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Formación: cuándo decir basta

17 septiembre, 2018

Creo que sería muy difícil encontrar a un docente que opine que la formación no es necesaria. En esta profesión, como en muchas otras, formarse es una parte indivisible de nuestro día a día, por la simple razón de que la sociedad cambia y siempre hay un tema (o dos, o tres, o diez docenas) en el que necesitamos un repaso. Ya sea cómo tratar la diversidad, los últimos avances tecnológicos que llevar al aula, cursos sobre metodologías que no manejamos demasiado bien (me niego a llamarlas nuevas, porque algunas son del siglo diecinueve), tratamiento del género, diabetes, reanimación cardio pulmonar… Siempre hay algo que nos va a venir bien aprender o repasar. Siempre vamos a tener alguna laguna en algún sitio.

Pero, aunque esas lagunas existan, no significa que la única manera de cubrirlas sea la formación reglada. Todos los años por estas fechas nos llega una cantidad ingente de cursos homologados por el departamento de educación de cada comunidad autónoma, o universidades ofreciéndonos los últimos grados y másteres en las más modernas metodologías [del siglo diecinueve]. Ya sea por inseguridad, porque creemos que esos cursos nos van a servir realmente en el aula o porque necesitamos el título para la antigüedad o el concurso de traslados, tenemos tendencia a llenar nuestro tiempo libre con un montón de cursillos de treinta horas, uno o dos por trimestre, raspando tiempo de donde no lo hay o apuntándonos a los más cutres porque parecen fáciles y no van a costarnos mucho esfuerzo.

Admítelo: tú también lo has hecho.

Yo también tengo una larga lista de cursos cuyos títulos apenas recuerdo. Podría deciros que no lo hago porque se me han olvidado, porque hace mucho tiempo ya que los hice y quién recuerda qué estudió hace seis o siete años. Pero mentiría. Con la boca llena.

No me acuerdo porque no puse ningún entusiasmo en sacarlo. Necesitaba las horas de formación para las oposiciones e hice los cursos más fáciles que encontré, sobre cosas que ya dominaba. Cursos que contaron como treinta horas de formación en cinco o seis de trabajo, tirando por lo alto.

No me avergüenzo. Conseguí reconocimiento sobre cosas que ya sabía, no engaño a nadie.

Y me saqué una licenciatura enterita mientras trabajaba a jornada completa, así que tenía derecho a tirar por el camino “fácil” en cursos online sobre “microblogging” (what?) porque en casa me esperaba un tocho de lingüística tremendo cuyos conocimientos me han servido para dar mejor mis clases.

Te lo juro por el máster de Cifuentes.

Cuándo decir no a la formación

Hace ya años que decidí que no iba a volver a estudiar nada que no me interesara y que no iba a terminar ningún curso que me defraudara, incluso si tenía que dejarlo a la mitad.

(Es curioso: puedo hacerlo con un curso, incluso con un máster, pero no con un libro. Por qué soy así, Yahoo respuestas).

Si algo me atrae y me pongo con ello solo para descubrir que no es lo que yo pensaba, lo dejo. Aunque me cueste dinero. Mi tiempo es demasiado valioso para desperdiciarlo en algo que no me gusta y que, por suerte, no necesito.

Soy consciente de que no todo el mundo está en la misma situación. Yo ya soy funcionaria y, si me presentara a cualquier otro tipo de oposición, tengo títulos suficientes para llegar al máximo de puntos que la formación otorga. El día que quiera pedir traslado tampoco voy a tener mayor problema, porque en mi ciudad hay trabajo (y un montón de jubilaciones en los próximos años) y tengo puntos de antigüedad suficientes .

En algunas comunidades, los puntos que dan los cursos homologados son la única manera de acceder a subidas de sueldo por antigüedad. Luego dicen de los exámenes y los castigos, el “si no te comes los guisantes los tendrás para cenar” de toda la vida, y resulta que algunas delegaciones de educación utilizan las mismas técnicas con sus docentes.

Cada persona verá en qué situación se encuentra y si le conviene o no sacrificar treinta horas (o sesenta, o trescientas) de su tiempo libre al año para sacar cursos que no le interesan en absoluto. Yo, a estas alturas, tengo un criterio muy definido para saber cuándo me merece la pena hacer formación y cuándo no.

No hagas formación si…

Sabes más que el/la ponente

Esto puede ser una tontería, pero a mí me ha pasado más de una vez. Ponerme a hacer un curso de blogs, por ejemplo, y darme cuenta de que sé más que la persona que me lo está dando.

La última vez que me pasó, desarrollé una brillante estrategia. Me dediqué a coger ideas y ver qué deficiencias tenía el curso al que me había apuntado, qué me gustaba y qué no. Y para el año siguiente tenía preparado un esquema para un curso que presenté para dar yo, presencial un año y online otro. Metí alguna hora más que cuando recibí el curso, pero esta vez, además del crédito de haber trabajado dando formación (y aprender más todavía sobre algo que dominaba), me llevé un sueldo al final.

Y es que tenemos la manía de creer que no sabemos suficiente sobre un tema para, a base de ridículos cursos que nos hacen perder el tiempo, terminar dándote cuenta no solo de que sí sabes, sino de que ya te has convertido en experta.

No aprendes nada nuevo

Puede que no sea tan drástico como decir “yo sé más que tú”, pero muchas veces tenemos la sensación de estar oyendo siempre lo mismo. Cuando un tema se pone de moda (¡Flipped Classroom!, ¡Proyectos!, ¡Bilingüismo!), los cursos de formación parecen centrarse solo en él, aunque cambiándole el nombre para que cuele.

Recuerdo un año en el que lo único que encontraba eran cursos sobre TIC o de inglés. (Pobre del profesor o profesora que pretenda dar clase con esos pedazos de cursos de treinta horas que te acreditan un nivel B1/B2, pero esa es otra historia). La gente que ya sabía algo de TIC no tenía apenas elección en aquella formación si quería aprender algo nuevo, porque siempre eran cursos de un nivel muy bajo.

Si no estás aprendiendo nada nuevo, huye. La formación debería, cuando menos, hacernos pensar o recordar eso que habíamos olvidado, ese detalle que teníamos intención de implementar en clase que se nos pasó en el trajín del día a día. Si no sales de una formación diciendo “qué interesante”, “es verdad, no me acordaba” o “qué rápido se me ha pasado”, huye. Ya hemos pasado la edad en la que tenemos que asistir porque sí.

(Sí, soy consciente de que nuestros alumnos y alumnas no. Habrá que ponerse las pilas y asegurarnos de que salen con esas sensaciones, pobres).

Sientes la obligación de hacerlo

He picado más de una vez precisamente por esto.

Un tema se pone de moda. Se oye en todas partes y hasta en el claustro lo mencionan. Te sientes obligada a formarte en ello, porque parece la panacea, todo el mundo siente la urgencia de saber más sobre [inserte usted aquí tema interesantísimo del que nadie se va a acordar en un año]. Empiezas el curso y ves, como esperabas, que no te gusta / no estás de acuerdo / va contra todo lo que defiendes / no es lo que pensabas / lo odias a muerte. Pero te sientes en la obligación de formarte en ello, porque cómo no lo voy a hacer, cómo no voy a convertirme en una experta en [inserte usted aquí tema interesantísimo del que nadie se va a acordar en un año].

No lo hagas. Si sientes curiosidad, lee un par de artículos. Ve a alguna charla, o búscalo en internet. Asegúrate de que no lo vas a odiar, de que no vas a sufrir formándote en algo que, simplemente, NO TE INTERESA (así, con mayúsculas). Por muy de moda que esté.

¿Te sirve para el aula? ¿Te ves implementándolo? ¿Sientes, al menos, curiosidad sobre el tema para ponerlo a parir con conocimiento? Si la respuesta es no, HUYE. La vida es demasiado corta para eso.

Te quita tiempo para formarte en lo que de verdad quieres

Cuando me puse a estudiar Filología Inglesa, eché cuentas de los puntos que me daban por una licenciatura y los que me darían si todas esas horas que me iba a costar sacar la carrera las empleara en sacar cursos de treinta horas. Si hacía los cursos, el cómputo era mucho mayor que si estudiaba la carrera. Estamos hablando de dos o tres veces más puntos de una manera y de otra, no bromeo.

Pero imaginarme mis tardes frente al ordenador haciendo proyectos idiotas sobre [inserte usted aquí tema interesantísimo del que nadie se va a acordar en un año] me daba náuseas. Así que sacrifiqué (ya ves tú qué sacrificio) todos esos puntos y dediqué todas las tardes y los fines de semana durante siete años a sacarme una licenciatura en la que haber hecho magisterio no me convalidó nada.

(¿Dónde están esos másteres a distancia que regalan a todo el mundo, eh? ¿Dónde? ¿DÓNDE?).

Jamás he estudiado tan a gusto. Fue la primera vez en mi vida que estudiaba “de verdad” sin necesitarlo. Tuve malos ratos, como cuando se acercaban los exámenes y yo echaba pestes porque quién me mandaría a mí meterme en esto, pero fueron pocos comparados con los buenos. Aprendí una barbaridad y abrí la puerta a la posibilidad de cambiar de etapa si alguna vez me apetece, algo que no podría hacer con todos los mini cursos del mundo. Como todavía no era funcionaria, los primeros años combiné mis estudios con la formación para conseguir puntos, aunque una vez que tuve la plaza dejé de hacerlo. Ya no me hacía falta estudiar porque “tenía que”.

No he vuelto a hacerlo. En mi cerebro solo entran datos que yo dejo pasar, no que alguien más decide que tienen que estar ahí.

Si tienes curiosidad por un tema y no hay cursos homologados que te vayan a dar puntos, mi consejo es que lo hagas de igual forma. Un amigo mío dice que el conocimiento es lo único que nadie nos puede quitar, y estoy muy de acuerdo. No sabemos dónde nos va a llevar la vida y, aunque ahora te parezca que ese curso de fontanería no sirve más que para hacer de manitas en casa, lo mismo terminas montando una empresa porque eres la mejor fontanera de la ciudad. O dando clase en un módulo de FP porque te das cuenta de que lo disfrutas más que enseñando a sumar y restar.

Estudia lo que te gusta. Que ya tenemos una edad para poder decir que no a aquello que nos hace sentir mal.

DISCLAIMER: a veces sí necesitas formación

Sé que no todo el mundo está en mi misma situación, pero también sé que hay gente que, estándolo, parece sentirse culpable si no hace por lo menos algún curso al año. Mi intención con este post es ayudar a que esa gente no se sienta culpable por quedarse en el sofá leyendo un artículo interesante en un blog (que es lo que estás haciendo ahora, ejem) en lugar de estar metiendo horas en Moodle para los puntos de los trienios.

Por supuesto, si eres nueva y sientes que tienes muchas lagunas, la formación ayuda. Ojo, no cualquiera vale, y recuerda que lo gratis no suele ser demasiado bueno; en este artículo hice un repaso de la formación a la que puedes acceder, pero filtra un poco (mucho), por tu bien.

También es recomendable si te vas a presentar a oposiciones y no tienes más que la titulación obligatoria (“más que”: como si fuera poco). Te toca hacer de tripas corazón y tragarte algún que otro curso infumable, hasta conseguir la plaza y poder seleccionar más lo que estudias. Lo mismo si vives en una comunidad en la que la antigüedad depende de la formación que recibas. Aunque ahí eres tú quien valora cuánto vale tu tiempo y si un trienio merece que pases las tardes odiando tu vida y el maldito momento en que se te ocurrió ser docente.

Elige, selecciona, no caigas en el “tengo que”. Hazlo porque quieres. Y si no estás aprendiendo nada, déjalo.

¿Has hecho algún curso que preferirías borrar de tu memoria?

¿Has dejado alguna vez un curso a la mitad? ¿Por qué?

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