Blog El día a día

Frases de niños

15 mayo, 2017

(Los que hayáis llegado hasta aquí buscando el libro amparado por El Hormiguero, lo siento, dirección equivocada. No soporto el programa, no soporto a su presentador, ni sus temas, ni su extremo baboseo, aunque admito que la sección Frases de niños es lo único digerible que tiene. Pero si buscáis reíros un rato con anécdotas de niños, podéis echar un ojo.)

Los niños y las niñas tienen, normalmente, un filtro bastante defectuoso y no suelen diferenciar entre “cosas que pienso” y “cosas que digo”, lo que hace de mi trabajo uno en el que abundan las anécdotas. Cuando llevas en esto un tiempo, es difícil no tener alguna joya en la mochila que poder utilizar en la sobremesa con tus amigas o familiares. Yo ya tengo tal colección que he pensado seriamente en publicar una recopilación de las mejores frases, pero en lugar de eso prefiero contarlas aquí y compartir las carcajadas. Esta es solo la primera entrega, porque si las escribiera todas, el post sería interminable (y así os dejo con ganas de más).

She’s got a mustache.

Esta es un clásico que se repite todos los años, con alguna pequeña variación. Llegamos al tema de las descripciones, con el vocabulario que hay que estudiar. Tenemos “fair hair”, “curly hair”, “brown eyes”… y “mustache”.

—He’s got a mustache —digo yo, toda inocente—. Do you understand “mustache”? Can you see the picture?

—¡Bigote! —grita alguno.

—Yes, yes, mustache, like…

—¡Como el tuyo!

—Uh… Yes, exactly.

(La primera vez que me pasó, casi lloré. La última, hace apenas un mes, me eché a reír. Y cogí hora para depilar.)

Yo, algo sencillito.

No hay cosa que más me guste que charlar con mis alumnos y alumnas de manera informal. Tengo la gran suerte de dar plástica, que ofrece muchos momentos perfectos, mientras están relajados pintando, para sentarme con ellos y hablar de lo humano y lo divino.

Una vez, una niña de ocho años me dijo, agobiada, que alguien de otra clase se había reído de ella porque estaba repitiendo y la habían llamado tonta. Yo le dije que no hiciera caso, que repetir solo significaba que necesitaba un poco más de tiempo, que gente que yo conocía había llegado a repetir tres o cuatro veces (exageré, pero era necesario, no me arrepiento) y luego se había sacado una carrera muy difícil con muy buenas notas. Empezamos a hablar de carreras difíciles, y ellos mencionaron derecho, psicología, arquitectura…

—Hay que estudiar mucho para ser arquitecta, ¿verdad? —me dijo la cría, preocupada.

—Sí, claro. Pero cuando estás en la universidad, ya estás haciendo lo que te gusta, así que en parte te cuesta un poco menos. Pero sí, claro, es difícil.

Un niño me miró, pensativo, y sacudió la cabeza.

—Yo no me voy a complicar la vida, para mí algo sencillito. Maestro, por ejemplo. Me gusta vivir tranquilo.

Todavía se puede oír el eco de mis carcajadas por el pasillo.

¡Tenéis todas las respuestas!

En la línea del anterior, pero más mayores, ya en sexto.

Estábamos hablando de trabajos fáciles y difíciles, trabajos importantes y menos importantes. Era una clase con un nivel sociocultural muy bajo, y quería dejarles claro que todos los trabajos son importantes y dignos, que no hay nada malo en limpiar escaleras o el baño de un colegio.

—A veces, estudiar te ayuda a escapar de trabajos muy ingratos que nadie quiere hacer —les dije, porque tampoco era cuestión de desanimarles y explicarles que una ingeniería no te libraba de trabajar en un MacDonalds—. Cuesta y es difícil, pero así te aseguras trabajar en algo que te gusta.

(Sí, mentí. Me da igual, volvería a hacerlo.)

El niño más listo de toda la clase me miró con atención.

—Ruth, ¿para ser profesor hay que ir a la universidad?

—Sí, claro.

Abrió los ojos de par en par.

—¿Por qué? ¡Si tenéis todas las respuestas al final del libro!

Todavía estoy buscando la réplica…

La mejor excusa del mundo

Esta me la contó una compañera, profesora de gimnasia, que tenía que luchar día sí y día también con ciertos niños y niñas que usaban cualquier excusa para no ducharse.

—Profe, es que yo no me puedo duchar de día —le dijo un crío un día.

—¿Perdona? ¿Por qué de día no?

—Es que si me mojo de día me sale un sarpullido. Soy alérgico al agua. De día.

Ella ni se inmutó.

—Pues me vas a tener que traer una nota del médico diciendo que eres un Gremlin. Hasta entonces, tú te duchas.

Crío 1 (por original), Maestra 1 (por mejor respuesta nunca dada).

La cuestión es participar

Era tutora de sexto aquel año, con un grupo maravilloso del que todavía me acuerdo. Debíamos estar en clase de lengua, porque cuando comentábamos textos yo me sentaba tras la mesa, algo que rara vez hacía cuando estaba dando clase de matemáticas o cualquier cosa que necesitara la pizarra. Estábamos hablando sobre la lectura, dando nuestra opinión, cuando el niño que se sentaba delante de mi mesa me miró con gesto soñador.

—Yo de mayor quiero ser hombre del tiempo —me dijo, y volvió a su libro.

La clase le miró un momento y luego me miró a mí, que boqueé “qué” con cara de no entender nada. El único que no se rio fue él, pero la sonrisa de “he conseguido la reacción que buscaba” no se le borró hasta el día siguiente.

Hipérboles

Misma clase, misma asignatura, pero distinto niño y distinto día.

Estábamos hablando de hipérboles, tratando de entender algún poema. En el libro venía el típico ejemplo de “érase un hombre a una nariz pegado” que muchos y muchas no pillaban, y me pidieron ejemplos. Después de dar unos cuantos, pareció que lo captaban, y una niña me preguntó si se podían hacer hipérboles sobre algo pequeño.

—Claro —dije, y en mi cabeza, aunque no fuera una hipérbole per se, pensé en aquello de “eres más corto que la manga de un chaleco”, pero por mi boca salió otra cosa—. ¿No habéis oído nunca lo de “eres más corto que la picha de un virus”?

No pude parar a tiempo. Me oí decirlo según salía de mi boca, horrorizada, pero ya era demasiado tarde. La clase estalló en carcajadas, cómo no, y yo temí los comentarios de las familias al día siguiente. ¿Cómo iban a contarlo en casa? ¿Qué habían entendido? Ya verás, pensé, la he liado gorda, seguro que ponen una queja.

Ningún padre vino a verme, ninguna madre (de hecho, en alguna reunión de padres saqué yo el tema, y se meaban de la risa). Al día siguiente, el más salado de la clase vino corriendo a mi mesa y me preguntó, todo nervios:

—¿Cómo era eso del pitilín del mosquito? Se lo he ido a contar a mi hermano pero no le ha hecho gracia, creo que lo he contado mal.

Cómo echo de menos aquella clase…

Whatsiweriwatchi

Esto me ha pasado varias veces, pero nunca como hace unos años con un crío recién llegado que no entendía ni castellano ni euskera. Imaginad lo que debe ser cambiar de país, de casa, de amigos, de todo, y entrar en una escuela a aprender tres idiomas nuevos. Yo estaría enferma día sí y día también.

No suelo pedir demasiado a los recién llegados en la asignatura de inglés, creo que lo más importante los primeros meses es que se adapten y aprendan lo suficiente en un solo idioma para poder comunicarse. Aun así, están en clase y me dirijo a ellos en inglés, me oyen todo el rato en este idioma, y por mucho que desconecten algo se les queda.

Un día pasé al lado de este crío, que estaba sentado solo haciendo algún juego que le gustaba. Hablaba consigo mismo y emitía sonidos como “aguachibiribú watsigerai watsibiribiri”. Al principio pensé que estaba hablando en árabe, pero luego me di cuenta de que estaba imitándome. No solo el idioma, del que había pillado el tono, sino hasta mis gestos. Me eché a reír yo sola. Pregunté a la clase cómo les sonaba a ellos el inglés, y todos y todas me confirmaron que aquel niño tenía razón.

Desde entonces me fijo mucho más en cómo hablo y gesticulo. No importa, me imitan igual.

Spanglish

Esto no es tanto un “frases de niños” como un problema de comprensión que tenía que haber previsto, pero lo incluyo porque me hizo una gracia tremenda.

Estaba trabajando en Estados Unidos con una clase de primero de primaria. Toda mi clase tenía como lengua materna el español, pero las clases se daban en inglés y yo era la encargada de su primer año de inmersión lingüística (sí, yo, la extranjera con mayor acento que ellos encargada de enseñarles inglés). La verdad es que las familias lo agradecían muchísimo porque podían hablar conmigo sin problema, pero mucho sentido no tenía.

Un año, en Halloween, se me ocurrió llevarles unas calabazas y sacarlos al pequeño jardín que tenía la escuela para hacer “jack o’lanterns”, las típicas lámparas de las películas. Los puse en grupos y corté la parte de arriba para que empezaran a sacar la carne y las pepitas.

—You have to scoop it out with the spoon —les dije, despacio, y les mostré la cuchara que les había dado—. With the spoon. Do you understand?

Veinticinco caritas me miraron, los ojos muy abiertos, la cuchara en la mano. Yo lo repetí, más despacio todavía.

—You have to scoop it out. Scoop it out.

Y, ante mi asombro y completo espanto que se convirtió en carcajada unos segundos más tarde, veinticinco niños escupieron en el suelo.

Scoop it = “scupid”.

Out = fuera.

Scupid pa’ fuera. De toda la vida.

 

Me estoy riendo sola mientras escribo esto, y recopilando un montón más para la próxima. Si algo bueno tiene mi trabajo es la materia prima. Es lo que tiene trabajar con niños y niñas.

¿Qué frase recuerdas tú?

¿Qué te han dicho tus alumnos y alumnas últimamente que te haya arrancado una sonrisa o te haya dejado de piedra?

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