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Tipos de alumnado en Primaria

19 marzo, 2019

Hace unas semanas hablé de los tipos de docentes que hay en las escuelas de Primaria. Como tampoco es cuestión de reírme solo de mis compis, hoy te traigo un artículo sobre los tipos de alumnado en Primaria, mi pequeña venganza (cariñosa) hacia mis alumnitos y alumnitas.

Porque ojo, a esas edades siempre son adorables y cómo no los vas a querer, si no tienen ninguna malicia, pero madre mía las maestras y los maestros, qué pedazo de cielo tenemos ganado.

Hasta para aparcar ese Porsche que algunos piensan que podemos permitirnos sin que nos lo rayen, fíjate.

Tipos de alumnado en Primaria

(y por qué los queremos a todos)

El atemporal: su edad es solo un número

Seguro que tienes más de un niño en sexto a quien a veces te dan ganas de limpiarle los mocos o atarle los cordones de los zapatos. O una niña que disfruta como una enana con los vídeos de Peppa Pig o Dora Exploradora, por más que le repitas una y otra vez que los has preparado para Infantil.

Fijo que tú también has tenido una clase de quinto que te pedía hacer las manualidades que llevabas para los de primero, o que se pegaban por colorear dibujos de La patrulla canina.

Y al revés. Peques en primero que te miran raro cuando les dices que van a colorear una ficha de animales. «¿Puedo buscar información sobre los hábitos alimenticios de las panteras negras?», me dijo uno un día.

(Contesté que sí, claro. Me daba miedito).

O esa niña que, cuando hablas de los leprechaun y las travesuras que hacen en clase (travesuras que te has pasado media hora preparando antes de que entren, con huellas verdes por las paredes incluidas, y que te va a costar toda la tarde recoger), te mira con gesto serio y te suelta un «no somos niños pequeños, Ruth. No nos puedes engañar tan fácilmente».

A los seis años.

Los que no pillan la ironía

Lo he contado muchas veces, pero creo que uno de los momentos con el que más aprendí en mi carrera profesional fue el día en el que me di cuenta de que la ironía no es innata.

Estaba en una clase de segundo y un crío no me estaba haciendo ni pajolero caso. No recuerdo qué tenía entre manos, pero debía ser mucho más interesante que lo que fuera que yo estuviera haciendo (que tampoco recuerdo, así que probablemente era un peñazo). Harta de que no me hiciera caso, me acerqué a su mesa con los brazos cruzados.

–Te lo estás pasando bien, ¿no?

–Sí –me soltó él, con una sonrisa de oreja a oreja.

Yo me cuadré y, con la más fiera de mis voces y el gesto más serio que pude, le dije:

–Pues nada, hombre, tú sigue, no me hagas ni caso. Total, solo estoy aquí hablando para que aprendas algo, pero si no te apetece, nada, tú a lo tuyo.

–¡Vale! –dijo él. Y siguió con lo suyo.

Y yo me quedé con una cara de gilipollas que no conseguí quitarme en un par de semanas.

Lección aprendida. No he dejado de usar la ironía, pero ahora me aseguro de hacerlo con quien la pilla.

Que elimina a más del veinticinco por ciento de cada claustro, por cierto.

La despistada

En esta categoría de los tipos de alumnado en primaria hay dos subgrupos. En el primero están las chicas y chicos que parecen estar en las nubes pero luego no lo están tanto.

Y que, lo admito, son los que más rabia me dan.

Una peque de hace unos años, en sexto, no hacía más que mirar mis zapatillas nuevas (y cuando no eran las zapatillas, eran los pendientes, la camiseta, el reloj… Ay, la pubertad, qué guerra da). Daba igual que estuviera explicando algo especialmente difícil que no habían visto nunca: ella no escuchaba y no miraba la pizarra ni de casualidad.

Harta de que no me hiciera caso, eché mano de la famosa táctica pedagógica que tan buenos resultados nos da siempre y tan buen recuerdo deja en nuestros peques: ponerla en evidencia delante de toda la clase. (Sí, lo confieso: a veces también peco).

–A ver, E., que te veo muy centrada, dime. ¿Qué acabo de explicar?

Y la muy jodida me repitió, palabra por palabra y con explicación propia después, todo lo que yo había estado contando.

Por supuesto, el otro grupo es el de los que realmente no se enteran. A estos, dejarlos en evidencia es más complicado, porque cuando les pidas que te digan de qué estáis hablando te sueltan, con toda la tranquilidad del mundo, «no lo sé, no te estaba escuchando».

La sinceridad infantil, a veces, no mola tanto.

Los que protestan por todo

Conversación ficticia, pero no tanto, en más de una clase que he tenido a lo largo de los años:

–Hoy vamos a hacer una presentación oral.

–Jo, no, vaya rollo, no me apetece nada hablar hoy. Además, no la hemos preparado, y llevamos muy poco tiempo con la unidad, y…

–También tienes razón, vale, hacemos un listening.

–Ay, no, qué rollo. Además, ese CD no se oye bien. Y me duele la cabeza.

–Pues trabajo individual. Os he traído unas fichas que…

–¿Examen? ¿Eso es un examen? ¡Dijiste que no ibas a hacer examen!

–No es un examen, no, tranquilidad. ¿Qué quieres hacer? ¿Ir al patio?

–Uf, no, qué pereza, con el frío que hace…

Os juro que he tenido alumnos y alumnas así. Agotador.

Los que son felices con cualquier cosa

Conversación no tan ficticia con un grupo reciente:

–Hoy vamos a preparar una presentación oral.

–BIEEEEEEN.

–¿Puedo ser yo primer?

–¿Nos vas a grabar? ¡Di que nos vas a grabar!

–No, no, hoy solo vamos a empezar a prepararla. Os vais a poner por parejas y…

–BIEEEEEEEN.

–…tenéis que escribir un pequeño guion que…

–BIEEEEEEEN.

–…va a estar basado en este listening que vamos a hacer…

–¡QUÉ GUAY! ¡UN LISTENING!

–¿Podemos aprendérnoslo de memoria?

–¿Nos pones la canción del otro día para poder cantarla antes de empezar?

–¡Y cuando acabemos!

–¡Callaos, que si no, no vamos a tener tiempo de preparar la presentación!

También juro que he tenido una clase así. Y es más agotadora que la anterior (aunque en otro sentido completamente distinto).

Los duros que no lo son tanto…

El otro día, un crío que se cae más que la red wi-fi del colegio se resbaló y se rasguñó la espalda con el borde de un banco. Tenía que dolerle de veras, porque se le había levantado un buen trozo de piel, pero él no lloraba, solo ponía las mismas caras de dolor que ha visto en los jugadores de fútbol cuando se quejan en el suelo.

(Aunque en este caso era de verdad).

Lo llevé a curar y saqué el agua oxigenada. En cuanto la vio, se le cambió el gesto. «Eso pica», me dijo. «Sí, pero seguro que menos de lo que te duele. Luego ponemos una tirita y listo, ¿vale?». Siguió sin llorar, pero su cara de espanto era mucho más natural que la de dolor minutos antes.

Esto es mucho más «divertido» cuanto más pequeños son. No sé quién les ha metido a los y las peques que no se debe llorar cuando te haces daño, pero no pocas veces los he tenido que animar a llorar porque, por alguna razón, se están aguantando cuando tienen que tener un susto del copón en el cuerpo.

…y todo lo contrario

El grito atraviesa la clase como si fuera una sirena que avisa del fin del mundo.

–ANDEREÑO, TENGO SANGREEEEEEEEEEEE.

Te acercas, pensando que se está muriendo, y ves que tiene un punto rojo infinitesimal en el brazo, que ni siquiera es sangre sino una pelusa del jersey, pero el peque ya está en brazos de doña Histeria y no hay quien lo calme. O se ha visto las encías rojas, o ha empezado a sangrar de la nariz por sacarse los mocos, o…

Eso en Primaria. En quinto o sexto.

Y luego están los de Infantil, que también lloran pero no tanto.

¿Qué otros tipos de alumnos te has encontrado a lo largo de tu carrera?

¿En cuál encajabas tú?

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