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El trabajo de mis sueños y el orgasmo de 24 horas

22 mayo, 2019

Si has venido aquí buscando instrucciones sobre cómo lograr un orgasmo de 24 horas, lo siento. Voy a hablar del trabajo de mis sueños, y te advierto que soy maestra, no profesional del orgasmo. Sexóloga, quiero decir. Que no sé en qué estás pensando.

Bueno, vaaaale. Al final del artículo te hablo de ello (tojuro).

Qué no haré yo por mi público.

Hoy iba a escribir sobre otras cosas. Quería hacer un artículo que te fuera útil en clase, algo que pudieras llevar al aula estas últimas semanas, pero he tenido tan buen día (para ser mayo) y he salido tan contenta del colegio (para ser mayo) que he decidido cambiar de tema.

Los días así me recuerdan que tengo el trabajo de mis sueños. Hay otros muchos que consiguen que lo olvide, así que atesoro los buenos como si fueran pequeños regalos. Tú sabes bien a qué me refiero con los buenos, y seguro que también entiendes lo que quiero decir cuando hablo de días malos.

Tener un trabajo que te gusta no significa que todos los días sean de fiesta, como diría Shakira. Hacer aquello que va acorde con tu vocación no garantiza una jornada laboral de risas y buen rollito, aunque ayuda. Mi trabajo me ha hecho llorar más veces de las que me gustaría recordar, dentro y fuera del aula. Me ha afectado a la salud de muchas maneras y la carga mental que supone dar clase me provoca un cansancio físico y mental que solo puedo explicarle a alguien del gremio, porque nadie de fuera consigue entenderlo.

Y sin embargo, no me imagino haciendo ninguna otra cosa.

Hace unas semanas leí un libro de coaching que hablaba, entre otras cosas, de qué harías con tu tiempo si tuvieras suficiente dinero para vivir sin trabajar. ¿Te quedarías en la playa todo el día? ¿Pasarías el resto de tu vida tirada en el sofá? ¿O te dedicarías a hacer algo que de verdad te importara? Uno de los ejercicios que proponía era imaginarte tu día perfecto y, en la medida de lo posible, recrearlo. Quizás no puedas permitirte cuarenta años de mojitos en la playa, pero una semana sí. Pasarte el día de compras, o de cervezas con las amigas. Veinticuatro horas, siete días a la semana, durante el resto de tu vida.

¿Te aburres? Te apuesto a que sí. Pocas actividades de ocio absoluto hay que gusten cuando abundan.

Eso me hizo pensar. Si yo no tuviera que trabajar para vivir, ¿qué haría? ¿A qué dedicaría todas las horas libres del día?

Sabes que me gusta escribir (y ahora mismo tengo un libro en oferta, cof, cof, qué tos más tonta), así que, como es natural, pasarme el día escribiendo fue lo primero que se me ocurrió. Leer y escribir, ir a ferias literarias, hablar de libros todo el día…

Pero en seguida me di cuenta de que no es verdad. Porque lo he hecho, le he dedicado más de una semana (y de dos, y de tres) en exclusiva a escribir y, aunque es algo que me gusta mucho y que pretendo seguir haciendo hasta que me entierren, no me imagino haciendo solo esto el resto de mi vida. No es el trabajo de mis sueños. Dar clase me gusta aún más.

Bueno, quizás «gustar» no sea el verbo adecuado. Digamos que me llena más. Si no cobrara por ello, eliminaría de mi día un montón de elementos que son los culpables de que más de una mañana y más de dos haya llorado (lágrimas reales, con berrinche incluido) antes de ir a trabajar.

Porque hay días en los que odio mi trabajo, pero al día siguiente aparezco de nuevo (y no solo por el sueldo). Me enfado conmigo misma y con mis compañeras, o con los niños y niñas, o con las familias, o con el sistema, la burocracia, el desorden de mi mesa o la poca puntualidad de algunas.

Me ofusco cuando las cosas no salen como yo quiero, cuando no me dejan hacer lo que sé como yo sé, cuando no hago más que escuchar a los listos de siempre diciéndome todo lo que hago mal aunque no me hayan visto dar clase ni una sola vez.

Me cabrea el sistema, el concepto de escuelas concertadas, la gente que no entiende lo importante que es la educación pública, las familias que se creen mejores que otras, los docentes con poco sentido de compañerismo.

Pero es precisamente ese enfado lo que me demuestra lo mucho que me importa mi trabajo. Esa frustración cuando no me salen las cosas es lo que prueba que lo que hago me importa tanto que estoy dispuesta a sacrificar mi salud (sin pasarnos, que mártires los justos) a cambio de conseguir cambiar las cosas y dejar una marca en el sistema educativo, por pequeña que sea.

El querer volver al día siguiente a arreglar lo que no me ha salido bien es lo que me demuestra que estoy en el trabajo de mis sueños. Porque si no, me daría igual. Mínimo esfuerzo, nula recompensa, total qué más da.

Que algo nos haga felices no significa que nos haga felices todo el rato, y si no pregúntales a las mujeres que sufren de orgasmos continuos (ya llega el orgasmo dichoso, ¿ves cómo cumplo mis promesas?). Sobre el papel, parece algo soñado por lo que todas nos daríamos de bofetadas. En realidad, es algo que provoca incluso locura y que algunas se apliquen electrodos en salvas sean sus partes para parar el constante subidón.

Un poco gusta, un mucho cansa, que decía mi abuela. Tuvo diez hijos y dos abortos, pero orgasmos, me temo, pocos.

No aspiro a que el trabajo de mis sueños sea como un orgasmo de veinticuatro horas. Igual que las familias felices no lo son todo el tiempo o ese viaje perfecto que te mueres por repetir tuvo sus momentos tensos que hizo que los buenos destacaran aún más, mi trabajo tiene muchos momentos malos. Pero es que todo lo que merece la pena en la vida hace sufrir, porque es algo que te importa y que exige esfuerzo y, a veces, dolor.

Pienso en toda la gente que sufre haciendo algo que odia ocho horas al día y me siento afortunada. Trabajo en lo que me gusta y, tras veintidós años, sigo queriendo mejorar y aprender. Aunque venga aquí a quejarme cada dos por tres y parece que me pase el día dándome cabezazos contra la pared. (Spoiler: lo hago).

Así que me vas a permitir que me regodee ante la idea de que, aunque a veces se me olvide, estoy donde quiero estar. Tengo el trabajo de mis sueños hasta cuando odio mi trabajo. Creo que no hay mucha gente que pueda decir algo así.

Espero que tú sí.

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