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Quema de libros en el siglo XXI y otros cuentos

17 abril, 2019

Si no has vivido debajo de una piedra estos últimos días, sabrás a qué viene hoy un artículo sobre quema de libros. Parece ser que en un colegio han decidido revisar los fondos de la biblioteca del centro y han quitado de los fondos un montón de libros que les parecían sexistas.

Fíjate bien en los verbos, por favor: revisar, quitar. Nadie habla de quemar, vetar, censurar. Eso ha sido cosa de los medios de comunicación y, sobre todo, de las redes sociales, fuentes fidedignas de información donde las haya.

Como te imaginarás, se ha montado una buena polémica al respecto, con la gente llevándose las manos a la cabeza y hablando de censuras, quemas de libros y macartismos varios. Reconozco que yo también caí en la trampa y me creí el titular (de Twitter) a pies juntillas, y también alcé las manos y me tiré de los pelos, indignadísima. Hasta que mi querida Mónica Gutierrez Artero, que también sabe lo que es estar dentro de un aula, me recordó la costumbre que tiene la gente de sacar este tipo de titulares de contexto.

Y entonces leí la noticia. Y me di cuenta de que en mi colegio se ha hecho algo muy parecido.

Pero sin cerillas, mecheros, gasolina o la palabra «prohibido», «censurado» o «vetado» por ningún lado. Vamos, sin quema de libros ni nada que se le parezca.

Los mensajes de los cuentos tradicionales

Que los cuentos tradicionales son sexistas es una realidad como un castillo. La Bella Durmiente está dormida con un hechizo mágico en una torre cerrada, llega un príncipe y, cautivado por su belleza, no se le ocurre otra cosa que besarla (en vez de, yo que sé, pedir ayuda o llevarla a un mago para que la cure). Sé que hay gente que me va a llamar exagerada y a decir que estoy sacando las cosas de quicio, pero ¿no es esto la descripción de una violación a una persona inconsciente contada para niños? ¿Dónde está aquí el consentimiento, el «respeta el cuerpo de los demás» que les decimos a los peques de Infantil a todas horas? Tanto esfuerzo adoctrinando en feminazismo y luego un cuento nos tira el trabajo por la borda en un par de mintuos.

¿Y Rapunzel? ¿De verdad no es capaz, con esas melenas suyas, de atarse el pelo a la pata de la cama y trepar ella solita hasta abajo? ¿Tiene que esperar al príncipe de marras, que, otra vez, se cuela en su casa sin conocerla de nada? Me imagino los tirones de pelo que tuvo que sufrir la pobre mujer y se me saltan las lágrimas de dolor.

Otros son  más sutiles, como la dichosa Caperucita. No, el sexismo de este libro no se basa en que ella es una niña y el leñador la salva; se basa en que se sale del camino marcado y sus acciones le cuestan caras, a ella y a su familia. El leñador puede ir y venir como le plazca, ella no puede entretenerse. Lo hace y lo paga la abuela. Qué vergüenza, la niña nos ha salido punky. O está embarazada. O se ha fugado con el lobo malo (porque resulta que ella también lo era, jajaja, que os ha engañado a todas, ké pasa, agüela!!).

¿Significa esto que los cuentos infantiles no tienen cabida en el aula? ¿Significa que no debemos dejar que caigan en sus manos? Prohibir, vetar, la quema de libros… ¿sirve de algo?

Quema de libros y parar el mar con una mano

Ojalá librarse del sexismo en las aulas (y en la sociedad) fuera tan fácil como prohibir un puñado de libros. Ojalá la literatura tuviera tanto impacto en nuestras vidas como para cambiar la forma de pensar de millones de personas que aún creen que la mujer no tiene derecho a decidir ni sobre su propio cuerpo, olvídate ya derecho a cobrar lo mismo.

Los cuentos, la literatura tradicional, incluso los idiomas que hablamos, guardan dentro un muestrario de distintas épocas y una colección de sucesos históricos que nos vienen muy bien para usar en clase. No es cuestión de no contarles la historia de la Bella Durmiente, sino de hablarles de por qué no nos parece correcto lo que hace el príncipe, o qué posibilidades tenía la pobre princesa para escapar de las envidias de las brujas al principio del cuento.

O por qué las malas en los cuentos de princesas son siempre las mujeres, que esa es otra.

Evitar leer libros sexistas en edades más altas está bien, claro. Tener en cuenta que las historias que llevamos a clase contengan personajes diversos, tramas que incluyan a las niñas como sujetos activos y no solo como el premio final, finales que no glorifiquen un amor romántico que roza el abuso… Todo eso está genial.

¿Pero qué hacemos con lo que leen en su tiempo libre? ¿Cómo edificamos un espíritu crítico a base de prohibir o de la quema de libros (figurada, espero)? Es más, ¿importa tanto que lean libros sexistas o no, cuando en la televisión y en las familias los mensajes sexistas están a la orden del día?

¿No es más fácil tratar el sexismo desde esos cuentos? ¿Hablar con los niños y niñas de qué harían ellos si fueran Caperucita, por qué no pasa nada por salirse del camino si te sabes defender? Que no hay que tener miedo, que Rapunzel podía haber bajado sola, que Blancanieves no tenía por qué limpiar la casa de los enanitos (¡ese trabajo se paga, señores!), que besar a alguien sin su consentimiento no está bien.

Que si bailas con un chico toda la noche y luego ese chico no se acuerda de tu cara y te tiene que poner un zapato para probar que eres tú, te vas a casar con él por mis narices, vamos.

A no ser que tenga un problema identificando caras, claro. Que también puede ser. Igual en el cuento se olvidaron de ponerlo.

De literatura adulta, mejor ni hablar

Echa un vistazo (mental) a la literatura universal adulta. Fíjate en cuáles son los libros más laureados de todos los tiempos, esos que todo el mundo te dice que tienes que leer antes de morir.

(Me pone muy nerviosa esta expresión. Claro que los tienes que leer antes de morir, PORQUE DESPUÉS ES IMPOSIBLE, JODER).

El noventa y nueve por ciento de las grandes obras de la literatura universal son sexistas. Salvando a las Brontë, a Jane Austen (se libra, sí, se libra), Virginia Woolf y un puñado más, todas están escritas por hombres. Eso, para empezar. Pero además, sus protagonistas son hombres; o, en caso de que sean mujeres (Anna Karenina, Madame Bovary o La Regenta, por ejemplo), sus personajes están llenos de clichés y estereotipos y, en la gran mayoría de los casos, terminan muriendo una muerte horrible.

Sí, Kate Chopin también se carga a sus protagonistas, pero el contexto es muy distinto.

Si vamos al tema de color de piel y origen, nos encontramos con hombres europeos de mediana edad que, en la mayoría de los casos, eran miembros de un imperio y colonizaban también a través de su idioma. Joseph Conrad es uno de los autores más admirados de la literatura inglesa, pero en los últimos años se le ha criticado mucho por el racismo de sus obras. Qué decir de Ruyard Kipling, o de William Faulkner.

¿Qué hacemos, dejamos de leerlos? ¿Eliminamos a Hemingway, a Nabokov y su Lolita, a todo aquel que alguna vez hizo daño a una mujer en la página? No sé tú, pero yo lo veo poco práctico. Más que nada porque sería un ejercicio bastante inútil, porque…

La gente no lee (tanto)

A la gente le importa tres pepinos quiénes son estos señores.

La gente no lee tanto como para que la misoginia de Hemingway vaya a suponer un cambio en su manera de pensar. Si no han hecho una película o una serie de ello, no importa los exabruptos que suelte un libro porque no va a llegar al grueso de la población.

De lo que se trata es de entender que no es lo mismo un discurso de odio que invita a apalear a quien no piense como tú desde un puesto de autoridad que una persona vertiendo su opinión en forma de personaje o historia que no encaja con tus valores. No soy fan de Perez-Reverte y dudo que vaya a leer un libro suyo en la vida, pero defiendo su derecho a decir cosas que no me gustan porque ese mismo derecho me avala a mí al decirle que yo no estoy de acuerdo. Hasta donde yo sé, no ha mandado sicarios a nadie para cargarse a cualquiera que desdoble el género o diga «elles».

(Aunque creo que ganas no le faltan). 

Como adultos, los libros que leemos o dejamos de leer son cosa nuestra. Podemos leer fijándonos en unos aspectos e ignorando otros, o sacando de las cosas que no nos gustan cosas positivas. Yo nunca me iría de copas con Hemingway (en parte por razones obvias, ejem), pero me encanta como escribe; sus personajes son inmensos, sus descripciones van más allá de lo que captan los sentidos y su forma de describir la masculinidad, por más que sea un concepto que no me gusta, es sublime.

Pobres sus ex-mujeres, eso sí, pero como autor lo quiero en mi librería.

Prohibir libros, por tanto, me parece una tontería, sobre todo por lo inútil que es. Pero también me parece un error (más peligroso aún) aceptar todos los valores que nos inculcan. Invitar a la clase a crear un final distinto para Cenicienta o darles protagonismo a las hermanastras feas (que son malas por feas, no nos engañemos; lo tienen todo, los personajes femeninos en los cuentos tradicionales) es mucho más válido que ignorar el libro o prohibirlo.

Por supuesto, también existe la posibilidad de leer porque sí. Que parece que, en los colegios, a veces se nos olvidan estas cosas.

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