Blog Pataletas

La educación pública: tocada y ¿hundida?

4 diciembre, 2019

Me vas a permitir que me ponga un poco tremendista y negativa y hable de la debacle en la que está sumida la educación pública.

Es curioso que me dé por ahí precisamente hoy que, mientras escribo estas líneas, estoy de vacaciones en una de mis zonas favoritas del mundo y debería estar pensando solo en qué voy a cenar esta noche o cuántos achuchones me voy a llevar mañana (día de Acción de Gracias en EEUU) rodeada de amigos que son casi familia.

También tiene gracia que hable de educación pública en España desde el otro lado del mundo, cual rata que abandona el barco.

Aunque quizás sea gracias a ese descanso y a esa distancia que puedo hablar sin echarme a llorar.

Educación pública: tocada y ¿hundida?

Quien me conoce un poco sabe bien que yo entré en educación por vocación.

No ha habido un solo momento en mi vida en el que no haya querido ser maestra. Enseñé a leer a mi hermano cuando yo tenía diez años y él cinco, di clases particulares a familiares y conocidas desde los catorce, extraescolares de cerámica mientras estudiaba Magisterio, clases en una academia hasta que me llamaron de las listas…

No he hecho otra cosa. Hasta hace bien poco, creía que no valía para nada más. No quería valer para nada más, porque hacía lo que más me gustaba. ¿Qué más se puede pedir?

Y entonces empecé a cumplir años (menos mal, porque la alternativa es mucho peor que hacerse vieja). Empecé a ganar experiencia y con ella, por desgracia, a perder ilusión.

No porque no me gustara estar dentro del aula, o porque estuviera cansada de repetir siempre las mismas lecciones. No porque «estas nuevas generaciones vienen peor, son insoportables, no respetan nada», algo tan incierto ahora como para la generación de nuestros padres y madres.

Empecé a perder ilusión porque empecé a quemarme. Por todos los lados.

Porque la debacle de la educación pública no es culpa solo de unos pocos, o de una parte que no cumple, o de una parte que no entiende de qué va esto. Hay tantos motivos por los que se está yendo a la mierda que da para varias tesis, no ya para un artículo ni media docena de ellos.

Como yo no soy doctora, me vas a permitir que me limite a escribir un artículo. Mi análisis es tan personal como la página en la que lo estás leyendo, pero creo que, tras 23 años dando clase en dos países y más de una veintena de colegios, mi punto de vista tiene algo de perspectiva.

Vamos a empezar a repartir culpas. Me arremango.

La administración

La primera en la frente, no podía faltar.

La educación pública está, en estos momentos, luchando por sacar la cabeza del agua de aquella crisis que supuestamente ya hemos superado y los recortes que trajo consigo. Volvemos a pelear esas condiciones que se lograron hace años y que dábamos por supuestas desde entonces.

Ya sabes a qué me refiero: una ratio lógica, ayudas de educación especial, refuerzos en aulas que lo necesiten. Una dirección estable, un consejo escolar participativo y con toma de decisiones, sustituciones desde el primer día, horas de logopedia.

Lo normal, vamos. O lo que debería ser normal.

Ahora mismo, muchas de esas cosas nos parecen imposibles de lograr en muchos centros. Tutorías sin cubrir hasta mediados de septiembre (con suerte), reducción de horas de educación especial, recortes de personal a pesar de que el alumnado sigue subiendo, cero ayudas a las direcciones, «ninguneamiento» de los consejos escolares…

La fórmula perfecta para que la educación pública vaya perdiendo calidad de tal manera que todo el mundo huya a la concertada.

La concertada.

Ay, la concertada.

Ese quiero y no puedo de la clase obrera mal llamada media que se cree «alguien». Esas escuelas que funcionan con fondos públicos pero eligen al alumnado, cobran cuotas que aseguran que ciertos estratos sociales no tengan acceso y te dicen aquello de «libertad de elección» cuando en realidad quieren decir «paga mis privilegios con tus impuestos».

Esa concertada.

Mientras la administración no se ponga las pilas y se dé cuenta de que, sin la inversión adecuada, este carro no tira, no hay nada que hacer. Lo que no significa que la culpa sea solo de la administración, pero sí una parte muy grande. La más grande. La más importante.

Aunque hay otros también que… Tela.

La sociedad

La educación pública no es un lujo, es un derecho.

Mientras esto no quede claro, la llevamos clara.

Incluso en este siglo veintiuno que nos contempla, aún hay familias cuyo único acceso a un nivel mínimo de cultura es a través de la escuela. Familias no alfabetizadas, o alfabetizadas en idiomas que no están presente en la escuela; familias con una situación socioeconómica comprometida; familias diversas que, por la razón que sea, no puede dar a los niños y niñas a su cargo los conocimientos que la mía me dio en casa.

Yo tenía a mi padre para repasar Matemáticas y a mi madre para repasar Historia. Me leyeron cuentos en la cama hasta que tuve edad de leerlos yo sola. Tenía acceso a libros, a enciclopedias, a bibliotecas. Aunque soy hija de obrero y solo entraba un sueldo en casa, se me podían pagar clases de inglés y de txistu, a base de quitarse de otras cosas.

No todas las familias tienen este apoyo. La enseñanza pública es lo único que les garantiza una enseñanza de calidad.

Así que se me llevan los demonios cada vez que oigo a gente criticar a su colegio de barrio porque entran muchos inmigrantes, y «uf, es que bajan el nivel» (¡en tres años!, su hijo debe de ser ya un genio y lo van a frenar, o no me lo explico). O cuando oigo a familias quejarse porque no tienen menú vegano en el comedor del colegio (true story, me lo dijeron a mí, con estos oídos míos que ahora que tienen audífonos todo lo oyen).

Me pongo mala cuando los medios de comunicación hablan de metodologías que no han sido probadas (o peor, que han fracasado allí donde se han probado) y los cuatro borregos de turno empiezan a exigirlas en todas partes.

Me hinchan las narices los gurús que van de salvadores de la escuela pública y señalan todas las formas en las que se debe dar clase según ellos, pero salieron por patas en cuanto tuvieron oportunidad y no tienen aspecto de querer volver al aula este siglo.

Ya lo dije aquí y varias veces en este blog, pero la docencia debe ser la única profesión donde todo el mundo cree saber más que los profesionales que nos encargamos de ella. Haber ido a clase no te da más conocimiento sobre educación que ir al médico te lo da sobre medicina.

Pero, como el deporte nacional es automedicarse y opinar sobre lo que no tenemos ni idea, opinar sobre la educación pública tiene sentido.

Los y las docentes

Sí, querido claustro virtual, a ti también te voy a dar caña.

No voy a criticarte por haber elegido ser miembro de la educación pública, ni mucho menos. Convertirte en funcionaria es duro (bien lo sé yo) y supone muchos sacrificios. Entre ellos está que nunca vas a hacerte millonaria, como bien han descubierto esos gurús que menciono más arriba y que exigen que sus charlas las paguen a precio de tinta de impresora.

La debacle de la educación pública es en parte culpa tuya porque no te comportas como una trabajadora más. Una trabajadora pelea por sus derechos, y tú no lo estás haciendo.

No es (del todo) culpa tuya. A ti y a mí nos han vendido la moto de que la vocación es la razón personal para estar donde estamos, que sin ella no puedes dar clase, y que esa vocación implica tragar con lo que te echen.

Estás ahí por los niños y niñas, tienes que hacer todo por ellas, es tu obligación dejarte los cuernos en el aula.

Te llevas tacos de exámenes para corregir a casa porque en horario escolar es imposible. Vas a cursos de formación que no te sirven para nada porque ya llevas tanto tiempo en esto que sabes más que el ponente. Te quitan las ayudas y, después de protestar por Twitter y en la sala de profesores, en el claustro (que no tiene ningún poder para cambiar las cosas, aunque está de acuerdo contigo), en el consejo escolar (que no tiene ningún poder para cambiar las cosas, aunque está de acuerdo contigo, o no, y te llama vaga), después de quejarte en casa con los tuyos, vuelves al aula y haces lo posible por sacar a tu alumnado adelante.

Te dejas la salud. No te coges bajas porque no quieres que te llamen vaga (pero te lo llaman igual).

Y vas tragando. Y te vas quemando. Y vas reventando.

Pero no paras. No dices «hasta aquí». Y cuando se convoca una huelga, no te unes.

Porque «uy, un día de sueldo». O peor, «de qué nos vamos a quejar, con lo bien que estamos comparando con otros».

O lo peor de lo peor: «Me importa una mierda, a mí que me paguen a fin de mes y que me den mi jubilación».

Y así nos va.

Si toda la educación pública se plantara y se cerraran todas las aulas del país, no habría servicios mínimos que mitigaran el efecto de esa huelga. Las familias, con un poco de suerte, dejarían de pensar en la escuela como en un aparcaniños gratuito y empezarían a ver la función que cumple; la administración se daría cuenta de que nuestra labor es irreemplazable (que meta a los gurús, o a los YouTubers si quiere, a ver si salvan el día, el mes, el año) y hasta las empresas privadas que cada vez más manosean nuestra tan menospreciada educación pública se acojonarían un poco.

No entiendo por qué no nos movemos. Por qué no damos un puñetazo en la mesa y decimos «basta ya». Menos aún los y las docentes que tienen a sus peques en los mismos colegios donde trabajan.

Porque a quienes trabajan en la educación pública y tienen a sus hijos en la concertada sí que no les entiendo nada de nada.

 

Desde que estuve en dirección, algo se ha roto dentro de mí. Me di cuenta de lo sola que está la educación pública, del gran abandono que sufre. Nadie se quiere mojar y nadie parece tener intención de dar los pasos necesarios para cambiar la dirección de este barco que hace aguas por todas partes y que amenaza, cada vez más, con hundirse.

La educación pública está tocada. Y mucho. 

Lo peor es que de este barco se están yendo los marineros y en cualquier momento se marcha el capitán. El barco va a quedar en manos de las ratas, si es que no lo está ya.

Y eso me da mucho miedo. Porque yo de valiente no tengo nada y no sé si es peor hundirme o saltar.

Básicamente, porque creo que me voy a ahogar igual.


Además de escribir pataletas como esta, también escribo otras cosas. Como, por ejemplo, este libro sobre educación publicado por Plataforma Editorial. O esta novela con un profe protagonista que ojalá fuéramos, o hubiéramos tenido.

Este noviembre, además, he publicado mi primera novela dirigida al público juvenil, aunque bien puede leerla el público más adulto (echa un vistazo aquí si quieres saber de qué va). Está mal que yo lo diga, pero con esta portada tan espectacular, es el regalo de Navidad perfecto para esa sobrina o cualquier otro adolescente en tu vida.

Gracias por estar ahí. Gracias por leer.

You Might Also Like

2 Comments

  • Reply Idoia 8 diciembre, 2019 at 10:32 am

    Desgraciadamente así esta la educación pública. Y no hay visos de que cambie a mejor. Los dirigentes actuales miran por la concertada, detrás estás sus gestores, no hay más que comentar.
    Así que el barco se hunde y con ello la igualdad de oportunidades, la vocación, la ilusión, el profesorado, los alumnos, el mantenimiento de los edificios… Y sí, lo único que nos queda es luchar para poder flotar.
    Así lo ven mis ojos.
    Gracias Ruth por este artículo.
    Idoia

    • Reply Ruth 8 diciembre, 2019 at 7:15 pm

      Qué agotador es nadar contra corriente a veces, pero sí, no queda otra.
      Muxus.

    Leave a Reply