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¿De qué hablamos cuando hablamos de aprendizaje?

19 marzo, 2018

¿Qué es aprendizaje?, dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. (Que digo yo, será el iris, porque si la pupila es azul igual deberías ir al médico). ¿Qué es aprendizaje? ¿Y tú me lo preguntas? Aprendizaje es…

Esperad, que contesto.

Pero os voy a contar mi vida, así que paciencia. ¿O pensabas que la repuesta era tan fácil? ¡JA!

Qué es para mí aprendizaje: ejemplo práctico

Me gustan mucho las manualidades. (Quizás debería decir artesanía, porque “manualidades” suena a la clase de plástica de la escuela, y no me refiero a eso). Me encanta crear algo de cero, pasarme dos o tres horas peleándome con materiales que no son nada antes de que yo los convierta en “algo”, por muy horrible que sea ese “algo”.

(Reconozcámoslo: he hecho verdaderas chapuzas, y he tenido la poca vergüenza de regalarlas. Es lo que tiene no ser profesional, ni tener gusto).

Y cuando digo que me gusta hacer cosas a mano, me refiero a que me gusta hacer cualquier cosa a mano. En serio, cualquiera. En los últimos diez años, he hecho patchwork, ganchillo, costura, dibujo, pintura, bisutería, fieltro, fimo, cerámica, caligrafía, acuarela… y alguna más que me dejo o no sé cómo se llama.

No quiero ni recordar la cantidad de horas que dediqué a coser cada cuadradito. Porque sí, cada cuadrado de color tiene al lado un cuadrado blanco. Y está acolchada a mano.


Son un millón más uno porque cada actividad exige unos materiales concretos, un número de horas determinado y, sobre todo, un estado mental muy distinto. No es lo mismo hacer ganchillo delante de la tele que coser una colcha de quinientas piezas. No es lo mismo garabatear con un boli mal sentada o sacar la plumilla y la tinta china y ponerte en serio.

Puedo pasar años sin tocar unos materiales en concreto, sin hacer una actividad concreta.

(De hecho, creo que lo que más me gusta de las manualidades es comprar los materiales para hacerlas. Una especie de síndrome de Diógenes artístico).

(O igual, simplemente, es que las telas de patchwork son muy rebonicas, las cajas de acuarelas tentadoras y la sección de manualidades de los bazares chinos están impregnadas de aroma de heroína, de ahí que no puedas dejar de ir a comprar material).

Creo que este fue uno de mis primeros regalos. No me digáis que no es “peshosho”.

El caso es que, a veces, recuerdo que me gusta una técnica en concreto y me pongo como loca a trabajar con ella. Eso me ha pasado este mes, que he tenido la brillante idea de ordenar el armario de los materiales (sí, un armario entero, nada de un cajón, o una caja: un armario ropero) y me he encontrado con las telas, las lanas y demás cosas que he ido comprando a lo largo de los años.

Como me ha dado un tremendo vértigo pensar cuánto dinero he malgastado invertido en todo ese material, me he puesto a coser de nuevo, a ver si por lo menos hago acopio de carteritas y chuminadas varias que poder regalar en cumpleaños y otras fiestas de guardar. Pero ha sido sacar la máquina de coser y, ¡ay!, sentirme gipollas.

El único estuche/neceser que he vendido nunca. Pero, ejem, si os gusta tengo más (haced clic en la imagen o mandadme un mensaje).

No recordaba ni cómo se encendía.

No sabía ni cortar las telas con la tabla y la cuchilla.

Se me ha olvidado coser ojales, regular la largura de las puntadas, coser una cremallera.

Yo, que he cosido colchas suficientes para tapar a todo un regimiento de soldados napoleónicos en Rusia, ya no sé unir dos trozos de tela juntos.

Por supuesto, en cuanto me he puesto a ello y después de cagarla media docena de veces, jurar en arameo y lanzar la caja de los alfileres a tomar por culo de una patada, he ido recordando cómo se hacía y he recuperado las ganas de volver a coser. He recordado lo bien que me sienta, porque me ayuda a concentrarme en el aquí y ahora, algo que el ganchillo no consigue y el dibujo solo cuando lo hago en clase, en compañía.

Porque yo sé coser, aunque haga ya tiempo que no lo he hecho.

Y así es como yo defino el aprendizaje*: lo sé hacer, aunque ahora no me acuerde.

Eso es lo que debemos buscar en el aula. Tenemos que conseguir que nuestros alumnos y alumnas necesiten solo un pequeño repaso para echar mano de todos esos conocimientos que les hemos estado inyectando durante años.

Como nos pasa a los adultos que hace ya tiempo que salimos del aula y que no usamos a diario lo que aprendimos en clase, vamos.

Hace unos días, alguien se reía de que un profesor de ESO no había sido capaz de responder a preguntas que suelen aparecer en los exámenes en una asignatura que no era la suya. Esa persona se reía no poco de que a un docente se le hubiera pillado en semejante renuncio, porque “hay que ver, luego se lo piden a los chavales, y ni ellos son capaces de recordar lo que estudiaron”.

Me gustaría ver a esa gente que tanto se ríe contestando a preguntas de octavo de EGB, por decir algo. Más que nada, porque los que estudiamos EGB ya tenemos esos años muy lejos.

Me gustaría ver a alguien contestando preguntas sobre cualquier tema que alguna vez estudió a gusto, porque quiso y no ha vuelto a necesitar retomar en su vida. La gente dirá que es porque no lo aprendió bien en su momento, porque lo aprendió de memoria.

Mentira.

A mí me pasó con las integrales y las derivadas, por ejemplo. Aprendí a hacerlas, y me encantaba la mecánica (una vez que la entendí, que me costó la vida), aprobé el examen con buena nota, pero nunca las he necesitado y ahora no sabría decir ni qué aspecto tienen o qué símbolo usan.

Porque ¿alguien sabría explicarme para qué sirven? ¿En qué situación voy a necesitar yo hacer una puñetera derivada o una integral? ¿Eh? ¿EH?

(No, en serio: ¿qué mide una integral? ¿Para qué sirve? ¿Qué gremio las usa? ¿En qué problema tipo “un tren sale de Madrid a 65 km/h a las tres de la tarde, a qué hora llega a Valladolid” se usan las integrales?).

Sin embargo, todo lo que aprendí sobre geometría me vino de perlas cuando hacía las colchas que os he mencionado antes. Solo necesité un repaso de diez minutos en internet para recordar las fórmulas que me permitían hacer un hexágono o cómo saber el perímetro de un círculo.

¿Significa eso que debemos enseñar solo cosas útiles? Matemáticas, geometría, medidas, física… Algo que nos vaya a servir en el futuro. ¿Fuera filosofía y las humanidades? ¿Fuera el aprendizaje memorístico?

No. Ni mucho menos. Porque a día de hoy, no tenemos ni idea de qué vamos a necesitar saber en el futuro. Ni siquiera sabemos cómo va a ser el futuro, que en los últimos años avanza más rápido que en cualquier otro momento en la historia.

Yo odiaba la física y las matemáticas, hasta el punto de ir por letras puras y convencerme a mí misma de que era una negada para los números. Hoy en día, sin embargo, me fascina todo lo que tenga que ver con la astrofísica y hasta la ciencia ficción, pero me tengo que resignar a que me hablen con el tono condescendiente que se usa con los que solo captamos un uno por ciento (si hay suerte) de lo que nos están diciendo, porque no tengo ninguna base científica. No he estudiado nada científico desde los dieciséis.

(Otro día hablamos del “yo soy de letras, yo soy de ciencias” que tanto se llevaba en mi época. Que se te den mejor los idiomas a los doce años no debería condenarte a no volver a tocar las matemáticas o la física en tu vida. Pero claro, cualquiera se lo explica a mi yo de quince años que salió con un cero en electricidad en segundo de BUP. Por más que se lo cuente mi yo de cuarenta y tantos con todos los enchufes de la casa puestos por ella misma).

No es casualidad que el cerebro sea nuestro órgano más sabio: sabe dejar de lado las cosas que no necesitamos, pero sin llegar a borrarlas del todo. Todos esos años que pasamos delante de una pizarra o de un libro, escuchando chapas insoportables que, creemos, no sirven para nada terminan siendo útiles en algún momento de nuestra vida.

Lo que no se practica se atrofia, pero no se pierde. Una nunca olvida a andar en bici (dicen, porque yo nunca aprendí; pero bueno, los dibujos que adornan el título de esta entrada los hice yo hace más de diez años, y mejor no os enseño foto de mi dibujo más reciente). Lo que sí cuesta es volver a coger el ritmo.

Con el aprendizaje pasa igual. La gente que habla de lo inútil que es aprender para un examen porque luego todo se olvida no debe haber hecho mucho con su vida. A mí, desde luego, hasta las clases de gimnasia de cuarto o quinto me han venido alguna vez bien.

Sobre todo la lección de “cuando saltes el potro, asegúrate de tener la colchoneta gorda detrás por si caes de cabeza”. Porque la física sí me gusta, pero lo del ejercicio físico… Dejémoslo ahí.

¿Cómo defines tú el aprendizaje?

¿Qué conocimientos que creías olvidados te han venido bien siendo ya adulto/a?


*Si he de ser completamente sincera, esa frase se la he robado a un crío de seis años. Fue lo que me contestó cuando le pregunté alguna parida para demostrarle que “no me estás escuchando y no te estás enterando de nada”. La lección me la llevé yo.

 

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