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Ruido

26 febrero, 2018

Estoy harta del ruido. No del ruido de la calle, de los camiones, de los coches sobre los charcos un día de lluvia (que también, porque tengo problemas de oído y precisamente por eso me molesta mucho más), sino del ruido que me rodea en las redes sociales, en la televisión, en los medios de comunicación.

El ruido del que hablo es uno que me hace dudar de lo que hago. Me desorienta de tal manera que ya no sé qué está bien y qué está mal, qué camino es el correcto o cuál es el objetivo. Es un ruido molesto que me persigue hasta en mis momentos de ocio, sin avisar, en cualquier conversación de barra de bar.

Es el ruido de los “expertos”. El ruido de los que insisten que tengo que cambiar mi manera de trabajar, incluso sin que me conozcan de nada.

El ruido de aquellos y aquellas que nunca han pisado un aula, pero saben más que yo.

El ruido de las nuevas metodologías, que la mayor parte de las veces no son nuevas, o no son metodologías, o no están evaluadas.

El ruido que hacen YouTubers, tuiteros, raperos, economistas, políticos, millonarios, excéntricos… pero nunca docentes. Porque los docentes, curiosamente, son los que menos ruido hacen.

Llevo más de veinte años en el aula. En ese tiempo he metido la pata y he corregido suficientes actitudes como para saber qué funciona y qué no en distintas situaciones (no siempre, porque sigo aprendiendo, pero cada vez más). En estas dos décadas largas he dado todas las asignaturas de 3 a 12 años en dos continentes distintos, en tres idiomas diferentes. He tenido alumnos y alumnas de todos los lugares del mundo, he vivido suficientes situaciones para llenar un libro.

Y, sin embargo, este año estoy siendo una pésima maestra. El año en el que solo doy una asignatura a un solo grupo de solo trece alumnos (¡trece!) está siendo el curso en el que más descontenta con mi trabajo estoy. Tengo la sensación de andar dando tumbos por el curriculum, de no centrarme en nada, de ser más desordenada que de costumbre. Sobre todo, tengo la terrible sensación de que mis alumnos y alumnas no están aprendiendo todo lo que podrían y deberían.

¿Y sabéis por qué? Por el ruido. El maldito ruido.

He dejado que el ruido me haga perder el rumbo. He escuchado las voces, los cantos de sirena que hablan de la clase perfecta, de la innovación, de los proyectos, de las TIC y de vaya usted a saber qué más. Me he sentido culpable por sentirme cómoda con un libro de texto, me he sentido mal por ser de esas profesoras que cuentan batallas sobre los temas que les interesan (preguntad a mis alumnos del año pasado qué es el Indoeuropeo, preguntad). Me he sentido mal por usar la pizarra de tiza. Por ser antigua.

Y he innovado. He llevado a cabo proyectos. He dejado que trabajaran por grupos, que cada uno fuera a su ritmo, que buscaran ellos sus propios conocimientos, que usaran la tecnología para aprender. ¿Y sabéis qué he conseguido?

Que un niño se pasara media hora larga tratando de recordar su contraseña, que cambió dos veces delante de mí y debió olvidar en los breves tres segundos que le costó ir de su email al Kahoot de marras.

Que un niño se haya cargado el trabajo de todo un grupo porque era el encargado del ordenador y se ha dedicado a gamberrear con él y hacer perder el tiempo a los demás.

Que una niña, ya de por sí más vaga que la chaqueta de un guardia, no se haya enterado de absolutamente nada de lo que ha hecho su grupo, por más que yo haya estado encima y le haya recordado, una y otra vez, que su nota depende del trabajo.

Que un niño que estuvo una semana entera enfermo no haya podido participar, y yo no tenga un material complementario que darle para que pueda estudiar en casa.

Vamos, que lo único que he hecho ha sido perder el tiempo.

Y no digo que la culpa sea de las nuevas metodologías. Probablemente, alguien a quien se le dé bien sacar proyectos adelante sepa cómo evitar todo lo que me ha pasado a mí. Seguro que lo he hecho todo mal, que hay mil maneras de corregir estos fallos, que trabajar por proyectos es la panacea.

Pero para llevar esto a cabo, yo he renunciado a lo que sé hacer bien. He renunciado a engancharlos solo con mi presencia y unas marcas de tiza en la pizarra.

He renunciado a usar el humor en clase y conseguir que recuerden una norma ortográfica con un chiste.

He renunciado a ponerles retos gramaticales y que salgan felices de clase porque saben cuál es el sujeto de “A mí me gustan los chicles”.

He renunciado a hacer juegos de homónimos, de sinónimos y antónimos, de tildes e hiatos.

Porque cuando trabajan solos no estoy yo. Y seguro que hay una manera de que sin mí aprendan más que conmigo, pero yo, de momento, no la conozco. Y me da rabia, mucha rabia, porque el experimento me ha costado medio curso y el año que viene se van al instituto sin saber conjugar los verbos. ¿Os imagináis a una cirujana practicando una técnica nueva con un paciente vivo? En educación, lo hacemos. Y cuando sale mal, sale muy mal.

Así que el último trimestre lo voy a dedicar a hacer lo que se me da bien: enseñar lo que yo sé como yo sé. Les voy a dar fichas, y les voy a poner exámenes, porque la única manera de esforzarte (ya seas niño o adulto) es si te juegas algo, que en este caso es la nota.

Les voy a soltar chapas sobre gramática que no les van a parecer chapas, porque sé dar una clase sin aburrir a nadie. Y voy a pedirles que levanten la mano, y que contesten preguntas además de hacerlas.

Les voy a pedir que trabajen en silencio y me pidan ayuda si no saben hacer algo. Que pregunten al vecino también, sí, pero la que más sabe en mi clase soy yo (por mucho que algunos y algunas me lo nieguen).

Y eso no significa que no vayamos a pasarlo bien, que no vaya a usar las TIC, que no vayan a trabajar en parejas o en grupos. Significa que voy a volver a mi zona de confort, porque mi zona de confort funciona y es amplia, y tiene puertas y ventanas por las que entra brisa fresca e ideas nuevas. Significa que voy a volver a dar clase de la mejor manera que sé. Y está mal que yo lo diga, pero sé bastante.

Bastante más que esos expertos que, con tanto ruido, me han hecho perder el rumbo.

Voy a comprarme unos tapones y a esperar con ansia el día que me quede sorda.

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