Pataletas

Mi periodo de adaptación

22 septiembre, 2024

Llevo ya casi tres semanas de curso y aún tengo la sensación de estar más perdida que un pulpo en un garaje. Y no es porque me haya ido a un sistema que no conozco, o porque sea nueva en esto. 28 principios de curso en cuatro sistemas distintos (el de Euskadi, California, Texas y Andalucía) dan para muchas tablas. Y aun con esas tablas, llevo dos semanas con la sensación de estar perdida y sobrepasada.

Tal ha sido el shock que llevo días dándole vueltas a este período de adaptación brutal que estoy sufriendo cuando no debería ocurrir. Y esta semana, cuando una compañera me ha preguntado si el sistema de Texas y el de aquí son muy diferentes, he encontrado el motivo de mi agobio: en Texas yo solo tenía que dar clase. Aquí tengo que hacerlo todo.

Mi yo más cerebral sabe que comparar los dos sistemas es injusto porque, aunque público, el sistema educativo estadounidense tiene un componente económico que en España no existe. Como cuna del capitalismo que es, todo se mide y todo se controla, y a veces las medidas que se utilizan ni son justas ni son educativas. Los resultados académicos del alumnado de Primaria no condicionan el futuro de los y las peques, sino el futuro de la dirección, del profesorado y del distrito entero. Si hay malos resultados, las familias que puedan elegir se irán del distrito, la matrícula bajará y recibirán menos dinero federal y rodarán cabezas, como está pasando en Houston. En muchos estados (sobre todo aquellos donde no existen los sindicatos), el profesorado mete caña a sus peques porque su puesto de trabajo corre peligro, más si acaban de llegar al distrito.

Siempre es el dinero, aquí y allí. Solo que allí cada distrito controla su presupuesto (hay uno por pueblo/ciudad normalmente, varios si es una capital grande), y cada estado tiene una independencia económica que en Europa no se contempla. Las empresas que crean materiales para las aulas, ya sean editoriales, empresas tecnológicas o de cualquier otro tipo, tienen un estupendo negocio montado.

Aquí el problema también es el dinero, ojo. Lo que pasa es que quienes tienen la bolsa no tienen ninguna conexión con las aulas y cuentan cada euro que entregan a Educación como si fuera gasto en lugar de una inversión. Un derroche. Un fondo perdido.

No me oirás decir nunca que el modelo estadounidense es un buen modelo. Nunca.

Pero.

En Texas, lo único que se me pedía era dar clase (que no es poco). Yo era responsable de los resultados de mi alumnado, de su comportamiento y de su crecimiento educativo.

Pero en mi campus había una persona encargada del currículo de Matemáticas y otra de Lenguaje (en inglés, se entiende), que se encargaban también de Ciencias y Sociales, aunque como no se examinaban estaban un poco dejadas. También había una sección bilingüe para quienes trabajábamos con alumnado hispano (no daban ni una hora de clase, nada, cero, su función era ayudar). Si necesitaba algo, se lo pedía a ellas. Podía ser material para los que terminaban rápido, ideas para una lección, material de una editorial concreta…

Igualito que aquí, vaya.

La programación estaba hecha desde las altas instancias del distrito y lo que había que cubrir venía marcado por semanas y cuántos días debíamos encargarnos de cada objetivo. Esa programación era lo que convertíamos al tercer nivel de concreción, y venía con enlaces a repositorios, te decía qué material podías usar y dónde encontrarlo. Colocábamos el objetivo del día de cada asignatura en la pizarra (los y las peques sabían lo que estaban haciendo en cada momento) y el material que venía con la editorial (sí, allí también había libros, pero los profes no recibíamos una guía, sino cajas y cajas de materiales) tenía, para cada objetivo, adaptaciones para los distintos niveles del aula, desde aquellos que estaban uno o dos cursos por debajo hasta aquellos que acababan de llegar y no sabían inglés.

Ahora tengo una niña que acaba de aterrizar y no habla ni papa de castellano. Todo el material me lo estoy buscando yo. No hay nada, NADA, que pueda usar en los materiales de la editorial (que es lo único que tengo). Y no hablo ya de los y las peques que tienen uno o dos cursos de diferencia con el resto de la clase.

A nivel de distrito, había gente encargada solo del currículum (insisto, no daban ni una hora de clase, nada, cero, su función era ayudar). De buscar los mejores materiales, de organizar las programaciones de manera que la espiral cubra todo cada año, de la compra de programas educativos que se adaptaran al nivel de cada peque de forma automática, sin que yo tuviera que saber de programación.

Porque esa es otra, la tecnología… Sueño con tener en mi casa la conectividad que tenía en mi aula. Cada dos o tres años se nos cambiaban los ordenadores a los docentes (un derroche, lo sé, sí, pero el que tengo ahora en mi aula tiene QUINCE AÑOS). Los niños y niñas tenían dispositivos nuevos cada cuatro o cinco cursos, y había una persona en cada centro (ay, que lloro) dedicada en exclusiva al software, a solucionar problemas y a darnos formación. Si había un problema con el hardware, venía un técnico del distrito en el mismo día o al día siguiente.

En mi centro de ahora acaban de arreglar un problema en el servidor con el que llevaban un año.

Un. Año.

Todo lo que me he encontrado al llegar ha sido un aula vacía, sin material que no sean libros y libros y más libros (horribles, horrorosos, aburridos, inhumanos) y una pizarra digital que solo sirve de pantalla y hace años perdió los rotuladores (si es que alguna vez los tuvo). Las programaciones serán las mismas que las del año pasado porque seguimos con los mismos libros, y si quieres hacer algo fuera de la editorial, tú misma, mete horas como loca en tu tiempo libre haciendo un Genially o peleándote con Canva, aprovecha que tienes la versión pro por ser docente, no sé de qué te quejas.

¿Cuándo haces todo eso? En tu casa, claro. En Texas tenía mis 50 minutos diarios para coordinarme y reunirme con mis compañeras, o llamar a las familias, o preparar materiales, más media hora después de que se fueran los y las peques dentro del horario reglado y pagado.

Jamás me llevaba trabajo a casa. Podías, claro, siempre hay cosas que hacer, pero no me hacía falta para el día a día.

Aquí paso menos tiempo en el centro, pero no tengo ni un solo minuto para mí porque todas las horas son lectivas. ¿Cuándo corrijo? En casa. ¿Cuándo busco material? En casa. ¿Cuándo programo? Lo vas pillando.

Si necesito algo, no sé a quién preguntar o a quién pedírselo, y aunque lo supiera sería muy difícil encontrar rato durante el horario lectivo, o a la persona en cuestión, porque ni el equipo directivo se libra de un horario de clases que hace imposible su trabajo. Las exclusivas de los lunes son para tutorías y para reuniones de coordinación. No puedo ni ir al baño, como para hablar con la logopeda. Los corros del patio, donde antes hablaba de mis fines de semana, se han convertido en mis reuniones de coordinación.

Por no mencionar que he tenido que comprar mi propio material. Igual que en Texas, pero cobrando mucho menos.

Mi período de adaptación está siendo duro. Tanto, que me está haciendo echar de menos un sistema del que me he pasado cinco años hablando mal. Nunca pensé que diría algo así, y me da mucha pena, y mucha rabia, porque el de allí no me gustaba. Pero vivo con una sensación constante de asfixia que se asemeja mucho a la que traje de allí. Solo que aquí me veo más sola ante el peligro que nunca, sin nadie a quien pedir ayuda porque mis compañeras están igual de asfixiadas que yo.

El sistema educativo se sostiene sobre los hombros de los docentes. Y en cualquier momento esos hombros no van a dar más de sí y nos vamos a ir al suelo. Lo peor es que en el camino nos llevaremos a la parte más frágil del sistema: los niños y niñas.


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