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Elegir centro escolar y no morir en el intento

12 marzo, 2018

Llego tarde, tardísimo con esta entrada, porque al menos en Euskadi el periodo de matriculación terminó hace ya semanas y lo de elegir centro escolar ya se os habrá quedado antiguo. Pero es que estos días los musos han estado de baja (y yo también) y no me he podido acercar al ordenador con las ganas que me hubiera gustado, así que ya lo siento si esta información os es inútil para este año.

Ya estamos bien, los musos y yo. Gracias. Volvemos al ataque.

Como esto de las comunidades autónomas es un guirigay y seguro que hay alguna donde aún estáis a tiempo para hacer la matrícula de vuestro churumbel o churumbela (he aprendido una palabra nueva), hoy os traigo una serie de recomendaciones que tener en cuenta a la hora de elegir centro escolar. Os las doy desde el punto de vista de una persona que se ha pasado media vida tratando de elegir el mejor centro posible para trabajar, así que, aunque no soy madre, sé en qué fijarme para saber si el centro escolar en cuestión se adapta a mis necesidades y a mi forma de pensar.

Os va a sorprender, pero las maestras y maestros también buscamos colegios majos. Qué cosas, oye.

(*Aclaro que esta lista tiene que ver con los centros públicos. No tengo ni idea de qué buscan las familias que llevan a sus hijos e hijas a la concertada, porque yo no sabría qué pedirle a una escuela privada. Las diferencias entre un tipo de escuela y otro son abismales, no es tontería, y no me pienso mojar. Hoy).

La distancia no importa (tanto)

Creo que una de los criterios que las familias más nos han repetido a mis compañeras y a mí a la hora de elegir centro escolar ha sido “es que vivimos aquí al lado”. Tiene sentido, claro, porque están viendo a sus peques de dos o tres años, aún indefensos y completamente dependientes de los adultos de la casa, y la cercanía del centro a casa es un factor importante por comodidad.

(Las matrículas al instituto también se basan mucho en este criterio. Los vemos con once o doce años yendo solos por esas calles atestadas de coches y preferimos que estén cerca, para poder vigilarlos casi desde la ventana y controlar que no anden con gente rara, que no se pierdan por el camino, que desconocidos con mala pinta no les ofrezcan chicles. Pedazo ventana la nuestra, oye).

Pero esos niños y niñas van a crecer. En menos tiempo del que pensáis van a ser capaces de ir a hacer pequeñas compras solos, y al poco pedirán permiso para ir en grupo al cole, quizás acompañados de un solo adulto, y poco a poco la distancia hasta el centro dejará de importar.

Obviamente, no estoy hablando de elegir un colegio en el otro lado de la ciudad (o sí, si veis que tiene un buen sistema de transporte, ya sea del propio centro o público), sino de una o dos manzanas de distancia. Hemos tenido familias queriendo cambiar a sus peques de centro porque el colegio en el que están ahora está doscientos metros más lejos de su casa que el nuestro. (Os lo juro. Medido en Google Maps).

De verdad, hay cosas mucho más importantes que la distancia.

Como por ejemplo…

El proyecto educativo

¿Cómo se trabaja en el colegio? ¿Qué tipo de metodología utilizan? ¿Tienen clases cerradas, con puertas y paredes, o uno de esos espacios abiertos en los que los niños y niñas corretean sin parar? Las familias sois quienes mejor conocéis a vuestros hijos e hijas, y por tanto tenéis que valorar qué tipo de enseñanza le va a ir mejor.

Pero no os quedéis solo con lo que se hace en infantil. ¿Cómo sigue ese proyecto a primaria? ¿Es bilingüe o no? (En Euskadi y Navarra: ¿qué modelo lingüístico tiene?). Mucha gente se deja engatusar por las clases tan preciosas que suele haber en infantil y luego, al llegar a primero, se dan de bruces con cuatro paredes y una metodología que no encaja para nada con la que querían para sus pequeños. Si el centro que os gusta tiene jornada de puertas abiertas, haced que os enseñen también las clases de primaria.

Lo mismo digo con los institutos, o si vuestro centro va desde los 2-3 años hasta los 18. No os quedéis solo con lo que hacen en ESO, investigad un poco el tipo de bachilleratos que ofrecen. Preguntad por el instituto de referencia del colegio si no lo sabéis todavía.

(Pero tampoco os paséis. Que no hace falta que, cuando vayáis a matricularlos en tres años, preguntéis por las notas de Selectividad y qué porcentaje del alumnado suele entrar en Medicina. True story, os lo juro).

El tamaño importa

Bueno, vale, no siempre (dicen), pero en este caso, sí. Y mucho.

El trato que los niños y niñas van a recibir en un centro de tres o cuatro líneas por curso (con líneas quiero decir cuántas clases hay en el mismo curso) no va a ser el mismo que el que va a recibir en uno de una sola línea. Esto no significa que uno vaya a ser mejor que otro, ojo: los centros grandes tienen ventajas de las que los pequeños carecen, y viceversa.

En un centro de varias líneas, la socialización de los niños y niñas es mayor. Se mezclan niveles en una misma clase con más facilidad  y, si hay problemas en un aula, se pueden mezclar en un momento dado para romper roles tóxicos, algo imposible de hacer en una escuela de una sola línea por motivos obvios. Hay más personal y más posibilidad de llevar proyectos grandes adelante, e incluso más probabilidad de que haya alguien experto en las TIC, o en metodologías innovadoras (lo que quiera que esto signifique), o con intereses que puedan beneficiar a los pequeños. Todas estas cosas no ocurren en una escuela pequeña.

En un centro de una línea, por contra, todo el mundo conoce a todo el mundo. Los niños y niñas tienen nombre y apellido, no son “ese niño rubio de tu clase” o “las chicas de quinto que se pelearon en el patio”. Es más fácil trabajar en un solo grupo y dirigir a todo el claustro en la misma dirección (más o menos), y la relación con las familias es mucho más cercana, sobre todo si es una escuela de barrio. Suele haber más sentimiento de unión y de escuela, mientras que en las grandes, a menudo, es un “ellos contra nosotros”.

Yo tengo claro cuál me gusta más (y tengo la gran suerte de trabajar en una que encaja con esa predilección). Las familias también deberíais tenerlo.

La fuerza del AMPA 

A lo largo de mi carrera, me he encontrado todo tipo de AMPAs (Asociaciones de Madres y Padres. No tengo muy claro qué es la última A, aunque yo le añadiría una F de Familia: hay un montón de niños y niñas que no viven con sus padres y madres, pero ese es tema para otro artículo). Muchas me producían cierto rechazo, casi temor. Siempre tuve la sensación de que el AMPA estaba ahí para llevar la contraria a todo lo que dijera el claustro, como cuando llevábamos la propuesta del calendario al OMR y las familias se nos echaban al cuello.

Por suerte, me he encontrado con muchas que no son así, ni mucho menos. Un AMPA activa facilita mucho el trabajo del colegio y es una gran aliada a la hora de organizar eventos, extraescolares o cualquier acto que se salga de lo estrictamente académico. Por no hablar de lo mucho que ayuda en la integración de familias nuevas en el centro.

Porque para las familias, tener un AMPA de este pelo en el centro es un verdadero lujo. Desde organizar cursos sobre acoso escolar para las familias a talleres de multiculturalidad (pero de verdad, no de “vamos a hacer un cuscús, que es muy típico”), los miembros —¡y miembras!— del AMPA consiguen la unidad de las familias y las convierten en una parte fundamental en la vida del colegio.

Eso sí: si queréis un AMPA fuerte, más os vale estar dispuestos y dispuestas a tomar las riendas y formar parte de ella de verdad. Que no vale eso de participar en lo que los demás organizan, ¡hay que mojarse!

Un claustro estable

Sí, en la escuela pública la estabilidad es casi una utopía, pero también es una señal muy clara de cómo se trabaja en ese centro. Un colegio del que todos los años sale disparado más de la mitad del profesorado y en el que nadie quiere coger plaza fija huele a chamusquina. Algo pasa.

Los docentes tenemos una capacidad limitada para elegir centro, pero es verdad que, cuando estamos a gusto en uno, tendemos a repetir en la medida de nuestras posibilidades. Ese “a gusto” puede significar, simplemente, que está cerca de casa (no es poco), pero por regla general te quedas porque hay buen ambiente (y eso se refleja en la manera de trabajar), porque te gusta el proyecto educativo, porque la dirección lleva bien el colegio, porque la relación con las familias es buena… Vamos, tenemos las mismas razones para quedarnos que las que familia para elegir centro escolar.

La excepción pueden ser los pueblos alejados de centros urbanos grandes, donde, por muy a gusto que estés, tienes que elegir entre dejar tu casa y tu familia detrás para mudarte a trabajar a Quinta la Leche. Pero cuando en una ciudad veis un colegio con mucho, mucho cambio cada año… Algo pasa. Sospechad.


Por supuesto, aun siguiendo todos estos consejos podéis meter la pata de manera espectacular. Tampoco hay que rasgarse las vestiduras si os equivocáis de centro, porque podéis cambiarlo al año siguiente (aunque sí, entrar en ciertos colegios es más difícil que entrar en la NASA, qué le vamos a hacer). Tened siempre en cuenta que el ambiente de muchos colegios cambia de año en año, y que la presencia o falta de una sola persona (sea docente, familiar, alumna o monitora de extra escolares) puede suponer un cambio que altere el funcionamiento de una clase o de todo el centro.

Por eso es importante fijarse en la imagen más extensa, y los factores que os he mencionado os ayudarán a acertar más que si os fijáis en aspectos puntuales.

Espero.

¿Qué buscas tú en un centro escolar?

¿Qué factores te parecen más importantes a la hora de escoger centro (ya seas docente o tutor legal)?

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