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Aprender a escribir escribiendo

23 octubre, 2017

Voy a haceros una confesión: no sé andar en bici. Bueno, si nos ponemos muy exactos, saber sí sé, pero muy poco. La última vez que lo intenté conseguí llegar de mi casa al trabajo (vivía en un pueblo pequeño), pero cuando intenté subir de nuevo para hacer el camino de vuelta no supe mantener ni subirme a la bicicleta y volví con ella en la mano todo el camino hasta casa (en serio, era un pueblo muy pequeño). Como no era una necesidad y el miedo a caerme era más fuerte que mi deseo de sacar la bici de vez en cuando, no lo volví a intentar. Por eso digo siempre que no sé andar en bici, porque de esto hace ya casi veinte años y sé que ahora mismo no podría volver ni a montarme en ella.

Todo el mundo sabe que a andar en bici (o a andar sobre dos piernas, también me vale) se aprende practicando. Tienes que subir el culo al sillín, caerte mil veces, herirte las rodillas y volver a montar. Si lo haces poco, conseguirás andar en bici en tu ciudad, en tu pueblo, y quizás alguna escapadita por algún monte cercano. Si practicas mucho, podrás llegar a ser corredor profesional. Pero no hay otra manera de aprender a andar en bici que no sea… andar en bici. Y con aprender a escribir pasa lo mismo. A escribir se aprende escribiendo. No hay otra.

He conocido mucha gente en la enseñanza que se desespera cuando lee las redacciones de sus alumnos y alumnas. “¡Pero si no saben escribir!”, dicen, sacudiendo las manos y mesándose los cabellos, soltando aquello de “en mis tiempos todo lo hacíamos mejor” y dándoles fichas sobre cómo estructurar un texto instructivo o descriptivo, en el que tienen que rellenar un montón de huecos, subrayar las partes más importantes, analizar frases, pero no escribir.

Luego, en el examen, les obligan a escribir un texto de quince líneas (“ni una más ni una menos”) y se vuelven a desesperar porque siguen sin saber escribir. O peor: se rinden, deciden que si han llegado a sexto (o a primero, o a segundo de la ESO) sin saber escribir no es problema suyo. “Que se encarguen el año que viene, yo no puedo hacer milagros en un año”.

Pero sí se puede. Claro que se puede.

Hace unos años (cien o doscientos, porque los alumnos de los que os hablo ya son licenciados) me tocó ser tutora en una clase de sexto estupenda. Era la clase soñada, esa clase utópica que usan de modelo en los libros de pedagogía, esa que sabes que no puede ser de verdad porque es demasiado buena. Los chicos y chicas de la clase se llevaban genial entre ellos (y sus familias también), se ayudaban mutuamente, hacían los deberes sin faltar un día; eran respetuosos conmigo y entre ellos, tenían sentido del humor, podías bromear con ellos porque sabían dónde estaba el límite y en qué momento teníamos que empezar a trabajar… Una maravilla de clase.

Pero ni una sola persona de esa clase era capaz de escribir un texto que yo considerara digno para su edad.

Nadie. Ni uno. Ni una.

La teoría se la sabían toda. Eran capaces de distinguir cualquier texto. Se les daba bien la gramática. Todos y todas tenían el castellano como lengua materna y lo manejaban muy bien. Les gustaba leer. Tenían sus faltas de ortografía, vale, pero nada que no hubiera visto antes. Tenían que saber escribir, no podía ser que no supieran escribir.

El primer día que les pedí que me hicieran una redacción, se quedaron de piedra.

Nadie les había pedido nunca que escribieran algo más largo que la respuesta a una pregunta, un miserable párrafo, un par de líneas, y no fueron capaces de escribir nada que tuviera un mínimo de sentido o cohesión. He visto textos de primero de primaria mejor escritos de lo que me escribieron ellos.

Y sin embargo, cuando llegaron a primero de la ESO, los profesores felicitaron a varias familias por lo bien que escribían sus hijas e hijos. No fue mérito mío (más quisiera yo que echarme flores cuando hacen algo bien), fue todo suyo: escribieron una redacción a la semana, alternando idiomas (euskera y castellano), durante todo el curso. Se pegaron un curro de espanto. Al final escribir les salía solo.

A escribir se puede enseñar, por supuesto, aunque creo que es de las cosas más difíciles. No hablo de la mecánica a nivel de primer ciclo de primaria (eso es difícil a otro nivel, señorquépesadilla), sino a mostrarles ejemplos, a crear delante de ellos un texto breve, a analizar la estructura de un texto bien escrito. Enseñarles la estructura de determinados textos, aprender a escribir una frase sintácticamente correcta, identificar qué frase tiene más poder entre varias opciones… Se pueden hacer maravillas.

Pero todo esto no vale de nada si luego no se les pide que escriban.

Tienen que poner en práctica lo que aprenden desde el primer día. Podemos empezar despacio, con un párrafo corto describiendo una imagen, por ejemplo. Puedes pedirles que den su opinión sobre un texto, o que te describan a su mejor amigo o amiga. Y poco a poco, ir subiendo. Pedirles un texto argumentativo sobre cualquier tema que hayáis dado en clase o de lo que hayáis hablado. Que te cuenten una historia con los elementos que tú les das (o que acordáis en clase). Algo que les enganche y les motive, pero tienen que escribir, si no a diario sí una vez a la semana. No vale una redacción al final de cada tema, una vez al mes, o cada tres. Tiene que ser un hábito.

Algo que hicimos en aquella clase de sexto fue darle un toque romántico a la tarea de escribir. Nunca les pedía que lo hicieran en clase; lo más que llegamos a hacer fue buscar un tema sobre el que escribir entre todos. Escribir es un acto solitario que necesita concentración, tiempo y tranquilidad. Tenían que buscar el momento del día en el que más paz hubiera en su casa y hacer un primer borrador que no podían corregir hasta el día siguiente. La corrección debía ser en voz alta, leyéndolo para sí mismos para ver si sus frases tenían sentido.

(Si llegan a ser mayores, les hubiera dicho que se pusieran un té caliente y miraran a través de la ventana durante unos minutos, pero bastó con lo de leerlo en voz alta, que les hizo mucha gracia. Una alumna lo convirtió en evento familiar: sentaba a sus padres y su hermano en la sala y les leía lo escrito, para luego preguntarles qué les había parecido. La madre alucinaba, a su hija le iban más las matemáticas, nunca hubiera creído que le gustara tanto escribir.)

Luego, claro, venía mi parte del trabajo: corregir. Veinticinco redacciones a la semana pasaban por mi mesa. Un calvario, en parte, porque la verdad es que me encanta ver qué escriben los críos por más que sea un trabajo ímprobo. Mereció mucho la pena al final.

Algo que agradecieron mucho fue el hecho de que siempre les daba un tema para escribir. Cuando tienes once o doce años y escribir no es algo que te guste demasiado, pensar en el tema para escribir es un tormento (hasta cuando lo haces por placer lo es a veces). No darles tema es trampa. No darles tema denota vagancia. Siempre, siempre, hay que ayudarles; o al menos darles opciones, para permitir a los más creativos mostrar su talento en clase.

Cuando empiezas a conocer a tu clase, no es difícil darte cuenta de qué temas les gustan más y puedes ir por ahí, pero es cierto que al principio es un poco difícil. Hay cientos de webs ahí fuera que facilitan un poco el trabajo, por ejemplo esta donde tienes cientos de imágenes, agrupadas por niveles, que les pueden inspirar; también tienes el Writer’s Digest, que no está enfocada a niños (y está en inglés), pero del que puedes adaptar ciertas ideas. Solo en estas páginas tienes para no repetirte en varios años, así que no hay excusa.

Es verdad que cada maestra, sobre todo en primaria, tiene puntos fuertes y débiles, y quizás yo la gozo con la escritura porque es lo que ma mí me gusta hacer. Otras serán estupendas en matemáticas, y, como en primaria las tutoras nos encargamos de todo, a veces es cuestión de suerte que te toque alguien a quien le gusta lo mismo que a ti.

Pero no podemos dejar que nuestros gustos personales afecten a la educación de los peques. La compresión lectora, la habilidad de escribir bien y una buena base de matemáticas y conocimientos varios (eso que no es lengua, vaya, conocimientos menores) son básicos en esta etapa.

Además, quién sabe, lo mismo a base de mandar tantas redacciones a más de uno y de una le entra el gusanillo por escribir también. Y al fin y al cabo, nuestro objetivo debe ser ayudarles a encontrar eso que les apasiona. O eso nos dicen siempre.

¿Cuáles son tus trucos para trabajar la escritura en clase?

¿Qué tipo de actividades les pides tú?

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