Blog Dar clase sin morir en el intento

El cansancio del docente

27 marzo, 2017

Según escribo estas líneas, estoy haciendo un esfuerzo por mantener la concentración en la pantalla y luchando contra la fuerza de atracción tan bestial que el sofá de mi pequeño salón ejerce sobre mí. Me duele el cuerpo como si hubiera corrido una maratón, por más que el podómetro del móvil me diga que solo he andado diez kilómetros hoy (ocho de los cuales han sido por los pasillos de mi colegio). Estoy intentando decidir qué va a ser más beneficioso, si meterme en la cama a las nueve de la noche o irme de cervezas por ahí. La cama va ganando por goleada. No puedo con mi alma.

Y no es que hoy haya sido un día especialmente difícil. No hemos tenido excursión, ni me ha caído una guardia, ni mis alumnos y alumnas se han portado especialmente mal (excepto los de siempre, pero eso es el equivalente a que te toque cambiarle el tóner a la impresora si trabajas en una oficina: es parte del trabajo). Es simplemente que dar clase cansa, agota, destroza, y sobre todo te drena de energía, hasta tal punto que, a pesar de tener un horario de cine, la mayoría de los días lo único que te apetece es ir derecha a casa y olvidarte del sol que empieza a asomar en estos primeros días de primavera. Por supuesto, eso es lo peor que puedes hacer. Tu cansancio tiene más que ver con la mente que con el cuerpo, aunque a veces sea difícil verlo.

A lo largo de los años, me he hecho una pequeña lista de cosas que sé que me ayudan a recuperar esa energía que se me va quedando por las esquinas y conseguir al menos llegar como un ser humano normal a la noche (porque esa es otra: el cansancio del docente es de los que luego no te dejan dormir). Algunas son bastante obvias, otras no tanto y parecen incluso contradictorias, pero creedme cuando os digo que funcionan.

Trucos y maneras de hacer frente al cansancio y recargar pilas

Haz ejercicio. Esta es de perogrullo, aunque a mucha gente no se lo parezca. Hacer ejercicio recarga las pilas y te provoca el tipo de cansancio físico que consigue que caigas en la cama como un leño. No quiero decir con esto que después de dar clase debas ir a correr maratones o a machacarte en clase de spinning (aunque si esa es tu droga, quién soy yo para decirte que no), a veces con un paseo a buen ritmo basta para liberar la cabeza. Da un rodeo de camino a casa; invéntate un recado al otro lado de la ciudad nada más salir de clase (bueno, si vives en Madrid u otra ciudad grande, con el barrio de al lado basta); intenta no coger el coche de vuelta a casa. Airéate, pisa la calle, no te encierres.

• Busca excusas para juntarte con adultos. Cualquiera es válida. Clases de ganchillo, taller de marquetería, unas cervecitas con las amigas, me da igual. Habla. Desahógate. Si te juntas con gente que no sea docente, mejor, porque así puedes contar esas anécdotas graciosas que te pasan y que tus amigas maestras no aprecian porque son el pan nuestro de cada día. Eso sí, intenta también hablar de otras cosas. Trata de desconectar.

• Busca un hobby. Emociónate con algo. La docencia es una profesión muy absorbente, y si se lo permites comerá todo tu tiempo. Corregir, buscar materiales nuevos, preparar las clases… Es una tarea interminable que te devorará si le dejas. Reserva tiempo para ti a diario, nada de “ya lo haré el fin de semana”. Gimnasio, dibujo, lectura, escritura, fotografía… Mucho mejor aún si te saca de casa.

• Come bien. Huye de platos precocinados porque “así tengo más tiempo para seguir corrigiendo”. Ya sé que a veces es difícil porque los horarios son extraños, sobre todo en secundaria, pero asegúrate de tener algo preparado en casa que solo necesites calentar para esos días en los que llegas a las mil y ya no tienes ni hambre. Utiliza el fin de semana para hacer un par de platos que puedas comer varios días (yo suelo hacer puré o legumbres, y así solo necesito ponerme un poco de carne o pescado de segundo). Si una noche preparas una cena elaborada, haz ración doble para el día siguiente. No hace falta saber cocinar para comer bien: el pescado al vapor en el microondas se hace en un periquete y pocas cosas hay más sanas.

• Si tu horario te lo permite, recupera la siesta. Solo hacen falta veinte minutos para sentirte un ser humano coherente otra vez. Si te quedas a comer en el cole, quizás puedas colarte en una sala apartada del comedor de los peques y birlar una colchoneta de la sala de psicomotricidad (conozco a mucha gente que lo hace). Si tienes, como yo, la suerte de comer en casa, ten preparada la comida para ahorrar tiempo (ver punto anterior) y robarle un rato a tu horario para una cabezadita.

• Intenta levantarte un poco antes de lo que necesitas. Sí, ya sé que es duro, y que arrancarle veinte minutos al sueño es similar a un sacrilegio o pedirte que sacrifiques a un hijo, pero hazme caso. Andar corriendo y deprisa por las mañanas porque te levantas con el tiempo justo va a añadir estrés a tu vida, y eso es justo lo que debes evitar. Madruga un poco más y aprovecha ese tiempo para hacer algo que te guste mucho. Lee el periódico antes de ir a trabajar. Haz diez minutos de yoga. Date el gustazo de ducharte sin prisa. Ponte un desayuno decente, en lugar de tomar el café de pie en la cocina. Notarás la diferencia en pocos días, y verás que merece la pena.

• Cuando todo lo demás falle, grita. Llora. Patalea. A poder ser a solas, para no tener que dar explicaciones a nadie. Vivimos en una sociedad en la que llorar está mal visto o incomoda a quien tenemos al lado, pero la tensión acumulada sale muy bien en forma de lágrimas o un par de gritos al vacío. Tus vecinos te agradecerán si no lo haces a las once de la noche o de madrugada, eso sí, pero no te cortes. El estrés y la tensión tienen mucho que ver con el cansancio físico. Libérate.

Si ninguna de estas soluciones parece funcionar y sigues saliendo de clase arrastrándote por las esquinas, ve al médico y hazte análisis. Yo me pasé un año preguntándome cómo lo hará la gente que trabaja en un almacén levantando cajas de cincuenta kilos para llegar vivos al fin de semana, hasta que descubrí que tenía una anemia de caballo que poco tenía que ver con el cansancio asociado a mi trabajo. También puede que te recomiende tomar algún suplemento alimenticio (la jalea real hace milagros), pero asegúrate de tomar el adecuado y no jorobarte el hígado con alguna nueva moda.

La docencia es una profesión con un alto porcentaje de bajas por ansiedad y depresión, en parte porque somos gente muy bruta y seguimos en la brecha hasta que nos rompemos, en lugar de curarnos en salud. Es muy difícil hacer entender a alguien que nunca ha hecho tu trabajo lo mucho que cansa dar clase, pero los y las que nos dedicamos a esto lo sabemos muy bien. Si no nos cuidamos, ¿cómo vamos a convencer a nuestros alumnos y alumnas de que lo hagan? ¡Predica siempre con el ejemplo!

¿Qué trucos utilizas tú para lidiar con el cansancio y el estrés del día a día?

¿Qué te funciona?

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