Blog Dar clase sin morir en el intento

¿Por qué es tan cansado dar clase?

7 octubre, 2020

Hace un tiempo escribí una entrada sobre el cansancio del docente, pero en ella no te hablaba de por qué es tan cansado dar clase. Más bien, te daba  algunos truquillos que me sirven a mí cuando ya no puedo más, aunque a menudo ni siquiera eso funicona.

La escribí en marzo, ya a finales de curso, cuando el cuerpo no me daba más de sí después de un año duro. Este curso estoy cansada ya en septiembre.

(Apunte: ¿qué año no es duro? Porque de un tiempo a esta parte sospecho que va a peor. Eso da tema para otra entrada, pero no me digas que no).

La he releído desde entonces, y a veces me da por pensar si no estaré siendo una exagerada. Sobre todo cuando me junto con gente que friega escaleras doce horas al día o carga con el equivalente a su peso en material de construcción.

No trabajo en una mina, no tengo un trabajo físico, tampoco exige tanto esfuerzo mental. ¿No me estaré quejando de vicio?

Y entonces llega un día en el que solo quiero llorar, pero llorar de verdad, con una pataleta y los mocos colgando, como los niños pequeños cuando no echan siesta. No es porque haya pasado nada, no he tenido bronca ni más trabajo del normal. Es porque estoy tan cansada que no puedo más.

Cansada nivel quedarte dormida a las ocho de la noche sin cenar siquiera porque la cocina está demasiado lejos del sofá.

¿Por qué es tan cansado dar clase? ¿Qué tiene que drena la mayor de las energías?

Tengo mi teoría, y te la cedo cuando alguien te diga aquello de «¡pero de qué te quejas, si vivís de puta madre!». Úsala a discreción y sin pedir permiso.

Aunque me temo que ni con esas, pero que no quede.

¿Por qué es tan cansado dar clase?

Estar ON todo el rato agota

Dar clase es una profesión en la que es muy difícil autorregularse.

Tú no controlas la energía necesaria para cada actividad porque no depende de ti. Es la clase que tienes delante la que te va a exigir un nivel de intensidad u otro, independientemente de cómo te encuentres tú.

Durante el tiempo que estás en el aula, estás activada todo el rato. Estás leyendo a tu alumnado y tirando de él cuando lo necesita, bajando la intensidad si ves que se te van de la mano, cambiando de actividad cuando ves que el ánimo decae.

Dar clase significa estar pendiente de las necesidades de otros. De no perder la atención de la clase. De dar a cada uno de ellos y ellas lo que necesitan.

Todo el rato.

Todo. El. Rato.

Sí, sé que hay gente que se sienta en su silla y no levanta la cabeza del libro de texto más que para llamar la atención a quien, ejem, no la está prestando, pero la norma no es esa. La norma es una persona paseando entre la clase, comprobando que estén trabajando, leyendo a cada uno de tus niños y niñas (o adolescentes, socorro) para poder darles lo que necesitan.

Todo. El. Rato.

Suelo bromear con que alguna vez me gustaría tener una profesión que me permitiera ir al baño cuando lo necesito, y no cuando lo manda el reloj. Ahora mismo tengo un horario que me obliga a estar en clase de 7:15 a 12:00 de la mañana sin un solo descanso. Después tengo varios parones seguidos, pero en ese rato no puedo dejar a la clase sola.

Si me meo, más me vale cruzar las piernas.

Ese tipo de intensidad, de no poder bajar la guardia en ningún momento, hace que la energía desaparezca mucho más rápido de lo que la gente piensa. Si además eres una persona introvertida, apaga y vámonos.

Y lo de apaga es casi literal.

Por lo de la energía. ¿Lo pillas?

Qué chispa la mía, ¿verdad?

(Perdón).

La actividad no la eliges tú

Por lo mismo que el punto anterior, tú no eres libre de escoger tu actividad dependiendo de cómo te sientas.

Una de las cosas que más agradecí de la cuarentena de marzo fue que, a pesar de tener que estar disponible las 24 horas del día y los siete días de la semana, yo era quien organizaba mi día.

¿Que me apetecía corregir porque estaba más fresca? Corregía.

¿Que se me ocurría una idea buenísima para poner en Classroom? La ponía.

¿Que me sentía fresca para grabar uno de mis estupendos vídeos didácticos a las ocho de la mañana? Grababa.

¿Que me estaba meando? Meaba.

Son las pequeñas cosas como esa las que casi hacen que añore aquellos tiempos.

Énfasis en «casi».

Sé que no es solo en educación y que hay mucha gente que no puede elegir cómo organizarse el día, pero yo suelo pensar en los trabajos de oficina (con los que me suelen comparar) y hay muy poco parecido.

Si se me ocurre una idea para el día siguiente, más me vale guardar energías para entonces o ponerme a hacerlo a la hora de la comida (relativamente temprana) para asegurarme de que mi cerebro va a servir para algo más que para mantener funciones vitales.

Cada vez que mando un trabajo, proyecto o ejercicio, pienso en cuánto tiempo me va a costar corregirlo o en si puedo crear una actividad para que sean ellos quienes lo corrijan.

Incluso cuando doy clase, programar un horario para una actividad no depende tanto de la energía que pueda tener yo en un momento dado, sino de cómo van a estar los peques cuando llegue el momento.

(Otro apunte: no pongas Plástica a última hora de un viernes. Parece buena idea, pero NO).

La gente que habla de metodologías centradas en el alumno como si fueran algo novedoso me hace mucha gracia. ¿Acaso hay alguna que no lo esté?

Los imprevistos agotan

Me considero una persona capaz de manejar su tiempo con eficiencia.

Es una de las razones por las que soy tan puntual: calculo lo que me va a costar una actividad igual que calculo lo que me va a costar llegar a un sitio, y siempre llego a tiempo.

(No es tan común, parece ser, aunque parezca de cajón).

En temas de trabajo, si cabe, trato de ser aún más puntual y aún más eficiente. No ya tanto con las programaciones, que también, sino con todo tipo de papeleos, citas a reuniones, entrega de notas, etc. Me gusta saber de cuánto tiempo dispongo para poder organizarme.

Cuando eres docente, esto es casi imposible.

Siempre hay un imprevisto. Siempre hay una profesora que ha tenido un percance y llega más tarde a tu clase.

(Siempre suele ser la misma, se ve que hay gente con muy mala suerte, ironía modo ON).

Siempre hay un curso que hay que hacer ya, o una reunión inesperada, o una madre que necesita hablar contigo hoy sin falta.

Esos momentos que no te esperas, ese robo constante de tiempo para el que nada te puede preparar, te afecta mucho más de lo que pueda parecer. La carga mental de tener que montar todo tu horario de nuevo porque te han colado una reunión de una hora cuando pensabas que tenías ese rato para preparar cosas se añade al estrés de… bueno, de haber perdido una hora que tenías para preparar cosas.

Ninguna reunión de emergencia necesita durar tanto. Si tiene planificación y agenda, no es una emergencia. No hay necesidad de hacerlo justo hoy, en este instante, ahora mismo y DURANTE UNA HORA.

AY.

Tu cansancio es real

Por todo eso, por toda esa energía que vas derrochando con los demás, tu cansancio es tan real como lo sientes. Ni te lo estás inventando, ni estás exagerando ni debes pedir perdón por estarlo.

Sí, sé que es difícil explicarlo, aunque quizás no lo sea tanto. ¿Por qué cansa tanto dar clase? Por la simple razón de que lo estás dando todo.

Tu voz, tu energía. Tu salud.

Y 10.000 pasos al día, mínimo, si la dichosa pulserita no miente.


Si después de darlo todo quieres llegar a casa y relajarte, te recomiendo tirarte en el sofá a leer. Si además quieres leer algo que te deje un buen sabor de boca, no dudes en hincarle el diente a Armarios y fulares para soltar un par de carcajadas. Con Antes de que todo se rompiera también vas a reírte un rato, aunque ya sabes que con ese título no te espera nada bueno. Dime si relacionas a alguno de los personajes del libro con alguno de los «personajes» de tu clase.

También puedes echarle un vistazo a Profe, una pregunta, el libro que tengo con Plataforma Editorial, aunque entiendo que lo que menos te apetece es seguir leyendo sobre tu profesión cuando llegues a casa. Hagas lo que hagas, asegúrate de descansar. El curso es largo y esto no ha hecho más que empezar.

Gracias por estar ahí. Gracias por leer.

 

 

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