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Top 10 de excusas disparatadas (dichas por adultos)

5 marzo, 2018

Todos hemos oído alguna vez las estupendas excusas que nos suelen dar los niños y niñas para no hacer cualquier cosa. “El perro se comió los deberes”, “no sabía que hoy había examen”, “¿el trabajo era para hoy?” son frases que oímos tres o cuatro veces por semana de boca de cada uno de nuestros retoños. Las profesionales estamos curadas de espanto.

(Mi favorita me la contó una compañera, hablando de su hijo de no más de siete años. Estaba jugando con soldados y le mandó recoger. “Mamá, en la guerra no hay reglas, todo es caos. No existe ‘recoger’”. Llego a ser yo y le saco la bayoneta, iba a ver él qué pronto llega la paz).

Pero, ¡ay!, de lo que no hablamos nunca son de las maravillosas excusas que oímos de boca de personas adultas en la escuela. Y no me refiero solo a las familias (que sí, dan para un libro), sino a cualquier componente adulto de la la comunidad educativa. Porque ni siquiera los docentes nos libramos de dar unas excusas por las que pagaría el mismísimo Donald Trump.
Os dejo el top 10 de las mejores que recuerdo, aunque podría escribir varias docenas.

¡Los Gremlins existen!

Lo de ducharse después de gimnasia es un tema que provoca muchas tensiones en los niños y niñas, y a veces en las familias. Ya sea por motivos culturales, porque la imagen que tienen de sus cuerpos no es la ideal, o porque alguien les ha hecho burla en algún momento, hay críos y crías que prefieren no ducharse. Creo que el equilibrio entre la higiene y el bienestar psicológico de los y las pequeñas merece una reflexión mucho más profunda que el “se tienen que duchar por cuestión de higiene”, pero mejor dejamos esa conversación para otro momento.

Las excusas sobre este tema pueden ir desde la sinceridad más brutal (no se ducha porque está gordito y se ríen de él en el vestuario) a la mentirijilla piadosa que descubres enseguida (tiene catarro, tiene la regla, el médico ha dicho que no me duche, es que estoy haciendo el Ramadam y puedo beber agua sin querer). Puede venir de los niños y puede venir de las familias. A veces lo dejas pasar (porque si no, el día que hay gimnasia faltan a clase) y a veces te impones (porque, ejem, apestan).

Pero la mejor excusa que he escuchado nunca me la contó una compañera, profesora de gimnasia, que llegó a la sala de profesores leyendo un papel boquiabierta. En cuanto me vio, lo tuvo que contar.

—No me lo puedo creer. No me lo puedo creer.

—¿Qué ha pasado? ¿De qué es la nota?

—De un padre, para que su hijo no se duche. Que tiene alergia al agua, me dice. Pero solo de día, ¿eh?, si se ducha de noche no pasa nada. —Me miró con lágrimas de risa en los ojos—. ¡Es un Gremlin!
Todavía nos reímos cada vez que sale el tema.

(Para aquellos que estén a punto de decirme que la alergia al agua puede ser real: un par de meses más tarde fuimos a la piscina y el crío no salió del agua en toda la mañana. Bastante elitista, la alergia esta).

Copiar también es estudiar

Hace un porrón largo de años, al poco de volver de Estados Unidos, me tocó ser tutora en una clase maravillosa. Les tenía un cariño tremendo y me encantaba estar con ellos, tanto que el domingo por la tarde me ponía contenta porque llegaba el lunes e iba a volver a verlos. (Sí, era joven e inexperta, llena de ideales y con la cabeza llena de pájaros. Ya no me pasa).

Les tenía tanto cariño y me parecían críos y crías tan excepcionales que, cuando les pillaba haciendo algo que “no debían”, me llevaba un disgusto tremendo porque no podía creer que me “traicionaran” de esa manera. Una vez pillé a una cría con una chuleta, y me sentí tan defraudada que llamé a sus padres para contárselo, porque no podía ni hablar con ella sin echarme a llorar del disgusto. Cuando les enseñé el papelito con todas las fechas del tema de historia apuntadas, la madre se puso a la defensiva.

—No es una chuleta, es lo que ha utilizado para estudiar. Lo ha escrito una y otra vez para aprendérselo de memoria.

—Hombre… Podría ser, sí, si no fuera porque está escrito en un trozo de papel que, doblado, ocupa lo que una uña y porque se lo he quitado de encima de la mesa mientras hacía el examen.

—Bueno, sí, pero… Hacer chuletas también supone un esfuerzo, ¿sabes? Así también se aprende.

No me cabe duda, señora. No me cabe duda.

(Meses después, cuando ya se habían ido al instituto, me enteré de que toda la clase copiaba en los exámenes. Yo, que me creía la hostia porque todo el mundo sacaba buenas notas en matemáticas, me enteré de que me habían tomado el pelo un año entero).

(Sigue siendo mi clase favorita de todos los tiempos. El cariño que me dieron bien merece las buenas notas que les puse. Y aprendí mi lección: ni MacGuiver podría copiar en mi clase ahora).

El clásico

Esta me la han dicho de todas las maneras posibles:

—Pues en casa se lo sabía.

Da igual que haya sacado un cero tan redondo como un rosco de Reyes. Da igual que fuera una presentación oral en la que no ha sabido decir ni “good morning”. Da lo mismo que fuera un listening escuchado por primera vez en el examen, o el dictado de un texto que no habían visto nunca antes.

—Pues en casa se lo sabía.

Chupito cada vez que me lo digan. Bueno, no, que iba a salir de trabajar a cuatro patas todas las tardes.

¿Deberes, yo? ¡Nunca!

Hay docentes que odian corregir exámenes (cof, cof, qué tos más tonta). Lo odian tan a muerte y con tanta fuerza que prefieren no ponerlos a tener que corregirlos. Ya sean escritos, de elección múltiple, frases cortas… Corregir veinticinco exámenes idénticos es poco menos que una tortura.

Pero a los niños y niñas les da igual. Nada les causa más ansiedad que no saber la nota del examen al minuto siguiente de haberlo hecho.

—¿Has corregido los exámenes?

—Lo hicimos ayer por la tarde, son las nueve de la mañana. No he tenido tiempo.

Dos días más tarde:

—¿Has corregido los exámenes?

—He estado muy liada, no he podido todavía.

Una semana más tarde, con un fin de semana de cuatro días en medio.

—¿Has corregido los exámenes?

—¡No he tenido una hora libre en toda la semana!

—Pero… Has tenido todo el fin de semana para corregirlos.

—Sí, claro, pretenderéis que me lleve deberes a casa para el fin de semana, ¿no?

—Eh… A nosotros nos los mandas.

Silencio incómodo.

Al día siguiente, los exámenes aparecieron corregidos como si de un milagro se tratara (al lado de una pila de exámenes sin corregir olvidados de una clase del curso anterior).

Cof, cof, de verdad, qué tos más tonta.

Era día para andar en bici

Mandar deberes o no mandar deberes, that is the question. Ni el to be ni leches, y fuera calaveras. Qué equivocado estaba Hamlet cuando hizo su pregunta.

Hay opiniones para todos los gustos, y estudios que defienden que no sirve para nada junto a otros que defienden que marca una diferencia. Independientemente de lo que pensemos los profesionales del gremio, determinadas familias tienen muy claras sus preferencias en este tema.

En la misma clase, dos madres:

—Ruth, ya sé que viene un fin de semana largo, pero ¿no te parece que las tres fichas de sumas y restas son demasiado? Entre eso y lo de leer todos los días… Pobre, no va a tener tiempo ni para jugar.

—Oye, Ruth, que solo les has dado tres fichas y tienen cuatro días por delante de no hacer nada. Que este se las va a ventilar el viernes por la tarde y luego no va a dar ni golpe, ¡cualquiera lo aguanta sin tarea!

Como nunca acertamos, al final cada uno hace lo que le da la gana y mande el humor del momento. Pero a veces tienes familias que te piden que les des fichas de refuerzo y tú te pasas tu buen rato buscando algo que encaje con las necesidades del peque o la peque.

Para que el lunes por la mañana, dicha peque te llegue sin las fichas y una nota de su padre:

“Hacía muy buen tiempo y hemos decidido andar en bici en vez de hacer los deberes. Ya los haremos cuando empeore el tiempo”.

Que no seré yo la que discuta la importancia de pasar tiempo en familia, pero ¿no podías haber mirado el tiempo antes de hacerme pasar dos horas buscando el material que me has pedido?

Digo.

La puntualidad (1)

Voy a dividir este punto en dos, porque una cosa es la puntualidad de los niños y niñas (o más bien de sus familias, que son quienes los traen) y otra la de los docentes, que a veces dan excusas para mear y no echar gota. Lo más divertido es que todavía hay familias que no se dan cuenta de que los niños y niñas, por regla general, son muy sinceros y siempre cuentan la verdadera razón por la que llegan tarde.

Una excusa universal es el clásico “no ha sonado el despertador”, que nos ha pasado a todos y es tan humano como el quedarte dormida en el sofá al mediodía y tener que ir corriendo a la clase de la tarde. (Quién, ¿yo? Noooo). Pero luego preguntas al niño y te enteras de la verdadera razón, y ahí ya no sabes si reírte o llamar directamente a los servicios sociales.

—Es que ayer nos fuimos de pintxo-pote y llegamos muy tarde a casa, y a mi madre hoy le ha costado levantarse.

—Es que no teníamos leche en casa y nos hemos ido a desayunar al bar de abajo.

—Es que el bebé ha llorado toda la noche y nos hemos dormido por la mañana, justo cuando ha dejado de llorar.

Algunos adultos, conscientes de que, total, sus hijos van a contar la verdad, vienen de cara y nos lo dicen ellos directamente. Claro que, a veces, preferiría que me mintieran.

—Es que esta mañana no queríamos ponernos calcetines —me dice una madre, riendo, mientras su churumbel de diez años sube las escaleras una hora (¡una hora!) tarde.

No comment.

La puntualidad (2)

Soy muy puntual. Me gusta llegar a clase exactamente a mi hora, ni un minuto antes ni uno después. Siendo especialista, considero que esa puntualidad es muy importante para no echar por la borda el horario de los demás, porque si yo llego cinco minutos tarde y en la hora anterior han tenido música, la de música va a llegar tarde a la siguiente clase, cuyo tutor tenía una reunión con una familia, que a su vez tiene prisa porque tiene que irse a trabajar…

Ya me entendéis.

Sé que hay gente a la que le cuesta mucho ser puntual, algo que nunca he entendido ni conseguiré entender mientras viva. En mi vida privada he aprendido a lidiar con ello, pero en la profesional tengo serios problemas. Sobre todo porque da la sensación de que quien llega tarde al cambio de clase es porque estaba tan enfrascada en lo que quiera que estuviera haciendo que se le ha ido el santo al cielo, cuando la gran mayoría de las veces es más bien al revés.

Bueno, no es que dé la sensación, sino que es la sensación que esas personas te transmiten.

—Estoy liadísima, no llego a nada —te dicen, y las ves corriendo por el pasillo de un lado para otro, siempre cinco minutos tarde a clase, dándote mensajes cuando te las cruzas por el pasillo, a grito pelado porque “no llego, no llego”.

Hasta que entras en la sala de profesores y las ves leyendo el periódico cinco minutos después del cambio de hora. Y les dices un sutil “oye, ¿tú no tenías clase ahora?” que las hace saltar como resortes mientras gritan por el pasillo “¡para una vez que me siento!, ¡no tengo tiempo para nada!, ¡pero para nada!”.

O te las encuentras paradas en el pasillo charlando con alguien con la alegría de quien no tiene nada que hacer, mientras tú llevas cinco minutos cuidando a sus fieras porque sabes que no las puedes dejar solas sin que se suban a los armarios. Y sacuden los brazos y gritan aquello de “¡ay!, ¡ay!, ¡ay!, ¡que me he despistado!, ¡que no llego a nada!”.

Nunca llegan a nada, es curioso. Y como ellas no llegan, tú tampoco.

Hoy no me puedo levantar

No hay cosa que más jorobe que tener guardia un día que tienes un millón de cosas que hacer. Pero las haces sin rechistar, claro, porque entiendes que hoy la haces tú, pero la próxima vez puedes ser tú la que enferme y tengas que faltar. Y es que, claro, para eso están las guardias.

Porque siempre imaginamos que alguien que no va a trabajar tiene una razón de peso para no hacerlo. Y, como los sustitutos brillan por su ausencia y son más caros que un interino (debe ser esa la razón de que tarden tanto tiempo en mandarlos), siempre hay alguien a quien sustituir. Por motivos diversos.

Sí, vamos a decir diversos.

—Ruth, tienes que ir a sustituir a Fulanita. Acaba de llamar y no viene hoy.

—Ay, pobre. ¿Qué tiene, gripe?

La jefa de estudios me mira con cara de estar a punto de echarse a reír.

—No. Una ampolla. En el pie. Ayer fue al monte y dice que hoy no puede andar.

—Eh… Pues vale.

(Antes de que empiecen los comentarios sobre “esto solo lo hacen los funcionarios”, romperé una lanza a favor de esta profesora: nunca antes había faltado y no volvió a faltar. Y por cada compañera que falta por una ampolla, tengo veinte que vienen a trabajar con fiebre. Pero como motivo para faltar, me hizo gracia).

A mí de aquí me sacáis en caja de pino

Creo que no hay nada que guste más a un niño o a una niña que una excursión. A los docentes también, la mayoría de las veces, aunque son agotadoras y la tensión por no perder a nadie y volver con el mismo número de niños y niñas que te has llevado puede hacer que prefieras dos o tres días de seis clases completas (incluido patio) a una sola excursión al parque de al lado.

Pero las hacemos, porque son pedagógicas, porque a veces aprenden más que durante tres o cuatro semanas de clase y porque, qué coño, son divertidas y a veces con eso basta. Ya pasarán ocho horas sentados frente a una mesa cuando sean adultos, ahora les toca disfrutar.

Un año tuve una compañera que se negaba a sacar a sus alumnos y alumnas del recinto escolar. Tenía una obsesión que rozaba lo enfermizo con no cruzar el límite que marcaba la verja del colegio con alguien a su cargo. Esta misma profesora se pasaba la hora exclusiva que metíamos al mediodía por los …  y se iba a comer a su casa, “porque si no, no me da tiempo a comer a gusto, y no pienso traerme el tupper al colegio”.

Cuando la jefa de estudios le dijo que sus niños tenían derecho a hacer las mismas excursiones que las otras clases, ella dijo que perfecto, pero que ella no los llevaba. Se encargaría de dar las clases del profesor o profesora que se encargara de su tutoría, pero con ella no iban.

La dirección lo aceptó como un intento de “vamos a intentar llevarnos bien” porque le quedaban dos telediarios para jubilarse, pero jamás he conocido a una persona tan poco adecuada para ser maestra.

Creo que ya se ha jubilado. Espero. De corazón. Por el bien de la educación así, en general.

Eso no significa lo que crees que significa

He escuchado todo tipo de excusas de familias defendiendo a sus querubines en situaciones comprometidas. Uno de los clásicos es “sí, vale, él ha pegado, ¿pero qué ha hecho el otro, eh? ¿EH?” que oímos unas quince veces al año cuando intentas explicarles que has tenido que castigarlos a los dos porque tú has llegado a la mitad de la pelea y no sabes quién ha empezado, y te da igual porque devolverla también está mal.

También tenemos que escuchar ese gran consejo que se está poniendo tan de moda últimamente: “tú da primero, hijo, que es mejor pedir perdón que recibir la hostia”. No sé dónde habrán oído esta gran proclama, pero ni los consejos de César Bona han tenido tanto éxito, oye.

Pero la excusa que más me toca las narices es la cultural. Y no porque no me parezca válida, que sí me lo parece, sino porque hay familias que la abusan. A ver si me explico con dos ejemplos.

Una niña que habla un castellano bastante pobre coge una bola de nieve en las manos y le grita a su compañera “¡Mira que gorda!”, refiriéndose a la bola. La niña, a la que ya han llamado gorda en alguna otra ocasión y que también tiene un castellano bastante pobre, corre a la profesora entre lágrimas y le dice que la acaban de insultar. Eso es una confusión cultural, idiomática o, simplemente, un desliz entre crías.

Una niña cuya familia lleva más generaciones en Vitoria que la mía le dice una barbaridad a una compañera que la profesora escucha y corta enseguida. Llama a los padres, asustada porque alguien haya podido decir algo así en su clase, y la respuesta que recibe es “en nuestro idioma eso significa otra cosa”. Idioma, por cierto, que los padres hablan pero la niña no.

Eso no es cultural, es educacional. Son modales. Es sacar la cara a quien no hay que sacársela. Y puedes hablar ruso, japonés, o chino mandarín, pero “cacho mierda”, “puta zorra” o “desgraciada” significan lo mismo en cualquier idioma.


Podría escribir más y me saldría una docena larga contando solo las mías, pero es que… eh… tengo que ir a… corregir. Sí, eso, corregir. Que luego llega el fin de semana y todos son prisas.

¿Cuál es la excusa más ridícula que has recibido de un adulto, en clase o fuera de ella?

¿Cuál es la más ridícula que has usado tú?

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