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Cinco años

14 abril, 2024

Las películas de los domingos por la tarde nos han hecho creer que conocemos bien la vida en Estados Unidos, tanto que podríamos vivir allí sin mayor problema. Al fin y al cabo, habitamos un mundo globalizado, vamos a la cafetería donde te cobran medio sueldo por un café malo, tenemos docenas de restaurantes de comida rápida cuya franquicia viene de Estados Unidos; llevamos ropa de las mismas marcas que nuestros personajes ficticios favoritos, hemos importado Halloween y las fiestas de graduación del instituto a nuestro calendario, conocemos su situación política mejor que la de cualquier país europeo y sabemos, porque nos lo dicen las series, que es un país racista pero no tanto, porque en los ochenta había una serie de una familia afroamericana cuyo padre era médico y vivían muy bien y el tío del Príncipe de Bell Air llegó a juez, así que para tanto no será. Ir a Estados Unidos debería ser como ir al supermercado de al lado, fácil. Adaptar el paladar a la crema de cacahuete y ya.

Pero entonces llegas, y te das cuenta de que el shock cultural existe y es más grande justo porque pensabas que no lo iba a ser tanto. Ya no vienes de turista, vienes a trabajar, y en la aduana les falta hacerte una colonoscopia para asegurarse de que el visado que traes está en regla. Todo es más grande y más caro, y tú tienes que tener el dinero contante y sonante en tu cuenta de ahorros porque no te van a vender un coche a no ser que puedas pagarlo al contado, ni te van a alquilar una casa a no ser que des la señal entera. Tu raza ya no es blanca, es latina, aunque no consideres que sea correcto; has llegado al único país en el mundo en el que hablar español y ser bilingüe está peor visto que hablar solo un idioma, y tienes que explicar una y otra vez que no, España y México no son lo mismo. No tienes crédito, nada de comprar a plazos; los apartamentos en alquiler vienen sin amueblar, menos mal que existen las tiendas de segunda mano y los garage sales; le hablas en español al dueño de la casa porque se apellida Zabala y no te entiende, porque el apellido es de su abuelo y él ha heredado el color de pelo, pero no el idioma. Depende del estado en el que caigas, coger bien una rotonda puede suponer un accidente, porque aquí «saben» que la derecha tiene preferencia aunque tú ya estés dentro dentro, y lo único que te va a parecer el mejor invento del mundo es lo de poder girar a la derecha con el semáforo en rojo.

Tu sueldo, en comparación con el que tenías en casa, te va a parecer inmenso. Al principio no vas a entender por qué la gente se queja tanto de no llegar a fin de mes, cuando tú en proporción pagas menos por tu apartamento, la comida es más barata, el papel higiénico es tan grande que un rollo te dura semanas, y si compras la ropa en Ross o Marshalls puedes cambiar de armario cada mes. Pero poco a poco, sin darte cuenta, empiezas a gastar más. Pides una tarjeta de crédito de esas que dan puntos para viajes y te la dan, y para que las cosas te salgan gratis antes tienes que gastar. De repente, tu sueldo ya no parece tan estupendo. No entiendes qué ha pasado, porque antes viajabas y ahorrabas y ahora es una u otra, no las dos. No has llegado al nivel de tus compañeras, que tienen 25 años y una deuda de decenas de miles de dólares por las tarjetas y el crédito universitario, pero entiendes mejor cómo ha ocurrido. Te quejas de que el manager de un supermercado gane más que tú. Al fin y al cabo, tú eres docente y tienes más responsabilidades, ¿no? Seguro que también trabajas más horas.

En España no te han observado dando clase en la vida. Sacaste las oposiciones y alguien comentó que la inspectora se iba a pasar por tu clase, pero nunca apareció. Aquí tu puerta tiene que estar cerrada con llave por seguridad, para evitar que un loco con un AK-47 la líe parda, pero todas tus superiores entran y sale cuando les da la gana. Te miran por la ventanilla de la puerta sin que tú te des cuenta, entran a observarte sin avisar y se quedan diez, quince o veinte minutos viéndote dar clase. A veces entra la directora, a veces la jefa de estudios, a veces un grupo de siete personas que hace que se te olvide multiplicar y te dejes la llevada en la suma que estás explicando en la pizarra. La metodología es estricta, sigue un patrón muy concreto, y si te sales del guion no les va a gustar. Te adaptas más o menos, porque tú sabes dar clase y sabes mejor que los que están al mando que todas las metodologías funcionan con una parte del grupo y no funcionan con otra, pero aquí te han dicho que lo hagas así y tú obedeces. Al menos hasta que se cierra la puerta y vuelves a hacer las cosas como a ti te da la gana.

Y luego están los horarios y las comidas. Cuando aún no te habías montado en el avión, te prometiste que nunca comerías como ellos. Tú, que no has pisado una cadena de comida rápida en la vida, sabías que no ibas a caer en la dieta estadounidense y que ibas a seguir cocinando como si vivieras en casa. Buscas el aceite de oliva (lo venden por galones y en proporción es más barato que en España, aunque es una mezcla de Turquía, Italia y demás países mediterráneos, pero está bueno), intentas comprar pescado y descubres la tilapia, que sabe a barro, y que aquí no conocen la merluza, así que te lanzas al salmón y al pez espada, pero te hartas y terminas comprando pollo. Con las horas que metes en el cole, las tardes se quedan en nada, y lo último que te apetece es pasarlas cocinando en casa, así que sales a cenar más a menudo, o tiras de platos fáciles, pasta, sándwiches, algún congelado; total, para la media hora que tienes para comer te basta con un puñado de frutos secos y una barrita de cereales, ya cenarás más limpio. En el cole siempre hay algún dulce, magdalenas (cupcakes a este lado del charco), un regalo de dirección en forma de comida, y te sorprendes porque tú nunca has sido de refrescos pero ahora caen dos o tres a la semana. El primer año ganas peso como la gente que se va de Erasmus en la universidad, y cuando vuelves de las vacaciones de verano te pones las pilas con el gimnasio y empiezas a rechazar todos los dulces que te ofrecen y a dedicar los domingos a llenar el congelador de comida sana. Batch cooking, lo llaman aquí. Cocinar en la olla grande y congelar lo que sobra, lo llaman en tu casa.

Y en ese segundo año te das cuenta de lo bien que te has aclimatado. Que ya no te sorprende ver a gente con pistola en la cadera haciendo la compra en el súper. Que la botella de leche de dos litros te parece pequeña. Te has acostumbrado tanto a girar con el semáforo en rojo que lo has intentado hacer en tu pueblo este verano. Ocho horas de trabajo con treinta minutos para comer te parecen lógicas y hasta te sobra tiempo para hacer fotocopias, y la tarde empieza a dar para más cosas, porque aprecias mucho tu tiempo libre. Eso de coger el coche en vacaciones y conducir durante horas y horas por carreteras que no tienen fin te gusta cada vez más. En el colegio ya te aprecian, saben que trabajas bien (no has hecho nada diferente, simplemente llevas mucho tiempo haciendo esto, no como una de tus compañeras, que hasta hace dos años era recepcionista en un hotel) y te dejan en paz, con las observaciones obligatorias pero sin respirarte en el cogote. Haces amistades. Viajas. Te alegras de haber alargado la experiencia un año más a pesar de lo mal que lo pasaste el año pasado.

Y antes de que te des cuenta, ya has acabado el tercer año y toca decidir si te quedas hasta el quinto. Te acuerdas del queso, de los boquerones, de las croquetas, del jamón. Pero igual te has enamorado y estás pensando que cinco años se van a convertir en para siempre. O has tenido un hijo con alguien de aquí y no te puedes ir si no quieres renunciar a criarlo. Siempre decimos que la vida da muchas vueltas, pero hay situaciones que empujan la rueda aún más, y pocas cosas te cambian más la vida que mudarte al otro lado del mundo.

Igual te casas. Igual te divorcias. Igual descubres cosas sobre ti que no sabías que estaban ahí. ¿Podré continuar con mi relación si me marcho? ¿Me seguirá esa persona? ¿Qué encontraré a la vuelta? ¿Seguirá todo el mundo donde los dejé? ¿Se acordarán de mí, tendré mi hueco de nuevo? ¿Y si me han reemplazado? ¿Cómo voy a volver a ser la persona que era antes de venirme? ¿Cómo me adapto otra vez a la forma que tenía antes de ser quien soy ahora? ¿Se pueden desvivir cinco años? ¿Se puede olvidar lo aprendido?

Cinco años, o cuatro o tres. No hace falta más para que el shock cultural se convierta en transformación personal. Por mucho que sea Estados Unidos y ya creas conocerlo, por mucho que la gente que fue una semana de vacaciones a Nueva York te diga que no es para tanto. Las personas que sacan el máximo provecho de la experiencia no vuelven igual que se fueron.

A no ser que vinieran pensando que esto era una beca. Pero esas no suelen pasar aquí cinco años.


Si te ha interesado esta entrada y mi experiencia en Estados Unidos como profesora visitante, te recomiendo que eches un vistazo a las entradas antiguas de esta sección. Si de verdad te interesa porque quieres participar, lo mejor es que te hagas con esta pequeña guía donde recopilé todos los artículos e incluí algún extra para echar una mano a quien se quiera animar. Con sus luces y sombras, es una grandísima experiencia y te alegrarás de participar. 

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