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Paciencia: el elemento clave en educación

9 enero, 2019

Paciencia. Cuánto hablamos de ella y qué poco la ejercemos en esta profesión. Te lo dice una impaciente de libro, que quede claro.

Y no hablo de la paciencia necesaria para repetir ocho veces la misma cosa, o para decir que no veinticuatro veces cuando dejas ir al baño a una niña, o para no estrangular a esa compañera que llega tarde al claustro por sistema y hace que se repita todo lo que se ha dicho antes de que ella llegara porque no está de acuerdo con la decisión que se ha tomado y quiere volver a discutir los mismos puntos que ya se han rebatido. (¿Se nota que me da mucha rabia que la gente llegue tarde a los claustros y los alarguen innecesariamente? ¿SE NOTA?).

Hablo de tener la paciencia necesaria para dejar que las cosas funcionen. De llevar algo al aula y no rendirte cuando a las primeras de cambio algo sale mal. De entender que esto es un proceso largo y tedioso, y no todo va a salir bien a la primera.

Deja que te cuente una historia, a ver si me explico mejor. Sicilia, 1927. Una atractiva joven cruza la calle hacia…

No, qué va, es de este mes. Pero lo de “atractiva joven” también vale.

Paciencia como virtud general

Hoy toca historia personal.

Tú no lo sabes, a no ser que me conozcas en persona y tengamos cierta confianza, pero tengo problemas de oído importantes. Una pérdida de audición de esas que, últimamente, me impiden tener una conversación en según qué ambientes.

Es un problema hereditario que vengo arrastrando desde hace años y, en la última visita al otorrino, el hombre me puso cara rara. “Oyes a partir de cuarenta y cinco decibelios cuando la gente de tu edad oye por encima de los diez”, me dijo, y yo tuve que pedir que me lo repitiera porque, ironías de la vida, el hombre hablaba para el cuello de su camisa y no le entendí. “Yo empezaría a mirar audífonos. No siempre funcionan y puede que no te sirvan, así que te recomiendo que los pruebes antes”. Me dio el nombre de un par de tiendas que permiten probarlos y me insistió en que, si funcionaban, iban a mejorar mucho mi calidad de vida.

Así que allí me fui, un poco acojonada acongojada porque sabía que los aparatos de marras son caros de narices (mejor dicho, de orejas. Jajaja. Vale, ya paro). De hecho, para ser sincera, una parte de mí quería que no funcionaran y así no tener que gastarme el dineral. Si no conseguía oír bien ni con audífonos, ya no era culpa mía que la gente me tuviera que repetir las cosas ocho veces, pero si no compraba los cacharros por no gastarme el dinero, me iba a sentir culpable.

(Sé que preferir tener una cuasi-minusvalía antes que gastarte dinero en la solución me hace sonar como una idiota, pero así soy. Es lo que hay, soy clase trabajadora).

La técnica de audición de la tienda me hizo una nueva audiometría y me dijo, para mi espanto/alegría, que mi caso era muy sencillo porque oía igual de mal todas las frecuencias. También me alegró/hundió en la miseria cuando me dijo que la mayoría de sus clientes venían por problemas hereditarios y que a la mayoral le funcionaban.

Cuanto más me hablaba, más esperanza tenía de poder reír los chistes la primera vez que me los contaban en lugar de cargármelos al hacerles repetir la última línea sin ganas y sin gracia, y a la vez más me hundía mientras veía alejarse mi jubilación y el último pago de la hipoteca de la casa.

Y entonces me los puso. Y volví a alegrarme y hundirme en la miseria por partes iguales.

Porque aquello era horrible. Oía mi propia voz con eco, que es el sonido más desagradable que ha oído el ser humano (mi voz, con eco o sin él). La mujer me dijo que era normal, que me acostumbraría y que iba a pasar unas semanas sintiéndome extraña porque iba a oír ruidos que nunca había oído antes. Me enseñó a usar una aplicación en el móvil para regular el sonido (tienen Bluetooth, funcionan como auriculares también, ¡soy la mujer biónica!) y me mandó a la calle.

Creí morir.

Cómo puede la gente vivir en este mundo con tanto ruido.

Cómo no hay más asesinatos en masa, más road-rage, más todo lo malo que se te ocurra.

No, en serio. CÓMO LO AGUANTÁIS, GENTE OYENTE.

Pasé un par de días convencida de que no me iba a quedar con los audífonos. Aparte de que el ruido era ensordecedor, uno me rozaba y me hacía daño en la oreja hasta el punto de tener que quitármelo. Como están conectados al móvil, cuando me llaman (aunque lo tenga en silencio) me suena en los audífonos, algo que descubrí por mi cuenta y casi me mata del susto y me cuesta una oreja.

(O un disgusto, porque me quité los cacharros de semejante tirón que podía habérmelos cargado y madre qué dineral. Aunque perder una oreja también hubiera sido un disgusto. Pero mucho menor porque tengo el pelo largo y nadie se iba a dar cuenta, y mucho más barato dóndevamosapararmadredemivida).

Cuando ando por la calle, oigo los pasos de la gente a mi alrededor. Oigo las conversaciones varios metros por detrás de mí, pero no soy capaz de distinguir de dónde viene el sonido y no sé quién estaba hablando ni a qué distancia está.

Los primeros días fueron horribles. Estaba convencida de que no me los iba a quedar.

Hasta que aprendí a usar el filtro de ruido y todos los ajustes de la dichosa aplicación, y pude ponerlo de manera que ya no oía las voces lejanas pero sí a la gente que hablaba conmigo.

Volví a la tienda y pedí que me los ajustaran para que no me hicieran daño.

Descubrí que la música alta de los bares ya no era un impedimento para escuchar a la persona que me hablaba al lado, que no me hacía falta gritar en entornos con mucho ruido.

Que lo que yo pensaba que era mala dicción por parte de según qué personas era mala audición por la mía.

Entendí lo que me dijo el otorrino cuando habló de mejorar mi calidad de vida. Me va a doler el bolsillo, sí, pero que funcione es algo bueno. Muy bueno.

Aunque al principio no lo pareciera tanto.

Paciencia para los cambios en el aula

Y esto me lleva de nuevo al tema de la paciencia en el aula.

Cada vez que probamos algo en el aula, pasa lo mismo que lo que me pasó a mí con los audífonos: quieres que funcione y, a la vez, que no.

Te conviertes en el docente de Schrodingër, sí, aunque lo niegues. Porque salir de tu zona de confort es difícil y cualquier cambio implica adaptación y más trabajo.

Pero quedarte donde estás no es una opción.

Cuando te estancas, empiezas a morir como docente, empiezas a notar el peso del trabajo, te quemas y revientas.

Tú, que te consideras una buena profesional, quieres probar eso que, supuestamente, tan maravilloso es, aunque sepas que te va a costar un esfuerzo importante. El precio a pagar son más horas de trabajo, sobre todo al principio, y te aterra pensar que vas a tener que seguir a este ritmo siempre.

Así que recelas. Te pones a ello. Dudas. Pruebas.

Y al principio no sale bien. El primer proyecto/experimento/visita a la sala de ordenadores/invocación de los espíritus del aprendizaje que llevas a cabo es un desastre. Has perdido el control de la clase, los y las peques andan como pollo sin cabeza por la escuela, te ha aparecido un espíritu maligno en el baño, no tienes el material que necesitas porque no has previsto que fueran a utilizar uranio empobrecido en su maqueta…

Todo sale mal.

Te falta un pelo para mandar todo al garete y volver a decir aquello de “abrid el libro por la página trece” o lo que quiera que hicieras antes (viva Kahoot, la versión moderna de la ficha de toda la vida). Una parte de ti lo está deseando, porque es la metodología que siempre has llevado y con la que estás más cómoda, pero decides no rendirte.

Metes horas. Te traes el segundo proyecto mejor preparado.

Sale un poco mejor, aunque aún hay fallos.

La clase responde mejor. O no, sigue igual de mal o empeora, y sospechas que esto puede que no sea para ti.

En el tercer intento, le has pillado el truco a eso de invocar al diablo, digo, al espíritu del aprendizaje, y va aún mejor.

O sale aún peor, y lo dejas, porque masoquismos los justos.

Pero lo has probado, le has dado tiempo, te has asegurado de que no funciona porque no va con tu clase/contigo, no porque tuvieras un mal día.

Pero cuando funciona, lo sabes.

Te das cuenta de que tienes menos cosas que corregir y de que ya no te cuesta tanto preparar las clases. De que los resultados académicos mejoran un poco (o bajan un poco, que es lo más normal cuando pruebas algo nuevo, pero la bajada no es preocupante); que ese chaval al que nada parecía motivarle viene más contento a clase; que la relación del grupo ha mejorado un pelín. Empiezas a pensar que quizás vayas por el buen camino, aunque todavía hay cosas que mejorar.

Le das tiempo. Termina el curso con el grupo y coges otro nuevo, y aplicas todo lo aprendido. Algunas cosas funcionan mejor que con el grupo anterior, otras peor, y lo vas ajustando.

Y poco a poco, según pasan los años, te das cuenta de que, aunque quisieras, no podrías volver a la metodología que usabas antes porque te has construido una nueva zona de confort donde los niños y niñas aprenden mejor que antes, tú te sientes cómoda y tus horas de trabajo se han reducido.

Pero han pasado años. Lo has probado durante años.

No tres semanas o dos meses. Años.

Como la metodología con la que tan bien te sentías antes de probar la nueva.

Las nuevas modas educativas y la falta de paciencia

Qué difícil es tener paciencia con las metodologías en un mundo en el que todo se queda obsoleto antes de salir.

Cada vez que leo un artículo sobre educación (no te digo ya si está financiado por una gran empresa), hay una nueva cosa que tenemos que probar y no estamos probando, y cómo se os ocurre, sois todos unos vagos.

En los últimos diez años, ha habido más modas educativas que leyes, que ya es decir. Pasamos de los contenidos a las competencias (porque tiene que ser una u otra, no puedes usar las dos; como si pudieras tener competencia matemática sin saberte la tabla de multiplicar, vaya); del aprendizaje cooperativo al flipped classroom; de Montessori a las tabletas y las TIC en el aula.

Todo junto, sin dar tiempo a probar durante un tiempo una cosa u otra, sin evaluar si se está haciendo bien o no, con el aliento de la nueva moda en el cogote gritándonos “YO TENGO LA SOLUCIÓN DEFINITIVA, LA METODOLOGÍA QUE LES VA A ENSEÑAR A TODOS”, cuando sabemos que no es verdad porque no hay una metodología que sirva para todo el mundo.

Voy a repetir esto, aunque ya lo he dicho muchas veces antes, porque para mí es la clave: NO HAY UNA METODOLOGÍA QUE SIRVA PARA TODO EL MUNDO.

Lo único que funciona (a ratos) es la paciencia. La persistencia. El análisis de lo que ha ido bien y lo que ha ido mal, la evaluación de una misma y de tus métodos.

Les decimos a los y las peques que no pasa nada por hacerlo mal la primera vez, que tienen que volver a intentarlo y cada vez lo harán mejor, pero no nos lo aplicamos en el aula (o no nos dejan aplicárnoslo, que no es lo mismo).

Corremos en busca de la varita mágica, creemos que esa nueva idea nos va a salir bien a la primera, y cuando no lo hace, pasamos al siguiente hechizo.

La educación no es un dos por dos es cuatro. La educación es como cocinar: tienes que hacer el mismo plato varias veces para que te salga perfecto. Y lo que a ti te sale muy bien no tiene por qué salirme bien a mí. Igual a mí se me dan bien los fritos y tú eres una experta repostera.

Y tu plato no tiene por qué gustar a todo el mundo, solo a los comensales que tienes delante. E incluso ahí, habrá alguno que prefiera la fabada de la abuela en vez de las patatas panaderas.

 

Volviendo a la historia personal, por si te picaba la curiosidad: he decidido que me voy a quedar los audífonos. Aún me siento incómoda con ellos en algunas situaciones y no termino de oír bien las conversaciones, que es lo que más me agobia.

A veces estoy incluso tentada de quitármelos, sobre todo cuando hay demasiado ruido.

Pero no lo hago, porque he empezado a notar un gran cambio en mi vida diaria y sé que es solo cuestión de paciencia conseguir oír bien en todos los ambientes.

Necesito tiempo para acostumbrarme a ellos, pero sé que lo voy a hacer. Aunque me va a costar, porque es normal. Así que me los quedo.

El hecho de que me dejen pagarlos en cómodos plazos también me ha ayudado a decidirme, no te voy a engañar. Madremíadelamorhermoso, qué caro sale oír bien.


Si quieres ayudar a financiar mis vicios, digooooo, mis audífonos y encima pasar un buen rato leyendo, puedes echar un ojo a los libros que tengo publicados. Por un lado tienes una comedia divertida y amena para el fin de semana de frío que se nos avecina; por otro, un compendio de dudas sobre lo que hago en clase, que parece que después de veinte años todavía no he conseguido aprender a hacer la O con un canuto.

Mis oídos te lo agradecen. Y mis vecinos, que ya no tienen que oír a Miss Fisher a todo volúmen, también.

 

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