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Ley de Murphy docente: todo lo que pueda ir mal, lo hará

15 enero, 2018

A veces me da por echar la vista atrás (no cuando ando por la calle, a base de darme con farolas ya he aprendido) y recordar cómo era yo cuando empecé a dar clase. Decir que era pánfila es quedarse corta. Pardilla, pava, fantasiosa, feliciana, o una mezcla de todas se acerca un poco más.

Tenía muchas ganas de hacer las cosas bien, pero no tenía ni pajolera idea de cómo llegar a hacerlo. Y es que, en educación, “hacer las cosas bien” es un concepto tan vago como ese “echa un chorrito de aceite” de las abuelas cuando intentan enseñar a los nietos a cocinar, así que me costó muchos años de ensayo y error acertar con la manera correcta de “hacer medio bien” las cosas, la mayor parte del tiempo y con ciertas clases y asignaturas.

Sí: años después, aún no he encontrado la fórmula exacta.

Una de las cosas que sí se me ha quedado marcada a fuego es la que podríamos denominar Primera Ley Del Aula, eso que en el resto de profesiones y aspectos de la vida se llama Ley de Murphy: todo lo que pueda ir mal, irá mal, y normalmente al mismo tiempo.

Como soy un alma caritativa y hoy me he levantado generosa, he decidido compartir con vosotros y vosotras esos aspectos de la educación que, seguro, fallarán en algún momento y algunas ideas para evitarlo. Luego no digáis que no os he avisado.

Nunca te fíes de la tecnología

Os voy a contar un chiste sobre docentes. ¿Cómo identificas al profesor novato? Es el que lleva a toda la clase a la sala de informática a hacer una actividad sin encender los ordenadores antes para comprobar que funcionan todos.

Otro, otro, que me he emocionado. ¿Cómo identificas a la profesora novata? Es la que se trae una pedazo de lección para la clase de la primera hora sin comprobar antes que todos los aparatos que necesita funcionan.

Otro, otro, otro. ¿Cómo sabes que es la primera vez que un político, gurú de la educación o similar pisa un colegio? Porque nada más entrar te piden la contraseña de la wi-fi para conectar su aparato (electrónico, se entiende), ¡y esperan que funcione!

Me troncho.

Nunca, nunca, nunca se debe confiar de la tecnología de un centro, por muy bien que haya ido la conexión toda la semana, lo nuevos que sean los ordenadores, o lo bien que haya funcionado la pantalla digital desde que la instalaron.

Siempre hay que tener un plan B, no solo cuando hay tecnología de por medio (la Ley de Murphy Docente no rige solo las cosas que se enchufan), pero especialmente cuando la hay. Las posibilidades de que algo no funcione son equivalentes a las horas de preparación que le hayamos dedicado a la lección o unidad didáctica, es parte de la ley.

El único consuelo que queda es pensar que se puede guardar para otra ocasión. Y que, como ya está preparada, el día que todo funcione podemos echar mano de ella sin preparación.

(Pero rápido, antes de que los hados de Internet se den cuenta de lo que estás haciendo).

La fotocopiadora y sus caprichos

Nueve y cuarto de la mañana. Lucía ha llegado a trabajar un poco antes porque les ha puesto un examen para hoy y aún no ha podido sacar las fotocopias. (Otro día hablamos sobre los exámenes escritos y si sirven de algo, pero seguidme el rollo, porfa). La fotocopiadora ha pasado ya la edad de jubilación (la suya y la de la aquella profesora que empezó a trabajar cuando la instalaron y se jubiló hace un par de años) y decide que es buen momento para ponerse en huelga.

Ya son y veinte. Lucía, presa del pánico, hace todo lo que puede (gritar, apretar con fuerza el botón, jurar en arameo, buscar ayuda en otras incautas profesoras que también han ido a sacar fotocopias a esa temprana hora y también juran, golpean el teclado, abren la cajetilla de los folios, la vuelven a cerrar), pero no hay manera. El conserje está arreglando vaya usted a saber qué en vaya usted a saber dónde y no les puede ayudar.

Nueve y veinticinco.

Desesperada, Lucía decide ir al ordenador más cercano y conectar el pen-drive. Va a imprimir veinticinco copias en la impresora y que sea lo que tenga que ser. Pero el ordenador, quinto de la impresora, también decide que esas no son horas y tarda sus buenos cinco minutos en despertar. Son y media. Las voces de los niños y niñas resuenan por el pasillo. A las nueve y treinta y dos, Lucía consigue por fin abrir su archivo y darle a imprimir… Solo para descubrir que la impresora no tiene tinta.

Lucía llega tarde a clase, sin el examen impreso y con un ataque de nervios. Máquinas 1, Lucía 0. Alumnos, -15, porque la profesora está de tan mala leche que la clase de ese día es un infierno.

No seáis como Lucía. Cuando necesitéis fotocopias, sacadlas el día anterior, y si veis que andáis pillados de tiempo, recordad que la fotocopiadora es un ser temperamental y algo puede salir mal. Tened un plan B, que puede ser:

  • Mostrar lo que iba a ir en la fotocopia en la pantalla digital.

  • Si no hay mucho texto, dictarlo.

  • Pasar de las fotocopias olímpicamente y echar mano de alguna actividad para cubrir ese hueco (aquí puedes encontrar unas cuantas). Habéis sido alumnos/as, sabéis la ilusión que hace que se suspenda un examen. Tened corazón.

  • Sacarlos al patio (os adorarán por siempre jamás).

Pero, por favor, no mandéis al conserje a sacar las copias mientras les dais un cuarto de hora para repasar (en absoluto silencio y sin levantar la cabeza del libro). Eso nunca. Eso caca.

En tus horas libres, siempre faltará algún(a) compañero/a

Lo hemos hecho todas. Nos ha pasado en algún momento de la vida (y nos seguirá pasando, porque somos seres de costumbres, optimistas, creemos que la mala suerte es pasajera, que no podemos ser tan gafes, ¡por qué yo, Dios mío!). Miramos el horario y vemos una hora libre al día siguiente. “Bien”, nos decimos, “aprovecharé para [ponga usted aquí cosa súper importante con fecha de entrega cercana]”. Al día siguiente, nada más entrar por la puerta, la jefa de estudios nos informa de que tenemos que hacer una sustitución.

—¿Y tengo que ser yo? ¿No hay nadie más? —decimos, en un intento de negociación que sabemos inútil—. Es que tenía que [ponga usted aquí cosa súper importante con fecha de entrega cercana] y, si no lo hago hoy, me voy a tener que quedar hasta las mil por la tarde.

—No hay nadie más. Solo tú.

(Toda la vida esperando oír estas palabras y te las tiene que decir la jefa de estudios. No hay derecho).

Y agachamos la cabeza cual cordero al matadero pensando en que hoy también nos vamos a quedar sin Netflix.

Nunca se debe contar con las horas libres, igual que tampoco son seguros los recreos. Esas horas exclusivas que tanto brillan en el horario con sus cantos de sirena tampoco son de fiar, porque siempre hay alguna reunión que no te esperas o una familia que no pide cita y quiere hablar contigo. En realidad, las únicas horas libres aseguradas son… las que metes en casa.

Nunca te fíes de tu horario. Tu horario miente. Tu horario es todos los pacientes del doctor House.

El material de plástica que lleva ahí meses desaparecerá en cuanto tú lo necesites

Los últimos tres años me ha tocado dar la asignatura de plástica en inglés, algo que me encanta (la mayor parte del tiempo) porque me chiflan las manualidades y soy adicta a Pinterest. A veces la inspiración me venía de una idea que veía en un tablero, pero otras era el material que solía ver en la sala de profesores, día sí y día también, lo que me hacía pensar en un proyecto.

El día que iba a por el material para empezar con la actividad era el día que desaparecía. Aunque llevara allí años. Aunque nadie supiera ni para qué servía.

(Una vez, dos semanas después de haber comprado yo una remesa de masa blanca para modelar que usar con los mayores, volvió a aparecer la caja entera que había ido a buscar y no estaba. Creo que esta ocasión no fue Murphy, sino mi miopía. O algún duendecillo malvado que me cambió las cosas de sitio).

El material que no compra una misma no existe o tiene tendencia a desaparecer. A no ser, claro, que hagas como mucha gente que conozco: según llega el pedido, se llevan la mitad a su clase y luego, si eso, se lo puedes pedir a ellas. (Te darán lo que necesitas si les caes bien. Y si tienes menos guardias que ellas hechas este mes. Y si les cambias el patio del viernes. Para siempre).

La lista de cosas que pueden ir mal en un centro es tan larga que podría escribir un libro con ella, así que de momento lo voy a dejar aquí. Mi consejo, siempre, es tener un plan B para cualquier actividad (y quizás no venga mal un C, D y así hasta Z). Cualquier cosa puede trastocar una lección que creíamos maravillosa, y más nos vale que la clase no nos pille en un renuncio.

¿Qué otra Ley de Murphy docente recomendáis evitar?

¿Qué os ha pasado a vostras/os que os haya servido de lección?

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