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Un curso como ningún otro

9 septiembre, 2020

Si no cambia nada desde que programo esta entrada hasta que la leas, estos días estarás empezando el curso más único de tu carrera. Un curso como ningún otro.

Un curso que te va a hacer pensar por qué no te jubilaste el año pasado.

O por qué no aceptaste el curro que te ofreció tu cuñado.

O, como dice una compañera mía, por qué no te quedaste embarazada hace siete u ocho meses, para poder disfrutar de la baja justo ahora.

Va a ser un curso extraño, duro, con muchos altibajos y más curvas que un circuito de carreras. Va a ser un curso en el que, una vez más, la administración demuestra que tanto alumnado como profesorado le importamos una mierda, que no somos más que números, que la función de la escuela pública hace mucho tiempo que se convirtió en un aparcaniños.

Ahora, además, nos restriega en la cara que le importamos tan poco que se reúne para tomar decisiones el veintisiete de agosto, aunque se sabía que la situación iba a ser esta, exactamente esta, desde marzo. Nada ha cambiado desde aquel primer brote. Se sabía que esto iba a ser así.

Si acaso, ha ido a peor. Pero eh, haced educación física sin público y todo arreglado.

No seré yo quien quiera quitarle las vacaciones a nadie, pero igual este no era el mejor año para posar en bañador en la playa mientras los equipos directivos hacían encajes de bolillo, y luego encima venir y desestabilizarlo todo con normas sin sentido.

Llámame loca.

Así que, un año más, nos toma comernos el marrón al personal a pie de obra, al soldado raso, al peón de carretilla. Mientras los ingenieros eligen el alicatado del baño, los obreros tratan de evitar que se caiga la estructura con poco más que arena y agua.

Así nos va.

Pero en esta entrada no me voy a quejar. O sí, pero sobre todo vengo a lanzar un grito de guerra, una llamada a la acción, un yo qué sé, pero algo hay que hacer. Porque me reconcome la rabia y no me puedo estar quieta.

Y es que:

La unión hace la fuerza

Este lema debía estar grabado a fuego en la entrada de cualquier colegio.

No me refiero solo a que el profesorado tiene que estar unido para bregar contra lo que viene, que también. Leo en Twitter mucha preocupación por un comienzo de curso no seguro, el miedo que se tiene a que los docentes empiecen a caer enfermos y el efecto dominó afecte, de nuevo, a toda la sociedad.

Se está llamando a la huelga general, algo que, estoy convencida, no va a salir adelante. Quizás suene cínica y pesimista, pero en los últimos años estoy viendo un conformismo muy preocupante en el gremio que, me temo, viene del «bastante bien estoy comparado con otros» con el que se nos machaca día y noche.

Casi nos da vergüenza quejarnos de los recortes, de las condiciones laborales, del desprestigio que sufre la profesión, porque como otros están peor parece que no tengamos derecho a hacerlo.

Pero esta vez, como muchas otras, la huelga no es por ganar más dinero, ni por mejores horarios, ni por más material siquiera. Es por cuidar nuestra salud y la de nuestras familias.

Que sí, que los docentes tenemos un sistema inmune solo igualable al de un autónomo, que no hay bicho que no hayamos cogido y superado, pero quienes viven con nosotras no tanto. Y no sé en las demás profesiones, pero esta es una en la que, si no estás en contacto cercano con al menos veinticinco personas, no estás trabajando.

Con la unión, sin embargo, me refiero a más cosas. Me refiero también a las familias, a las que una vez más se está intentando poner en contra con titulares capciosos y malientencionados, como aquel de «El profesorado boicotea el principio del curso» que tantas ganas de sacar las pistolas que abundan en Texas me dieron.

El profesorado lo único que está intentando es que todos, peques y adultos, salgan de esta sanos y salvos. No hay cosa que más nos guste que estar con nuestros chicos y chicas en clase, pero queremos hacerlo en condiciones favorables, no con el miedo en el cuerpo de que algo pueda ir mal.

Como alguien que lleva unas semanas trabajando, te puedo asegurar que no hay protocolo en el mundo que vaya a mantener al bicho fuera. Es imposible no tocarse, no acercarse, no te digo ya en clases atestadas o con pequeñines.

Esa comprensión no puede caer solo en hombros de las familias. Me vas a permitir que haga de abogada del diablo y diga algo con lo que sé que mucha gente no está de acuerdo: quizás este año el colegio sí tenga que ser un aparcaniños.

Antes de matarme, deja que argumente. Que seguro que estamos de acuerdo en más de un punto, aunque lo veamos distinto.

Un curso como ningún otro

No podemos empezar este curso con las mismas expectativas que se empieza cualquier otro.

Sabemos, para empezar, que más tarde o más temprano habrá otro confinamiento. Que, al paso que vamos, se van a cerrar las aulas y colegios enteros, por mucho grupo burbuja que te inventes.

Sabemos también que muchas familias de nuestro entorno lo han perdido todo. Seres queridos, el trabajo, los ahorros, un negocio.

Nuestros niños y niñas llevan sin una vida normal desde marzo.

Ir a clase les proporciona una normalidad y una estructura que les es beneficiosa. Por supuesto, no lo es cuando ir a clase supone correr el peligro de enfermar, pero para algunos la opción es quedarse solos en casa, con suerte al cuidado de un hermano un poco mayor, con mala suerte completamente solos.

Ojalá hablara de oídas o estuviera imaginando cosas. Sé que sabes de qué hablo.

Este año, la función del colegio no puede ser la de otros años. Impartir clase normal, con deberes (o sin ellos) y exámenes (o sin ellos), con un currículum exhaustivo y programaciones exactas, es imposible.

No se puede.

NO. SE. PUEDE.

Y en la administración pueden decir misa y decirnos que plan A y plan B, que coordinador de COVID (no podemos dar ni agua oxigenada en una herida, pero podemos diagnosticar enfermedades), que mascarillas y lavado de manos, pero saben, igual que sé yo, que este es un curso distinto.

Y por eso mismo, la labor del colegio tiene que ser otra. Igual es la de aparcaniños. Igual es la de dar a los y las peques una sensación de normalidad, porque se la merecen.

Dar a las familias la opción de dejarlos en casa o no. Permitir que reorganicen sus vidas. Que busquen trabajo o no pierdan el precario que tienen.

Y ya sé, YA SÉ, que esa no es la tarea de la escuela. Que la conciliación laboral tiene que venir de parte de la empresa, que son los jefes los que tienen que garantizar que puedan cuidar de sus churumbeles, que aquí se viene a aprender. Pero dile eso a una pareja de autónomos que ha tenido que cerrar su negocio, o al que ha perdido el trabajo porque su empresa ha cerrado.

O a la que está puteada por un jefe que no la deja ni ir al baño.

La unión hace la fuerza. Pero esa unión tiene que venir desde la empatía.

Sé que es muy fácil para mí ver las cosas así desde mi clase con aire acondicionado y mis doce alumnos en clase más cinco en casa (modelo híbrido: no se lo deseo ni a mi peor enemigo). Sé que yo trabajo en un distrito que tiene los medios electrónicos para poder llegar a los y las peques que han elegido trabajar online.

Pero también sé que niños y niñas que el año pasado traían la comida de casa están comiendo este año el almuerzo gratuito, y que muchos no han traído el material que se les pide a principio de curso cuando el año pasado no tuvieron ningún problema.

Sé que hacemos lo que podemos. Sé que la administración vive en un planeta que no es el nuestro y que hace mucho, demasiados años, que no han pisado un aula ni de visita.

No se nos puede pedir que arreglemos la vida de nadie, porque no está en nuestras manos.

Lo que sí se nos puede pedir es escuchar. Empatizar. Unirse, tanto familias como profesorado, para mandar a la mierda a la administración y montar un sistema que ayude a todo el mundo a salir del hoyo en el que nos ha metido el puñetero bicho.

Tirar los libros por la ventana, darle una maceta a cada crío y que planten un huerto entre todos mientras cantan Kumbayá, yo qué sé. Que estén cuidados, sanos y vigilados, y bien separados unos de otros.

Pero no podemos actuar como si no pasara nada, y como si una vuelta al cole sin las medidas de seguridad necesarias no fuera a colapsar de nuevo el sistema. Como si las familias tuvieran elección a la hora de mandar o no los críos al colegio.

Como si se pudiera dar Matemáticas sin ningún problema.

QUE NO SE PUEDE, COHONE.

Es un curso como ningún otro y vamos a tener que ajustarnos. Podemos hacerlo antes de que nos cierre las puertas o después, pero lo vamos a tener que hacer igual. Y si la administración no nos deja, quizás es hora de que toda la comunidad educativa tome sus cartas en el asunto.

Quizás ha llegado la hora de montarla parda.

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