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El mejor docente y demás gilipolleces

27 octubre, 2021

Qué hartita estoy de según qué modas en educación. La competición entre el alumnado por ver quién saca mejores notas, la competición entre comunidades autónomas por estar más altas en el informe PISA, la pelea entre colegios de la misma escuela para ser mejor que el vecino…

Y, desde hace unos años, el título de mejor docente. El título más ridículo sobre la faz de la tierra.

(Dijo la receptora del termo BEST. TEACHER. EVER. ¡Eso sí es un premiazo!).

¿Qué convierte a alguien en el mejor docente?

No es una pregunta retórica, de verdad te lo estoy preguntando.

¿Qué convierte a una profesora en la mejor docente del año? ¿Qué hay que hacer para que te den el galardón? ¿Quién lo da, por cierto? Sí, ya sé que el Teacher Prize tiene unos padrinos muy importantes y hay una votación y yo qué sé qué más. Pero las votaciones no siempre las gana el mejor candidato, sino el más popular.

Acuérdate de quién salía siempre de delegado de clase.

Y en muchos colegios en los que he estado, esa percepción se mantiene. Seguro que tú también has conocido a ese profe molón y enrollado, sobre todo en Secundaria, al que los chicos y chicas quieren un montón por los motivos que sean (normalmente suele ser que es más laxo con la disciplina). La compañera que les mete caña y consigue que aprueben la EVAU, sin embargo, está peor vista y no tiene tantos seguidores.

Si hubiera una votación en tu cole entre el alumnado, ¿a que sabes ya quién ganaría? En tu opinión, ¿sería el mejor? No digo que no vayan a acertar, pero ¿tú qué piensas?

Porque, ¿qué convierte a alguien en el mejor? ¿Las notas? ¿El comportamiento? ¿Que estén entretenidos y quieran venir a clase porque se lo pasan pipa?

Sigue sin ser una pregunta retórica.

La educación como deporte de equipo

Puede que sea un poco rara, pero siempre me ha parecido que la educación es un deporte de equipo.

Mi grupo de este año, por ejemplo, es una maravilla. Tienen un nivel alto, buen comportamiento, ganas de trabajar; son educados, les gusta venir a clase, se esfuerzan como titanes y preguntan cuando no saben. Hasta piden quedarse después de clase a que les explique las cosas.

Solo llevan dos meses conmigo. Yo no he tenido nada que ver en esto.

La profesora del año pasado se dejó los cuernos con ellos hasta el punto de enfermar. La profesora anterior estuvo dos años con ellos y los convirtió en las buenas personas que son ahora. Las familias contestan siempre a mis notas y llamadas. Y ellos y ellas son, a sus escasos 10 años, grandes personas que se alegran cuando un compañero consigue dividir sin fallos cuando la semana pasada no era capaz.

Cada vez que me dicen que mis niños son no sé qué, siempre pienso en el meme ese que añade un «nuestros». Yo solo estoy manteniendo el trabajo que otras hicieron.

(Tengo una compañera que, sospecho, me acusa de falsa modestia cuando le repito que no es cosa mía y ya me los dieron así).

Por supuesto, con una clase así es fácil hacer cosas que, a los ojos de alguien de fuera, son divertidas. Los y las niñas disfrutan y te dicen que se lo han pasado en grande. ¿Es mérito de la profesora de este año? No. Este grupo no se consigue en diez meses. Hace falta un equipo.

Las horas extras se confunden con vocación

La nuestra es una profesión que exige meter tiempo extra. Cada vez que me dicen aquello de qué bien vivís con seis horas de trabajo, me retuerzo. Qué ganas de que nos hagan meter todas nuestras horas en el centro y así no incluir ni una sola de más.

Pero ni una.

Si mi trabajo no puede hacerse en el horario que establece el convenio, algo está pasando. Nunca le pediríamos a un barrendero que se quedara más tiempo porque no ha conseguido limpiar toda la calle, ni a la empleada de una tienda que se quede media hora más para atender a los clientes que no pueden llegar antes de las ocho.

En educación pasa tan a menudo que ya es norma. Sobre todo porque, a menudo, a nuestras horas lectivas tenemos que añadirle otro cargo aparte. Coordinadora TIC, encargada del comedor, dirección y horas de clase…

El horario, simplemente, no da para más. Si quieres tener todos los documentos al día, la clase preparada, los materiales organizados, las redacciones corregidas, esa lección tan chula en la pantalla digital, el proyecto con una escuela extranjera… tienes que meter horas.

O priorizar y mandar todo lo que no sea indispensable a freír monas.

A este lado del charco, quedarse a trabajar después de las cuatro (¡o ir el fin de semana!) se lleva como una medalla al cuello. I am a workaholic, te dicen, y se quedan tan panchas, la sonrisa orgullosa en los labios, mientras tú piensas lo bien que se está en el sofá/con las amigas/frente a la tele/leyendo/mirando al infinito porque el cansancio no te deja más hueco.

Eso se observa. Y se premia. Se considera dedicación, en lugar de lo que realmente es: regalar tu tiempo.

Y eso sí que no. Me gusta mucho mi trabajo, pero si pudiera vivir sin mi nómina no me ibas a ver en un aula ni en foto.

Sí, ya sé que esto es Texas y al otro lado del charco las cosas son distintas. Más que nada porque, de momento, la meritocracia no ha llegado a la educación pública. Me temo que es cuestión de tiempo.

Porque ya hemos empezado con ese discurso. Ese profesor que no hace nada y me carga a mí con el trabajo (jode, lo sé); esa que no se recicla, la que mete horas por un tubo, el gran profesional que da cursos a otros profesores… Que no digo yo que no lo sea, ojo, hay mucho bueno en nuestras aulas. Pero mi duda es la misma que me surge cuando hablan de un descubrimiento científico o de un multimillonario que ha fundado un imperio: ¿en los hombros de quién se subió para llegar hasta ahí? ¿Qué descubrimientos vinieron antes que le allanaron el camino? ¿Cuánta gente te ha dado su tiempo para que tú amases tu fortuna, por muy buen gerente que seas?

¿Cómo era la clase de ese docente del año hace tres cursos? ¿Por qué puede permitirse dar charlas con los horarios que tenemos? Llámame cínica y mal pensada, pero algo está dejando de hacer para dar una charla TED.

Dice un proverbio africano que hace falta todo un pueblo para criar a un niño o niña. Siempre he estado de acuerdo, y más en la educación reglada. Que ahora la moda de los premios esté llegando a la del mejor docente me roe el alma.

Como si no tuviéramos bastante, ahora toca competir entre nosotras.

No sé tú, pero yo me niego.


Si después de esta pataleta quieres leer más, espero que te animes a echar un vistazo al libro que publiqué con Plataforma Editorial, Profe, una pregunta, donde me planteo todas las dudas que me surgen a la hora de dar clase. También puedes hacerte con Manual (in)falible de animación a la lectura y llenar tu cabeza de ideas para llevar al aula.

Si lo que buscas lectura de entretenimiento,  Armarios y fulares conseguirá hacerte reír. O también puedes averiguar qué es lo que pasa en un fin de semana entre amigos en Antes de que todo se rompiera.

Como siempre, gracias por estar ahí. Gracias por leer.

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