Al cabo de unos años, mi amigo Josean me contó que en el instituto de Laguardia donde daba clases, un día se dirigió a un alumno, hijo de un bodeguero de la zona, y le instó a estudiar, a esforzarse para que en el futuro… Y ese alumno, el hijo de un bodeguero y productor de vino de la Rioja le respondió: “¿Estudiar para qué? ¿Para acabar como tú?”.

Sí, ha cambiado y mucho el prestigio que alguna vez tuvo el profesorado.

Una cosa que se olvida a menudo: como el discurso que funciona sobre el profesorado es el cursi, el hippie, el del profesorado abnegado y amoroso, se evita citar que somos trabajadores, que estamos afiliadas a un sindicato y que hacemos huelga contra los recortes y para reivindicar mejores condiciones laborales, y que tenemos claro que si trabajamos a gusto, la escuela, la enseñanza, funciona mejor. Lan baldintzak hobetu, eskola publikoa indartu, decimos [Mejorar las condiciones laborales, fortalecer la escuela pública]. Y el gobierno suele responder repitiendo otra vez lo de las vacaciones, diciendo que utilizamos a las familias… desprestigiándonos, en definitiva, desprestigiando nuestro trabajo ante el resto de los y las trabajadoras (que son los padres y madres de nuestro alumnado), sin darse cuenta de que eso que quiere desprestigiar a corto plazo es desprestigiar al sistema educativo en su conjunto y, a medio plazo, siempre se vuelve en contra de la propia sociedad.

Bueno, acabo ya con la parte sindical y vuelvo a la literaria.

El mérito de Ruth es que se sitúa al margen de los discursos clásicos sobre la enseñanza: el fácil, el de ascensor, el de cómo viven los y las maestras; el romántico, el del profesorado angelical y entregado a un niño o a una niña increíblemente motivados y deseosos de aprender que no es lo más generalizado; y el solemne e institucional que nos achaca todas las soluciones a los problemas sociales que, evidentemente, no podemos dar. O sea, desmonta las generalidades de peluquería y habla desde el sudor.

El libro de Ruth es un libro honrado, plantea casi todas las preguntas posibles de una docente y también deja caer bastantes respuestas pero sin decirlo, sin dar recetas; reconoce los límites del proceso educativo y, sobre todo, nos ayuda a hacer una cosa que todas deberíamos hacer, una reflexión sobre nuestra actividad docente, de forma honesta, sincera, con olor a tiza, que nos viene a todos y a todas muy bien para darle una vuelta a nuestro trabajo diario. ¿Cómo enseñar? ¿Cómo se aprende? ¿Cómo evaluar? ¿Las nuevas tecnologías? ¿Lo estaré haciendo bien? Este es uno de los méritos del libro, Ruth nos cuenta lo que somos con una sinceridad divertida.

Un ejemplo: “Profe, una pregunta, ¿qué se necesita para ser una buena profe?” Ruth no duda: paciencia, pasión, reflexión y humor.

Así que Ruth hace un repasillo: “¿Voy bien, puedo mejorar?” Y las conclusiones, que no hay, nos hacen pensar y nos dan esperanza, ánimo y orgullo. Son páginas catárticas, que te interrogan y te divierten, que son verdad y que se cuentan con humor. ¿Qué más se puede pedir a un libro que habla sobre nuestra, iba a decir, heroica condición?

Vamos, que merece la pena leerlo; perdón, la pena no, que merece la alegría leerlo.

Manolo MARTÍNEZ

Vitoria-Gasteiz, 2018-10-18. ELKAR liburudenda


Así da gusto, no me digas.

Si quieres saber más sobre Profe, una pregunta, puedes echarle un ojo a la reseña que escribí en el blog hace unas semanas. Y si te interesa leer algo de ficción y bastante más light, aunque también ligado a la educación (de aquella manera), siempre te queda Armarios y fulares, que no tiene precio como lectura de sábado lluvioso.

Blog Reseñas

Leer de todo, café y educación

17 octubre, 2018

Qué importante es leer de todo.

No entiendo muy bien a la gente que dice que solo lee un género concreto. Les preguntas si han leído a, yo qué sé, Steinbeck, y te contestan que no leen realismo, que solo leen fantasía weird, ciencia ficción futurista o romántica gore en castillos góticos de la edad media.

O viceversa, que me parece incluso peor: esa gente que arruga la nariz si les preguntas si han leído a alguien que no sea, mínimo, un premio Nobel. “Yo solo leo cosas serias”, te dicen, con la cara de un gurmet de la Guía Michelín cuando le plantas un pintxo de tortilla de patata delante.

Pues no sabéis lo que os estáis perdiendo, majos. Tanto uno como otro.

A mí me encanta leer de todo (y comer de todo también, no te voy a engañar). En mi casa me esperan varias decenas de libros sin leer que me he ido comprando a lo largo de los últimos meses llevada solo por impulsos. Sé que, dependiendo de la temporada que esté pasando, me va a apetecer más uno que otro, y lo mismo me da por devorar un tocho de Jonathan Franzen en inglés que leerme un libro de cuentos de Garazi Arrula Ruiz en euskera que hincarle el diente al maravilloso Estilo rico, estilo pobre en castellano.

Así estoy, que no sé muy bien en qué idioma pienso ni en qué longitud lo hago.

No hay cosa que más me guste que entrar en una librería sin ningún libro en mente, solo para ver qué hay o qué me apetece, y llevarme tres o cuatro libros que desconocía hasta dos minutos antes, que nunca han estado en mi lista o que he recordado al encontrarlo. Una vez la cajera se quedó mirando mi compra, me preguntó si alguno era para regalo y, al decirle que no, me preguntó de dónde sacaba el tiempo para leer. “Los libros no caducan, ¿eh?”, le dije. Ella rio. “Sí, tienes razón”.

(No, no le dije eso. Le dije algo así como que no había prisa. Lo de caducar lo pensé después, pero me pareció tan bueno que tenía que escribirlo. Parece mentira que escriba ficción, si no sé ni mentir).

 

Liderazgo, café y libros

Uno de esos libros que han caído por casualidad en un “entroysalgo” de una librería ha sido No es por el café, de Howard Behar, que debió de ser uno de los fundadores de Starbucks hasta que decidió retirarse y dar seminarios sobre liderazgo.

Me llamó la atención porque había varios ejemplares repartidos por la tienda (muy pequeñita, ¡ni siquiera tenían el mío!) y pensé que era una novedad; luego, en casa, vi que el libro era de 2008 y me di cuenta de que la dueña de la librería, con toda probabilidad, estaba intentando librarse del stock de libros que tenía por ahí guardados.

Conmigo coló. Tiene el logo de Starbucks en la portada y estaba de frente en la estantería. CÓMO NO VA A COLAR.

Starbucks y la educación

¿Qué tiene que ver una de las empresas con mayor presencia en el mundo con… una cafetería? Espera, que voy.

En No es por el café, Behar escribe sobre cómo ser un buen líder y conseguir, por un lado, que tus empleados estén a gusto trabajando y, por otro, que la gente de fuera valore tu empresa. Uno de los primeros pasos que tienes que dar, según él, es tener muy claro quién eres tú y qué valores quieres transmitir; eso significa que, a veces, vas a tener que hacer cosas que no son fáciles para mantener tus ideales, y que vas a tener que decir que no a cosas que podrían beneficiarte tanto económica como socialmente porque no son acordes con lo que tú piensas.

Esto, que parece tan de perogrullo, es algo que no es tan fácil llevar a cabo como aparenta. Llevado al terreno de lo personal, es fácil encontrar algo en tu propia vida donde arrugues el gesto y pienses “hm, es verdad, ahí me vendí un poco; aunque solo fue una vez y eso me facilitó llegar a donde estoy ahora”.

Como la vez que no protestaste ante unas condiciones de trabajo injustas por miedo a perderlo.

Como la vez que no defendiste a una persona que necesitaba ayuda por miedo a tu integridad, ya fuera moral, laboral o física.

Como todas las veces que compras algo de esa marca que sabes que machaca el medio ambiente, trata fatal a sus empleados y roba más que el PIB de algunos países de los que saca la materia prima. Sí, Nestlé, te estoy mirando a ti.

(Todos estos ejemplos se refieren a mí. El “tú” al que me dirijo es solo una figura retórica; no soy yo quién para juzgar a nadie, tú sabrás qué haces que no vaya con tus valores. Igual eres mejor persona que yo y has conseguido encajar toda tu vida en tu esquema vital).

Llevado a la educación, el ser coherente con unos valores concretos es, a veces, aún más difícil. Llevarle la contraria a una familia que te exige algo para su hijo o hija que tú crees injusto o poco ético es muy difícil, y sé que no seré la única que admita que alguna vez lo ha hecho para conseguir que se callaran.

Más de una vez hemos perdido los nervios en el aula y dicho o hecho algo que no va con nuestra filosofía de la educación.

Alguna vez hemos soltado un “que le den” y hemos optado por la opción sencilla en lugar de por la correcta.

Por eso, los diez principios que Behar menciona en su libro me han parecido muy útiles para llevar al aula también. Al fin y al cabo, como docentes que somos, nuestro papel también es uno de liderazgo y no viene mal coger ideas de donde sea.

Nosotras no nos vamos a forrar como se han forrado los de Starbucks, pero oye, quizás alguna de nuestras alumnas llegue a ser multimillonaria algún día y se acuerde de esa profe tan maja que tanto me dio y a quien quiero regalar una mansioncita con vistas al mar.

Eh, qué pasa. A ver si ahora no se va a poder soñar.

 

10 principios para saber quién eres y actuar en consecuencia

 

Disclaimer: nadie dijo que esto fuera fácil. Estos son los principios que Behar utiliza para dividir su libro y luego elaborar con un capítulo para cada uno. Yo os copio el título y lo adapto a la versión educativa y por qué me ha parecido que es buena idea. A ti puede que te parezca una barbaridad. Déjame tu opinión en los comentarios si es así. 

 

  1. Sepa quién es usted: asuma una posición.

A lo largo del libro, Behar habla de que no es buena idea fingir ser quien no se es porque creamos que es la cara que los demás quieren ver. Si eres una payasa dando clase, no disimules y te pongas seria porque no vas a ser tú; si eres seria, no intentes hacer el tonto porque vas a dar pena. Sé tú misma, que si eres sincera se nota y se aprecia mucho más.

  1. Sepa por qué está aquí: hágalo porque es lo correcto, no porque es apropiado para su currículum.

O sea: por tu bien espero que no estés haciendo esto por las vacaciones. O por el sueldo. O porque, como me contó una antigua compañera (ya jubilada, menos mal), su mejor amiga se apuntó a magisterio y ella la acompañó, “aunque yo nunca quise ser maestra”. Más de cuarenta años haciendo algo que no le gustaba. SOCORRO.

  1. Piense con independencia: la persona que barre debería elegir la escoba.

O dicho de otra manera: si eres tú quien está dando clase, deberías ser tú quien elija la metodología, las herramientas que van mejor con tus alumnos y hasta la marca de la pizarra digital, si me apuras. Sí es verdad que tiene sentido utilizar una metodología que vaya acorde con la filosofía del centro, pero se supone que estás donde estás porque te gusta y lo has elegido tú (hasta cierto punto, claro). Los gurús y la sociedad pueden decir lo que les dé la gana, pero tú eres la que sabe y la que tiene que sacar esa clase adelante: tú eliges tu escoba, tu tiza o tu bata.

(Qué importante es elegir una buena bata. Sin ironía ninguna lo digo).

  1. Desarrolle confianza: demuestre interés por los demás, que sí le importan.

Algo que Behar deja muy claro en este punto es que el interés no se puede fingir. No hay nada que más te vaya a unir a tu alumnado que un interés sincero por su bienestar, por sus aficiones o su día a día. Lo mismo con sus familias: demuestra que te importan. Pregúntales cómo están. Hazles un comentario banal sobre lo que sea, que no tenga nada que ver con tu trabajo. Pero que te salga de verdad, que si no se nota.

  1. Escuche la verdad: las paredes hablan.

Escucha. Escucha lo que te cuentan los peques. No pongas en duda sus palabras delante de ellos, aunque sepas que mienten. Haz preguntas hasta que empiece a salir la verdad y, cuanto más grave sea lo que están contando, menos los juzgues. Los niños y niñas necesitan saber que pueden contar contigo y que estás de su parte, aunque eso no signifique que se vayan a ir de rositas cuando han hecho una gamberrada gorda. Trata de escuchar lo que dicen, no lo que crees que dicen. A veces, cuando escuchas sin prejuicios, lo que te cuentan te deja boquiabierta.

  1. Sea responsable: solamente la verdad suena como tal.

Behar dice que “no debe haber secretos, ni mentiras por omisión, ni límites, ni evasivas”. Estoy de acuerdo, sobre todo con las familias. No ocultes las cosas, y pide que ellas tampoco te las oculten. Di la verdad de lo que pasa en el aula y pregunta qué pasa en casa. Tienen derecho a saber cómo están sus hijos e hijas en clase, aunque no les guste, aunque tengas que contárselo con guantes de seda. Pero si su hija está muy crecidita y hay que bajarle los humos, tienen que saberlo (no con esas palabras, claro) y si el resto de la clase se ríe de su hijo porque se ha vuelto el payaso de clase y su pasatiempo favorito es enseñar el culo en el pasillo, también. It takes a village to raise a child, que dicen en inglés. Si no tenemos toda la información, es imposible hacerlo.

  1. Actúe: piense como una persona de acción y actúe como una persona que piensa.

Mira, no te voy a engañar: esto lo explica en el capítulo ocho y todavía no he llegado. Como frase es bonita, pero ya me dirás tú a mí cómo se aplica esto en el aula. ¿Haz proyectos? Quizás.

  1. Afronte el reto: ante todo, somos seres humanos.

Ni siquiera Behar se escapa de caer en frases comodín tipo Mr Wonderful, qué le vamos a hacer. Se refiere a que, si el resto es demasiado grande (llevar a buen puerto una clase complicada, por ejemplo), siempre se puede partir en pedazos y dar pequeños pasos hasta conseguir el objetivo, pero siempre teniendo en cuenta que trabajamos con personas y su bienestar debe ser lo primero. Ya te he dicho yo que este libro va muy bien para usar en clase.

  1. Practique el liderazgo: el gran ruido y la pequeña voz.

O, lo que viene a ser lo mismo: hasta que no nos callemos no sigo. O quizás se refiere a que es mejor hablan en privado cuando necesitas solucionar un problema en lugar de echarle la bronca a alguien delante de todo el mundo. A veces levantar la voz no es más que ruido y un susurro bien dicho puede poner nervioso a más de uno y una. 

  1. Atrévase a soñar: diga “sí”, la palabra más poderosa del mundo.

Este es el único punto con el que no estoy de acuerdo. Más bien diría que, de vez en cuando y sobre todo en clase, oír un “no” es más que necesario. Pero como es el último capítulo y todavía no he llegado, lo mismo esconde una joya de sabiduría. Ya te contaré cuando llegue. 

 

Supongo que es un defecto profesional eso de buscar la conexión de todo lo que leo y aprendo con la educación, pero este caso lo he visto tan claro que no me he podido resistir. Espero que te sirva de algo la próxima vez que estés en el aula. O, en su defecto, espero que te sirva para ser mejor líder. Ya sabes, por si alguna vez te da por montar una cadena de cafeterías, forrarte y dedicarte a escribir libros sobre liderazgo.

¿Aplicarías alguno de estos principios en el aula?

¿Lo haces ya sin saber que estabas emulando a grandes empresarios?

 

 

Blog El día a día

Compartir es amar: Por qué es bueno contar hasta lo que sale mal

9 octubre, 2018

Qué manía tenemos con no compartir lo que nos pasa, así, en líneas generales. No hablo del postureo de las redes sociales y esas fotos de puestas de sol perfectas o cafés con leche monísimos que hacen que nuestra vida parezca perfecta cuando es una auténtica mierda. Hablo de compartir lo que de verdad ocurre durante el día a día. Lo bueno y lo malo.

Sobre todo lo malo, porque para lo bueno suele faltarnos tiempo. Corremos a contar que nos han ascendido, que hemos publicado un libro (o dos), que nos mudamos a una casa más bonita y más nueva, pero tenemos tendencia a callar, disimular o, directamente, mentir cuando vienen mal dadas.

Nadie cuenta, a las primeras de cambio, que ha perdido cinco mil euros jugando al bingo.

Nadie habla sin que le preguntes de su divorcio o su separación.

Nadie confiesa tener un hijo al que le guste el reguetón.

Y muy poca gente admite tener dudas sobre su trabajo.

Sobre todo en un área como la nuestra, la educación, parece que tengamos que ser súper héroes a tiempo completo. No es de extrañar, porque ay madre cómo se pone la gente cuando un docente mete la pata, ya sea de verdad o a juicio de los espectadores tras la barrera.

Pero lo cierto es que el mundo de la educación está lleno de dudas. A veces nos surgen sobre nuestra propia metodología. ¿Estaré dando unas clases muy magistrales? ¿Debería utilizar más las TIC? ¿Qué puedo hacer para motivar a mis chicos y chicas? Quien no se haya hecho alguna vez estas preguntas es que no se ha parado a pensar en su práctica docente. Es imposible estar en activo y no hacerlo si se pretende mejorar.

Las dudas, claro, no tienen por qué ser solo sobre metodología. ¿Quién no ha dudado alguna vez sobre cómo se hace un ACI? ¿Sobre cómo se redacta una memoria de fin de curso? ¿Soy yo la única que siempre entrega tarde las programaciones? ¿La única que no entiende qué hay que hacer con el puto PostIt? ¿La que se niega a hacer formación un sábado por la mañana, aunque mole tanto compartirlo luego en Twitter?

Dime que no, por favor.

Compartir es amar salud

No hay nada peor que guardarte tus dudas dentro. Nada peor que pensar que estás sola, que solo te pasa a ti, que toda la gente que te rodea lo hace bien menos tú.

¿No te recuerda a algo? Diría que una de las características más identificables de la adolescencia es, precisamente, creer que las cosas solo te pasan a ti. Solo tú sientes lo que sientes por ese chico o chica que te gusta, solo a ti te trata mal la vida, solo tus padres son unos capullos (siempre son peores que los de tu amiga, que te parecen guays y no entiendes por qué tu amiga se avergüenza de ellos). Las canciones (de amor, normalmente) solo te hablan a ti y si ese famoso o famosa por quien todo el mundo babea te conociera “de verdad”, vería que tú eres distinta y se enamoraría locamente de ti.

(Dime que esto último le pasa[ba] a más gente, hazmelfavorpordios).

Pero no. Nuestra sociedad es mucho más homogénea de lo que creemos, e igual que esos adolescentes que creen haber descubierto el amor (y el dolor que produce), los docentes también creemos que hay cosas que solo ocurren en nuestra clase y que tenemos que lidiar a solas con ellas.

A veces (muy a menudo) es por vergüenza, porque no queremos que los demás piensen que no somos las personas adecuadas para estar en el aula.

Pero en cuanto abres la boca y lo cuentas, te das cuenta no solo de que no eres única, sino de que lo que te ocurre no es tan grave y, en la gran mayoría de casos, tiene remedio (o de verdad es muy poco importante).

Tres motivos para confesarse

Los católicos tienen esto más que estudiado, pero claro, como trabajo en una escuela laica y en los últimos veinte años no he pisado en una iglesia más que en funerales (y ni entonces, si puedo evitarlo), una tiene que encontrar sus propios motivos por los que confesar lo que va mal y lo que no sé ayuda.

1. El primero y el más obvio es porque hablar de las cosas hace que las saquemos de dentro, y una vez fuera ya no hacen (tanto) daño. Confesar que has hecho algo mal en clase y mostrar verdadero arrepentimiento es el primer paso para la redención.

Uy, espera, que se me ha colado un cura al teclado. El primer paso para mejorar, quería decir.

No sé si llegarás al cielo admitiendo que levantas la voz en clase o que les has puesto una ficha en lugar de seguir con el proyecto porque estás en mayo y ya no puedes ni con tu alma, pero estoy segura de que te va a hacer sentir mejor. Sobre todo porque, seguro, habrá alguien que te mire con cara de pez y te diga aquello de “¿Y? ¿Qué pasa, que no se debe? Porque yo lo hago todo los días”.

Lo que me lleva al segundo motivo.

2. Nadie es perfecto y todo el mundo mete la pata. Lo digan o no. Igual que tú te has callado muchas cosas durante años, el resto también se las calla. Pero cuando tú hablas y lo compartes, se dan cuenta de que no están solas. “Ay, menos mal que dices eso. Yo también los he puesto a trabajar en silencio porque me estaban volviendo loca y hoy tengo un dolor de cabeza que no me aguanto ni yo”. “Sí, yo también he entregado las programaciones tarde”. “¿Entregarlas dónde? ¿No basta con tenerlas hechas?”. “¿Qué programaciones? ¿De qué habláis? ¿Eso dónde lo venden?”.

Por supuesto, siempre tienes a quien te mira con cara de superioridad y te suelta un “pues yo las tengo hechas ya. Y solo trabajo por proyectos. Y en mi clase solo escribimos en el ordenador. Y a mí me trabajan”.

Tranquila. Esa gente miente más que habla.

3. Compartir las cosas que crees estar haciendo mal no solo sirve para que tú y quien te escucha os sintáis mejor. También sirve para darte cuenta de que esa profesora que parece andar sobre las aguas y a quien tanto admiras porque sus niños y niñas la adoran mete tanto la pata como tú y aun así saca adelante la clase con grandes resultados y el cariño de su alumnado.

Porque al final, eso es lo que importa: que los niños y niñas aprendan, tengan ganas de venir a clase y no pierdan la curiosidad. Si en un mal día les pegas un grito o pides silencio y al día siguiente te vienen a abrazar y a contar sus cosas, es señal de que estás haciendo las cosas bien. No son idiotas: saben a quién le importan. Si les demuestras eso, todo lo demás es circunstancial.

Y el noventa y nueve por ciento de las veces, se puede arreglar.

Ahora ya sé que no estoy sola, pero durante muchos años creí que sí. Entonces empecé a hablar con las compañeras sobre las cosas que me pasaban en clase, las de verdad, no solo las anécdotas graciosas, y me di cuenta de que a todas nos pasaba lo mismo. Y me sentí un poco mejor. Las redes sociales (y en especial Twitter, donde me he unido a un claustro virtual maravilloso y muy divertido) me han ayudado aún más a ver que en todas las clases cuecen habas.

Sí, yo también me sé el refrán: mal de muchos, consuelo de tontos. Pero más gilipollas sería si, además de sentirme tonta, me sintiera sola. Pocas cosas hay peores que esa.

¿Qué has confesado tú que te haya hecho sentir alivio?

¿Qué no te has atrevido a confesar nunca?


Como siempre, te recuerdo que, si te gusta el contenido del blog, es muy probable que disfrutes de Profe, una pregunta, donde hablo de todas esas dudas que surgen en el aula y ningún gurú ha sido aún capaz de contestar. Y si lo que buscas es una lectura ligera para echar unas carcajadas, prueba con Armarios y fulares y conoce a Alan, el profe “chachi” que me encantaría ser. 

Y si estás en Vitoria el jueves, 18 de octubre, pásate por la librería Elkar de la calle San Prudencio sobre las siete de la tarde y échate una risas con Manolo y conmigo mientras hablamos del libro en la presentación de Profe, una pregunta. Los pintxos y zuritos de después corren de mi cuenta.

Blog Recursos TIC

Uso de las TIC: más no siempre es mejor

3 octubre, 2018

Hay que ver qué pesada es la gente cuando algo se pone de moda. Supongo que ocurre hasta en las mejores familias, pero madre del amor hermoso qué plasta nos están dando con el uso de las TIC en Educación.

Estamos llegando al punto de que, si usas boli y papel para hacer una actividad, pareces una retrógrada anclada en el siglo diecinueve, y no te digo ya si pides cuadernos en la lista de material escolar de principio de curso. Escribir a mano está pasado de moda, nos dicen. En el futuro, nuestros niños y niñas solo escribirán a máquina y no les hará falta coger un bolígrafo para nada.

Ya. Claro. Verás tú qué mensaje de auxilio dejarán escrito en el suelo con su propia sangre cuando los asesine el robot aspirador si no saben escribir a mano. No me imagino yo a nadie degollado yendo a buscar la tablet para escribir sus últimas voluntades mientras el ordenador envía a sus esbirros a acuchillarlo.

(Sí, sé que tengo que dejar de ver tanta tele. Lo siento. Aunque no me digas que no lo has pensado alguna vez).

No me entiendas mal, yo soy una firme defensora del uso de las TIC en el aula. Creo que pueden ser un instrumento maravilloso para enganchar a nuestro alumnado por un lado y descubrirles un mundo al que muchos no tendrían acceso si no fuera gracias a la tecnología por otro. Pero también creo que a veces se nos olvida que las TIC son una herramienta y no el objetivo (menos en clase de informática, supongo). Igual que se dice siempre que el libro de texto es solo una guía, también lo son las herramientas digitales; su uso debe estar supeditado al contenido que estemos enseñando, a los objetivos que nos hayamos marcado en clase, no al revés.

Porque no puedes decir que estás utilizando una tecnología innovadora si lo único que has hecho ha sido cambiar el libro de texto por licencias digitales que los peques ven en sus tablet o en sus ordenadores portátiles. Si en lugar de pizarra de tiza les haces pasarse cinco horas mirando a una pizarra digital.

Has cambiado el instrumento, igual que el pizarrín y la tiza fueron sustituidos por cuadernos y lápices, pero no el paradigma.

Cuando hablamos del uso de las TIC, no deberíamos estar hablando de eso.

El uso de las TIC en clase debe reflejar un cambio de metodología

Ojo: no estoy diciendo que debas cambiar tu metodología. Si lo que haces funciona (engancha a tu alumnado, les ayuda a aprender, te reta a probar cosas nuevas), sigue con ello y no te agobies con la tecnología. La mitad de las veces ni siquiera vas a poder conectar los ordenadores de los y las peques a la red wifi, así que no sufras.

Pero si hay algo en tu forma de dar clase que no termina de funcionar (y estoy convencida de que lo habrá, porque ¿quién sabe la fórmula de la clase perfecta?), la tecnología quizás pueda ayudarte. No para que una pantalla sustituya el papel o para que una voz en off sustituya la tuya, sino para trabajar de forma distinta tanto en clase como en tu tarea de evaluar y llevar un historial más o menos organizado de cada miembro de tu clase. Que ya sabemos que, si siguen subiendo las ratios, dentro de poco vamos a necesitar un código de barras en la muñeca para poder identificarlos a todos.

Tres usos de la tecnología que harán tu vida (y la de tu alumnado) más fácil 

Blogs para el aula de lenguas

Cuando enseñas un idioma, uno de los aspectos que más cuesta es la producción, tanto oral como escrita. Es difícil encontrar alumnos a quienes les guste escribir (vale, sí, a mí me encantaba, pero era la rara) y hacer presentaciones orales les suele costar horrores porque les da mucha vergüenza y los nervios juegan malas pasadas.

(Si a mí todavía me cuesta hablar en público, no quiero ni pensar en los pobres peques).

Un blog soluciona en parte todo eso. Ofrece la oportunidad de crear contenido no solo escrito, sino también oral. Pueden grabar un vídeo en su casa y subirlo ellos y ellas al blog, sin pasar por la vergüenza de hablar delante de toda la clase. Pueden crear podcasts, explicar el proceso de creación de un trabajo y un largo etcétera que solo tiene como límite la imaginación de quien usa la herramienta.

Otra de las grandes ventajas, y esta es más para ti que para tus peques, es que, gracia al blog, tienes un portfolio con todos sus trabajos sin tener que mover un dedo. Si quieres comprobar su fluidez en inglés, no tienes más que visitar su blog y ver los vídeos, o dar un repaso a las redacciones que ha publicado para ver si tiene claro cómo escribir con coherencia. No sé a ti, pero a mí esto de tener toda la información de cada una de mis alumnas sin tener que volverme loca haciendo carpetas me parece un puntazo.

Se supone que los blogs están pasados de moda, más ahora con los hilos de Twitter, pero en educación todavía tienen cabida y me siguen pareciendo una gran manera de motivar a la chiquillería. Si quieres un puñado de ideas para usar en clase, ya sabes que solo por suscribirte te regalo un buen montón de ellas (y te las puedes quedar para ti para siempre, aunque anules la suscripción).

Gymcana

Gymcana, yinkana, gincana… Todavía no sé cómo se escribe. Con “g” me suena más a gintonic y casi me cosa usarlo en un contexto educativo, pero ejem, a lo que iba.

El curso pasado se celebró en Vitoria la primera gymcana escolar de la ciudad, inspirada en experiencias similares que ya se han llevado a cabo en Valencia o Barcelona. Los alumnos y alumnas crearon distintos circuitos en los que varias preguntas y pruebas llevaban a cada grupo a una prueba final en la que tenían que representar un pequeño teatro. Para realizar las pruebas, los niños y niñas necesitaban dispositivos móviles donde leer los códigos QR que sus compañeras habían creado y consultar en la web las pistas que necesitaban.

Un bombazo, vaya.

Esto sí que supone un cambio de paradigma, y no el dichoso “buscad información sobre…” que antes completábamos con una enciclopedia y ahora completan con la Wikipedia. No se trata de hacer un corta-pega y colocar una imagen “porque así queda bonito”, el equivalente a copiar palabra por palabra toda la información que hacía yo en mis tiempos, sino en utilizarla para lograr un objetivo. Además, están en la calle y se relacionan con otros colegios. Se lo pasan pipa. Dudo que olviden algo así en un futuro.

Al menos esta generación, porque estoy convencida de que, en un futuro, será el equivalente a llevarlos al parque con el balón.

Por supuesto, este tipo de cosas requieren de una preparación inmensa y tienen un curro importante, pero se pueden trabajar varias asignaturas de una tacada. También se puede hacer el típico juego de pistas escondidas con papel y boli (lo he hecho varias veces en inglés y dudo que lo hubieran disfrutado más con móviles o tablets), pero el trabajo es el mismo y los papeles se pierden. En digital, lo puedes guardar para el año que viene.

Para qué trabajar el doble cuando puedes trabajar una sola vez.

Relaciones internacionales

Los pen-pals de toda la vida han cambiado porque la forma en que la tecnología nos permite sacarle más provecho aún que la vieja costumbre de mandar cartas y postales. YouTube permite conectarte con otras clases, y si el vídeo se te resiste un simple email te puede solucionar la vida. Si a los vídeos en diferido y los emails se les añade Skype (siempre que el cambio de hora lo permita), tienes una herramienta maravillosa para traer otras culturas al aula.

Y no solo hablo de otras clases y otros niños y niñas. ¿Por qué no contactar con esa escritora que tanto les gusta y ver si puede dar una charla por videoconferencia, o al menos decirles hola? Quizás puedas ponerte en contacto con un músico que les gusta, o traer a mujeres científicas al aula vía digital, para que vean que de verdad existen.

 

Lo bueno (y lo malo) de la tecnología es que el límite lo ponen tu imaginación y tu tiempo. Esto puede y debería ser una ventaja, porque es una fuente inagotable de ideas que llevar al aula, pero también puede crearte un punto de ansiedad porque te da la sensación de que no estás haciendo lo suficiente. No te agobies. Elige un aspecto de tu práctica docente que quieras mejorar y busca una herramienta que te sirva. Quizás no aciertes a la primera, pero seguro que terminarás encontrando algo que funcione.

Mientras tanto, que no te dé vergüenza seguir usando lápiz y papel. Recuerda que los robots no tardarán en sustituirnos pero, hasta que ese día llegue, lo mejor que podemos llevar al aula es nuestra humanidad. El resto son herramientas. Nosotras, no.

¿Qué otros usos le das tú a la tecnología en clase?

¿Qué objetivos te ayuda a alcanzar?


Si te ha gustado este artículo, es más que probable que te interese lo que te cuento en Profe, una pregunta, de venta en cualquier librería y aquí mismo también. Y si lo que te apetece es echarte unas risas mientras piensas en qué nueva maldad vas a llevar al aula, Armarios y fulares puede ser justo lo que necesitas.  

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Blog Opinión

Comparaciones odiosas: Finlandia y modelos educativos inalcanzables

24 septiembre, 2018

Que las comparaciones son odiosas lo sabe todo el mundo. Más lo debería saber alguien que trabaje con peques o los tenga en casa, aunque por desgracia a veces no lo parece. Todo el mundo lo hace, no me digas que no: “¿Por qué no eres más como tu hermana?”, “Mira a Pepito, él nunca se porta mal”, “Los de la clase de al lado van dos temas por delante porque aquí no calláis”. No hay nada tan dañino como las comparaciones, aunque no nos demos cuenta.

De adultos la cosa no cambia demasiado, porque el ser humano es un animal de costumbres y hacemos lo que nos han enseñado. Comparamos sueldos, comparamos empleos y nivel de vida; comparamos casas (yo para decir “la mía está más sucia”), los barrios donde vivimos, los teléfonos móviles o los ordenadores que usamos, los viajes que hacemos, incluso las amistades que tenemos. No siempre es para decir “yo más” o “yo menos”, aunque a menudo sí. A veces esa comparación se convierte en competición y nos machaca más de lo que nos gustaría admitir.

De estas comparaciones no se salvan los colegios, por supuesto. Podemos hacerlas porque queremos saber a dónde llevar a nuestros hijos e hijas y buscar un proyecto pedagógico que se ajuste a nosotras; podemos comparar horarios o tipos de enseñanza; pero a menudo también comparamos resultados académicos y qué tipo de alumnado acude a uno y otro. Tiene sentido, claro, porque es una elección muy importante para los y las peques (o para docentes, si estás eligiendo en qué centro trabajar), pero no deja de ser una comparación.

Y luego están las comparaciones entre sistemas educativos. Ya sabes, esas que nos dicen siempre eso de que “en Finlandia no hay deberes”, “en Finlandia no van al cole por la tarde”, “en Finlandia los profesores tienen la misma consideración que un médico o un ministro”, y ese largo etcétera que tanto me recuerda a “ya podías ser un poco más como tu hermana”. Porque claro, una siempre intenta que el modelo a seguir sea uno muy bueno, uno estupendo, uno… Bueno, modélico. Y es que poca gente le dice al nene o a la nena “uf, menos mal que no eres como tu hermana, me sale otra seguidora de Bisbal y me corto las venas”. Siempre nos fijamos en lo peor. Siempre comparamos hacia arriba.

Comparaciones: si las haces, hazlas bien

A estas alturas de la partida, quienes trabajamos en educación sabemos que hay cosas que no se pueden comparar. No puedes comparar niños y niñas de distinto origen socioeconómico, por ejemplo, porque sabemos que ese es el mayor factor a la hora de determinar el éxito o fracaso escolar. No deberías comparar a hermanos, a distintos grupos en un mismo curso, a la nueva profesora jovencísima que empieza con ganas con la del año pasado, que se ha tenido que pedir una excedencia por problemas de ansiedad.

Con los sistemas escolares pasa lo mismo.

Las noticias, los gurús y toda la cuchipanda estupenda que parece tener acciones en los colegios de Finlandia no hace más que compararnos con el país del sol no presente durante seis meses al año, pero a nada que prestemos un poco de atención es fácil darse cuenta de que no es una comparación justa. El sistema educativo de cada país es un reflejo de su sociedad y sus costumbres, y la sociedad finesa se parece a la española en… en… Bueno, en que aquí a veces también nieva. Al menos en el norte.

Sin embargo, hay un país al que nos parecemos cada vez más, y no solo en lo educativo. En los últimos años parece que estamos criando un hermano gemelo en Estados Unidos, aunque, por desgracia, no tenemos su poder adquisitivo ni el estatus de su clase media. Nuestros sistemas educativos, sin embargo, se parecen mucho más de lo que me gustaría.

¿Que no? Te voy a dar tres puntos en los que son casi idénticos. Solo tres, sí, pero los más importantes a la hora de definir un sistema educativo.

1. Los distritos escolares

En el documental “Where to invade next”, Michael Moore hace un pequeño análisis de las escuelas finlandesas. Una de las cosas que más le llama la atención es que allí nadie se pelea por entrar en un distrito u otro porque, como podéis ver en el vídeo, todas las escuelas son públicas y todas tienen la misma calidad.

(Sí, también menciona que no hay deberes, pero CENTRÉMONOS, GENTE).

En Estados Unidos, sin embargo, dependiendo de en qué ciudad estés o en qué barrio vivas, la calidad de tu educación puede variar muchísimo. Los distritos escolares son tan diferentes entre unos y otros que a veces hay bofetadas para conseguir casa en un barrio concreto y así matricular a los peques en una escuela con buen nombre. Y ya sabemos cómo funciona esto: si un distrito o una escuela coge buena fama, las familias con mayor nivel socioeconómico llevan a sus hijos e hijas a esa escuela, y como ese es (insisto) el mayor factor a la hora de garantizar el éxito escolar… Profecía cumplida, oh milagro.

¿Te suena? He oído de gente que falsifica el certificado de empadronamiento y aparece en el de los abuelos para poder entrar en una escuela concreta, y sé que no es un caso aislado. Gente que no ha pisado un determinado colegio ni de visita lo va poniendo a parir por las esquinas y aboga por la educación concertada y privada (de la que Finlandia carece, por cierto). Así lo aboca a la marginalidad y su calidad termina bajando, los docentes se cansan de pelear y darse de golpes contra una pared y se van. Otra profecía cumplida.

Hasta que no consigamos que todos los colegios de la red pública tengan una calidad homogénea, no podemos seguir poniendo a Finlandia como ejemplo. Hasta que la educación pública no vuelva a tener la consideración que tenía antes del advenimiento de la concertada, no podemos aspirar a ser lo que nos venden en las charlas TED. Quizás consigamos que alguna escuela suelta pueda alcanzar las cotas de éxito del país de las auroras boreales, pero si seguimos creando rankings entre colegios e invirtiendo dinero en ghettos de clase media que huye de los colegios de barrio y de la escuela pública, la llevamos clara.

2. Diversidad y ratios

Voy a aclarar este punto antes de meterme en faena porque no quiero que se me malinterprete. Me encanta la diversidad de la escuela pública. Enriquece nuestras clases, nos hace más empáticos, nos ayuda a conocer otro tipo de vidas y, en general, es más que positiva. Quiero que en mi clase haya niños y niñas de distintos orígenes, con habilidades múltiples, con discapacidades o sin ellas, con una historia distinta a la mía en la mochila para que me ayuden a entender el mundo que hay fuera de mi burbuja.

Lo que no quita para que dar clase a un alumnado así suponga un esfuerzo extra. Porque no es lo mismo dar clase a un grupo de veinte niños y niñas que hablan el mismo idioma que tú que darla en una clase donde la mitad acaba de llegar de otro país. A veces a mitad de curso. A veces sin escolarizar a los diez o doce años.

En Estados Unidos pasa tres cuartos de lo mismo. En las escuelas públicas es muy normal recibir alumnado nuevo durante todo el curso. Si vives en un estado que hace frontera con México, la mayoría de los niños y niñas hablarán español, lo que hace la comunicación algo más fácil porque mucha gente estadounidense habla el idioma. Pero ojo, porque en México también hay lenguas indígenas y ¡ay!, ríete tú del euskera si te llega una familia de Oaxaca que hable zapoteco. Por no hablar de la inmigración en las grandes ciudades, que puede llegar de cualquier lugar.

En Finlandia, con una tasa de inmigración del 5% (que además viene sobre todo de Suecia, cuyo idioma es cooficial en el país del frío), esto no pasa. No están acostumbrados a que en enero les lleguen cinco o seis alumnos nuevos por clase con quienes muchas veces no se pueden comunicar y que traen un historial académico, como poco, irregular.

Por no hablar de las ratios, que, por lo que he conseguido encontrar para escribir este artículo, no están regulados pero rara vez pasan de veinte. Tiene sentido, supongo, en un país que no llega a seis millones de habitantes, pero entonces quizás deberíamos plantearnos que no se pueden tener los mismos recursos en un país de más de cuarenta.

En las clases de infantil, si pasan de trece alumnos por aula, ponen un profesor de apoyo.

Si pasan de trece.

De trece.

Vamos, igualito que aquí, donde nos ponemos contentos porque si la clase llega a 25 y Saturno se alinea con Júpiter y Venus, lloras mucho y tienes un primo en Educación, igual te ponen media persona más para todo el colegio.

Si queremos parecernos a Finlandia, deberíamos empezar a copiar las cosas que cuestan dinero, no solo aquellas que quedan en manos de elecciones individuales. Porque sí, tocar las ratios es caro, pero es lo más necesario. Tocar cualquier otra cosa y no meterle mano a eso no sirve de nada.

Eso sí, la diversidad que me la dejen quietecita, ¿eh? Más personal para hacer desdobles, profesores de lenguas para poder entendernos todos y ya, no fastidien. Que no hay cosa más triste que una clase llena de niños y niñas que no se distinguen unos de otros porque tienen hasta el mismo tono de azul en los ojos.

3. Consideración del profesorado

Hace unos días vi una portada de la revista Times donde contaban que una profesora de Estados Unidos tenía que vender plasma porque el sueldo no le daba para vivir. Para que te hagas una idea sobre el estatus social de los docentes en ese país, cuando yo vivía allí tenían una sección especial de lo que aquí llamaríamos “vivienda de protección oficial” para profesores, así que la portada está más que justificada.

(No hace falta que me creas a mí: Breaking Bad es la historia de un profesor de instituto que se mete traficante de drogas porque no le llega para pagarse el tratamiento de quimioterapia contra el cáncer. En ningún otro país podría tener sentido una serie así).

Es una de las profesiones peor pagadas en relación a la titulación que se necesita y a las horas de dedicación que exige. El menosprecio que sufren los profesores es bastante parecido al que sufrimos aquí. Nadie quiere ser docente allí.

Por suerte, aquí no compartimos lo del sueldo. No seré yo quien se queje de lo que gano, aunque tampoco es que me dé para atar a mis gatos con longanizas.

(“¿Y por qué ibas a querer atar a los gatos, Ruth?” Pues porque no tengo perro. Duh. Que hay que explicártelo todo).

Cuando viví allí tampoco sufrí demasiado, la verdad. El pueblo al que fui estaba tan lejos de todo y era tan poco atrayente que paliaban lo poco que ofrecían en calidad de vida con un sueldo más que decente. Pero un grupo del programa de profesores visitantes que fue a trabajar a San Francisco se tuvo que volver a los cuatro meses de llegar porque no les llegaba para vivir. Hablamos de una habitación en un apartamento compartido; lo de las casas y lofts que tanto se ven en las series es más ciencia ficción que otra cosa.

En todo lo demás, creo que nos parecemos mucho a los americanos. Todo el mundo cree saber más que los docentes, y da igual cuántas veces le expliques a la gente que tu trabajo no consiste solo en abrir el libro por la página cincuenta y tres. Se nos agrede, se nos maltrata verbalmente y se nos culpa del estado de la educación pública porque, ya se sabe, somos todos unos vagos.

En Finlandia, sin embargo, los docentes son uno de los grupos más respetados de la población. Se les exige, por supuesto, pero se les respeta y se toma su palabra como la de los expertos que son. No hace falta que se pase ninguna ley diciendo que tienen estatus de autoridad, simplemente lo son. Pero claro, hablamos de un país donde no hace falta poner barreras en el metro porque la gente paga sin que se lo tengan que recordar. Igualito que aquí, vamos.   

 

Por eso, cada vez que sale alguien hablando de Finlandia y sus maravillosas escuelas, algo se me remueve por dentro. No se puede comparar solo un aspecto de una sociedad tan distinta y pretender copiar solo lo que nos interesa. Si no se bajan ratios, no se invierte en centros físicos, no se llega a un acuerdo para crear una ley de educación que dure más de cuatro años seguiremos mirando con envidia a países que consiguen mejores resultados y echando la culpa a factores que no tienen nada que ver. Prohibir los móviles en el aula no va a mejorar nada. Pedir un MIR para un profesorado sobradamente preparado, tampoco.

Pero qué sabré yo, que no soy gurú.


Si te ha gustado este artículo, es más que probable que te interese lo que te cuento en Profe, una pregunta, de venta en cualquier librería y aquí mismo también. Y si sientes curiosidad por ver cómo funciona el sistema educativo estadounidense, en Armarios y fulares te lo enseño desde dentro (pero “de risas”, que para dramas ya está la vida). Recuerda que puedes suscribirte y recibir material extra, algún regalo de vez en cuando y pedradas similares a la que acabas de leer una vez al mes. Podrás salir de la lista cuando quieras y prometo no hacer spam.

Blog Formación

Formación: cuándo decir basta

17 septiembre, 2018

Creo que sería muy difícil encontrar a un docente que opine que la formación no es necesaria. En esta profesión, como en muchas otras, formarse es una parte indivisible de nuestro día a día, por la simple razón de que la sociedad cambia y siempre hay un tema (o dos, o tres, o diez docenas) en el que necesitamos un repaso. Ya sea cómo tratar la diversidad, los últimos avances tecnológicos que llevar al aula, cursos sobre metodologías que no manejamos demasiado bien (me niego a llamarlas nuevas, porque algunas son del siglo diecinueve), tratamiento del género, diabetes, reanimación cardio pulmonar… Siempre hay algo que nos va a venir bien aprender o repasar. Siempre vamos a tener alguna laguna en algún sitio.

Pero, aunque esas lagunas existan, no significa que la única manera de cubrirlas sea la formación reglada. Todos los años por estas fechas nos llega una cantidad ingente de cursos homologados por el departamento de educación de cada comunidad autónoma, o universidades ofreciéndonos los últimos grados y másteres en las más modernas metodologías [del siglo diecinueve]. Ya sea por inseguridad, porque creemos que esos cursos nos van a servir realmente en el aula o porque necesitamos el título para la antigüedad o el concurso de traslados, tenemos tendencia a llenar nuestro tiempo libre con un montón de cursillos de treinta horas, uno o dos por trimestre, raspando tiempo de donde no lo hay o apuntándonos a los más cutres porque parecen fáciles y no van a costarnos mucho esfuerzo.

Admítelo: tú también lo has hecho.

Yo también tengo una larga lista de cursos cuyos títulos apenas recuerdo. Podría deciros que no lo hago porque se me han olvidado, porque hace mucho tiempo ya que los hice y quién recuerda qué estudió hace seis o siete años. Pero mentiría. Con la boca llena.

No me acuerdo porque no puse ningún entusiasmo en sacarlo. Necesitaba las horas de formación para las oposiciones e hice los cursos más fáciles que encontré, sobre cosas que ya dominaba. Cursos que contaron como treinta horas de formación en cinco o seis de trabajo, tirando por lo alto.

No me avergüenzo. Conseguí reconocimiento sobre cosas que ya sabía, no engaño a nadie.

Y me saqué una licenciatura enterita mientras trabajaba a jornada completa, así que tenía derecho a tirar por el camino “fácil” en cursos online sobre “microblogging” (what?) porque en casa me esperaba un tocho de lingüística tremendo cuyos conocimientos me han servido para dar mejor mis clases.

Te lo juro por el máster de Cifuentes.

Cuándo decir no a la formación

Hace ya años que decidí que no iba a volver a estudiar nada que no me interesara y que no iba a terminar ningún curso que me defraudara, incluso si tenía que dejarlo a la mitad.

(Es curioso: puedo hacerlo con un curso, incluso con un máster, pero no con un libro. Por qué soy así, Yahoo respuestas).

Si algo me atrae y me pongo con ello solo para descubrir que no es lo que yo pensaba, lo dejo. Aunque me cueste dinero. Mi tiempo es demasiado valioso para desperdiciarlo en algo que no me gusta y que, por suerte, no necesito.

Soy consciente de que no todo el mundo está en la misma situación. Yo ya soy funcionaria y, si me presentara a cualquier otro tipo de oposición, tengo títulos suficientes para llegar al máximo de puntos que la formación otorga. El día que quiera pedir traslado tampoco voy a tener mayor problema, porque en mi ciudad hay trabajo (y un montón de jubilaciones en los próximos años) y tengo puntos de antigüedad suficientes .

En algunas comunidades, los puntos que dan los cursos homologados son la única manera de acceder a subidas de sueldo por antigüedad. Luego dicen de los exámenes y los castigos, el “si no te comes los guisantes los tendrás para cenar” de toda la vida, y resulta que algunas delegaciones de educación utilizan las mismas técnicas con sus docentes.

Cada persona verá en qué situación se encuentra y si le conviene o no sacrificar treinta horas (o sesenta, o trescientas) de su tiempo libre al año para sacar cursos que no le interesan en absoluto. Yo, a estas alturas, tengo un criterio muy definido para saber cuándo me merece la pena hacer formación y cuándo no.

No hagas formación si…

Sabes más que el/la ponente

Esto puede ser una tontería, pero a mí me ha pasado más de una vez. Ponerme a hacer un curso de blogs, por ejemplo, y darme cuenta de que sé más que la persona que me lo está dando.

La última vez que me pasó, desarrollé una brillante estrategia. Me dediqué a coger ideas y ver qué deficiencias tenía el curso al que me había apuntado, qué me gustaba y qué no. Y para el año siguiente tenía preparado un esquema para un curso que presenté para dar yo, presencial un año y online otro. Metí alguna hora más que cuando recibí el curso, pero esta vez, además del crédito de haber trabajado dando formación (y aprender más todavía sobre algo que dominaba), me llevé un sueldo al final.

Y es que tenemos la manía de creer que no sabemos suficiente sobre un tema para, a base de ridículos cursos que nos hacen perder el tiempo, terminar dándote cuenta no solo de que sí sabes, sino de que ya te has convertido en experta.

No aprendes nada nuevo

Puede que no sea tan drástico como decir “yo sé más que tú”, pero muchas veces tenemos la sensación de estar oyendo siempre lo mismo. Cuando un tema se pone de moda (¡Flipped Classroom!, ¡Proyectos!, ¡Bilingüismo!), los cursos de formación parecen centrarse solo en él, aunque cambiándole el nombre para que cuele.

Recuerdo un año en el que lo único que encontraba eran cursos sobre TIC o de inglés. (Pobre del profesor o profesora que pretenda dar clase con esos pedazos de cursos de treinta horas que te acreditan un nivel B1/B2, pero esa es otra historia). La gente que ya sabía algo de TIC no tenía apenas elección en aquella formación si quería aprender algo nuevo, porque siempre eran cursos de un nivel muy bajo.

Si no estás aprendiendo nada nuevo, huye. La formación debería, cuando menos, hacernos pensar o recordar eso que habíamos olvidado, ese detalle que teníamos intención de implementar en clase que se nos pasó en el trajín del día a día. Si no sales de una formación diciendo “qué interesante”, “es verdad, no me acordaba” o “qué rápido se me ha pasado”, huye. Ya hemos pasado la edad en la que tenemos que asistir porque sí.

(Sí, soy consciente de que nuestros alumnos y alumnas no. Habrá que ponerse las pilas y asegurarnos de que salen con esas sensaciones, pobres).

Sientes la obligación de hacerlo

He picado más de una vez precisamente por esto.

Un tema se pone de moda. Se oye en todas partes y hasta en el claustro lo mencionan. Te sientes obligada a formarte en ello, porque parece la panacea, todo el mundo siente la urgencia de saber más sobre [inserte usted aquí tema interesantísimo del que nadie se va a acordar en un año]. Empiezas el curso y ves, como esperabas, que no te gusta / no estás de acuerdo / va contra todo lo que defiendes / no es lo que pensabas / lo odias a muerte. Pero te sientes en la obligación de formarte en ello, porque cómo no lo voy a hacer, cómo no voy a convertirme en una experta en [inserte usted aquí tema interesantísimo del que nadie se va a acordar en un año].

No lo hagas. Si sientes curiosidad, lee un par de artículos. Ve a alguna charla, o búscalo en internet. Asegúrate de que no lo vas a odiar, de que no vas a sufrir formándote en algo que, simplemente, NO TE INTERESA (así, con mayúsculas). Por muy de moda que esté.

¿Te sirve para el aula? ¿Te ves implementándolo? ¿Sientes, al menos, curiosidad sobre el tema para ponerlo a parir con conocimiento? Si la respuesta es no, HUYE. La vida es demasiado corta para eso.

Te quita tiempo para formarte en lo que de verdad quieres

Cuando me puse a estudiar Filología Inglesa, eché cuentas de los puntos que me daban por una licenciatura y los que me darían si todas esas horas que me iba a costar sacar la carrera las empleara en sacar cursos de treinta horas. Si hacía los cursos, el cómputo era mucho mayor que si estudiaba la carrera. Estamos hablando de dos o tres veces más puntos de una manera y de otra, no bromeo.

Pero imaginarme mis tardes frente al ordenador haciendo proyectos idiotas sobre [inserte usted aquí tema interesantísimo del que nadie se va a acordar en un año] me daba náuseas. Así que sacrifiqué (ya ves tú qué sacrificio) todos esos puntos y dediqué todas las tardes y los fines de semana durante siete años a sacarme una licenciatura en la que haber hecho magisterio no me convalidó nada.

(¿Dónde están esos másteres a distancia que regalan a todo el mundo, eh? ¿Dónde? ¿DÓNDE?).

Jamás he estudiado tan a gusto. Fue la primera vez en mi vida que estudiaba “de verdad” sin necesitarlo. Tuve malos ratos, como cuando se acercaban los exámenes y yo echaba pestes porque quién me mandaría a mí meterme en esto, pero fueron pocos comparados con los buenos. Aprendí una barbaridad y abrí la puerta a la posibilidad de cambiar de etapa si alguna vez me apetece, algo que no podría hacer con todos los mini cursos del mundo. Como todavía no era funcionaria, los primeros años combiné mis estudios con la formación para conseguir puntos, aunque una vez que tuve la plaza dejé de hacerlo. Ya no me hacía falta estudiar porque “tenía que”.

No he vuelto a hacerlo. En mi cerebro solo entran datos que yo dejo pasar, no que alguien más decide que tienen que estar ahí.

Si tienes curiosidad por un tema y no hay cursos homologados que te vayan a dar puntos, mi consejo es que lo hagas de igual forma. Un amigo mío dice que el conocimiento es lo único que nadie nos puede quitar, y estoy muy de acuerdo. No sabemos dónde nos va a llevar la vida y, aunque ahora te parezca que ese curso de fontanería no sirve más que para hacer de manitas en casa, lo mismo terminas montando una empresa porque eres la mejor fontanera de la ciudad. O dando clase en un módulo de FP porque te das cuenta de que lo disfrutas más que enseñando a sumar y restar.

Estudia lo que te gusta. Que ya tenemos una edad para poder decir que no a aquello que nos hace sentir mal.

DISCLAIMER: a veces sí necesitas formación

Sé que no todo el mundo está en mi misma situación, pero también sé que hay gente que, estándolo, parece sentirse culpable si no hace por lo menos algún curso al año. Mi intención con este post es ayudar a que esa gente no se sienta culpable por quedarse en el sofá leyendo un artículo interesante en un blog (que es lo que estás haciendo ahora, ejem) en lugar de estar metiendo horas en Moodle para los puntos de los trienios.

Por supuesto, si eres nueva y sientes que tienes muchas lagunas, la formación ayuda. Ojo, no cualquiera vale, y recuerda que lo gratis no suele ser demasiado bueno; en este artículo hice un repaso de la formación a la que puedes acceder, pero filtra un poco (mucho), por tu bien.

También es recomendable si te vas a presentar a oposiciones y no tienes más que la titulación obligatoria (“más que”: como si fuera poco). Te toca hacer de tripas corazón y tragarte algún que otro curso infumable, hasta conseguir la plaza y poder seleccionar más lo que estudias. Lo mismo si vives en una comunidad en la que la antigüedad depende de la formación que recibas. Aunque ahí eres tú quien valora cuánto vale tu tiempo y si un trienio merece que pases las tardes odiando tu vida y el maldito momento en que se te ocurrió ser docente.

Elige, selecciona, no caigas en el “tengo que”. Hazlo porque quieres. Y si no estás aprendiendo nada, déjalo.

¿Has hecho algún curso que preferirías borrar de tu memoria?

¿Has dejado alguna vez un curso a la mitad? ¿Por qué?

Blog Reseñas

Profe, una pregunta: declaración de intenciones

9 septiembre, 2018

Iba a titular esta entrada como AUTOBOMBO, pero me ha parecido que quedaba feo, así que he pensado que mejor lo metía dentro de la categoría de reseñas y ya. Que, siendo un libro escrito por mí misma, queda igual de mal pero luce un poco mejor. Muy poco, lo sé, pero que viva el ego, qué hostias.

Si lees esto el día que lo publico, 10 de septiembre de 2018, hoy sale a la venta en librerías de piedra y cemento Profe, una pregunta, aunque sé que hay gente que ya lo ha conseguido por Amazon y demás librerías online porque sois personas maravillosas y me habéis mandado las fotos, socorromadrequénervios. En lugar de daros la tabarra por redes sociales en un spam asfixiante de COMPRA MI LIBRO, se me ha ocurrido que mejor os cuento un poco de qué va y así decidís sin que yo os dé por saco.

(Pero no, es serio, COMPRA MI LIBRO. O ESTE OTRO LIBRO, que también es muy rebonico).

Experta en nada y de gurú, más bien poco

Este no es un libro que tuviera pensado escribir. Si os habéis pasado alguna vez por el blog, bien sabéis que no tengo soluciones únicas ni pretendo decirle a la gente qué debe hacer en su clase, cómo se enseña o cómo conseguir ser mejor docente. Lo más a lo que llego (a veces) es a compartir mis experiencias, las cosas que salen bien en mi clase y mi opinión sobre lo que ocurre en el aula, que es mía y solo mía y está basada en mi experiencia del día a día.

Por eso, cuando Plataforma Editorial me propuso escribir un libro sobre la educación vista desde dentro, me acojoné un poco. ¿Qué iba a contar yo a otros maestros y maestras, si la mayoría del tiempo no sé lo que estoy haciendo en clase? ¿Cómo mostrar lo que pasa dentro del aula, si no es ni bonito, ni ideal ni, a veces, completamente legal?

(Hablo de no seguir las programaciones, a ver qué estáis pensando que hago yo en clase, so bestias).

Me pasé varios días tratando de encontrar un tema sobre el que supiera algo, por poco que fuera. ¿Las TIC? ¿La organización del aula? ¿El orden? Cada vez me daba más la risa, porque en ninguna de estas tres áreas soy experta, pero es que en la última soy un desastre. ¿La evaluación? ¿La disciplina? ¿Mi arte a la hora de hacer café? Bueno, mira, en esto sí que igual…

Nada. Veinte años en el aula y no soy experta en nada. ¿Sobre qué voy a escribir, si no tengo más que dudas?

Y ahí me di cuenta de lo que tenía que hacer: escribir un libro lleno de dudas.

Preguntas sin respuestas

Profe, una pregunta está organizado alrededor de todas las dudas que me surgen en el aula. Porque estoy convencida de que, como a mí, a mucha de la gente que lleva en el aula décadas no se le hace más fácil esta profesión con el paso del tiempo, sino más difícil. Cada cambio social, cada cambio de gobierno, cada nueva ley lleva consigo cambios en el aula, pero no solo eso. Cada año el grupo es distinto, cada curso nosotras somos más viejas.

No es lo mismo dar clase un lunes por la mañana que un viernes a las cinco de la tarde.

No es lo mismo un grupo de quince alumnos y alumnas que uno de veinticinco.

Y dos grupos de quince distintos nunca serán iguales. Ni dos de veinte. Ni uno en un barrio del centro de Barcelona y otro en el centro de Vitoria.

Se supone que con el tiempo vamos aprendiendo, pero yo a veces siento que mis lagunas en lo que a dar clase se refiere crecen en lugar de disminuir. Sé que no estoy sola en esto, porque, hablando con mis compañeras, muchas veces sale el tema de qué perdidas nos sentimos a veces. Una, meses antes de jubilarse, me llegó a decir: «Cuánto me queda por aprender en esto». Solo llevaba cuarenta años en el aula.

Si a ella le quedaban cosas por aprender, no te digo yo lo que me queda a mí.

En busca de la fórmula del buen docente.

Profe, una pregunta se resume en un concepto muy sencillo: no tengo ni pajolera idea de cómo hacer bien mi trabajo.

Y no será porque no me esfuerzo, pero sigo teniendo la sensación de ser una profe de mierda.

Todos los días trato de dar lo mejor de mí misma. Me formo, escucho a quienes saben más que yo (o sea, cualquiera que lleve un tiempo en el aula), recapacito sobre mi práctica docente, me evalúo a mí misma y pido que me evalúen.

A veces me siento la reina del mambo y creo que he conseguido entender de qué va todo esto.

Otras veces siento que, en lugar de aprender, voy a conseguir que desaprendan lo que ya saben.

La cago a menudo. Pido perdón. Me recompongo. Lo vuelvo a intentar.

Creo que nunca voy a terminar de buscar la fórmula de la clase perfecta. Quien consiga encontrarla, ganaría más dinero que el inventor de la Coca-Cola. ¿Os imagináis un método que funcione con todos los niños y niñas, a todas horas, en cualquier lugar del mundo, en cualquier época del año? ¿Os imagináis poder dar clase igual un martes de febrero, con tormenta de nieve al otro lado de la ventana, y un viernes de junio con treinta grados a la sombra? La fórmula de la clase perfecta conseguiría siempre el mismo resultado, igual que lo consiguen las matemáticas, porque dos por dos siempre son cuatro. ¿Cómo se hace? ¿Se puede conseguir? ¿Existe?

Probablemente no, pero no por ello voy a dejar de intentarlo. Aunque me temo que, con variables humanas, la única forma pasa por una lobotomía general. Tanto al alumnado como al profesorado, se entiende.

(Es broma. A los docentes nos cambiarán por un robot en cuanto tengan oportunidad).

Este libro está escrito con la mala leche que me caracteriza y ese poquito de humor que hace que la vida sea algo más llevadera. Pero también habla de cosas serias, porque tenemos un trabajo importante que en algún momento debería ser más respetado. Habla de hasta dónde podemos llegar, qué cosas se escapan de nuestro control, cómo me gustaría que fuera el mundo aunque sé que no es así.

Y habla de todo esto desde la humildad. Porque lo único que contiene es mi experiencia, que no es poco pero no sé si es bastante. Todos los años que he pasado en el aula me han ayudado a encontrar patrones, cosas que funcionan o no; me han ayudado a eliminar malas costumbres y a adoptar otras (igual de malas). Pero, sobre todo, han conseguido que se me olviden todas las respuestas que tenía cuando empecé en esto.

Porque, fíjate qué cosas, cuando salí de magisterio tenía todas las respuestas, pero ninguna pregunta. Y son estas últimas, bien lo sabemos, las que mejor guían nuestro quehacer diario.


Si después de todo esto crees que Profe, una pregunta puede ser para ti, tienes dos opciones:

1. Pasarte por tu librería favorita y comprarlo o pedirlo si no lo tienen.

2. Suscribirte a Escribir en Tiempos de Google antes del viernes, 14 de septiembre, y participar así en el sorteo de un ejemplar físico. Abierto a mayores de edad en cualquier parte del mundo.

3. Comprarlo online en formato digital o físico.

¡Será por opciones!

Y si lo que prefieres es leer algo más light, Armarios y fulares sigue estando a la venta y hoy es el último día de la oferta a 1,99. Aunque si lo encuentras más tarde, merecerá la pena igual. (Qué te voy a decir yo, claro).

Blog Ideas y recursos para el aula

#MeQueer: hashtags para escuchar

3 septiembre, 2018

Me encanta Twitter. Es la red social por la que más a gusto me muevo.

Algunos dicen que está compuesto solo de dos grupos: gente con muy mala leche por un lado y de piel muy fina que se ofende por todo por otro. Sin embargo, yo creo que bien utilizada es un rincón donde se puede aprender mucho y conocer a gente muy interesante.

Personas que no conoces de nada comparten sus conocimientos sobre biología, medicina, educación y un largo etcétera en hilos que parecen libros de texto por lo bien documentados que están. Gente anónima cuenta sus vivencias personales de una forma tan honesta que muchas personas se ven reflejadas en ellas.

Y otras contamos chistes y nos quejamos de que tenemos que ir a trabajar, o comentamos que Elsa Pataky tiene más huevos que su marido, ¡y eso que es el puto Thor!

De todo hay en la viña de Twitter.

Hace unas semanas, a finales de agosto, el hashtag #mequeer se convirtió en TT en Twitter (trending topic, que en lenguaje tuitero viene a ser “cosa molona de ahora mismo”). Gente LGTB+ empezó a compartir las vivencias que habían tenido por ser parte de este colectivo, la gran mayoría basadas en los malos tratos que habían sufrido por parte de compañeros y familiares. Intenté dedicarle una mañana a leer los mensajes e incluso se me pasó por la cabeza hacer una pequeña recopilación que usar luego en el blog, pero me llevé tal berrinche con las barbaridades que leí que tuve que dejarlo porque no podía seguir leyendo.

Soy consciente de lo que acabo de decir, sí. Yo puedo dejarlo, cerrar el navegador y olvidarme de ello; la gente que lo ha escrito, no.

Me llegaron, en especial, las anécdotas que hablaban de vejaciones que habían sufrido en la escuela. Esos niños y niñas que habían tenido que aguantar insultos y maltrato por parte de iguales, y a veces incluso por parte de sus profesores y profesoras. Escribí un tuit al respecto y muchos compañeros y compañeras mostraron que estaban de acuerdo conmigo.

También recibí alguna respuesta muy loca. Hay gente que debería tener prohibido expresarse en público.

 

Tranquilidad, que este señor no es ni profesor ni científico. Es idiota, como su propio nombre indica.

Hola, 1960. ¿Podemos devolveros al engendro que nos mandasteis al futuro, por favor?

 

 

 

 

 

 

 

 

La labor de la escuela

Siempre pienso en la escuela como una versión en miniatura de la sociedad en la que vivimos. No porque eduquemos a gente pequeña (los y las de sexto me sacan una cabeza, la pequeña soy yo), sino por el número de personas que la componen. Aquí es donde reproducimos actuaciones que vemos en la calle, donde nos damos cuenta del efecto que tienen nuestros actos en los niños y niñas. Pero también es un lugar donde se transmiten valores y se educan adultos competentes. No como futuros ingenieros o banqueros, sino como personas con gran sentido ético y moral.

Soy consciente de las limitaciones de un colegio. Me doy cuenta de que la influencia de los medios de comunicación y de las familias es mucho mayor que la de una maestra o los y las compañeras de clase. Pero eso no va a conseguir que deje de hacer lo que esté en mi mano para lograr que no vuelvan a darse casos como el de Jamel, o que las vivencias compartidas en #mequeer se conviertan en historia antigua.

Ese “todo lo posible” incluye mirar mi ombligo y encontrar en mí todos esos pequeños gestos que, sumados, pueden hacer mucho daño a quien está a mi alrededor.

Por eso he escrito esta pequeña lista de cosas que, creo, todos y todas deberíamos tener en cuenta cada vez que nos encontremos con una situación de acoso en el aula o, incluso, cada vez que demos clase.

Ignorarlo no es la solución

Ignorar algo nunca lo soluciona. Nunca.

Odio ir al dentista, por ejemplo. Lo odio con todas mis fuerzas. La última vez que fui a hacerme una limpieza, casi no pude subirme al potro de tortura la silla por lo mucho que me temblaban las piernas. Por eso, cada vez que siento una molestia en la boca, lo dejo y confío en que se terminará pasando, que son dientes sensibles, que en realidad no me duele y es solo mi imaginación.

La última vez que hice eso se me rompió una muela porque la carie la había ahuecado por dentro y a punto estuvieron de tener que quitármela.

Cuando ignoramos un problema, ya sea una carie o una pelea en el patio, no estamos solucionando nada. Ese “son cosas de niños” o “ha pasado en el recreo, ahora estamos en Mate, vamos a olvidarlo” es el equivalente a dejar que la infección llegue a la raíz y, para cuando queramos atacar el problema, sea demasiado tarde.

Tampoco sirve de mucho pegar un grito y ponerse a vociferar como una histérica, decir “eso no se hace” y castigar a toda la clase como ejemplo. Lo sé porque he pasado por esa etapa, y creedme, no soluciona nada.

Cuando un niño o una niña es agredido / insultado / menospreciado por el tema que sea, hay que evitar que llegue a la raíz. La gran mayoría de las veces, los niños y niñas que agreden están imitando comportamientos que han visto fuera del colegio. Eso si es que no son víctimas de otras agresiones y su defensa es meterse con aquel que es más débil que él o ella, aprovechar los puntos débiles para machacar y así paliar su dolor.

¿Y cómo se soluciona una situación así? Sinceramente, no tengo ni idea. No hay una solución única para todos los casos. Lo que sí sé es qué no funciona: lo gritos y los castigos a aquellos que agreden solo van a conseguir que la víctima lo sea aún más, porque “es culpa tuya que me haya quedado sin recreo”.

Se pueden usar las asambleas. Se puede traer a algún adulto que ellos respeten que hable de cuánto daño hace un insulto (lo ideal sería una persona LGTB+ que admiren hablándoles de su experiencia, ya sea un/a profesor/a o algún adulto ajeno al cole). Se les puede dar formación sobre identidades sexuales, enseñarles vídeos, utilizar algunas de las ideas que hay por ahí, hablar con ellos desde la sinceridad…

No hay recetas mágicas, no existen. Lo único que sé seguro que no vale para nada es ignorarlo.

No es un tema tabú

Hace muchos años (llevo en esto demasiado tiempo) tuve un alumno que garabateaba esvásticas en su cuaderno. Cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, me quedé de piedra y a punto estuve de arrancarle la cabeza con la fuerza de mi grito. Y entonces caí en la cuenta de que aquel pequeño de siete años, de piel negra como el azabache, no tenía ni idea de lo que estaba dibujando.

—¿Sabes qué es eso? —le dije, todo lo tranquila que pude—. ¿Sabes lo que representa?

No lo sabía. Se lo expliqué (en un lenguaje que pudiera entender) y se quedó lívido. Arrancó la hoja donde estaba dibujando y la tiró. Luego estuvimos charlando, con toda la tranquilidad del mundo, sobre lo mucho que se parecía a un lauburu y lo fácil que era hacerlo en un cuaderno cuadriculado.

Porque por eso lo estaba dibujando. Era un trazo fácil y divertido.

Los niños y niñas reaccionan a temas que nosotras consideramos tabú por imitación. Nadie nace sabiendo que “maricón” es un insulto, y la mayoría de los críos pequeños que usan la dichosa palabra ni siquiera sabe qué significa, solo saben que es algo malo. Pero no porque consideren que ser homosexual sea malo, sino porque siempre se usa como insulto. 

¿Por qué no explicarlo? ¿Por qué no parar la clase cuando oigamos la palabra? Sin dramatismos, sin culpabilidad, con normalidad absoluta. “¿Sabes lo que significa lo que le has llamado? Que le gustan los chicos. Le gusta cogerse de la mano con chicos [imaginad que tienen 6-7 años, vamos a hacerlo “light”] y darles abrazos. ¿Eso te parece malo? ¿Te parece un insulto?”.

Estoy segura de que en casa lo han oído utilizar de otra manera y saben, por el tono, que no es algo que ellos quieran ser. Y sé que es muy difícil, pero está en nuestras manos invalidar esa palabra.

O al menos intentarlo.

Tolerancia cero

Por desgracia, no son los niños y niñas los que más me preocupan en la escuela, sino los adultos. Esa profesora que hace un comentario inadecuado y se ríe de los gestos de un niño, o ese padre que viene a protestar porque su hijo juega con muñecas y él quiere que juegue con coches. Somos nosotras, las personas adultas, las que llevamos a la espalda el peso de muchas décadas de homofobia asimilada y normalizada.

No podemos permitirlo. Hay que llamarle la atención a la compañera y enseñarle a respetar a sus alumnos. Hay que explicarle al padre que en nuestro colegio cada uno encuentra su propia manera de expresarse, y a veces eso incluye jugar con muñecas.

Mi generación, no digamos ya todas aquellas anteriores a mí, ha tenido que aprender a aceptar la diversidad desde cero. No, desde cero no, desde una puntuación negativa: cuando yo era pequeña, “gay” y “SIDA” se utilizaban como sinónimos (el colega del tuit de antes también estudió en la EGB, supongo).

Lo que no nos excusa. No significa que se nos deba admitir ni una sola muestra de desprecio u homofobia. Nada justifica un comentario de desprecio, ni a un alumno ni a un compañero. Mucho menos a los niños y niñas que comparten clase con nuestros hijos e hijas.

Es verdad que a veces metemos la pata sin querer. Es verdad que a veces decimos algo inapropiado porque nadie nos ha explicado que es inapropiado. Y por eso mismo debemos estar atentas y atentos a lo que nos sale por la boca. Y ante la duda, preguntar. “¿Te he ofendido con este comentario?” puede ser una manera maravillosa de comenzar una conversación en la que aprendamos una barbaridad. Sin olvidarnos nunca de que, si la respuesta a la pregunta es “sí”, la única disculpa posible es “lo siento, no volverá a ocurrir”.

Sin peros. Sin excusas. Sin un “me has entendido mal”. Has metido la pata, recula, pide perdón y evita volver a hacerlo.

En nuestra mano está conseguirlo.

 


Este artículo me ha revuelto más de lo que me hubiera gustado y se ha salido mucho del tono ligero que me gustaría usar en el blog, pero tenía que escribirlo.

Para compensaros el mal rato (porque si no habéis pasado mal rato, no estáis prestando atención), os traigo un regalo. Bueno, más que un regalo, la opción de uno, porque hay…

¡¡SORTEO!!

Por primera vez en la historia del blog voy a sortear algo entre la gente que se suscriba a él (la que ya está suscrita también participa, obviamente). Nada más y nada menos que un ejemplar en papel de Profe, una pregunta, que saldrá a la venta en librerías el 10 de septiembre pero aquí podéis conseguir by the face.

Para poder optar a este libro, solo tenéis que introducir vuestro nombre y dirección de correo electrónico en el cajetín de aquí abajo antes del viernes, 14 de septiembre. El sábado, día 15, sortearé el ejemplar y anunciaré al ganador o ganadora en la newsletter del domingo, que recibirá el libro por correo. Está abierto a cualquier persona mayor de edad de cualquier parte del mundo.

Y sin agobios: podréis anular la suscripción en cualquier momento. Espero que no lo hagáis y os quedéis para leer lo que os cuento, pero sé que sois personas ocupadas y lo entenderé. (Pero lloraré un poco).

No olvidéis que Armarios y fulares tiene una reducción importante de precio hasta el día 10. No es un regalo, pero he tomado cafés más caros (y el libro dura más y no da ardor de estómago).

¡Feliz vuelta al cole!