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Primer año en dirección: lo bueno, lo feo y lo malo

25 junio, 2018

A falta de una semana de papeleo oficial y otro buen puñado de días de trabajo extraoficiales, se puede decir que ya he terminado mi primer año en dirección.

(Suenan redobles de campana, la gente enloquece, las calles se llenan de gente bailando y yo salgo como Carlton cuando suena Tom Jones. Y de la emoción me provoco una contractura de tercer grado, si es que esta escala existe*).

No ha sido un año fácil. De hecho, puedo decir que ha sido el año más difícil de mi carrera como docente, y llevo veintiuno en esto. También es cierto que tengo una profesión que, al contrario de lo que dicta la lógica, se complica con cada nuevo curso. Nuevas leyes, nuevas tecnologías, nuevas generaciones que cada vez me quedan más lejanas. Cambios sociales bruscos, recortes, la falta de un pacto educativo a largo plazo…

Nada de esto ayuda para hacer nuestro trabajo más fácil.

Pero como soy una persona optimista por naturaleza, voy a hacer un esfuerzo por sacar las cosas buenas de este año, que alguna también ha habido. En este primer año en dirección he aprendido mucho. A veces han sido cosas que me hubiera gustado no saber, es cierto, pero hasta de las peores experiencias se pueden sacar aprendizajes positivos.

Claro que también ha habido cosas feas.

Y cosas malas.

Pero yo voy a empezar por lo bueno, que para sufrir ya está la vida.

(*Esto es verdad hasta en lo de la canción de Tom Jones. Maldita actuación de fin de curso).

Lo bueno, lo feo y lo malo de mi primer año en dirección

Lo bueno

Conclusiones positivas después de diez meses de pico y pala:

Lo mejor de mi trabajo siguen siendo los niños y niñas. Este año en el que he pasado la mayor parte del tiempo fuera del aula me he ratificado en que lo que más me gusta es dar clase. Las cinco horas a la semana que pasaba dando Lengua eran las mejores de la semana, con diferencia. Incluso la última hora de la tarde del viernes, esa hora tan odiada por la mayoría de docentes (y alumnos), era gloria bendita comparada a estar sentada frente al ordenador o intentando apagar fuegos.

Acepté el puesto porque estaba cansada de dar clase y creía que me iba a venir bien desconectar y salir del aula. No me equivocaba, porque no veo el momento de volver.

El contacto con la gente hace que tu trabajo sea más fácil. Y por suerte, trabajo con un equipazo y rodeada de una comunidad educativa excepcional. Ya lo sabía, pero este año lo he visto aún más claro porque miraba desde otro punto de vista. No lo digo por hacer la pelota ni por corporativismo barato: qué pedazo de profesionales hay en la escuela pública, y qué manera de quemarlos tiene el sistema (más sobre esto cuando lleguemos a lo malo. A lo muy, muy malo).

He conocido mejor a las familias del centro. Y qué familias. Qué suerte tenemos en la escuela pública, y cómo peligra un sistema que protege a otro tipo muy distinto de familias. No me tiréis de la lengua, que sabéis lo que quiero decir mejor que yo.

He aprendido mucho de mí misma y he superado [pequeños] retos que no me creía capaz de superar. Como decir cosas muy duras a la cara a compañeras, familias y demás agentes del colegio. Llamar la atención a gente que cruzaba líneas muy rojas. Hablar por teléfono mucho, sobre temas peliagudos. (Solo el hecho de hablar por teléfono mucho, sin temas peliagudos de por medio, ya es todo un reto para mí, que no contesto mi móvil personal si no conozco el número). Aprender a trabajar en un entorno con ruido y gente alrededor, yo, que mientras escribo esto estoy echando pestes porque tengo la ventana abierta y se oyen pasar los coches. Pedir perdón cuando me paso y entender que quien tengo delante no tiene la culpa de mi mal día.

Son pequeñas cosas que, escritas, parecen nimiedades, pero cuando todos los días hay algo que te saca de tu zona de confort terminas aprendiendo y creciendo.

Espero.

Lo feo

Por desgracia también ha habido cosas feas. La gran mayoría han salido de mí misma.

Porque he aprendido que tengo la mecha muy corta. Que tolero muy mal el estrés. Que todos los males de mi cuerpo se traducen en dolores de estómago y úlceras gástricas. Que la ansiedad provoca mareos, náuseas y vómitos, y que ir llorando a trabajar no mola. Que las bajas se pagan caras (literalmente), pero no cogerlas a tiempo sale más caro aún.

He aprendido que hay gente muy maleducada que no tiene ningún respeto por las personas encargadas de la educación de sus hijos e hijas. Gente que te dice a la cara que estás ahí porque te han puesto ellas (¿Perdona? ¿Y mi oposición?). Familias que entienden la escuela como el lugar donde aparcar a los niños y niñas. Son una pequeña minoría, pero ¡ay!, se dejan ver tanto como…

Los malos profesionales. Que también los hay, y este año los he visto de cerca. Y sobre todo, he aprendido lo difícil que es purgar el sistema de esta gente que nunca debió entrar.

Lo malo

Todo lo malo de este primer año en dirección se reduce en una sola frase: lo sola e indefensa que está la escuela pública y quienes trabajamos en ella.  Siendo de todos y para todas, es increíble y muy doloroso ver lo que le están haciendo. Lo mucho que hay que pelear para que las cosas más pequeñas, los derechos más básicos que a veces tienen que ver con la seguridad física de los niños y niñas, se cumplan.

La falta de personal. Recortes en las becas. Sustituciones tras cinco días de bajas.

Sí, parece que para el curso que viene se han solucionado ciertas cosas en Euskadi (las huelgas sirven para algo, está claro), pero la tendencia de la administración sigue siendo la de sobrecargar los horarios de los profesores. Nos dan más asignaciones, además de exigir formación fuera y dentro del colegio, hasta que el horario no se estira más. Y ya no solo hay que corregir y preparar las clases en casa, sino que algunas personas se llegan a quedar fuera del horario lectivo para dar refuerzos a esos niños y niñas que no llegan porque en clase no hay tiempo para la atención individualizada.

Y siguen subiendo las ratios. Y siguen bajando los presupuestos.

Y en la brecha seguimos los y las mismas, cada vez más quemadas, cada vez más hartas.

Pero me voy a quedar con lo bueno, porque qué remedio. Además, está llegando el buen tiempo, los fines de semana amenazan playa, el festival Celsius está ya muy cerca y yo tengo muchas cosas que hacer (como por ejemplo, leer, comer y dormir) para preocuparme por lo malo. El año que viene, espero, será más sencillo, y quizás entre todos y todas podamos ir limando todo lo malo y lo feo que tiñe esta educación pública que debemos defender.

Nos vemos en septiembre con energías renovadas. Espero.


Algunas notas finales:

  • Este es el último post del curso. Por si no lo has captado tras leer la lista interminable de quejas que acabo de soltar, estoy agotada y necesito recargar pilas. Mi único acercamiento al ordenador va a ser para escribir ficción, que, bien mirado, tiene mucho que ver con la educación (sobre todo el género de terror).
  • Hablando de ficción: si te gusta mi forma de escribir, puede que te interese leer más cosas que he escrito. Armarios y fulares está a la venta en Amazon y como lectura de pasatiempo no tiene precio. Bueno, sí, pero es muy barato. 😉
  • Este blog vuelve a llevarse bien con la ley y puedes volver a suscribirte si ya lo estabas antes (y si no, también). Solo por hacerlo recibirás dos guías con actividades que, estoy segura, te serán muy prácticas en clase. Como el blog, la lista también para hasta septiembre, pero las guías las recibirás igual. Puedes suscribirte un poco más abajo o aquí.

Gracias por leer, comentar y compartir. Si le sacas cualquier tipo de provecho al blog (aunque sea aliviar la espera en el dentista), házmelo saber, que me hace ilusión.

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