Blog Reseñas

Leer de todo, café y educación

17 octubre, 2018

Qué importante es leer de todo.

No entiendo muy bien a la gente que dice que solo lee un género concreto. Les preguntas si han leído a, yo qué sé, Steinbeck, y te contestan que no leen realismo, que solo leen fantasía weird, ciencia ficción futurista o romántica gore en castillos góticos de la edad media.

O viceversa, que me parece incluso peor: esa gente que arruga la nariz si les preguntas si han leído a alguien que no sea, mínimo, un premio Nobel. “Yo solo leo cosas serias”, te dicen, con la cara de un gurmet de la Guía Michelín cuando le plantas un pintxo de tortilla de patata delante.

Pues no sabéis lo que os estáis perdiendo, majos. Tanto uno como otro.

A mí me encanta leer de todo (y comer de todo también, no te voy a engañar). En mi casa me esperan varias decenas de libros sin leer que me he ido comprando a lo largo de los últimos meses llevada solo por impulsos. Sé que, dependiendo de la temporada que esté pasando, me va a apetecer más uno que otro, y lo mismo me da por devorar un tocho de Jonathan Franzen en inglés que leerme un libro de cuentos de Garazi Arrula Ruiz en euskera que hincarle el diente al maravilloso Estilo rico, estilo pobre en castellano.

Así estoy, que no sé muy bien en qué idioma pienso ni en qué longitud lo hago.

No hay cosa que más me guste que entrar en una librería sin ningún libro en mente, solo para ver qué hay o qué me apetece, y llevarme tres o cuatro libros que desconocía hasta dos minutos antes, que nunca han estado en mi lista o que he recordado al encontrarlo. Una vez la cajera se quedó mirando mi compra, me preguntó si alguno era para regalo y, al decirle que no, me preguntó de dónde sacaba el tiempo para leer. “Los libros no caducan, ¿eh?”, le dije. Ella rio. “Sí, tienes razón”.

(No, no le dije eso. Le dije algo así como que no había prisa. Lo de caducar lo pensé después, pero me pareció tan bueno que tenía que escribirlo. Parece mentira que escriba ficción, si no sé ni mentir).

 

Liderazgo, café y libros

Uno de esos libros que han caído por casualidad en un “entroysalgo” de una librería ha sido No es por el café, de Howard Behar, que debió de ser uno de los fundadores de Starbucks hasta que decidió retirarse y dar seminarios sobre liderazgo.

Me llamó la atención porque había varios ejemplares repartidos por la tienda (muy pequeñita, ¡ni siquiera tenían el mío!) y pensé que era una novedad; luego, en casa, vi que el libro era de 2008 y me di cuenta de que la dueña de la librería, con toda probabilidad, estaba intentando librarse del stock de libros que tenía por ahí guardados.

Conmigo coló. Tiene el logo de Starbucks en la portada y estaba de frente en la estantería. CÓMO NO VA A COLAR.

Starbucks y la educación

¿Qué tiene que ver una de las empresas con mayor presencia en el mundo con… una cafetería? Espera, que voy.

En No es por el café, Behar escribe sobre cómo ser un buen líder y conseguir, por un lado, que tus empleados estén a gusto trabajando y, por otro, que la gente de fuera valore tu empresa. Uno de los primeros pasos que tienes que dar, según él, es tener muy claro quién eres tú y qué valores quieres transmitir; eso significa que, a veces, vas a tener que hacer cosas que no son fáciles para mantener tus ideales, y que vas a tener que decir que no a cosas que podrían beneficiarte tanto económica como socialmente porque no son acordes con lo que tú piensas.

Esto, que parece tan de perogrullo, es algo que no es tan fácil llevar a cabo como aparenta. Llevado al terreno de lo personal, es fácil encontrar algo en tu propia vida donde arrugues el gesto y pienses “hm, es verdad, ahí me vendí un poco; aunque solo fue una vez y eso me facilitó llegar a donde estoy ahora”.

Como la vez que no protestaste ante unas condiciones de trabajo injustas por miedo a perderlo.

Como la vez que no defendiste a una persona que necesitaba ayuda por miedo a tu integridad, ya fuera moral, laboral o física.

Como todas las veces que compras algo de esa marca que sabes que machaca el medio ambiente, trata fatal a sus empleados y roba más que el PIB de algunos países de los que saca la materia prima. Sí, Nestlé, te estoy mirando a ti.

(Todos estos ejemplos se refieren a mí. El “tú” al que me dirijo es solo una figura retórica; no soy yo quién para juzgar a nadie, tú sabrás qué haces que no vaya con tus valores. Igual eres mejor persona que yo y has conseguido encajar toda tu vida en tu esquema vital).

Llevado a la educación, el ser coherente con unos valores concretos es, a veces, aún más difícil. Llevarle la contraria a una familia que te exige algo para su hijo o hija que tú crees injusto o poco ético es muy difícil, y sé que no seré la única que admita que alguna vez lo ha hecho para conseguir que se callaran.

Más de una vez hemos perdido los nervios en el aula y dicho o hecho algo que no va con nuestra filosofía de la educación.

Alguna vez hemos soltado un “que le den” y hemos optado por la opción sencilla en lugar de por la correcta.

Por eso, los diez principios que Behar menciona en su libro me han parecido muy útiles para llevar al aula también. Al fin y al cabo, como docentes que somos, nuestro papel también es uno de liderazgo y no viene mal coger ideas de donde sea.

Nosotras no nos vamos a forrar como se han forrado los de Starbucks, pero oye, quizás alguna de nuestras alumnas llegue a ser multimillonaria algún día y se acuerde de esa profe tan maja que tanto me dio y a quien quiero regalar una mansioncita con vistas al mar.

Eh, qué pasa. A ver si ahora no se va a poder soñar.

 

10 principios para saber quién eres y actuar en consecuencia

 

Disclaimer: nadie dijo que esto fuera fácil. Estos son los principios que Behar utiliza para dividir su libro y luego elaborar con un capítulo para cada uno. Yo os copio el título y lo adapto a la versión educativa y por qué me ha parecido que es buena idea. A ti puede que te parezca una barbaridad. Déjame tu opinión en los comentarios si es así. 

 

  1. Sepa quién es usted: asuma una posición.

A lo largo del libro, Behar habla de que no es buena idea fingir ser quien no se es porque creamos que es la cara que los demás quieren ver. Si eres una payasa dando clase, no disimules y te pongas seria porque no vas a ser tú; si eres seria, no intentes hacer el tonto porque vas a dar pena. Sé tú misma, que si eres sincera se nota y se aprecia mucho más.

  1. Sepa por qué está aquí: hágalo porque es lo correcto, no porque es apropiado para su currículum.

O sea: por tu bien espero que no estés haciendo esto por las vacaciones. O por el sueldo. O porque, como me contó una antigua compañera (ya jubilada, menos mal), su mejor amiga se apuntó a magisterio y ella la acompañó, “aunque yo nunca quise ser maestra”. Más de cuarenta años haciendo algo que no le gustaba. SOCORRO.

  1. Piense con independencia: la persona que barre debería elegir la escoba.

O dicho de otra manera: si eres tú quien está dando clase, deberías ser tú quien elija la metodología, las herramientas que van mejor con tus alumnos y hasta la marca de la pizarra digital, si me apuras. Sí es verdad que tiene sentido utilizar una metodología que vaya acorde con la filosofía del centro, pero se supone que estás donde estás porque te gusta y lo has elegido tú (hasta cierto punto, claro). Los gurús y la sociedad pueden decir lo que les dé la gana, pero tú eres la que sabe y la que tiene que sacar esa clase adelante: tú eliges tu escoba, tu tiza o tu bata.

(Qué importante es elegir una buena bata. Sin ironía ninguna lo digo).

  1. Desarrolle confianza: demuestre interés por los demás, que sí le importan.

Algo que Behar deja muy claro en este punto es que el interés no se puede fingir. No hay nada que más te vaya a unir a tu alumnado que un interés sincero por su bienestar, por sus aficiones o su día a día. Lo mismo con sus familias: demuestra que te importan. Pregúntales cómo están. Hazles un comentario banal sobre lo que sea, que no tenga nada que ver con tu trabajo. Pero que te salga de verdad, que si no se nota.

  1. Escuche la verdad: las paredes hablan.

Escucha. Escucha lo que te cuentan los peques. No pongas en duda sus palabras delante de ellos, aunque sepas que mienten. Haz preguntas hasta que empiece a salir la verdad y, cuanto más grave sea lo que están contando, menos los juzgues. Los niños y niñas necesitan saber que pueden contar contigo y que estás de su parte, aunque eso no signifique que se vayan a ir de rositas cuando han hecho una gamberrada gorda. Trata de escuchar lo que dicen, no lo que crees que dicen. A veces, cuando escuchas sin prejuicios, lo que te cuentan te deja boquiabierta.

  1. Sea responsable: solamente la verdad suena como tal.

Behar dice que “no debe haber secretos, ni mentiras por omisión, ni límites, ni evasivas”. Estoy de acuerdo, sobre todo con las familias. No ocultes las cosas, y pide que ellas tampoco te las oculten. Di la verdad de lo que pasa en el aula y pregunta qué pasa en casa. Tienen derecho a saber cómo están sus hijos e hijas en clase, aunque no les guste, aunque tengas que contárselo con guantes de seda. Pero si su hija está muy crecidita y hay que bajarle los humos, tienen que saberlo (no con esas palabras, claro) y si el resto de la clase se ríe de su hijo porque se ha vuelto el payaso de clase y su pasatiempo favorito es enseñar el culo en el pasillo, también. It takes a village to raise a child, que dicen en inglés. Si no tenemos toda la información, es imposible hacerlo.

  1. Actúe: piense como una persona de acción y actúe como una persona que piensa.

Mira, no te voy a engañar: esto lo explica en el capítulo ocho y todavía no he llegado. Como frase es bonita, pero ya me dirás tú a mí cómo se aplica esto en el aula. ¿Haz proyectos? Quizás.

  1. Afronte el reto: ante todo, somos seres humanos.

Ni siquiera Behar se escapa de caer en frases comodín tipo Mr Wonderful, qué le vamos a hacer. Se refiere a que, si el resto es demasiado grande (llevar a buen puerto una clase complicada, por ejemplo), siempre se puede partir en pedazos y dar pequeños pasos hasta conseguir el objetivo, pero siempre teniendo en cuenta que trabajamos con personas y su bienestar debe ser lo primero. Ya te he dicho yo que este libro va muy bien para usar en clase.

  1. Practique el liderazgo: el gran ruido y la pequeña voz.

O, lo que viene a ser lo mismo: hasta que no nos callemos no sigo. O quizás se refiere a que es mejor hablan en privado cuando necesitas solucionar un problema en lugar de echarle la bronca a alguien delante de todo el mundo. A veces levantar la voz no es más que ruido y un susurro bien dicho puede poner nervioso a más de uno y una. 

  1. Atrévase a soñar: diga “sí”, la palabra más poderosa del mundo.

Este es el único punto con el que no estoy de acuerdo. Más bien diría que, de vez en cuando y sobre todo en clase, oír un “no” es más que necesario. Pero como es el último capítulo y todavía no he llegado, lo mismo esconde una joya de sabiduría. Ya te contaré cuando llegue. 

 

Supongo que es un defecto profesional eso de buscar la conexión de todo lo que leo y aprendo con la educación, pero este caso lo he visto tan claro que no me he podido resistir. Espero que te sirva de algo la próxima vez que estés en el aula. O, en su defecto, espero que te sirva para ser mejor líder. Ya sabes, por si alguna vez te da por montar una cadena de cafeterías, forrarte y dedicarte a escribir libros sobre liderazgo.

¿Aplicarías alguno de estos principios en el aula?

¿Lo haces ya sin saber que estabas emulando a grandes empresarios?

 

 

Blog El día a día

Compartir es amar: Por qué es bueno contar hasta lo que sale mal

9 octubre, 2018

Qué manía tenemos con no compartir lo que nos pasa, así, en líneas generales. No hablo del postureo de las redes sociales y esas fotos de puestas de sol perfectas o cafés con leche monísimos que hacen que nuestra vida parezca perfecta cuando es una auténtica mierda. Hablo de compartir lo que de verdad ocurre durante el día a día. Lo bueno y lo malo.

Sobre todo lo malo, porque para lo bueno suele faltarnos tiempo. Corremos a contar que nos han ascendido, que hemos publicado un libro (o dos), que nos mudamos a una casa más bonita y más nueva, pero tenemos tendencia a callar, disimular o, directamente, mentir cuando vienen mal dadas.

Nadie cuenta, a las primeras de cambio, que ha perdido cinco mil euros jugando al bingo.

Nadie habla sin que le preguntes de su divorcio o su separación.

Nadie confiesa tener un hijo al que le guste el reguetón.

Y muy poca gente admite tener dudas sobre su trabajo.

Sobre todo en un área como la nuestra, la educación, parece que tengamos que ser súper héroes a tiempo completo. No es de extrañar, porque ay madre cómo se pone la gente cuando un docente mete la pata, ya sea de verdad o a juicio de los espectadores tras la barrera.

Pero lo cierto es que el mundo de la educación está lleno de dudas. A veces nos surgen sobre nuestra propia metodología. ¿Estaré dando unas clases muy magistrales? ¿Debería utilizar más las TIC? ¿Qué puedo hacer para motivar a mis chicos y chicas? Quien no se haya hecho alguna vez estas preguntas es que no se ha parado a pensar en su práctica docente. Es imposible estar en activo y no hacerlo si se pretende mejorar.

Las dudas, claro, no tienen por qué ser solo sobre metodología. ¿Quién no ha dudado alguna vez sobre cómo se hace un ACI? ¿Sobre cómo se redacta una memoria de fin de curso? ¿Soy yo la única que siempre entrega tarde las programaciones? ¿La única que no entiende qué hay que hacer con el puto PostIt? ¿La que se niega a hacer formación un sábado por la mañana, aunque mole tanto compartirlo luego en Twitter?

Dime que no, por favor.

Compartir es amar salud

No hay nada peor que guardarte tus dudas dentro. Nada peor que pensar que estás sola, que solo te pasa a ti, que toda la gente que te rodea lo hace bien menos tú.

¿No te recuerda a algo? Diría que una de las características más identificables de la adolescencia es, precisamente, creer que las cosas solo te pasan a ti. Solo tú sientes lo que sientes por ese chico o chica que te gusta, solo a ti te trata mal la vida, solo tus padres son unos capullos (siempre son peores que los de tu amiga, que te parecen guays y no entiendes por qué tu amiga se avergüenza de ellos). Las canciones (de amor, normalmente) solo te hablan a ti y si ese famoso o famosa por quien todo el mundo babea te conociera “de verdad”, vería que tú eres distinta y se enamoraría locamente de ti.

(Dime que esto último le pasa[ba] a más gente, hazmelfavorpordios).

Pero no. Nuestra sociedad es mucho más homogénea de lo que creemos, e igual que esos adolescentes que creen haber descubierto el amor (y el dolor que produce), los docentes también creemos que hay cosas que solo ocurren en nuestra clase y que tenemos que lidiar a solas con ellas.

A veces (muy a menudo) es por vergüenza, porque no queremos que los demás piensen que no somos las personas adecuadas para estar en el aula.

Pero en cuanto abres la boca y lo cuentas, te das cuenta no solo de que no eres única, sino de que lo que te ocurre no es tan grave y, en la gran mayoría de casos, tiene remedio (o de verdad es muy poco importante).

Tres motivos para confesarse

Los católicos tienen esto más que estudiado, pero claro, como trabajo en una escuela laica y en los últimos veinte años no he pisado en una iglesia más que en funerales (y ni entonces, si puedo evitarlo), una tiene que encontrar sus propios motivos por los que confesar lo que va mal y lo que no sé ayuda.

1. El primero y el más obvio es porque hablar de las cosas hace que las saquemos de dentro, y una vez fuera ya no hacen (tanto) daño. Confesar que has hecho algo mal en clase y mostrar verdadero arrepentimiento es el primer paso para la redención.

Uy, espera, que se me ha colado un cura al teclado. El primer paso para mejorar, quería decir.

No sé si llegarás al cielo admitiendo que levantas la voz en clase o que les has puesto una ficha en lugar de seguir con el proyecto porque estás en mayo y ya no puedes ni con tu alma, pero estoy segura de que te va a hacer sentir mejor. Sobre todo porque, seguro, habrá alguien que te mire con cara de pez y te diga aquello de “¿Y? ¿Qué pasa, que no se debe? Porque yo lo hago todo los días”.

Lo que me lleva al segundo motivo.

2. Nadie es perfecto y todo el mundo mete la pata. Lo digan o no. Igual que tú te has callado muchas cosas durante años, el resto también se las calla. Pero cuando tú hablas y lo compartes, se dan cuenta de que no están solas. “Ay, menos mal que dices eso. Yo también los he puesto a trabajar en silencio porque me estaban volviendo loca y hoy tengo un dolor de cabeza que no me aguanto ni yo”. “Sí, yo también he entregado las programaciones tarde”. “¿Entregarlas dónde? ¿No basta con tenerlas hechas?”. “¿Qué programaciones? ¿De qué habláis? ¿Eso dónde lo venden?”.

Por supuesto, siempre tienes a quien te mira con cara de superioridad y te suelta un “pues yo las tengo hechas ya. Y solo trabajo por proyectos. Y en mi clase solo escribimos en el ordenador. Y a mí me trabajan”.

Tranquila. Esa gente miente más que habla.

3. Compartir las cosas que crees estar haciendo mal no solo sirve para que tú y quien te escucha os sintáis mejor. También sirve para darte cuenta de que esa profesora que parece andar sobre las aguas y a quien tanto admiras porque sus niños y niñas la adoran mete tanto la pata como tú y aun así saca adelante la clase con grandes resultados y el cariño de su alumnado.

Porque al final, eso es lo que importa: que los niños y niñas aprendan, tengan ganas de venir a clase y no pierdan la curiosidad. Si en un mal día les pegas un grito o pides silencio y al día siguiente te vienen a abrazar y a contar sus cosas, es señal de que estás haciendo las cosas bien. No son idiotas: saben a quién le importan. Si les demuestras eso, todo lo demás es circunstancial.

Y el noventa y nueve por ciento de las veces, se puede arreglar.

Ahora ya sé que no estoy sola, pero durante muchos años creí que sí. Entonces empecé a hablar con las compañeras sobre las cosas que me pasaban en clase, las de verdad, no solo las anécdotas graciosas, y me di cuenta de que a todas nos pasaba lo mismo. Y me sentí un poco mejor. Las redes sociales (y en especial Twitter, donde me he unido a un claustro virtual maravilloso y muy divertido) me han ayudado aún más a ver que en todas las clases cuecen habas.

Sí, yo también me sé el refrán: mal de muchos, consuelo de tontos. Pero más gilipollas sería si, además de sentirme tonta, me sintiera sola. Pocas cosas hay peores que esa.

¿Qué has confesado tú que te haya hecho sentir alivio?

¿Qué no te has atrevido a confesar nunca?


Como siempre, te recuerdo que, si te gusta el contenido del blog, es muy probable que disfrutes de Profe, una pregunta, donde hablo de todas esas dudas que surgen en el aula y ningún gurú ha sido aún capaz de contestar. Y si lo que buscas es una lectura ligera para echar unas carcajadas, prueba con Armarios y fulares y conoce a Alan, el profe “chachi” que me encantaría ser. 

Y si estás en Vitoria el jueves, 18 de octubre, pásate por la librería Elkar de la calle San Prudencio sobre las siete de la tarde y échate una risas con Manolo y conmigo mientras hablamos del libro en la presentación de Profe, una pregunta. Los pintxos y zuritos de después corren de mi cuenta.

Blog Recursos TIC

Uso de las TIC: más no siempre es mejor

3 octubre, 2018

Hay que ver qué pesada es la gente cuando algo se pone de moda. Supongo que ocurre hasta en las mejores familias, pero madre del amor hermoso qué plasta nos están dando con el uso de las TIC en Educación.

Estamos llegando al punto de que, si usas boli y papel para hacer una actividad, pareces una retrógrada anclada en el siglo diecinueve, y no te digo ya si pides cuadernos en la lista de material escolar de principio de curso. Escribir a mano está pasado de moda, nos dicen. En el futuro, nuestros niños y niñas solo escribirán a máquina y no les hará falta coger un bolígrafo para nada.

Ya. Claro. Verás tú qué mensaje de auxilio dejarán escrito en el suelo con su propia sangre cuando los asesine el robot aspirador si no saben escribir a mano. No me imagino yo a nadie degollado yendo a buscar la tablet para escribir sus últimas voluntades mientras el ordenador envía a sus esbirros a acuchillarlo.

(Sí, sé que tengo que dejar de ver tanta tele. Lo siento. Aunque no me digas que no lo has pensado alguna vez).

No me entiendas mal, yo soy una firme defensora del uso de las TIC en el aula. Creo que pueden ser un instrumento maravilloso para enganchar a nuestro alumnado por un lado y descubrirles un mundo al que muchos no tendrían acceso si no fuera gracias a la tecnología por otro. Pero también creo que a veces se nos olvida que las TIC son una herramienta y no el objetivo (menos en clase de informática, supongo). Igual que se dice siempre que el libro de texto es solo una guía, también lo son las herramientas digitales; su uso debe estar supeditado al contenido que estemos enseñando, a los objetivos que nos hayamos marcado en clase, no al revés.

Porque no puedes decir que estás utilizando una tecnología innovadora si lo único que has hecho ha sido cambiar el libro de texto por licencias digitales que los peques ven en sus tablet o en sus ordenadores portátiles. Si en lugar de pizarra de tiza les haces pasarse cinco horas mirando a una pizarra digital.

Has cambiado el instrumento, igual que el pizarrín y la tiza fueron sustituidos por cuadernos y lápices, pero no el paradigma.

Cuando hablamos del uso de las TIC, no deberíamos estar hablando de eso.

El uso de las TIC en clase debe reflejar un cambio de metodología

Ojo: no estoy diciendo que debas cambiar tu metodología. Si lo que haces funciona (engancha a tu alumnado, les ayuda a aprender, te reta a probar cosas nuevas), sigue con ello y no te agobies con la tecnología. La mitad de las veces ni siquiera vas a poder conectar los ordenadores de los y las peques a la red wifi, así que no sufras.

Pero si hay algo en tu forma de dar clase que no termina de funcionar (y estoy convencida de que lo habrá, porque ¿quién sabe la fórmula de la clase perfecta?), la tecnología quizás pueda ayudarte. No para que una pantalla sustituya el papel o para que una voz en off sustituya la tuya, sino para trabajar de forma distinta tanto en clase como en tu tarea de evaluar y llevar un historial más o menos organizado de cada miembro de tu clase. Que ya sabemos que, si siguen subiendo las ratios, dentro de poco vamos a necesitar un código de barras en la muñeca para poder identificarlos a todos.

Tres usos de la tecnología que harán tu vida (y la de tu alumnado) más fácil 

Blogs para el aula de lenguas

Cuando enseñas un idioma, uno de los aspectos que más cuesta es la producción, tanto oral como escrita. Es difícil encontrar alumnos a quienes les guste escribir (vale, sí, a mí me encantaba, pero era la rara) y hacer presentaciones orales les suele costar horrores porque les da mucha vergüenza y los nervios juegan malas pasadas.

(Si a mí todavía me cuesta hablar en público, no quiero ni pensar en los pobres peques).

Un blog soluciona en parte todo eso. Ofrece la oportunidad de crear contenido no solo escrito, sino también oral. Pueden grabar un vídeo en su casa y subirlo ellos y ellas al blog, sin pasar por la vergüenza de hablar delante de toda la clase. Pueden crear podcasts, explicar el proceso de creación de un trabajo y un largo etcétera que solo tiene como límite la imaginación de quien usa la herramienta.

Otra de las grandes ventajas, y esta es más para ti que para tus peques, es que, gracia al blog, tienes un portfolio con todos sus trabajos sin tener que mover un dedo. Si quieres comprobar su fluidez en inglés, no tienes más que visitar su blog y ver los vídeos, o dar un repaso a las redacciones que ha publicado para ver si tiene claro cómo escribir con coherencia. No sé a ti, pero a mí esto de tener toda la información de cada una de mis alumnas sin tener que volverme loca haciendo carpetas me parece un puntazo.

Se supone que los blogs están pasados de moda, más ahora con los hilos de Twitter, pero en educación todavía tienen cabida y me siguen pareciendo una gran manera de motivar a la chiquillería. Si quieres un puñado de ideas para usar en clase, ya sabes que solo por suscribirte te regalo un buen montón de ellas (y te las puedes quedar para ti para siempre, aunque anules la suscripción).

Gymcana

Gymcana, yinkana, gincana… Todavía no sé cómo se escribe. Con “g” me suena más a gintonic y casi me cosa usarlo en un contexto educativo, pero ejem, a lo que iba.

El curso pasado se celebró en Vitoria la primera gymcana escolar de la ciudad, inspirada en experiencias similares que ya se han llevado a cabo en Valencia o Barcelona. Los alumnos y alumnas crearon distintos circuitos en los que varias preguntas y pruebas llevaban a cada grupo a una prueba final en la que tenían que representar un pequeño teatro. Para realizar las pruebas, los niños y niñas necesitaban dispositivos móviles donde leer los códigos QR que sus compañeras habían creado y consultar en la web las pistas que necesitaban.

Un bombazo, vaya.

Esto sí que supone un cambio de paradigma, y no el dichoso “buscad información sobre…” que antes completábamos con una enciclopedia y ahora completan con la Wikipedia. No se trata de hacer un corta-pega y colocar una imagen “porque así queda bonito”, el equivalente a copiar palabra por palabra toda la información que hacía yo en mis tiempos, sino en utilizarla para lograr un objetivo. Además, están en la calle y se relacionan con otros colegios. Se lo pasan pipa. Dudo que olviden algo así en un futuro.

Al menos esta generación, porque estoy convencida de que, en un futuro, será el equivalente a llevarlos al parque con el balón.

Por supuesto, este tipo de cosas requieren de una preparación inmensa y tienen un curro importante, pero se pueden trabajar varias asignaturas de una tacada. También se puede hacer el típico juego de pistas escondidas con papel y boli (lo he hecho varias veces en inglés y dudo que lo hubieran disfrutado más con móviles o tablets), pero el trabajo es el mismo y los papeles se pierden. En digital, lo puedes guardar para el año que viene.

Para qué trabajar el doble cuando puedes trabajar una sola vez.

Relaciones internacionales

Los pen-pals de toda la vida han cambiado porque la forma en que la tecnología nos permite sacarle más provecho aún que la vieja costumbre de mandar cartas y postales. YouTube permite conectarte con otras clases, y si el vídeo se te resiste un simple email te puede solucionar la vida. Si a los vídeos en diferido y los emails se les añade Skype (siempre que el cambio de hora lo permita), tienes una herramienta maravillosa para traer otras culturas al aula.

Y no solo hablo de otras clases y otros niños y niñas. ¿Por qué no contactar con esa escritora que tanto les gusta y ver si puede dar una charla por videoconferencia, o al menos decirles hola? Quizás puedas ponerte en contacto con un músico que les gusta, o traer a mujeres científicas al aula vía digital, para que vean que de verdad existen.

 

Lo bueno (y lo malo) de la tecnología es que el límite lo ponen tu imaginación y tu tiempo. Esto puede y debería ser una ventaja, porque es una fuente inagotable de ideas que llevar al aula, pero también puede crearte un punto de ansiedad porque te da la sensación de que no estás haciendo lo suficiente. No te agobies. Elige un aspecto de tu práctica docente que quieras mejorar y busca una herramienta que te sirva. Quizás no aciertes a la primera, pero seguro que terminarás encontrando algo que funcione.

Mientras tanto, que no te dé vergüenza seguir usando lápiz y papel. Recuerda que los robots no tardarán en sustituirnos pero, hasta que ese día llegue, lo mejor que podemos llevar al aula es nuestra humanidad. El resto son herramientas. Nosotras, no.

¿Qué otros usos le das tú a la tecnología en clase?

¿Qué objetivos te ayuda a alcanzar?


Si te ha gustado este artículo, es más que probable que te interese lo que te cuento en Profe, una pregunta, de venta en cualquier librería y aquí mismo también. Y si lo que te apetece es echarte unas risas mientras piensas en qué nueva maldad vas a llevar al aula, Armarios y fulares puede ser justo lo que necesitas.  

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Blog Opinión

Comparaciones odiosas: Finlandia y modelos educativos inalcanzables

24 septiembre, 2018

Que las comparaciones son odiosas lo sabe todo el mundo. Más lo debería saber alguien que trabaje con peques o los tenga en casa, aunque por desgracia a veces no lo parece. Todo el mundo lo hace, no me digas que no: “¿Por qué no eres más como tu hermana?”, “Mira a Pepito, él nunca se porta mal”, “Los de la clase de al lado van dos temas por delante porque aquí no calláis”. No hay nada tan dañino como las comparaciones, aunque no nos demos cuenta.

De adultos la cosa no cambia demasiado, porque el ser humano es un animal de costumbres y hacemos lo que nos han enseñado. Comparamos sueldos, comparamos empleos y nivel de vida; comparamos casas (yo para decir “la mía está más sucia”), los barrios donde vivimos, los teléfonos móviles o los ordenadores que usamos, los viajes que hacemos, incluso las amistades que tenemos. No siempre es para decir “yo más” o “yo menos”, aunque a menudo sí. A veces esa comparación se convierte en competición y nos machaca más de lo que nos gustaría admitir.

De estas comparaciones no se salvan los colegios, por supuesto. Podemos hacerlas porque queremos saber a dónde llevar a nuestros hijos e hijas y buscar un proyecto pedagógico que se ajuste a nosotras; podemos comparar horarios o tipos de enseñanza; pero a menudo también comparamos resultados académicos y qué tipo de alumnado acude a uno y otro. Tiene sentido, claro, porque es una elección muy importante para los y las peques (o para docentes, si estás eligiendo en qué centro trabajar), pero no deja de ser una comparación.

Y luego están las comparaciones entre sistemas educativos. Ya sabes, esas que nos dicen siempre eso de que “en Finlandia no hay deberes”, “en Finlandia no van al cole por la tarde”, “en Finlandia los profesores tienen la misma consideración que un médico o un ministro”, y ese largo etcétera que tanto me recuerda a “ya podías ser un poco más como tu hermana”. Porque claro, una siempre intenta que el modelo a seguir sea uno muy bueno, uno estupendo, uno… Bueno, modélico. Y es que poca gente le dice al nene o a la nena “uf, menos mal que no eres como tu hermana, me sale otra seguidora de Bisbal y me corto las venas”. Siempre nos fijamos en lo peor. Siempre comparamos hacia arriba.

Comparaciones: si las haces, hazlas bien

A estas alturas de la partida, quienes trabajamos en educación sabemos que hay cosas que no se pueden comparar. No puedes comparar niños y niñas de distinto origen socioeconómico, por ejemplo, porque sabemos que ese es el mayor factor a la hora de determinar el éxito o fracaso escolar. No deberías comparar a hermanos, a distintos grupos en un mismo curso, a la nueva profesora jovencísima que empieza con ganas con la del año pasado, que se ha tenido que pedir una excedencia por problemas de ansiedad.

Con los sistemas escolares pasa lo mismo.

Las noticias, los gurús y toda la cuchipanda estupenda que parece tener acciones en los colegios de Finlandia no hace más que compararnos con el país del sol no presente durante seis meses al año, pero a nada que prestemos un poco de atención es fácil darse cuenta de que no es una comparación justa. El sistema educativo de cada país es un reflejo de su sociedad y sus costumbres, y la sociedad finesa se parece a la española en… en… Bueno, en que aquí a veces también nieva. Al menos en el norte.

Sin embargo, hay un país al que nos parecemos cada vez más, y no solo en lo educativo. En los últimos años parece que estamos criando un hermano gemelo en Estados Unidos, aunque, por desgracia, no tenemos su poder adquisitivo ni el estatus de su clase media. Nuestros sistemas educativos, sin embargo, se parecen mucho más de lo que me gustaría.

¿Que no? Te voy a dar tres puntos en los que son casi idénticos. Solo tres, sí, pero los más importantes a la hora de definir un sistema educativo.

1. Los distritos escolares

En el documental “Where to invade next”, Michael Moore hace un pequeño análisis de las escuelas finlandesas. Una de las cosas que más le llama la atención es que allí nadie se pelea por entrar en un distrito u otro porque, como podéis ver en el vídeo, todas las escuelas son públicas y todas tienen la misma calidad.

(Sí, también menciona que no hay deberes, pero CENTRÉMONOS, GENTE).

En Estados Unidos, sin embargo, dependiendo de en qué ciudad estés o en qué barrio vivas, la calidad de tu educación puede variar muchísimo. Los distritos escolares son tan diferentes entre unos y otros que a veces hay bofetadas para conseguir casa en un barrio concreto y así matricular a los peques en una escuela con buen nombre. Y ya sabemos cómo funciona esto: si un distrito o una escuela coge buena fama, las familias con mayor nivel socioeconómico llevan a sus hijos e hijas a esa escuela, y como ese es (insisto) el mayor factor a la hora de garantizar el éxito escolar… Profecía cumplida, oh milagro.

¿Te suena? He oído de gente que falsifica el certificado de empadronamiento y aparece en el de los abuelos para poder entrar en una escuela concreta, y sé que no es un caso aislado. Gente que no ha pisado un determinado colegio ni de visita lo va poniendo a parir por las esquinas y aboga por la educación concertada y privada (de la que Finlandia carece, por cierto). Así lo aboca a la marginalidad y su calidad termina bajando, los docentes se cansan de pelear y darse de golpes contra una pared y se van. Otra profecía cumplida.

Hasta que no consigamos que todos los colegios de la red pública tengan una calidad homogénea, no podemos seguir poniendo a Finlandia como ejemplo. Hasta que la educación pública no vuelva a tener la consideración que tenía antes del advenimiento de la concertada, no podemos aspirar a ser lo que nos venden en las charlas TED. Quizás consigamos que alguna escuela suelta pueda alcanzar las cotas de éxito del país de las auroras boreales, pero si seguimos creando rankings entre colegios e invirtiendo dinero en ghettos de clase media que huye de los colegios de barrio y de la escuela pública, la llevamos clara.

2. Diversidad y ratios

Voy a aclarar este punto antes de meterme en faena porque no quiero que se me malinterprete. Me encanta la diversidad de la escuela pública. Enriquece nuestras clases, nos hace más empáticos, nos ayuda a conocer otro tipo de vidas y, en general, es más que positiva. Quiero que en mi clase haya niños y niñas de distintos orígenes, con habilidades múltiples, con discapacidades o sin ellas, con una historia distinta a la mía en la mochila para que me ayuden a entender el mundo que hay fuera de mi burbuja.

Lo que no quita para que dar clase a un alumnado así suponga un esfuerzo extra. Porque no es lo mismo dar clase a un grupo de veinte niños y niñas que hablan el mismo idioma que tú que darla en una clase donde la mitad acaba de llegar de otro país. A veces a mitad de curso. A veces sin escolarizar a los diez o doce años.

En Estados Unidos pasa tres cuartos de lo mismo. En las escuelas públicas es muy normal recibir alumnado nuevo durante todo el curso. Si vives en un estado que hace frontera con México, la mayoría de los niños y niñas hablarán español, lo que hace la comunicación algo más fácil porque mucha gente estadounidense habla el idioma. Pero ojo, porque en México también hay lenguas indígenas y ¡ay!, ríete tú del euskera si te llega una familia de Oaxaca que hable zapoteco. Por no hablar de la inmigración en las grandes ciudades, que puede llegar de cualquier lugar.

En Finlandia, con una tasa de inmigración del 5% (que además viene sobre todo de Suecia, cuyo idioma es cooficial en el país del frío), esto no pasa. No están acostumbrados a que en enero les lleguen cinco o seis alumnos nuevos por clase con quienes muchas veces no se pueden comunicar y que traen un historial académico, como poco, irregular.

Por no hablar de las ratios, que, por lo que he conseguido encontrar para escribir este artículo, no están regulados pero rara vez pasan de veinte. Tiene sentido, supongo, en un país que no llega a seis millones de habitantes, pero entonces quizás deberíamos plantearnos que no se pueden tener los mismos recursos en un país de más de cuarenta.

En las clases de infantil, si pasan de trece alumnos por aula, ponen un profesor de apoyo.

Si pasan de trece.

De trece.

Vamos, igualito que aquí, donde nos ponemos contentos porque si la clase llega a 25 y Saturno se alinea con Júpiter y Venus, lloras mucho y tienes un primo en Educación, igual te ponen media persona más para todo el colegio.

Si queremos parecernos a Finlandia, deberíamos empezar a copiar las cosas que cuestan dinero, no solo aquellas que quedan en manos de elecciones individuales. Porque sí, tocar las ratios es caro, pero es lo más necesario. Tocar cualquier otra cosa y no meterle mano a eso no sirve de nada.

Eso sí, la diversidad que me la dejen quietecita, ¿eh? Más personal para hacer desdobles, profesores de lenguas para poder entendernos todos y ya, no fastidien. Que no hay cosa más triste que una clase llena de niños y niñas que no se distinguen unos de otros porque tienen hasta el mismo tono de azul en los ojos.

3. Consideración del profesorado

Hace unos días vi una portada de la revista Times donde contaban que una profesora de Estados Unidos tenía que vender plasma porque el sueldo no le daba para vivir. Para que te hagas una idea sobre el estatus social de los docentes en ese país, cuando yo vivía allí tenían una sección especial de lo que aquí llamaríamos “vivienda de protección oficial” para profesores, así que la portada está más que justificada.

(No hace falta que me creas a mí: Breaking Bad es la historia de un profesor de instituto que se mete traficante de drogas porque no le llega para pagarse el tratamiento de quimioterapia contra el cáncer. En ningún otro país podría tener sentido una serie así).

Es una de las profesiones peor pagadas en relación a la titulación que se necesita y a las horas de dedicación que exige. El menosprecio que sufren los profesores es bastante parecido al que sufrimos aquí. Nadie quiere ser docente allí.

Por suerte, aquí no compartimos lo del sueldo. No seré yo quien se queje de lo que gano, aunque tampoco es que me dé para atar a mis gatos con longanizas.

(“¿Y por qué ibas a querer atar a los gatos, Ruth?” Pues porque no tengo perro. Duh. Que hay que explicártelo todo).

Cuando viví allí tampoco sufrí demasiado, la verdad. El pueblo al que fui estaba tan lejos de todo y era tan poco atrayente que paliaban lo poco que ofrecían en calidad de vida con un sueldo más que decente. Pero un grupo del programa de profesores visitantes que fue a trabajar a San Francisco se tuvo que volver a los cuatro meses de llegar porque no les llegaba para vivir. Hablamos de una habitación en un apartamento compartido; lo de las casas y lofts que tanto se ven en las series es más ciencia ficción que otra cosa.

En todo lo demás, creo que nos parecemos mucho a los americanos. Todo el mundo cree saber más que los docentes, y da igual cuántas veces le expliques a la gente que tu trabajo no consiste solo en abrir el libro por la página cincuenta y tres. Se nos agrede, se nos maltrata verbalmente y se nos culpa del estado de la educación pública porque, ya se sabe, somos todos unos vagos.

En Finlandia, sin embargo, los docentes son uno de los grupos más respetados de la población. Se les exige, por supuesto, pero se les respeta y se toma su palabra como la de los expertos que son. No hace falta que se pase ninguna ley diciendo que tienen estatus de autoridad, simplemente lo son. Pero claro, hablamos de un país donde no hace falta poner barreras en el metro porque la gente paga sin que se lo tengan que recordar. Igualito que aquí, vamos.   

 

Por eso, cada vez que sale alguien hablando de Finlandia y sus maravillosas escuelas, algo se me remueve por dentro. No se puede comparar solo un aspecto de una sociedad tan distinta y pretender copiar solo lo que nos interesa. Si no se bajan ratios, no se invierte en centros físicos, no se llega a un acuerdo para crear una ley de educación que dure más de cuatro años seguiremos mirando con envidia a países que consiguen mejores resultados y echando la culpa a factores que no tienen nada que ver. Prohibir los móviles en el aula no va a mejorar nada. Pedir un MIR para un profesorado sobradamente preparado, tampoco.

Pero qué sabré yo, que no soy gurú.


Si te ha gustado este artículo, es más que probable que te interese lo que te cuento en Profe, una pregunta, de venta en cualquier librería y aquí mismo también. Y si sientes curiosidad por ver cómo funciona el sistema educativo estadounidense, en Armarios y fulares te lo enseño desde dentro (pero “de risas”, que para dramas ya está la vida). Recuerda que puedes suscribirte y recibir material extra, algún regalo de vez en cuando y pedradas similares a la que acabas de leer una vez al mes. Podrás salir de la lista cuando quieras y prometo no hacer spam.

Blog Formación

Formación: cuándo decir basta

17 septiembre, 2018

Creo que sería muy difícil encontrar a un docente que opine que la formación no es necesaria. En esta profesión, como en muchas otras, formarse es una parte indivisible de nuestro día a día, por la simple razón de que la sociedad cambia y siempre hay un tema (o dos, o tres, o diez docenas) en el que necesitamos un repaso. Ya sea cómo tratar la diversidad, los últimos avances tecnológicos que llevar al aula, cursos sobre metodologías que no manejamos demasiado bien (me niego a llamarlas nuevas, porque algunas son del siglo diecinueve), tratamiento del género, diabetes, reanimación cardio pulmonar… Siempre hay algo que nos va a venir bien aprender o repasar. Siempre vamos a tener alguna laguna en algún sitio.

Pero, aunque esas lagunas existan, no significa que la única manera de cubrirlas sea la formación reglada. Todos los años por estas fechas nos llega una cantidad ingente de cursos homologados por el departamento de educación de cada comunidad autónoma, o universidades ofreciéndonos los últimos grados y másteres en las más modernas metodologías [del siglo diecinueve]. Ya sea por inseguridad, porque creemos que esos cursos nos van a servir realmente en el aula o porque necesitamos el título para la antigüedad o el concurso de traslados, tenemos tendencia a llenar nuestro tiempo libre con un montón de cursillos de treinta horas, uno o dos por trimestre, raspando tiempo de donde no lo hay o apuntándonos a los más cutres porque parecen fáciles y no van a costarnos mucho esfuerzo.

Admítelo: tú también lo has hecho.

Yo también tengo una larga lista de cursos cuyos títulos apenas recuerdo. Podría deciros que no lo hago porque se me han olvidado, porque hace mucho tiempo ya que los hice y quién recuerda qué estudió hace seis o siete años. Pero mentiría. Con la boca llena.

No me acuerdo porque no puse ningún entusiasmo en sacarlo. Necesitaba las horas de formación para las oposiciones e hice los cursos más fáciles que encontré, sobre cosas que ya dominaba. Cursos que contaron como treinta horas de formación en cinco o seis de trabajo, tirando por lo alto.

No me avergüenzo. Conseguí reconocimiento sobre cosas que ya sabía, no engaño a nadie.

Y me saqué una licenciatura enterita mientras trabajaba a jornada completa, así que tenía derecho a tirar por el camino “fácil” en cursos online sobre “microblogging” (what?) porque en casa me esperaba un tocho de lingüística tremendo cuyos conocimientos me han servido para dar mejor mis clases.

Te lo juro por el máster de Cifuentes.

Cuándo decir no a la formación

Hace ya años que decidí que no iba a volver a estudiar nada que no me interesara y que no iba a terminar ningún curso que me defraudara, incluso si tenía que dejarlo a la mitad.

(Es curioso: puedo hacerlo con un curso, incluso con un máster, pero no con un libro. Por qué soy así, Yahoo respuestas).

Si algo me atrae y me pongo con ello solo para descubrir que no es lo que yo pensaba, lo dejo. Aunque me cueste dinero. Mi tiempo es demasiado valioso para desperdiciarlo en algo que no me gusta y que, por suerte, no necesito.

Soy consciente de que no todo el mundo está en la misma situación. Yo ya soy funcionaria y, si me presentara a cualquier otro tipo de oposición, tengo títulos suficientes para llegar al máximo de puntos que la formación otorga. El día que quiera pedir traslado tampoco voy a tener mayor problema, porque en mi ciudad hay trabajo (y un montón de jubilaciones en los próximos años) y tengo puntos de antigüedad suficientes .

En algunas comunidades, los puntos que dan los cursos homologados son la única manera de acceder a subidas de sueldo por antigüedad. Luego dicen de los exámenes y los castigos, el “si no te comes los guisantes los tendrás para cenar” de toda la vida, y resulta que algunas delegaciones de educación utilizan las mismas técnicas con sus docentes.

Cada persona verá en qué situación se encuentra y si le conviene o no sacrificar treinta horas (o sesenta, o trescientas) de su tiempo libre al año para sacar cursos que no le interesan en absoluto. Yo, a estas alturas, tengo un criterio muy definido para saber cuándo me merece la pena hacer formación y cuándo no.

No hagas formación si…

Sabes más que el/la ponente

Esto puede ser una tontería, pero a mí me ha pasado más de una vez. Ponerme a hacer un curso de blogs, por ejemplo, y darme cuenta de que sé más que la persona que me lo está dando.

La última vez que me pasó, desarrollé una brillante estrategia. Me dediqué a coger ideas y ver qué deficiencias tenía el curso al que me había apuntado, qué me gustaba y qué no. Y para el año siguiente tenía preparado un esquema para un curso que presenté para dar yo, presencial un año y online otro. Metí alguna hora más que cuando recibí el curso, pero esta vez, además del crédito de haber trabajado dando formación (y aprender más todavía sobre algo que dominaba), me llevé un sueldo al final.

Y es que tenemos la manía de creer que no sabemos suficiente sobre un tema para, a base de ridículos cursos que nos hacen perder el tiempo, terminar dándote cuenta no solo de que sí sabes, sino de que ya te has convertido en experta.

No aprendes nada nuevo

Puede que no sea tan drástico como decir “yo sé más que tú”, pero muchas veces tenemos la sensación de estar oyendo siempre lo mismo. Cuando un tema se pone de moda (¡Flipped Classroom!, ¡Proyectos!, ¡Bilingüismo!), los cursos de formación parecen centrarse solo en él, aunque cambiándole el nombre para que cuele.

Recuerdo un año en el que lo único que encontraba eran cursos sobre TIC o de inglés. (Pobre del profesor o profesora que pretenda dar clase con esos pedazos de cursos de treinta horas que te acreditan un nivel B1/B2, pero esa es otra historia). La gente que ya sabía algo de TIC no tenía apenas elección en aquella formación si quería aprender algo nuevo, porque siempre eran cursos de un nivel muy bajo.

Si no estás aprendiendo nada nuevo, huye. La formación debería, cuando menos, hacernos pensar o recordar eso que habíamos olvidado, ese detalle que teníamos intención de implementar en clase que se nos pasó en el trajín del día a día. Si no sales de una formación diciendo “qué interesante”, “es verdad, no me acordaba” o “qué rápido se me ha pasado”, huye. Ya hemos pasado la edad en la que tenemos que asistir porque sí.

(Sí, soy consciente de que nuestros alumnos y alumnas no. Habrá que ponerse las pilas y asegurarnos de que salen con esas sensaciones, pobres).

Sientes la obligación de hacerlo

He picado más de una vez precisamente por esto.

Un tema se pone de moda. Se oye en todas partes y hasta en el claustro lo mencionan. Te sientes obligada a formarte en ello, porque parece la panacea, todo el mundo siente la urgencia de saber más sobre [inserte usted aquí tema interesantísimo del que nadie se va a acordar en un año]. Empiezas el curso y ves, como esperabas, que no te gusta / no estás de acuerdo / va contra todo lo que defiendes / no es lo que pensabas / lo odias a muerte. Pero te sientes en la obligación de formarte en ello, porque cómo no lo voy a hacer, cómo no voy a convertirme en una experta en [inserte usted aquí tema interesantísimo del que nadie se va a acordar en un año].

No lo hagas. Si sientes curiosidad, lee un par de artículos. Ve a alguna charla, o búscalo en internet. Asegúrate de que no lo vas a odiar, de que no vas a sufrir formándote en algo que, simplemente, NO TE INTERESA (así, con mayúsculas). Por muy de moda que esté.

¿Te sirve para el aula? ¿Te ves implementándolo? ¿Sientes, al menos, curiosidad sobre el tema para ponerlo a parir con conocimiento? Si la respuesta es no, HUYE. La vida es demasiado corta para eso.

Te quita tiempo para formarte en lo que de verdad quieres

Cuando me puse a estudiar Filología Inglesa, eché cuentas de los puntos que me daban por una licenciatura y los que me darían si todas esas horas que me iba a costar sacar la carrera las empleara en sacar cursos de treinta horas. Si hacía los cursos, el cómputo era mucho mayor que si estudiaba la carrera. Estamos hablando de dos o tres veces más puntos de una manera y de otra, no bromeo.

Pero imaginarme mis tardes frente al ordenador haciendo proyectos idiotas sobre [inserte usted aquí tema interesantísimo del que nadie se va a acordar en un año] me daba náuseas. Así que sacrifiqué (ya ves tú qué sacrificio) todos esos puntos y dediqué todas las tardes y los fines de semana durante siete años a sacarme una licenciatura en la que haber hecho magisterio no me convalidó nada.

(¿Dónde están esos másteres a distancia que regalan a todo el mundo, eh? ¿Dónde? ¿DÓNDE?).

Jamás he estudiado tan a gusto. Fue la primera vez en mi vida que estudiaba “de verdad” sin necesitarlo. Tuve malos ratos, como cuando se acercaban los exámenes y yo echaba pestes porque quién me mandaría a mí meterme en esto, pero fueron pocos comparados con los buenos. Aprendí una barbaridad y abrí la puerta a la posibilidad de cambiar de etapa si alguna vez me apetece, algo que no podría hacer con todos los mini cursos del mundo. Como todavía no era funcionaria, los primeros años combiné mis estudios con la formación para conseguir puntos, aunque una vez que tuve la plaza dejé de hacerlo. Ya no me hacía falta estudiar porque “tenía que”.

No he vuelto a hacerlo. En mi cerebro solo entran datos que yo dejo pasar, no que alguien más decide que tienen que estar ahí.

Si tienes curiosidad por un tema y no hay cursos homologados que te vayan a dar puntos, mi consejo es que lo hagas de igual forma. Un amigo mío dice que el conocimiento es lo único que nadie nos puede quitar, y estoy muy de acuerdo. No sabemos dónde nos va a llevar la vida y, aunque ahora te parezca que ese curso de fontanería no sirve más que para hacer de manitas en casa, lo mismo terminas montando una empresa porque eres la mejor fontanera de la ciudad. O dando clase en un módulo de FP porque te das cuenta de que lo disfrutas más que enseñando a sumar y restar.

Estudia lo que te gusta. Que ya tenemos una edad para poder decir que no a aquello que nos hace sentir mal.

DISCLAIMER: a veces sí necesitas formación

Sé que no todo el mundo está en mi misma situación, pero también sé que hay gente que, estándolo, parece sentirse culpable si no hace por lo menos algún curso al año. Mi intención con este post es ayudar a que esa gente no se sienta culpable por quedarse en el sofá leyendo un artículo interesante en un blog (que es lo que estás haciendo ahora, ejem) en lugar de estar metiendo horas en Moodle para los puntos de los trienios.

Por supuesto, si eres nueva y sientes que tienes muchas lagunas, la formación ayuda. Ojo, no cualquiera vale, y recuerda que lo gratis no suele ser demasiado bueno; en este artículo hice un repaso de la formación a la que puedes acceder, pero filtra un poco (mucho), por tu bien.

También es recomendable si te vas a presentar a oposiciones y no tienes más que la titulación obligatoria (“más que”: como si fuera poco). Te toca hacer de tripas corazón y tragarte algún que otro curso infumable, hasta conseguir la plaza y poder seleccionar más lo que estudias. Lo mismo si vives en una comunidad en la que la antigüedad depende de la formación que recibas. Aunque ahí eres tú quien valora cuánto vale tu tiempo y si un trienio merece que pases las tardes odiando tu vida y el maldito momento en que se te ocurrió ser docente.

Elige, selecciona, no caigas en el “tengo que”. Hazlo porque quieres. Y si no estás aprendiendo nada, déjalo.

¿Has hecho algún curso que preferirías borrar de tu memoria?

¿Has dejado alguna vez un curso a la mitad? ¿Por qué?

Blog Reseñas

Profe, una pregunta: declaración de intenciones

9 septiembre, 2018

Iba a titular esta entrada como AUTOBOMBO, pero me ha parecido que quedaba feo, así que he pensado que mejor lo metía dentro de la categoría de reseñas y ya. Que, siendo un libro escrito por mí misma, queda igual de mal pero luce un poco mejor. Muy poco, lo sé, pero que viva el ego, qué hostias.

Si lees esto el día que lo publico, 10 de septiembre de 2018, hoy sale a la venta en librerías de piedra y cemento Profe, una pregunta, aunque sé que hay gente que ya lo ha conseguido por Amazon y demás librerías online porque sois personas maravillosas y me habéis mandado las fotos, socorromadrequénervios. En lugar de daros la tabarra por redes sociales en un spam asfixiante de COMPRA MI LIBRO, se me ha ocurrido que mejor os cuento un poco de qué va y así decidís sin que yo os dé por saco.

(Pero no, es serio, COMPRA MI LIBRO. O ESTE OTRO LIBRO, que también es muy rebonico).

Experta en nada y de gurú, más bien poco

Este no es un libro que tuviera pensado escribir. Si os habéis pasado alguna vez por el blog, bien sabéis que no tengo soluciones únicas ni pretendo decirle a la gente qué debe hacer en su clase, cómo se enseña o cómo conseguir ser mejor docente. Lo más a lo que llego (a veces) es a compartir mis experiencias, las cosas que salen bien en mi clase y mi opinión sobre lo que ocurre en el aula, que es mía y solo mía y está basada en mi experiencia del día a día.

Por eso, cuando Plataforma Editorial me propuso escribir un libro sobre la educación vista desde dentro, me acojoné un poco. ¿Qué iba a contar yo a otros maestros y maestras, si la mayoría del tiempo no sé lo que estoy haciendo en clase? ¿Cómo mostrar lo que pasa dentro del aula, si no es ni bonito, ni ideal ni, a veces, completamente legal?

(Hablo de no seguir las programaciones, a ver qué estáis pensando que hago yo en clase, so bestias).

Me pasé varios días tratando de encontrar un tema sobre el que supiera algo, por poco que fuera. ¿Las TIC? ¿La organización del aula? ¿El orden? Cada vez me daba más la risa, porque en ninguna de estas tres áreas soy experta, pero es que en la última soy un desastre. ¿La evaluación? ¿La disciplina? ¿Mi arte a la hora de hacer café? Bueno, mira, en esto sí que igual…

Nada. Veinte años en el aula y no soy experta en nada. ¿Sobre qué voy a escribir, si no tengo más que dudas?

Y ahí me di cuenta de lo que tenía que hacer: escribir un libro lleno de dudas.

Preguntas sin respuestas

Profe, una pregunta está organizado alrededor de todas las dudas que me surgen en el aula. Porque estoy convencida de que, como a mí, a mucha de la gente que lleva en el aula décadas no se le hace más fácil esta profesión con el paso del tiempo, sino más difícil. Cada cambio social, cada cambio de gobierno, cada nueva ley lleva consigo cambios en el aula, pero no solo eso. Cada año el grupo es distinto, cada curso nosotras somos más viejas.

No es lo mismo dar clase un lunes por la mañana que un viernes a las cinco de la tarde.

No es lo mismo un grupo de quince alumnos y alumnas que uno de veinticinco.

Y dos grupos de quince distintos nunca serán iguales. Ni dos de veinte. Ni uno en un barrio del centro de Barcelona y otro en el centro de Vitoria.

Se supone que con el tiempo vamos aprendiendo, pero yo a veces siento que mis lagunas en lo que a dar clase se refiere crecen en lugar de disminuir. Sé que no estoy sola en esto, porque, hablando con mis compañeras, muchas veces sale el tema de qué perdidas nos sentimos a veces. Una, meses antes de jubilarse, me llegó a decir: «Cuánto me queda por aprender en esto». Solo llevaba cuarenta años en el aula.

Si a ella le quedaban cosas por aprender, no te digo yo lo que me queda a mí.

En busca de la fórmula del buen docente.

Profe, una pregunta se resume en un concepto muy sencillo: no tengo ni pajolera idea de cómo hacer bien mi trabajo.

Y no será porque no me esfuerzo, pero sigo teniendo la sensación de ser una profe de mierda.

Todos los días trato de dar lo mejor de mí misma. Me formo, escucho a quienes saben más que yo (o sea, cualquiera que lleve un tiempo en el aula), recapacito sobre mi práctica docente, me evalúo a mí misma y pido que me evalúen.

A veces me siento la reina del mambo y creo que he conseguido entender de qué va todo esto.

Otras veces siento que, en lugar de aprender, voy a conseguir que desaprendan lo que ya saben.

La cago a menudo. Pido perdón. Me recompongo. Lo vuelvo a intentar.

Creo que nunca voy a terminar de buscar la fórmula de la clase perfecta. Quien consiga encontrarla, ganaría más dinero que el inventor de la Coca-Cola. ¿Os imagináis un método que funcione con todos los niños y niñas, a todas horas, en cualquier lugar del mundo, en cualquier época del año? ¿Os imagináis poder dar clase igual un martes de febrero, con tormenta de nieve al otro lado de la ventana, y un viernes de junio con treinta grados a la sombra? La fórmula de la clase perfecta conseguiría siempre el mismo resultado, igual que lo consiguen las matemáticas, porque dos por dos siempre son cuatro. ¿Cómo se hace? ¿Se puede conseguir? ¿Existe?

Probablemente no, pero no por ello voy a dejar de intentarlo. Aunque me temo que, con variables humanas, la única forma pasa por una lobotomía general. Tanto al alumnado como al profesorado, se entiende.

(Es broma. A los docentes nos cambiarán por un robot en cuanto tengan oportunidad).

Este libro está escrito con la mala leche que me caracteriza y ese poquito de humor que hace que la vida sea algo más llevadera. Pero también habla de cosas serias, porque tenemos un trabajo importante que en algún momento debería ser más respetado. Habla de hasta dónde podemos llegar, qué cosas se escapan de nuestro control, cómo me gustaría que fuera el mundo aunque sé que no es así.

Y habla de todo esto desde la humildad. Porque lo único que contiene es mi experiencia, que no es poco pero no sé si es bastante. Todos los años que he pasado en el aula me han ayudado a encontrar patrones, cosas que funcionan o no; me han ayudado a eliminar malas costumbres y a adoptar otras (igual de malas). Pero, sobre todo, han conseguido que se me olviden todas las respuestas que tenía cuando empecé en esto.

Porque, fíjate qué cosas, cuando salí de magisterio tenía todas las respuestas, pero ninguna pregunta. Y son estas últimas, bien lo sabemos, las que mejor guían nuestro quehacer diario.


Si después de todo esto crees que Profe, una pregunta puede ser para ti, tienes dos opciones:

1. Pasarte por tu librería favorita y comprarlo o pedirlo si no lo tienen.

2. Suscribirte a Escribir en Tiempos de Google antes del viernes, 14 de septiembre, y participar así en el sorteo de un ejemplar físico. Abierto a mayores de edad en cualquier parte del mundo.

3. Comprarlo online en formato digital o físico.

¡Será por opciones!

Y si lo que prefieres es leer algo más light, Armarios y fulares sigue estando a la venta y hoy es el último día de la oferta a 1,99. Aunque si lo encuentras más tarde, merecerá la pena igual. (Qué te voy a decir yo, claro).

Blog Ideas y recursos para el aula

#MeQueer: hashtags para escuchar

3 septiembre, 2018

Me encanta Twitter. Es la red social por la que más a gusto me muevo.

Algunos dicen que está compuesto solo de dos grupos: gente con muy mala leche por un lado y de piel muy fina que se ofende por todo por otro. Sin embargo, yo creo que bien utilizada es un rincón donde se puede aprender mucho y conocer a gente muy interesante.

Personas que no conoces de nada comparten sus conocimientos sobre biología, medicina, educación y un largo etcétera en hilos que parecen libros de texto por lo bien documentados que están. Gente anónima cuenta sus vivencias personales de una forma tan honesta que muchas personas se ven reflejadas en ellas.

Y otras contamos chistes y nos quejamos de que tenemos que ir a trabajar, o comentamos que Elsa Pataky tiene más huevos que su marido, ¡y eso que es el puto Thor!

De todo hay en la viña de Twitter.

Hace unas semanas, a finales de agosto, el hashtag #mequeer se convirtió en TT en Twitter (trending topic, que en lenguaje tuitero viene a ser “cosa molona de ahora mismo”). Gente LGTB+ empezó a compartir las vivencias que habían tenido por ser parte de este colectivo, la gran mayoría basadas en los malos tratos que habían sufrido por parte de compañeros y familiares. Intenté dedicarle una mañana a leer los mensajes e incluso se me pasó por la cabeza hacer una pequeña recopilación que usar luego en el blog, pero me llevé tal berrinche con las barbaridades que leí que tuve que dejarlo porque no podía seguir leyendo.

Soy consciente de lo que acabo de decir, sí. Yo puedo dejarlo, cerrar el navegador y olvidarme de ello; la gente que lo ha escrito, no.

Me llegaron, en especial, las anécdotas que hablaban de vejaciones que habían sufrido en la escuela. Esos niños y niñas que habían tenido que aguantar insultos y maltrato por parte de iguales, y a veces incluso por parte de sus profesores y profesoras. Escribí un tuit al respecto y muchos compañeros y compañeras mostraron que estaban de acuerdo conmigo.

También recibí alguna respuesta muy loca. Hay gente que debería tener prohibido expresarse en público.

 

Tranquilidad, que este señor no es ni profesor ni científico. Es idiota, como su propio nombre indica.

Hola, 1960. ¿Podemos devolveros al engendro que nos mandasteis al futuro, por favor?

 

 

 

 

 

 

 

 

La labor de la escuela

Siempre pienso en la escuela como una versión en miniatura de la sociedad en la que vivimos. No porque eduquemos a gente pequeña (los y las de sexto me sacan una cabeza, la pequeña soy yo), sino por el número de personas que la componen. Aquí es donde reproducimos actuaciones que vemos en la calle, donde nos damos cuenta del efecto que tienen nuestros actos en los niños y niñas. Pero también es un lugar donde se transmiten valores y se educan adultos competentes. No como futuros ingenieros o banqueros, sino como personas con gran sentido ético y moral.

Soy consciente de las limitaciones de un colegio. Me doy cuenta de que la influencia de los medios de comunicación y de las familias es mucho mayor que la de una maestra o los y las compañeras de clase. Pero eso no va a conseguir que deje de hacer lo que esté en mi mano para lograr que no vuelvan a darse casos como el de Jamel, o que las vivencias compartidas en #mequeer se conviertan en historia antigua.

Ese “todo lo posible” incluye mirar mi ombligo y encontrar en mí todos esos pequeños gestos que, sumados, pueden hacer mucho daño a quien está a mi alrededor.

Por eso he escrito esta pequeña lista de cosas que, creo, todos y todas deberíamos tener en cuenta cada vez que nos encontremos con una situación de acoso en el aula o, incluso, cada vez que demos clase.

Ignorarlo no es la solución

Ignorar algo nunca lo soluciona. Nunca.

Odio ir al dentista, por ejemplo. Lo odio con todas mis fuerzas. La última vez que fui a hacerme una limpieza, casi no pude subirme al potro de tortura la silla por lo mucho que me temblaban las piernas. Por eso, cada vez que siento una molestia en la boca, lo dejo y confío en que se terminará pasando, que son dientes sensibles, que en realidad no me duele y es solo mi imaginación.

La última vez que hice eso se me rompió una muela porque la carie la había ahuecado por dentro y a punto estuvieron de tener que quitármela.

Cuando ignoramos un problema, ya sea una carie o una pelea en el patio, no estamos solucionando nada. Ese “son cosas de niños” o “ha pasado en el recreo, ahora estamos en Mate, vamos a olvidarlo” es el equivalente a dejar que la infección llegue a la raíz y, para cuando queramos atacar el problema, sea demasiado tarde.

Tampoco sirve de mucho pegar un grito y ponerse a vociferar como una histérica, decir “eso no se hace” y castigar a toda la clase como ejemplo. Lo sé porque he pasado por esa etapa, y creedme, no soluciona nada.

Cuando un niño o una niña es agredido / insultado / menospreciado por el tema que sea, hay que evitar que llegue a la raíz. La gran mayoría de las veces, los niños y niñas que agreden están imitando comportamientos que han visto fuera del colegio. Eso si es que no son víctimas de otras agresiones y su defensa es meterse con aquel que es más débil que él o ella, aprovechar los puntos débiles para machacar y así paliar su dolor.

¿Y cómo se soluciona una situación así? Sinceramente, no tengo ni idea. No hay una solución única para todos los casos. Lo que sí sé es qué no funciona: lo gritos y los castigos a aquellos que agreden solo van a conseguir que la víctima lo sea aún más, porque “es culpa tuya que me haya quedado sin recreo”.

Se pueden usar las asambleas. Se puede traer a algún adulto que ellos respeten que hable de cuánto daño hace un insulto (lo ideal sería una persona LGTB+ que admiren hablándoles de su experiencia, ya sea un/a profesor/a o algún adulto ajeno al cole). Se les puede dar formación sobre identidades sexuales, enseñarles vídeos, utilizar algunas de las ideas que hay por ahí, hablar con ellos desde la sinceridad…

No hay recetas mágicas, no existen. Lo único que sé seguro que no vale para nada es ignorarlo.

No es un tema tabú

Hace muchos años (llevo en esto demasiado tiempo) tuve un alumno que garabateaba esvásticas en su cuaderno. Cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo, me quedé de piedra y a punto estuve de arrancarle la cabeza con la fuerza de mi grito. Y entonces caí en la cuenta de que aquel pequeño de siete años, de piel negra como el azabache, no tenía ni idea de lo que estaba dibujando.

—¿Sabes qué es eso? —le dije, todo lo tranquila que pude—. ¿Sabes lo que representa?

No lo sabía. Se lo expliqué (en un lenguaje que pudiera entender) y se quedó lívido. Arrancó la hoja donde estaba dibujando y la tiró. Luego estuvimos charlando, con toda la tranquilidad del mundo, sobre lo mucho que se parecía a un lauburu y lo fácil que era hacerlo en un cuaderno cuadriculado.

Porque por eso lo estaba dibujando. Era un trazo fácil y divertido.

Los niños y niñas reaccionan a temas que nosotras consideramos tabú por imitación. Nadie nace sabiendo que “maricón” es un insulto, y la mayoría de los críos pequeños que usan la dichosa palabra ni siquiera sabe qué significa, solo saben que es algo malo. Pero no porque consideren que ser homosexual sea malo, sino porque siempre se usa como insulto. 

¿Por qué no explicarlo? ¿Por qué no parar la clase cuando oigamos la palabra? Sin dramatismos, sin culpabilidad, con normalidad absoluta. “¿Sabes lo que significa lo que le has llamado? Que le gustan los chicos. Le gusta cogerse de la mano con chicos [imaginad que tienen 6-7 años, vamos a hacerlo “light”] y darles abrazos. ¿Eso te parece malo? ¿Te parece un insulto?”.

Estoy segura de que en casa lo han oído utilizar de otra manera y saben, por el tono, que no es algo que ellos quieran ser. Y sé que es muy difícil, pero está en nuestras manos invalidar esa palabra.

O al menos intentarlo.

Tolerancia cero

Por desgracia, no son los niños y niñas los que más me preocupan en la escuela, sino los adultos. Esa profesora que hace un comentario inadecuado y se ríe de los gestos de un niño, o ese padre que viene a protestar porque su hijo juega con muñecas y él quiere que juegue con coches. Somos nosotras, las personas adultas, las que llevamos a la espalda el peso de muchas décadas de homofobia asimilada y normalizada.

No podemos permitirlo. Hay que llamarle la atención a la compañera y enseñarle a respetar a sus alumnos. Hay que explicarle al padre que en nuestro colegio cada uno encuentra su propia manera de expresarse, y a veces eso incluye jugar con muñecas.

Mi generación, no digamos ya todas aquellas anteriores a mí, ha tenido que aprender a aceptar la diversidad desde cero. No, desde cero no, desde una puntuación negativa: cuando yo era pequeña, “gay” y “SIDA” se utilizaban como sinónimos (el colega del tuit de antes también estudió en la EGB, supongo).

Lo que no nos excusa. No significa que se nos deba admitir ni una sola muestra de desprecio u homofobia. Nada justifica un comentario de desprecio, ni a un alumno ni a un compañero. Mucho menos a los niños y niñas que comparten clase con nuestros hijos e hijas.

Es verdad que a veces metemos la pata sin querer. Es verdad que a veces decimos algo inapropiado porque nadie nos ha explicado que es inapropiado. Y por eso mismo debemos estar atentas y atentos a lo que nos sale por la boca. Y ante la duda, preguntar. “¿Te he ofendido con este comentario?” puede ser una manera maravillosa de comenzar una conversación en la que aprendamos una barbaridad. Sin olvidarnos nunca de que, si la respuesta a la pregunta es “sí”, la única disculpa posible es “lo siento, no volverá a ocurrir”.

Sin peros. Sin excusas. Sin un “me has entendido mal”. Has metido la pata, recula, pide perdón y evita volver a hacerlo.

En nuestra mano está conseguirlo.

 


Este artículo me ha revuelto más de lo que me hubiera gustado y se ha salido mucho del tono ligero que me gustaría usar en el blog, pero tenía que escribirlo.

Para compensaros el mal rato (porque si no habéis pasado mal rato, no estáis prestando atención), os traigo un regalo. Bueno, más que un regalo, la opción de uno, porque hay…

¡¡SORTEO!!

Por primera vez en la historia del blog voy a sortear algo entre la gente que se suscriba a él (la que ya está suscrita también participa, obviamente). Nada más y nada menos que un ejemplar en papel de Profe, una pregunta, que saldrá a la venta en librerías el 10 de septiembre pero aquí podéis conseguir by the face.

Para poder optar a este libro, solo tenéis que introducir vuestro nombre y dirección de correo electrónico en el cajetín de aquí abajo antes del viernes, 14 de septiembre. El sábado, día 15, sortearé el ejemplar y anunciaré al ganador o ganadora en la newsletter del domingo, que recibirá el libro por correo. Está abierto a cualquier persona mayor de edad de cualquier parte del mundo.

Y sin agobios: podréis anular la suscripción en cualquier momento. Espero que no lo hagáis y os quedéis para leer lo que os cuento, pero sé que sois personas ocupadas y lo entenderé. (Pero lloraré un poco).

No olvidéis que Armarios y fulares tiene una reducción importante de precio hasta el día 10. No es un regalo, pero he tomado cafés más caros (y el libro dura más y no da ardor de estómago).

¡Feliz vuelta al cole!

 

Blog Ideas y recursos para el aula

Nuevo curso, nuevas ilusiones

27 agosto, 2018

¡Hombre, qué tal, qué alegría veros, mua, mua, cómo estáis! ¿Cómo han ido esas vacaciones supuestamente tan largas y que tan poco duran en realidad? ¿Habéis descansado / dormido / viajado / desfasado mucho? Me alegro, me alegro. ¿Todo preparado para el nuevo curso? ¿No? ¿Y cómo así? Si solo queda una semana, tendríais que tener todo en orden, las cosas claras, los libros y cuadernos ya ordenados…

Que no, hombre, que no, que estoy de coña. Todavía queda una maravillosa semana de no pensar en nada que no sea la cerveza que nos vamos a tomar esta tarde.

Pero es cierto que todos los años por estas fechas me pongo un poco nerviosa y una pequeña (pequeñísima) parte de mí tiene unas pocas ganas (muy, muy pocas) de volver a la rutina. Todavía conservo esa emoción de cuando era niña y empezaba las clases otra vez, esas ganas de volver a ver a las compañeras y, sobre todo, de saludar a los peques, achucharlos uno a uno y preguntarles por su verano.

Cosas de trabajar en un cole pequeño y conocer a todo el mundo, supongo.

Septiembre es el mes perfecto para hacer planes, mucho mejor que enero por más que se empeñe el calendario. Creo que la gran mayoría de la gente, incluso la que no tiene hijos y no son docentes (hay gente cuya vida no depende del año escolar, ¡qué cosas!), considera el primer día de regreso de las vacaciones de verano el momento de retomar el control de su vida. Las matriculas del gimnasio se disparan, todo el mundo deja de fumar una semana, nos ponemos a dieta, prometemos leer más y cuidarnos más y querernos más… Y luego llega el día a día y nos baja del carro de un sopapo.

Pero oye, qué bien nos ha sentado el medio kilo que hemos perdido.

Yo he decidido que este nuevo curso va a ser mucho mejor que el anterior, igual que todos los días de Año Nuevo decido que este va a ser mi año. Tengo muchos motivos para estar ilusionada y me niego a dejarme vencer por la rutina del día a día. Os cuento cuál es mi plan para hacer de este curso algo especial, a ver si os doy ideas para que el vuestro también lo sea.

Y es que, como veréis al final del post, razones para estar ilusionada no me faltan.

OR-GA-NI-ZA-CIÓN

Todavía quedan unos días antes del uno de septiembre (bueno, técnicamente el año empieza el día 3), pero yo ya he empezado a hacerme una lista de las tareas más urgentes. En dirección, eso incluye cosas como comprobar que todos los niños y niñas que tienen que estar matriculados estén en las listas y que todas las plazas docentes que tienen que cubrir desde Educación se hayan cubierto de verdad, pero si eres docente a pie de aula quizás esta lista que creé el año pasado te sea útil.

No os olvidéis, claro, de las dichosas programaciones, o de los papeles que tenéis que firmar si sois interinas y empezáis en un centro nuevo (¡ojo con esos pluses, como el de tutoría y el de coordinación!). Preguntad lo que no sepáis, que todos y todas hemos sido nuevas alguna vez y estaremos encantadas de echar una mano.

Bueno, todas igual no. Pero localizar a las compañeras con las que puedes contar y aquellas con las que es mejor no echar ni un café también es una labor de principio de curso.

No olvidéis recordar lo más importante

La vorágine del día a día es un agujero negro que chupa toda la energía de la que disponemos. A menudo, lo urgente nos aleja de lo importante, y más de un día y más de dos vuelves a casa agotada pensando en que no has parado en todo el día pero que, en realidad, no has hecho nada. El año pasado, mi primero en dirección, esto fue mi perdición. Este nuevo curso me he propuesto tener muy presente qué es lo más importante.

¿Y qué es lo más importante?, preguntas, clavando en mi pupila tu pupila azul (que no, que es el iris, Bequer, coño, cuántas veces hay que decírtelo). Los niños y las niñas. Su bienestar físico y mental. Su formación como personas.

Por eso, cuando dudéis entre terminar ese tema que teníais que haber terminado hace quince días o utilizar la hora de Matemáticas para aclarar un problema que ha habido en el recreo, elegid siempre esta última opción. El dichoso mínimo común múltiplo lo van a repetir hasta la saciedad y lo terminarán aprendiendo, este año o el que viene, pero si no arreglamos una situación compleja en el momento en el que sucede, después será mucho más difícil.

Disfrutar de nuestro trabajo debería ser un requisito imprescindible. No dejemos que las minucias nos lo hagan olvidar.

Hay vida ahí afuera

Un pecado mortal de la muerte que cometí el año pasado fue no desconectar de lo que estaba pasando en el colegio. Me costó meses darme cuenta de que llevarme trabajo a casa (de forma física o mental) no iba a conseguir que las cosas fueran mejor en la escuela; fueron mi cuerpo y mi cabeza los que me obligaron a parar, ya a mediados de curso, cuando la presión pudo conmigo.

Necesitamos desconectar. Necesitamos separar la docencia de nuestra vida privada, tener aficiones, hablar de cosas que no estén relacionadas con nuestro trabajo. Necesitamos una vida fuera del aula.

Así que este nuevo curso va a ser distinto. Me he creado un horario de extraescolares que pienso respetar tanto como el de trabajo y que incluye ejercicio, viajes y actividades que me encantan. Vuelvo a retomar el dibujo (compartiré lo que vaya haciendo en Instagram, si os apetece verlo) y me he montado un rincón de manualidades en el despacho al que ya le estoy sacando provecho y que va a conseguir salvar vidas, así os lo digo (y no solo la mía). También, claro, tengo este pequeño rincón que visitáis de vez en cuando para poder desahogarme, y pienso andar, nadar y bailar hasta que me salgan ampollas en los pies.

Por no hablar de escribir. Pero escribir es una parte de mí misma tan importante que no me hace falta hacerle hueco, porque viene de serie.

Nuevas ilusiones

Este nuevo curso sigo siendo la directora, sí, pero hay novedades tanto en la escuela como fuera de ella que me hacen mucha ilusión. Por un lado, todo lo que aprendí el año pasado me va a servir para no cometer los errores que me llevaron a pasar el peor año de mi carrera. Por otro, voy a tener una nueva función docente que nunca he tenido y me gusta mucho: refuerzo lingüístico. Todo lo que tenga que ver con enseñar idiomas me encanta, y eso de trabajar en grupo pequeño con niños y niñas recién llegados va a ser una gozada.

Tenemos que buscar nuevas motivaciones dentro del aula. Hace unos días aparecía en la prensa uno de esos gurús maravillosos (léase esta última palabra con todo el retintín que se pueda) diciendo que los docentes tienen que estar reinventándose todo el tiempo. Obviamente, el susodicho era un iluminado que no ha visto un aula de cerca en décadas, porque en esta profesión no renovarse es poco menos que imposible, pero oye, te lo dicen desde un periódico y suena a orden ministerial.

No renovarse es imposible, simplemente, porque nuestro trabajo cambia cada año, cada vez que tenemos un grupo nuevo.

Qué demonios, cambia cada mes, según va cambiando nuestro alumnado.

Porque todo el mundo sabe que no es lo mismo un grupo de sexto en septiembre que en mayo.

Y hablando de ilusiones…

Además de lo anterior, este año que empieza (parezco un anuncio de turrones, lo sé) me trae una alegría especial: el 10 de septiembre, primer día de clase, estará en las librerías Profe, una pregunta, mi nuevo libro publicado por Plataforma Editorial. Solo de pensarlo se me revuelven las tripas de puro nervio (o puede que sea mi gastritis crónica) porque es un libro en el que he desvelado todas las dudas que me surgen al dar clase y no contiene ni una solución mágica a los problemas que surgen en el aula. Así que me da pavor que lo leáis y descubráis que soy un fraude andante. 

Y es que, ¡ay!, yo no soy una gurú, sino una simple maestra a pie de aula.

Y justo por eso espero que os guste.

Creo que os vais a sentir muy identificadas con muchas de las situaciones que reflejo, y estoy convencida de que más de uno y una va a dar cabezazos de asentimiento o a decir aquello de “esto también me ha pasado a mí”. Espero, también, que os arranque alguna que otra carcajada, porque no es mi intención hacer un serio y sesudo tratado sobre la enseñanza.

Simplemente quiero ofrecer una versión sincera de lo que de verdad ocurre en el aula.

Ojo: mi versión, que no la única. Porque hay tantas versiones como aulas en el mundo. 

Aunque el libro no estará en librerías hasta el 10 de septiembre, a partir de hoy ya está disponible en Amazon y compartiré en Twitter y Facebook pequeñas citas para que vayáis abriendo boca. Como imaginaréis, este año tengo más ganas que nunca de que empiece el curso. Cómo no las voy a tener, si ese día se cumple un sueño que tengo desde pequeña: ver un libro mío expuesto en librerías.

(Se oye música de violines mientras se cierra el telón. Un anuncio de Mr Wonderful se proyecta en la pantalla. “Todos tus sueños pueden hacerse realidad si te esfuerzas lo suficiente”. Los cojones. Sigue sin tocarme la lotería por más boletos que compro).


Si lees esto antes del 10 de septiembre de 2018, todavía estás a tiempo para conseguir Armarios y fulares al precio de 1,99 € para celebrar la publicación de Profe, una pregunta. Si lo lees más tarde, seguirá siendo barato de igual manera y te entretendrá durante varias horas, así que ¡no te lo pierdas!

Blog Opinión

Primer año en dirección: lo bueno, lo feo y lo malo

25 junio, 2018

A falta de una semana de papeleo oficial y otro buen puñado de días de trabajo extraoficiales, se puede decir que ya he terminado mi primer año en dirección.

(Suenan redobles de campana, la gente enloquece, las calles se llenan de gente bailando y yo salgo como Carlton cuando suena Tom Jones. Y de la emoción me provoco una contractura de tercer grado, si es que esta escala existe*).

No ha sido un año fácil. De hecho, puedo decir que ha sido el año más difícil de mi carrera como docente, y llevo veintiuno en esto. También es cierto que tengo una profesión que, al contrario de lo que dicta la lógica, se complica con cada nuevo curso. Nuevas leyes, nuevas tecnologías, nuevas generaciones que cada vez me quedan más lejanas. Cambios sociales bruscos, recortes, la falta de un pacto educativo a largo plazo…

Nada de esto ayuda para hacer nuestro trabajo más fácil.

Pero como soy una persona optimista por naturaleza, voy a hacer un esfuerzo por sacar las cosas buenas de este año, que alguna también ha habido. En este primer año en dirección he aprendido mucho. A veces han sido cosas que me hubiera gustado no saber, es cierto, pero hasta de las peores experiencias se pueden sacar aprendizajes positivos.

Claro que también ha habido cosas feas.

Y cosas malas.

Pero yo voy a empezar por lo bueno, que para sufrir ya está la vida.

(*Esto es verdad hasta en lo de la canción de Tom Jones. Maldita actuación de fin de curso).

Lo bueno, lo feo y lo malo de mi primer año en dirección

Lo bueno

Conclusiones positivas después de diez meses de pico y pala:

Lo mejor de mi trabajo siguen siendo los niños y niñas. Este año en el que he pasado la mayor parte del tiempo fuera del aula me he ratificado en que lo que más me gusta es dar clase. Las cinco horas a la semana que pasaba dando Lengua eran las mejores de la semana, con diferencia. Incluso la última hora de la tarde del viernes, esa hora tan odiada por la mayoría de docentes (y alumnos), era gloria bendita comparada a estar sentada frente al ordenador o intentando apagar fuegos.

Acepté el puesto porque estaba cansada de dar clase y creía que me iba a venir bien desconectar y salir del aula. No me equivocaba, porque no veo el momento de volver.

El contacto con la gente hace que tu trabajo sea más fácil. Y por suerte, trabajo con un equipazo y rodeada de una comunidad educativa excepcional. Ya lo sabía, pero este año lo he visto aún más claro porque miraba desde otro punto de vista. No lo digo por hacer la pelota ni por corporativismo barato: qué pedazo de profesionales hay en la escuela pública, y qué manera de quemarlos tiene el sistema (más sobre esto cuando lleguemos a lo malo. A lo muy, muy malo).

He conocido mejor a las familias del centro. Y qué familias. Qué suerte tenemos en la escuela pública, y cómo peligra un sistema que protege a otro tipo muy distinto de familias. No me tiréis de la lengua, que sabéis lo que quiero decir mejor que yo.

He aprendido mucho de mí misma y he superado [pequeños] retos que no me creía capaz de superar. Como decir cosas muy duras a la cara a compañeras, familias y demás agentes del colegio. Llamar la atención a gente que cruzaba líneas muy rojas. Hablar por teléfono mucho, sobre temas peliagudos. (Solo el hecho de hablar por teléfono mucho, sin temas peliagudos de por medio, ya es todo un reto para mí, que no contesto mi móvil personal si no conozco el número). Aprender a trabajar en un entorno con ruido y gente alrededor, yo, que mientras escribo esto estoy echando pestes porque tengo la ventana abierta y se oyen pasar los coches. Pedir perdón cuando me paso y entender que quien tengo delante no tiene la culpa de mi mal día.

Son pequeñas cosas que, escritas, parecen nimiedades, pero cuando todos los días hay algo que te saca de tu zona de confort terminas aprendiendo y creciendo.

Espero.

Lo feo

Por desgracia también ha habido cosas feas. La gran mayoría han salido de mí misma.

Porque he aprendido que tengo la mecha muy corta. Que tolero muy mal el estrés. Que todos los males de mi cuerpo se traducen en dolores de estómago y úlceras gástricas. Que la ansiedad provoca mareos, náuseas y vómitos, y que ir llorando a trabajar no mola. Que las bajas se pagan caras (literalmente), pero no cogerlas a tiempo sale más caro aún.

He aprendido que hay gente muy maleducada que no tiene ningún respeto por las personas encargadas de la educación de sus hijos e hijas. Gente que te dice a la cara que estás ahí porque te han puesto ellas (¿Perdona? ¿Y mi oposición?). Familias que entienden la escuela como el lugar donde aparcar a los niños y niñas. Son una pequeña minoría, pero ¡ay!, se dejan ver tanto como…

Los malos profesionales. Que también los hay, y este año los he visto de cerca. Y sobre todo, he aprendido lo difícil que es purgar el sistema de esta gente que nunca debió entrar.

Lo malo

Todo lo malo de este primer año en dirección se reduce en una sola frase: lo sola e indefensa que está la escuela pública y quienes trabajamos en ella.  Siendo de todos y para todas, es increíble y muy doloroso ver lo que le están haciendo. Lo mucho que hay que pelear para que las cosas más pequeñas, los derechos más básicos que a veces tienen que ver con la seguridad física de los niños y niñas, se cumplan.

La falta de personal. Recortes en las becas. Sustituciones tras cinco días de bajas.

Sí, parece que para el curso que viene se han solucionado ciertas cosas en Euskadi (las huelgas sirven para algo, está claro), pero la tendencia de la administración sigue siendo la de sobrecargar los horarios de los profesores. Nos dan más asignaciones, además de exigir formación fuera y dentro del colegio, hasta que el horario no se estira más. Y ya no solo hay que corregir y preparar las clases en casa, sino que algunas personas se llegan a quedar fuera del horario lectivo para dar refuerzos a esos niños y niñas que no llegan porque en clase no hay tiempo para la atención individualizada.

Y siguen subiendo las ratios. Y siguen bajando los presupuestos.

Y en la brecha seguimos los y las mismas, cada vez más quemadas, cada vez más hartas.

Pero me voy a quedar con lo bueno, porque qué remedio. Además, está llegando el buen tiempo, los fines de semana amenazan playa, el festival Celsius está ya muy cerca y yo tengo muchas cosas que hacer (como por ejemplo, leer, comer y dormir) para preocuparme por lo malo. El año que viene, espero, será más sencillo, y quizás entre todos y todas podamos ir limando todo lo malo y lo feo que tiñe esta educación pública que debemos defender.

Nos vemos en septiembre con energías renovadas. Espero.


Algunas notas finales:

  • Este es el último post del curso. Por si no lo has captado tras leer la lista interminable de quejas que acabo de soltar, estoy agotada y necesito recargar pilas. Mi único acercamiento al ordenador va a ser para escribir ficción, que, bien mirado, tiene mucho que ver con la educación (sobre todo el género de terror).
  • Hablando de ficción: si te gusta mi forma de escribir, puede que te interese leer más cosas que he escrito. Armarios y fulares está a la venta en Amazon y como lectura de pasatiempo no tiene precio. Bueno, sí, pero es muy barato. 😉
  • Este blog vuelve a llevarse bien con la ley y puedes volver a suscribirte si ya lo estabas antes (y si no, también). Solo por hacerlo recibirás dos guías con actividades que, estoy segura, te serán muy prácticas en clase. Como el blog, la lista también para hasta septiembre, pero las guías las recibirás igual. Puedes suscribirte un poco más abajo o aquí.

Gracias por leer, comentar y compartir. Si le sacas cualquier tipo de provecho al blog (aunque sea aliviar la espera en el dentista), házmelo saber, que me hace ilusión.

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5 actividades para la última semana de curso

18 junio, 2018

¿Qué es eso que se divisa por ahí, esa luz al final del túnel en el que todo lo demás es negro? ¿Es el sol, que se digna  por fin a hacer una aparición estelar? ¿Un tren dispuesto a arrollarnos? ¿Un barco de guerra? ¿El coche de los payasos? ¡No! ¡Es la última semana de curso! ¡Julio! ¡El verano!

Jodío, lo que se ha hecho esperar.

Pero el fin de curso ya está aquí, y con él la última semana, esa en la que tenemos tendencia a relajarnos porque ya, para lo que queda, qué más da. Y entonces vienen las broncas, las peleas en clase, los problemas de comportamiento, porque, como bien sabemos los y las que llevamos un tiempo en el aula, cuando las criaturas se aburren la montan parda.

Parece fuera de toda lógica, pero el tiempo libre y las actividades poco guiadas les aburre.

Millenials, que son unos millenials.

Así que, igual que el año pasado por estas fechas, aquí os traigo unas cuantas actividades para poder hacer esta última semana, entre excursión de fin de curso, graduaciones varias y merendolas chupi-guays a las que no debéis olvidaros de invitar al equipo directivo, leñe, que pasamos más hambre que un maestro de escuela. A lo largo de los años las he probado todas y, aunque no puedo asegurar que funcionen con cualquier grupo, os sorprenderá ver a los peques trabajar a estas alturas.

Bueno, trabajar, trabajar… Tampoco nos pasemos.

5 actividades para la última semana de curso

1. ¿Dónde estarás dentro de diez años?

Alucinante pero cierto: escribir una redacción, a veces, les mola. Ni una mosca se oyó el día que planteé este ejercicio en clase, y jamás he visto a nadie escribir tan rápido y con tantas ganas. Alguna me hizo dos páginas en media hora, con eso os digo todo (con aquella letra y aquella ortografía, pero era para leer en voz alta y, qué queréis que os diga, ME RINDO, ¿VALE? No van a escribir las bes y las uves bien en su vida, y qué, HABER SI ME MUERO).

Ojo, que no se te olvide la parte más importante de la actividad: era para leer lo escrito en voz alta. A estas edades (sexto de primaria, me atrevo a decir que los primeros cursos de la ESO también) les encanta compartir lo que escriben. Y me alegra mucho poder decir que, ortografía aparte, sus redacciones estaban muy bien hechas en cuanto a composición y coherencia, lo que cuento como la gran victoria de este curso, que no es poco.

(Nota al margen de profesora orgullosa que quiere hablar de sus peques: sus futuros eran esperanzadores. Ni un Youtuber o jugador de fútbol. Pasteleros, cocineras, astrofísicas y actrices, sí, pero ni un choni. Casi lloro).

(Segunda nota al margen de profesora pobre: Yo también escribí mi redacción, basada en la mayor de las ficciones: “Ya tengo la hipoteca pagada”. Casi me atraganto de la risa. JAJAJ– apiádate de mi y compra mi libro, por lo que más quieras).

2. Cantar y bailar

¿Cuántas ocasiones hemos tenido de aprendernos una canción este curso y cantarla con la clase? Ahora es el momento. Si das inglés, puedes buscar una con letra sencillita y marchosa (los Beatles funcionan muy bien); si das lengua, busca una que cuente una historia con una letra no muy machista, por favor (buena suerte, la vas a necesitar).

En lugar de aprenderla de memoria, podéis organizar una coreografía. Hay miles de ideas  y seguro que no os cuesta nada encontrar una canción con la que terminar el curso.

3. Cuaderno de firmas

Como proyecto de plástica, no tiene precio, sobre todo por lo sencillo que es. Hazles crear una portada bonita (se aceptan collages y distintas maneras de expresión) y, si te animas, ponlos a coser para hacer una libreta con encuadernación japonesa. Si te da la brasa tanta aguja e hilo, limítate a las grapas. Pero por favor, usa una de esas grapadoras especiales para grapar libros, no me seas cutre.

4. Collage de fotos

Nunca es tarde si la dicha es buena, y esta última semana de curso es perfecta para sacar al profesional de la fotografía que muchas y muchos llevan dentro. Manda a dos o tres a sacar fotos por el colegio, imprímelas y crea un póster de recuerdo del año que acaba. Si has sido una persona precavida y ya tienes las fotos hechas, sáltate el primer paso y haz un resumen del año en un mural. También puedes hacerlo en digital, claro, pero a mí este corta y pega casero me gusta mucho (y sé que a los y las peques también).

Como regalo de fin de curso, una foto de todo el grupo plastificada luce tanto como la de un fotógrafo profesional. No lo olvides.

5. Evaluación final

Sí, sé que has dado un salto y te has alejado de la pantalla en cuanto has visto la palabra evaluación. Tranquilidad, que no la tienes que hacer tú, sino la clase. Ya expliqué en este otro post por qué me parece importante, pero sobre todo me gusta porque a mí me ayuda a mejorar y a los niños y niñas les da la oportunidad de sentirse un poco poderosos (sobre todo si el año que viene no van a estar contigo, como es mi caso este año, y pueden ser sinceros). Puedes crear tu propio boletín de notas, con frases graciosas para que no parezca un examen. Espera malas notas ¡y aprende de ellas!

 

Si el curso ha ido medianamente bien, la última semana está para disfrutar. Es el momento de saborear todo el tiempo que hemos invertido en clase y disfrutar de la personalidad de nuestros niños y niñas. Y sí, sé que el cansancio hace mella, que a veces lo único que queremos es sentarnos en la silla en silencio y hacer que trabajen ellos, pero de verdad os digo que así la semana se os hará interminable. Lo sé porque lo he hecho. Y todos los años terminaba más cansada que ahora y de mucho peor humor.

(Ánimo, que ya queda poco).

¿Qué otras ideas tienes tú para la última semana de curso?

Déjalas en los comentarios, que ya sabes que nunca sobran.


 

Un par (o más) de notas finales:

  • Todos los enlaces que pongo en los artículos pueden ser de productos afiliados. Eso significa que, si compras algo a lo que has llegado a través de un enlace desde aquí, yo me llevo un pequeño porcentaje de tu compra (y tú no pagas más).
  • Si te gusta mi forma de escribir, puede que te interese leer más cosas que he escrito. Armarios y fulares está a la venta en Amazon y como lectura de pasatiempo no tiene precio. Bueno, sí, pero es muy barato. 😉
  • Este blog vuelve a llevarse bien con la ley y puedes volver a suscribirte si ya lo estabas antes (y si no, también). Solo por hacerlo recibirás dos guías con actividades que, estoy segura, te serán muy prácticas en clase. Puedes hacerlo un poco más abajo o aquí.

Gracias por leer, comentar y compartir. Si le sacas cualquier tipo de provecho al blog (aunque sea aliviar la espera en el dentista), házmelo saber, que me hace ilusión.