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Exámenes: ¿tan malos como los pintan?

31 octubre, 2018

Si hay un elemento de la clase tradicional que se lleve mala fama son los exámenes (seguidos muy de cerca por los libros de texto).

No hay más que darse una vuelta por cualquier red social (o cualquier plaza un sábado por la tarde, o por la cafetería cuqui que han abierto debajo de mi casa que siempre está llena de prepúberes) y oír a los y las adolescentes echando pestes sobre las dichosas pruebas, lo mucho que tienen que estudiar y el puñetero calendario escolar que obliga a ponerlos todos juntos, algunos incluso el mismo día.

Bueno, los adolescentes no culpan al calendario escolar, sino al profesor que no ha querido cambiarles el examen. Nadie se acuerda de que luego los tiene que corregir y le hace la misma gracia que a su alumnado.

Sé que hay mucha gente contraria a los exámenes. Muchas personas de dentro y fuera del aula dicen que no sirven de nada, que solo ayudan a memorizar y que lo que se estudia para un examen se olvida a los dos días. No voy a negar que tengan parte de razón, porque es innegable que todos y todas hemos sufrido ese tipo de pruebas, pero me temo que ahí la culpa no es tanto de los exámenes como de quien los crea.

Sí, como bien sospechabas tras haber leído algunas de mis entradas poco populares (que al final no lo son tanto, visto lo visto lo que me comenta la gente), he venido a decirte que estoy a favor de los algunos exámenes.

Porque los exámenes, por sí mismos, tienen valor. Tanto que hay varios objetivos (y más de una competencia) que no se cumplirían si no fuera por ellos.

Espera, que me explico.

La importancia de un examen bien diseñado

Si te has pasado alguna otra vez por este blog, sabes que me gusta escribir. También sabrás que soy directora y que ese cargo implica que más de una vez tengo que llevarme trabajo a casa porque el plan anual no se va a hacer solo.

Cuando llega el fin de semana, tengo que elegir entre hacer una de las dos cosas: escribir por placer (y para publicarlo luego, que es lo divertido) o dedicarle un tiempo al trabajo del cole. Mi cabeza, el corazón, la tripa, los dedos y hasta los gatos me dicen que me ponga a escribir por placer, que es lo guay, lo que más me gusta, lo que quiero estar haciendo cuando los zombies ataquen la ciudad y nos coman los sesos.

Pero una parte muy pequeña de mí que aún no tengo localizada físicamente (porque si no ya la habría extirpado, qué quieres que te diga) me recuerda que la  documentación del cole tiene fecha de entrega, que va a venir la inspectora cualquier día de estos a pedirla y más me vale tenerla preparada y medianamente decente.

La hijaputa de la voz esa que sale de vaya usted a saber dónde gana la mayoría de las veces, oigan. Qué incordio.

Claro que, como yo soy adulta, consigo organizar mi tiempo de forma que quepa todo. Me quito primero el trabajo para luego disfrutar de lo que más me gusta, que incluye escribir, salir a dar una vuelta, irme por ahí de fin de semana o tirarme a leer toda una tarde.

(Nótese que no he dicho “limpiar la casa”, “ordenar armarios” o “poner lavadoras” en ningún momento. Ejem).

Aun así, me cuesta, me cuesta horrores. Si no hubiera una fecha tope, no entregaría la programación del año, el plan de centro o la memoria del curso pasado hasta dos días antes de mi jubilación. Porque a mí lo que me gusta es hacer… bueno, lo que me gusta, como a toda hija de vecina.

¿Recuerdas lo que era ser adolescente? ¿Recuerdas lo que era ser niña y querer pasarte el día jugando? Y no me vengas con eso de que tú eras muy responsable y te pasabas el día estudiando sin que nadie te dijera nada, que no cuela.

Porque lo normal es no hacer las cosas a las que estamos obligadas hasta que la fecha límite te raspa el cogote. Y si no tienes fecha límite… muchas veces no las haces.

Como ponerte a estudiar, por ejemplo.

Exámenes y sus diseños

Eso no quita para que esté de acuerdo en que algunos exámenes no sirven para absolutamente nada.

No sé cuántas veces me habrán puesto un mapa mudo de la península para que colocara las provincias, los ríos o las cadenas montañosas, y hoy es el día que todavía no sé colocar más que el Tajo en el mapa (bueno, y el Ebro porque pasa cerquita). Cuando volví de Estados Unidos me di cuenta de que era capaz de identificar la mayor parte de los estados de aquel país, más o menos, pero no era capaz de encontrar Albacete (lo siento, oriundos de Albacete).

(Antes de que venga algún cuñado a decirme que eso es por la educación que se daba en las ikastolas, también os diré que no soy capaz de nombrar las provincias vasco-francesas y esas me las repitieron incluso más que las cordilleras. Coño, que pasaba de los veinte cuando me enteré de que el Gorbea estaba a medias entre Bizkaia y Araba, ¿dónde estaba yo cuando tocaba geografía? ¿Me abdujeron los alienígenas? ¿Tan bueno estaba el compi de clase que me gustaba?)

(Respuesta a esta última: SÍ).

Cuando un examen solo te pide regurgitar lo que has aprendido en clase, todo ese contenido que has estudiado se va a olvidar con facilidad, sobre todo si no te interesa. Pero si el diseño del examen te pide que demuestres no solo que has estudiado sino que has entendido, estudiar para esa fecha va a conseguir que, oh sorpresa, aprendas.

Es lo que ocurre cuando te dan una tabla de población y la tienes que interpretar. O cuando en un examen de literatura te piden comparar dos textos de autores que has estudiado (gracias, UNED, por este tipo de pruebas) e incluso aceptan que des tu opinión si está contrastada por todo lo que has trabajado durante el curso.

¿Por qué tiene que ser un examen escrito, en lugar de una presentación oral? ¿Por qué no un trabajo que luego hay que exponer? Siempre que haya una fecha de entrega, vale igual. Pero necesitamos una fecha de entrega. Y necesitamos una espada de Damocles, una inspectora que venga a pedirte cuentas, una profesora que no acepte cualquier cosa en un trabajo.

Necesitamos unos criterios de evaluación claros que debemos darles a los niños y niñas el primer día de nuestra asignatura. Necesitamos exigirles para que nos den todo lo que pueden dar.

Sí, lo has leído bien: exigirles. No pedirles ni esperar que te lo den por las buenas.

Exigir y presionar son cosas distintas

Ya sé que estamos en la era del buenismo, del “los niños vienen al cole a ser felices”, del “es que se esfuerza tanto…”, pero con esa filosofía estamos creando una generación de personas muy dependientes y, sobre todo, les estamos haciendo creer que merecen algo solo por el mero hecho de intentarlo.

No. Lo siento, no todo vale.

Hablamos de la competencia de aprender a aprender, pero se lo damos todo masticado y no les ponemos exámenes porque no tienen tiempo para estudiar o, peor (ay), “no queremos presionarlos”.

No sé tú, pero yo nunca me sentí presionada por un examen. Era mi deber, mi tarea, mi trabajo. Era lo que tocaba.

También es verdad que yo crecí en una casa donde un suspenso no era una tragedia, sino un toque de atención. Nunca se me castigó si suspendía y se me había visto estudiar y esforzarme (siempre lo hacía, fui una empollona).

Pero tampoco se me justificó ni se me permitió fallar dos veces en la misma piedra. Si se me daban mal las matemáticas, se me buscaba ayuda, pero yo tenía que poner de mi parte. Si había que ir a hablar con una profesora con la que había tenido un problema, se iba, pero más me valía haber dicho toda la verdad sobre lo que había pasado en clase porque si no en casa la íbamos a tener.

Los exámenes, como les digo yo siempre a los niños y niñas, son las marcas del camino que nos dicen si vamos bien o mal. Si yo, como profesora, veo que toda la clase falla en el mismo aspecto, sé que algo estoy haciendo mal. Si un niño o niña falla en algo concreto, sé que tengo que ayudarles en eso.

Si no evalúo, no hago exámenes, no pongo notas… no tengo ni puñetera idea a dónde voy ni dónde estoy. Ni como profesora, ni como alumna. Y eso valdrá para que vengan felices al cole, pero desde luego no para crear la ciudadanía que necesito para que me pague la pensión de jubilación.

Por eso estoy a favor de los exámenes, pero también de exámenes de calidad. Y, aun a riesgo de sonar incongruente con lo que acabo de decir, también estoy a favor de quitarle peso a los exámenes. Suspender no es el fin del mundo, repetir curso tampoco.

Es más, querido alumno o alumna: que tengas una carrera universitaria no te va a hacer mejor persona ni te va a asegurar una vida fácil. Pero mi trabajo es hacerte aprender, y para ello una de mis herramientas son los exámenes. Piensa que, por cada uno que tú haces, yo tengo que corregir cientos. Me gustan tan poco como a ti, pero son tan necesarios como madrugar.

Y, desde luego, mucho más necesarios que las programaciones que te va a tocar hacer cuando crezcas si cometes la locura de dedicarte a esto, my darling.

¿Qué tipo de exámenes has tenido que sufrir en tus carnes?

¿Qué pruebas son las que más odias? ¿Y las que más te gustan?

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