Blog Ideas y recursos para el aula

Nuevo curso, nuevas ilusiones

27 agosto, 2018

¡Hombre, qué tal, qué alegría veros, mua, mua, cómo estáis! ¿Cómo han ido esas vacaciones supuestamente tan largas y que tan poco duran en realidad? ¿Habéis descansado / dormido / viajado / desfasado mucho? Me alegro, me alegro. ¿Todo preparado para el nuevo curso? ¿No? ¿Y cómo así? Si solo queda una semana, tendríais que tener todo en orden, las cosas claras, los libros y cuadernos ya ordenados…

Que no, hombre, que no, que estoy de coña. Todavía queda una maravillosa semana de no pensar en nada que no sea la cerveza que nos vamos a tomar esta tarde.

Pero es cierto que todos los años por estas fechas me pongo un poco nerviosa y una pequeña (pequeñísima) parte de mí tiene unas pocas ganas (muy, muy pocas) de volver a la rutina. Todavía conservo esa emoción de cuando era niña y empezaba las clases otra vez, esas ganas de volver a ver a las compañeras y, sobre todo, de saludar a los peques, achucharlos uno a uno y preguntarles por su verano.

Cosas de trabajar en un cole pequeño y conocer a todo el mundo, supongo.

Septiembre es el mes perfecto para hacer planes, mucho mejor que enero por más que se empeñe el calendario. Creo que la gran mayoría de la gente, incluso la que no tiene hijos y no son docentes (hay gente cuya vida no depende del año escolar, ¡qué cosas!), considera el primer día de regreso de las vacaciones de verano el momento de retomar el control de su vida. Las matriculas del gimnasio se disparan, todo el mundo deja de fumar una semana, nos ponemos a dieta, prometemos leer más y cuidarnos más y querernos más… Y luego llega el día a día y nos baja del carro de un sopapo.

Pero oye, qué bien nos ha sentado el medio kilo que hemos perdido.

Yo he decidido que este nuevo curso va a ser mucho mejor que el anterior, igual que todos los días de Año Nuevo decido que este va a ser mi año. Tengo muchos motivos para estar ilusionada y me niego a dejarme vencer por la rutina del día a día. Os cuento cuál es mi plan para hacer de este curso algo especial, a ver si os doy ideas para que el vuestro también lo sea.

Y es que, como veréis al final del post, razones para estar ilusionada no me faltan.

OR-GA-NI-ZA-CIÓN

Todavía quedan unos días antes del uno de septiembre (bueno, técnicamente el año empieza el día 3), pero yo ya he empezado a hacerme una lista de las tareas más urgentes. En dirección, eso incluye cosas como comprobar que todos los niños y niñas que tienen que estar matriculados estén en las listas y que todas las plazas docentes que tienen que cubrir desde Educación se hayan cubierto de verdad, pero si eres docente a pie de aula quizás esta lista que creé el año pasado te sea útil.

No os olvidéis, claro, de las dichosas programaciones, o de los papeles que tenéis que firmar si sois interinas y empezáis en un centro nuevo (¡ojo con esos pluses, como el de tutoría y el de coordinación!). Preguntad lo que no sepáis, que todos y todas hemos sido nuevas alguna vez y estaremos encantadas de echar una mano.

Bueno, todas igual no. Pero localizar a las compañeras con las que puedes contar y aquellas con las que es mejor no echar ni un café también es una labor de principio de curso.

No olvidéis recordar lo más importante

La vorágine del día a día es un agujero negro que chupa toda la energía de la que disponemos. A menudo, lo urgente nos aleja de lo importante, y más de un día y más de dos vuelves a casa agotada pensando en que no has parado en todo el día pero que, en realidad, no has hecho nada. El año pasado, mi primero en dirección, esto fue mi perdición. Este nuevo curso me he propuesto tener muy presente qué es lo más importante.

¿Y qué es lo más importante?, preguntas, clavando en mi pupila tu pupila azul (que no, que es el iris, Bequer, coño, cuántas veces hay que decírtelo). Los niños y las niñas. Su bienestar físico y mental. Su formación como personas.

Por eso, cuando dudéis entre terminar ese tema que teníais que haber terminado hace quince días o utilizar la hora de Matemáticas para aclarar un problema que ha habido en el recreo, elegid siempre esta última opción. El dichoso mínimo común múltiplo lo van a repetir hasta la saciedad y lo terminarán aprendiendo, este año o el que viene, pero si no arreglamos una situación compleja en el momento en el que sucede, después será mucho más difícil.

Disfrutar de nuestro trabajo debería ser un requisito imprescindible. No dejemos que las minucias nos lo hagan olvidar.

Hay vida ahí afuera

Un pecado mortal de la muerte que cometí el año pasado fue no desconectar de lo que estaba pasando en el colegio. Me costó meses darme cuenta de que llevarme trabajo a casa (de forma física o mental) no iba a conseguir que las cosas fueran mejor en la escuela; fueron mi cuerpo y mi cabeza los que me obligaron a parar, ya a mediados de curso, cuando la presión pudo conmigo.

Necesitamos desconectar. Necesitamos separar la docencia de nuestra vida privada, tener aficiones, hablar de cosas que no estén relacionadas con nuestro trabajo. Necesitamos una vida fuera del aula.

Así que este nuevo curso va a ser distinto. Me he creado un horario de extraescolares que pienso respetar tanto como el de trabajo y que incluye ejercicio, viajes y actividades que me encantan. Vuelvo a retomar el dibujo (compartiré lo que vaya haciendo en Instagram, si os apetece verlo) y me he montado un rincón de manualidades en el despacho al que ya le estoy sacando provecho y que va a conseguir salvar vidas, así os lo digo (y no solo la mía). También, claro, tengo este pequeño rincón que visitáis de vez en cuando para poder desahogarme, y pienso andar, nadar y bailar hasta que me salgan ampollas en los pies.

Por no hablar de escribir. Pero escribir es una parte de mí misma tan importante que no me hace falta hacerle hueco, porque viene de serie.

Nuevas ilusiones

Este nuevo curso sigo siendo la directora, sí, pero hay novedades tanto en la escuela como fuera de ella que me hacen mucha ilusión. Por un lado, todo lo que aprendí el año pasado me va a servir para no cometer los errores que me llevaron a pasar el peor año de mi carrera. Por otro, voy a tener una nueva función docente que nunca he tenido y me gusta mucho: refuerzo lingüístico. Todo lo que tenga que ver con enseñar idiomas me encanta, y eso de trabajar en grupo pequeño con niños y niñas recién llegados va a ser una gozada.

Tenemos que buscar nuevas motivaciones dentro del aula. Hace unos días aparecía en la prensa uno de esos gurús maravillosos (léase esta última palabra con todo el retintín que se pueda) diciendo que los docentes tienen que estar reinventándose todo el tiempo. Obviamente, el susodicho era un iluminado que no ha visto un aula de cerca en décadas, porque en esta profesión no renovarse es poco menos que imposible, pero oye, te lo dicen desde un periódico y suena a orden ministerial.

No renovarse es imposible, simplemente, porque nuestro trabajo cambia cada año, cada vez que tenemos un grupo nuevo.

Qué demonios, cambia cada mes, según va cambiando nuestro alumnado.

Porque todo el mundo sabe que no es lo mismo un grupo de sexto en septiembre que en mayo.

Y hablando de ilusiones…

Además de lo anterior, este año que empieza (parezco un anuncio de turrones, lo sé) me trae una alegría especial: el 10 de septiembre, primer día de clase, estará en las librerías Profe, una pregunta, mi nuevo libro publicado por Plataforma Editorial. Solo de pensarlo se me revuelven las tripas de puro nervio (o puede que sea mi gastritis crónica) porque es un libro en el que he desvelado todas las dudas que me surgen al dar clase y no contiene ni una solución mágica a los problemas que surgen en el aula. Así que me da pavor que lo leáis y descubráis que soy un fraude andante. 

Y es que, ¡ay!, yo no soy una gurú, sino una simple maestra a pie de aula.

Y justo por eso espero que os guste.

Creo que os vais a sentir muy identificadas con muchas de las situaciones que reflejo, y estoy convencida de que más de uno y una va a dar cabezazos de asentimiento o a decir aquello de “esto también me ha pasado a mí”. Espero, también, que os arranque alguna que otra carcajada, porque no es mi intención hacer un serio y sesudo tratado sobre la enseñanza.

Simplemente quiero ofrecer una versión sincera de lo que de verdad ocurre en el aula.

Ojo: mi versión, que no la única. Porque hay tantas versiones como aulas en el mundo. 

Aunque el libro no estará en librerías hasta el 10 de septiembre, a partir de hoy ya está disponible en Amazon y compartiré en Twitter y Facebook pequeñas citas para que vayáis abriendo boca. Como imaginaréis, este año tengo más ganas que nunca de que empiece el curso. Cómo no las voy a tener, si ese día se cumple un sueño que tengo desde pequeña: ver un libro mío expuesto en librerías.

(Se oye música de violines mientras se cierra el telón. Un anuncio de Mr Wonderful se proyecta en la pantalla. “Todos tus sueños pueden hacerse realidad si te esfuerzas lo suficiente”. Los cojones. Sigue sin tocarme la lotería por más boletos que compro).


Si lees esto antes del 10 de septiembre de 2018, todavía estás a tiempo para conseguir Armarios y fulares al precio de 1,99 € para celebrar la publicación de Profe, una pregunta. Si lo lees más tarde, seguirá siendo barato de igual manera y te entretendrá durante varias horas, así que ¡no te lo pierdas!

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Primer año en dirección: lo bueno, lo feo y lo malo

25 junio, 2018

A falta de una semana de papeleo oficial y otro buen puñado de días de trabajo extraoficiales, se puede decir que ya he terminado mi primer año en dirección.

(Suenan redobles de campana, la gente enloquece, las calles se llenan de gente bailando y yo salgo como Carlton cuando suena Tom Jones. Y de la emoción me provoco una contractura de tercer grado, si es que esta escala existe*).

No ha sido un año fácil. De hecho, puedo decir que ha sido el año más difícil de mi carrera como docente, y llevo veintiuno en esto. También es cierto que tengo una profesión que, al contrario de lo que dicta la lógica, se complica con cada nuevo curso. Nuevas leyes, nuevas tecnologías, nuevas generaciones que cada vez me quedan más lejanas. Cambios sociales bruscos, recortes, la falta de un pacto educativo a largo plazo…

Nada de esto ayuda para hacer nuestro trabajo más fácil.

Pero como soy una persona optimista por naturaleza, voy a hacer un esfuerzo por sacar las cosas buenas de este año, que alguna también ha habido. En este primer año en dirección he aprendido mucho. A veces han sido cosas que me hubiera gustado no saber, es cierto, pero hasta de las peores experiencias se pueden sacar aprendizajes positivos.

Claro que también ha habido cosas feas.

Y cosas malas.

Pero yo voy a empezar por lo bueno, que para sufrir ya está la vida.

(*Esto es verdad hasta en lo de la canción de Tom Jones. Maldita actuación de fin de curso).

Lo bueno, lo feo y lo malo de mi primer año en dirección

Lo bueno

Conclusiones positivas después de diez meses de pico y pala:

Lo mejor de mi trabajo siguen siendo los niños y niñas. Este año en el que he pasado la mayor parte del tiempo fuera del aula me he ratificado en que lo que más me gusta es dar clase. Las cinco horas a la semana que pasaba dando Lengua eran las mejores de la semana, con diferencia. Incluso la última hora de la tarde del viernes, esa hora tan odiada por la mayoría de docentes (y alumnos), era gloria bendita comparada a estar sentada frente al ordenador o intentando apagar fuegos.

Acepté el puesto porque estaba cansada de dar clase y creía que me iba a venir bien desconectar y salir del aula. No me equivocaba, porque no veo el momento de volver.

El contacto con la gente hace que tu trabajo sea más fácil. Y por suerte, trabajo con un equipazo y rodeada de una comunidad educativa excepcional. Ya lo sabía, pero este año lo he visto aún más claro porque miraba desde otro punto de vista. No lo digo por hacer la pelota ni por corporativismo barato: qué pedazo de profesionales hay en la escuela pública, y qué manera de quemarlos tiene el sistema (más sobre esto cuando lleguemos a lo malo. A lo muy, muy malo).

He conocido mejor a las familias del centro. Y qué familias. Qué suerte tenemos en la escuela pública, y cómo peligra un sistema que protege a otro tipo muy distinto de familias. No me tiréis de la lengua, que sabéis lo que quiero decir mejor que yo.

He aprendido mucho de mí misma y he superado [pequeños] retos que no me creía capaz de superar. Como decir cosas muy duras a la cara a compañeras, familias y demás agentes del colegio. Llamar la atención a gente que cruzaba líneas muy rojas. Hablar por teléfono mucho, sobre temas peliagudos. (Solo el hecho de hablar por teléfono mucho, sin temas peliagudos de por medio, ya es todo un reto para mí, que no contesto mi móvil personal si no conozco el número). Aprender a trabajar en un entorno con ruido y gente alrededor, yo, que mientras escribo esto estoy echando pestes porque tengo la ventana abierta y se oyen pasar los coches. Pedir perdón cuando me paso y entender que quien tengo delante no tiene la culpa de mi mal día.

Son pequeñas cosas que, escritas, parecen nimiedades, pero cuando todos los días hay algo que te saca de tu zona de confort terminas aprendiendo y creciendo.

Espero.

Lo feo

Por desgracia también ha habido cosas feas. La gran mayoría han salido de mí misma.

Porque he aprendido que tengo la mecha muy corta. Que tolero muy mal el estrés. Que todos los males de mi cuerpo se traducen en dolores de estómago y úlceras gástricas. Que la ansiedad provoca mareos, náuseas y vómitos, y que ir llorando a trabajar no mola. Que las bajas se pagan caras (literalmente), pero no cogerlas a tiempo sale más caro aún.

He aprendido que hay gente muy maleducada que no tiene ningún respeto por las personas encargadas de la educación de sus hijos e hijas. Gente que te dice a la cara que estás ahí porque te han puesto ellas (¿Perdona? ¿Y mi oposición?). Familias que entienden la escuela como el lugar donde aparcar a los niños y niñas. Son una pequeña minoría, pero ¡ay!, se dejan ver tanto como…

Los malos profesionales. Que también los hay, y este año los he visto de cerca. Y sobre todo, he aprendido lo difícil que es purgar el sistema de esta gente que nunca debió entrar.

Lo malo

Todo lo malo de este primer año en dirección se reduce en una sola frase: lo sola e indefensa que está la escuela pública y quienes trabajamos en ella.  Siendo de todos y para todas, es increíble y muy doloroso ver lo que le están haciendo. Lo mucho que hay que pelear para que las cosas más pequeñas, los derechos más básicos que a veces tienen que ver con la seguridad física de los niños y niñas, se cumplan.

La falta de personal. Recortes en las becas. Sustituciones tras cinco días de bajas.

Sí, parece que para el curso que viene se han solucionado ciertas cosas en Euskadi (las huelgas sirven para algo, está claro), pero la tendencia de la administración sigue siendo la de sobrecargar los horarios de los profesores. Nos dan más asignaciones, además de exigir formación fuera y dentro del colegio, hasta que el horario no se estira más. Y ya no solo hay que corregir y preparar las clases en casa, sino que algunas personas se llegan a quedar fuera del horario lectivo para dar refuerzos a esos niños y niñas que no llegan porque en clase no hay tiempo para la atención individualizada.

Y siguen subiendo las ratios. Y siguen bajando los presupuestos.

Y en la brecha seguimos los y las mismas, cada vez más quemadas, cada vez más hartas.

Pero me voy a quedar con lo bueno, porque qué remedio. Además, está llegando el buen tiempo, los fines de semana amenazan playa, el festival Celsius está ya muy cerca y yo tengo muchas cosas que hacer (como por ejemplo, leer, comer y dormir) para preocuparme por lo malo. El año que viene, espero, será más sencillo, y quizás entre todos y todas podamos ir limando todo lo malo y lo feo que tiñe esta educación pública que debemos defender.

Nos vemos en septiembre con energías renovadas. Espero.


Algunas notas finales:

  • Este es el último post del curso. Por si no lo has captado tras leer la lista interminable de quejas que acabo de soltar, estoy agotada y necesito recargar pilas. Mi único acercamiento al ordenador va a ser para escribir ficción, que, bien mirado, tiene mucho que ver con la educación (sobre todo el género de terror).
  • Hablando de ficción: si te gusta mi forma de escribir, puede que te interese leer más cosas que he escrito. Armarios y fulares está a la venta en Amazon y como lectura de pasatiempo no tiene precio. Bueno, sí, pero es muy barato. 😉
  • Este blog vuelve a llevarse bien con la ley y puedes volver a suscribirte si ya lo estabas antes (y si no, también). Solo por hacerlo recibirás dos guías con actividades que, estoy segura, te serán muy prácticas en clase. Como el blog, la lista también para hasta septiembre, pero las guías las recibirás igual. Puedes suscribirte un poco más abajo o aquí.

Gracias por leer, comentar y compartir. Si le sacas cualquier tipo de provecho al blog (aunque sea aliviar la espera en el dentista), házmelo saber, que me hace ilusión.

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5 actividades para la última semana de curso

18 junio, 2018

¿Qué es eso que se divisa por ahí, esa luz al final del túnel en el que todo lo demás es negro? ¿Es el sol, que se digna  por fin a hacer una aparición estelar? ¿Un tren dispuesto a arrollarnos? ¿Un barco de guerra? ¿El coche de los payasos? ¡No! ¡Es la última semana de curso! ¡Julio! ¡El verano!

Jodío, lo que se ha hecho esperar.

Pero el fin de curso ya está aquí, y con él la última semana, esa en la que tenemos tendencia a relajarnos porque ya, para lo que queda, qué más da. Y entonces vienen las broncas, las peleas en clase, los problemas de comportamiento, porque, como bien sabemos los y las que llevamos un tiempo en el aula, cuando las criaturas se aburren la montan parda.

Parece fuera de toda lógica, pero el tiempo libre y las actividades poco guiadas les aburre.

Millenials, que son unos millenials.

Así que, igual que el año pasado por estas fechas, aquí os traigo unas cuantas actividades para poder hacer esta última semana, entre excursión de fin de curso, graduaciones varias y merendolas chupi-guays a las que no debéis olvidaros de invitar al equipo directivo, leñe, que pasamos más hambre que un maestro de escuela. A lo largo de los años las he probado todas y, aunque no puedo asegurar que funcionen con cualquier grupo, os sorprenderá ver a los peques trabajar a estas alturas.

Bueno, trabajar, trabajar… Tampoco nos pasemos.

5 actividades para la última semana de curso

1. ¿Dónde estarás dentro de diez años?

Alucinante pero cierto: escribir una redacción, a veces, les mola. Ni una mosca se oyó el día que planteé este ejercicio en clase, y jamás he visto a nadie escribir tan rápido y con tantas ganas. Alguna me hizo dos páginas en media hora, con eso os digo todo (con aquella letra y aquella ortografía, pero era para leer en voz alta y, qué queréis que os diga, ME RINDO, ¿VALE? No van a escribir las bes y las uves bien en su vida, y qué, HABER SI ME MUERO).

Ojo, que no se te olvide la parte más importante de la actividad: era para leer lo escrito en voz alta. A estas edades (sexto de primaria, me atrevo a decir que los primeros cursos de la ESO también) les encanta compartir lo que escriben. Y me alegra mucho poder decir que, ortografía aparte, sus redacciones estaban muy bien hechas en cuanto a composición y coherencia, lo que cuento como la gran victoria de este curso, que no es poco.

(Nota al margen de profesora orgullosa que quiere hablar de sus peques: sus futuros eran esperanzadores. Ni un Youtuber o jugador de fútbol. Pasteleros, cocineras, astrofísicas y actrices, sí, pero ni un choni. Casi lloro).

(Segunda nota al margen de profesora pobre: Yo también escribí mi redacción, basada en la mayor de las ficciones: “Ya tengo la hipoteca pagada”. Casi me atraganto de la risa. JAJAJ– apiádate de mi y compra mi libro, por lo que más quieras).

2. Cantar y bailar

¿Cuántas ocasiones hemos tenido de aprendernos una canción este curso y cantarla con la clase? Ahora es el momento. Si das inglés, puedes buscar una con letra sencillita y marchosa (los Beatles funcionan muy bien); si das lengua, busca una que cuente una historia con una letra no muy machista, por favor (buena suerte, la vas a necesitar).

En lugar de aprenderla de memoria, podéis organizar una coreografía. Hay miles de ideas  y seguro que no os cuesta nada encontrar una canción con la que terminar el curso.

3. Cuaderno de firmas

Como proyecto de plástica, no tiene precio, sobre todo por lo sencillo que es. Hazles crear una portada bonita (se aceptan collages y distintas maneras de expresión) y, si te animas, ponlos a coser para hacer una libreta con encuadernación japonesa. Si te da la brasa tanta aguja e hilo, limítate a las grapas. Pero por favor, usa una de esas grapadoras especiales para grapar libros, no me seas cutre.

4. Collage de fotos

Nunca es tarde si la dicha es buena, y esta última semana de curso es perfecta para sacar al profesional de la fotografía que muchas y muchos llevan dentro. Manda a dos o tres a sacar fotos por el colegio, imprímelas y crea un póster de recuerdo del año que acaba. Si has sido una persona precavida y ya tienes las fotos hechas, sáltate el primer paso y haz un resumen del año en un mural. También puedes hacerlo en digital, claro, pero a mí este corta y pega casero me gusta mucho (y sé que a los y las peques también).

Como regalo de fin de curso, una foto de todo el grupo plastificada luce tanto como la de un fotógrafo profesional. No lo olvides.

5. Evaluación final

Sí, sé que has dado un salto y te has alejado de la pantalla en cuanto has visto la palabra evaluación. Tranquilidad, que no la tienes que hacer tú, sino la clase. Ya expliqué en este otro post por qué me parece importante, pero sobre todo me gusta porque a mí me ayuda a mejorar y a los niños y niñas les da la oportunidad de sentirse un poco poderosos (sobre todo si el año que viene no van a estar contigo, como es mi caso este año, y pueden ser sinceros). Puedes crear tu propio boletín de notas, con frases graciosas para que no parezca un examen. Espera malas notas ¡y aprende de ellas!

 

Si el curso ha ido medianamente bien, la última semana está para disfrutar. Es el momento de saborear todo el tiempo que hemos invertido en clase y disfrutar de la personalidad de nuestros niños y niñas. Y sí, sé que el cansancio hace mella, que a veces lo único que queremos es sentarnos en la silla en silencio y hacer que trabajen ellos, pero de verdad os digo que así la semana se os hará interminable. Lo sé porque lo he hecho. Y todos los años terminaba más cansada que ahora y de mucho peor humor.

(Ánimo, que ya queda poco).

¿Qué otras ideas tienes tú para la última semana de curso?

Déjalas en los comentarios, que ya sabes que nunca sobran.


 

Un par (o más) de notas finales:

  • Todos los enlaces que pongo en los artículos pueden ser de productos afiliados. Eso significa que, si compras algo a lo que has llegado a través de un enlace desde aquí, yo me llevo un pequeño porcentaje de tu compra (y tú no pagas más).
  • Si te gusta mi forma de escribir, puede que te interese leer más cosas que he escrito. Armarios y fulares está a la venta en Amazon y como lectura de pasatiempo no tiene precio. Bueno, sí, pero es muy barato. 😉
  • Este blog vuelve a llevarse bien con la ley y puedes volver a suscribirte si ya lo estabas antes (y si no, también). Solo por hacerlo recibirás dos guías con actividades que, estoy segura, te serán muy prácticas en clase. Puedes hacerlo un poco más abajo o aquí.

Gracias por leer, comentar y compartir. Si le sacas cualquier tipo de provecho al blog (aunque sea aliviar la espera en el dentista), házmelo saber, que me hace ilusión.

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¿Alumnado con discapacidades? ¡Sí, gracias!

11 junio, 2018

Si algo define la escuela pública es que en ella entra todo el mundo. No hay exámenes de entrada, ni selección previa del alumnado, ni segregación por origen o nivel socioeconómico (os oigo reír, cabroncetes; sí, ya sé que algunas escuelas públicas no lo parecen a veces, pero en teoría así es). Lleva la diversidad por bandera, una diversidad que abarca no solo lo cultural sino las habilidades de cada niño y niña: lo mismo tienes alumnado de altas capacidades que alumnado con discapacidades, tanto físicas como cognitivas. Alguien nacido en la casa de al lado o recién llegado de un país asiático. Un nativo en la lengua cooficial o recién llegado de Sevilla.

De todo cabe en esta escuela pública. Y, como el caldo de pollo en pastillas, todo la enriquece.

Siempre he creído que la inclusión del alumnado con discapacidades tiene tantas luces como sombras. Sombras, sobre todo, para el propio niño o niña que termina en una escuela sin una clase de educación especial estable, porque los pocos recursos con los que contamos hacen muy difícil que reciba la educación de calidad a la que tiene derecho.

Sí, se les ponen ayudas, profesoras de educación especial, se echa mano de desdobles y se ruega en las delegaciones de Educación para que manden fisioterapeutas, logopedas y todo lo que necesitamos, pero siempre vamos un paso por detrás de sus necesidades. La escuela pública, en el momento en el que escribo estas líneas, está mal dotada para atender a este tipo de niños y niñas.

Pero la presencia del alumnado con discapacidades en una clase trae tantos beneficios para el resto de niños y niñas que, aun a riesgo de sonar egoísta, creo que merece la pena por mucho que pueda mejorarse la atención que reciben. Si lo utilizamos bien, la presencia de una niña en silla de ruedas, un niño sordo o un adolescente con síndrome de Down va a ayudarnos a criar mejores futuros adultos.

No nos hacemos una idea de lo mucho que se trabaja la empatía cuando tu compañera de mesa necesita que la ayudes a bajar en el ascensor. Cuando necesitas usar el lenguaje de signos para comunicarte. Cuando tienes que aprender cómo tratar a alguien que ve y reacciona a la realidad de distinta manera que tú.

Por no hablar de la lección que supone ver sus logros y darnos cuenta de todo lo que son capaces de hacer. Que aprendan, desde pequeños, a no ser condescendientes y a no juzgar a la gente por sus características externas.

En mi colegio, este año, no hay alumnado con discapacidades, pero esta semana los cursos de quinto y sexto tuvieron una visita especial. Hombres y mujeres que trabajan en un taller ocupacional se acercaron a compartir una mañana y estuvieron haciendo un proyecto de plástica con nuestros peques, y yo me escaqueé de detrás de la mesa para poder participar, aunque fuera de oyente.

Tras una presentación que incluyó un regalo (un broche de fieltro hecho a mano que gustó a todo el mundo) y una pequeña explicación de su día a día, se separaron en parejas y tríos y se pusieron manos a la obra para hacer una especie de linterna china con garrafas de plástico. Las profesoras teníamos miedo de que los niños y niñas reaccionaran con recelo o les costara hacer las parejas, y teníamos intención de meter mano para asegurarnos de que los más bocazas no metieran la pata.

No hizo falta. Hicieron falta varios pañuelos de papel para limpiarnos las lágrimas de emoción ante los detalles que vimos, pero intervenir, no.

Desde el primer minuto, las parejas las hicieron sin ninguna ayuda. Un niño de sexto se abrazó a una de las invitadas y estuvieron un buen rato agarrados antes de ponerse con la actividad. El niño tomó el papel de hermano mayor y la ayudó hasta a lavarse las manos. La mujer se fue con una sonrisa de oreja a oreja.

A uno de quinto lo vi paseando con un libro de texto. Al principio pensé que era su manera de pasar del asunto, que no quería tomar parte en la actividad, y lo dejé estar porque no creo que estas cosas haya que forzarlas. Cuando se despedían, me enseñó el libro, orgulloso, y me di cuenta de que había estado consultando el alfabeto de la lengua de signos. Había una sordomuda en el grupo, y él se había despedido de ella deletreando “adiós”. “¡Y me ha entendido!”, me dijo, loco de contento.

Lagrimón. (El mío, se entiende). 

Pero lo mejor fue el crío que se confesó al final de la actividad. “A mí la gente con síndrome de Down me da un poco de miedo, pero estos son muy majos”. Ni él mismo sabía explicarse de dónde venía ese miedo (su madre trabaja en un taller similar al que nos visitó y ha estado en contacto con gente con discapacidad toda su vida), pero su cara de alivio era maravillosa. Le pregunté si le gustaría repetir y me dijo, convencido, que sí.

Al final repartieron besos y abrazos hasta los niños y niñas que no son nada besucones ni cariñosos, y las profesoras tuvimos que contener nuestro entusiasmo por una actividad que no solo salió muy bien, sino que queremos continuar con una visita a su taller. No tenemos el alumnado más formal del mundo; no son los más empáticos (ni los menos), no son los más formales, ni los más mimosos. Pero cuando se les pone ante una situación en la que tienen que demostrar su fondo, nunca defraudan.

Cada vez estoy más convencida de que la maldad se hace, no se nace con ella. Si un niño o niña es cruel, es porque alguien lo ha sido antes con él o ella, no porque “venga de serie”. Cuantos más años paso trabajando con niños y niñas, más claro me lo parece. Y me temo que es tarea de las personas adultas que no lleguen nunca a dar ese paso.

¿Has vivido tú alguna experiencia como esta?

¿Qué opinas de integrar al alumnado con discapacidades en el aula?

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Cómo usar el humor en el aula

28 mayo, 2018

El humor es un arma de instrucción masiva.

Llevo tanto tiempo diciendo esto que, si no se me ha ocurrido a mí, he olvidado a quién se lo he robado, así que si el autor o autora original da con este artículo, perdón, perdón, perdón (y dime quién eres para que te pueda citar). Es una verdad tan grande que no entiendo cómo no hay una asignatura en Magisterio sobre cómo usar el humor en el aula. Pero usarlo bien, ojo. Porque el humor, mal usado, te convierte en una persona graciosilla. Y a nadie le gusta tener a un graciosillo dando clase.

Mucha gente se queja de que ahora no se puede ser graciosa o gracioso sin ofender a nadie, porque todo el mundo tiene la piel muy sensible. No estoy de acuerdo. Se puede ser la persona más graciosa del mundo sin insultar de forma individual o a un colectivo en general, y si no me creéis podéis pasaros, por ejemplo, por el blog de Gabriella y ver cómo usa ella el humor en cualquiera de sus artículos. O, sin salir de este blog, por aquí, aquí, y aquí. Será por risas.

Yo uso mucho el humor en clase. Por un lado, porque sé que, cuando cuento una anécdota divertida relacionada con el contenido, los chicos y chicas lo recuerdan con más facilidad y les ayuda a hacer conexiones con conocimientos previos. Pero sobre todo, porque me ayuda a romper esa distancia que siempre hay entre alumno y docente, por muy “profe guay” que nos creamos. Nos hace humanos, nos convierte en seres tridimensionales en lugar de una presencia a quien hay que respetar porque tiene poder. Y esto les ayuda a confiar en nosotros y nosotras, y pedir ayuda si alguna vez la necesitan.

Y eso es crucial.

También es verdad que, a lo largo de los años, me he encontrado gente que cree ser graciosa pero que en realidad da mucha penita. Usar el humor en clase no significa ponerse nariz de payaso y pasarse la hora contando chistes de Jaimito (he ahí un tipo de humor que no debería ofender a nadie en clase). Significa darle la vuelta a una situación, hacerla más ligera con una anécdota o reírte de ti misma cuando metes la pata.

Pero hay normas. Porque sí, es muy fácil meter la pata con el humor.

Cómo usar el humor en el aula sin parecer gilipollas idiota tonta

Si no te sale, no lo hagas

Empezamos por la mayor, la que va a ahorrar disgustos a más de uno y una: si no te sale, déjalo. No puedes usar el humor en el aula si tu carácter es serio por naturaleza. Si eres de las personas que siempre contesta “no lo pillo” cuando te cuentan un chiste, ni lo intentes. Te va a salir forzado, tus alumnos y alumnas no se van a reír o, lo que es peor, se van a reír de ti. Y la gracia de usar el humor en el aula es que se rían contigo y que les sirva para aprender mejor.

A no ser que tu objetivo sea que se rían de ti, claro. ¿Que por qué vas a querer que se rían de ti? Espera, impaciente, que voy.

(Menos si eres de las personas que no tienen sentido del humor. En ese caso puedes dejar de leer ya, si quieres, porque total “pa qué”).

Ríete de ti misma (y deja que la clase también lo haga)

Si hablamos de romper barreras entre docentes y alumnado, nada mejor que reírse de una misma.

Esto ha funcionado así toda la vida. Estás con tu amiga, que se queja de lo mucho que ha engordado los últimos meses, y tú, trozo de bizcocho en mano, tratas de darle ánimos sin que se te note que sí, te has dado cuenta de lo que ha engordado.

—Qué me vas a decir a mí, que el otro día fui a comprar una blusa y la de mi talla casi la confundo con las cortinas del probador.

Tu amiga se va a sentir mejor, porque ver que los demás comparten tus “defectos”, manías, problemas o preocupaciones te ayuda a ponerlo en perspectiva. Y así quizás te ayude con el bizcocho y salves las cortinas del próximo probador.

En clase funciona igual. Cuando cometes un error, por ejemplo, tienes varias opciones: negarlo (“no, yo no he perdido vuestras redacciones, es que tengo tantas que corregir, porque siempre las entregáis tarde, que están en la base de la pila”); pedir perdón (“sí, no sé qué he hecho con la carpeta que me llevé a casa con vuestras redacciones, las he perdido. Ya podéis perdonar. Tendréis que volver a hacerlas”*); o reírte de ti misma (“¿veis mi mesa?, ¿veis ese desastre? Pues están ahí, en algún sustrato en el que aún no he buscado. No sé por qué la llamo “mesa”, cuando en realidad quiero decir Triángulo de las Bermudas”). ¿Con cuál os van a perdonar antes?

Vale igual cuando alguien no entiende una palabra en un texto, o cuando comenten un error leyendo en voz alta, o cuando meten la pata espectacularmente en una definición o un ejercicio. Cuéntales aquella vez que tú hiciste lo mismo, que leíste “albóndiga” en lugar de “alhóndiga”, y claro, no entendías nada. Y si nunca has cometido fallos de este tipo (o no te acuerdas de ellos, porque no me lo creo), te lo inventas.

Pero ríete de ti misma. También es bueno para tu salud mental.

*Por favor, no hagas esto. Si el fallo es tuyo, no hagas que lo pague la clase. No seas ESA docente.

Cuidado con la autoestima (no, la tuya no)

Tengo un crío en clase de sexto que lo sabe todo, y cuando digo todo, quiero decir TODO. Es un coco impresionante, le encanta la historia, los cómics, la literatura, es bueno en todas las áreas. Y es majo, trabajador y tiene un humor adulto que ya me gustaría a mí encontrar en el noventa por ciento de los adultos que conozco.

(Os juro que no me estoy inventando a este niño. Es menor y no puedo daros nombre y apellidos, pero existe. Preguntadme dentro de siete años y os enseño la foto como prueba).

Tal es su nivel que, cuando en una lectura se menciona algún personaje histórico o una zona geográfica que sé que no han estudiado y pregunto quién era o dónde está, la clase entera se gira hacia él. Y a veces no tiene una respuesta elaborada, pero siempre sabe de qué estamos hablando.

Joder, que sabía quién era Gengis Khan y dónde estaba Mesopotamia. QUE TIENE ONCE AÑOS.

Así que, a veces, le tomo el pelo. Porque sé que él sabe que yo sé que sabe (¿eh?), y cuando digo “a X no le preguntéis, que no va a saber”, o “qué mala suerte, os ha tocado X en el grupo, vais a tener que ayudarle”, sé que X entiende que quiero decir justo lo contrario.

X entendería hasta el párrafo que acabo de escribir, fijaos si es listo.

Por supuesto, esto solo lo puedo hacer con X, a quien además conozco desde hace cuatro años. Si eso se lo hago a la cría que le cuesta, la puedo hundir. “No trabajéis con Y, que le vais a tener que ayudar” se llevaría de la clase una mirada de pánico muy merecida, porque hay que ser mala persona para decir algo así. Y son las mismas palabras que he utilizado con X, pero con él sí puedo. Porque es mentira, y él lo sabe.

Para la gran mayoría de docentes, esto es de perogrullo, pero por desgracia no todos lo entienden. No puedes usar un niño o niña como objeto de tus chistes si no estás absolutamente segura de que el chiste no solo no le va a hacer daño, sino que lo va a elevar y va a reforzar los aspectos que se le dan bien. Os sorprendería saber cuánto les afectan nuestras palabras y con qué poco podemos herir (y curar también). Mucho de lo que hacemos o decimos en clase es involuntario, pero ojo con lo que podemos controlar.

El humor es de ida y vuelta

Si usas el humor con tu alumnado, es justo que tu alumnado lo use contigo. Y si no estás dispuesta a aceptar eso, es mejor que no lo uses.

Un ejemplo.

N es una niña con la que te llevas de cine y con quien tienes la confianza suficiente para bromear. La pobre tiene la taquilla hecha un verdadero desastre, y un día te cansas de ver hojas sueltas asomando por todos los rincones y cuadernos con las hojas dobladas por haberlos metido deprisa y corriendo. Te la llevas hasta la taquilla, la mano en el hombro, y se la señalas.

—Puedes hacer dos cosas con esta taquilla: sacarlo todo, ordenarlo y volverlo a meter, o empezar a usar guantes cada vez que metas ahí la mano, porque creo que he visto algo moverse ahí dentro y no era un spinner.

Con un poco de suerte, N elegirá la primera opción. Y un día quizás llegue a clase, se acerque a esa mesa que no has recogido desde el siete de septiembre, la mire y, sin decir palabra, te ofrezca un par de guantes de cocina con una sonrisa maliciosa.

Y tú te ríes, porque tiene razón.

Tira de chistes y anécdotas (e invéntatelas si no las tienes)

A principio de curso, estuvimos hablando de la importancia de las comas. Les dije que algunas comas pueden cambiar el sentido de una frase y es muy importante saber ponerlas bien, y la clase me miraba sin creerse mucho lo que estaba diciendo.

—¿Cómo va a cambiar el sentido? Solo marcan una parada cuando lees.

Y entonces les di el sempiterno ejemplo que aparece en todos los manuales de estilo. Porque no es lo mismo:

Vamos a comer, niños.

que

Vamos a comer niños.

Las carcajadas se oyeron en el piso de abajo. Y lo mejor: no se les ha olvidado, ¡y estamos casi en junio!

Anécdotas de este tipo, que arrancan por lo menos una sonrisa, hacen las clases más memorables y ligeras, y consiguen que todos y todas salgamos del aula con la sensación de haber tenido una buena hora. Creo que lo mejor que me puede decir una clase es “¿ya es la hora?” cuando llega el momento de marchar, sobre todo cuando es una sesión doble y se han pasado toda la tarde conmigo. Buena señal.


Si llevas un tiempo leyendo el blog, sabes que el humor es parte de quien soy, sobre todo cuando escribo. También reconozco que no siempre es fácil, y menos en esos días en los que no le ves la gracia a nada porque has dormido mal, has ido enferma a trabajar o es casi final de curso y las fuerzas dan para lo que dan. Pero siempre merece la pena hacer el esfuerzo, porque cuando tú te lo pasas bien, ellos y ellas disfrutan más. Y, si aprenden y encima se ríen, has matado dos pájaros con la misma piedra*. ¿No es ese objetivo?

*Este blog no hace apología del asesinato de pájaros ni el uso de piedras, y cualquier acción de este tipo que utilice como excusa “Escribir en tiempos de Google dice que debo matar pájaros a pedradas” será negada tajantemente. Que esta postdata sirva de prueba.

¿Cómo usas tú el humor en el aula?

Pásate por Twitter y déjamelo saber con el hashtag #humorenelaula.

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5 trucos para que los niños y niñas NO lean

21 mayo, 2018

Dicen que en este mundo de Internet, tan lleno de información sobre cualquier cosa, hay que ser original. Encontrar algo de lo que la gente no hable, un nicho, un rincón que llamar tuyo. Explicar cosas que solo unos pocos sean capaces de explicar, para posicionarte muy alto en ese grupo.

Por eso yo vengo a hablar de cómo hacer para que los niños y niñas NO lean.

Todo el mundo en la web tiene trucos para conseguir que lean. Yo misma escribí unos cuantos, para usar en clase y en casa. Es fácil encontrar recetas de animación a la lectura, pero poca gente logra dar con la clave de qué hacer para que los niños y niñas NO lean. Sí, es cierto que muchos lo consiguen, pero lo hacen de refilón, sin darse cuenta. Casi por accidente.

Y no, no tiene tanto que ver con las lecturas obligatorias como se podría pensar. Además, estoy hablando de niños y niñas de primaria. Traigo fórmulas infalibles que conseguirán que tus alumnas y alumnos huyan de los libros más rápido que un gato de un secador encendido.

De verdad, te lo aseguro. Son fórmulas contrastadas, que he visto una y otra vez a lo largo de mi carrera, infalibles, a prueba de tontos. Ni siquiera te va a hacer falta usarlas todas, con un par de ellas será suficiente.

Imagina lo que vas a ahorrar en libros para la biblioteca del cole (y el espacio que vas a ganar, porque si no la usa nadie, mejor quitarla y convertirla en sala de guardia y castigos, que total, es para lo que se usa ya en muchos centros).

Imagina lo agradecida que va a estar esa familia tan ocupada cuando su querubín deje de insistir en ir a la biblioteca a coger libros que llevar a casa y en lugar de eso pida un móvil, mucho más práctico, por otra parte.

Imagina el peso que te vas a quitar de encima cuando no tengas que custodiar esos libros que se compraron en el ’36 y están tan apolillados que, a nada que se rocen, pueden romperse.

Sí, ya sé que Gianni Rodari tiene una lista parecida que Abel Amutxategi publicó en su blog, pero qué sabrá él, que no es maestro y encima es de Bilbao (hablo de Amutxategi, no de Rodari). Hacedle caso a la profe de la capital, que estos bilbaínos, si no es sobre el Atleti, no saben de lo que hablan.

5 maneras aseguradas para que tus alumnos y alumnas NO lean

1. Ríete de sus lecturas

Que quede claro que no te estoy pidiendo que te rías de ellos y ellas, sino de sus lecturas, que no es lo mismo. (Explícaselo así a la inspectora si algún padre o madre te pide cuentas). Piensa que lo haces por su bien, porque si no lo haces tú, lo harán sus “compis” de clase. Si tienen doce años y están leyendo un libro adecuado para chicos y chicas de siete u ocho, es normal que te rías. ¿Cómo no te vas a reír?

¿Que lo hacen porque su nivel de comprensión lectora no les permite disfrutar de lecturas complejas? Pues les mandas deberes. Muchas fichas de esas con textos de tres o cuatro páginas que ni siquiera tú terminas de entender del todo, con una docena de preguntas al final que corriges con el solucionario del material del profesor.

¿Que solo leen cómics porque es lo que les gusta? Ríete a carcajadas. Dales con el cómic en la cabeza (y luego di que era un accidente, claro, tú no querías). ¡Eso no es literatura! ¡Tienen que leer libros de verdad! Dales un tocho de cuatrocientas páginas y exígeles un comentario de texto, a ordenador, letra Arial 12, cuenta para nota.

Tendrán valor, hombre por favor, ya en sexto y pretendiendo colar que están leyendo, un miserable cómic con más dibujos que letras que encima se ve que están disfrutando. Si les gusta, no están leyendo bien. Eso lo sabe todo el mundo. Y tienes que dejárselo bien claro.

2. Hazles leer mucho y rápido

Como todo el mundo sabe, si tenemos que elegir entre cantidad y calidad, debemos escoger siempre cantidad. ¿Prefieres un trabajo que te guste y que pague poco, o uno que pague muy bien para poder irte muy lejos de vacaciones y tener una casa maravillosa que te ayude a olvidar lo mal que lo pasas en el trabajo?

(En tu caso, siendo docente, creo que has tirado por el camino del medio, pero está clarísimo que la opción adecuada es la segunda. Siempre).

Con la lectura pasa lo mismo. ¿Qué es eso de pasarse dos semanas con el mismo libro? ¿No tenemos una hora de biblioteca todas las semanas? ¿Para qué creen que vamos, para mirar la contraportada y decir “cuando termine el que estoy leyendo, me cojo este otro”? ¡No! ¡Para cambiar el libro que cogieron la semana pasada! ¡Caiga quien caiga!

Y es que son unos haraganes. Que tampoco es que los libros infantiles sean tan largos, demonios, si tú y yo nos los leeríamos en una sentada. Media hora de lectura todas las tardes, llueva, nieve o salga el sol, y una entera los sábados y los domingos no es tanto pedir.

¡Qué cumpleaños ni que ocho cuartos! ¡Cómo que “me he ido de vacaciones ”!, ¿acaso no puedes leer en el coche? (Marearse es de cobardes, ¿me oyes? ¡De cobardes!). ¡Y a mí qué me importa que tuvieras un funeral! Sí, sí, tu abuela, bla, bla, bla. ¿Has acabado el libro? ¿No? ¡Pero si han pasado ocho días!

La culpa es de los padres, que no los obligan a sentarse y leer. Con lo fácil que es mandar a la niña a la habitación y decirle “¡De ahí no sales hasta que no te acabes el libro!”.

Más de una semana para terminar un libro… De locos. Simplemente, de locos.

3. Recuérdales que los libros son objetos preciosos y no se tocan

Los niños y las niñas tienen la manía de destrozar todo lo que tocan. Con los libros esto es ya exagerado, porque los destrozan nada más abrirlos. Además, algunos tienen la manía de leer tirados en la cama, o llevárselos a la playa, o sentarse de mala manera en un escalón en el patio y dejarlo en el suelo mientras abren el envoltorio del bocata y comen sin dejar de leer, llenando las páginas de migas.

Tienes que enseñarles que los libros son objetos preciosos, pero no por las palabras que contienen, sino porque cuestan dinero y se rompen con facilidad. Que solo se puede leer sentada en una silla, el libro apoyado sobre una superficie plana, las manos limpias y secas, y, dependiendo de lo caro que sea el libro, no sería mala idea usar guantes. Nada de dedos pringosos, nada de comer mientras leen, adiós bebidas.

Y por favor, diles que no se escribe en el libro, ni aunque sea suyo. Que no se doblan las páginas, ni se marca de ninguna manera. Que el libro tiene que quedar como nuevo cuando terminen con él, y si no lo van a cuidar, mejor que no lo lean.

Mira, si no, qué desastre de bibliotecas tenemos, todas llenas de libros usados, desgastados y manoseados. Con lo que luce una llena de libros nuevos ordenados por colores.

4. Haz comparaciones entre ellos y ellas

Esto va muy unido al primer punto, pero es que es muy importante que tú, la persona adulta encargada de su formación, les deje bien claro qué tipo de lectores y lectoras consideras “adecuado” y cuál es un subgrupo que podría llamarse “infralectores”.

En otras palabras: no puedes permitir que haya gente que esté leyendo El señor de los anillos mientras otros leen El diario de Greg. ¿Qué va a pensar la inspectora cuando entre en tu clase y vea algo así? 

Y bien sabemos los docentes que nada mejor que las comparaciones para humillarlos y conseguir que hagan lo que tú quieras. En este caso, que dejen de leer.

“A ver, Manolito, ¿qué libro has cogido? ¿Cómo que uno de Elige tu propia aventura? ¿Serás holgazán? Mira Elenita, con El Quijote original, nada de versiones para niños. ¿No te da vergüenza? Estoy por mandarte a tercero, que leen libros más gordos que esa porquería que has cogido tú. ¡Si encima es casi un juego! Voy a llamar a tu madre hoy mismo”.

O ese “uy, qué raro, tú leyendo. ¿Te has apostado algo con alguien? ¿O es que el libro tiene dibujos de gente tirándose pedos?”.

Es uno de los métodos más infalibles y más universalmente comprobados para abandonar la lectura.

5. Si todo falla, prohibe leer

Sí, es radical, pero a veces hace falta tomar este tipo de medidas.

Si ves que en tu clase hay afición lectora y que ninguno de los puntos anteriores funciona para que dejen de leer, siempre puedes prohibir la lectura de maneras más o menos sutiles, o sin tapujos, que al final eres tú quien manda. Se trata de eliminar cualquier situación en la que los niños y niñas obtengan placer de un libro y relegar la lectura solo al ámbito académico.

No dejes que saquen libros al patio, diles que tienen que correr y jugar al fútbol (o saltar a la comba, porque seguro que tú no ves con buenos ojos que las chicas jueguen a fútbol. Nos acabamos de conocer e igual estoy siendo presuntuosa al creer que sé de qué pie cojeas, pero me da a mí que sí).

Échales la bronca cuando sacan un libro al terminar un ejercicio, o después de un examen. Pueden hacer un dibujo, o pintar en la mesa, o entretenerse sacándose mocos. Nunca, nunca, leyendo.

Si vais de excursión, o a un campamento, prohibe los libros en la nota que mandas a casa los días antes. Diles que prefieres que se lleven el MP3 o el móvil antes que un libro. Puedes darles como excusa que leer en el autobús marea. Cuando la lectura la pones tú como deberes no, pero si es por placer, sí. Siempre.

Y si algún listo o lista pretende leer a escondidas en clase o en el patio después de que hayas impuesto todas estas normas, mándalo a dirección. Es una falta de respeto a la autoridad y supone, mínimo, tres o cuatro patios castigado o castigada en la biblioteca. Además, así puedes aprovechar para añadir uno de esos libros insufribles que ni tú ni yo querríamos leer al castigo y obligarle a terminarlo en una semana. El equivalente a tu madre obligándote a comerte todo el pastel por haberte comido el trozo de tu hermana para que, gracias al empacho, no quieras volver a comer pastel en tu vida.

Infalible. Te lo aseguro.

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17 de mayo: Día contra la homofobia y la transfobia

14 mayo, 2018

El 17 de mayo se celebra el día contra la homofobia y la transfobia. Empezó a celebrarse para conmemorar la eliminación de la homosexualidad de la lista de enfermedades mundiales, aunque no sé desde cuándo es uno de esos días marcados en el calendario de “días de” habituales.

A mucha gente no le gusta lo de marcar días especiales en el calendario para una u otra causa. A veces esgrimen argumentos que puedo llegar a entender, como que no debe haber solo un día para luchar contra la transfobia, sino que debe ser algo que trabajemos a diario. Otras, te vienen con eso de “y el día contra la heterofobia para cuándo, ¿eh?, ¿EH?”, y en esos casos tengo que refrenar mi instinto asesino y no tirarles el zapato que quiero, NECESITO, tirarles.

Los “días de” ayudan a centrar la atención en situaciones que sí, conocemos, pero sobre las que quizás no sepamos demasiado. Todos y todas sabemos que hay gente que sufre de enfermedades poco comunes, por ejemplo, pero al menos yo no pienso mucho en el tema porque no me toca de cerca. Cuando llega el Día de las enfermedades raras, sin embargo, los medios de comunicación hacen especiales, recibo un montón de información y me doy cuenta de todo lo que implica sufrir una enfermedad así.

Lo mismo con el Día de la mujer, como bien se probó este ocho de marzo en el que salimos a la huelga.

El día contra la homofobia y la transfobia es hoy tan necesario como lo fue en 1990, especialmente en las escuelas. Tras casos como el de Ekai o Thalia, que se quitaron la vida por vivir en una sociedad en la que no podían ser como querían, o viendo las escalofriantes estadísticas sobre suicidios en la comunidad LGTBQ+, educar a las y los niños, los y las adolescentes, es una necesidad de primer orden.

Y sí, lo hacemos todos los días, paramos la clase cuando oímos un comentario que no nos gusta y sacamos el tema de vez en cuando, porque es importante hacerles saber que tienen derecho a sentirse como quieran sentirse y a expresarse como les da la gana.

Pero el 17 de mayo nos da una excusa para tratar el tema más en profundidad. Nos da una excusa para decir “esta semana me salto la programación y vamos a hacer tertulias o lecturas dialógicas”, o “la redacción de esta semana va a ser sobre alguna persona no-heterosexual que conozcáis”. Nos da la oportunidad de hablar directamente del tema, de escucharles, de saber qué piensan y oír sus preocupaciones.

Y de asegurarnos de que están recibiendo la información de fuentes fidedignas, y no de Forocoches.

Algunas ideas para el día contra la homofobia y la transfobia

Si solo le vais a dedicar un día (no deberías, pero quién soy yo para juz– POR QUÉ LE DEDICÁIS SOLO UN DÍA, EH), no os recomiendo que utilicéis todos los vídeos e ideas que os traigo porque iba a ser sobredosis, y eso tampoco nos interesa. Ninguna de las actividades que os propongo lleva más de una hora (bueno, quizás la última sí) y ninguna de ellas necesita preparación previa. Cada uno y cada una conoce su clase mejor que nadie y sabrá qué tipo de actividades puede hacer sin que el alumnado piense que “¡iuju, un día de fiesta!”. Aquí os dejo las que me han funcionado hasta ahora, y las que tengo intención de hacer con una clase muy, muy concienciada con el tema.

Pol

Este vídeo es, simplemente, maravilloso. Pol nos habla de las masculinidades a través de una anécdota en la playa. Habla del machismo, de las agresiones sexuales, de lo que es ser chica y, por tanto, un objeto sexual, y pasar de repente al otro bando, al de ser visto como un agresor.

He usado este vídeo en sexto  y el éxito ha sido rotundo. Aparte de algunas risas aisladas con la palabra “polla” y “maricón” (también se ríen con “pis” y “caca”, tienen once y doce años, qué se le va a hacer), la atención ha sido absoluta y la respuesta, maravillosa. Me hicieron ponerlo dos veces y la tertulia que siguió fue fantástica. Se corregían los unos a los otros (“ya no es Carla, Carla era antes, Carla ya no existe”) y decidimos que el padre de Pol es un buen tipo y nos cae bien.

Sé que Pol ha hecho más vídeos, pero no he tenido tiempo todavía de verlos todos. Les echaré el ojo, porque me encanta cómo se expresa y lo claro que habla.

El vestido nuevo

Este vídeo es ya muy antiguo y recuerdo haberlo visto en algún curso de coeducación allende los tiempos. Lo encontré de casualidad, buscando material para llevar a clase, y de verdad os digo que es perfecto para poner en clases de niños y niñas de tercero de primaria para arriba. Nos permite trabajar temas como el bullying, la importancia de ser diferente o las normas sociales que nos impiden vestirnos como nos da la gana.

“No puedes vestirte de chica, es ilegal” es una de las frases que más les llamó la atención a los de sexto. Todos sabían que no era cierto, pero les costó un buen rato argumentar por qué los chicos nunca llevan vestidos. La conclusión fue “porque se reirían de mí”. Y cuando se dieron cuenta de eso, pude ver en sus caras que algo hacía “clic” ahí dentro.

Mischief managed.

Cuéntame un cuento

Esta semana quiero trabajar los cuentos tradicionales en clase. Mi idea es hacer, entre todos y todas, una lista de cuentos clasificada por el tipo de historia de amor que nos venden. Fijarnos en quiénes son los protagonistas y cuántos chicos y chicas hay (porque sigo trabajando el feminismo, claro, que va de la mano con los derechos LGTBQ+), fijarnos en qué tipo de parejas surgen, en el estereotipo de amor romántico.

Fijarnos en que encontrarte a una chica inconsciente en el bosque y darle un beso no es lo que se debe hacer.

Zarandéala, llama a Merlín, pide ayuda a los enanitos, pero no la beses.

(¿Y qué me decís de los enanitos? Ven a una chica perdida en el bosque y dicen “¡bien, ya tenemos chacha!”. No “pobrecita, se ha perdido”, no “vamos a ayudarla a encontrar una vida mejor”, solo “límpiame las botas, tú”.)

(Basta, que me enciendo).

Después de eso, les voy a pedir que le den la vuelta a un cuento tradicional. En parejas (porque quiero que haya debate), van a deconstruir el cuento que ellos y ellas elijan y contárnoslo al resto de la clase, teniendo en cuenta todo lo que hemos hablado. Si alguien prefiere hacerlo por escrito, vale, pero la idea es, siempre, que surja conversación y oír lo que opinan.

Ya os contaré el resultado.

 

Hay muchas más posibilidades, claro, pero cinco horas a la semana no dan para más (y mi energía tampoco). Se trata de plantar una semilla de normalidad en clase, una forma de hacerles ver que podemos hablar de este tema, que nada es tabú, y que si alguna vez necesitan una persona adulta en quien confiar, hay varias a su alrededor.

También me ha encantado oír a varios niños y niñas decir que ellos no se reirían si alguien de su clase cambiara de género y apareciera un día pidiendo que le llamaran por otro nombre. “Hombre, al principio me quedaría un poco sorprendida, pero reírme, no. Y le ayudaría si los demás se rieran”.

Y ese era mi objetivo.

¿Qué otras actividades has llevado tú al aula?

¿Cómo tratas este tema con tu alumnado?

 

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Escribir a máquina: el salvavidas docente

7 mayo, 2018

Ay, escribir, cuánto nos cuesta, sobre todo cuando es forzado (o no: hay maneras de no sufrir tanto). Pocas cosas hay que más miedo den entre los diez y los dieciséis años que el temido “quiero que escribáis una redacción sobre…” que utilizamos los profesores y profesoras en clase.

Pero karma is a bitch, que dijo un sabio, porque para esos profesores y profesoras lo temido viene después. Y no, no hablo de corregir (que también, ¡ay!, también), sino de la negociación. Los diez minutos siguientes a esa orden son siempre una versión de algo que se parece mucho a esto:

—¿Puede ser una hoja en vez de dos?

—No, tienen que ser dos. Y no vale dejar mucho hueco entre las filas ni hacer la letra demasiado grande, que os conozco. Usad la plantilla que os di, y ojito con los márgenes.

—¿Pero si escribimos menos, nos bajas la nota?

—Si escribís menos, es un cero.

—¡Hala! ¡Eso no es justo! ¿Y si no se nos ocurre nada?

—Pensáis más.

—¿Las faltas de ortografía bajan nota?

—Sí.

—¿Pero cuánto?

—Si me sangran los ojos cuando he terminado de corregir, suspendes.

—Ja, ja, ja. No, pero en serio.

—Hablo en serio.

—¿Podemos hacerlo en el ordenador?

—…

Y ahí te callas, porque la parte “sado” de tu profesión quiere decir que no, pero sabes que lo mejor es que lo escriban a máquina, tanto para la clase como para ti.

(Sí, digo “escribir a máquina” en lugar de “a ordenador”. Aprendí mecanografía en una máquina que no sale ni en Mad Men de lo antigua que era, no os digo más).

Porque escribir a máquina tiene sus ventajas, muchas, sobre todo para el profesorado, pero el alumnado suele pensar que está engañando y haciendo trampa cuando la realidad es que nos favorece a todos y todas. Por supuesto, hay que tener en cuenta ciertos factores, como la edad del alumnado, la habilidad del docente con los ordenadores y la accesibilidad a ellos de todos y cada uno de los miembros de la clase. Pero de verdad os digo que, pudiendo elegir, yo siempre prefiero dejar que lo escriban a máquina.

Perdón. A ordenador.

Escribir a máquina: (casi) todo ventajas

Fuera la labor de grafólogos

Que levante la mano quien no haya tenido que devolver alguna vez una redacción completamente indescifrable a la persona que la escribió porque su letra es tan horrenda que no hay quien corrija aquello (y ahora bajadla, que estáis mintiendo). No sé en secundaria, pero en primaria he empezado a pedir las redacciones a ordenador solo por evitar subir la cuenta de mis dioptrías tratando de descodificar más de un texto.

Claro que esto solo conviene hacerlo a partir de cierta edad, porque de cuarto para abajo la idea es que aprendan a escribir a mano de manera legible. Pero si en sexto tienen una letra tan horrible que impide la comprensión, los ejercicios para mejorar la caligrafía van a tener que hacerse fuera del aula y en ratos libres en casa. No ya por la pobre profesora que corrige (que sí, la culpa es suya por mandar redacciones, ¿no tiene otra cosa que hacer?), sino porque no hay tiempo material para practicar una habilidad que ya debería estar asentada.

Ya sabéis que la culpa siempre es del profesor del año pasado. Qué cruz, madre.

Ahorro de papel (y menos peligro de perder cosas)

Cuando eres una persona desordenada (como yo), recibir veinticinco o treinta redacciones cada equis tiempo puede poner el ya de por sí frágil equilibrio de la torre de papeles que tienes sobre tu mesa en serio peligro. Pedirles que te manden la redacción por email o que usen Drive es un ahorro considerable de papel, aunque sé de gente (vale, sí, yo) que a veces imprime las redacciones y las corrige a mano después. Pero no es lo mismo eso que tener una caja enorme de redacciones entregadas que siempre, de forma misteriosa, terminan perdiéndose u olvidas llevarte a casa a corregir.

De forma misteriosa siempre, ¿eh? No vayáis a pensar que lo hago adrede.

Esto tiene un peligro, claro: debemos asegurarnos de que todo nuestro alumnado puede mandarnos las redacciones de forma electrónica. No todos nuestros alumnos y alumnas tienen acceso a un ordenador, por más que haya gente a la que esto le parezca sorprendente. Asegurémonos de que todas y todos juegan con las mismas condiciones; si no pueden hacerlo en casa, tendremos que dejarles trabajar en el centro, ya sea a la hora del recreo o después de clase. Incluso si eso significa que nosotras tenemos que quedarnos también.

Y no, no vale que estos niños y niñas entreguen la redacción escrita a mano. Nadie debería sentirse diferente, hacer un trabajo distinto o sentir que las expectativas puestas en él o ella son distintas por la cantidad de dinero que entra en su casa.

Las faltas de ortografía NO se corrigen solas

Los peques (y no tan peques) creen que sí y por eso siempre pelean por dejar que les dejemos escribir la redacción en el ordenador, pero se les cuelan “a venido”, “a parte”, “haber si no es así” igual que si lo escribieran a mano. Especialmente divertido es darte cuenta de que no han cambiado el idioma de corrección del procesador de texto cuando escriben en euskera, por ejemplo, y les pasan cosas curiosas como colar un Donosita por Donostia que nos arrancan una sonrisa (o un rediós si no estamos de humor, claro).

Vamos, que por mucho que usen la nueva versión de Word, si no saben ortografía básica, van a meter la pata igual que a mano. Y a nosotras nos van a sangrar los ojos también igual (pero al menos les entenderemos la letra).

El corta y pega

Este es uno de los grandes problemas de mandarles hacer el trabajo en ordenador, sobre todo cuando es un texto de investigación: el corta y pega. “Buscad información sobre” se convierte de repente en “corta y pega ese párrafo de la Wikipedia que habla de lo que ha pedido la chapas esta”.

Si la redacción es en un idioma en el que no tienen mucha habilidad, el corta y pega lo harán en el traductor de turno y te llegarán textos en inglés que ni el mismísimo Shakespeare, porque hay que ver lo que han mejorado los traductores últimamente (para lenguas como el inglés, se entiende, porque en otras sigue dadno miedo).

Hay maneras de solucionar esto, pero tienen más que ver con lo que les pedimos que con la técnica que utilizan para llévalo a cabo. En lugar de pedirles que nos hablen de, yo qué sé, Vitoria en el siglo XV, se les puede pedir que comparen las diferencias entre la Vitoria de entonces y la de ahora, o que imaginen un viaje al pasado y describan la ciudad de entonces con los ojos de ahora. Algo para lo que necesiten buscar información, sí, pero que no esté escrito en ningún sitio tal y como necesitan entregarlo.

Si el texto es en un idioma que no controlan, olvídate: Google Translate for the win. Incluso cuando te usan la tercera condicional y el past perfect en un quinto de primaria, protestarán cuando les digas que sabes que no lo han escrito ellos. “Dijiste que podíamos buscar palabras en Wordreference. Y yo las he buscado, pero todas juntas”.

Y a ver qué contestas a eso.

¿Qué ventajas le encuentras a pedir las redacciones en ordenador?

Si las pides a mano, ¿cuáles son tus razones?

 

Blog El día a día

El gran negocio de la educación

2 mayo, 2018

Siempre he sospechado que la educación es un gran negocio para algunas empresas, pero estos meses en dirección me están abriendo los ojos más que veinte años (y pico) en el tajo. Las nuevas tecnologías y la innovación mal entendida han creado tantas empresas que quieren lucrarse de la educación que a veces da miedito.

Cuando era nueva en esto, allá por el pleistoceno, en muchos colegios se oían ya voces que abogaban por eliminar los libros de texto de las aulas. Todavía no estaba muy de moda lo de los proyectos, aunque ya había alguna escuela que los ponía en práctica, pero sí que se hablaba de lo mucho que utilizar un libro cerrado condicionaba lo que se daba en el aula. Yo, como buena novata que quería cambiar el mundo, era una de estas voces.

Y entonces algún compañero o compañera de cuya cara ya no me acuerdo le dio la vuelta al tema. ¿Qué pasaría si los libros de texto dejaran de existir? ¿Cuánta gente se iría a la calle? ¿Cuántos puestos de trabajo desaparecerían de la noche a la mañana? ¿Quería ser yo, me decía, la responsable de que varias familias perdieran el sustento porque decidía no utilizar libros de texto en mi clase? ¿Sabía cuántos miles de personas había detrás de cada uno de esos libros?

Como era joven, inexperta y muy, muy torda, me callé y admití que no le faltaba razón. Si todos los docentes nos poníamos a crear nuestros propios materiales, toda esa gente que vivía de los que ahora utilizábamos ¿dónde iba a ir? ¿Cómo iba a cargar yo con la responsabilidad de dejar sin comer a tanta gente?

Ahora que tengo unos años más, le contestaría que la escuela pública no tiene por qué hacerse cargo de las empresas privadas, que en quien tiene que pensar es en el alumnado y no en cuánto gana o deja de ganar una imprenta. Que lo que nos debe importar es la educación, no todos los chanchullos que se cuecen a su costa, vaya.

Bueno, para eso tengo este blog. Para contestarle ahora.

(Qué a gusto me he quedado, madre).

Nuevos tiempos

Hace veinte años (y pico), el gran negocio en educación se limitaba a los libros de texto, pero hoy en día las empresas que pretenden ganarse la vida con distinto material dirigido a las aulas abundan más que los caracoles en abril.

Todos los días nos llegan a la dirección del colegio docenas de correos electrónicos vendiéndonos algo (bueno, y algún que otro correo diciéndonos que, si le damos nuestros datos, nos van a ingresar 300 millones de dólares porque se está muriendo y no tiene familia a quien dejárselo, que digo yo, cómo han conseguido la dirección oficial del colegio, y por favor, ¿puedo cobrarlo en euros?). Estamos en las listas de correo de empresas tan inverosímiles como una que vende banderas nacionales y regionales “para celebraciones varias” u otra que intenta traer un espectáculo de zarzuela al colegio (y de cuya newsletter no consigo borrarme por más que lo intento); sin olvidarnos, eso nunca, de los varios bancos que han intentado colarnos “talleres de educación financiera” con apertura de cuenta de ahorros como clase final. (I shit you not).

No importa que nos demos de baja en la lista de correo, vuelven a aparecer. A veces nos llegan tres correos seguidos de la misma empresa. Es una jungla.

Por no hablar de las que llaman al teléfono. De esas soy mucho menos fan.

Ejemplos de negocio que os ruego NO imitéis

Programas piloto

A mediados de febrero, nos llamó una empresa que quería hacer una prueba piloto para un programa con tablets (sic). Como soy un poco dura de oído y la chica me recitaba el mensaje aprendido de memoria, al principio le entendía que quería hacer una prueba para un programa “contable”, a lo que yo le dije que no, gracias, ya nos apañamos con Excel. (Me reí cosa mala después. Ay, qué malo es hacerse mayor y por qué no heredé los ojos verdes pero sí la sordera).

Le dije que no de todas las formas que supe, pero ella no cejaba. La conversación fue algo así:

—Es una prueba piloto para un programa nuevo para usar con tablets y…

—Mira, no sigas, no nos interesa. No utilizamos tabletas en el colegio.

—No, da igual, pero las ponemos nosotros, no os cuesta nada, es gratis.

—Pero, ¿cuál es el objetivo de esta prueba?

—Que veáis cómo funciona el programa que os vamos a enseñar.

—Ya, pero es que no vamos a comprar tabletas, así que no tiene mucho sentido hacer la prueba piloto si luego no vamos a usar ese programa.

—Pero si no tienes que comprar nada, es solo que…

—Que no.

Me costó cinco minutos colgar. Tuve que ponerme hasta borde al final.

Pues bien, esta señorita tan maja no tuvo suficiente con mi NO bien trabajado y volvió a llamar al día siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente. Por casualidades de la vida, el teléfono siempre lo cogía mi compañera, y ella quería hablar con la directora, así que le decía que estaba en clase (aunque estuviera haciendo café) y que llamara a la una y media (cuando estoy en casa comiendo).

Así durante un mes.

Pero, ¡ay!, la semana pasada me volvió a pillar. No ella, sino una compañera suya.

Y volvimos a tener la misma conversación. La misma. (Incluida la confusión con el programa “contable”. Que soy lo peor).

Solo que esta vez, cuando me di cuenta de quien era, empecé de otra manera:

—Mira, ya le dije a tu compañera que no nos interesa. No usamos tablets.

—Pues no me consta que les haya llamado nadie. Pero da igual, porque…

Otros cinco minutos de mi vida perdidos.

Ordenadores, ordenadores, ordenadores…

Yo sé que los comerciales tienen un trabajo muy duro y, en la mayoría de los casos, un sueldo de mierda, pero es que el desfile de principio y finales de curso de gente que intenta vendernos algo es para grabarlo. Antes solo venían de las editoriales (sin cita ni nada, porque para qué, ¡hazme caso ahora!), pero últimamente los que nos acosan como si fueran moscas y nosotras rica miel son las empresas de tecnología.

Una grandísima parte de toda la publicidad que recibimos trata de vendernos ordenadores, pantallas digitales, “notebooks”, formación para el profesorado, programas chachi-guays que ni yo (encargada de las TIC en el centro) he oído mencionar en mi vida, y un largo etcétera.

El que más gracia me hizo fue uno que nos traía una oferta de Chromebooks (os pongo el enlace porque si compráis uno me llevo un porcentaje y me vais a hacer muy feliz, no porque les tenga especial cariño; ya que la educación es un negocio, a ver si me llevo yo un pedazo, leñe), que son muy bonitos y muy útiles cuando tienes una red wifi decente en el centro, pero completamente inútiles sin conexión a internet porque no te puedes descargar nada en el ordenador.

La oferta era tentadora, porque era verdad que estaban muy bien de precio, pero al multiplicarlo por todo el alumnado de tercero para arriba, la suma era considerable. El hombre se sabía todas las ayudas y los programas en los que teníamos que meternos para conseguirlas, eso sí, pero ni aun con esas.

—Hombre, siempre podéis pedir parte del precio a las familias…

Me eché a reír. Algunas no pueden con la cuota del material escolar o las excursiones y el hombre quería que les pidiéramos para ordenadores.

Angelico.

El gran almacén del triangulito verde

Disclaimer para quien no me conozca: soy muy de boicotear empresas, aunque mi capacidad de hacer daño sea ínfima y ridícula. Si los valores de una empresa no encajan con los míos  o tienes una política que no me gusta, no voy a comprar ni tu producto ni voy a aparecer en tu centro comercial. Mucho menos voy a hacerte propaganda.

El colmo es que una de estas empresas llamara al colegio para ofrecernos no sé qué y darnos las gracias por haber comprado no sé qué otra cosa (la dirección anterior, porque yo nunca permitiría una compra así con mi firma en la factura). Y, para agradecerlo, la mujer del teléfono (¿por qué son siempre mujeres?; ¿creerán que el tono de voz vende más?) me pidió nombre y apellidos para mandarme la tarjeta de su gran almacén con no sé cuánto dinero de regalo “para ti, para que te lo gastes en lo que tú quieras”.

Supongo que en este país en el que los regalos a cargos públicos son la norma, algo así parecerá lo más normal del mundo, pero qué queréis que os diga, a mí me sentó fatal y le dije un “ni se te ocurra” que me salió del alma. Cualquier regalo que venga al colegio debería ser para el colegio o, todo lo más, para que una persona particular compre cosas que le vengan bien en el trabajo (nos regalan agendas y calendarios a saco, y nos vienen de perlas).

O igual es que me dio rabia que fuera de esta empresa en cuestión, porque si llega a ser un cheque regalo para gastar en una cafetería “cuqui” no le hubiera puesto ninguna pega. O sí. No sé.

Haced la prueba y veremos, jeje. 

¡Y hasta tarjetas de crédito!

Si lo de la tarjeta regalo clama al cielo, lo de la semana pasada me dejó de piedra. Un banco intentó engancharme como cliente regalándome una tarjeta Visa Oro y dos billetes de avión a mi nombre. Le expliqué que estaba llamando a un colegio, pero no hizo falta porque lo sabía. Alucinó cuando le dije que no.

—Pero no le exige permanencia, y le regalamos dos billetes de avión. ¡Dos billetes de avión!

A punto estuve de preguntarle a dónde y si eran de ida y vuelta o solo de ida para dos personas, pero al final me limité a decir que no.

Demonios, tenía que haber aceptado. Aunque solo fuera para escapar de las empresas que intentan venderme cosas.

 

¿Qué empresa ha intentado acercarse a vuestro colegio que no tuviera nada que ver con educación?

¿Sabéis de algún otro gran negocio que dé el cante en la educación pública?

Blog Opinión

Las casas de Harry Potter y las escuelas “muggle”

23 abril, 2018

Me encanta la saga de Harry Potter (los libros más que las películas, pero las películas también, sí, porque sale mi amadísimo Alan Rickman y ¡ay!, voy a dejar de hablar de él porque igual me echo a llorar). No soy mucho de fantasía, pero pocos libros hay que me haya leído más veces que los siete tomos del niño mago, y ninguna serie de libros ha logrado nunca engancharme tanto como esta.

Leí en algún sitio que hay decenas (si no cientos) de tesis doctorales escritas sobre la saga escrita por J.K. Rowling donde, entre otras cosas, analizan por qué una historia tan simple y tan manida como la del niño huérfano que solventa las adversidades ha tenido tanto éxito. Yo no he llegado a hacer tesis, pero sí le he dado suficientes vueltas para tener una opinión sobre el tema. Opinión personalísima y muy poco científica de una persona que se ha leído cada libro una decena de veces, lo que quiera que eso valga. 

Y es que estoy convencida de que el éxito se debe a la universalidad de sus temas. La lucha del bien contra el mal, el débil ganando al fuerte, las injusticias que se acaban pagando, el racismo, el miedo al que dirán, la envidia, la fuerza del amor (sin tirar de ñoñerías), elegir lo correcto sobre lo fácil… Creo que no hay ni una sola persona en el mundo que no pueda encontrar un tema en los libros de Harry Potter que no le llegue, en mayor o menor medida.

Y si no lo hay, se rebusca hasta encontrarlo, como ha hecho aquí la que os escribe. Porque yo he encontrado un análisis perfecto de las escuelas muggle fijándome en las casas de Hogwarts y en el tipo de alumnado que alberga. Sí, mucho Voldemort y mucha leche, pero Rowling ha clavado el panorama educativo actual en, me atrevo a decir, Europa entera.

¿Que no? Esperad, que voy.

SPECIALIS REVELIO

Slytherin: El colegio privado cristiano de élite del mundo mago

La casa de Salazar Slytherin es famosa por sus conexiones con el poder más oscuro y más, ejem, poderoso. El padre de Malfoy tiene contactos con el primer ministro mago y sus amiguetes están repartidos en todos los estamentos del gobierno. La gran mayoría de los chicos y chicas de esta casa vienen de familias “bien” cuyos padres y madres también fueron miembros. Son racistas, xenófobos y clasistas y no quieren que nadie venga a quitarlos de su sitio.

En el mundo muggle, se me ocurre una denominación de escuela que encaja muy bien con esta descripción, pero que no voy a poner por escrito porque soy una cobarde y porque a ver quién es la guapa que se enfrenta a Slytherin, leches.

O, en lenguaje muggle, lo que viene a ser un “con la iglesia hemos topado”, vaya.

Por supuesto, de ambas (la escuela de ficción y la escuela muggle) sale gente buena. Gente que entró allí porque se sentía obligada por la familia o que cambió de parecer más tarde (ay, mi Severus…), que se ha dado cuenta de que esos valores no se corresponden con la persona en la que se ha convertido. Pero son los menos. Por desgracia, la gran mayoría, dada la opción, prefiere quedarse en la élite que dan el dinero y el poder.

Ravenclaw: El colegio privado bilingüe

En Ravenclaw solo entra la gente más inteligente. El sombrero dichoso tiene sus propias técnicas para saber qué cabezas son las más espabiladas y en las escuelas muggle nos tenemos que conformar con exámenes de entrada, pero, aunque las técnicas son distintas, el objetivo es el mismo: seleccionar a los que más saben.

Sí, es verdad que también hay colegios públicos bilingües, pero en esos está prohibido por ley hacer selección del alumnado a través de un examen (aunque se hace igualmente, alegando que las clases bilingües son “una rama especial, tienen que saber inglés”). Lo de privado también va porque en estas clases suele darse la “curiosa coincidencia” de que las familias tienen un nivel socieconómico tirando a lo alto, al menos lo suficiente para darle clases particulares al nene o la nena y mandarlo a Londres de vacaciones para que practique.

Concertado también me vale, claro.

Gryffindor: La élite dentro de lo público

Quienes trabajamos en educación sabemos muy bien que siempre ha habido clases, incluso en la red pública. Hay colegios con mejor fama que otros, hay institutos donde las familias se dan bofetadas por entrar. Sea por los resultados, por la metodología o por las modas, cuando un centro público coge buena fama deja de ser… tan público, pongámoslo así.

Y es que en Gryffindor no entra cualquiera. Entran los valientes, los que trabajan, los que luchan por sacarse las castañas del fuego; los que, en su gran mayoría, tienen una familia que les apoya y se preocupa por ellos (vale, sí, menos Harry, pero Harry es el Héroe y tiene que hacer el viaje solo, él no cuenta), que van a hablar con los profesores cuando hay un problema, que les cambian de escuela si ven que las cosas se tuercen. (¿Era Seamus o Dean el que estuvo a punto de cambiar tras la muerte de Cedric? Hola, sí, soy la que alardea de haberse leído el libro un montón de veces).

Gryffindor, en la vida real, representa ese centro en el que las familias empiezan a meter tanto los morros que a veces hay que pararles los pies y recordarles que en la escuela trabajan profesionales, que sabemos lo que hacemos y que sus hijos e hijas están en buenas manos. Es ese centro público que la gente a veces confunde con un concertado.

Y eso, aunque lo parezca, no siempre es bueno.

Hufflepuff: La escuela pública de toda la vida

En Hufflepuff da igual cuáles sean tus grandes virtudes o defectos. Da igual que seas lista o valiente, torpe o ágil, formal o gamberrete. Aquí entra todo el mundo, porque no se selecciona (bueno, sí, el sombrero te pone donde toca, pero vamos, es un “es que no sé que hacer contigo, my darling” como una casa). Eso no significa que el alumnado de Hufflepuff no sea tan capaz como el del resto de las escuelas (acordaos de Cedric), simplemente significa que no destacan.

De momento. Porque, como se demostró en el Torneo de los Tres Magos, tener un poco de todas las cualidades y saber utilizarlas y combinarlas puede hacerte ser el elegido y llegar el primero.

Aunque luego un mago psicópata te fulmine de un disparo hechizo. 

 

Yo tengo claro en qué escuela quiero trabajar y qué escuela me representa más. Cuando Pottermore no era más que un invento recién estrenado, el Sombrero Clasificador me colocó en Hufflepuff, y no pude estar más orgullosa. Después, en la nueva versión, me colocó en Gryffindor y ya no me hizo tanta gracia. Qué le vamos a hacer, soy hija de clase trabajadora y me veo representada en ese tipo de alumnado. Que no digo que la clase media tenga nada de malo, pero, ay, no soy muy de menús ecológicos o la importancia del yoga en la clase de gimnasia. Y al próximo que me hable de neurociencia, le incrusto el iPad que nos intentan vender todos los días en la oreja.

Qué agonía, madre. 

 

¿Qué otras lecturas (o películas, o series de televisión) has llegado a comparar tú con las escuelas muggle?