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Observación de clases: ¿Qué se puede aprender de los demás?

9 abril, 2019

Soy una firme defensora de la observación de clases ajenas.

No de que venga la inspectora a observarme, o el político de turno, o alguien que pretende juzgarme y ponerme nota, ojo. Hablo de compañeros y compañeras entrando en mi clase, o de entrar yo en las suyas, no de alguien que me evalúe.

Ya nos evalúan bastante. A todas horas. Todo el mundo.

La observación de clases me parece una herramienta muy útil para mejorar como docente. Cuando llevas un tiempo en esto, te anclas en tus técnicas y manías de tal manera que te da la sensación de que no hay otra manera de hacer las cosas. Ocurre en todas las profesiones (menos en medicina, espero), pero eso no lo convierte en más deseable ni en algo a lo que debamos aspirar.

En nuestro sistema, esto de la observación no lo llevamos muy bien. Sé que estoy generalizando y que cada docente y cada colegio es un mundo, pero he estado en centros donde, cuando entrabas en un aula a dar una nota o un recado, la profesora daba un respingo como si la hubieras pillado haciendo algo malo.

(Yo nunca me di cuenta de que nadie estuviera haciendo algo malo, pero a saber. Lo mismo estaban adoctrinando en igualdad y valores, fíjate).

En muchos otros, por contra, las clases se dan con la puerta abierta e incluso ves a los niños y niñas saliendo al pasillo y trabajando en grupos desperdigados por toda la planta. En esas clases se entra sin llamar, se habla con los y las peques, se dan recados sin dar infartos… Y se ve cómo trabaja la persona al cargo de la clase.

Y se aprende mucho.

Sistematizar la observación de clases puede incomodar a mucha gente, pero hay maneras de hacerlo que quizás no sean tan incómodas para esa persona a la que entras a observar. Los motivos para hacerlo también pueden ser variados, y ahí cada una puede elegir el suyo. Yo te voy a dar los míos, que parten de una premisa muy simple: no hay nadie mejor que un docente para enseñarme a ser mejor docente.

NADIE.

Observación de clases: cómo y por qué

Aprendizaje entre iguales

Se nos llena la boca cuando hablamos del aprendizaje entre iguales con los niños y niñas, pero no lo solemos aplicar con los y las docentes. En Primaria se ve muy bien cómo las peques son capaces de explicarse conceptos complejos entre ellas mucho mejor de lo que nosotras lo hacemos. Utilizan sus propios términos, dan ejemplos prácticos de su vida diaria, hablan el mismo lenguaje.

Con los docentes pasa tres cuartos de lo mismo. La formación y los cursos que hacemos se quedan (normalmente) en la teoría y rara vez van más allá. Cuando ves a una compañera en acción, resolviendo problemas reales y transferibles a tu experiencia en el aula, aprendes mucho más que en todos los cursos del mundo.

Bueno, del mundo no sé, pero de esos a los que he asistido yo por los puntos para las oposiciones, sí.

Nuevas formas de hacer lo de siempre

Los tiempos han cambiado y las clases de hoy no son iguales que las de hace veinte años. Los niños y niñas se relacionan de otra manera, tienen más acceso a la información, las estructuras familiares son distintas, el respeto al docente en clase es otro…

Sí, vale, todo es muy distinto. Pero hay cosas que siguen siendo iguales.

Tienes que conseguir que la clase te preste atención (aunque sea durante cinco minutos, antes de dejarlos trabajar en el proyecto). Tienes que lidiar con peleas y enfados cada día, en cada recreo, en cada cambio de clase. Tienes que tomar decisiones sobre qué hacer con los que llevan una semana sin venir porque estaban enfermos, o con ese grupo que no habla ninguno de los tres idiomas que tú hablas. Tienes que decidir si los sientas por grupos, en parejas, uno encima de otro (como no bajen las ratios, por ahí vamos). Si los vas a dejar ir al baño nada más de volver del recreo o no.

En definitiva, cosas que llevas decidiendo desde que empezaste en esto, allá por el pleistoceno.

Y ya tienes tus herramientas, ya sabes qué hacer en esos casos porque llevas toda la vida haciéndolo, pero a veces no aciertas y no sabes cómo mejorar. Y entonces ves algo tan simple como una carpeta sobre la mesa de la persona que falta, donde la compañera de al lado va guardando o apuntando todo lo que se hace ese día para que nadie se sienta perdido. O te enseñan una app increíble donde los recién llegados pueden trabajar de forma semi-independiente mientras tú das la clase al resto, hasta que tengas un rato para juntarte con ellos. O te dan una brillante idea para hacerte cargo de los más meones sin tener que pedir la fregona cada dos por tres.

(Si alguien tiene esta gran idea, por favor, que la comparta).

Nadie va a reinventar la rueda a estas alturas (no, ni siquiera el Teacher Prize de las narices), pero esos pequeños detalles nos dan la vida y hacen que nuestro día a día vaya mejor. Son cosas que no van a aparecer en ningún libro o curso de marras, que surgen de la experiencia y de meter horas por un tubo. De ser un profesional en lo nuestro, vaya.

Cómo evitar la paradoja del observador

Seguro que te suena este término, pero aquí te lo dejo, por si acaso. Hace referencia a que, cuando alguien está siendo observado, los resultados no son naturales y pueden estar influenciados por la presencia del observador.

Eso pasa, sin duda, cuando la persona que hace la observación de clases es alguien con poder que viene a evaluar, criticar o despellejar tu forma de dar clase. Te pones nerviosa, creas una unidad que nunca has probado antes o das una clase que tiene muy poco que ver con lo que sueles hacer normalmente y corres el riesgo de que, por querer destacar, te salga un churro espectacular y la cagues de forma épica.

(Esto también se termina pasando, a base de práctica. Cuando trabajé en Estados Unidos, el director entraba en mi aula dos o tres veces al año para hacer una observación formal y decirme qué había hecho bien y qué mal. También era muy común que a lo largo del día se te plantara gente en clase sin avisar, así que al final aprendes a no asustarte cuando entra gente con traje en el aula y empiezan a pasearse entre las mesas preguntando a niños y niñas qué están haciendo y por qué).

(No, mentira, no te acostumbras nunca, pero el infarto cada vez es más llevadero).

Entre compañeras no debería pasar tanto, aunque sé que ocurre. Hay maneras de entrar en un aula a hacer una pequeña observación sin que la profe se ponga a la defensiva. Si hay algo concreto de su clase que quieras ver (cómo maneja trabajar en grupos, por ejemplo), pídele permiso para pasar por su clase a esa hora. Para que los niños y niñas no se cosquen de que estás ahí “de miranda”, echa una mano en clase, haz de apoyo, y así te empaparás aún más de lo que está ocurriendo en la clase.

Si es a ti a quien quieren ir a ver, abre las puertas de tu clase y acoge a quien quiera entrar. Piensa que, compartiendo lo que sabemos, hacemos un favor a nuestras compañeras, al colegio y a los niños y niñas de esas compañeras. A la larga, eso se traduce en un mejor sistema educativo y en una mejor sociedad.

Que, al fin y al cabo, es el objetivo.

Observación de clases fuera del colegio

Se están haciendo maravillas ahí fuera. Hay colegios públicos poniendo en marcha un montón de proyectos que hacen que se nos caiga la baba cuando leemos sobre ellos. Pero claro, en el papel todo queda muy bonito. ¿Cómo se puede implementar lo que están haciendo en esa escuela en la nuestra? ¿Cómo lo adaptamos?

El primer paso para eso es ir de visita. No hace falta que vaya todo el claustro, un grupo bastará, pero viene muy bien ver en vivo y en directo cómo se hacen las cosas. En la gran mayoría de los casos, una llamada a esos centros pidiendo permiso bastará para ir a echar un vistazo. A la gente le gusta que su trabajo sea valorado, y ya sabes aquello de que copiar es la mayor muestra de admiración. Si alguien te dice “quiero llevar a mi centro lo que estáis haciendo en el vuestro”, es momento de palmadita en la espalda.

No te van a pagar más por hacer las cosas bien, pero ¿y la ilusión que hace?


Qué difícil es dar clase, y qué difícil saber si estás acertando o no. Nuestra evaluación viene de mano de los niños y niñas, de las familias, y también de nuestras compañeras. Y lo mismo que recibimos de ellas es algo que deberíamos dar nosotras: reconocimiento. Cuando una compañera haga algo que a ti te parece una maravilla, díselo. Sabes qué solas nos sentimos a veces. Sabes cuántas dudas tenemos a menudo. No nos pongamos más piedras.

(Soy consciente de que este último párrafo me ha quedado muy “sesión de coaching educativo chachiguay”. Aquí te dejo un TÚ SÍ QUE VALES como colofón final, y no te olvides de poner el PostIt con un número del 1 al 10 como evaluación en el corcho de la entrada, gracias).

(Ah, y son 150€ por persona. Pasen por caja buen día, un saludo).

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