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Alcohol y drogas en la adolescencia: cómo hablar de ello en clase

21 noviembre, 2018

Alcohol y drogas en la adolescencia. En vaya berenjenales me meto yo sola. Solo a mí se me ocurre ponerme a escribir sobre un tema tan delicado como este sin tener ni idea del tema.

Pero ya dice Coelho que a veces el universo te guía, o que si le pides al universo que te guíe, lo hace, o algo así. No lo sé seguro porque no he leído a Coelho en la vida, por más que aparezca hasta en la sopa.

Ese universo, o quizás las musas en las que no creo, me ha puesto el tema en bandeja esta semana al enseñarme en Twitter una imagen de un libro de texto. En dicho libro podía leerse un párrafo en el que el autor decía, literalmente, que el alcohol no es tan malo como lo pintan y que no pasa nada por cogerse “el puntillo”.

 

 

Como os podréis imaginar, se ha montado buena en las redes y hay mucha gente pidiendo que retiren el libro. Que algo así lo diga el youtuber de moda es casi normal, pero que aparezca en un libro de texto de segundo de ESO, y encima de gimnasia, es grave.

(Sí, yo también estoy flipando con eso de libro de texto en GIMNASIA).

Esta foto me ha hecho pensar y darle vueltas al tema. Aunque no trabajo con adolescentes (solo doy clase hasta sexto, aunque es verdad que cada año la adolescencia llega antes), más de una vez me ha tocado contestar a preguntas incómodas sobre alcohol y drogas.

Incómodas, porque a menudo me preguntan si bebo o fumo, o si alguna vez he fumado un porro.

Incómodas porque a veces es fácil darse cuenta de que me preguntan a mí porque no se atreven a preguntar en casa.

E incómodas porque no hay respuesta buena. Ni una.

A ver si me explico.

Alcohol y drogas en la adolescencia

Antes de nada, quiero dejarte clara una cosa: estoy completamente en desacuerdo con lo que dice el libro de texto de ahí arriba.

Jamás les diría algo así a los chicos y chicas. Nunca se me pasaría por la cabeza mencionarles que pillarse el puntillo es divertido y que no pasa nada por beber un poco. Sí pasa, claro que pasa, y cada vez hay más indicios de que el alcohol en la adolescencia es peor de lo que creíamos.

El alcohol altera el sistema nervioso, que en los adolescentes se está formando, y como su percepción de riesgo es muy distinta a la nuestra, la ingesta suele ser mucho mayor que la que necesitarían de verdad para cogerse el dichoso “puntillo”. El coma etílico es un riesgo serio y muy real que les puede costar la vida y la borrachera les hace creer que son invencibles y ponerse en situaciones de grave peligro.

El problema es que, aunque se lo diga, sé que no va a servir de nada.

Porque los y las adolescentes se creen inmortales. Lo malo siempre les pasa a los demás, nunca a ellos. Las personas adultas somos unas exageradas que lo único que queremos es cortarles el rollo y hacerles la vida imposible. Nuestro objetivo en la vida, bien lo saben, es amargarles la existencia y asegurarnos de que no disfrutan de los mejores años de su vida.

Beber es un juego inofensivo para ellos. La resaca es una cicatriz de guerra. Las lagunas en los recuerdos, la señal de que fue una noche épica.

Da igual lo que les digamos, no nos van a escuchar. Buena parte de culpa la tenemos nosotras, ojo, o mejor dicho sus familias. Les decimos que no beban con una cerveza en la mano, no les permitimos beber un chupito en la cena de Nochevieja aunque toda la familia lleva una tajada de espanto, llegamos pedo a casa después de una cena con nuestros amigos…

Pero los adolescentes no pueden beber. Es malo para ellos.

Cómo hablar del alcohol y las drogas en clase

Durante años, mi discurso sobre alcohol y drogas en la adolescencia fue muy similar al que acabas de leer. No tengo hijos, pero cuando pasas un año como tutora en una clase o varios años como especialista con un grupo, les coges tanto cariño que te da la sensación de que los conoces mejor que sus familias.

Quieres protegerlos de cada peligro, que conserven la inocencia y a la vez se hagan mayores, que no crezcan demasiado rápido, que mantengan lo que les hace especiales.

Pero sabes que no es posible.

Sobre todo con los grupos de sexto, a los que ves preparándose para ir al instituto. Van a ser los pequeños, van a estar a merced de gente mayor, sabes que van a corromperlos.

Quieres guardarlos a todos y a todas en una caja fuerte y sacarlos solo a dar una vuelta por la tarde. Bien vigilados. Sin adolescentes cerca.

Ojalá se pudiera.

Por desgracia, sabes que están llegando a una edad donde van a estar a merced de la presión del grupo y van a tener que tomar decisiones muy difíciles. Se van a equivocar, van a meter la pata y es probable que se metan en líos gordos (aunque, si hemos hecho las cosas bien, no deberían). Beber y tontear con drogas es algo tan común como los primeros besos o las primeras pellas, aunque mucho más peligroso. ¿Cómo evitar que no caigan en la tentación?

Yo no tengo muy claro que se pueda. Lo que no significa que no debamos intentarlo.

Lo que escribo a continuación son consejos que creo que funcionan mejor que el “no bebas nunca” que usamos siempre. Quizás esté metiendo la pata hasta el píloro y mi técnica no sea muy recomendable o pedagógica, pero al menos sé que así consigo que los chicos y chicas confíen en mí y me cuenten cosas que de otra forma no confesarían.

Que no es poco.

1. Pónselo muy feo

Una cosa no quita la otra: no edulcores los efectos del alcohol. Puedes mencionarles algún estudio, mostrarles alguna foto de alguien que ha tenido problemas de salud por culpa del abuso de alcohol y drogas en la adolescencia y contarles su historia.

Pero como mejor te los vas a ganar es a través de tu propia experiencia (a no ser que seas una persona abstemia, claro). Puedes hablarles de lo horrible que es tener una resaca, de lo peligroso que es volver a casa andando cuando casi no ves por dónde pisas, de que caerse y hacerse daño no es divertido si eres tú quien se cae.

Todo el mundo tiene una historia de miedo relacionada con el alcohol. Yo recuerdo haberme despertado un día en el sofá de mi casa, sin ser muy consciente de cómo había llegado hasta allí, con un chichón en la sien que a día de hoy aún no sé cómo me hice. Si el golpe llega a ser unos centímetros más hacia dentro, me hubiera matado de la manera más estúpida.

Eso sí: ten por seguro que ellos y ellas también te van a contar historias de gente borracha a su alrededor. Y se van a tronchar de risa contándote los trompazos que se pegó su tía Mari en la cena de Nochebuena, o el abuelo en su cumpleaños.

Para los adolescentes, el peligro no existe.

2. No seas hipócrita

Por suerte para la sociedad en general, en los centros educativos no se permite el consumo de bebidas alcohólicas. Algunos días te dan ganas de salir al bar de al lado y pedir que te pongan un cubata disimulado en un vaso de café para llevar, pero dentro del colegio no se puede tener alcohol.

(Disclaimer: lo que llevo yo en el vaso para llevar con el que alguna vez me habéis podido ver siempre es café con leche. De verdad de la buena. Lo juro. En serio).

Lo digo porque, cuando hablo de hipocresía, me refiero más a las familias que a los docentes. A nosotras no suelen vernos con un cigarro en la mano o con una botella de vino en la mesa, no te digo ya un porro, aunque, si vives en la misma localidad donde das clase, puede que te pillen alguna vez con un medio pedo o una caña en la mano.

Esa voz resacosa de tu padre diciéndote “hija, no bebas, no bebas nunca” no funcionó contigo y tampoco va a funcionar con tus hijas. Como dicen en inglés, es un caso de “haz lo que te digo, no lo que yo hago” como una casa.

En el aula, mentir tampoco sirve de mucho, o al menos a mí no me lo parece. A no ser que de verdad no hayas bebido nunca, cuando dices no haber probado nunca una gota de alcohol y no es verdad, se nota. No te digo ya si te pillan en una cena del instituto o del colegio medio chispa y con un vaso de algo en la mano.

Nunca me ha gustado dar una imagen de superioridad en el aula. Creo que lo mejor que podemos ofrecerles a nuestros alumnos y alumnas es nuestro lado imperfecto, para que vean que no pasa nada por tener defectos e incongruencias.

Tampoco me va el rollo de profe guay que habla de todo lo que se ha metido de joven, como alguno que tuve yo y que era, cómo no, el ídolo de mucha gente.

Lo que no quita para que no podamos dejarles claro que los actos de una persona adulta no pueden equipararse a los de un adolescente, que el alcohol nos afecta de distinta manera, o que no tienen por qué copiar nuestros defectos.

Acuérdate siempre de aquella maravillosa frase: “Cuando seas padre, comerás huevos”. O esta otra: “Si yo me tiro por la ventana, ¿vendríais detrás?”.

No te van a hacer caso, pero oye, por intentarlo que no quede.

3. Control de daños

Acabo de terminar de escribir una novela juvenil. Es la primera vez que escribo sobre jóvenes y para jóvenes y estoy un poco (muy) nerviosa porque no tengo claro si he acertado a la hora de tratar el tema de alcohol y drogas en la adolescencia. En la historia se ve tanto alcohol como porros, aparte de otros temas potentes, y en la última revisión me ha surgido la duda de si no me habré pasado.

Si yo supiera que mis alumnos y alumnas están leyendo lo que he escrito, ¿me preocuparía?

La respuesta ha sido casi inmediata: no. Porque no he descrito ningún tipo de abuso de drogas duras, ni he creado una historia donde el alcohol sea protagonista. Tampoco lo he condenado, es cierto, pero creo que no he alabado su consumo.

Coño, que mi generación creció con Trainspotting, y dudo que alguien cayera en la heroína por culpa de la película.

La que he escrito es una historia realista y el alcohol y algunas drogas son parte de nuestra realidad. Un gran porcentaje de adolescentes bebe, fuma y mezcla tabaco con hachís o marihuana, es así. No todos y no todos los días, pero es la realidad.

¿Me gusta? No, lo odio. No he fumado en mi vida y se me rompe algo dentro cuando veo a algún antiguo alumno con el cigarro en la mano; creo que he dado una sola calada a un porro en mis cuarenta y tres “tacos” y desde hace casi año y medio no pruebo el alcohol.

Pero soy consciente de que yo soy la excepción.

Todo el mundo a mi alrededor consume algún tipo de sustancia. Todos los adolescentes, más tarde o más temprano, van a probar algo que no deberían. ¿Es realista esperar que no lo hagan, que nunca se emborrachen, que nunca den una calada a algo que les haga daño?

No. Ni de coña.

Por eso creo que a veces es más beneficioso un control de daños que la matraca interminable del “no bebas, no te drogues, no te dejes llevar por los demás”. Porque no tienen un concepto de riesgo desarrollado como el que tenemos los adultos. Decirles que a la larga puede hacerles daño cuando creen que a los treinta se es viejo no sirve de nada.

Pero sí sirve aconsejarles que cuiden a quien se ha pasado con la bebida. Que no dejen a nadie solo si no puede volver a casa andando y que no tengan miedo de llamar por teléfono para pedir ayuda, incluso a sus padres. Que no se queden solos cuando beban. Que no dejen que sus amigos y amigas se vayan con gente extraña cuando no son capaces de pronunciar su propio nombre.

Que entre “el puntillo” y el coma etílico hay mucho menos trecho del que creen y ver a alguien inconsciente en un rincón no es ningún chiste. Que no beban nada que no hayan visto ser servido. Que no se fíen de quien les ofrece un trago si no lo conocen de nada.

 

Que el alcohol no te convierte en otra persona, sino que te da el valor de hacer cosas que deseas hacer sobrio pero no te atreves.

Que estar borracho no justifica ningún acto. Ninguno.

Y que, para la mañana siguiente, lo mejor es no tomar nada para aliviar la resaca y así convencerlos de que es mejor dejar de beber que aguantar semejante dolor de cabeza.

Cuarenta y dos años tardé yo en convencerme. A ver si a ellos y ellas les cuesta un poco menos.

¿Has hablado alguna vez de alcohol y drogas en la adolescencia en clase?

¿Cómo lo has enfocado tú?


Te he hablado del libro que acabo de terminar y que espero poder compartir pronto contigo (y con el mundo en general, claro), pero para que vayas abriendo boca tengo otros dos que igual te interesan. Armarios y fulares es una comedia de enredos para un fin de semana lluvioso, y Profe, una pregunta presenta todas las dudas que me han ido surgiendo en más de veinte años de profesión (no hay un capítulo sobre cómo hablar de drogas y alcohol en clase, pero será por dudas. Puedes ver lo que se dijo en la presentación aquí).

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