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Concurso de traslados: cuándo es buena idea pedirlo (y cuándo no)

20 octubre, 2020

Ya han salido las fechas para el concurso de traslados de Primaria de este año. Han salido, además, en todas las comunidades autónomas, porque este es uno de esos años en los que puedes cambiar de comunidad si te apetece o lo necesitas.

Es hora de sacar el mapa (de tu ciudad o del país entero), marcar los lugares deseados, hacer la cuenta de la vieja con tus puntos y cruzar los dedos.

O quizás no, porque estás contenta con tu destino y no quieres cambiar, y no sabes lo que me alegro por ti.

O quizás sí, pero no, pero bueno yo qué sé, porque no tienes muy claro si un cambio de destino es lo más adecuado.

Puede que tengas un grupo difícil, o que estés en un colegio difícil, o que tengas un puesto que no te gusta, pero no te parezca elegante dejar tu centro así por las buenas.

Puede que haya habido un cambio en tu vida que te haga pensar que el concurso de traslados es la respuesta. Que te hayas echado pareja al otro lado del país, que hayas roto con la que tenías.

O que necesites un cambio que no termina de llegar.

Hay muchas razones para pedir cambio, igual que hay muchas otras para no pedirlo. Me atrevo a escribirte las que yo creo que son más que lícitas y las que, en mi opinión, quizás necesiten otro remedio que no sea el concurso de traslados.

Voy a obviar el de acercarte a casa, porque o sea, hello.

Concurso de traslados: cuándo es buena idea pedirlo

Oxidarse es morir

Conozco gente que lleva más de veinte años (y más de treinta) en el mismo centro, y si me apuras en la misma aula. Acumulan materiales que nadie ha usado en lustros, guardan fichas de cuando las copias se hacían en mimeógrafo (esas de tinta azul que todavía vi hace poco en una clase) y son, a menudo, las que te sueltan aquello de «es que aquí esto siempre se ha hecho así».

O mejor aún: «Me da igual, yo no voy a hacer eso».

Que es lo que digo yo cuando pienso en quedarme veinte años en el mismo sitio.

No hay nada malo en quedarte en un trabajo o en una escuela que te gusta, pero cuando lo haces por miedo, por dejadez, por comodidad o por pereza, muy bueno no es. No importa que seas maestra, cocinera o barrendera: si tu motivo para quedarte en algún sitio durante mucho tiempo es que de algo hay que trabajar antes de poder jubilarse, no es un buen motivo.

En nuestra profesión, además, los años pesan mucho. No me refiero a que cada vez me cueste más subir las escaleras o que cada vez tenga menos paciencia con según qué actitudes (no hablo de los y las peques), sino de que es muy fácil caer en el «pues yo siempre lo he hecho así» si no incluyes algo que te sacuda de vez en cuando.

Puede ser una compañera recién llegada que tiene una metodología que te llama la atención. Un equipo directivo que le da la vuelta al colegio. Un cambio en el tipo de alumnado del centro.

Pero si no eres perceptiva a estos cambios y te enrocas en tu manera de hacer las cosas, te vas a oxidar. Veinte años haciendo lo mismo agotan a cualquiera. No hay cuerpo que aguante la monotonía sin resentir la mente.

Por eso, cambiar de vez en cuando viene bien. No te digo que no debas quedarte en una escuela cuando estás a gusto y estás haciendo las cosas bien, pero estate atenta a las señales de alarma. En el momento en el que pienses «ya ha venido la lista esta a ponerlo todo patas arriba, con lo bien que estábamos», comprueba que sea verdad que estás bien y no solo cómoda.

Si es la segunda, quizás debas incomodarte un poco.

Cuando todo te toca a ti…

Ya sabes a qué me refiero. Eres la única voluntaria para llevar el festival de Navidad. Siempre te toca a ti encargarte de los ordenadores. Como controlas muy bien la clase, te dan siempre la más guerrera.

Si estás en un centro donde tu buen hacer se ha convertido en una excusa para lanzarte a ti todo lo que el resto no quiere, quizás sea hora de cambiar de lugar.

Y ojo, que a veces no es solo culpa de la escuela que tú tengas los hombros agotados por el inmenso peso que llevas. A veces desarrollamos la creencia de que somos indispensables y de que nadie lo va a hacer tan bien como nosotras, y total, si no me cuesta nada, ya me encargo yo.

No digo que no lo hagas bien, pero no por eso tienes que hacerlo tú todo. Esta profesión es un ironman, y más te vale dosificarte. Cuando en un centro eres tú la que lo lleva todo y siempre hay una excusa para seguir haciéndolo, quizás necesites un lugar nuevo en el que los roles ya estén repartidos y sea otra la responsable.

…y cuando no te toca nada. 

Lo contrario a que te den a ti todo es que no te dejen hacer nada.

Ese «aquí siempre se ha hecho así», ese «no, deja, de eso siempre me he encargado yo», ese «tú tienes que…» sin dejarte dar tu opinión sobre qué es lo que tú quieres hacer y qué es lo mejor para tus alumnos es de lo peor que te puede pasar en un centro.

Créeme.

Se hace a menudo con la gente joven, pero no tiene por qué, y a menudo también la edad o los años de experiencia tienen poco que ver con que no confíen en ti. Cuando estás rodeada de gente que lleva allí media vida, este caso se da a menudo.

Y me temo que poco vas a poder hacer para cambiar la situación. Solo te queda esperar a que se jubilen.

El clima de un colegio, en general, es una razón de peso para cambiar de centro. Yo diría que, junto a la de acercarte a casa, la más importante.

Que no te dé miedo abandonar un barco donde no cuentan contigo ni de grumete. Y hablando de miedos…

Es un trabajo, no tu vida

La dichosa vocación nos ha hecho creer que ser docente es poco menos que una unción divina.

Tu vida se define por tu profesión. Sales de clase y hablas de tu alumnado como si fueran tus hijos. Si no tienes familia, como es mi caso, es fácil que tu trabajo te devore hasta el tiempo libre. Hablas de él, te lo llevas a casa, haces cosas el fin de semana que tienen que ver con el cole…

Y cuando llega el momento de tomar decisiones vitales, piensas en cómo va a afectar esto a tu centro.

Ya sabes: acercarte a casa, cambiar de destino para estar más cerca de una pareja, cogerte un avión y mudarte a Texas a vivir la aventura gringa… 

Te voy a dar un consejo que te va a sonar muy egoísta, pero ahí va: si necesitas un cambio, por las razones que sean, que le den morcilla al centro. 

A veces se nos olvida de que dar clase es una profesión por cuenta ajena y que no le debemos nada ni al centro ni a la administración (aparte de nuestro trabajo bien hecho a cambio de un sueldo, que no es poco). Se nos olvida que, antes de que llegáramos, ya había alguien en ese puesto que lo dejó vacante por las razones que fueran. Que después de nosotras llegará alguien que conseguirá que nos olviden. 

Y eso es bueno. Significa que no somos imprescindibles.

Sé imprescindible con tu familia o tus amistades, no en tu trabajo.

Si en tu vida personal hay un motivo de peso para cambiar de centro, de localidad o de país (hello!!), hazlo sin pensar en cómo va a afectar eso a tu centro. Sé que suena casi cruel, pero créeme cuando te digo que ningún cambio de personal hundirá el centro.

Los recortes pueden hundirlo. Las malas condiciones laborales. El mal ambiente entre profesores.

¿Cambiar una profesora por otra? Nunca.

Participa en el concurso de traslados sin miedo.

¿Qué miedo?

Los cambios asustan, lo sé.

No estás a gusto en tu centro, o al revés, lo estás, pero llevas tantos años que te sientes oxidada y quieres un cambio. Tienes una edad y te da un poco de miedo un cambio drástico, aunque al mismo tiempo te emocione empezar de cero en un lugar donde no te conocen.

Pero, ¿y si no encajas? ¿Y si no te gusta el centro? ¿Y si te encuentras con alguien que te hace la vida imposible? Las dudas te asaltan y no sabes qué hacer.

Es la sensación más normal del mundo.

Echa la vista atrás. Revisa los centros en los que has estado. ¿Cuál fue la razón de marcharte de todos ellos? ¿Te fuiste porque quisiste, porque eres un culo inquieto que no puede estar muchos años en el mismo sitio? Yo me he dado cuenta de que nunca he estado más de cinco años en el mismo centro, y no me parece nada negativo. Me fui porque quería probar cosas nuevas, no porque me tuviera que marchar.

¿En alguno de esos cambios te ha pasado algo grave que convierta ese miedo en algo racional? ¿O es solo el miedo a lo nuevo, a lo desconocido, lo que te detiene?

Si es así, no lo dudes: pide traslado.

Lo nuevo asusta, pero es un susto bueno, de cosquillitas en el estómago, de lanzarte a la aventura y cruzar los dedos para que todo salga bien. Piensa que, en los tiempos que corren, tú y yo tenemos la inmensa fortuna de poder elegir dónde queremos trabajar y cambiar si no nos gusta. 

Siempre tendrás la oportunidad de irte, igual que has llegado.

Pero ojo: si al mirar atrás te das cuenta de que te has ido de todos los sitios porque, casualmente, todos tenían mal rollo y tuviste problemas con alguien, revisa tu actitud. Que igual el problema no es el centro.

Y esto me lleva a…

El concurso de traslados puede no ser la respuesta

Si la razón para participar en el concurso de traslados es que tienes un niño difícil, lo que necesitas no es otro centro, sino aprender a lidiar con es tipo de alumnado. Piensa que ese niño va a salir de tu escuela, tarde o temprano, e igual estás sacrificando un buen puesto de trabajo porque te faltan técnicas para lidiar con él.

Si estás agotada, necesitas un descanso y la ansiedad te machaca, igual es mejor que pidas un permiso, si te lo puedes permitir. No tiene por qué ser un año, pueden ser un par de meses que te ayuden a desconectar. Piensa si con eso bastaría, en lugar de marcharte de un centro y encontrarte con una situación parecida.

Y, como te he dicho antes, fíjate bien si el motivo de cambiar de centro se debe a problemas con compañeras o familias. Puedes encontrarte con gente que te haga la vida imposible, y si te pasa una vez, por supuesto, lárgate. Pero si allí donde vas tienes la sensación de que todo el mundo va detrás de ti, de que todo el mundo te hace la vida imposible, de que las familias siempre están contra ti… pide ayuda, no un traslado. Aquí hay un problema. Y quizás lo que necesites sea otra cosa. 


Mientras decides si quieres o no cambiar de centro, te invito a que te relajes con un buen libro. Si quieres seguir leyendo sobre nuestra profesión, pero sin que te den lecciones de cómo hacer tu trabajo, tienes Profe, una pregunta, publicado por Plataforma Editorial. Si buscas algo light para esas tardes en las que solo quieres descansar, Armarios y fulares puede ser lo que necesitas. Y si tienes adolescentes en tu clase, o en casa, echa un vistazo a Antes de que todo se rompiera y dime si reconoces a alguno.

Gracias por estar ahí. Gracias por leer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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