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La muerte como parte del currículum

7 noviembre, 2018

Que la fiesta de Halloween nos ha invadido es un hecho tan cierto como que el turrón sabe más rico en noviembre que en diciembre o enero (por eso de que todavía no te ha dado tiempo a empacharte de él). La versión americana de la noche de Todos Los Santos se nos ha colado en la sociedad sin darnos cuenta, y cualquiera les dice a los y las peques que no pueden ir a pedir chuches de puerta en puerta.

Bueno, pueden pedir lo que quieran, pero la llevan clara si creen que la gente les va a lanzar algo desde las ventanas. Por lo menos en Vitoria.

Quiero decir, por lo menos yo.

La fiesta de Halloween trata de monstruos, de vampiros y de dar miedo, pero solemos esquivar el verdadero tema que hay tras los disfraces y los caramelos, el tema original que dio comienzo a la fiesta pagana y después a la cristiana: la muerte.

Porque sí, nos disfrazamos de seres que pierden trozos de piel por el camino y aun así nos da más miedo hablar de la muerte sin tapujos que los muertos vivientes de las películas. Sobre todo con los niños y niñas.

Creemos que los vamos a traumatizar o que no van a entender lo que representa perder a un ser querido (no te digo ya a un compañero o compañera de clase), sin darnos cuenta de que el hecho de que nos hagan preguntas sobre el tema es prueba de su curiosidad.

Y cuando hay curiosidad, hay que saciarla. Porque si no la saciamos nosotras, corremos el peligro de “obligarlos” a buscar en otras fuentes. Y entonces sí que tenemos un problema.

La muerte en el currículum

Como luchar contra Halloween es imposible, en nuestro colegio el AMPA propuso darle una vuelta y quitarle parte de la carga consumista que arrastra. Organizaron una visita al cementerio de Santa Isabel de Vitoria (si no habéis ido, ya estáis tardando) que se nos hizo corta porque fue genial. También nos trajeron a Txabi Arnal, un escritor, maestro y profesor de la Universidad del País Vasco que hizo su tesis sobre la literatura y el duelo y nos dio una charla conjunta a familias y profesorado.

¿Sabes esas horas de formación en las que tienes que hacer un esfuerzo por mantener los ojos abiertos y todo el mundo sale del colegio pintando cuando da la hora de marcharse, haya el ponente terminado o no? Pues esta fue todo lo contrario. La poco más de hora y media se nos pasó en un suspiro y a punto estuvo el señor de la limpieza de encerrarnos dentro porque no nos íbamos.

Y es que Txabi, aparte de saber mucho sobre el tema (por algo se doctoró en él), ha sido maestro de Infantil antes que profesor de personas adultas, y se nota. Nos enganchó con su humor, con su forma de contar las cosas, con su “Hola, soy Txabi y me voy a morir” y, sobre todo, con los álbumes ilustrados que nos trajo.

Nos dejó, además, una buena retahíla de consejos para poner en marcha en clase. Porque la muerte, como él dice, es parte del ciclo de la vida y, cuando no la explicamos, el círculo se convierte en una U y no se cierra. Porque, como personas adultas con quien no se trató el tema en la escuela, aún arrastramos una gran carga y un miedo a hablar de la muerte que no deberíamos transmitir a nuestro alumnado ni a nuestros hijos e hijas. Y porque, como decía Mark Twain, en la vida solo hay dos cosas seguras: los impuestos y la muerte.

5 ideas para tratar la muerte en el aula

1. Desarrollar un protocolo en el centro.

Intento imaginarme el título que le daría yo al nuestro y cada uno que se me ocurre me gusta más:

Protocolo de muerte.

Protocolo mortal.

Protocolo de muerte mortal.

Protocolo en caso de homicidio involuntario por causas relacionadas con el trabajo.

(Ruth, recuerda que es para la escuela, no para salvar tu propio pellejo si se te va la mano, ¡céntrate!)

Como muy bien apuntó Txabi, tenemos tendencia a acordarnos de Santa Barbara solo cuando truena. La muerte es una parte integral de nuestra vida diaria y seguro que en alguno de los centros en los que has estado más de un niño y más de dos ha perdido a un ser querido.

Peor todavía: en algún centro puedes haber perdido a algún niño o niña.

Y cuando pasa algo así (sobre todo esta última posibilidad), todo el mundo busca acercarse al tema de la mejor manera que puede y sabe. Por desgracia, no sabemos mucho, porque es un tema que ha sido tabú durante muchos años. También es demasiado importante como para dejarlo en mano de docentes individuales porque como centro deberíamos seguir una línea común.

Txabi Arnal señaló las dos partes que debe tener un protocolo de este tipo: una preventiva y otra paliativa. No hace falta esperar a que pase algo para tratar el tema, igual que no hace falta esperar a que los niños y niñas sean sexualmente activos para explicarles qué es el sexo (o, ejem, al menos no deberíamos). La muerte debe tener un espacio en nuestra clase y no debe ser un tema que evitemos como si estuviéramos hablando de algo feo o malo: a todos y a todas nos va a llegar el momento tarde o temprano.

Esperemos que sea más tarde que pronto, porque tengo muchas cosas que hacer todavía, pero que va a llegar es seguro.

Tampoco es cuestión de convertir nuestra clase en un velatorio e ir con caras largas todo el santo día. De lo que se trata es de no esquivar el tema cuando un niño o una niña nos haga una pregunta. ¿Cuántas veces te han preguntado a dónde va la gente cuando se muere? ¿Cuántas veces has cambiado de tema? Yo menos en los últimos años, pero es cierto que antes tenía tendencia a esquivarlo. Quizás sea porque ahora sé lo que es la pérdida y puedo compartir lo que sentí (y aún siento).

Porque ahí está el truco: los niños y niñas aprenden cuando pueden basar el nuevo concepto en una experiencia previa, aunque sea literaria, aunque sea una conversación. Si ven que el compañero está triste porque una mascota querida ha muerto y se habla de su pérdida en clase, o si leen un cuento en el que un personaje pierde a un ser querido, van a entender que lo que sienten, cuando les llegue el momento de perder a alguien, es normal.

Después llega la parte paliativa, esa que a nadie le hace gracia y ojalá no hiciera falta. Qué hacer cuando un niño o una niña pierde a un ser querido. Peor todavía es cuando la escuela pierde a un niño o a una niña. Y esto me lleva al segundo punto.

2. Cuidado con los homenajes

El objetivo del duelo es volver a la normalidad lo antes posible. Los niños y las niñas son resilientes, se recuperan de los batacazos que les da la vida con una rapidez que ya la quisiéramos nosotras. Txabi mencionó que, si una peque está todavía triste por la muerte de un ser querido un mes después del suceso, deberíamos buscar ayuda externa porque algo no se ha cerrado bien.

Nos dijo aún más: “Un niño debería ser capaz de salir del funeral de su abuelo y ponerse a jugar con sus amigos”.

Las personas adultas somos distintas, no cabe duda, y necesitamos nuestros rituales de despedida. Esos rituales son necesarios y es muy recomendable que los niños y niñas formen parte de ellos, ya sea yendo al funeral de la abuelita o despidiendo a su compañera de clase.

Hay que despedirse. Hace falta, es necesario.

Pero sin pasarse. Sin alargar el drama, sin forzar, sin hacer que toda la vida del colegio gire en torno a la muerte de la pequeña.

Te voy a contar real algo que viví en una escuela. Si no te hace gracia leer sobre la muerte de niños pequeños, ve directa al punto tres, para qué llevarte el mal rato.

Hace unos años, en el colegio en el que trabajaba murió una pequeña de cinco años en un atropello estúpido (dando marcha atrás al salir de un aparcamiento, el conductor no la vio y se la llevó por delante). Yo estaba esos días liberada haciendo un curso y me enteré por el periódico de que en el pueblo donde trabajaba había muerto una pequeña.

La noticia no decía su nombre pero, cuando vi su nacionalidad, supe que era alumna mía porque en la otra única escuela del pueblo (concertada) no había inmigrantes. Algo dentro de mí, no sé por qué, me indicó también qué niña era (siempre he dicho que soy un poco bruja). Llamé al colegio y supe que había acertado: era la alumna en la que yo había pensado, a quien había dado inglés todo el año anterior y cuya risa aún recuerdo, porque jamás he conocido una niña más alegre que aquella.

Me dijeron que iban a hacer un pequeño homenaje y yo, por supuesto, fui a despedirme. La escuela era un guirigay y la mayor preocupación del equipo directivo parecía ser demostrar a la comunidad de la familia de la niña que la apreciábamos mucho. (Disclaimer: no culpo a la dirección. Yo tampoco hubiera sabido como actuar). Todo el colegio salió al patio, familia incluida; se soltaron globos en su honor y alguien leyó una poesía. Fue un detalle, un momento, y luego todo el mundo volvió a clase.

Hasta ahí todo bien.

Pero no.

Porque el ochenta por ciento de la escuela no sabía quién era la niña, profesoras incluidas. Acababa de empezar primero y nadie era capaz de ponerle cara. Pasaban por delante de la foto que pusieron en el pasillo y algunos murmuraban “ah, sí, creo que me suena”.

No sé si se trabajó algo en clase. No sé si se hizo algo. Yo volví en enero (esto fue en noviembre) y nadie se acordaba ya de ella, o al menos no la mencionaban.

Volvieron a la normalidad. ¿Sirvió de algo el homenaje? No lo sé. Para los niños y niñas, quizás. A mí, desde luego, me dejó más hecha polvo que antes de decir adiós.

Pero claro, yo hace ya tiempo que dejé de ser niña.

3. Cuidado con los eufemismos: la gente muere, no se va

¿Cuántas veces les hemos dicho eso a los peques? Con las mascotas, “se ha escapado”, “ha volado” o “lo hemos llevado al pueblo” han sido eufemismos para “se ha muerto” toda la vida.

(Un momento. Me acabo de acordar de un pollito que tuvimos que se fue al pueblo de mi tío. Un tío con el que casi no tenía relación. Que no tenía pueblo. Ni coche. Ni sabía nada de ningún pollito cuando le pregunt— SERÁN CABRONES).

A veces hacemos lo mismo con las personas. “El abuelito se ha ido de viaje”, le dice el padre, aguantando las lágrimas, a la hija. “Está en el Caribe, con la abuela, que se fue antes, ¿te acuerdas?”. La niña no se acuerda, pero empieza a pensar que el Caribe es un sitio horrible y no entiende por qué en las películas lo mencionan como un destino deseable.

Diles la verdad. Diles que se ha muerto, no que está dormido. Diles que no va a volver, pero que ya no sufre, que no le duele nada y que es normal estar triste. Deja que se despidan en el tanatorio si lo piden, no hagas eso de “son muy pequeños para ver muertos”. Contesta a sus preguntas de manera sincera.

Pero no les digas que están dormidos. No me imagino las pesadillas que van a tener creyendo que el abuelito está dormido y lo han metido en una caja para el resto de su vida.

4. Dale tiempo

Si alguna vez pasas por el trance de perder a alguien de tu clase, date tiempo y dale tiempo a la clase. Deja que se expresen, que lloren, que hagan preguntas. Muestra tú también lo que sientes. Ni se te ocurra vaciar el casillero de la niña con nocturnidad y alevosía, cuando no estén los críos delante: hazlo delante de la clase y aprovecha para recordar su vida. No tiene que ser el mismo día que recibas la noticia, ni a la semana siguiente. Igual la clase no quiere que quites sus cosas, déjalas hasta fin de curso y recógelas cuando el resto se las lleve también.

El objetivo es volver a la normalidad y hablar de esa niña con normalidad forma parte de ello. Celebra el día de su cumpleaños, recordad cómo era, sin regodearos en su recuerdo y en el dolor, sino felices porque la conocisteis y fuisteis parte de su vida.

Así lo viven los niños y las niñas. Aunque a veces se acuerden y estén tristes, al instante siguiente se están riendo. Es una parte más de sus vivencias. Un aprendizaje más. Todo suma.

5. Observa y pide ayuda

No todos los peques van a llevar la muerte de un ser querido igual y no es algo que debamos pretender. Lo que necesitamos es estar atentas para detectar las pequeñas señales de auxilio. Ese niño que siempre ha sido el graciosete (adorable) de la clase y de repente se pone la capucha porque quiere desaparecer en sí mismo, esa niña que siempre ha sido muy dulce y sin venir a cuento empieza a meterse en problemas, esa niña que se echa a llorar de repente y no puede poner en palabras por qué está así: son señales de alarma y debemos estar atentas. La depresión en la adolescencia no es un cuento ni parte de la edad, es algo serio que puede hacer mucho daño.

El objetivo no es solucionarlo (no somos psicólogas), sino pedir ayuda. Llamar a la familia, contarles lo que hemos visto. Y dejarles saber a los peques que sabemos por lo que están pasando.

La muerte es parte de la vida y como tal debemos tratarla en clase. Sin dramas, sin angustias, sin eufemismos. Aquí te dejo una pequeña lista de libros que puedes usar con tu clase (sobre todo con los más pequeños), no tanto para tratar el tema explícitamente sino para hablar de él como hablamos de un millón de cosas más.

Porque la muerte está ahí, está presente, pero no hay por qué temerla si la entendemos (medianamente, al menos).

Te dejo leyendo. Te dejo, pero no me voy. O sea, me voy, pero no al Caribe. Ojalá me fuera al Caribe, pero al de verdad. Vamos, que pretendo estar aquí la semana que viene, toco madera, espero no haberla gafado, coño qué mal fario, para qué habré dicho nada.

Que hasta el miércoles que viene, vaya.


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