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Comparaciones odiosas: Finlandia y modelos educativos inalcanzables

24 septiembre, 2018

Que las comparaciones son odiosas lo sabe todo el mundo. Más lo debería saber alguien que trabaje con peques o los tenga en casa, aunque por desgracia a veces no lo parece. Todo el mundo lo hace, no me digas que no: “¿Por qué no eres más como tu hermana?”, “Mira a Pepito, él nunca se porta mal”, “Los de la clase de al lado van dos temas por delante porque aquí no calláis”. No hay nada tan dañino como las comparaciones, aunque no nos demos cuenta.

De adultos la cosa no cambia demasiado, porque el ser humano es un animal de costumbres y hacemos lo que nos han enseñado. Comparamos sueldos, comparamos empleos y nivel de vida; comparamos casas (yo para decir “la mía está más sucia”), los barrios donde vivimos, los teléfonos móviles o los ordenadores que usamos, los viajes que hacemos, incluso las amistades que tenemos. No siempre es para decir “yo más” o “yo menos”, aunque a menudo sí. A veces esa comparación se convierte en competición y nos machaca más de lo que nos gustaría admitir.

De estas comparaciones no se salvan los colegios, por supuesto. Podemos hacerlas porque queremos saber a dónde llevar a nuestros hijos e hijas y buscar un proyecto pedagógico que se ajuste a nosotras; podemos comparar horarios o tipos de enseñanza; pero a menudo también comparamos resultados académicos y qué tipo de alumnado acude a uno y otro. Tiene sentido, claro, porque es una elección muy importante para los y las peques (o para docentes, si estás eligiendo en qué centro trabajar), pero no deja de ser una comparación.

Y luego están las comparaciones entre sistemas educativos. Ya sabes, esas que nos dicen siempre eso de que “en Finlandia no hay deberes”, “en Finlandia no van al cole por la tarde”, “en Finlandia los profesores tienen la misma consideración que un médico o un ministro”, y ese largo etcétera que tanto me recuerda a “ya podías ser un poco más como tu hermana”. Porque claro, una siempre intenta que el modelo a seguir sea uno muy bueno, uno estupendo, uno… Bueno, modélico. Y es que poca gente le dice al nene o a la nena “uf, menos mal que no eres como tu hermana, me sale otra seguidora de Bisbal y me corto las venas”. Siempre nos fijamos en lo peor. Siempre comparamos hacia arriba.

Comparaciones: si las haces, hazlas bien

A estas alturas de la partida, quienes trabajamos en educación sabemos que hay cosas que no se pueden comparar. No puedes comparar niños y niñas de distinto origen socioeconómico, por ejemplo, porque sabemos que ese es el mayor factor a la hora de determinar el éxito o fracaso escolar. No deberías comparar a hermanos, a distintos grupos en un mismo curso, a la nueva profesora jovencísima que empieza con ganas con la del año pasado, que se ha tenido que pedir una excedencia por problemas de ansiedad.

Con los sistemas escolares pasa lo mismo.

Las noticias, los gurús y toda la cuchipanda estupenda que parece tener acciones en los colegios de Finlandia no hace más que compararnos con el país del sol no presente durante seis meses al año, pero a nada que prestemos un poco de atención es fácil darse cuenta de que no es una comparación justa. El sistema educativo de cada país es un reflejo de su sociedad y sus costumbres, y la sociedad finesa se parece a la española en… en… Bueno, en que aquí a veces también nieva. Al menos en el norte.

Sin embargo, hay un país al que nos parecemos cada vez más, y no solo en lo educativo. En los últimos años parece que estamos criando un hermano gemelo en Estados Unidos, aunque, por desgracia, no tenemos su poder adquisitivo ni el estatus de su clase media. Nuestros sistemas educativos, sin embargo, se parecen mucho más de lo que me gustaría.

¿Que no? Te voy a dar tres puntos en los que son casi idénticos. Solo tres, sí, pero los más importantes a la hora de definir un sistema educativo.

1. Los distritos escolares

En el documental “Where to invade next”, Michael Moore hace un pequeño análisis de las escuelas finlandesas. Una de las cosas que más le llama la atención es que allí nadie se pelea por entrar en un distrito u otro porque, como podéis ver en el vídeo, todas las escuelas son públicas y todas tienen la misma calidad.

(Sí, también menciona que no hay deberes, pero CENTRÉMONOS, GENTE).

En Estados Unidos, sin embargo, dependiendo de en qué ciudad estés o en qué barrio vivas, la calidad de tu educación puede variar muchísimo. Los distritos escolares son tan diferentes entre unos y otros que a veces hay bofetadas para conseguir casa en un barrio concreto y así matricular a los peques en una escuela con buen nombre. Y ya sabemos cómo funciona esto: si un distrito o una escuela coge buena fama, las familias con mayor nivel socioeconómico llevan a sus hijos e hijas a esa escuela, y como ese es (insisto) el mayor factor a la hora de garantizar el éxito escolar… Profecía cumplida, oh milagro.

¿Te suena? He oído de gente que falsifica el certificado de empadronamiento y aparece en el de los abuelos para poder entrar en una escuela concreta, y sé que no es un caso aislado. Gente que no ha pisado un determinado colegio ni de visita lo va poniendo a parir por las esquinas y aboga por la educación concertada y privada (de la que Finlandia carece, por cierto). Así lo aboca a la marginalidad y su calidad termina bajando, los docentes se cansan de pelear y darse de golpes contra una pared y se van. Otra profecía cumplida.

Hasta que no consigamos que todos los colegios de la red pública tengan una calidad homogénea, no podemos seguir poniendo a Finlandia como ejemplo. Hasta que la educación pública no vuelva a tener la consideración que tenía antes del advenimiento de la concertada, no podemos aspirar a ser lo que nos venden en las charlas TED. Quizás consigamos que alguna escuela suelta pueda alcanzar las cotas de éxito del país de las auroras boreales, pero si seguimos creando rankings entre colegios e invirtiendo dinero en ghettos de clase media que huye de los colegios de barrio y de la escuela pública, la llevamos clara.

2. Diversidad y ratios

Voy a aclarar este punto antes de meterme en faena porque no quiero que se me malinterprete. Me encanta la diversidad de la escuela pública. Enriquece nuestras clases, nos hace más empáticos, nos ayuda a conocer otro tipo de vidas y, en general, es más que positiva. Quiero que en mi clase haya niños y niñas de distintos orígenes, con habilidades múltiples, con discapacidades o sin ellas, con una historia distinta a la mía en la mochila para que me ayuden a entender el mundo que hay fuera de mi burbuja.

Lo que no quita para que dar clase a un alumnado así suponga un esfuerzo extra. Porque no es lo mismo dar clase a un grupo de veinte niños y niñas que hablan el mismo idioma que tú que darla en una clase donde la mitad acaba de llegar de otro país. A veces a mitad de curso. A veces sin escolarizar a los diez o doce años.

En Estados Unidos pasa tres cuartos de lo mismo. En las escuelas públicas es muy normal recibir alumnado nuevo durante todo el curso. Si vives en un estado que hace frontera con México, la mayoría de los niños y niñas hablarán español, lo que hace la comunicación algo más fácil porque mucha gente estadounidense habla el idioma. Pero ojo, porque en México también hay lenguas indígenas y ¡ay!, ríete tú del euskera si te llega una familia de Oaxaca que hable zapoteco. Por no hablar de la inmigración en las grandes ciudades, que puede llegar de cualquier lugar.

En Finlandia, con una tasa de inmigración del 5% (que además viene sobre todo de Suecia, cuyo idioma es cooficial en el país del frío), esto no pasa. No están acostumbrados a que en enero les lleguen cinco o seis alumnos nuevos por clase con quienes muchas veces no se pueden comunicar y que traen un historial académico, como poco, irregular.

Por no hablar de las ratios, que, por lo que he conseguido encontrar para escribir este artículo, no están regulados pero rara vez pasan de veinte. Tiene sentido, supongo, en un país que no llega a seis millones de habitantes, pero entonces quizás deberíamos plantearnos que no se pueden tener los mismos recursos en un país de más de cuarenta.

En las clases de infantil, si pasan de trece alumnos por aula, ponen un profesor de apoyo.

Si pasan de trece.

De trece.

Vamos, igualito que aquí, donde nos ponemos contentos porque si la clase llega a 25 y Saturno se alinea con Júpiter y Venus, lloras mucho y tienes un primo en Educación, igual te ponen media persona más para todo el colegio.

Si queremos parecernos a Finlandia, deberíamos empezar a copiar las cosas que cuestan dinero, no solo aquellas que quedan en manos de elecciones individuales. Porque sí, tocar las ratios es caro, pero es lo más necesario. Tocar cualquier otra cosa y no meterle mano a eso no sirve de nada.

Eso sí, la diversidad que me la dejen quietecita, ¿eh? Más personal para hacer desdobles, profesores de lenguas para poder entendernos todos y ya, no fastidien. Que no hay cosa más triste que una clase llena de niños y niñas que no se distinguen unos de otros porque tienen hasta el mismo tono de azul en los ojos.

3. Consideración del profesorado

Hace unos días vi una portada de la revista Times donde contaban que una profesora de Estados Unidos tenía que vender plasma porque el sueldo no le daba para vivir. Para que te hagas una idea sobre el estatus social de los docentes en ese país, cuando yo vivía allí tenían una sección especial de lo que aquí llamaríamos “vivienda de protección oficial” para profesores, así que la portada está más que justificada.

(No hace falta que me creas a mí: Breaking Bad es la historia de un profesor de instituto que se mete traficante de drogas porque no le llega para pagarse el tratamiento de quimioterapia contra el cáncer. En ningún otro país podría tener sentido una serie así).

Es una de las profesiones peor pagadas en relación a la titulación que se necesita y a las horas de dedicación que exige. El menosprecio que sufren los profesores es bastante parecido al que sufrimos aquí. Nadie quiere ser docente allí.

Por suerte, aquí no compartimos lo del sueldo. No seré yo quien se queje de lo que gano, aunque tampoco es que me dé para atar a mis gatos con longanizas.

(“¿Y por qué ibas a querer atar a los gatos, Ruth?” Pues porque no tengo perro. Duh. Que hay que explicártelo todo).

Cuando viví allí tampoco sufrí demasiado, la verdad. El pueblo al que fui estaba tan lejos de todo y era tan poco atrayente que paliaban lo poco que ofrecían en calidad de vida con un sueldo más que decente. Pero un grupo del programa de profesores visitantes que fue a trabajar a San Francisco se tuvo que volver a los cuatro meses de llegar porque no les llegaba para vivir. Hablamos de una habitación en un apartamento compartido; lo de las casas y lofts que tanto se ven en las series es más ciencia ficción que otra cosa.

En todo lo demás, creo que nos parecemos mucho a los americanos. Todo el mundo cree saber más que los docentes, y da igual cuántas veces le expliques a la gente que tu trabajo no consiste solo en abrir el libro por la página cincuenta y tres. Se nos agrede, se nos maltrata verbalmente y se nos culpa del estado de la educación pública porque, ya se sabe, somos todos unos vagos.

En Finlandia, sin embargo, los docentes son uno de los grupos más respetados de la población. Se les exige, por supuesto, pero se les respeta y se toma su palabra como la de los expertos que son. No hace falta que se pase ninguna ley diciendo que tienen estatus de autoridad, simplemente lo son. Pero claro, hablamos de un país donde no hace falta poner barreras en el metro porque la gente paga sin que se lo tengan que recordar. Igualito que aquí, vamos.   

 

Por eso, cada vez que sale alguien hablando de Finlandia y sus maravillosas escuelas, algo se me remueve por dentro. No se puede comparar solo un aspecto de una sociedad tan distinta y pretender copiar solo lo que nos interesa. Si no se bajan ratios, no se invierte en centros físicos, no se llega a un acuerdo para crear una ley de educación que dure más de cuatro años seguiremos mirando con envidia a países que consiguen mejores resultados y echando la culpa a factores que no tienen nada que ver. Prohibir los móviles en el aula no va a mejorar nada. Pedir un MIR para un profesorado sobradamente preparado, tampoco.

Pero qué sabré yo, que no soy gurú.


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