Blog Dar clase sin morir en el intento

Corregir y otras pesadillas docentes

30 octubre, 2017

Por regla general, odio corregir. No, no es del todo cierto: odio corregir sola. Lo peor de mi trabajo, con diferencia, es sentarme en mi casa o en mi clase con el boli rojo en ristre y tachar respuestas equivocadas que mis alumnos y alumnas no van a mirar dos veces si no es para contar cuántas décimas quitaba cada respuesta equivocada, o por qué les he marcado mal la respuesta si la suya es igual que la de fulano o mengano.

(Nunca lo es. Siempre hay un fallo que no ven o no quieren ver, pero nunca es igual. Bueno, menos aquella vez que me equivoqué. Y aquella otra en la que me lié. Y esa vez que— DEJADME EN PAZ, ¿VALE?)

Odio corregir sola, sin alumnos, porque me lleva un tiempo que podría estar dedicándole a otras cosas, como, no sé, limpiar las ventanas de mi casa en plena tormenta o cambiar las ruedas nuevas del coche. Lo odio porque no sirve para nada, porque mis alumnos y alumnas no tienen la madurez para fijarse en los fallos que han cometido, recapacitar y proponerse no volver a cometerlos otra vez. Y menos aún si se lo doy todo hecho, todo escrito, con la nota puesta y sin posibilidad de mejora.

Las correcciones que les entregamos a los chicos y chicas, además, tienden a ser ortográficas, o al menos las que yo recibía en mis tiempos de estudiante lo eran. No recuerdo ninguna que tuviera un apunte sobre la estructura del texto, o sobre el vocabulario empleado, o cualquier otra cosa que no fueran las faltas de ortografía. Aquí mi madre diría que claro, yo escribía muy bien desde pequeña, no hacía falta decirme nada porque lo hacía bien para mi edad, pero tampoco recuerdo algo así en los escritos de la gente de clase, nunca. Ni en EGB ni en el instituto.

De hecho, ni en la universidad. Y ay madre cómo escribía la gente que me rodeaba en la universidad.

No seré yo quien diga que la ortografía no es importante, con lo defensora de las normas que soy, pero es lo que menos me importa en los textos que corrijo. En parte, porque no sé cómo enseñar ortografía, y por mucho que me esfuerce siempre se me escapa alguien que sigue escribiendo “púvlico” por más que repasemos la dichosa norma de “las sílabas trabadas, siempre con be” hasta el aburrimiento. Pero sobre todo porque, para que un texto sea comprensible, hay aspectos que son más importantes y cunden más a la hora de poder ser enseñados.

He probado todos los sistemas posibles, y de entre todas me quedo con el trato directo en dos pasos. Uso notas a pie de página, de momento, y aspiro a pasar símbolos editoriales en el futuro que les marquen el error y el tipo de fallo que es para que les sea más fácil corregirlo. (Si a los escritores se les permite tener un editor que les corrija los fallos, ¿por qué no vamos a darles la misma oportunidad en el aula?) Y también hablo con ellos y ellas. Porque lo escrito queda fijado, sí, pero las palabras habladas y una mano en el hombro mientras les explicas cómo remediarlo hacen más que cualquier nota (numérica o a pie de página).

Pero, ¿qué se corrige? ¿Y cómo?

Aquí cada docente tiene sus prioridades, y en este artículo solo voy a mencionar los aspectos de la escritura que a mí me parecen importantes y siempre recalco en sus escritos, ya sea para señalar que no está bien o para decirles que lo han hecho muy bien.

(Porque sí, creo que esa es una de las cosas que se nos olvidan siempre: corregir también es dar palmaditas en la espalda y decirles genial, muy bien hecho, ya tienes una parte conseguida; ahora solo tienes que mejorar en una pequeña tontería de nada y lo clavas. Como aprender a usar el subjuntivo o escribir bien «absorber» sin pensártelo dos veces).

Corregir la ortografía

La ortografía es importante, y también es lo más fácil de corregir (me refiero a la corrección física, a poner una uve encima de una be mal escrita). También es la manera más inútil de perder el tiempo, porque los chavales no se suelen fijar en las faltas que les corregimos. Podemos usar el viejo truco de “escribe veinte veces cada palabra que hayas escrito mal”, pero os aseguro que ni eso funciona.

Os lo digo yo, que he probado de todo (¡ay!). Varias veces. Durante varios años.

Lo que mejores resultados da (dentro de una muy triste estadística) es marcar la palabra y hacer que la corrijan ellas y ellos. Si usáis algún código en clase para decir que falta una tilde o es una falta ortográfica, podéis usarla también. No hace milagros, pero al menos les obliga a hacer un esfuerzo, buscar en el diccionario y molestarse un poco. Son ellos, y no yo, los que tienen que aprender a escribir.

Deberíamos tener en cuenta, también, que hay muchos tipos de faltas de ortografía y es imposible quitarlas todas de golpe. Cuando una niña comete tantas faltas que es difícil entender el sentido del texto, pretender que en seis meses no cometa ninguna es más que una utopía. En lugar de eso, funciona mejor elegir dos o tres normas fáciles de recordar que tiene que revisar en cada redacción. Cuando esas estén sistematizadas, pasamos a las tres siguientes.

Con un poco de suerte, antes de cumplir los treinta algunos de mis peques se habrán quitado la mayoría.

Otros, no.

Corregir la puntuación

Con la ortografía soy muy borde, pero con la puntuación soy maniática hasta la enfermedad. Estoy obsesionada con los puntos, las comas, los punto y comas y el ritmo del texto en general. Y qué difícil es enseñar eso cuando ya tienen vicios cogidos, o cuando nadie les ha explicado para qué sirve cada signo. O peor, cuando no leen mucho y no tienen el ojo (y el oído) acostumbrado.

Hay comas que son fáciles de explicar. La “coma criminal”, por ejemplo, es fácil de entender, aunque sea muy difícil de implementar. (Me refiero a la que nunca, nunca se debe poner entre sujeto y predicado. Claro que eso implica que tienen que saber qué es el sujeto y qué es el predicado, ejém).

La coma que separa una frase condicional también está bastante clara, pero incluso esa les cuesta. Y todas las demás son poco menos que una pesadilla, sobre todo para aquellos y aquellas a las que les cuesta escribir frases compuestas y tienen tendencia a hacerlas muy cortas y poner un punto para no complicarse demasiado.

Ahí suele funcionar subrayar la frase y decirles que algo no funciona, que algo no suena bien. Tienen que leerlo en voz alta y fijarse dónde se paran; o mejor aún, pedirle a un compañero o compañera que se lo lea en voz alta para darse cuenta de dónde debería haberse parado y no lo ha hecho porque no lo han marcado.

Por eso es tan importante leer(les) en voz alta. No solo cuando son pequeños, sino a menudo. Afinad esas voces, profes, porque lo necesitan.

Cohesión y coherencia

Cuando trabajas en primaria, conseguir que una clase se ajuste al tema sobre el que tienen que escribir es ya un triunfo, no digamos ya que no se les vaya la olla en mitad del texto. Conseguir un texto de dos o tres párrafos en los que todos están relacionados, bien ordenados y con un sentido más o menos unificado es el objetivo, casi utópico, de cualquier sesión de escritura en el idioma que sea.

También es una de las cosas más difíciles de conseguir, claro.

(Sí, soy consciente de que en todos los apartados estoy diciendo lo mismo. Es que escribir es muy difícil, aunque la gente piense que esté chupado, jopé).

Antes de mandarles una redacción completa (con párrafos, secciones, etc.), tenemos que tener muy claro que entienden cuál es la diferencia entre un párrafo y una frase. Para eso vienen muy bien ejercicios de unir párrafos con la frase o concepto que los resume, o convertir un texto ligeramente largo en un puzzle que tienen que montar. Se pueden usar también párrafos donde se ha colado una frase que no viene a cuento, y el ejercicio consiste en encontrarla. Es mejor trabajar esto antes de empezar a separar los textos largos en párrafos.

Lo importante es que entiendan que un párrafo desarrolla una idea simple dentro del tema más completo que defiende la redacción entera, o que cada uno tiene su función en según qué textos (instructivos, descriptivos, etc.). Los dichosos conectores que todos los libros de texto nos indican que debemos enseñar ayudan solo hasta cierto punto, porque a la hora de la verdad todos esos “sin embargo”, “por tanto” y chuminadas varias no existen más allá de los textos de sus libros en clase.

Y huelen (mucho) a naftalina.

Léxico

¡Por fin algo que no es difícil de corregir y mejorar!

Nada más fácil entre los críos que ampliar su vocabulario escrito, si lo planteamos como un juego. Ejercicios de sinónimos, grupos de palabras, metáforas creadas en clase para ver quién da con la más disparatada… Podría pasarme un año haciendo solo actividades de estas. Y a ellos y a ellas, si se les vende bien, les encanta.

Ojo: no estoy diciendo que lo vayan a usar en su día a día, pero les encanta escribirlo. Se pueden hacer frases muy divertidas, con muchos dobles sentidos, si se usan bien las palabras, ¿y qué le gusta más a un/a adolescente que poder colar barbaridades disimuladamente entre sus líneas?

A la hora de corregir una redacción con un léxico pobre, lo mejor es sentarse con el niño o niña en cuestión y analizar alguna de las frases. “¿Cómo podrías decir esto de otra manera? Dale la vuelta, complícalo un poco”. Si hemos hecho el trabajo previo, solo tendremos que darle ese primer empujón y dejar que el resto lo haga sin ayuda.

(Tampoco esperemos convertir a una clase cuya lengua materna no es la que enseñamos en aprendices de Shakespeare, pero se pueden hacer milagros con un poco de sistematización. Bueno, vale, milagros igual no, pero cosas chulas).

Sintaxis

Los problemas de sintaxis suelen derivar de un conocimiento escaso de la lengua. En algunos casos es porque han intentado utilizar una gramática más compleja de la que son capaces de entender, y ahí la solución es sencilla: dilo como tú sabes. Claro que, si estamos hablando de la lengua vehicular del centro y tenemos una alumna en sexto con una sintaxis de primero, tenemos un problema. Pero ya va más allá de la clase de lengua y va a requerir de un esfuerzo mucho mayor que la ayuda del profesor o profesora de la asignatura.

(Inciso: Que nunca os dé miedo pedir ayuda a las profesionales de educación especial. Están ahí para ayudarnos y ayudarles y saben mucho, mucho, mucho).

Cuando la diferencia es, digamos, de uno o dos años, se puede trabajar en clase sin demasiado problema. Como siempre, partimos de donde se encuentra el alumno o alumna y le pedimos ese poquito más que puede dar con un esfuerzo. En un entorno ideal, le daremos ese pequeño apoyo que necesita en un rato en el que el resto de la clase esté ocupada y podamos trabajar a solas con él o ella. En la realidad de un aula llena hasta la bandera con diez o doce peques que necesitan atención individualizada, haremos malabares para explicarle los fallos en persona y encontrar un hueco en nuestro apretado horario para darle la ayuda que necesita.

Y si es a solas y con un montón de refuerzo positivo, mucho mejor. Que no se nos olvide nunca el esfuerzo titánico que supone aprender una lengua nueva en un sistema de inmersión absoluta.

 

En los últimos años, las rúbricas se han puesto muy de moda en nuestro sistema educativo (en EEUU ya están cansados de ellas, pero aquí parecen la nueva panacea y no, no lo son si se usan de manera punitiva). No niego que son un instrumento muy útil si se usan bien, pero hay gente que las usa como la nueva manera de poner las notas («Está en un nivel dos, cuando tendría que estar en un tres»), y esa no es su función.

Las rúbricas fueron creadas para saber en qué nivel del proceso de aprendizaje se encuentra el alumno o alumna en cada momento, y así poder medir objetivamente su progresión. Usarlas una sola vez no vale para nada, hay que usarlas a menudo para ver cómo avanzan. Además, nos ayudan a dividir la corrección en los apartados que menciono y a ser más objetivos. Que levante la mano quien haya estado tentado de poner un cero a alguien por mala letra, por ejemplo. Eso también se puntúa en la rúbrica, pero se le da la importancia que merece, y no toda la que le daríamos en clase tras pasarnos una hora intentando descifrar según qué jeroglíficos.

(Rubi Star es una estupenda herramienta donde poder crear rúbricas personalizadas, por cierto. Es estupenda porque es muy simple y te permite cambiarlas a tu antojo, ¡y no necesitas recordar ninguna contraseña!).

Corregir (bien) es difícil, aburrido y, si lo hacemos mal, inútil. Cambiar los dos primeros aspectos es difícil, pero si podemos librarnos del último, mucho habremos avanzado.

¿Cómo corriges tú las redacciones en el aula?

¿Tienes algún truco que te funcione?

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