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¿Alumnado con discapacidades? ¡Sí, gracias!

11 junio, 2018

Si algo define la escuela pública es que en ella entra todo el mundo. No hay exámenes de entrada, ni selección previa del alumnado, ni segregación por origen o nivel socioeconómico (os oigo reír, cabroncetes; sí, ya sé que algunas escuelas públicas no lo parecen a veces, pero en teoría así es). Lleva la diversidad por bandera, una diversidad que abarca no solo lo cultural sino las habilidades de cada niño y niña: lo mismo tienes alumnado de altas capacidades que alumnado con discapacidades, tanto físicas como cognitivas. Alguien nacido en la casa de al lado o recién llegado de un país asiático. Un nativo en la lengua cooficial o recién llegado de Sevilla.

De todo cabe en esta escuela pública. Y, como el caldo de pollo en pastillas, todo la enriquece.

Siempre he creído que la inclusión del alumnado con discapacidades tiene tantas luces como sombras. Sombras, sobre todo, para el propio niño o niña que termina en una escuela sin una clase de educación especial estable, porque los pocos recursos con los que contamos hacen muy difícil que reciba la educación de calidad a la que tiene derecho.

Sí, se les ponen ayudas, profesoras de educación especial, se echa mano de desdobles y se ruega en las delegaciones de Educación para que manden fisioterapeutas, logopedas y todo lo que necesitamos, pero siempre vamos un paso por detrás de sus necesidades. La escuela pública, en el momento en el que escribo estas líneas, está mal dotada para atender a este tipo de niños y niñas.

Pero la presencia del alumnado con discapacidades en una clase trae tantos beneficios para el resto de niños y niñas que, aun a riesgo de sonar egoísta, creo que merece la pena por mucho que pueda mejorarse la atención que reciben. Si lo utilizamos bien, la presencia de una niña en silla de ruedas, un niño sordo o un adolescente con síndrome de Down va a ayudarnos a criar mejores futuros adultos.

No nos hacemos una idea de lo mucho que se trabaja la empatía cuando tu compañera de mesa necesita que la ayudes a bajar en el ascensor. Cuando necesitas usar el lenguaje de signos para comunicarte. Cuando tienes que aprender cómo tratar a alguien que ve y reacciona a la realidad de distinta manera que tú.

Por no hablar de la lección que supone ver sus logros y darnos cuenta de todo lo que son capaces de hacer. Que aprendan, desde pequeños, a no ser condescendientes y a no juzgar a la gente por sus características externas.

En mi colegio, este año, no hay alumnado con discapacidades, pero esta semana los cursos de quinto y sexto tuvieron una visita especial. Hombres y mujeres que trabajan en un taller ocupacional se acercaron a compartir una mañana y estuvieron haciendo un proyecto de plástica con nuestros peques, y yo me escaqueé de detrás de la mesa para poder participar, aunque fuera de oyente.

Tras una presentación que incluyó un regalo (un broche de fieltro hecho a mano que gustó a todo el mundo) y una pequeña explicación de su día a día, se separaron en parejas y tríos y se pusieron manos a la obra para hacer una especie de linterna china con garrafas de plástico. Las profesoras teníamos miedo de que los niños y niñas reaccionaran con recelo o les costara hacer las parejas, y teníamos intención de meter mano para asegurarnos de que los más bocazas no metieran la pata.

No hizo falta. Hicieron falta varios pañuelos de papel para limpiarnos las lágrimas de emoción ante los detalles que vimos, pero intervenir, no.

Desde el primer minuto, las parejas las hicieron sin ninguna ayuda. Un niño de sexto se abrazó a una de las invitadas y estuvieron un buen rato agarrados antes de ponerse con la actividad. El niño tomó el papel de hermano mayor y la ayudó hasta a lavarse las manos. La mujer se fue con una sonrisa de oreja a oreja.

A uno de quinto lo vi paseando con un libro de texto. Al principio pensé que era su manera de pasar del asunto, que no quería tomar parte en la actividad, y lo dejé estar porque no creo que estas cosas haya que forzarlas. Cuando se despedían, me enseñó el libro, orgulloso, y me di cuenta de que había estado consultando el alfabeto de la lengua de signos. Había una sordomuda en el grupo, y él se había despedido de ella deletreando “adiós”. “¡Y me ha entendido!”, me dijo, loco de contento.

Lagrimón. (El mío, se entiende). 

Pero lo mejor fue el crío que se confesó al final de la actividad. “A mí la gente con síndrome de Down me da un poco de miedo, pero estos son muy majos”. Ni él mismo sabía explicarse de dónde venía ese miedo (su madre trabaja en un taller similar al que nos visitó y ha estado en contacto con gente con discapacidad toda su vida), pero su cara de alivio era maravillosa. Le pregunté si le gustaría repetir y me dijo, convencido, que sí.

Al final repartieron besos y abrazos hasta los niños y niñas que no son nada besucones ni cariñosos, y las profesoras tuvimos que contener nuestro entusiasmo por una actividad que no solo salió muy bien, sino que queremos continuar con una visita a su taller. No tenemos el alumnado más formal del mundo; no son los más empáticos (ni los menos), no son los más formales, ni los más mimosos. Pero cuando se les pone ante una situación en la que tienen que demostrar su fondo, nunca defraudan.

Cada vez estoy más convencida de que la maldad se hace, no se nace con ella. Si un niño o niña es cruel, es porque alguien lo ha sido antes con él o ella, no porque “venga de serie”. Cuantos más años paso trabajando con niños y niñas, más claro me lo parece. Y me temo que es tarea de las personas adultas que no lleguen nunca a dar ese paso.

¿Has vivido tú alguna experiencia como esta?

¿Qué opinas de integrar al alumnado con discapacidades en el aula?

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