Blog la educación en la ficción

Las casas de Harry Potter y las escuelas “muggle”

23 abril, 2018

Me encanta la saga de Harry Potter (los libros más que las películas, pero las películas también, sí, porque sale mi amadísimo Alan Rickman y ¡ay!, voy a dejar de hablar de él porque igual me echo a llorar). No soy mucho de fantasía, pero pocos libros hay que me haya leído más veces que los siete tomos del niño mago, y ninguna serie de libros ha logrado nunca engancharme tanto como esta.

Leí en algún sitio que hay decenas (si no cientos) de tesis doctorales escritas sobre la saga escrita por J.K. Rowling donde, entre otras cosas, analizan por qué una historia tan simple y tan manida como la del niño huérfano que solventa las adversidades ha tenido tanto éxito. Yo no he llegado a hacer tesis, pero sí le he dado suficientes vueltas para tener una opinión sobre el tema. Opinión personalísima y muy poco científica de una persona que se ha leído cada libro una decena de veces, lo que quiera que eso valga. 

Y es que estoy convencida de que el éxito se debe a la universalidad de sus temas. La lucha del bien contra el mal, el débil ganando al fuerte, las injusticias que se acaban pagando, el racismo, el miedo al que dirán, la envidia, la fuerza del amor (sin tirar de ñoñerías), elegir lo correcto sobre lo fácil… Creo que no hay ni una sola persona en el mundo que no pueda encontrar un tema en los libros de Harry Potter que no le llegue, en mayor o menor medida.

Y si no lo hay, se rebusca hasta encontrarlo, como ha hecho aquí la que os escribe. Porque yo he encontrado un análisis perfecto de las escuelas muggle fijándome en las casas de Hogwarts y en el tipo de alumnado que alberga. Sí, mucho Voldemort y mucha leche, pero Rowling ha clavado el panorama educativo actual en, me atrevo a decir, Europa entera.

¿Que no? Esperad, que voy.

SPECIALIS REVELIO

Slytherin: El colegio privado cristiano de élite del mundo mago

La casa de Salazar Slytherin es famosa por sus conexiones con el poder más oscuro y más, ejem, poderoso. El padre de Malfoy tiene contactos con el primer ministro mago y sus amiguetes están repartidos en todos los estamentos del gobierno. La gran mayoría de los chicos y chicas de esta casa vienen de familias “bien” cuyos padres y madres también fueron miembros. Son racistas, xenófobos y clasistas y no quieren que nadie venga a quitarlos de su sitio.

En el mundo muggle, se me ocurre una denominación de escuela que encaja muy bien con esta descripción, pero que no voy a poner por escrito porque soy una cobarde y porque a ver quién es la guapa que se enfrenta a Slytherin, leches.

O, en lenguaje muggle, lo que viene a ser un “con la iglesia hemos topado”, vaya.

Por supuesto, de ambas (la escuela de ficción y la escuela muggle) sale gente buena. Gente que entró allí porque se sentía obligada por la familia o que cambió de parecer más tarde (ay, mi Severus…), que se ha dado cuenta de que esos valores no se corresponden con la persona en la que se ha convertido. Pero son los menos. Por desgracia, la gran mayoría, dada la opción, prefiere quedarse en la élite que dan el dinero y el poder.

Ravenclaw: El colegio privado bilingüe

En Ravenclaw solo entra la gente más inteligente. El sombrero dichoso tiene sus propias técnicas para saber qué cabezas son las más espabiladas y en las escuelas muggle nos tenemos que conformar con exámenes de entrada, pero, aunque las técnicas son distintas, el objetivo es el mismo: seleccionar a los que más saben.

Sí, es verdad que también hay colegios públicos bilingües, pero en esos está prohibido por ley hacer selección del alumnado a través de un examen (aunque se hace igualmente, alegando que las clases bilingües son “una rama especial, tienen que saber inglés”). Lo de privado también va porque en estas clases suele darse la “curiosa coincidencia” de que las familias tienen un nivel socieconómico tirando a lo alto, al menos lo suficiente para darle clases particulares al nene o la nena y mandarlo a Londres de vacaciones para que practique.

Concertado también me vale, claro.

Gryffindor: La élite dentro de lo público

Quienes trabajamos en educación sabemos muy bien que siempre ha habido clases, incluso en la red pública. Hay colegios con mejor fama que otros, hay institutos donde las familias se dan bofetadas por entrar. Sea por los resultados, por la metodología o por las modas, cuando un centro público coge buena fama deja de ser… tan público, pongámoslo así.

Y es que en Gryffindor no entra cualquiera. Entran los valientes, los que trabajan, los que luchan por sacarse las castañas del fuego; los que, en su gran mayoría, tienen una familia que les apoya y se preocupa por ellos (vale, sí, menos Harry, pero Harry es el Héroe y tiene que hacer el viaje solo, él no cuenta), que van a hablar con los profesores cuando hay un problema, que les cambian de escuela si ven que las cosas se tuercen. (¿Era Seamus o Dean el que estuvo a punto de cambiar tras la muerte de Cedric? Hola, sí, soy la que alardea de haberse leído el libro un montón de veces).

Gryffindor, en la vida real, representa ese centro en el que las familias empiezan a meter tanto los morros que a veces hay que pararles los pies y recordarles que en la escuela trabajan profesionales, que sabemos lo que hacemos y que sus hijos e hijas están en buenas manos. Es ese centro público que la gente a veces confunde con un concertado.

Y eso, aunque lo parezca, no siempre es bueno.

Hufflepuff: La escuela pública de toda la vida

En Hufflepuff da igual cuáles sean tus grandes virtudes o defectos. Da igual que seas lista o valiente, torpe o ágil, formal o gamberrete. Aquí entra todo el mundo, porque no se selecciona (bueno, sí, el sombrero te pone donde toca, pero vamos, es un “es que no sé que hacer contigo, my darling” como una casa). Eso no significa que el alumnado de Hufflepuff no sea tan capaz como el del resto de las escuelas (acordaos de Cedric), simplemente significa que no destacan.

De momento. Porque, como se demostró en el Torneo de los Tres Magos, tener un poco de todas las cualidades y saber utilizarlas y combinarlas puede hacerte ser el elegido y llegar el primero.

Aunque luego un mago psicópata te fulmine de un disparo hechizo. 

 

Yo tengo claro en qué escuela quiero trabajar y qué escuela me representa más. Cuando Pottermore no era más que un invento recién estrenado, el Sombrero Clasificador me colocó en Hufflepuff, y no pude estar más orgullosa. Después, en la nueva versión, me colocó en Gryffindor y ya no me hizo tanta gracia. Qué le vamos a hacer, soy hija de clase trabajadora y me veo representada en ese tipo de alumnado. Que no digo que la clase media tenga nada de malo, pero, ay, no soy muy de menús ecológicos o la importancia del yoga en la clase de gimnasia. Y al próximo que me hable de neurociencia, le incrusto el iPad que nos intentan vender todos los días en la oreja.

Qué agonía, madre. 

 

¿Qué otras lecturas (o películas, o series de televisión) has llegado a comparar tú con las escuelas muggle? 

 

You Might Also Like

No Comments

Leave a Reply