Anécdotas en el aula Blog

Diversidad en el aula: Cómo dar clase sin ofender a nadie

2 octubre, 2017

Cuando trabajas en la escuela pública, decir que tienes una gran diversidad en el aula es una perogrullada de espanto, como sabe ya cualquier docente con un mínimo de experiencia.

(Permitidme un inciso: qué bonita la palabra “perogrullo” y todos sus derivados, no me digáis. Seguid leyendo, gracias.)

A los distintos estilos de aprendizaje, las necesidades educativas especiales, las historias familiares que cada uno trae en la mochila, etc. ya nos habíamos acostumbrado, pero en la última década el fenómeno de la inmigración que afecta a Europa ha añadido aún más variedad a nuestras aulas.

Con esta variedad han llegado los ajustes. Aparte de los que tenemos que hacer en el aula para acomodar a todo el mundo, asegurarnos de que el nuevo alumnado recibe lo que necesita, que no se pierden, que aprenden, que están a gusto, hemos tenido que volver la mirada hacia dentro y echar un vistazo a nuestros prejuicios, analizar nuestro lenguaje y darnos cuenta de las barbaridades que salen de nuestra boca casi diariamente sin que nos demos cuenta.

(Sí, vosotros y vosotras también. En serio. Sale solo, aunque no queramos. Podemos no ser —o no considerarnos— racistas, pero nuestro lenguaje sí lo es. Y mucho.)

Como en nuestro colegio cuidamos mucho este tema, solemos recibir formación todos los años (viene a vernos Amelia Barquín, profesora de la universidad de Mondragón y experta en diversidad y feminismo, y cuyo blog os recomiendo muy mucho si habláis euskera —y si no, usad el traductor de Google: el esfuerzo os merecerá la pena—). Este mes también hemos tenido, y, como siempre, ha hecho que me ponga las gafas de ver hacia dentro y me dé cuenta de las mil y una maneras en las que meto la pata a diario. Y solo digo mil y una porque he dejado de contar, pero podría haber seguido hasta el millón y medio.

Después de flagelarme un par de horas, sin embargo, me he dado cuenta de una cosa: el hecho de ver que meto la pata ya es una buena señal. Que suelte una burrada y me dé cuenta antes de acabar la frase y sea capaz de recular y pedir perdón es algo que, aunque no es suficiente, considero un paso adelante. Tanto, que hasta puedo reírme de ello. Tanto, que hasta puedo contarlo y no morirme de la vergüenza. Bueno, un poquito sí.

Ojo: no soy yo la única que se cubre de gloria. El mundo está lleno de microracismos, igual que de micromachismos, y es normal, porque hemos vivido en una burbuja. Pero es dándonos cuenta y siendo conscientes de lo que decimos como podemos cambiar nuestro mundo. Y siempre debemos recordar que nunca es tarde para pedir perdón cuando la barbaridad se nos ha escapado (y no la hemos dicho conscientemente, claro). Siempre que sea de corazón, valdrá.

Permitidme un disclaimer, antes de que alguien me tache de algo: utilizo la palabra “negro” o “negra” para describir a la gente. Creo que se nos ha ido la mano a la hora de buscar eufemismos para describir orígenes y lo único que hemos conseguido ha sido sonar más racistas aún. Tenemos morenito (morena me pongo yo cuando voy a la playa, ¿y por qué el diminutivo?), de color (¿de qué color?, como si los blancos fuéramos transparentes), café con leche (qué manía con la comida, coño), de rasgos asiáticos (¿sabéis cuánta gente vive en Asia y cuán diferentes son?)… Tanta historia cuando podemos decir china, árabe, negra, pakistaní. No son insultos, son procedencias o colores de piel. Si no nos ofende “blanco”, no debería ofendernos “negro”.

Me estás poniendo…

Empiezo con una reciente que me ha pasado este año y que me cuesta contaros porque me da hasta vergüenza reconocer que esto haya salido de mi boca. Sed buenos y buenas, que lo hice sin querer.

Estábamos sentados en corro, hablando de libros. Hasta este año, nunca había hablado en castellano con este grupo, así que todavía se me hace raro dirigirme a ellos sin usar el inglés o el euskera. A mi lado se sentó el crío más inquieto de clase, un chico negro que es incapaz de parar quieto, en parte porque no entiende bien ninguno de los dos idiomas cooficiales y se aburre, lo sé. No paraba de jugar con la silla, columpiarse en una pata, inclinarla hacia atrás, golpearme sin querer. Y al tercer o cuarto golpe, explote.

—¿¡Pero vas a parar quieto de una vez!? ¡Me estás poniendo neg… —Me di cuenta, pero ya no pude parar— …ra! Perdón, perdón, perdón. Me estás poniendo nerviosa, por favor, para.

La clase entera, que de tonta no tiene un pelo, se dio cuenta. Nadie rio. Les pedí perdón a todos, y alguien comentó, con total naturalidad, “sí, es verdad, eso es racista”. Otro dijo algo de “a veces se escapa” y nadie le dio más importancia. Pero todos se dieron cuenta de que lo que había dicho yo estaba mal.

(Menos el niño al que se lo dije. Que tampoco paró quieto ni después del grito, pero ya no volví a decirle nada.)

Me quedo con que fue un teaching moment, una de esas meteduras de pata que te sirven para explicar algo más allá de la lección del día.

Pero qué vergüenza, madre.

Los bazares y sus gentes.

Cada vez tengo más claro que los niños y las niñas están mucho más avanzados que nosotros con el tema de la diversidad. No ven colores, solo ven al niño que le ha dado un trozo de bocadillo o a la niña con la que ha jugado en el patio, y somos los adultos los que ponemos etiquetas y les decimos que no sean racistas, cuando el racismo, más de una vez, sale de nuestra propia interpretación de los hechos.

Algo así me pasó hace ya unos años en una clase de sexto. Una de mis alumnas era adoptada y nacida en China; la clase entera llevaba junta desde el aula de dos años y el ambiente era maravilloso, pero yo no les conocía todavía y andaba tanteando el terreno con ellos. Esta niña, Yi, le dejó un lápiz al payasete de la clase, y se le rompió la punta.

—Vaya mierda lápiz —dijo el crío en voz alta—. ¿Qué es, de los chinos?

Se me cayó la mandíbula hasta el suelo. ¿¿Cómo le decía aquello?? Si parecía un chico majo, ¿cómo se le ocurría decirle algo así? La clase entera se volvió hacia Yi, con una carcajada general, y me di cuenta de que ella era la que más reía. Aún así, no pude quedarme callada.

—¿Pero cómo sois tan malos? ¿Cómo le decís eso?

El “salao” me miró, regodeándose con mi cara de espanto.

—Si no lo digo por ella, Ruth. Yi no es china, es más vasca que nosotros. Pero el lápiz es una mierda.

Se supone que las lecciones he de darlas yo, pero a veces pasa al revés.

¡Es que son todos iguales!

Sí, lo reconozco: me cuesta diferenciar a la gente de un mismo origen (nos cuesta a todos y a todas, pero esto lo he sabido más tarde). He tenido tres alumnas chinas en el mismo centro, todas de edades parecidas, y me costó un año entero distinguirlas por fin (qué vergüenza pasé cada vez que le escribía a la peque de infantil el nombre de otra niña en la ficha). Suelo confundir a las madres negras a las que no veo mucho, y sé que no soy la única porque alguna compañera, a la hora de entregar a los niños a las familias, ha intentado colarle el que no era a alguna madre. Pero sobre todo lo sé porque también he estado al otro lado.

Vamos, que las personas blancas también les parecemos iguales a gente de otros rasgos étnicos.

Cuando abrimos la puerta del colegio, yo suelo estar en el patio dando los buenos días a los peques y recogiendo los recados que las familias me dan, o solucionando las dudas para las que tengo respuesta (que no son muchas, pero sé a quién preguntar). El otro día saludé a una niña y la madre se quedó a mi lado.

—¿Qué tal va mi niña? —me dijo.

—Eh… Pues no sé, este año no le doy clase.

La mujer me miró como si le estuviera tomando el pelo.

—¿Cómo? ¿No está contigo? Si tú eres la tutora, ¿no?

Y entonces me di cuenta de que me estaba confundiendo con mi compañera. Que sí, es morena y lleva gafas como yo, pero tiene el pelo corto y rizado (yo lo llevo largo y liso), es bastante más baja que yo y, en general, no se parece a mí ni en los andares.

Os reiréis, pero me hizo sentir mucho mejor.

¿Y tú de dónde eres?

A raíz de la formación que recibimos en el cole, ya he dejado de hacer esta pregunta. Muchos de mis alumnos árabes, chinos o negros han nacido en Vitoria, pero por desgracia el color de su piel o sus rasgos no les van a permitir desaparecer entre la multitud como mis alumnas alemanas o inglesas. Ese constante “de dónde eres” termina por minar su sentido de pertenencia y causa problemas muy serios en su autoestima.

Hace un par de años, tras haber recibido la formación y saber cuánto daño hace la dichosa pregunta, me llevé a un grupo de cuarto a Italia (el por qué de este viaje es demasiado complejo de explicar, sobre todo si os digo que había una paella de por medio). Una de las alumnas, nacida en Vitoria de padres extranjeros, tuvo que contestar varias veces a la pregunta “y tú de dónde eres”. Cada vez que contestaba “de Vitoria”, la otra persona insistía. “¿Pero dónde has nacido?” “En Vitoria”, decía ella, y al final se callaban, no sé si por aburrimiento o porque pensaban que la niña no les entendía. Agotada ya de este baile, al último que le preguntó le dijo:

—Yo nací en Vitoria, pero mis padres son de Costa de Marfil.

Y el otro se quedó más tranquilo.

Hasta que Amelia no nos lo explicó, no me había dado cuenta de lo que va a tener que aguantar, durante toda su vida, la segunda generación de los inmigrantes que han llegado hace poco. Niños y niñas que nunca han pisado el país de origen de sus padres tienen que mencionarlo porque aún no nos hacemos a la idea de que en nuestra ciudad (y en muchas otras, claro) hay más tonos de piel que el blanco pastel. Y me da mucha pena, porque son más de aquí (lo que quiera que sea aquí) que mucha gente que conozco y que no tiene que aguantar esas preguntas.

Por no hablar del “¿de dónde te sientes más, de aís extranjero que toque] o de aquí?”, que me suena mucho a “¿a quién quieres más, a mamá o a papá?”. Como si hubiera que escoger. Como si no se pudiera tener una identidad múltiple. Si elijo “de aquí”, renuncio a mi pasado por un futuro incierto; si elijo “de allí”, renuncio a mi presente y a mi futuro, y si no tengo futuro…

Os hacéis una idea. Para qué seguir.

Cuando les comento esto a ciertas personas, me dicen que estoy exagerando. “Son solo palabras, si no lo haces con mala idea no haces daño”. Sí, claro que haces daño. No nos damos cuenta de hasta qué punto las palabras que usamos pueden convertirse en armas, la forma que tienen de normalizar actitudes e integrarlas en nuestra cultura. Hacer judiadas, trabajo de chinos, me tiene negra… Hay mil maneras de decir estas cosas sin ofender a nadie.

Mi colección de gafas va en aumento. Espero que, a la larga, me ayuden a enfocar bien.

¿Cuál es la mayor burrada que has dicho tú sin darte cuenta?

¿Qué te han dicho a ti que hizo que guiñaras los ojos?

You Might Also Like

2 Comments

  • Reply Piper Valca 9 octubre, 2017 at 9:04 pm

    Excelente artículo. Creo que es una de las mejores reflexiones personales que he leído, ya que la mayoría tendemos a negar el hecho de que poseemos cientos de prejuicios. Te felicito y adelante

    • Reply Ruth 10 octubre, 2017 at 7:45 am

      ¡Muchas gracias! Como bien dices, todo el mundo tiene prejuicios, y el que dice que no solo se los está negando a sí mismo. La única manera de hacerles frente y librarse de ellos es admitirlos y no ofendernos cuando alguien nos los echa en cara, sino pararnos a pensar cómo corregirlos.
      Por cierto, me encantó tu artículo sobre la costumbre que tenemos de comparar colores de piel con comida, por eso lo he enlazado en el mío. Me hizo darme cuenta de otro montón de meteduras de pata, pero no las incluí porque iba a quedar un artículo demasiado largo.
      Gracias por pasarte y por comentar.

    Leave a Reply