Blog Ideas y recursos para el aula

Top 7 de actividades navideñas del blog

12 diciembre, 2018

No te voy a engañar: estoy muerta. No literalmente, obviamente, porque aquí estoy dándole a la tecla, pero estoy muy cansada.

(Apunte ajeno a todo: ¿por qué a la gente le gusta tanto lo de “literalmente”? ¿Saben de verdad qué significa? “El ataque del equipo A ha descuartizado, literalmente, a la defensa del equipo B”, decían el otro día en la radio, y yo me imaginaba miembros amputados volando por los aires mientras un futbolista con motosierra seguía dando patadas a la pelota camino de la portería).

(Fin de apunte. Perdón, pero es que me puede).

Estoy metafóricamente muerta, digo, tanto que ni siquiera tengo ganas de escribir, lo que demuestra lo cansada que estoy porque es algo que me suele relajar y me ayuda a descansar, por increíble que parezca. Así que hoy, en lugar de una entrada nueva, te voy a dejar con un remix de entradas navideñas antiguas que he publicado en estos dos años en el blog.

Aunque no todas sean literalmente navideñas (guiño-guiño), sí son entradas que pueden servirte para sacarte de un apuro estos últimos días de clase en los que está todo el pescado vendido, tienes la mente puesta en el festival de Navidad y el cuerpo da para lo que da (o sea: nada).

Recuerda también que, si buscas algo entretenido que hacer en esos días en los que no puedes sacar tajada de tus peques porque nieva/llueve/hace buen tiempo/vienen los Reyes/es un día de la semana terminado en -es, puedes suscribirte al blog y recibir una guía con actividades para días lluviosos (o el clima que se tercie en tu rincón del mundo)

Actividades navideñas para sacarte de un apuro

Manualidades

Lo mejor para estos días en los que la cabeza ya no está a lo que está son las manualidades, sin duda ninguna. Tienes a la clase entretenida y les enseñas el valor de lo hecho a mano, y así además los y las peques tienen un regalito para llevar a casa y decorar la sala. En esta entrada te dejo un puñado de ideas que he probado y, te lo puedo garantizar, son un éxito asegurado.

El muñeco de nieve es el greatest hit en todas las clases de 8 años para arriba. Muy agradecido también por las familias, porque es tan atractivo y tan sencillo de hacer que les salva la reunión familiar con las sobrinas, nietos y demás familiares de metro veinte).

Proyectos y álbumes

Sí, vale, no es fin de curso todavía, pero muchos de los proyectos que te comenté aquí pueden servirte también para los días que faltan. Puedes hacer una despedida al año, hacer un repaso general de lo que habéis dado hasta ahora, recordar las excursiones (o hacer alguna más)…

Todo vale con tal de contener el ansia que muchos y muchas (la primera yo) sienten al oler ya tan de cerca las Navidades.

Escribir sin que se den cuenta

Se puede, vaya si se puede. En este post compartí cinco ideas para hacerles escribir sin que lo notaran (que suena difícil pero de verdad que no lo es tanto). Le puedes sumar la carta a los Reyes Majos (sic) para darle el toque navideño que, parece ser, todo necesita por estas fechas.

TIC, TIC, TIC

No, no es el reloj contando los segundos que faltan para que acabe la clase, sino las siglas de Tecnologías de la Información y la Comunicación. Vamos, que los lleves a la sala de informática, leñe.

Puedes probar primero con Voki, que es una herramienta muy facilita y les va a hacer pasar un buen rato (y quizás incluso aprendan algo, sobre todo si lo usas para trabajar algo en inglés). Luego puedes usar sus creaciones en el blog del aula, si ya tienes uno (y si no, es buen momento para empezarlo: que se encargue la clase de crearlo).

También tienes Plickers, que a mí me encanta y a ellos y ellas también, aunque si lo usas mucho acaban cansándose (como de todo). Te recomiendo dejar lo académico y usarla para hacer un concurso gracioso con la clase.

Si todo lo demás falla… ¡lee!

El curso también es duro para los y las peques, tenlo en cuenta. Es buen momento para dejarles más tiempo para leer y disfrutar de un buen libro.

Como libros hay a cascoporro, te dejo varias recomendaciones. Aquí puedes encontrar libros para trabajar la igualdad de género en el aula, que nunca está de más. Y en la categoría de Reseñas puedes encontrar un porrón de, ejem, reseñas de literatura infantil y juvenil que va a hacer las delicias de tus grupos mayores.

Por supuesto, nada mejor que predicar con el ejemplo, así que si tú también quieres leer mientras ellos y ellas lo hacen, siempre puedes echar mano de una novela muy divertida (y muy light que no iba a escandalizar a nadie que te pillara leyéndola) o algo de apariencia profesional con lo que te vas a reír igual.

 

Menos mal que de vez en cuando tengo ideas, las escribo y las guardo. Menos mal, porque si no, me sé de una que no llegaba a 2019.

Que te sea leve el fin de trimestre.

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¿Por qué lo llaman coteaching cuando quieren decir desdobles?

5 diciembre, 2018

Coteaching, flipped classroom, project based learning, mindfulness.

ICT, CLIL, Smartboard, notebooks, Design Thinking.

Mi madre lee esto y pensaría que alguien la está insultando en inglés.

Alguna de mis compañeras se cagaría en mis muertos también, por si acaso.

No sé en qué momento de las última décadas se nos coló el inglés hasta la cocina en todo lo que suene a educación. Como estudié magisterio por la rama de Lengua Extranjera y al poco me fui a trabajar a Estados Unidos, mis conocimientos sobre el tema siempre han estado muy ligados a esta lengua (y al euskera, que es la otra en la que estudié), pero en los últimos tiempos parece que no sabes de lo que hablas si no lo dices en inglés.

Y lo sabes, vaya si lo sabes. Porque todas esas palabras que intentan colarnos como nuevas metodologías solo esconden las metodologías de siempre, esas que tan bien conocemos porque, qué demonios, las hemos usado desde hace años y a veces hasta funcionan.

Como en el caso del coteaching. Que no es otra cosa que el desdoble de toda la vida.

Coteaching, innovating, and my mother’s in the kitchen

(Si has pillado la referencia, eres tan mayor como yo. Felicidades, el fin la meta ya está cerca).

El desdoble, o el refuerzo de otro docente en el aula, es una de esas medidas para las que lo único que hace falta es gente suficiente.

A diferencia de las innovaciones tecnológicas, donde necesitas formación, una inversión importante en ordenadores, pizarras y material en general, para el refuerzo en el aula solo necesitas otra persona.

O sea, el recurso más caro y preciado que hay hoy en día.

Nimiedades.

Pero es el único que funciona de verdad. Porque así, por arte de magia, el rato que esa persona extra está contigo los niños y niñas reciben el doble de atención. El doble. Si haber tenido que hacer no sé cuántas horas de cursos de formación, ni haber tenido que gastar el dinero que nunca se tiene en ordenadores que se van a romper en seis meses, ni acumular medallas de no sé qué de Microsoft.

(No entro en este tema, que se me hincha la vena).

El problema es que nunca hay docentes suficiente para hacer estos desdobles, refuerzos, coteaching o como lo quieras llamar. Si algo falta hoy en día es gente en las escuelas; perdón, faltan docentes, porque las ratios son cada día más altas, alumnado nunca falta.

(La vena, la vena).

Hay maneras de aprovechar mejor el personal, aunque sé que la realidad de cada centro es muy distinta. Seguro que en tu centro ya hacéis este tipo de arreglos o tenéis incluso mejores ideas que yo para conseguir bajar esas ratios imposibles con las que nos toca trabajar últimamente.

(Y no me vengas con que en tu clase erais cuarenta y salisteis bien. LA VENA).

Aunque creo que lo único que va a servir de verdad es una cacerolada en el Ministerio de Educación.

Las ayudas, siempre dentro del aula

Esto parece un poco de perogrullo cuando estoy hablando del coteaching de las narices, lo sé. Me refiero a las ayudas de educación especial, las de esos niños y niñas que tienen un ACI (o no, no tiene por qué llegar a tanto) y necesitan un refuerzo en ciertas asignaturas.

Si no es un ACI global, en muchos casos el niño o la niña se beneficia más de estar en clase que saliendo fuera. Por un lado, por la etiqueta que supone salir con ayuda especial; por otro, porque no nos damos cuenta de las cosas que se aprenden en una clase aunque no hayan sido programadas.

(Mis peques me vienen, años más tarde, recordándome alguna frase graciosa que les comenté de pasada en clase y les ayudó a entender un aspecto de la gramática inglesa que a otros les costó la vida. Por ponerte un ejemplo).

Así conseguimos que la profesora que se queda en clase no se dedique solo a ese niño o niña que necesita ayuda. Quizás haya más peques en clase que, sin estar en las listas de refuerzo educativo, se beneficien de la atención especial que se consigue trabajando en grupo pequeño.

Lo mismo con el refuerzo lingüístico con el nuevo alumnado. ¿Por qué no trabajar en el aula parte de las horas que les correspondan?

Donde caben dos, caben tres

Te oigo murmurar desde aquí. Oigo cada palabra que sale de tu boca. “Sí, claro, refuerzos, dice. Si estamos hasta las cejas. Si no tenemos personal”.

Soy directora de un centro de infantil y primaria. Créeme que lo sé.

Muchas veces no hay gente para desdoblar una clase, pero quizás sí puedas hacer tres grupos de dos clases. Pueden ser del mismo curso, si estás en una escuela grande, o de dos cursos distintos. Sabes bien que no es lo mismo dar clase a veinticinco que a diecisiete, sobre todo si lo que toca son experimentos científicos, una exposición oral o una actividad muy práctica.

Claro que aquí el problema está en la coordinación. A ver de dónde sacas tiempo en el horario para que tres profes se puedan juntar y organizar las clases. A no ser que en ese desdoble se den cosas distintas: una se encarga de las clases de ciencias, otro de plástica y otra de expresión oral. Sigue siendo un lío de horarios, pero beneficia mucho.

La doble tutoría de toda la vida

Esta es la utopía, el modelo ideal, el sueño húmedo de cualquier docente que se precie. Dos tutoras en el aula en todo momento, dos personas atendiendo a un grupo al mismo tiempo, en armonía, buen entendimiento y la cantidad de ruido necesario para poder entenderse.

Las dobles tutorías a tiempo completo son de la misma familia que los unicornios. Nunca existieron.

Pero, a base de sacrificar horas libres, puedes conseguir que en momentos puntuales la profe de la clase de al lado entre a echarte una mano. Cuando su clase va a inglés, por ejemplo, ella puede entrar en la tuya y viceversa. No es ideal, porque supone perder las pocas horas de preparación que nos están dejando, pero ese trabajo se puede hacer entre dos y se reduce bastante.

(El de corrección, no. La mitad de tu clase más la mitad de la suya, o cada una su clase: te vas a tragar veinticinco cuadernos de lengua/matemáticas/ciencia igual que siempre. Lo siento. Sí, sé que viene un puente de cuatro días que vas a pasar poniendo notas en el ordenador. Toma, enjuágate las lágrimas. Aquí está mi hombro. Ea, ea, ya pasó).

 

Todas y todos agradecemos que alguien nos venga a echar una mano cuando no tenemos casi ni espacio físico para poner las mesas. Cuando tienes un grupo que necesita la ayuda extra de esa segunda persona, o problemas de comportamiento en clase, el coteaching de las narices te soluciona la papeleta. En inglés, alemán, euskera o chino mandarín, es una de las medidas más efectivas que se pueden implementar en una clase. Efectiva y sencilla.

También la más cara. Por eso es tan rara.


Si te ha gustado este post, tienes tres opciones para seguir disfrutando (y puedes elegirlas todas, no te tienes que conformar con una sola):

  • En Profe, una pregunta hablo de todas las dudas que me surgen en el aula y aporto la visión realista que da el no haber hecho otra cosa más que dar clase en toda mi vida. Quizás te apetezca pedírtelo como regalo de Reyes (o regalarlo tú, guiño-guiño, codazo, codazo).
  • Si lo que necesitas es una lectura amena y divertida para este puente que empieza, puedes descargarte Armarios y Fulares en un momento y por un precio irrisorio (o comprarte el libro físico, pero no te va a llegar para mañana). Desconectas del trabajo, seguro.
  • Si de verdad te ha gustado el artículo de esta semana, puedes inscribirte en el blog en el cajetín de aquí abajo y recibir más artículos como este una vez al mes (y un par de regalos solo por hacerlo). En el momento que te canses de mí, podrás irte con un solo clic.

Disfruta de estos cuatro días. Te los has ganado.

 

Blog Reseñas

Lecturas recomendadas: La Segunda Revolución: Ellos y Nosotros

28 noviembre, 2018

No me puedo creer que todavía no haya hecho reseña de Ellos y Nosotros en el blog. No me puedo creer, de hecho, que haya dejado de lado la sección de Lecturas Recomendadas durante tanto tiempo, cuando es una de las que más me gusta y la que, a juzgar por el feedback que recibo dentro y fuera de la red, más gusta a quienes estáis al otro lado de la pantalla.

Imperdonable, impresentable, intolerable. Pero corregible, por suerte.

Así que aquí estoy de nuevo con libros que recomendar al alumnado y leer en tus ratos libres, que ya sabes que no me hace mucha gracia eso de recomendar a los chicos y chicas libros sin haberlos leído una misma antes.

Y vuelvo con uno de mis favoritos, que las cosas se hacen a lo grande o no se hacen. La trilogía de La Segunda Revolución es, sin duda, una de las mejores lecturas que llevar al aula porque combina calidad literaria, aventuras y una serie de valores más que positivos. No solo les vas a recomendar un libro que les va a gustar y van a disfrutar (con lo que te ganarás su confianza para siempre), sino que te aseguras de que, a través de las páginas, les estén llegando esos mensajes que trabajamos en clase y que se diluyen en cuanto salen del aula en el torrente del día a día.

Ellos y Nosotros: segunda parte de la trilogía de La Segunda Revolución

 

Si llevas unos meses siguiendo este blog, habrás leído en más de una ocasión referencias a esta trilogía y a sus autores, que no son uno sino dos por más que en el libro ponga Costa Alcalá. El año pasado compartí aquí la reseña del primer tomo de la trilogía, Heredero, y ya entonces me declaré fan absoluta del universo fantástico, de la historia y de sus personajes.

Ahora lo soy aún más. Porque, aunque me parecía increíble, Geo y Fer han conseguido que el segundo libro sea mejor que el primero.

Probablemente sea porque ya conocía el universo del liceo de Blyd y porque los personajes ya estaban presentados y han podido centrarse más en sus historias que en describir sus vidas y sus formas de ser. Puede también que ya tuviera mis personajes favoritos y que estuviera deseando ver cómo evolucionaba su historia (tras amenazar de muerte a ambos autores si a cierta persona le pasaba algo malo, aunque en el segundo libro he cambiado lealtades). O puede, simplemente, que la historia esté tan bien dividida y planeada que estén dejando lo mejor para el final, como hacen las grandes sagas.

Simplemente. Tonterías, vamos. 

La historia

No te voy a hablar mucho de la trama del libro porque esta es una de esas historias que es mejor descubrir si no te cuentan nada (y no quiero que les hagas trampa a tus alumnos: léetelo, que de verdad merece la pena y vale tanto para adultos como para adolescentes). Si leíste la primera entrega, sabes que acaba con un cliffhanger importante que, ya te lo adelanto, se resuelve en este segundo volumen.

Y ya no te adelanto nada más.

Porque la fuerza de Ellos y Nosotros está en sus personajes. El mismo título lo indica: habla de gente, de enfrentamientos entre grupos que piensan de forma distinta, entre ellos y nosotros, los míos y los demás. Es el “divide y vencerás” de toda la vida y también es defender lo que está bien, los “buenos” y los “malos”, aunque a menudo esas divisiones no están nada claras.

No hace falta hacer una lectura muy profunda para traer esta historia, que en teoría es de fantasía, a nuestra realidad y el mundo que vivimos hoy en día. Grupos que añoran la dictadura anterior empiezan a salir a la calle y a declarar sin ninguna vergüenza que creen en la superioridad de unas Familias sobre otras.

¿Te suena?

No sé a ti, pero a mí me pone los pelos como escarpias darme cuenta de que encaja mucho con lo que estoy viendo en televisión últimamente.

Personajes

Aquí quería yo llegar.

Fer se ha montado un juego de los SIMS con los personajes de la saga. Creo que he jugado dos veces en mi vida, pero ahora NECESITO ESTE JUEGO.

Vamos a hacer un experimento. Cuenta con los dedos cuántos libros de los que tu clase lee en su tiempo libre tienen (que tú sepas) personajes que:

  • No sean heterosexuales y no den ninguna explicación por no serlo ni haya un drama a su alrededor por ello.
  • Tengan alguna discapacidad.
  • Se toquen de manera no sexual (abrazos entre los chicos, por ejemplo).
  • No encajen en los estereotipos de su género.

¿Cuántos has contado? A mí me sobran dedos a punta pala. Se me ocurren los libros de Nando J. López, Soy Simón y… ya.

En Ellos y Nosotros hay una pareja por excelencia (OTP la llaman, creo; no tengo ni idea de lo que significan las siglas, más allá de “pareja que todo el mundo quiere que se líe”) que nos tiene a todas las fans dando palmadas en cada escena y gritándole a la página cada vez que se acercan, por lo adorables que son. Es una pareja formada por dos chicos, y hasta ahí puedo leer, que si no me riñen.

También hay otra pareja de chico y chica en la que no hay absolutamente ninguna tensión sexual. Son amigos, se lo cuentan todo, confían en el otro como confiarían en un hermano. Que no hay lío, vaya.

Los chicos de este libro no “roban” besos, sino que piden permiso para darlos. Esto parece una chorrada, pero estoy hasta el gorro de que nos cuelen el “la besó y salió corriendo, dejándola ahí plantada pensando en qué coño ha pasado” como lo más de lo más del amor romántico. No molas tanto como para dejarlas a todas temblando cuando las besas. Si tienes que hacerlo a traición, es que igual ella no quería. Digo yo.

En esta trilogía, uno de los personajes principales es del espectro autista. El arco de su historia no gira alrededor de su autismo, sino que es una característica más, lo que le hace especial. (Y es especial. Y adorable. Y como le pase algo malo, Fernando Alcalá Suarez y Georgia Costa Villaró, VAIS A PAGARLO MUY CARO).

El guaperas del grupo, que las vuelve locas a todas y es el ligón del libro por excelencia (aunque más bueno que un trozo pan), abraza a sus amigos. Les toca. Habla de sentimientos, de amor, de cosas tiernas. De hecho, creo que cada vez que hay una conversación del tipo “¿crees que le gusto?” en este libro, es entre dos chicos. Las chicas dan mamporros, los chicos hablan.

Como debe ser. De qué si no.

El curso pasado tuve la gran suerte de poder llevar este libro a la biblioteca de clase (este año no doy Lengua y no puedo recomendarles cosas y me está matando porque quiero hacer más fans de esta historia) y la recepción del grupo fue maravillosa. Que les iba a encantar la historia ya lo sabía; que la fueran a entender a un nivel más profundo y que la sacaran a colación, por ejemplo, el día contra la homofobia, me dejó de piedra.

Y es que, cuando una historia está bien escrita, puedes meter todo los temas que quieras y “colarlos” con normalidad incluso en una sociedad como la nuestra en la que, por desgracia, de ciertas cosas no se habla.

Ellos y Nosotros se atreve. Se moja.

Y ojo, que no estoy diciendo que los adolescentes tengan que leerlo por eso, sino que nosotras debemos recomendarlo por eso. Porque ellos y ellas no se darán cuenta, pero nosotras sí.

Aunque al final lo lean (leamos) por la aventura. Siempre por la aventura.

 

Blog El día a día

Alcohol y drogas en la adolescencia: cómo hablar de ello en clase

21 noviembre, 2018

Alcohol y drogas en la adolescencia. En vaya berenjenales me meto yo sola. Solo a mí se me ocurre ponerme a escribir sobre un tema tan delicado como este sin tener ni idea del tema.

Pero ya dice Coelho que a veces el universo te guía, o que si le pides al universo que te guíe, lo hace, o algo así. No lo sé seguro porque no he leído a Coelho en la vida, por más que aparezca hasta en la sopa.

Ese universo, o quizás las musas en las que no creo, me ha puesto el tema en bandeja esta semana al enseñarme en Twitter una imagen de un libro de texto. En dicho libro podía leerse un párrafo en el que el autor decía, literalmente, que el alcohol no es tan malo como lo pintan y que no pasa nada por cogerse “el puntillo”.

 

 

Como os podréis imaginar, se ha montado buena en las redes y hay mucha gente pidiendo que retiren el libro. Que algo así lo diga el youtuber de moda es casi normal, pero que aparezca en un libro de texto de segundo de ESO, y encima de gimnasia, es grave.

(Sí, yo también estoy flipando con eso de libro de texto en GIMNASIA).

Esta foto me ha hecho pensar y darle vueltas al tema. Aunque no trabajo con adolescentes (solo doy clase hasta sexto, aunque es verdad que cada año la adolescencia llega antes), más de una vez me ha tocado contestar a preguntas incómodas sobre alcohol y drogas.

Incómodas, porque a menudo me preguntan si bebo o fumo, o si alguna vez he fumado un porro.

Incómodas porque a veces es fácil darse cuenta de que me preguntan a mí porque no se atreven a preguntar en casa.

E incómodas porque no hay respuesta buena. Ni una.

A ver si me explico.

Alcohol y drogas en la adolescencia

Antes de nada, quiero dejarte clara una cosa: estoy completamente en desacuerdo con lo que dice el libro de texto de ahí arriba.

Jamás les diría algo así a los chicos y chicas. Nunca se me pasaría por la cabeza mencionarles que pillarse el puntillo es divertido y que no pasa nada por beber un poco. Sí pasa, claro que pasa, y cada vez hay más indicios de que el alcohol en la adolescencia es peor de lo que creíamos.

El alcohol altera el sistema nervioso, que en los adolescentes se está formando, y como su percepción de riesgo es muy distinta a la nuestra, la ingesta suele ser mucho mayor que la que necesitarían de verdad para cogerse el dichoso “puntillo”. El coma etílico es un riesgo serio y muy real que les puede costar la vida y la borrachera les hace creer que son invencibles y ponerse en situaciones de grave peligro.

El problema es que, aunque se lo diga, sé que no va a servir de nada.

Porque los y las adolescentes se creen inmortales. Lo malo siempre les pasa a los demás, nunca a ellos. Las personas adultas somos unas exageradas que lo único que queremos es cortarles el rollo y hacerles la vida imposible. Nuestro objetivo en la vida, bien lo saben, es amargarles la existencia y asegurarnos de que no disfrutan de los mejores años de su vida.

Beber es un juego inofensivo para ellos. La resaca es una cicatriz de guerra. Las lagunas en los recuerdos, la señal de que fue una noche épica.

Da igual lo que les digamos, no nos van a escuchar. Buena parte de culpa la tenemos nosotras, ojo, o mejor dicho sus familias. Les decimos que no beban con una cerveza en la mano, no les permitimos beber un chupito en la cena de Nochevieja aunque toda la familia lleva una tajada de espanto, llegamos pedo a casa después de una cena con nuestros amigos…

Pero los adolescentes no pueden beber. Es malo para ellos.

Cómo hablar del alcohol y las drogas en clase

Durante años, mi discurso sobre alcohol y drogas en la adolescencia fue muy similar al que acabas de leer. No tengo hijos, pero cuando pasas un año como tutora en una clase o varios años como especialista con un grupo, les coges tanto cariño que te da la sensación de que los conoces mejor que sus familias.

Quieres protegerlos de cada peligro, que conserven la inocencia y a la vez se hagan mayores, que no crezcan demasiado rápido, que mantengan lo que les hace especiales.

Pero sabes que no es posible.

Sobre todo con los grupos de sexto, a los que ves preparándose para ir al instituto. Van a ser los pequeños, van a estar a merced de gente mayor, sabes que van a corromperlos.

Quieres guardarlos a todos y a todas en una caja fuerte y sacarlos solo a dar una vuelta por la tarde. Bien vigilados. Sin adolescentes cerca.

Ojalá se pudiera.

Por desgracia, sabes que están llegando a una edad donde van a estar a merced de la presión del grupo y van a tener que tomar decisiones muy difíciles. Se van a equivocar, van a meter la pata y es probable que se metan en líos gordos (aunque, si hemos hecho las cosas bien, no deberían). Beber y tontear con drogas es algo tan común como los primeros besos o las primeras pellas, aunque mucho más peligroso. ¿Cómo evitar que no caigan en la tentación?

Yo no tengo muy claro que se pueda. Lo que no significa que no debamos intentarlo.

Lo que escribo a continuación son consejos que creo que funcionan mejor que el “no bebas nunca” que usamos siempre. Quizás esté metiendo la pata hasta el píloro y mi técnica no sea muy recomendable o pedagógica, pero al menos sé que así consigo que los chicos y chicas confíen en mí y me cuenten cosas que de otra forma no confesarían.

Que no es poco.

1. Pónselo muy feo

Una cosa no quita la otra: no edulcores los efectos del alcohol. Puedes mencionarles algún estudio, mostrarles alguna foto de alguien que ha tenido problemas de salud por culpa del abuso de alcohol y drogas en la adolescencia y contarles su historia.

Pero como mejor te los vas a ganar es a través de tu propia experiencia (a no ser que seas una persona abstemia, claro). Puedes hablarles de lo horrible que es tener una resaca, de lo peligroso que es volver a casa andando cuando casi no ves por dónde pisas, de que caerse y hacerse daño no es divertido si eres tú quien se cae.

Todo el mundo tiene una historia de miedo relacionada con el alcohol. Yo recuerdo haberme despertado un día en el sofá de mi casa, sin ser muy consciente de cómo había llegado hasta allí, con un chichón en la sien que a día de hoy aún no sé cómo me hice. Si el golpe llega a ser unos centímetros más hacia dentro, me hubiera matado de la manera más estúpida.

Eso sí: ten por seguro que ellos y ellas también te van a contar historias de gente borracha a su alrededor. Y se van a tronchar de risa contándote los trompazos que se pegó su tía Mari en la cena de Nochebuena, o el abuelo en su cumpleaños.

Para los adolescentes, el peligro no existe.

2. No seas hipócrita

Por suerte para la sociedad en general, en los centros educativos no se permite el consumo de bebidas alcohólicas. Algunos días te dan ganas de salir al bar de al lado y pedir que te pongan un cubata disimulado en un vaso de café para llevar, pero dentro del colegio no se puede tener alcohol.

(Disclaimer: lo que llevo yo en el vaso para llevar con el que alguna vez me habéis podido ver siempre es café con leche. De verdad de la buena. Lo juro. En serio).

Lo digo porque, cuando hablo de hipocresía, me refiero más a las familias que a los docentes. A nosotras no suelen vernos con un cigarro en la mano o con una botella de vino en la mesa, no te digo ya un porro, aunque, si vives en la misma localidad donde das clase, puede que te pillen alguna vez con un medio pedo o una caña en la mano.

Esa voz resacosa de tu padre diciéndote “hija, no bebas, no bebas nunca” no funcionó contigo y tampoco va a funcionar con tus hijas. Como dicen en inglés, es un caso de “haz lo que te digo, no lo que yo hago” como una casa.

En el aula, mentir tampoco sirve de mucho, o al menos a mí no me lo parece. A no ser que de verdad no hayas bebido nunca, cuando dices no haber probado nunca una gota de alcohol y no es verdad, se nota. No te digo ya si te pillan en una cena del instituto o del colegio medio chispa y con un vaso de algo en la mano.

Nunca me ha gustado dar una imagen de superioridad en el aula. Creo que lo mejor que podemos ofrecerles a nuestros alumnos y alumnas es nuestro lado imperfecto, para que vean que no pasa nada por tener defectos e incongruencias.

Tampoco me va el rollo de profe guay que habla de todo lo que se ha metido de joven, como alguno que tuve yo y que era, cómo no, el ídolo de mucha gente.

Lo que no quita para que no podamos dejarles claro que los actos de una persona adulta no pueden equipararse a los de un adolescente, que el alcohol nos afecta de distinta manera, o que no tienen por qué copiar nuestros defectos.

Acuérdate siempre de aquella maravillosa frase: “Cuando seas padre, comerás huevos”. O esta otra: “Si yo me tiro por la ventana, ¿vendríais detrás?”.

No te van a hacer caso, pero oye, por intentarlo que no quede.

3. Control de daños

Acabo de terminar de escribir una novela juvenil. Es la primera vez que escribo sobre jóvenes y para jóvenes y estoy un poco (muy) nerviosa porque no tengo claro si he acertado a la hora de tratar el tema de alcohol y drogas en la adolescencia. En la historia se ve tanto alcohol como porros, aparte de otros temas potentes, y en la última revisión me ha surgido la duda de si no me habré pasado.

Si yo supiera que mis alumnos y alumnas están leyendo lo que he escrito, ¿me preocuparía?

La respuesta ha sido casi inmediata: no. Porque no he descrito ningún tipo de abuso de drogas duras, ni he creado una historia donde el alcohol sea protagonista. Tampoco lo he condenado, es cierto, pero creo que no he alabado su consumo.

Coño, que mi generación creció con Trainspotting, y dudo que alguien cayera en la heroína por culpa de la película.

La que he escrito es una historia realista y el alcohol y algunas drogas son parte de nuestra realidad. Un gran porcentaje de adolescentes bebe, fuma y mezcla tabaco con hachís o marihuana, es así. No todos y no todos los días, pero es la realidad.

¿Me gusta? No, lo odio. No he fumado en mi vida y se me rompe algo dentro cuando veo a algún antiguo alumno con el cigarro en la mano; creo que he dado una sola calada a un porro en mis cuarenta y tres “tacos” y desde hace casi año y medio no pruebo el alcohol.

Pero soy consciente de que yo soy la excepción.

Todo el mundo a mi alrededor consume algún tipo de sustancia. Todos los adolescentes, más tarde o más temprano, van a probar algo que no deberían. ¿Es realista esperar que no lo hagan, que nunca se emborrachen, que nunca den una calada a algo que les haga daño?

No. Ni de coña.

Por eso creo que a veces es más beneficioso un control de daños que la matraca interminable del “no bebas, no te drogues, no te dejes llevar por los demás”. Porque no tienen un concepto de riesgo desarrollado como el que tenemos los adultos. Decirles que a la larga puede hacerles daño cuando creen que a los treinta se es viejo no sirve de nada.

Pero sí sirve aconsejarles que cuiden a quien se ha pasado con la bebida. Que no dejen a nadie solo si no puede volver a casa andando y que no tengan miedo de llamar por teléfono para pedir ayuda, incluso a sus padres. Que no se queden solos cuando beban. Que no dejen que sus amigos y amigas se vayan con gente extraña cuando no son capaces de pronunciar su propio nombre.

Que entre “el puntillo” y el coma etílico hay mucho menos trecho del que creen y ver a alguien inconsciente en un rincón no es ningún chiste. Que no beban nada que no hayan visto ser servido. Que no se fíen de quien les ofrece un trago si no lo conocen de nada.

 

Que el alcohol no te convierte en otra persona, sino que te da el valor de hacer cosas que deseas hacer sobrio pero no te atreves.

Que estar borracho no justifica ningún acto. Ninguno.

Y que, para la mañana siguiente, lo mejor es no tomar nada para aliviar la resaca y así convencerlos de que es mejor dejar de beber que aguantar semejante dolor de cabeza.

Cuarenta y dos años tardé yo en convencerme. A ver si a ellos y ellas les cuesta un poco menos.

¿Has hablado alguna vez de alcohol y drogas en la adolescencia en clase?

¿Cómo lo has enfocado tú?


Te he hablado del libro que acabo de terminar y que espero poder compartir pronto contigo (y con el mundo en general, claro), pero para que vayas abriendo boca tengo otros dos que igual te interesan. Armarios y fulares es una comedia de enredos para un fin de semana lluvioso, y Profe, una pregunta presenta todas las dudas que me han ido surgiendo en más de veinte años de profesión (no hay un capítulo sobre cómo hablar de drogas y alcohol en clase, pero será por dudas. Puedes ver lo que se dijo en la presentación aquí).

Y, si te gusta el blog, puedes suscribirte y recibir contenido extra una vez al mes. Prometo no darte demasiado la chapa y que todo lo que envíe te sea de utilidad.

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La muerte como parte del currículum

7 noviembre, 2018

Que la fiesta de Halloween nos ha invadido es un hecho tan cierto como que el turrón sabe más rico en noviembre que en diciembre o enero (por eso de que todavía no te ha dado tiempo a empacharte de él). La versión americana de la noche de Todos Los Santos se nos ha colado en la sociedad sin darnos cuenta, y cualquiera les dice a los y las peques que no pueden ir a pedir chuches de puerta en puerta.

Bueno, pueden pedir lo que quieran, pero la llevan clara si creen que la gente les va a lanzar algo desde las ventanas. Por lo menos en Vitoria.

Quiero decir, por lo menos yo.

La fiesta de Halloween trata de monstruos, de vampiros y de dar miedo, pero solemos esquivar el verdadero tema que hay tras los disfraces y los caramelos, el tema original que dio comienzo a la fiesta pagana y después a la cristiana: la muerte.

Porque sí, nos disfrazamos de seres que pierden trozos de piel por el camino y aun así nos da más miedo hablar de la muerte sin tapujos que los muertos vivientes de las películas. Sobre todo con los niños y niñas.

Creemos que los vamos a traumatizar o que no van a entender lo que representa perder a un ser querido (no te digo ya a un compañero o compañera de clase), sin darnos cuenta de que el hecho de que nos hagan preguntas sobre el tema es prueba de su curiosidad.

Y cuando hay curiosidad, hay que saciarla. Porque si no la saciamos nosotras, corremos el peligro de “obligarlos” a buscar en otras fuentes. Y entonces sí que tenemos un problema.

La muerte en el currículum

Como luchar contra Halloween es imposible, en nuestro colegio el AMPA propuso darle una vuelta y quitarle parte de la carga consumista que arrastra. Organizaron una visita al cementerio de Santa Isabel de Vitoria (si no habéis ido, ya estáis tardando) que se nos hizo corta porque fue genial. También nos trajeron a Txabi Arnal, un escritor, maestro y profesor de la Universidad del País Vasco que hizo su tesis sobre la literatura y el duelo y nos dio una charla conjunta a familias y profesorado.

¿Sabes esas horas de formación en las que tienes que hacer un esfuerzo por mantener los ojos abiertos y todo el mundo sale del colegio pintando cuando da la hora de marcharse, haya el ponente terminado o no? Pues esta fue todo lo contrario. La poco más de hora y media se nos pasó en un suspiro y a punto estuvo el señor de la limpieza de encerrarnos dentro porque no nos íbamos.

Y es que Txabi, aparte de saber mucho sobre el tema (por algo se doctoró en él), ha sido maestro de Infantil antes que profesor de personas adultas, y se nota. Nos enganchó con su humor, con su forma de contar las cosas, con su “Hola, soy Txabi y me voy a morir” y, sobre todo, con los álbumes ilustrados que nos trajo.

Nos dejó, además, una buena retahíla de consejos para poner en marcha en clase. Porque la muerte, como él dice, es parte del ciclo de la vida y, cuando no la explicamos, el círculo se convierte en una U y no se cierra. Porque, como personas adultas con quien no se trató el tema en la escuela, aún arrastramos una gran carga y un miedo a hablar de la muerte que no deberíamos transmitir a nuestro alumnado ni a nuestros hijos e hijas. Y porque, como decía Mark Twain, en la vida solo hay dos cosas seguras: los impuestos y la muerte.

5 ideas para tratar la muerte en el aula

1. Desarrollar un protocolo en el centro.

Intento imaginarme el título que le daría yo al nuestro y cada uno que se me ocurre me gusta más:

Protocolo de muerte.

Protocolo mortal.

Protocolo de muerte mortal.

Protocolo en caso de homicidio involuntario por causas relacionadas con el trabajo.

(Ruth, recuerda que es para la escuela, no para salvar tu propio pellejo si se te va la mano, ¡céntrate!)

Como muy bien apuntó Txabi, tenemos tendencia a acordarnos de Santa Barbara solo cuando truena. La muerte es una parte integral de nuestra vida diaria y seguro que en alguno de los centros en los que has estado más de un niño y más de dos ha perdido a un ser querido.

Peor todavía: en algún centro puedes haber perdido a algún niño o niña.

Y cuando pasa algo así (sobre todo esta última posibilidad), todo el mundo busca acercarse al tema de la mejor manera que puede y sabe. Por desgracia, no sabemos mucho, porque es un tema que ha sido tabú durante muchos años. También es demasiado importante como para dejarlo en mano de docentes individuales porque como centro deberíamos seguir una línea común.

Txabi Arnal señaló las dos partes que debe tener un protocolo de este tipo: una preventiva y otra paliativa. No hace falta esperar a que pase algo para tratar el tema, igual que no hace falta esperar a que los niños y niñas sean sexualmente activos para explicarles qué es el sexo (o, ejem, al menos no deberíamos). La muerte debe tener un espacio en nuestra clase y no debe ser un tema que evitemos como si estuviéramos hablando de algo feo o malo: a todos y a todas nos va a llegar el momento tarde o temprano.

Esperemos que sea más tarde que pronto, porque tengo muchas cosas que hacer todavía, pero que va a llegar es seguro.

Tampoco es cuestión de convertir nuestra clase en un velatorio e ir con caras largas todo el santo día. De lo que se trata es de no esquivar el tema cuando un niño o una niña nos haga una pregunta. ¿Cuántas veces te han preguntado a dónde va la gente cuando se muere? ¿Cuántas veces has cambiado de tema? Yo menos en los últimos años, pero es cierto que antes tenía tendencia a esquivarlo. Quizás sea porque ahora sé lo que es la pérdida y puedo compartir lo que sentí (y aún siento).

Porque ahí está el truco: los niños y niñas aprenden cuando pueden basar el nuevo concepto en una experiencia previa, aunque sea literaria, aunque sea una conversación. Si ven que el compañero está triste porque una mascota querida ha muerto y se habla de su pérdida en clase, o si leen un cuento en el que un personaje pierde a un ser querido, van a entender que lo que sienten, cuando les llegue el momento de perder a alguien, es normal.

Después llega la parte paliativa, esa que a nadie le hace gracia y ojalá no hiciera falta. Qué hacer cuando un niño o una niña pierde a un ser querido. Peor todavía es cuando la escuela pierde a un niño o a una niña. Y esto me lleva al segundo punto.

2. Cuidado con los homenajes

El objetivo del duelo es volver a la normalidad lo antes posible. Los niños y las niñas son resilientes, se recuperan de los batacazos que les da la vida con una rapidez que ya la quisiéramos nosotras. Txabi mencionó que, si una peque está todavía triste por la muerte de un ser querido un mes después del suceso, deberíamos buscar ayuda externa porque algo no se ha cerrado bien.

Nos dijo aún más: “Un niño debería ser capaz de salir del funeral de su abuelo y ponerse a jugar con sus amigos”.

Las personas adultas somos distintas, no cabe duda, y necesitamos nuestros rituales de despedida. Esos rituales son necesarios y es muy recomendable que los niños y niñas formen parte de ellos, ya sea yendo al funeral de la abuelita o despidiendo a su compañera de clase.

Hay que despedirse. Hace falta, es necesario.

Pero sin pasarse. Sin alargar el drama, sin forzar, sin hacer que toda la vida del colegio gire en torno a la muerte de la pequeña.

Te voy a contar real algo que viví en una escuela. Si no te hace gracia leer sobre la muerte de niños pequeños, ve directa al punto tres, para qué llevarte el mal rato.

Hace unos años, en el colegio en el que trabajaba murió una pequeña de cinco años en un atropello estúpido (dando marcha atrás al salir de un aparcamiento, el conductor no la vio y se la llevó por delante). Yo estaba esos días liberada haciendo un curso y me enteré por el periódico de que en el pueblo donde trabajaba había muerto una pequeña.

La noticia no decía su nombre pero, cuando vi su nacionalidad, supe que era alumna mía porque en la otra única escuela del pueblo (concertada) no había inmigrantes. Algo dentro de mí, no sé por qué, me indicó también qué niña era (siempre he dicho que soy un poco bruja). Llamé al colegio y supe que había acertado: era la alumna en la que yo había pensado, a quien había dado inglés todo el año anterior y cuya risa aún recuerdo, porque jamás he conocido una niña más alegre que aquella.

Me dijeron que iban a hacer un pequeño homenaje y yo, por supuesto, fui a despedirme. La escuela era un guirigay y la mayor preocupación del equipo directivo parecía ser demostrar a la comunidad de la familia de la niña que la apreciábamos mucho. (Disclaimer: no culpo a la dirección. Yo tampoco hubiera sabido como actuar). Todo el colegio salió al patio, familia incluida; se soltaron globos en su honor y alguien leyó una poesía. Fue un detalle, un momento, y luego todo el mundo volvió a clase.

Hasta ahí todo bien.

Pero no.

Porque el ochenta por ciento de la escuela no sabía quién era la niña, profesoras incluidas. Acababa de empezar primero y nadie era capaz de ponerle cara. Pasaban por delante de la foto que pusieron en el pasillo y algunos murmuraban “ah, sí, creo que me suena”.

No sé si se trabajó algo en clase. No sé si se hizo algo. Yo volví en enero (esto fue en noviembre) y nadie se acordaba ya de ella, o al menos no la mencionaban.

Volvieron a la normalidad. ¿Sirvió de algo el homenaje? No lo sé. Para los niños y niñas, quizás. A mí, desde luego, me dejó más hecha polvo que antes de decir adiós.

Pero claro, yo hace ya tiempo que dejé de ser niña.

3. Cuidado con los eufemismos: la gente muere, no se va

¿Cuántas veces les hemos dicho eso a los peques? Con las mascotas, “se ha escapado”, “ha volado” o “lo hemos llevado al pueblo” han sido eufemismos para “se ha muerto” toda la vida.

(Un momento. Me acabo de acordar de un pollito que tuvimos que se fue al pueblo de mi tío. Un tío con el que casi no tenía relación. Que no tenía pueblo. Ni coche. Ni sabía nada de ningún pollito cuando le pregunt— SERÁN CABRONES).

A veces hacemos lo mismo con las personas. “El abuelito se ha ido de viaje”, le dice el padre, aguantando las lágrimas, a la hija. “Está en el Caribe, con la abuela, que se fue antes, ¿te acuerdas?”. La niña no se acuerda, pero empieza a pensar que el Caribe es un sitio horrible y no entiende por qué en las películas lo mencionan como un destino deseable.

Diles la verdad. Diles que se ha muerto, no que está dormido. Diles que no va a volver, pero que ya no sufre, que no le duele nada y que es normal estar triste. Deja que se despidan en el tanatorio si lo piden, no hagas eso de “son muy pequeños para ver muertos”. Contesta a sus preguntas de manera sincera.

Pero no les digas que están dormidos. No me imagino las pesadillas que van a tener creyendo que el abuelito está dormido y lo han metido en una caja para el resto de su vida.

4. Dale tiempo

Si alguna vez pasas por el trance de perder a alguien de tu clase, date tiempo y dale tiempo a la clase. Deja que se expresen, que lloren, que hagan preguntas. Muestra tú también lo que sientes. Ni se te ocurra vaciar el casillero de la niña con nocturnidad y alevosía, cuando no estén los críos delante: hazlo delante de la clase y aprovecha para recordar su vida. No tiene que ser el mismo día que recibas la noticia, ni a la semana siguiente. Igual la clase no quiere que quites sus cosas, déjalas hasta fin de curso y recógelas cuando el resto se las lleve también.

El objetivo es volver a la normalidad y hablar de esa niña con normalidad forma parte de ello. Celebra el día de su cumpleaños, recordad cómo era, sin regodearos en su recuerdo y en el dolor, sino felices porque la conocisteis y fuisteis parte de su vida.

Así lo viven los niños y las niñas. Aunque a veces se acuerden y estén tristes, al instante siguiente se están riendo. Es una parte más de sus vivencias. Un aprendizaje más. Todo suma.

5. Observa y pide ayuda

No todos los peques van a llevar la muerte de un ser querido igual y no es algo que debamos pretender. Lo que necesitamos es estar atentas para detectar las pequeñas señales de auxilio. Ese niño que siempre ha sido el graciosete (adorable) de la clase y de repente se pone la capucha porque quiere desaparecer en sí mismo, esa niña que siempre ha sido muy dulce y sin venir a cuento empieza a meterse en problemas, esa niña que se echa a llorar de repente y no puede poner en palabras por qué está así: son señales de alarma y debemos estar atentas. La depresión en la adolescencia no es un cuento ni parte de la edad, es algo serio que puede hacer mucho daño.

El objetivo no es solucionarlo (no somos psicólogas), sino pedir ayuda. Llamar a la familia, contarles lo que hemos visto. Y dejarles saber a los peques que sabemos por lo que están pasando.

La muerte es parte de la vida y como tal debemos tratarla en clase. Sin dramas, sin angustias, sin eufemismos. Aquí te dejo una pequeña lista de libros que puedes usar con tu clase (sobre todo con los más pequeños), no tanto para tratar el tema explícitamente sino para hablar de él como hablamos de un millón de cosas más.

Porque la muerte está ahí, está presente, pero no hay por qué temerla si la entendemos (medianamente, al menos).

Te dejo leyendo. Te dejo, pero no me voy. O sea, me voy, pero no al Caribe. Ojalá me fuera al Caribe, pero al de verdad. Vamos, que pretendo estar aquí la semana que viene, toco madera, espero no haberla gafado, coño qué mal fario, para qué habré dicho nada.

Que hasta el miércoles que viene, vaya.


Si la lectura de hoy te ha deprimido un poco (espero que no, pero lo entendería), sabes que siempre puedes echar mano de Armarios y fulares y quitarte el mal sabor de boca. Y si lo que quieres es algo con lo que reírte también, aunque en otro tono, puedes ver lo que Manolo dice de Profe, una pregunta y/o comprarlo aquí directamente si te gusta lo que lees.

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Blog Opinión

Exámenes: ¿tan malos como los pintan?

31 octubre, 2018

Si hay un elemento de la clase tradicional que se lleve mala fama son los exámenes (seguidos muy de cerca por los libros de texto).

No hay más que darse una vuelta por cualquier red social (o cualquier plaza un sábado por la tarde, o por la cafetería cuqui que han abierto debajo de mi casa que siempre está llena de prepúberes) y oír a los y las adolescentes echando pestes sobre las dichosas pruebas, lo mucho que tienen que estudiar y el puñetero calendario escolar que obliga a ponerlos todos juntos, algunos incluso el mismo día.

Bueno, los adolescentes no culpan al calendario escolar, sino al profesor que no ha querido cambiarles el examen. Nadie se acuerda de que luego los tiene que corregir y le hace la misma gracia que a su alumnado.

Sé que hay mucha gente contraria a los exámenes. Muchas personas de dentro y fuera del aula dicen que no sirven de nada, que solo ayudan a memorizar y que lo que se estudia para un examen se olvida a los dos días. No voy a negar que tengan parte de razón, porque es innegable que todos y todas hemos sufrido ese tipo de pruebas, pero me temo que ahí la culpa no es tanto de los exámenes como de quien los crea.

Sí, como bien sospechabas tras haber leído algunas de mis entradas poco populares (que al final no lo son tanto, visto lo visto lo que me comenta la gente), he venido a decirte que estoy a favor de los algunos exámenes.

Porque los exámenes, por sí mismos, tienen valor. Tanto que hay varios objetivos (y más de una competencia) que no se cumplirían si no fuera por ellos.

Espera, que me explico.

La importancia de un examen bien diseñado

Si te has pasado alguna otra vez por este blog, sabes que me gusta escribir. También sabrás que soy directora y que ese cargo implica que más de una vez tengo que llevarme trabajo a casa porque el plan anual no se va a hacer solo.

Cuando llega el fin de semana, tengo que elegir entre hacer una de las dos cosas: escribir por placer (y para publicarlo luego, que es lo divertido) o dedicarle un tiempo al trabajo del cole. Mi cabeza, el corazón, la tripa, los dedos y hasta los gatos me dicen que me ponga a escribir por placer, que es lo guay, lo que más me gusta, lo que quiero estar haciendo cuando los zombies ataquen la ciudad y nos coman los sesos.

Pero una parte muy pequeña de mí que aún no tengo localizada físicamente (porque si no ya la habría extirpado, qué quieres que te diga) me recuerda que la  documentación del cole tiene fecha de entrega, que va a venir la inspectora cualquier día de estos a pedirla y más me vale tenerla preparada y medianamente decente.

La hijaputa de la voz esa que sale de vaya usted a saber dónde gana la mayoría de las veces, oigan. Qué incordio.

Claro que, como yo soy adulta, consigo organizar mi tiempo de forma que quepa todo. Me quito primero el trabajo para luego disfrutar de lo que más me gusta, que incluye escribir, salir a dar una vuelta, irme por ahí de fin de semana o tirarme a leer toda una tarde.

(Nótese que no he dicho “limpiar la casa”, “ordenar armarios” o “poner lavadoras” en ningún momento. Ejem).

Aun así, me cuesta, me cuesta horrores. Si no hubiera una fecha tope, no entregaría la programación del año, el plan de centro o la memoria del curso pasado hasta dos días antes de mi jubilación. Porque a mí lo que me gusta es hacer… bueno, lo que me gusta, como a toda hija de vecina.

¿Recuerdas lo que era ser adolescente? ¿Recuerdas lo que era ser niña y querer pasarte el día jugando? Y no me vengas con eso de que tú eras muy responsable y te pasabas el día estudiando sin que nadie te dijera nada, que no cuela.

Porque lo normal es no hacer las cosas a las que estamos obligadas hasta que la fecha límite te raspa el cogote. Y si no tienes fecha límite… muchas veces no las haces.

Como ponerte a estudiar, por ejemplo.

Exámenes y sus diseños

Eso no quita para que esté de acuerdo en que algunos exámenes no sirven para absolutamente nada.

No sé cuántas veces me habrán puesto un mapa mudo de la península para que colocara las provincias, los ríos o las cadenas montañosas, y hoy es el día que todavía no sé colocar más que el Tajo en el mapa (bueno, y el Ebro porque pasa cerquita). Cuando volví de Estados Unidos me di cuenta de que era capaz de identificar la mayor parte de los estados de aquel país, más o menos, pero no era capaz de encontrar Albacete (lo siento, oriundos de Albacete).

(Antes de que venga algún cuñado a decirme que eso es por la educación que se daba en las ikastolas, también os diré que no soy capaz de nombrar las provincias vasco-francesas y esas me las repitieron incluso más que las cordilleras. Coño, que pasaba de los veinte cuando me enteré de que el Gorbea estaba a medias entre Bizkaia y Araba, ¿dónde estaba yo cuando tocaba geografía? ¿Me abdujeron los alienígenas? ¿Tan bueno estaba el compi de clase que me gustaba?)

(Respuesta a esta última: SÍ).

Cuando un examen solo te pide regurgitar lo que has aprendido en clase, todo ese contenido que has estudiado se va a olvidar con facilidad, sobre todo si no te interesa. Pero si el diseño del examen te pide que demuestres no solo que has estudiado sino que has entendido, estudiar para esa fecha va a conseguir que, oh sorpresa, aprendas.

Es lo que ocurre cuando te dan una tabla de población y la tienes que interpretar. O cuando en un examen de literatura te piden comparar dos textos de autores que has estudiado (gracias, UNED, por este tipo de pruebas) e incluso aceptan que des tu opinión si está contrastada por todo lo que has trabajado durante el curso.

¿Por qué tiene que ser un examen escrito, en lugar de una presentación oral? ¿Por qué no un trabajo que luego hay que exponer? Siempre que haya una fecha de entrega, vale igual. Pero necesitamos una fecha de entrega. Y necesitamos una espada de Damocles, una inspectora que venga a pedirte cuentas, una profesora que no acepte cualquier cosa en un trabajo.

Necesitamos unos criterios de evaluación claros que debemos darles a los niños y niñas el primer día de nuestra asignatura. Necesitamos exigirles para que nos den todo lo que pueden dar.

Sí, lo has leído bien: exigirles. No pedirles ni esperar que te lo den por las buenas.

Exigir y presionar son cosas distintas

Ya sé que estamos en la era del buenismo, del “los niños vienen al cole a ser felices”, del “es que se esfuerza tanto…”, pero con esa filosofía estamos creando una generación de personas muy dependientes y, sobre todo, les estamos haciendo creer que merecen algo solo por el mero hecho de intentarlo.

No. Lo siento, no todo vale.

Hablamos de la competencia de aprender a aprender, pero se lo damos todo masticado y no les ponemos exámenes porque no tienen tiempo para estudiar o, peor (ay), “no queremos presionarlos”.

No sé tú, pero yo nunca me sentí presionada por un examen. Era mi deber, mi tarea, mi trabajo. Era lo que tocaba.

También es verdad que yo crecí en una casa donde un suspenso no era una tragedia, sino un toque de atención. Nunca se me castigó si suspendía y se me había visto estudiar y esforzarme (siempre lo hacía, fui una empollona).

Pero tampoco se me justificó ni se me permitió fallar dos veces en la misma piedra. Si se me daban mal las matemáticas, se me buscaba ayuda, pero yo tenía que poner de mi parte. Si había que ir a hablar con una profesora con la que había tenido un problema, se iba, pero más me valía haber dicho toda la verdad sobre lo que había pasado en clase porque si no en casa la íbamos a tener.

Los exámenes, como les digo yo siempre a los niños y niñas, son las marcas del camino que nos dicen si vamos bien o mal. Si yo, como profesora, veo que toda la clase falla en el mismo aspecto, sé que algo estoy haciendo mal. Si un niño o niña falla en algo concreto, sé que tengo que ayudarles en eso.

Si no evalúo, no hago exámenes, no pongo notas… no tengo ni puñetera idea a dónde voy ni dónde estoy. Ni como profesora, ni como alumna. Y eso valdrá para que vengan felices al cole, pero desde luego no para crear la ciudadanía que necesito para que me pague la pensión de jubilación.

Por eso estoy a favor de los exámenes, pero también de exámenes de calidad. Y, aun a riesgo de sonar incongruente con lo que acabo de decir, también estoy a favor de quitarle peso a los exámenes. Suspender no es el fin del mundo, repetir curso tampoco.

Es más, querido alumno o alumna: que tengas una carrera universitaria no te va a hacer mejor persona ni te va a asegurar una vida fácil. Pero mi trabajo es hacerte aprender, y para ello una de mis herramientas son los exámenes. Piensa que, por cada uno que tú haces, yo tengo que corregir cientos. Me gustan tan poco como a ti, pero son tan necesarios como madrugar.

Y, desde luego, mucho más necesarios que las programaciones que te va a tocar hacer cuando crezcas si cometes la locura de dedicarte a esto, my darling.

¿Qué tipo de exámenes has tenido que sufrir en tus carnes?

¿Qué pruebas son las que más odias? ¿Y las que más te gustan?

Blog Reseñas

Profesor invitado y autobombo. Presentación de Profe, una pregunta

24 octubre, 2018

Me vas a permitir que haga algo que nunca he hecho en este blog: traer a un profesor invitado. No lo hago porque haya sido una semana muy dura (que sí, lo ha sido, pero cuál no lo es), porque no haya tenido tiempo para escribir la entrada de esta semana o porque no me apetezca contar nada nuevo, ojo. Escribir en el blog se ha convertido en una de mis cosas favoritas y antes dejo de ir a trabajar que faltar a la cita de los miércoles.

Bueno, tampoco nos pasemos. Pero que lo hago a gusto, vaya.

La razón de tener hoy un profesor invitado es doble: por un lado, para dar voz a más gente con la que comparto ideas, y por otro hacer un poco de autobombo. Porque el texto que voy a compartir aquí hoy es el que Manolo Martínez, maestro, sindicalista y compañero de lecturas los últimos jueves de cada mes (cuando se reúne nuestro club de lectura en euskera) leyó el jueves pasado en la presentación de Profe, una pregunta en la librería Elkar de Vitoria.

El objetivo no es que vayas corriendo a la librería a comprar el libro (aunque, qué demonios, si lo haces mejor que mejor), sino que leas la experiencia de otro maestro que ha pasado toda una vida en el aula y cuenta cómo era la educación cuando él empezó y cómo es ahora. Manolo ha tenido el detalle de pasarme el texto y ahora, olvidados ya los nervios de la presentación, toca disfrutar con las palabras que el jueves oí pero no asimilé.

Así que, sin más, te dejo con el profesor invitado y por una vez me callo yo. 

Mila esker, Manolo! Eta Irati Iciar, argazkiagatik.

PRESENTACIÓN DE PROFE, UNA PREGUNTA

El lector y la lectora son docentes, se acercan a su librería habitual y lo ven: “PROFE, UNA PREGUNTA”. Así que… un libro sobre enseñanza… “La docencia vista desde dentro”, anuncia su portada… y como las dos trabajan en la enseñanza se miran y recelan… “Pero como lo ha escrito nuestra amiga Ruth – dicen -, pues… venga, vamos a ojearlo un poco”:

“Ser profesora es lo único que he querido hacer desde que era muy pequeña. Mis muñecas aprendieron a multiplicar al mismo tiempo que yo”. Joder, zer polita! Sigamos ojeando: “Se nos prepara para dar clase, pero no para la ingente cantidad de situaciones que nos encontramos a diario”. Mmmm.  Ez dago gaizki… “Yo también tuve todas las respuestas un día. (…) “Tras más de veinte años en el aula, miro hacia atrás y me pregunto dónde dejé todas esas respuestas”. Bueno, esto suena a cercano, a alguien como yo, tutora de primaria que se pregunta y quiere reflexionar sobre su práctica diaria. Vamos a leerlo.

………………………..

Ya se sabe que de enseñanza puede opinar todo el mundo, lo cual es normal ya que todo el mundo ha sido parte del sistema educativo, pero sobre ella se puede hablar de muchas maneras. Todos y todas las que hemos trabajado en esto estamos acostumbradas a que el discurso sobre la enseñanza sea, tanto desde los medios de comunicación como en las declaraciones políticas, solemne: la educación es el futuro de un país, el niño es el centro de la actividad docente (nunca se sabe a cuál de los 25 que hay en clase se refieren ni qué edad tiene ese niño o niña), el sistema educativo debe enfrentar los retos actuales, la formación del profesorado es vital, su sistema de elección también (en la pública, porque en la privada se escoge como se quiere), la adaptación a las nuevas tecnologías es estratégica… este es el discurso correcto.

Y la sensación que tenemos siempre es que nos hablan de fuera, que no han estado en clase, que no han visto un comedor escolar, que no han ido a un barnetegi [campamento]. Por eso leer el libro de Ruth es, aparte de divertido, real, real como la enseñanza misma. Sí, este libro habla sobre enseñanza, enseñanza primaria, y habla a pie de obra, con 25 criaturas con las que convivimos durante dos o tres años, escrito desde dentro de clase. Las situaciones que Ruth describe, que son muchas, son tan cercanas que te hacen sentirte protagonista de ellas, reflejada: “-¡Aiba!”, dices, “eso también me ha pasado a mí,  soy yo con mis miserias y mis glorias”, y así, si al leerlas nos reímos, nos estamos riendo de nosotras, y cuando vemos los apuros  de la protagonista, estamos viendo nuestros propios apuros.

Dice Gil de Biedma en una de sus poesías: “que la vida iba en serio, uno lo empieza a comprender más tarde, como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la vida por delante”. Y los y las que estamos en la docencia podríamos decir: “que la enseñanza iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde, como todos los jóvenes, yo vine a llevarme la enseñanza por delante”.

Y es bonito que Ruth nos recuerde que esa es la actitud que todos nosotros y nosotras tuvimos antes de empezar a trabajar y que además esa es la actitud que se debe de tener ante la puerta de la escuela. Nos íbamos a llevar la vida, o sea la enseñanza, por delante e íbamos a cambiar el mundo, por supuesto. Hasta que vimos que era la enseñanza la que cambiaba nuestras vidas.

Porque la enseñanza ha cambiado mucho: ¿Alguien puede imaginar una escuela sin programaciones, Plan de centro, Memoria… sin Consejo Escolar, Aplicaciones informáticas, DAE… sin especialistas de gimnasia, música o inglés? ¿Sin Preescolar? Pues así era la enseñanza cuando empezamos a trabajar. Así que ha cambiado y mejorado mucho, mucho y eso se ha debido, (abro paréntesis), sobre todo a la introducción del euskera, de la enseñanza en euskera en nuestro sistema educativo. Con el euskera entró la innovación, los txokos, los proyectos, las fiestas de Olentzero, Santa Ageda, Carnaval, las salidas a barnetegis … En dos palabras: la renovación pedagógica de una escuela tradicional (cierro paréntesis).

Y dentro de ese cambio que hemos visto en la enseñanza, hay que hablar de la increíble carga que nos están echando encima, ¡sin parar!  La cosa es muy sencilla: tenemos que solucionar todos los problemas no solucionados en la sociedad para que la escuela los solucione, la escuela tiene que arreglar todos los desarreglos sociales. ¿Demasiados accidentes de tráfico? Educación vial. ¿Trastornos de alimentación y obesidad infantil? Educación alimentaria. ¿Violencia política? Víctimas a las aulas. ¿Problemas de residuos? A enseñar reciclaje… Además de todos los valores clásicos de respeto, igualdad, solidaridad, cooperación, medio ambiente, limpieza… Y de todos los contenidos.

Y eso sin hablar de los cambios legales y de metodología que se han dado en los últimos años y que todos, sin excepción, iban  a revolucionar definitivamente la enseñanza en un pis-pas.

El libro de Ruth nos dice que hay que bajar a la realidad. El papel de la escuela se ha reducido, su espacio social es menor que antes, ha perdido importancia, los estímulos exteriores y ajenos se han multiplicado, internet es inabarcable… El fútbol, por ejemplo, con su enorme presencia, y con su mensaje de competitividad (ganar es lo que importa, morir por los colores, cifras millonarias…), o sea, esa nueva religión, juega diariamente en contra de todos los valores que quisiéramos transmitir en clase: el valor del trabajo, el reconocimiento a lo bien hecho aunque se pierda, la solidaridad con los y las desfavorecidas, la igualdad de género… No es fácil dar clase al día siguiente de la final de la UEFA del Alavés o cuando el Baskonia ha ganado la copa de Europa e intentas explicar en clase que, bien, pero que eso no nos da de comer.

La escuela hace lo que debe de hacer, que es muchísimo, pero hay que dejarla más tranquila, no se puede estar cuestionando todos sus objetivos y metodología cada cierto tiempo.

También ha cambiado mucho la percepción social o la consideración que se tiene del profesorado. Ese primer año que estuve en Llodio como específico de euskera me encontré un día en la calle con un padre de la escuela, el padre de Isidorito y Rosita, 9 y 7 años. Me para, él con los dos críos y me dice: “Hombre, don Maixu, ¿qué tal, bien? Usted ya sabe, ¿eh? A éste (y señaló a su hijo Isidorito de 9 años) péguemelo bien, ¿eh?, péguemelo bien para que aprenda. A esta, no (señalando a Rosita, de 7 años), que es tonta”.  Al cabo de unos años, mi amigo Josean me contó que en el instituto de Laguardia donde daba clases, un día se dirigió a un alumno, hijo de un bodeguero de la zona, y le instó a estudiar, a esforzarse para que en el futuro… Y ese alumno, el hijo de un bodeguero y productor de vino de la Rioja le respondió: “¿Estudiar para qué? ¿Para acabar como tú?”.

Sí, ha cambiado y mucho el prestigio que alguna vez tuvo el profesorado.

Una cosa que se olvida a menudo: como el discurso que funciona sobre el profesorado es el cursi, el hippie, el del profesorado abnegado y amoroso, se evita citar que somos trabajadores, que estamos afiliadas a un sindicato y que hacemos huelga contra los recortes y para reivindicar mejores condiciones laborales, y que tenemos claro que si trabajamos a gusto, la escuela, la enseñanza, funciona mejor. Lan baldintzak hobetu, eskola publikoa indartu, decimos [Mejorar las condiciones laborales, fortalecer la escuela pública]. Y el gobierno suele responder repitiendo otra vez lo de las vacaciones, diciendo que utilizamos a las familias… desprestigiándonos, en definitiva, desprestigiando nuestro trabajo ante el resto de los y las trabajadoras (que son los padres y madres de nuestro alumnado), sin darse cuenta de que eso que quiere desprestigiar a corto plazo es desprestigiar al sistema educativo en su conjunto y, a medio plazo, siempre se vuelve en contra de la propia sociedad.

Bueno, acabo ya con la parte sindical y vuelvo a la literaria.

El mérito de Ruth es que se sitúa al margen de los discursos clásicos sobre la enseñanza: el fácil, el de ascensor, el de cómo viven los y las maestras; el romántico, el del profesorado angelical y entregado a un niño o a una niña increíblemente motivados y deseosos de aprender que no es lo más generalizado; y el solemne e institucional que nos achaca todas las soluciones a los problemas sociales que, evidentemente, no podemos dar. O sea, desmonta las generalidades de peluquería y habla desde el sudor.

El libro de Ruth es un libro honrado, plantea casi todas las preguntas posibles de una docente y también deja caer bastantes respuestas pero sin decirlo, sin dar recetas; reconoce los límites del proceso educativo y, sobre todo, nos ayuda a hacer una cosa que todas deberíamos hacer, una reflexión sobre nuestra actividad docente, de forma honesta, sincera, con olor a tiza, que nos viene a todos y a todas muy bien para darle una vuelta a nuestro trabajo diario. ¿Cómo enseñar? ¿Cómo se aprende? ¿Cómo evaluar? ¿Las nuevas tecnologías? ¿Lo estaré haciendo bien? Este es uno de los méritos del libro, Ruth nos cuenta lo que somos con una sinceridad divertida.

Un ejemplo: “Profe, una pregunta, ¿qué se necesita para ser una buena profe?” Ruth no duda: paciencia, pasión, reflexión y humor.

Así que Ruth hace un repasillo: “¿Voy bien, puedo mejorar?” Y las conclusiones, que no hay, nos hacen pensar y nos dan esperanza, ánimo y orgullo. Son páginas catárticas, que te interrogan y te divierten, que son verdad y que se cuentan con humor. ¿Qué más se puede pedir a un libro que habla sobre nuestra, iba a decir, heroica condición?

Vamos, que merece la pena leerlo; perdón, la pena no, que merece la alegría leerlo.

Manolo MARTÍNEZ

Vitoria-Gasteiz, 2018-10-18. ELKAR liburudenda


Así da gusto, no me digas.

Si quieres saber más sobre Profe, una pregunta, puedes echarle un ojo a la reseña que escribí en el blog hace unas semanas. Y si te interesa leer algo de ficción y bastante más light, aunque también ligado a la educación (de aquella manera), siempre te queda Armarios y fulares, que no tiene precio como lectura de sábado lluvioso.

Blog Reseñas

Leer de todo, café y educación

17 octubre, 2018

Qué importante es leer de todo.

No entiendo muy bien a la gente que dice que solo lee un género concreto. Les preguntas si han leído a, yo qué sé, Steinbeck, y te contestan que no leen realismo, que solo leen fantasía weird, ciencia ficción futurista o romántica gore en castillos góticos de la edad media.

O viceversa, que me parece incluso peor: esa gente que arruga la nariz si les preguntas si han leído a alguien que no sea, mínimo, un premio Nobel. “Yo solo leo cosas serias”, te dicen, con la cara de un gurmet de la Guía Michelín cuando le plantas un pintxo de tortilla de patata delante.

Pues no sabéis lo que os estáis perdiendo, majos. Tanto uno como otro.

A mí me encanta leer de todo (y comer de todo también, no te voy a engañar). En mi casa me esperan varias decenas de libros sin leer que me he ido comprando a lo largo de los últimos meses llevada solo por impulsos. Sé que, dependiendo de la temporada que esté pasando, me va a apetecer más uno que otro, y lo mismo me da por devorar un tocho de Jonathan Franzen en inglés que leerme un libro de cuentos de Garazi Arrula Ruiz en euskera que hincarle el diente al maravilloso Estilo rico, estilo pobre en castellano.

Así estoy, que no sé muy bien en qué idioma pienso ni en qué longitud lo hago.

No hay cosa que más me guste que entrar en una librería sin ningún libro en mente, solo para ver qué hay o qué me apetece, y llevarme tres o cuatro libros que desconocía hasta dos minutos antes, que nunca han estado en mi lista o que he recordado al encontrarlo. Una vez la cajera se quedó mirando mi compra, me preguntó si alguno era para regalo y, al decirle que no, me preguntó de dónde sacaba el tiempo para leer. “Los libros no caducan, ¿eh?”, le dije. Ella rio. “Sí, tienes razón”.

(No, no le dije eso. Le dije algo así como que no había prisa. Lo de caducar lo pensé después, pero me pareció tan bueno que tenía que escribirlo. Parece mentira que escriba ficción, si no sé ni mentir).

 

Liderazgo, café y libros

Uno de esos libros que han caído por casualidad en un “entroysalgo” de una librería ha sido No es por el café, de Howard Behar, que debió de ser uno de los fundadores de Starbucks hasta que decidió retirarse y dar seminarios sobre liderazgo.

Me llamó la atención porque había varios ejemplares repartidos por la tienda (muy pequeñita, ¡ni siquiera tenían el mío!) y pensé que era una novedad; luego, en casa, vi que el libro era de 2008 y me di cuenta de que la dueña de la librería, con toda probabilidad, estaba intentando librarse del stock de libros que tenía por ahí guardados.

Conmigo coló. Tiene el logo de Starbucks en la portada y estaba de frente en la estantería. CÓMO NO VA A COLAR.

Starbucks y la educación

¿Qué tiene que ver una de las empresas con mayor presencia en el mundo con… una cafetería? Espera, que voy.

En No es por el café, Behar escribe sobre cómo ser un buen líder y conseguir, por un lado, que tus empleados estén a gusto trabajando y, por otro, que la gente de fuera valore tu empresa. Uno de los primeros pasos que tienes que dar, según él, es tener muy claro quién eres tú y qué valores quieres transmitir; eso significa que, a veces, vas a tener que hacer cosas que no son fáciles para mantener tus ideales, y que vas a tener que decir que no a cosas que podrían beneficiarte tanto económica como socialmente porque no son acordes con lo que tú piensas.

Esto, que parece tan de perogrullo, es algo que no es tan fácil llevar a cabo como aparenta. Llevado al terreno de lo personal, es fácil encontrar algo en tu propia vida donde arrugues el gesto y pienses “hm, es verdad, ahí me vendí un poco; aunque solo fue una vez y eso me facilitó llegar a donde estoy ahora”.

Como la vez que no protestaste ante unas condiciones de trabajo injustas por miedo a perderlo.

Como la vez que no defendiste a una persona que necesitaba ayuda por miedo a tu integridad, ya fuera moral, laboral o física.

Como todas las veces que compras algo de esa marca que sabes que machaca el medio ambiente, trata fatal a sus empleados y roba más que el PIB de algunos países de los que saca la materia prima. Sí, Nestlé, te estoy mirando a ti.

(Todos estos ejemplos se refieren a mí. El “tú” al que me dirijo es solo una figura retórica; no soy yo quién para juzgar a nadie, tú sabrás qué haces que no vaya con tus valores. Igual eres mejor persona que yo y has conseguido encajar toda tu vida en tu esquema vital).

Llevado a la educación, el ser coherente con unos valores concretos es, a veces, aún más difícil. Llevarle la contraria a una familia que te exige algo para su hijo o hija que tú crees injusto o poco ético es muy difícil, y sé que no seré la única que admita que alguna vez lo ha hecho para conseguir que se callaran.

Más de una vez hemos perdido los nervios en el aula y dicho o hecho algo que no va con nuestra filosofía de la educación.

Alguna vez hemos soltado un “que le den” y hemos optado por la opción sencilla en lugar de por la correcta.

Por eso, los diez principios que Behar menciona en su libro me han parecido muy útiles para llevar al aula también. Al fin y al cabo, como docentes que somos, nuestro papel también es uno de liderazgo y no viene mal coger ideas de donde sea.

Nosotras no nos vamos a forrar como se han forrado los de Starbucks, pero oye, quizás alguna de nuestras alumnas llegue a ser multimillonaria algún día y se acuerde de esa profe tan maja que tanto me dio y a quien quiero regalar una mansioncita con vistas al mar.

Eh, qué pasa. A ver si ahora no se va a poder soñar.

 

10 principios para saber quién eres y actuar en consecuencia

 

Disclaimer: nadie dijo que esto fuera fácil. Estos son los principios que Behar utiliza para dividir su libro y luego elaborar con un capítulo para cada uno. Yo os copio el título y lo adapto a la versión educativa y por qué me ha parecido que es buena idea. A ti puede que te parezca una barbaridad. Déjame tu opinión en los comentarios si es así. 

 

  1. Sepa quién es usted: asuma una posición.

A lo largo del libro, Behar habla de que no es buena idea fingir ser quien no se es porque creamos que es la cara que los demás quieren ver. Si eres una payasa dando clase, no disimules y te pongas seria porque no vas a ser tú; si eres seria, no intentes hacer el tonto porque vas a dar pena. Sé tú misma, que si eres sincera se nota y se aprecia mucho más.

  1. Sepa por qué está aquí: hágalo porque es lo correcto, no porque es apropiado para su currículum.

O sea: por tu bien espero que no estés haciendo esto por las vacaciones. O por el sueldo. O porque, como me contó una antigua compañera (ya jubilada, menos mal), su mejor amiga se apuntó a magisterio y ella la acompañó, “aunque yo nunca quise ser maestra”. Más de cuarenta años haciendo algo que no le gustaba. SOCORRO.

  1. Piense con independencia: la persona que barre debería elegir la escoba.

O dicho de otra manera: si eres tú quien está dando clase, deberías ser tú quien elija la metodología, las herramientas que van mejor con tus alumnos y hasta la marca de la pizarra digital, si me apuras. Sí es verdad que tiene sentido utilizar una metodología que vaya acorde con la filosofía del centro, pero se supone que estás donde estás porque te gusta y lo has elegido tú (hasta cierto punto, claro). Los gurús y la sociedad pueden decir lo que les dé la gana, pero tú eres la que sabe y la que tiene que sacar esa clase adelante: tú eliges tu escoba, tu tiza o tu bata.

(Qué importante es elegir una buena bata. Sin ironía ninguna lo digo).

  1. Desarrolle confianza: demuestre interés por los demás, que sí le importan.

Algo que Behar deja muy claro en este punto es que el interés no se puede fingir. No hay nada que más te vaya a unir a tu alumnado que un interés sincero por su bienestar, por sus aficiones o su día a día. Lo mismo con sus familias: demuestra que te importan. Pregúntales cómo están. Hazles un comentario banal sobre lo que sea, que no tenga nada que ver con tu trabajo. Pero que te salga de verdad, que si no se nota.

  1. Escuche la verdad: las paredes hablan.

Escucha. Escucha lo que te cuentan los peques. No pongas en duda sus palabras delante de ellos, aunque sepas que mienten. Haz preguntas hasta que empiece a salir la verdad y, cuanto más grave sea lo que están contando, menos los juzgues. Los niños y niñas necesitan saber que pueden contar contigo y que estás de su parte, aunque eso no signifique que se vayan a ir de rositas cuando han hecho una gamberrada gorda. Trata de escuchar lo que dicen, no lo que crees que dicen. A veces, cuando escuchas sin prejuicios, lo que te cuentan te deja boquiabierta.

  1. Sea responsable: solamente la verdad suena como tal.

Behar dice que “no debe haber secretos, ni mentiras por omisión, ni límites, ni evasivas”. Estoy de acuerdo, sobre todo con las familias. No ocultes las cosas, y pide que ellas tampoco te las oculten. Di la verdad de lo que pasa en el aula y pregunta qué pasa en casa. Tienen derecho a saber cómo están sus hijos e hijas en clase, aunque no les guste, aunque tengas que contárselo con guantes de seda. Pero si su hija está muy crecidita y hay que bajarle los humos, tienen que saberlo (no con esas palabras, claro) y si el resto de la clase se ríe de su hijo porque se ha vuelto el payaso de clase y su pasatiempo favorito es enseñar el culo en el pasillo, también. It takes a village to raise a child, que dicen en inglés. Si no tenemos toda la información, es imposible hacerlo.

  1. Actúe: piense como una persona de acción y actúe como una persona que piensa.

Mira, no te voy a engañar: esto lo explica en el capítulo ocho y todavía no he llegado. Como frase es bonita, pero ya me dirás tú a mí cómo se aplica esto en el aula. ¿Haz proyectos? Quizás.

  1. Afronte el reto: ante todo, somos seres humanos.

Ni siquiera Behar se escapa de caer en frases comodín tipo Mr Wonderful, qué le vamos a hacer. Se refiere a que, si el resto es demasiado grande (llevar a buen puerto una clase complicada, por ejemplo), siempre se puede partir en pedazos y dar pequeños pasos hasta conseguir el objetivo, pero siempre teniendo en cuenta que trabajamos con personas y su bienestar debe ser lo primero. Ya te he dicho yo que este libro va muy bien para usar en clase.

  1. Practique el liderazgo: el gran ruido y la pequeña voz.

O, lo que viene a ser lo mismo: hasta que no nos callemos no sigo. O quizás se refiere a que es mejor hablan en privado cuando necesitas solucionar un problema en lugar de echarle la bronca a alguien delante de todo el mundo. A veces levantar la voz no es más que ruido y un susurro bien dicho puede poner nervioso a más de uno y una. 

  1. Atrévase a soñar: diga “sí”, la palabra más poderosa del mundo.

Este es el único punto con el que no estoy de acuerdo. Más bien diría que, de vez en cuando y sobre todo en clase, oír un “no” es más que necesario. Pero como es el último capítulo y todavía no he llegado, lo mismo esconde una joya de sabiduría. Ya te contaré cuando llegue. 

 

Supongo que es un defecto profesional eso de buscar la conexión de todo lo que leo y aprendo con la educación, pero este caso lo he visto tan claro que no me he podido resistir. Espero que te sirva de algo la próxima vez que estés en el aula. O, en su defecto, espero que te sirva para ser mejor líder. Ya sabes, por si alguna vez te da por montar una cadena de cafeterías, forrarte y dedicarte a escribir libros sobre liderazgo.

¿Aplicarías alguno de estos principios en el aula?

¿Lo haces ya sin saber que estabas emulando a grandes empresarios?

 

 

Blog El día a día

Compartir es amar: Por qué es bueno contar hasta lo que sale mal

9 octubre, 2018

Qué manía tenemos con no compartir lo que nos pasa, así, en líneas generales. No hablo del postureo de las redes sociales y esas fotos de puestas de sol perfectas o cafés con leche monísimos que hacen que nuestra vida parezca perfecta cuando es una auténtica mierda. Hablo de compartir lo que de verdad ocurre durante el día a día. Lo bueno y lo malo.

Sobre todo lo malo, porque para lo bueno suele faltarnos tiempo. Corremos a contar que nos han ascendido, que hemos publicado un libro (o dos), que nos mudamos a una casa más bonita y más nueva, pero tenemos tendencia a callar, disimular o, directamente, mentir cuando vienen mal dadas.

Nadie cuenta, a las primeras de cambio, que ha perdido cinco mil euros jugando al bingo.

Nadie habla sin que le preguntes de su divorcio o su separación.

Nadie confiesa tener un hijo al que le guste el reguetón.

Y muy poca gente admite tener dudas sobre su trabajo.

Sobre todo en un área como la nuestra, la educación, parece que tengamos que ser súper héroes a tiempo completo. No es de extrañar, porque ay madre cómo se pone la gente cuando un docente mete la pata, ya sea de verdad o a juicio de los espectadores tras la barrera.

Pero lo cierto es que el mundo de la educación está lleno de dudas. A veces nos surgen sobre nuestra propia metodología. ¿Estaré dando unas clases muy magistrales? ¿Debería utilizar más las TIC? ¿Qué puedo hacer para motivar a mis chicos y chicas? Quien no se haya hecho alguna vez estas preguntas es que no se ha parado a pensar en su práctica docente. Es imposible estar en activo y no hacerlo si se pretende mejorar.

Las dudas, claro, no tienen por qué ser solo sobre metodología. ¿Quién no ha dudado alguna vez sobre cómo se hace un ACI? ¿Sobre cómo se redacta una memoria de fin de curso? ¿Soy yo la única que siempre entrega tarde las programaciones? ¿La única que no entiende qué hay que hacer con el puto PostIt? ¿La que se niega a hacer formación un sábado por la mañana, aunque mole tanto compartirlo luego en Twitter?

Dime que no, por favor.

Compartir es amar salud

No hay nada peor que guardarte tus dudas dentro. Nada peor que pensar que estás sola, que solo te pasa a ti, que toda la gente que te rodea lo hace bien menos tú.

¿No te recuerda a algo? Diría que una de las características más identificables de la adolescencia es, precisamente, creer que las cosas solo te pasan a ti. Solo tú sientes lo que sientes por ese chico o chica que te gusta, solo a ti te trata mal la vida, solo tus padres son unos capullos (siempre son peores que los de tu amiga, que te parecen guays y no entiendes por qué tu amiga se avergüenza de ellos). Las canciones (de amor, normalmente) solo te hablan a ti y si ese famoso o famosa por quien todo el mundo babea te conociera “de verdad”, vería que tú eres distinta y se enamoraría locamente de ti.

(Dime que esto último le pasa[ba] a más gente, hazmelfavorpordios).

Pero no. Nuestra sociedad es mucho más homogénea de lo que creemos, e igual que esos adolescentes que creen haber descubierto el amor (y el dolor que produce), los docentes también creemos que hay cosas que solo ocurren en nuestra clase y que tenemos que lidiar a solas con ellas.

A veces (muy a menudo) es por vergüenza, porque no queremos que los demás piensen que no somos las personas adecuadas para estar en el aula.

Pero en cuanto abres la boca y lo cuentas, te das cuenta no solo de que no eres única, sino de que lo que te ocurre no es tan grave y, en la gran mayoría de casos, tiene remedio (o de verdad es muy poco importante).

Tres motivos para confesarse

Los católicos tienen esto más que estudiado, pero claro, como trabajo en una escuela laica y en los últimos veinte años no he pisado en una iglesia más que en funerales (y ni entonces, si puedo evitarlo), una tiene que encontrar sus propios motivos por los que confesar lo que va mal y lo que no sé ayuda.

1. El primero y el más obvio es porque hablar de las cosas hace que las saquemos de dentro, y una vez fuera ya no hacen (tanto) daño. Confesar que has hecho algo mal en clase y mostrar verdadero arrepentimiento es el primer paso para la redención.

Uy, espera, que se me ha colado un cura al teclado. El primer paso para mejorar, quería decir.

No sé si llegarás al cielo admitiendo que levantas la voz en clase o que les has puesto una ficha en lugar de seguir con el proyecto porque estás en mayo y ya no puedes ni con tu alma, pero estoy segura de que te va a hacer sentir mejor. Sobre todo porque, seguro, habrá alguien que te mire con cara de pez y te diga aquello de “¿Y? ¿Qué pasa, que no se debe? Porque yo lo hago todo los días”.

Lo que me lleva al segundo motivo.

2. Nadie es perfecto y todo el mundo mete la pata. Lo digan o no. Igual que tú te has callado muchas cosas durante años, el resto también se las calla. Pero cuando tú hablas y lo compartes, se dan cuenta de que no están solas. “Ay, menos mal que dices eso. Yo también los he puesto a trabajar en silencio porque me estaban volviendo loca y hoy tengo un dolor de cabeza que no me aguanto ni yo”. “Sí, yo también he entregado las programaciones tarde”. “¿Entregarlas dónde? ¿No basta con tenerlas hechas?”. “¿Qué programaciones? ¿De qué habláis? ¿Eso dónde lo venden?”.

Por supuesto, siempre tienes a quien te mira con cara de superioridad y te suelta un “pues yo las tengo hechas ya. Y solo trabajo por proyectos. Y en mi clase solo escribimos en el ordenador. Y a mí me trabajan”.

Tranquila. Esa gente miente más que habla.

3. Compartir las cosas que crees estar haciendo mal no solo sirve para que tú y quien te escucha os sintáis mejor. También sirve para darte cuenta de que esa profesora que parece andar sobre las aguas y a quien tanto admiras porque sus niños y niñas la adoran mete tanto la pata como tú y aun así saca adelante la clase con grandes resultados y el cariño de su alumnado.

Porque al final, eso es lo que importa: que los niños y niñas aprendan, tengan ganas de venir a clase y no pierdan la curiosidad. Si en un mal día les pegas un grito o pides silencio y al día siguiente te vienen a abrazar y a contar sus cosas, es señal de que estás haciendo las cosas bien. No son idiotas: saben a quién le importan. Si les demuestras eso, todo lo demás es circunstancial.

Y el noventa y nueve por ciento de las veces, se puede arreglar.

Ahora ya sé que no estoy sola, pero durante muchos años creí que sí. Entonces empecé a hablar con las compañeras sobre las cosas que me pasaban en clase, las de verdad, no solo las anécdotas graciosas, y me di cuenta de que a todas nos pasaba lo mismo. Y me sentí un poco mejor. Las redes sociales (y en especial Twitter, donde me he unido a un claustro virtual maravilloso y muy divertido) me han ayudado aún más a ver que en todas las clases cuecen habas.

Sí, yo también me sé el refrán: mal de muchos, consuelo de tontos. Pero más gilipollas sería si, además de sentirme tonta, me sintiera sola. Pocas cosas hay peores que esa.

¿Qué has confesado tú que te haya hecho sentir alivio?

¿Qué no te has atrevido a confesar nunca?


Como siempre, te recuerdo que, si te gusta el contenido del blog, es muy probable que disfrutes de Profe, una pregunta, donde hablo de todas esas dudas que surgen en el aula y ningún gurú ha sido aún capaz de contestar. Y si lo que buscas es una lectura ligera para echar unas carcajadas, prueba con Armarios y fulares y conoce a Alan, el profe “chachi” que me encantaría ser. 

Y si estás en Vitoria el jueves, 18 de octubre, pásate por la librería Elkar de la calle San Prudencio sobre las siete de la tarde y échate una risas con Manolo y conmigo mientras hablamos del libro en la presentación de Profe, una pregunta. Los pintxos y zuritos de después corren de mi cuenta.

Blog Recursos TIC

Uso de las TIC: más no siempre es mejor

3 octubre, 2018

Hay que ver qué pesada es la gente cuando algo se pone de moda. Supongo que ocurre hasta en las mejores familias, pero madre del amor hermoso qué plasta nos están dando con el uso de las TIC en Educación.

Estamos llegando al punto de que, si usas boli y papel para hacer una actividad, pareces una retrógrada anclada en el siglo diecinueve, y no te digo ya si pides cuadernos en la lista de material escolar de principio de curso. Escribir a mano está pasado de moda, nos dicen. En el futuro, nuestros niños y niñas solo escribirán a máquina y no les hará falta coger un bolígrafo para nada.

Ya. Claro. Verás tú qué mensaje de auxilio dejarán escrito en el suelo con su propia sangre cuando los asesine el robot aspirador si no saben escribir a mano. No me imagino yo a nadie degollado yendo a buscar la tablet para escribir sus últimas voluntades mientras el ordenador envía a sus esbirros a acuchillarlo.

(Sí, sé que tengo que dejar de ver tanta tele. Lo siento. Aunque no me digas que no lo has pensado alguna vez).

No me entiendas mal, yo soy una firme defensora del uso de las TIC en el aula. Creo que pueden ser un instrumento maravilloso para enganchar a nuestro alumnado por un lado y descubrirles un mundo al que muchos no tendrían acceso si no fuera gracias a la tecnología por otro. Pero también creo que a veces se nos olvida que las TIC son una herramienta y no el objetivo (menos en clase de informática, supongo). Igual que se dice siempre que el libro de texto es solo una guía, también lo son las herramientas digitales; su uso debe estar supeditado al contenido que estemos enseñando, a los objetivos que nos hayamos marcado en clase, no al revés.

Porque no puedes decir que estás utilizando una tecnología innovadora si lo único que has hecho ha sido cambiar el libro de texto por licencias digitales que los peques ven en sus tablet o en sus ordenadores portátiles. Si en lugar de pizarra de tiza les haces pasarse cinco horas mirando a una pizarra digital.

Has cambiado el instrumento, igual que el pizarrín y la tiza fueron sustituidos por cuadernos y lápices, pero no el paradigma.

Cuando hablamos del uso de las TIC, no deberíamos estar hablando de eso.

El uso de las TIC en clase debe reflejar un cambio de metodología

Ojo: no estoy diciendo que debas cambiar tu metodología. Si lo que haces funciona (engancha a tu alumnado, les ayuda a aprender, te reta a probar cosas nuevas), sigue con ello y no te agobies con la tecnología. La mitad de las veces ni siquiera vas a poder conectar los ordenadores de los y las peques a la red wifi, así que no sufras.

Pero si hay algo en tu forma de dar clase que no termina de funcionar (y estoy convencida de que lo habrá, porque ¿quién sabe la fórmula de la clase perfecta?), la tecnología quizás pueda ayudarte. No para que una pantalla sustituya el papel o para que una voz en off sustituya la tuya, sino para trabajar de forma distinta tanto en clase como en tu tarea de evaluar y llevar un historial más o menos organizado de cada miembro de tu clase. Que ya sabemos que, si siguen subiendo las ratios, dentro de poco vamos a necesitar un código de barras en la muñeca para poder identificarlos a todos.

Tres usos de la tecnología que harán tu vida (y la de tu alumnado) más fácil 

Blogs para el aula de lenguas

Cuando enseñas un idioma, uno de los aspectos que más cuesta es la producción, tanto oral como escrita. Es difícil encontrar alumnos a quienes les guste escribir (vale, sí, a mí me encantaba, pero era la rara) y hacer presentaciones orales les suele costar horrores porque les da mucha vergüenza y los nervios juegan malas pasadas.

(Si a mí todavía me cuesta hablar en público, no quiero ni pensar en los pobres peques).

Un blog soluciona en parte todo eso. Ofrece la oportunidad de crear contenido no solo escrito, sino también oral. Pueden grabar un vídeo en su casa y subirlo ellos y ellas al blog, sin pasar por la vergüenza de hablar delante de toda la clase. Pueden crear podcasts, explicar el proceso de creación de un trabajo y un largo etcétera que solo tiene como límite la imaginación de quien usa la herramienta.

Otra de las grandes ventajas, y esta es más para ti que para tus peques, es que, gracia al blog, tienes un portfolio con todos sus trabajos sin tener que mover un dedo. Si quieres comprobar su fluidez en inglés, no tienes más que visitar su blog y ver los vídeos, o dar un repaso a las redacciones que ha publicado para ver si tiene claro cómo escribir con coherencia. No sé a ti, pero a mí esto de tener toda la información de cada una de mis alumnas sin tener que volverme loca haciendo carpetas me parece un puntazo.

Se supone que los blogs están pasados de moda, más ahora con los hilos de Twitter, pero en educación todavía tienen cabida y me siguen pareciendo una gran manera de motivar a la chiquillería. Si quieres un puñado de ideas para usar en clase, ya sabes que solo por suscribirte te regalo un buen montón de ellas (y te las puedes quedar para ti para siempre, aunque anules la suscripción).

Gymcana

Gymcana, yinkana, gincana… Todavía no sé cómo se escribe. Con “g” me suena más a gintonic y casi me cosa usarlo en un contexto educativo, pero ejem, a lo que iba.

El curso pasado se celebró en Vitoria la primera gymcana escolar de la ciudad, inspirada en experiencias similares que ya se han llevado a cabo en Valencia o Barcelona. Los alumnos y alumnas crearon distintos circuitos en los que varias preguntas y pruebas llevaban a cada grupo a una prueba final en la que tenían que representar un pequeño teatro. Para realizar las pruebas, los niños y niñas necesitaban dispositivos móviles donde leer los códigos QR que sus compañeras habían creado y consultar en la web las pistas que necesitaban.

Un bombazo, vaya.

Esto sí que supone un cambio de paradigma, y no el dichoso “buscad información sobre…” que antes completábamos con una enciclopedia y ahora completan con la Wikipedia. No se trata de hacer un corta-pega y colocar una imagen “porque así queda bonito”, el equivalente a copiar palabra por palabra toda la información que hacía yo en mis tiempos, sino en utilizarla para lograr un objetivo. Además, están en la calle y se relacionan con otros colegios. Se lo pasan pipa. Dudo que olviden algo así en un futuro.

Al menos esta generación, porque estoy convencida de que, en un futuro, será el equivalente a llevarlos al parque con el balón.

Por supuesto, este tipo de cosas requieren de una preparación inmensa y tienen un curro importante, pero se pueden trabajar varias asignaturas de una tacada. También se puede hacer el típico juego de pistas escondidas con papel y boli (lo he hecho varias veces en inglés y dudo que lo hubieran disfrutado más con móviles o tablets), pero el trabajo es el mismo y los papeles se pierden. En digital, lo puedes guardar para el año que viene.

Para qué trabajar el doble cuando puedes trabajar una sola vez.

Relaciones internacionales

Los pen-pals de toda la vida han cambiado porque la forma en que la tecnología nos permite sacarle más provecho aún que la vieja costumbre de mandar cartas y postales. YouTube permite conectarte con otras clases, y si el vídeo se te resiste un simple email te puede solucionar la vida. Si a los vídeos en diferido y los emails se les añade Skype (siempre que el cambio de hora lo permita), tienes una herramienta maravillosa para traer otras culturas al aula.

Y no solo hablo de otras clases y otros niños y niñas. ¿Por qué no contactar con esa escritora que tanto les gusta y ver si puede dar una charla por videoconferencia, o al menos decirles hola? Quizás puedas ponerte en contacto con un músico que les gusta, o traer a mujeres científicas al aula vía digital, para que vean que de verdad existen.

 

Lo bueno (y lo malo) de la tecnología es que el límite lo ponen tu imaginación y tu tiempo. Esto puede y debería ser una ventaja, porque es una fuente inagotable de ideas que llevar al aula, pero también puede crearte un punto de ansiedad porque te da la sensación de que no estás haciendo lo suficiente. No te agobies. Elige un aspecto de tu práctica docente que quieras mejorar y busca una herramienta que te sirva. Quizás no aciertes a la primera, pero seguro que terminarás encontrando algo que funcione.

Mientras tanto, que no te dé vergüenza seguir usando lápiz y papel. Recuerda que los robots no tardarán en sustituirnos pero, hasta que ese día llegue, lo mejor que podemos llevar al aula es nuestra humanidad. El resto son herramientas. Nosotras, no.

¿Qué otros usos le das tú a la tecnología en clase?

¿Qué objetivos te ayuda a alcanzar?


Si te ha gustado este artículo, es más que probable que te interese lo que te cuento en Profe, una pregunta, de venta en cualquier librería y aquí mismo también. Y si lo que te apetece es echarte unas risas mientras piensas en qué nueva maldad vas a llevar al aula, Armarios y fulares puede ser justo lo que necesitas.  

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