Soy una firme defensora del refuerzo positivo. Durante mi carrera como docente, he visto de primera mano el efecto que una palmada de ánimo produce en en el hombro adecuado. A veces esa palmada es falsa como un billete de tres euros y el resultado que ese niño o niña ha logrado no merece el circo que monto. Pero nueve de cada diez veces, la siguiente palmada es cierta y la mejoría es notable.
Quien dice palmada dice redondear hacia arriba cuando sabes que lo han dado todo y aun así no llegan, o aprovechar el único momento en el que el han hecho algo bien para halagarlos delante de la clase, tú ya me entiendes. Puntos Dojo. Estrellitas en el papel. La carita sonriente de la libreta de comportamiento. Lo hacemos porque funciona. Lo hacemos porque el refuerzo positivo es una herramienta que, en mi experiencia, obra milagros.
Pero a veces me pregunto si no nos estaremos pasando. Cada vez que un niño o niña pone cara de susto porque su multiplicación no era perfecta y por tanto no se lleva el diez, o me dice «pero lo he intentado, debería tener buena nota», me paro a pensar qué he hecho y dicho en clase para hacerles creer que con intentarlo basta. Peques que te discuten que un dictado lleno de faltas está perfecto «porque he mejorado mucho, ahora separo las palabras, estos son fallos sin importancia». Que te dicen que merecen un premio porque esa semana no han pegado a nadie.
Me surgen dudas, muchas dudas. Escribí un libro entero sobre lo mucho que dudo sobre esta profesión, y ocho años después aquí sigo, dudando hasta de mi nombre.
Con el refuerzo positivo, por más que me guste, me pasa un poco como con todo en el aula: lo usamos con quien va más retrasado para animarlo un poco, con quien peor se porta para cambiar la conducta, con quien no trae nunca los materiales para que los traiga. Y el resto de la clase, quienes hacen bien las cosas sin necesidad de que los premien, ven cómo el que la lía todos los días se lleva premio cuando no lo hace, pero a ellos se les llama la atención a la mínima infracción porque claro, se les ve mal.
Se le presta más atención al que más problemas tiene, por supuesto, ya sea en lo académico o en lo actitudinal. Pero hay niños y niñas en el aula que jamás han oído decir su nombre acompañado de un halago, y eso no me gusta.
Al menos aquí el tema del refuerzo positivo es un poco más comedido. En Texas, los premios eran comestibles. Los comportamientos más graves tenían un cuaderno donde los distintos profesores escribían a diario cómo se habían portado en el aula; si tenían solo una o dos faltas, al final del día se les premiaba con una bolsa de chuches o un refresco. El resto de los peques solían mirar con envidia al compañero que se paseaba por el pasillo con su premio, cuando ellos no habían roto un plato en su vida.
¿Funcionaba? Ya te digo. ¿Era justo para el resto de la clase? Yo creo que no.
Refuerzo positivo para todos
¿Sirve el refuerzo positivo si se hace para toda la clase? En mi experiencia, sí.
No hablo tanto de premios grupales (que también), sino de retos individuales. Si un niño o niña tiene siempre buen comportamiento, también se le debería hacer una cartilla donde poner caritas sonrientes y darles el premio como a los demás.
(Pero chuches no, por favor. Una pegatina. Cinco minutos de tiempo libre. Los premios no tienen por qué ser físicos, y no deberían costar dinero).
En los primeros cursos de primaria es relativamente sencillo porque todavía es un orgullo ser la mejor en algo y que la profe diga tu nombre es algo bueno, pero a partir del tercer ciclo (ni te cuento ya en secundaria) hay que hacerlo de forma discreta e individual para no convertirlos en los pelotas de la clase. Ahí tú eres quien va a necesitar mucha mano izquierda para subir el ánimo sin ponerlos en evidencia.
Pasear entre las mesas escuchando conversaciones y premiar a quien ayuda. Buscar la fortaleza de una niña y comentarlo en voz alta, o convertirla en tu ayudante. Hacer una competición matemática donde «hay que batir a Fulanito, que es el mejor multiplicando», de forma que aunque le ganen él sepa que tú sabes que él sabe.
Y premios grupales, por supuesto. Como hemos trabajado bien y hemos terminado un poco antes, tenemos cinco minutos más de patio. Como de esta clase me puedo fiar, vamos a hacer un proyecto de plástica un poco difícil. Como os portáis muy bien, nos han pedido que ayudemos en el festival de fin de curso. Y un sinfín de mentiras que les puedes ir diciendo durante el curso y que, al final, serán verdades como templos.
¿Significa esto que vas a tener una clase que va a esperar siempre un premio por hacer las cosas bien? No tiene por qué. Los niños y niñas, igual que las personas adultas, se crecen con los piropos y trabajan muy bien a cambio de unas palabras amables. Si tú le dices a un grupo que se portan muy bien y que da gusto trabajar con ellos, se portarán aún mejor (menos en mayo y junio, seamos realistas). Si «pillas» a un peque haciendo las cosas bien y refuerzas ese comportamiento, buscará volver a hacerlo bien solo a cambio de palabras.
Sí, me doy cuenta de que he empezado hablando del abuso del refuerzo positivo y he terminado dando una lista de situaciones que reforzar. Creo que debemos tener un poco de cuidado con el «al menos te has esforzado» y resaltar las situaciones y actitudes que queremos reforzar. Tampoco veo mal que lo hagan a cambio de algo (pegatina, gomets, carita sonriente), pero tienen que entender que depende de ellos conseguirlo, no de quien lo da.
Aunque puedo estar equivocada. Como me suele pasar, en esto y en todo lo demás tengo más dudas que certezas.
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