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¿Qué hay que hacer para ser profesora?

23 abril, 2019

Me sigue llamando la atención esa gente que dice aquello de qué bien viven los maestros. La que te pregunta que qué hay que hacer para ser profesora, porque chica, hay que ver, estáis todo el día de vacaciones.

Me gustaría decir que me hace gracia, pero de esa gracia que no es chiste. Como me dijo una amiga americana un día: “It’s funny, but not funny haha”. No sé si hay algo así en castellano, porque me encanta.

Para toda esa gente que piensa que los docentes nacimos como los duques, con sangre azul (en este caso roja, o morada, o verde, según las modas) y título hereditario, voy a intentar explicar, todo lo detalladamente que me sea posible, qué hay que hacer (de verdad) para ser profesora.

Hold my beer. O, en versión castiza, sujétame el cubata.

¿Qué hay que hacer para ser profesora?

Permite que te cuente mi vida. Versión resumida, que te tengo aprecio.

En el momento en el que escribo esto, tengo la casa hecha un desastre (más de lo normal, quiero decir. Que ya es decir). La mesa alta que monté para hacer manualidades varias está tan llena de papeles que la máquina de coser está a punto de pedir asilo en casa del vecino, y como apile las cajas en las que estoy guardando metros y metros cúbicos de cosas que ni siquiera sabía que tenía, voy a montar una pared nueva en mitad de la cocina. O un mercadillo de segunda mano, que sería lo más lógico.

Y ojo, que no son papeles que tengo que corregir ni cosas que necesite para el colegio, para variar. Son los efectos secundarios de una mudanza.

Un engorro como una casa, vamos.

Sí, me mudo, y no precisamente al barrio de al lado. Este año me he decidido, por fin, a hacer lo que llevo años diciendo que voy a hacer, y el curso que viene estaré trabajando en Texas, Estados Unidos. Si ya has estado antes por aquí, sabrás que no es la primera vez que tomo parte en el Programa de Profesores Visitantes, porque te lo he contado en algún artículos del blog (y hasta escribí una novela ambientada donde trabajé).

(Por cosas como esta, la gente también pregunta eso de qué hay que hacer para ser profesora. “Joder, si hasta te vas de Erasmus a Estados Unidos”. Vamos a ver, alma de cántaro, ¿tú sabes lo que es un Erasmus? ¿Sabes de qué hablas o abres la boca solo por no tenerla cerrada?).

Un programa como el que organiza el MEC conlleva, cómo no, una cantidad ingente de papeleo (además de otras cosas en las que no quiero pensar porque NO TENGO ANSIEDAD, EH, QUÉ VA, ESO TE PARECE A TI, PARA NADA, NERVIOSA YO JAJAJAJA, POR QUÉ LO DICES, QUE ALGUIEN ME QUITE LAS MAYÚSCULAS). Me ha tocado también traducir un porrón de documentos, entre ellos mis titulaciones y mi hoja de servicios. Me he pasado varias mañanas rellenando tablas y tablas de datos, tanto de colegios en los que he estado como de las asignaturas de las carreras que he cursado.

No te haces a la idea de cuántas asignaturas tiene una carrera hasta que las tienes que traducir y escribir una a una. Con su nota. Y sus créditos.

Pero lo que más me ha agobiado ha sido mi hoja de servicios, y no por traducirla, sino por todo lo que supone. La mía es, con toda probabilidad, mucho más corta que la hoja de servicios media en mi comunidad, porque durante siete años estuve fuera y eso facilitó que no tuviera que hacer la cantidad inmensa de sustituciones que le tocó a la gran mayoría de mis compañeras.

Aún así, verla (y traducirla) me ha llevado de vuelta al pasado y he vuelto a recordar todo lo que pasé para convertirme en la profesional que soy en día.

Y este viaje al pasado me ha hecho pensar que igual es un buen momento para repasar toooooodo lo que he hecho para ser profesora. Para vivir tan de p**a madre como según algunos (pocos) vivo.

Empecemos con los estudios

En mi camino para ser maestra he tenido mucha suerte.

Aunque quizás suerte no sea la palabra adecuada, porque hubo mucho de elección consciente en todo lo que hice.

Elegí la especialidad de Inglés cuando estudié Magisterio porque era una con mucha demanda, pero además elegí estudiarla en euskera porque sabía que eso me abriría más puertas aún. (Y porque podía, claro. El euskera era mi segunda lengua desde los dos años y el inglés se me daba muy bien). Eso significaba tener que hacer la carrera en otra ciudad y ser una asidua de los autobuses de línea, pero el sacrificio fue nimio comparado con las ventajas que me ofreció.

Empecé a trabajar nada más terminar. Algo que, lo sé bien, ahora no es la norma porque todo el mundo sabe inglés y abunda gente con titulación de sobra.

En aquel momento, bastaba con tener la diplomatura de Magisterio para ejercer (en Euskadi también pedían el título de euskera, pero nada comparado a la cantidad de másteres y demás que piden ahora). Yo nunca había estado en el extranjero, nunca había hablado con un nativo, nunca había hecho amago de irme a vivir fuera, y aun así me dejaron graduarme para dar clases de Inglés desde los cuatro hasta los catorce años.

Mi primera clase en un sexto fue de juzgado de guardia, pero eso ya te lo cuento otro día, que me da la risa. Ahora piden un B2; dudo que yo tuviera siquiera un B1.

A los veintitrés añitos decidí que era el momento de lanzarme. Después de haber dicho que no a un Erasmus en Inglaterra porque me daba cosa irme tan lejos (ejem), cogí un avión por primera vez en mi vida y me marché a California. Catorce horas de vuelo, migraña, vómitos y un virus estomacal que ahora entiendo que fue un ataque de ansiedad de libro, pero entonces eso no existía y simplemente era “tripa revuelta de la emoción”.

Allí aprendí inglés, sí, entre un montón de cosas más. Me empapé de una cultura distinta durante siete años, y cuando volví me saqué todos los títulos que tuvieran que ver con el inglés habidos y por haber. No quiero pensar cuánto dinero me dejé estudiando en la UNED (será pública, pero de barata no tiene nada), o cuánto me costaron los cursos de traducción que hice.

Por no hablar de las horas estudiando. De los fines de semana sacrificados. Del tiempo que le dediqué a formarme porque me daba la gana, porque quería, porque sentía que lo necesitaba.

Y en buena hora. No te voy a decir la de veces que mis conocimientos sobre fonética me han sacado de un apuro en clase, o de lo que les mola a los críos que les hables del Indoeuropeo.

(No es irónico. En serio, les encanta).   

Experiencia laboral

No solo de títulos viven las maestras. Si quieres aprobar unas oposiciones, más te vale tener años y años de experiencia laboral en la mochila. ¿Qué hay que hacer para ser profesora? Trabajar de profesora.

Imagino que cada comunidad funciona de distinta manera, pero aquí, en Euskadi, hay una bolsa de trabajo por especialidad en la que entras dependiendo de las necesidades de la Administración. Por ejemplo, si hay escasez de profesorado de Inglés, se abre la lista de esa especialidad; si tienes también la de Primaria y Música, entras en las tres aunque esas dos no estén abiertas.

Una especie de atajo completamente legal, vaya. 

A partir de ahí, en orden de puntuación, te van llamando. Puedes tener suerte y empezar, como me pasó a mí, con una sustitución larga nada más empezar el curso; así estuve dos años, antes de irme a California, trabajando de noviembre a junio en el mismo colegio. Vaya lotería. 

Pero, ¡ay!, cuando volví me encontré con que los años que había estado fuera no contaban para subir en las listas hasta el curso siguiente, así que, aunque tenía más años de experiencia que cualquiera de mi edad, me tocó un año de sustituciones cortas. Diez días allí, un mes allá, una semana en este otro colegio… Di de todo, desde una tutoría tercero de Primaria hasta Literatura en la ESO.

Dios mío, qué horror.

Ahora echo la vista atrás y me pregunto cómo demonios aguanté aquello. La incertidumbre de estar todo el día pegada al móvil, la inseguridad de tener que coger un coche de más de diez años y plantarte en cualquier lugar de la provincia tú sola; el terror de ver una llamada perdida de Delegación y saber que has perdido un día de trabajo (o más), no saber nunca cuánto ibas a cobrar a fin de mes (y con hipoteca, que ya tenía una edad)…

Me imagino pasando por eso ahora y sudo. Sudores fríos, febriles, horribles.

El curso siguiente me contaron, por fin, los siete años que pasé fuera, y ya pude disfrutar de mayor estabilidad. Pero seguía existiendo la lotería de las adjudicaciones. Seguía la incertidumbre de dónde iba a estar el año siguiente, qué curso me iba a tocar dar, ¿me llevaría bien con mis compañeras de trabajo? Parecía el cuento de nunca acabar.

Funcionaria… ¡al fin!

Hasta que me saqué las oposiciones, ¡iuju! Aquí, de nuevo, el factor suerte tuvo su importancia: había muchas plazas y se presentó poca gente. Años antes no había conseguido plaza con un ocho y en estas entré con poco más de un aprobado. Daba igual la nota, la cosa era entrar.

Por supuesto, me dieron mi primera plaza fija en la escuela más alejada que podían darme sin salirme de la provincia. En serio: a cinco kilómetros de Logroño.

(Sé que para alguien que viva en una ciudad grande decirle que tenía una hora en coche todas las mañanas es irrisorio, pero jo, tenía que cruzar dos puertos de montaña —dos— que eran una verdadera tortura con nieve y mal tiempo. Eso de jugarte la vida en la carretera camino al trabajo no mola nada. Aunque vayas bien acompañada en el coche y las risas alivien el trayecto).

Durante los dos años que estuve allí, terminé Filología Inglesa y los puntos de la licenciatura me ayudaron a conseguir un puesto mucho más cerca de casa. Tras diecisiete años trabajando y estudiando, por fin tenía un puesto definitivo que me gustaba. Un lugar en el mundo del que nadie podía echarme si yo no quería irme.

(Y ahora voy y me piro. Ya me vale).

Todo este proceso yo lo hice por la vía rápida. Marcharme, irónicamente, facilitó mi vuelta. Me animó y ayudó a estudiar, a sacar otra carrera, a formarme mucho más de lo que hubiera hecho de haberme quedado aquí, lo que me hizo subir más rápido en las listas.

Aunque, quién sabe, de haberme quedado igual habría terminado sacándome otra especialidad, porque desde luego inglés no hubiera podido enseñar. No con aquel nivelón que tenía cuando salí de magisterio con veinte añitos y sin distinguir la /i/ corta de la larga.

Así que, si te estabas preguntando qué hay que hacer para ser profesora y disfrutar de esta vidorra que nos pegamos, ya ves que la lista es larga. De hecho, esto que te enseño no es más que una parte del camino. La mitad, más o menos, porque aún me quedan otros veintitantos años en la brecha y no pienso acomodarme en mi poltrona. A saber dónde estaré y cuánto habré hecho cuando llegue la hora de colgar la tiza.

O eso espero, al menos*.

*Toca madera obsesivamente y se echa sal por encima del hombro durante dos horas y media. 

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