Blog Para familias

Elegir centro escolar y no morir en el intento

12 marzo, 2018

Llego tarde, tardísimo con esta entrada, porque al menos en Euskadi el periodo de matriculación terminó hace ya semanas y lo de elegir centro escolar ya se os habrá quedado antiguo. Pero es que estos días los musos han estado de baja (y yo también) y no me he podido acercar al ordenador con las ganas que me hubiera gustado, así que ya lo siento si esta información os es inútil para este año.

Ya estamos bien, los musos y yo. Gracias. Volvemos al ataque.

Como esto de las comunidades autónomas es un guirigay y seguro que hay alguna donde aún estáis a tiempo para hacer la matrícula de vuestro churumbel o churumbela (he aprendido una palabra nueva), hoy os traigo una serie de recomendaciones que tener en cuenta a la hora de elegir centro escolar. Os las doy desde el punto de vista de una persona que se ha pasado media vida tratando de elegir el mejor centro posible para trabajar, así que, aunque no soy madre, sé en qué fijarme para saber si el centro escolar en cuestión se adapta a mis necesidades y a mi forma de pensar.

Os va a sorprender, pero las maestras y maestros también buscamos colegios majos. Qué cosas, oye.

(*Aclaro que esta lista tiene que ver con los centros públicos. No tengo ni idea de qué buscan las familias que llevan a sus hijos e hijas a la concertada, porque yo no sabría qué pedirle a una escuela privada. Las diferencias entre un tipo de escuela y otro son abismales, no es tontería, y no me pienso mojar. Hoy).

La distancia no importa (tanto)

Creo que una de los criterios que las familias más nos han repetido a mis compañeras y a mí a la hora de elegir centro escolar ha sido “es que vivimos aquí al lado”. Tiene sentido, claro, porque están viendo a sus peques de dos o tres años, aún indefensos y completamente dependientes de los adultos de la casa, y la cercanía del centro a casa es un factor importante por comodidad.

(Las matrículas al instituto también se basan mucho en este criterio. Los vemos con once o doce años yendo solos por esas calles atestadas de coches y preferimos que estén cerca, para poder vigilarlos casi desde la ventana y controlar que no anden con gente rara, que no se pierdan por el camino, que desconocidos con mala pinta no les ofrezcan chicles. Pedazo ventana la nuestra, oye).

Pero esos niños y niñas van a crecer. En menos tiempo del que pensáis van a ser capaces de ir a hacer pequeñas compras solos, y al poco pedirán permiso para ir en grupo al cole, quizás acompañados de un solo adulto, y poco a poco la distancia hasta el centro dejará de importar.

Obviamente, no estoy hablando de elegir un colegio en el otro lado de la ciudad (o sí, si veis que tiene un buen sistema de transporte, ya sea del propio centro o público), sino de una o dos manzanas de distancia. Hemos tenido familias queriendo cambiar a sus peques de centro porque el colegio en el que están ahora está doscientos metros más lejos de su casa que el nuestro. (Os lo juro. Medido en Google Maps).

De verdad, hay cosas mucho más importantes que la distancia.

Como por ejemplo…

El proyecto educativo

¿Cómo se trabaja en el colegio? ¿Qué tipo de metodología utilizan? ¿Tienen clases cerradas, con puertas y paredes, o uno de esos espacios abiertos en los que los niños y niñas corretean sin parar? Las familias sois quienes mejor conocéis a vuestros hijos e hijas, y por tanto tenéis que valorar qué tipo de enseñanza le va a ir mejor.

Pero no os quedéis solo con lo que se hace en infantil. ¿Cómo sigue ese proyecto a primaria? ¿Es bilingüe o no? (En Euskadi y Navarra: ¿qué modelo lingüístico tiene?). Mucha gente se deja engatusar por las clases tan preciosas que suele haber en infantil y luego, al llegar a primero, se dan de bruces con cuatro paredes y una metodología que no encaja para nada con la que querían para sus pequeños. Si el centro que os gusta tiene jornada de puertas abiertas, haced que os enseñen también las clases de primaria.

Lo mismo digo con los institutos, o si vuestro centro va desde los 2-3 años hasta los 18. No os quedéis solo con lo que hacen en ESO, investigad un poco el tipo de bachilleratos que ofrecen. Preguntad por el instituto de referencia del colegio si no lo sabéis todavía.

(Pero tampoco os paséis. Que no hace falta que, cuando vayáis a matricularlos en tres años, preguntéis por las notas de Selectividad y qué porcentaje del alumnado suele entrar en Medicina. True story, os lo juro).

El tamaño importa

Bueno, vale, no siempre (dicen), pero en este caso, sí. Y mucho.

El trato que los niños y niñas van a recibir en un centro de tres o cuatro líneas por curso (con líneas quiero decir cuántas clases hay en el mismo curso) no va a ser el mismo que el que va a recibir en uno de una sola línea. Esto no significa que uno vaya a ser mejor que otro, ojo: los centros grandes tienen ventajas de las que los pequeños carecen, y viceversa.

En un centro de varias líneas, la socialización de los niños y niñas es mayor. Se mezclan niveles en una misma clase con más facilidad  y, si hay problemas en un aula, se pueden mezclar en un momento dado para romper roles tóxicos, algo imposible de hacer en una escuela de una sola línea por motivos obvios. Hay más personal y más posibilidad de llevar proyectos grandes adelante, e incluso más probabilidad de que haya alguien experto en las TIC, o en metodologías innovadoras (lo que quiera que esto signifique), o con intereses que puedan beneficiar a los pequeños. Todas estas cosas no ocurren en una escuela pequeña.

En un centro de una línea, por contra, todo el mundo conoce a todo el mundo. Los niños y niñas tienen nombre y apellido, no son “ese niño rubio de tu clase” o “las chicas de quinto que se pelearon en el patio”. Es más fácil trabajar en un solo grupo y dirigir a todo el claustro en la misma dirección (más o menos), y la relación con las familias es mucho más cercana, sobre todo si es una escuela de barrio. Suele haber más sentimiento de unión y de escuela, mientras que en las grandes, a menudo, es un “ellos contra nosotros”.

Yo tengo claro cuál me gusta más (y tengo la gran suerte de trabajar en una que encaja con esa predilección). Las familias también deberíais tenerlo.

La fuerza del AMPA 

A lo largo de mi carrera, me he encontrado todo tipo de AMPAs (Asociaciones de Madres y Padres. No tengo muy claro qué es la última A, aunque yo le añadiría una F de Familia: hay un montón de niños y niñas que no viven con sus padres y madres, pero ese es tema para otro artículo). Muchas me producían cierto rechazo, casi temor. Siempre tuve la sensación de que el AMPA estaba ahí para llevar la contraria a todo lo que dijera el claustro, como cuando llevábamos la propuesta del calendario al OMR y las familias se nos echaban al cuello.

Por suerte, me he encontrado con muchas que no son así, ni mucho menos. Un AMPA activa facilita mucho el trabajo del colegio y es una gran aliada a la hora de organizar eventos, extraescolares o cualquier acto que se salga de lo estrictamente académico. Por no hablar de lo mucho que ayuda en la integración de familias nuevas en el centro.

Porque para las familias, tener un AMPA de este pelo en el centro es un verdadero lujo. Desde organizar cursos sobre acoso escolar para las familias a talleres de multiculturalidad (pero de verdad, no de “vamos a hacer un cuscús, que es muy típico”), los miembros —¡y miembras!— del AMPA consiguen la unidad de las familias y las convierten en una parte fundamental en la vida del colegio.

Eso sí: si queréis un AMPA fuerte, más os vale estar dispuestos y dispuestas a tomar las riendas y formar parte de ella de verdad. Que no vale eso de participar en lo que los demás organizan, ¡hay que mojarse!

Un claustro estable

Sí, en la escuela pública la estabilidad es casi una utopía, pero también es una señal muy clara de cómo se trabaja en ese centro. Un colegio del que todos los años sale disparado más de la mitad del profesorado y en el que nadie quiere coger plaza fija huele a chamusquina. Algo pasa.

Los docentes tenemos una capacidad limitada para elegir centro, pero es verdad que, cuando estamos a gusto en uno, tendemos a repetir en la medida de nuestras posibilidades. Ese “a gusto” puede significar, simplemente, que está cerca de casa (no es poco), pero por regla general te quedas porque hay buen ambiente (y eso se refleja en la manera de trabajar), porque te gusta el proyecto educativo, porque la dirección lleva bien el colegio, porque la relación con las familias es buena… Vamos, tenemos las mismas razones para quedarnos que las que familia para elegir centro escolar.

La excepción pueden ser los pueblos alejados de centros urbanos grandes, donde, por muy a gusto que estés, tienes que elegir entre dejar tu casa y tu familia detrás para mudarte a trabajar a Quinta la Leche. Pero cuando en una ciudad veis un colegio con mucho, mucho cambio cada año… Algo pasa. Sospechad.


Por supuesto, aun siguiendo todos estos consejos podéis meter la pata de manera espectacular. Tampoco hay que rasgarse las vestiduras si os equivocáis de centro, porque podéis cambiarlo al año siguiente (aunque sí, entrar en ciertos colegios es más difícil que entrar en la NASA, qué le vamos a hacer). Tened siempre en cuenta que el ambiente de muchos colegios cambia de año en año, y que la presencia o falta de una sola persona (sea docente, familiar, alumna o monitora de extra escolares) puede suponer un cambio que altere el funcionamiento de una clase o de todo el centro.

Por eso es importante fijarse en la imagen más extensa, y los factores que os he mencionado os ayudarán a acertar más que si os fijáis en aspectos puntuales.

Espero.

¿Qué buscas tú en un centro escolar?

¿Qué factores te parecen más importantes a la hora de escoger centro (ya seas docente o tutor legal)?

Anécdotas en el aula Blog

Top 10 de excusas disparatadas (dichas por adultos)

5 marzo, 2018

Todos hemos oído alguna vez las estupendas excusas que nos suelen dar los niños y niñas para no hacer cualquier cosa. “El perro se comió los deberes”, “no sabía que hoy había examen”, “¿el trabajo era para hoy?” son frases que oímos tres o cuatro veces por semana de boca de cada uno de nuestros retoños. Las profesionales estamos curadas de espanto.

(Mi favorita me la contó una compañera, hablando de su hijo de no más de siete años. Estaba jugando con soldados y le mandó recoger. “Mamá, en la guerra no hay reglas, todo es caos. No existe ‘recoger’”. Llego a ser yo y le saco la bayoneta, iba a ver él qué pronto llega la paz).

Pero, ¡ay!, de lo que no hablamos nunca son de las maravillosas excusas que oímos de boca de personas adultas en la escuela. Y no me refiero solo a las familias (que sí, dan para un libro), sino a cualquier componente adulto de la la comunidad educativa. Porque ni siquiera los docentes nos libramos de dar unas excusas por las que pagaría el mismísimo Donald Trump.
Os dejo el top 10 de las mejores que recuerdo, aunque podría escribir varias docenas.

¡Los Gremlins existen!

Lo de ducharse después de gimnasia es un tema que provoca muchas tensiones en los niños y niñas, y a veces en las familias. Ya sea por motivos culturales, porque la imagen que tienen de sus cuerpos no es la ideal, o porque alguien les ha hecho burla en algún momento, hay críos y crías que prefieren no ducharse. Creo que el equilibrio entre la higiene y el bienestar psicológico de los y las pequeñas merece una reflexión mucho más profunda que el “se tienen que duchar por cuestión de higiene”, pero mejor dejamos esa conversación para otro momento.

Las excusas sobre este tema pueden ir desde la sinceridad más brutal (no se ducha porque está gordito y se ríen de él en el vestuario) a la mentirijilla piadosa que descubres enseguida (tiene catarro, tiene la regla, el médico ha dicho que no me duche, es que estoy haciendo el Ramadam y puedo beber agua sin querer). Puede venir de los niños y puede venir de las familias. A veces lo dejas pasar (porque si no, el día que hay gimnasia faltan a clase) y a veces te impones (porque, ejem, apestan).

Pero la mejor excusa que he escuchado nunca me la contó una compañera, profesora de gimnasia, que llegó a la sala de profesores leyendo un papel boquiabierta. En cuanto me vio, lo tuvo que contar.

—No me lo puedo creer. No me lo puedo creer.

—¿Qué ha pasado? ¿De qué es la nota?

—De un padre, para que su hijo no se duche. Que tiene alergia al agua, me dice. Pero solo de día, ¿eh?, si se ducha de noche no pasa nada. —Me miró con lágrimas de risa en los ojos—. ¡Es un Gremlin!
Todavía nos reímos cada vez que sale el tema.

(Para aquellos que estén a punto de decirme que la alergia al agua puede ser real: un par de meses más tarde fuimos a la piscina y el crío no salió del agua en toda la mañana. Bastante elitista, la alergia esta).

Copiar también es estudiar

Hace un porrón largo de años, al poco de volver de Estados Unidos, me tocó ser tutora en una clase maravillosa. Les tenía un cariño tremendo y me encantaba estar con ellos, tanto que el domingo por la tarde me ponía contenta porque llegaba el lunes e iba a volver a verlos. (Sí, era joven e inexperta, llena de ideales y con la cabeza llena de pájaros. Ya no me pasa).

Les tenía tanto cariño y me parecían críos y crías tan excepcionales que, cuando les pillaba haciendo algo que “no debían”, me llevaba un disgusto tremendo porque no podía creer que me “traicionaran” de esa manera. Una vez pillé a una cría con una chuleta, y me sentí tan defraudada que llamé a sus padres para contárselo, porque no podía ni hablar con ella sin echarme a llorar del disgusto. Cuando les enseñé el papelito con todas las fechas del tema de historia apuntadas, la madre se puso a la defensiva.

—No es una chuleta, es lo que ha utilizado para estudiar. Lo ha escrito una y otra vez para aprendérselo de memoria.

—Hombre… Podría ser, sí, si no fuera porque está escrito en un trozo de papel que, doblado, ocupa lo que una uña y porque se lo he quitado de encima de la mesa mientras hacía el examen.

—Bueno, sí, pero… Hacer chuletas también supone un esfuerzo, ¿sabes? Así también se aprende.

No me cabe duda, señora. No me cabe duda.

(Meses después, cuando ya se habían ido al instituto, me enteré de que toda la clase copiaba en los exámenes. Yo, que me creía la hostia porque todo el mundo sacaba buenas notas en matemáticas, me enteré de que me habían tomado el pelo un año entero).

(Sigue siendo mi clase favorita de todos los tiempos. El cariño que me dieron bien merece las buenas notas que les puse. Y aprendí mi lección: ni MacGuiver podría copiar en mi clase ahora).

El clásico

Esta me la han dicho de todas las maneras posibles:

—Pues en casa se lo sabía.

Da igual que haya sacado un cero tan redondo como un rosco de Reyes. Da igual que fuera una presentación oral en la que no ha sabido decir ni “good morning”. Da lo mismo que fuera un listening escuchado por primera vez en el examen, o el dictado de un texto que no habían visto nunca antes.

—Pues en casa se lo sabía.

Chupito cada vez que me lo digan. Bueno, no, que iba a salir de trabajar a cuatro patas todas las tardes.

¿Deberes, yo? ¡Nunca!

Hay docentes que odian corregir exámenes (cof, cof, qué tos más tonta). Lo odian tan a muerte y con tanta fuerza que prefieren no ponerlos a tener que corregirlos. Ya sean escritos, de elección múltiple, frases cortas… Corregir veinticinco exámenes idénticos es poco menos que una tortura.

Pero a los niños y niñas les da igual. Nada les causa más ansiedad que no saber la nota del examen al minuto siguiente de haberlo hecho.

—¿Has corregido los exámenes?

—Lo hicimos ayer por la tarde, son las nueve de la mañana. No he tenido tiempo.

Dos días más tarde:

—¿Has corregido los exámenes?

—He estado muy liada, no he podido todavía.

Una semana más tarde, con un fin de semana de cuatro días en medio.

—¿Has corregido los exámenes?

—¡No he tenido una hora libre en toda la semana!

—Pero… Has tenido todo el fin de semana para corregirlos.

—Sí, claro, pretenderéis que me lleve deberes a casa para el fin de semana, ¿no?

—Eh… A nosotros nos los mandas.

Silencio incómodo.

Al día siguiente, los exámenes aparecieron corregidos como si de un milagro se tratara (al lado de una pila de exámenes sin corregir olvidados de una clase del curso anterior).

Cof, cof, de verdad, qué tos más tonta.

Era día para andar en bici

Mandar deberes o no mandar deberes, that is the question. Ni el to be ni leches, y fuera calaveras. Qué equivocado estaba Hamlet cuando hizo su pregunta.

Hay opiniones para todos los gustos, y estudios que defienden que no sirve para nada junto a otros que defienden que marca una diferencia. Independientemente de lo que pensemos los profesionales del gremio, determinadas familias tienen muy claras sus preferencias en este tema.

En la misma clase, dos madres:

—Ruth, ya sé que viene un fin de semana largo, pero ¿no te parece que las tres fichas de sumas y restas son demasiado? Entre eso y lo de leer todos los días… Pobre, no va a tener tiempo ni para jugar.

—Oye, Ruth, que solo les has dado tres fichas y tienen cuatro días por delante de no hacer nada. Que este se las va a ventilar el viernes por la tarde y luego no va a dar ni golpe, ¡cualquiera lo aguanta sin tarea!

Como nunca acertamos, al final cada uno hace lo que le da la gana y mande el humor del momento. Pero a veces tienes familias que te piden que les des fichas de refuerzo y tú te pasas tu buen rato buscando algo que encaje con las necesidades del peque o la peque.

Para que el lunes por la mañana, dicha peque te llegue sin las fichas y una nota de su padre:

“Hacía muy buen tiempo y hemos decidido andar en bici en vez de hacer los deberes. Ya los haremos cuando empeore el tiempo”.

Que no seré yo la que discuta la importancia de pasar tiempo en familia, pero ¿no podías haber mirado el tiempo antes de hacerme pasar dos horas buscando el material que me has pedido?

Digo.

La puntualidad (1)

Voy a dividir este punto en dos, porque una cosa es la puntualidad de los niños y niñas (o más bien de sus familias, que son quienes los traen) y otra la de los docentes, que a veces dan excusas para mear y no echar gota. Lo más divertido es que todavía hay familias que no se dan cuenta de que los niños y niñas, por regla general, son muy sinceros y siempre cuentan la verdadera razón por la que llegan tarde.

Una excusa universal es el clásico “no ha sonado el despertador”, que nos ha pasado a todos y es tan humano como el quedarte dormida en el sofá al mediodía y tener que ir corriendo a la clase de la tarde. (Quién, ¿yo? Noooo). Pero luego preguntas al niño y te enteras de la verdadera razón, y ahí ya no sabes si reírte o llamar directamente a los servicios sociales.

—Es que ayer nos fuimos de pintxo-pote y llegamos muy tarde a casa, y a mi madre hoy le ha costado levantarse.

—Es que no teníamos leche en casa y nos hemos ido a desayunar al bar de abajo.

—Es que el bebé ha llorado toda la noche y nos hemos dormido por la mañana, justo cuando ha dejado de llorar.

Algunos adultos, conscientes de que, total, sus hijos van a contar la verdad, vienen de cara y nos lo dicen ellos directamente. Claro que, a veces, preferiría que me mintieran.

—Es que esta mañana no queríamos ponernos calcetines —me dice una madre, riendo, mientras su churumbel de diez años sube las escaleras una hora (¡una hora!) tarde.

No comment.

La puntualidad (2)

Soy muy puntual. Me gusta llegar a clase exactamente a mi hora, ni un minuto antes ni uno después. Siendo especialista, considero que esa puntualidad es muy importante para no echar por la borda el horario de los demás, porque si yo llego cinco minutos tarde y en la hora anterior han tenido música, la de música va a llegar tarde a la siguiente clase, cuyo tutor tenía una reunión con una familia, que a su vez tiene prisa porque tiene que irse a trabajar…

Ya me entendéis.

Sé que hay gente a la que le cuesta mucho ser puntual, algo que nunca he entendido ni conseguiré entender mientras viva. En mi vida privada he aprendido a lidiar con ello, pero en la profesional tengo serios problemas. Sobre todo porque da la sensación de que quien llega tarde al cambio de clase es porque estaba tan enfrascada en lo que quiera que estuviera haciendo que se le ha ido el santo al cielo, cuando la gran mayoría de las veces es más bien al revés.

Bueno, no es que dé la sensación, sino que es la sensación que esas personas te transmiten.

—Estoy liadísima, no llego a nada —te dicen, y las ves corriendo por el pasillo de un lado para otro, siempre cinco minutos tarde a clase, dándote mensajes cuando te las cruzas por el pasillo, a grito pelado porque “no llego, no llego”.

Hasta que entras en la sala de profesores y las ves leyendo el periódico cinco minutos después del cambio de hora. Y les dices un sutil “oye, ¿tú no tenías clase ahora?” que las hace saltar como resortes mientras gritan por el pasillo “¡para una vez que me siento!, ¡no tengo tiempo para nada!, ¡pero para nada!”.

O te las encuentras paradas en el pasillo charlando con alguien con la alegría de quien no tiene nada que hacer, mientras tú llevas cinco minutos cuidando a sus fieras porque sabes que no las puedes dejar solas sin que se suban a los armarios. Y sacuden los brazos y gritan aquello de “¡ay!, ¡ay!, ¡ay!, ¡que me he despistado!, ¡que no llego a nada!”.

Nunca llegan a nada, es curioso. Y como ellas no llegan, tú tampoco.

Hoy no me puedo levantar

No hay cosa que más jorobe que tener guardia un día que tienes un millón de cosas que hacer. Pero las haces sin rechistar, claro, porque entiendes que hoy la haces tú, pero la próxima vez puedes ser tú la que enferme y tengas que faltar. Y es que, claro, para eso están las guardias.

Porque siempre imaginamos que alguien que no va a trabajar tiene una razón de peso para no hacerlo. Y, como los sustitutos brillan por su ausencia y son más caros que un interino (debe ser esa la razón de que tarden tanto tiempo en mandarlos), siempre hay alguien a quien sustituir. Por motivos diversos.

Sí, vamos a decir diversos.

—Ruth, tienes que ir a sustituir a Fulanita. Acaba de llamar y no viene hoy.

—Ay, pobre. ¿Qué tiene, gripe?

La jefa de estudios me mira con cara de estar a punto de echarse a reír.

—No. Una ampolla. En el pie. Ayer fue al monte y dice que hoy no puede andar.

—Eh… Pues vale.

(Antes de que empiecen los comentarios sobre “esto solo lo hacen los funcionarios”, romperé una lanza a favor de esta profesora: nunca antes había faltado y no volvió a faltar. Y por cada compañera que falta por una ampolla, tengo veinte que vienen a trabajar con fiebre. Pero como motivo para faltar, me hizo gracia).

A mí de aquí me sacáis en caja de pino

Creo que no hay nada que guste más a un niño o a una niña que una excursión. A los docentes también, la mayoría de las veces, aunque son agotadoras y la tensión por no perder a nadie y volver con el mismo número de niños y niñas que te has llevado puede hacer que prefieras dos o tres días de seis clases completas (incluido patio) a una sola excursión al parque de al lado.

Pero las hacemos, porque son pedagógicas, porque a veces aprenden más que durante tres o cuatro semanas de clase y porque, qué coño, son divertidas y a veces con eso basta. Ya pasarán ocho horas sentados frente a una mesa cuando sean adultos, ahora les toca disfrutar.

Un año tuve una compañera que se negaba a sacar a sus alumnos y alumnas del recinto escolar. Tenía una obsesión que rozaba lo enfermizo con no cruzar el límite que marcaba la verja del colegio con alguien a su cargo. Esta misma profesora se pasaba la hora exclusiva que metíamos al mediodía por los …  y se iba a comer a su casa, “porque si no, no me da tiempo a comer a gusto, y no pienso traerme el tupper al colegio”.

Cuando la jefa de estudios le dijo que sus niños tenían derecho a hacer las mismas excursiones que las otras clases, ella dijo que perfecto, pero que ella no los llevaba. Se encargaría de dar las clases del profesor o profesora que se encargara de su tutoría, pero con ella no iban.

La dirección lo aceptó como un intento de “vamos a intentar llevarnos bien” porque le quedaban dos telediarios para jubilarse, pero jamás he conocido a una persona tan poco adecuada para ser maestra.

Creo que ya se ha jubilado. Espero. De corazón. Por el bien de la educación así, en general.

Eso no significa lo que crees que significa

He escuchado todo tipo de excusas de familias defendiendo a sus querubines en situaciones comprometidas. Uno de los clásicos es “sí, vale, él ha pegado, ¿pero qué ha hecho el otro, eh? ¿EH?” que oímos unas quince veces al año cuando intentas explicarles que has tenido que castigarlos a los dos porque tú has llegado a la mitad de la pelea y no sabes quién ha empezado, y te da igual porque devolverla también está mal.

También tenemos que escuchar ese gran consejo que se está poniendo tan de moda últimamente: “tú da primero, hijo, que es mejor pedir perdón que recibir la hostia”. No sé dónde habrán oído esta gran proclama, pero ni los consejos de César Bona han tenido tanto éxito, oye.

Pero la excusa que más me toca las narices es la cultural. Y no porque no me parezca válida, que sí me lo parece, sino porque hay familias que la abusan. A ver si me explico con dos ejemplos.

Una niña que habla un castellano bastante pobre coge una bola de nieve en las manos y le grita a su compañera “¡Mira que gorda!”, refiriéndose a la bola. La niña, a la que ya han llamado gorda en alguna otra ocasión y que también tiene un castellano bastante pobre, corre a la profesora entre lágrimas y le dice que la acaban de insultar. Eso es una confusión cultural, idiomática o, simplemente, un desliz entre crías.

Una niña cuya familia lleva más generaciones en Vitoria que la mía le dice una barbaridad a una compañera que la profesora escucha y corta enseguida. Llama a los padres, asustada porque alguien haya podido decir algo así en su clase, y la respuesta que recibe es “en nuestro idioma eso significa otra cosa”. Idioma, por cierto, que los padres hablan pero la niña no.

Eso no es cultural, es educacional. Son modales. Es sacar la cara a quien no hay que sacársela. Y puedes hablar ruso, japonés, o chino mandarín, pero “cacho mierda”, “puta zorra” o “desgraciada” significan lo mismo en cualquier idioma.


Podría escribir más y me saldría una docena larga contando solo las mías, pero es que… eh… tengo que ir a… corregir. Sí, eso, corregir. Que luego llega el fin de semana y todos son prisas.

¿Cuál es la excusa más ridícula que has recibido de un adulto, en clase o fuera de ella?

¿Cuál es la más ridícula que has usado tú?

Blog Pataletas

Ruido

26 febrero, 2018

Estoy harta del ruido. No del ruido de la calle, de los camiones, de los coches sobre los charcos un día de lluvia (que también, porque tengo problemas de oído y precisamente por eso me molesta mucho más), sino del ruido que me rodea en las redes sociales, en la televisión, en los medios de comunicación.

El ruido del que hablo es uno que me hace dudar de lo que hago. Me desorienta de tal manera que ya no sé qué está bien y qué está mal, qué camino es el correcto o cuál es el objetivo. Es un ruido molesto que me persigue hasta en mis momentos de ocio, sin avisar, en cualquier conversación de barra de bar.

Es el ruido de los “expertos”. El ruido de los que insisten que tengo que cambiar mi manera de trabajar, incluso sin que me conozcan de nada.

El ruido de aquellos y aquellas que nunca han pisado un aula, pero saben más que yo.

El ruido de las nuevas metodologías, que la mayor parte de las veces no son nuevas, o no son metodologías, o no están evaluadas.

El ruido que hacen YouTubers, tuiteros, raperos, economistas, políticos, millonarios, excéntricos… pero nunca docentes. Porque los docentes, curiosamente, son los que menos ruido hacen.

Llevo más de veinte años en el aula. En ese tiempo he metido la pata y he corregido suficientes actitudes como para saber qué funciona y qué no en distintas situaciones (no siempre, porque sigo aprendiendo, pero cada vez más). En estas dos décadas largas he dado todas las asignaturas de 3 a 12 años en dos continentes distintos, en tres idiomas diferentes. He tenido alumnos y alumnas de todos los lugares del mundo, he vivido suficientes situaciones para llenar un libro.

Y, sin embargo, este año estoy siendo una pésima maestra. El año en el que solo doy una asignatura a un solo grupo de solo trece alumnos (¡trece!) está siendo el curso en el que más descontenta con mi trabajo estoy. Tengo la sensación de andar dando tumbos por el curriculum, de no centrarme en nada, de ser más desordenada que de costumbre. Sobre todo, tengo la terrible sensación de que mis alumnos y alumnas no están aprendiendo todo lo que podrían y deberían.

¿Y sabéis por qué? Por el ruido. El maldito ruido.

He dejado que el ruido me haga perder el rumbo. He escuchado las voces, los cantos de sirena que hablan de la clase perfecta, de la innovación, de los proyectos, de las TIC y de vaya usted a saber qué más. Me he sentido culpable por sentirme cómoda con un libro de texto, me he sentido mal por ser de esas profesoras que cuentan batallas sobre los temas que les interesan (preguntad a mis alumnos del año pasado qué es el Indoeuropeo, preguntad). Me he sentido mal por usar la pizarra de tiza. Por ser antigua.

Y he innovado. He llevado a cabo proyectos. He dejado que trabajaran por grupos, que cada uno fuera a su ritmo, que buscaran ellos sus propios conocimientos, que usaran la tecnología para aprender. ¿Y sabéis qué he conseguido?

Que un niño se pasara media hora larga tratando de recordar su contraseña, que cambió dos veces delante de mí y debió olvidar en los breves tres segundos que le costó ir de su email al Kahoot de marras.

Que un niño se haya cargado el trabajo de todo un grupo porque era el encargado del ordenador y se ha dedicado a gamberrear con él y hacer perder el tiempo a los demás.

Que una niña, ya de por sí más vaga que la chaqueta de un guardia, no se haya enterado de absolutamente nada de lo que ha hecho su grupo, por más que yo haya estado encima y le haya recordado, una y otra vez, que su nota depende del trabajo.

Que un niño que estuvo una semana entera enfermo no haya podido participar, y yo no tenga un material complementario que darle para que pueda estudiar en casa.

Vamos, que lo único que he hecho ha sido perder el tiempo.

Y no digo que la culpa sea de las nuevas metodologías. Probablemente, alguien a quien se le dé bien sacar proyectos adelante sepa cómo evitar todo lo que me ha pasado a mí. Seguro que lo he hecho todo mal, que hay mil maneras de corregir estos fallos, que trabajar por proyectos es la panacea.

Pero para llevar esto a cabo, yo he renunciado a lo que sé hacer bien. He renunciado a engancharlos solo con mi presencia y unas marcas de tiza en la pizarra.

He renunciado a usar el humor en clase y conseguir que recuerden una norma ortográfica con un chiste.

He renunciado a ponerles retos gramaticales y que salgan felices de clase porque saben cuál es el sujeto de “A mí me gustan los chicles”.

He renunciado a hacer juegos de homónimos, de sinónimos y antónimos, de tildes e hiatos.

Porque cuando trabajan solos no estoy yo. Y seguro que hay una manera de que sin mí aprendan más que conmigo, pero yo, de momento, no la conozco. Y me da rabia, mucha rabia, porque el experimento me ha costado medio curso y el año que viene se van al instituto sin saber conjugar los verbos. ¿Os imagináis a una cirujana practicando una técnica nueva con un paciente vivo? En educación, lo hacemos. Y cuando sale mal, sale muy mal.

Así que el último trimestre lo voy a dedicar a hacer lo que se me da bien: enseñar lo que yo sé como yo sé. Les voy a dar fichas, y les voy a poner exámenes, porque la única manera de esforzarte (ya seas niño o adulto) es si te juegas algo, que en este caso es la nota.

Les voy a soltar chapas sobre gramática que no les van a parecer chapas, porque sé dar una clase sin aburrir a nadie. Y voy a pedirles que levanten la mano, y que contesten preguntas además de hacerlas.

Les voy a pedir que trabajen en silencio y me pidan ayuda si no saben hacer algo. Que pregunten al vecino también, sí, pero la que más sabe en mi clase soy yo (por mucho que algunos y algunas me lo nieguen).

Y eso no significa que no vayamos a pasarlo bien, que no vaya a usar las TIC, que no vayan a trabajar en parejas o en grupos. Significa que voy a volver a mi zona de confort, porque mi zona de confort funciona y es amplia, y tiene puertas y ventanas por las que entra brisa fresca e ideas nuevas. Significa que voy a volver a dar clase de la mejor manera que sé. Y está mal que yo lo diga, pero sé bastante.

Bastante más que esos expertos que, con tanto ruido, me han hecho perder el rumbo.

Voy a comprarme unos tapones y a esperar con ansia el día que me quede sorda.

Blog Tecnología en el aula de lenguas

Formularios de Google: ¿La solución a todo?

19 febrero, 2018

Les robo Tomo prestada la idea de Kike Clemente y Sergio Tejero, del Berritzegune de Gasteiz, que nos enseñaron a usar los formularios de Google la semana pasada y me abrieron un mundo de posibilidades. Eskerrik asko!

Creo que no he usado los formularios de Google hasta hace cuatro días. Aunque nuestro centro tiene un dominio con Google Sites y, en teoría, sé cómo funciona la herramienta, nunca he sentido la necesidad de utilizar un formulario para clase. Me parece recordar que una vez intenté crear uno para que las compañeras pudieran notificarme las averías informáticas, pero me armé semejante lío que lo dejé por imposible.

Y buena cosa, también, visto que en nuestro cole lo que mejor funciona es el post-it de toda la vida. Para qué complicarse, ¿no?

Lo que no sabía era que Google Forms ofrece muchas más posibilidades que la de hacer un simple cuestionario donde escribes tu nombre, qué horario de clase prefieres o cuál es tu fruta favorita. Con solo trastear un poco con las opciones, se pueden crear exámenes que se corrigen solos, búsquedas del tesoro que pueden dar mucho juego u horarios de tutoría con un solo click.

Sí es verdad que exige un mínimo de intuición, similar a cualquier aplicación del entorno de Google, pero si somos capaz de montar un Plickers o configurar nuestra cuenta de Gmail, no nos va a costar nada.

No es mi intención explicar el manejo de los formularios de Google** y cómo se crea uno, más que nada porque hay mucha gente que ya lo ha hecho mejor que yo (por ejemplo, aquí). Lo que hoy traigo son una serie de ideas para las que esta herramienta sería utilísima en el aula.

El examen de toda la vida

Dicen los “expertos” que los exámenes están pasados de moda, que no sirven para medir el conocimiento, que no se deben usar. Yo, por una vez, he hecho caso a los “expertos” de a un euro la docena y hace varios años que no pongo exámenes. No porque los considere antipedagógicos (dependerá del examen), o porque no sirvan para nada (ver sintagma anterior), sino por una razón mucho más egoísta y práctica:

Odio corregirlos.

No hay cosa que más pereza me dé que corregir veinticinco exámenes de elección múltiple idénticos, o peor, veinticinco redacciones sobre el mismo tema en un idioma que apenas dominan. Y eso en este centro mío de mis entretelas, donde solo hay una línea, porque cuando he tenido tres o cuatro clases del mismo curso he llegado a llorar. (Bueno, no tanto. O igual sí. Pero como no me vio nadie, no cuenta).

Los formularios de Google te dan la opción de hacer exámenes de opción múltiple que se corrigen solos. También puedes hacerlos de respuesta corta, pero claro, entonces tienes que corregirlos tú y estamos en las mismas (aunque te ahorras la pelea de “qué demonios pone ahí”, que ya es algo). Esto es perfecto para hacer un repaso rápido o un examen en toda regla al terminar una unidad, por ejemplo de sinónimos y antónimos, o el “fill in the blanks” de toda la vida.

Trabajo que te ahorras: no hay que corregirlo (y con eso ya bastaría), los resultados se quedan guardados en un Excel del que echar mano cuando lo necesites y tus alumnos y alumnas tienen un feedback inmediato donde ven qué preguntas han fallado y cuál era la respuesta correcta.

Vamos, que de lo único que te tienes que preocupar es de escribir el examen. Y, como ya lo tienes hecho, puedes usarlo una y otra vez y no tienes ni que fotocopiarlo.

Recorrido personalizado

¿Os acordáis de aquellos libros de “Elige tu propia aventura”? No se leían de forma lineal, sino que, dependiendo de tus elecciones, te llevaba por un camino u otro y terminabas con un final distinto cada vez. Google Forms permite hacer algo así uniendo cada respuesta a una sección determinada que no tiene por qué ser la siguiente del cuestionario.

Sergio Tejero, por ejemplo, lo ha usado en este recomendador de libros que ha creado para su clase, donde se ve mejor que la cutre-explicación que os acabo de dar yo. Como veis, dependiendo de la elección del lector o lectora, el formulario le lleva a una página u otra y termina con una selección de libros condicionada por sus gustos.

Se me ocurren mil usos para esta vertiente de la herramienta, y seguro que a vosotros y vosotras también. ¿No sería genial hacer algo así con todos los libros de la biblioteca del centro? El curro sería increíble y habría que modificarlo un poco cada vez que adquiriéramos nuevos libros, pero creo que podría durar años y ser de mucha utilidad.

También podría usarse para escribir un cuento en el mismo estilo de aquella antigua colección. Mostrar un párrafo corto que se quede en un “cliffhanger” y dar opciones al lector: ¿qué quieres que pase ahora? (Estoy escribiendo esto y me muero de ganas por ir a probarlo. Maldita manía mía de malgastar horas durmiendo cuando podría malgastarlas haciendo experimentos de estos). Se podría escribir un cuento con toda la clase, donde cada uno estuviera encargado de la continuación de una de las opciones, por ejemplo.

¿Y un itinerario así para poder guiar a los chicos y chicas en su elección de asignaturas en ESO o Bachiller, por ejemplo? Que no quede escrito en piedra, pero como una forma de ayudarles a hacerse una idea sobre qué les gusta o qué camino pueden seguir según sus fortalezas.

Voy a dejar de pensar en qué se puede hacer con esto, porque si no, hoy no duermo.

Coge un día y una hora

Esta opción es genial para utilizar en las reuniones de padres y madres, o en las horas de tutoría, o para organizar presentaciones orales, por ejemplo. Necesitas una extensión en Drive, eso sí (Choice Eliminator 2, buscadlo en la pestañita), pero es muy fácil de usar y no te va a costar nada cogerle el tino. Simplemente instálala, ponla en marcha y escoge la lista de la que quieres que vayan desapareciendo las opciones.

Porque de eso se trata: si alguien coge las 9:00 del lunes, 19 de febrero, esa opción desaparece y nadie más puede elegirla. Si has configurado bien el documento, esa persona recibirá en su email un recordatorio de la hora que ha escogido, y tú tendrás un documento de Excel con el registro de todas las personas que se han apuntado.

Ay, la pesadilla de notita va, notita viene, llamada de teléfono para quedar, no te pillo, me llamas y no estoy, ¡yo he venido a hablar de mi niño!, que supone ser tutora. Cuántos árboles puede ahorrar esto. ¿Por qué no he sabido yo de la existencia de esto hasta hace cuatro días?

Ahora solo hace falta encontrar tiempo para poder juguetear y crear alguna de esas fantásticas ideas que se nos ocurren cada vez que nos enseñan a usar una herramienta nueva.

Ay.

¿Usas los formularios de Google en tu clase?

¿Qué posibilidades crees que podría tener en tu asignatura?

_________________

**Normalmente, cuando hablo de tecnología, utilizo el blog solo para dar ideas sobre cómo usar esa herramienta, pero no explico cómo se usa. Creo que no he hablado nunca de nada tan raro que no tenga tutoriales a mansalva ahí fuera, pero a veces me surge la duda. ¿Lo echáis de menos? ¿Agradeceríais una explicación, por simplista que fuera, sobre cómo usar las herramientas? Y si así fuera, ¿preferís vídeo (de los que hay a patadas por gente mucho más profesional que la menda, que haría uno muy sencillito y al grano) o una guía escrita?

Os iba a poner un formulario de Google, pero fíjate, me ha dado pereza. Podéis dejar un comentario en la entrada, o poneros en contacto conmigo a través del formulario de contacto (y no, ese no está hecho con Google Forms, jejeje).

Blog Ideas y consejos para el aula de lenguas Reseñas para docentes

Quiet, o el valor de la introversión

12 febrero, 2018

Hace unos meses llegó a mis manos Quiet, un libro que no conocía y que me recomendó Fernando Alcalá (co-autor, junto con Georgia Costa, de La segunda revolución, que si no habéis leído deberíais, porque está a punto de salir la segunda parte y ya vais tarde). En Quiet, su autora habla de lo que significa ser una persona introvertida en un mundo en el que se premia a las personalidades extrovertidas, ruidosas, líderes, y de lo duro que resulta fingir lo que no se es por no destacar (o, incluso peor, desaparecer).

Yo siempre me he considerado una persona introvertida, pero dudé mucho tras leer este libro porque no sé hasta qué punto coincido con las descripciones que Susan Cain ofrece. No soy especialmente tímida (aunque tampoco soy el tipo de persona que se pone a hablar con su compañera de asiento en el autobús), no me da miedo hablar en público más allá de los nervios normales (creo), no me cuesta conocer gente nueva si es un grupo recién formado (si son amigos de toda la vida y la única nueva soy yo, sí, claro) y suelo viajar con completos desconocidos en grupos organizados de los que siempre saco alguna nueva amistad.

Leyendo Quiet, llegué a plantearme si esa etiqueta que me había colocado me correspondía realmente, porque parecía que los sujetos de quien ella hablaba eran incapaces de funcionar bien en sociedad, y no es mi caso (al menos, no ahora, aunque lo ha sido). A ver si va a resultar que, después de tanto tiempo, voy a ser extrovertida y no lo sabía…

Pero luego recordé que mi plan de domingo favorito es no tener nada que hacer y poder quedarme leyendo en casa, o dar un paseo eterno pensando en mis cosas si el viento del norte no amenaza con llevarme al otro lado del Muro. Que después de varios días de socializar y conocer gente, necesito por lo menos los mismos días sin ver a nadie. Que a partir de las nueve de la noche soy incapaz siquiera de contestar WatsApps, no digamos ya una llamada de teléfono.

>Sí, creo que soy introvertida.

Por suerte, yo soy adulta, y la etiqueta que me ponga o me deje de poner es cosa mía, ya no importa. Lo que sí me gustó mucho del libro es su mención del sistema educativo y lo enfocado que está a fabricar líderes, gente que hable, que dé su opinión. Hasta leer a Cain, nunca me había planteado cuánto de mi tarea docente está enfocado a niños y niñas extrovertidas, y qué poco valoro las cualidades de los y las introvertidas.

¿Cuántas veces he podido decir, a lo largo de mis más de veinte años en el aula, “participa poco en clase”, “no habla”, “nunca da su opinión”?

¿A cuántas familias les habremos dicho aquello de “tiene que jugar más en el patio, en lugar de sentarse en un rincón a leer”? ¿”No sabe trabajar bien en grupo, siempre prefiere tareas individuales”?

(Y sí, tienen que aprender a trabajar en grupo, es una cualidad importante, pero ¿todo el rato? ¿Siempre bajo las órdenes de otros? ¿Poniéndose de acuerdo en absolutamente todo?).

Últimamente, se ha puesto muy de moda el trabajo cooperativo, algo que valoro mucho porque estoy convencida de que los niños y niñas se explican mejor las cosas unos a otros que lo que les pueda explicar una persona adulta. Pero para un/a introvertido/a, trabajar en grupo puede ser una auténtica pesadilla, sobre todo en aquellas tareas en las que no se les permite un momento de trabajo individual. Tener que negociar todo cuando tienes muy claro cómo hacer las cosas es una tortura comparable a escuchar tres discos de reggae uno tras otro. Os lo digo porque lo he vivido en mis propias carnes.

(Lo de trabajar en grupo. Lo de los tres discos de reggae no, gracias a dios).

Eso no significa que los introvertidos no necesiten aprender a trabajar en grupo, porque es una herramienta que les va a permitir ser socialmente competentes y la van a necesitar en el futuro. Pero tal y como se hacen los trabajos de grupo hoy en día, no sé hasta qué punto tenemos en cuenta las cualidades que este tipo de alumnado puede aportar al grupo y lo mal que se lo hacemos pasar cuando no enfocamos bien su labor.

Solo hace falta tenerlos en mente para hacer pequeños ajustes que les (nos) faciliten un poco el trabajo y puedan demostrar todo lo que valen. No hace falta complicarse demasiado la vida, pero sí cambiar el punto de vista.

Grupos heterogéneos sí, pero igual no tanto

Los grupos deben tener distintas habilidades, cómo no. La teoría dice que, en un grupo de cuatro, lo ideal es colocar dos peques “del montón” (odio esta expresión, pero permitídmela para no enrollarme), uno especialmente habilidoso y otro a quien le cueste un poco. Eso, claro está, en lo que a habilidades cognitivas se refiere.

Pero en esa mezcla también deberíamos tener en cuenta las personalidades de sus componentes. Si tenemos una sola niña introvertida en un grupo donde todas las demás son líderes, esa niña nunca va a mostrar todo su potencial y no va a abrir la boca ni a participar. Si, además, la juntamos con alguien con quien haya tenido algún problema en el recreo o la haya avergonzado en un momento dado por darle un corte a destiempo en clase (sin malicia, seguramente, solo porque sus personalidades chocan), más todavía.

Tenemos cierta tendencia a separar a los grupos de amigos cuando hacemos grupos de trabajo, porque pensamos que en lugar de trabajar se van a poner a jugar. Pero no nos damos cuenta de que las amistades suelen ser caracteres afines, y que si tan bien nos llevamos es porque somos parecidas y podemos llegar a trabajar bien juntas.

Aunque claro, también es verdad que aquí entran muchos factores en juego, como esos amiguetes que, cada vez que se juntan, amenazan con quemar el colegio, o los que se llevan bien precisamente por su incapacidad de centrarse en nada, o por tener el mismo déficit de atención. Pero, por lo general, juntar personalidades afines suele funcionar.

Énfasis en “suele”. A veces.

Reparto de tareas

En la teoría del trabajo cooperativo se hace hincapié en que los niños y niñas tiene que tener muy clara cuál es su labor en el grupo, y para ello nada mejor que asignársela desde el principio. Así nos evitamos, entre otras cosas, que uno trabaje y el resto se rasque la nariz hasta que llegue el momento de poner su nombre en el proyecto. Nos ha pasado a todos y seguirá pasando, pero nuestra labor como docentes es intentar evitarlo.

(¿Es ese de ahí Sísifo con su piedra? ¡No! ¡Es un docente intentando que todos los componentes del grupo trabajen al máximo de su capacidad!).

Algunos de los roles que se pueden asignar en un grupo de cuatro: portavoz, secretario/a, moderador/a y controlador/a del tiempo o calendario (“venga, gente, que solo nos quedan diez minutos para acabar la clase y no hemos hecho nada” / “tenemos dos días para hacerlo, así que hay que ponerse las pilas”). Hay muchos otros, claro (encargado del material, informático, apuntador), pero estos serían los básicos.

Lo ideal es que el profesor o profesora sea la encargada de otorgar los roles teniendo en cuenta la personalidad de cada uno y una. Pero por favor, sin trampas. No vale lo de “este niño es muy callado, así que voy a ponerlo de portavoz para que se abra un poco”, porque el pobre chaval va a sufrir horrores cuando se le ponga frente a la clase. Usemos sus fortalezas, no sus debilidades. Una persona callada será feliz apuntando lo que digan los demás (con voz y voto, por supuesto), igual que una personalidad fuerte es la perfecta para meter prisa a la gente porque se están tocando las narices.

Incluir algo de trabajo individual, incluso en las tareas de grupo

Los introvertidos trabajamos mejor en soledad. Necesitamos cerrarnos al mundo, empezar por el principio y terminar una tarea antes de enfrentarnos a la siguiente. Aunque por motivos de La Vida (así, en mayúsculas) he tenido que aprender a ser multitarea, cuando hago bien las cosas de verdad es cuando tengo una lista de la que voy tachando, por orden de importancia, las cosas que voy haciendo antes de ponerme con la siguiente.

Ayuda mucho dar un trabajo individual a la persona introvertida del grupo. Quizás sea la responsable de pasar a limpio el proyecto mientras los demás debaten cómo diseñar el mural / Power Point / maqueta, o el proyecto mega-guay que toque. Quizás sea la persona encargada de buscar en internet las dudas que vayan surgiendo, de hacer los cálculos necesarios para encontrar la escala, de cortar las piezas del móvil.

Lo que sea. Pero necesitan (necesitamos) algo que les permita respirar, apartarse un momento y concentrar la energía en algo en lo que son buenos y buenas, algo con lo que no tengan que negociar. No nos damos cuenta de lo agotador que puede ser tener que llegar a acuerdos con todo el mundo.

O sí. Porque cuando llegas a adulta no te queda otra, y es horrible.

A ver si conseguimos ahorrarles los disgustos hasta que tengan que asistir a su primera reunión de vecinos.

¿De qué otras maneras podría ayudarse al alumnado introvertido?

¿Recuerdas alguna situación en la que te hubiera gustado trabajar a solas?

Blog Tecnología en el aula de lenguas

Kahoot, una herramienta TIC para quienes odian las TIC

5 febrero, 2018

No a todo el mundo le gusta la informática y la tecnología. No todo el mundo se siente cómodo llevando al aula herramientas que acaba de conocer y no controla bien, algo que en cualquier profesión se entendería como un aspecto positivo pero que, en la enseñanza, parece un pecado. A algunos les da miedo el ordenador, digámoslo así. No están acostumbrados a usarlo y temen romper algo.

Enter Kahoot, que diría alguno. Kahoot, aparte de un programa que no necesita ser descargado en el ordenador, es un juego fonético con una palabra del inglés que me encanta, “cahoots”, que viene a significar estar compinchado con alguien, estar en el ajo de una travesura. Me gusta el sonido, me gusta la frase (to be in cahoots with someone) y me gusta aún más con k, porque le da un aspecto más cachondo.

O igual no. Yo es que soy muy rara con las palabras.

Qué es Kahoot

Ya va, ya va.

Kahoot es una aplicación para hacer preguntas de respuesta múltiple. Su uso es muy intuitivo, aunque creo que solo está en inglés, y, como siempre, lo único que necesitas para usarlo es una dirección de email. A diferencia de Plickers, donde la profe necesita un teléfono con la aplicación descargada, con Kahoot necesitas un dispositivo informático –tablet, móvil u ordenador de toda la vida– por cada alumno/a o por cada grupo con el que quieras trabajar (y de verdad te recomiendo que trabajes por grupos, porque es muy divertido). En este vídeo tienes la explicación de cómo usarlo, donde verás que no es nada difícil.

Pero lo que más me gusta de este programa, y lo que lo hace especialmente atractivo para aquellas personas que no son especialmente hábiles con el ordenador, es que no necesitas preparar nada, porque ya hay cientos de ejercicios guardados y a tu alcance. Cuando un usuario crea un Kahoot, puede guardarlo en modo público o privado; si es público, cualquier persona tendrá acceso y podrá utilizarlo en clase sin pedir permiso ni preparar nada más que el proyector y la pizarra.

Por qué mola tanto

Cuando tú utilizas uno de los tests (ya sea uno que hayas preparado tú o que ya estaba guardado), tus alumnos y alumnas verán la pregunta en la pantalla, pero no en su ordenador. Esto que parece una tontería viene muy bien para que toda la clase vaya al mismo ritmo y obligar a los más rapidillos a esperar a los demás. Al mismo tiempo, las respuestas tienen un límite de tiempo que eliges tú y puedes modificar a tu antojo (pero no quitar, aunque si das dos minutos para contestar te aseguras de no meter prisa a nadie), con lo que la actividad es dinámica y rápida.

Un pro que puede ser un contra, dependiendo del uso que le des, es que no guarda los resultados de las respuestas, por tanto no evalúa ni te sirve para tener un registro. Es perfecto para hacer un repaso lúdico, o para dejar que ellos y ellas creen un Kahoot para el resto de la clase, eso sí. Y, como con cada uso hay que meter nombres nuevos, puedes variar los grupos sin ningún problema.

Lo mejor de este programa es que no necesita preparación alguna. Solo necesitas tener una cuenta (of course), dispositivos móviles u ordenadores (que, a partir de quinto, deberías encontrar en todas las aulas) y, por supuesto, una pizarra digital. (Al escribir todo esto me he dado cuenta de que igual no es tan fácil de llevar al aula. No todo el mundo dispone de estos recursos, lo sé).

¿Que una clase hace aguas y no sabes como salir del atolladero? Espera, que busco un Kahoot sobre nuestra asignatura. ¿Que quieres hacerte una idea de qué han entendido y que no, pero sin ponerles un examen formal? Deja que jueguen un rato, pero tú toma notas. ¿Que está lloviendo fuera y quieres quedarte en el aula a la hora del recreo, pero con algo que hacer? Ídem.

Siempre he sido muy fan de Plickers, pero es verdad que, aunque también es muy intuitivo y fácil de usar, necesita un ratito de preparación cada vez que quieres llevarlo al aula. Kahoot, sin embargo, no, y solo en la última semana me ha salvado dos días de nieve en los que los peques estaban insufribles (y yo más). Un buen as que tener en la manga para los días raros, sin duda.

¿Has usado Kahoot alguna vez?

¿Recomendarías alguna otra app como esta?

Reseñas para docentes

Lectura obligatoria para docentes: Dilo en voz alta y nos reímos todos

29 enero, 2018

Hoy traigo una reseña de uno de esos libros que todo docente con un mínimo de humor (y sin él también) debería leer. Aunque salió en 2016, no ha sido hasta ahora que le he hincado el diente a Dilo en voz alta y nos reímos todos, por más que lleve desde que supe de su existencia queriendo leerlo.

Esas cosas que pasan cuando tienes una pila de libros pendientes más alta que tú, supongo.

Para matar el gusanillo, me hice seguidora de la hilarante cuenta de twitter que su autor, Nando J. López, maneja de manera sublime. Sus bromas y su habilidad para darle un doble sentido a GIFs que, en principio, nada tienen que ver con la educación, me han alegrado más de un día raro y han conseguido arrancarme una sonrisa cuando lo que quería era pegar a alguien.

Tenía un poco de miedo a que, tras tanto tiempo siguiendo la cuenta, los chistes del libro no fueran a hacerme tanta gracia, pero por suerte era un miedo infundado. No os engaño si os digo que me quedé sin aire de la risa en un momento dado, y lloré de tal manera que me dolía la tripa (de risa, claro).

Dos minutos, dos, estuve riéndome con este párrafo. Casi me ahogo. Qué mal lo pasé.

Nando es profesor de secundaria y en este libro cuenta anécdotas de su vida dentro del aula. Cualquiera que lleve más de dos meses dando clase es capaz de juntar un buen puñado de ellas, pero es que además él tiene la habilidad de reírse de sí mismo, de hacer autocrítica y, entre risas, tocarnos la fibra sensible con historias que no por conocidas nos afectan menos.

Porque sí, es divertido reírte de los estereotipos de alumnos y profesores, quejarte de las familias que tocan la moral solo por tocarla, contar aquella clase que tan horriblemente mal te fue (qué identificada me he sentido con su anécdota sobre su primera clase de alemán). Pero también existe esa otra realidad en la que niños y niñas de dieciséis años no pueden ir a las excursiones porque no pueden pagárselas, o no traen almuerzo porque no hay qué comer en casa.

Y es que dar clase es algo muy serio, como él mismo dice al final del libro, y por eso hay que saber reírse de uno mismo, de una misma, y diferenciar lo verdaderamente importante de lo que no lo es tanto. El trabajo de un docente no se limita a dar contenidos, y eso es algo que Nando tiene muy claro, aunque a veces a muchos y muchas se nos olvida.

Es curioso que él mismo se cuestione el significado de la palabra “vocación” cuando habla de su trabajo, porque, solo leyendo lo que escribe en el libro y lo que comparte en sus redes sociales, es fácil ver que es uno de esos profes alocados que está ahí porque le importa la materia prima: sus alumnos y alumnas. Una pena que, ahora mismo, haya salido del aula para dedicarse al cien por cien a ser escritor.

Pero también es verdad que sus obras no lo alejan demasiado de las aulas. Escribe literatura infantil y juvenil, teatro y literatura para adultos (lo que quiera que eso signifique, porque la gocé como una enana con Los nombres del fuego, aunque supuestamente era para adolescentes), y es conocido por su labor de visibilización de personajes LGTBQ a los que, fíjate qué curioso, trata como si fueran adolescentes normales y los mete en tramas en las que, ¡ostrás!, quien les guste o les deje de gustar no importa. También es de mencionar su manejo de las redes sociales, donde mantiene varias cuentas activas y responde a las interacciones de sus acérrimos fans (entre las que me encuentro).

Como siempre pasa en estos casos, mi pila de libros pendientes ha aumentado después de leer este, y ahora siento mucha curiosidad por El reino de las tres lunas y quiero comprobar si a mis peques les gustaría. Para mis ratos libres, sin embargo, me reservo La edad de la ira y Cuando todo era fácil, aunque eso de volver a vivir mi adolescencia me provoque un miedo intenso (con el primero, que el segundo es “para adultos”). Siempre he dicho que lo mejor de la adolescencia es que se acaba, aunque a algunos les suene un poco bestia.

¿Qué otros libros para docente recomiendas? 

Lecturas recomendadas

Lecturas recomendadas: Wonder, de R.J. Palacio

25 enero, 2018

Escuchamos poco a nuestros alumnos y alumnas. Les pedimos poco su opinión sobre qué cosas les gustaría llevar al aula, qué preferirían trabajar. Creemos saber más que ellos y ellas sobre lo que les conviene, tenemos un currículum cerrado a cal y canto en el que no dejamos que nadie nos cambie ni una coma, porque somos las personas adultas de su alrededor, tenemos la única verdad y el poder absoluto.

Pero haríamos bien en preguntarles más. Porque, cuando lo hacemos, nos responden con cosas maravillosas, con recomendaciones que nos dejan patitiesas, con opiniones bien meditadas (para su nivel madurativo). Sobre todo cuando les pedimos su opinión sobre los libros que leen. Nada más sincero que la opinión de un niño o una niña sobre sus lecturas. No es un grupo que hable para quedar bien o trate de no herir la sensibilidad del autor.

Eso me pasó con Wonder (o La lección de August, en castellano, aunque me parece un título horrible y mejor lo hubieran dejado en el original). De no haber sido porque les pregunté qué estaban leyendo y porque un niño me habló maravillas de este libro, nunca me habría animado a leerlo. Y me hubiera perdido una gran lectura y una muy buena oportunidad de conectar con mis peques, porque soy de las lerdas que desconfía de los libros súper ventas y mira con la ceja levantada a cualquiera que lea un libro del top 10 de la Casa del Libro.

(Y aún así caí con Harry Potter, claro. Y he leído a Stephen King. Y me chifla la serie de Pendergast, y del inspector Linley. Pero esas son excepciones, y solo los leo en verano, cuando no me ve nadie, ¿eh? En público leo a Ishiguro y Barnes. Porque soy muy culta y refinada. Qué os pensáis).

(Esconde todos los libros de John Green que puede encontrar mientras habla, no vaya a ser que descubran su verdadero yo).

También me producía cierto rechazo porque me daba miedo que tratara el acoso escolar con ligereza, como sigo pensando que hizo Por 13 razones, o que fuera excesivamente ñoño y “buen rollista”, empalagoso, como promete el trailer de la película con la insoportable Julia Roberts. De todas formas, lo compré para el colegio porque me lo pidieron en clase, y antes de llevarlo me lo he leído yo, para poder hablar luego con ellos y ellas de los temas que trata.

Menos mal que hice caso a aquel alumno. En buena hora.

De qué va

Para los que hayáis vivido en una cueva este último año, os diré que Wonder cuenta la historia de August Pullman, un niño con una deformación facial que empieza a ir al colegio por primera vez a los diez años. Su condición médica lo ha tenido hospitalizado tanto tiempo que habría tenido que faltar mucho a clase de haber formado parte de la educación tradicional, así que sus padres decidieron dejarlo en casa y darle clase ellos mismos.

(Nota al pie —bueno, más bien a la mitad—: Esto que tan raro nos parece y que a menudo se ve en las películas es de lo más normal en Estados Unidos. Las familias tienen derecho a educar a sus hijos e hijas en casa sin dar mayores explicaciones, siempre y cuando no tengan necesidades educativas especiales que necesiten de un especialista. Con que pasen un examen a final de curso que demuestre que tiene el nivel adecuado para su edad, suficiente).

Como es de suponer, el cambio en la vida de Auggie, como lo llaman en casa, es bárbaro. Es el centro de atención en el instituto (sí, este instituto empieza en quinto; los que yo conocía empiezan en sexto, pero como este es privado, a saber), sobre todo los primeros días. Aunque varios compañeros le toman el pelo y le hacen la vida imposible al principio, también conseguirá su pequeño grupo de amistades alrededor que harán que la incorporación a la “vida pública” valga la pena.

Pero no solo cuenta la historia de August, sino la de la gente que vive a su alrededor. Como la vida de su hermana Via, acostumbrada a tener que pelear por la atención de sus padres, a ser siempre “la hermana del chico deforme”, la segunda en todo. Me parece un personaje maravilloso, muy humano y con el que más de un niño y niña empatizará enseguida (yo me vi reflejada en muchas de las cosas que pensaba).

El libro también muestra lo mal que lo pasan otros alumnos y alumnas que, por la razón que sea, no terminan de encajar. Unos, porque no tienen tanto dinero como los demás; otras, porque no quieren ser del grupo de “los populares” pero se ven casi forzadas a serlo; todos, porque la edad exige cosas de ellos y ellas que no se les ha exigido antes.

En resumen: habla de cómo es la vida en el instituto para un niño con problemas, sí, pero pronto deja ver que nadie lo tiene fácil a esa edad.

Temas

Por supuesto, el tema del acoso escolar está presente en cada página, pero no solo hacia August, sino hacia otros niños y niñas. Se muestra la presión del grupo, y esa tendencia que tenemos (los adultos también, no lo neguemos) a comportarnos de una forma que los que nos rodean vayan a aceptar. El clasismo, el juzgar a los demás por su tipo de amistades… Todo eso que ocurre en cualquier instituto del mundo está presente en este también.

August es la representación de la resiliencia, un niño que lo ha pasado muy mal y aun así es feliz, pero no todo el rato. Auggie llora, se abraza a su madre, lo pasa mal y lo demuestra, incluso llora delante de sus amigos. Y ellos le abrazan, lo consuelan, le entienden. Le defienden.

Me gusta especialmente cómo se muestra el efecto que la presencia de August tiene en la vida de los demás, cómo toda su familia ha tenido que adaptarse a él. Me encanta el personaje de Via, que adora a su hermano y al mismo tiempo reniega de él en un momento dado, porque quiere sentirse normal y no puede, no con August como parte de su vida.

Y, sobre todo, me gusta el mensaje de fondo: que los niños y las niñas pueden ser crueles, sí, pero que en el fondo no lo son tanto y al final tienden a sacar su lado humano. La escena de la pelea en el bosque hizo que se me saltaran los lagrimones hasta la barbilla.

(Por no hablar de la fiesta de graduación. No había llorado así con un libro infantil desde el “Always” de Snape).

Edades para las que es adecuado

August tiene diez años y cuenta la historia en primera persona, así que cualquier niño o niña de nueve o diez años puede entender este libro sin mayor problema. En un momento dado, Via y su novio, Justin, también toman la palabra, pero, aunque son mayores y supuestamente su forma de narrar es más compleja, sigue siendo asequible para cualquier lector medio.

Los temas son perfectos para niños y niñas de cuarto para arriba. Auggie es adorable y la conexión con él va a ser inmediata.

Y, por supuesto, para los adultos también es perfecto. Preparad los pañuelos y los lagrimones hasta la barbilla.

Por qué lo recomiendo

¿Cómo no recomendarlo? Les habla de su día a día en su propio lenguaje. Les presenta a un niño del que pueden aprender mucho, con el que identificarse desde la primera línea, pero evita ser ñoño o caer en la lágrima fácil. Les muestra el daño que se puede hacer con las palabras, cómo se puede herir a alguien con un simple comentario. Y se lee con facilidad, porque sus capítulos apenas tienen un par de páginas.

Me da pena no tener tiempo para trabajarlo este año en clase, pero es un libro que me guardo en la manga para próximos cursos. Espero tener oportunidad de hacer algo con él en el aula, porque es perfecto para las clases de tutoría en primaria.

¿Has leído Wonder? 

¿Qué opinas de este libro?

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Cómo enseñar gramática sin morir de aburrimiento

22 enero, 2018

Odio enseñar gramática. Es la parte de cualquier idioma que menos me gusta enseñar, y creo que a mis alumnos y alumnas les pasa lo mismo. Lo odiamos todos y todas con tal fervor que se nos nota, a mis peques en los ojos vidriosos mientras tratan de fingir atención (o comprensión) cuando la explico, y a mí en lo mucho que la evito.

No importa que sea en castellano, en inglés, o en euskera, cada vez que me toca explicar el sintagma nominal, la diferencia entre el sujeto y el predicado o el temido ergativo, tiemblo. Por supuesto, cuando encima el idioma que das no es la primera lengua de la clase que tienes delante, la pesadilla ya es completa. ¿Para qué les voy a explicar el past perfect si no saben cuándo se usa ni para qué? Horroroso.

Lo curioso es que, cuando soy yo la que está aprendiendo el idioma, necesito las normas gramaticales como Jack necesitaba la tabla a la que Rose no le dejó subir (porque sí, cabían los dos). No sé si es porque a mí me enseñaron con el método gramatical o porque ya tengo una edad y domino bien las normas de otros tres idiomas, o porque mi cerebro ya está en otro nivel de abstracción (y con la mitad de sus neuronas muertas o desconectadas, sobre todo si es lunes a primera hora). Pero con cerebros jóvenes y hormonas inquietas, la gramática es una tortura.

Aún así, hay que darla, porque es importante que entiendan cómo funciona la lengua, o por qué no pueden decir “si sería”, o “I can has cheeseburger”, a no ser que seas un gato. A lo largo de los años he ido descubriendo algunas técnicas que funcionan mejor que soltar la chapa y ponerles luego a hacer ejercicios, y aquí os traigo una pequeña muestra de ellas. Algunas sirven mejor para lengua extranjera, otras para lengua materna, pero creo que a todas les podréis sacar tajada si las adaptáis un poco.

¿Ejercicios? ¿Qué ejercicios?

Reconocedlo: si alguna vez os ha tocado dar inglés, habéis puesto cientos de ejercicios de fill in the blanks donde tenían que colocar el verbo en tercera o primera persona. (Dichosa letra ese, oye. Mira que es fácil, y lo que nos cuesta. ¿Qué tendrá que es tan difícil?). O les hemos dado esas interminables fichas en las que tenían que subrayar el sintagma / complemento directo / verbo / parte horriblemente aburrida de lo que quiera que estés dando, para luego corregirlo en voz alta con toda la clase.

(Madre mía, me he aburrido solo de escribirlo. He tenido un momento de sinestesia tal que hasta he bostezado).

En lugar de hacer esos ejercicios de manera individual, ¿por qué no convertirlo en un juego? Puedes usar un montón de programas informáticos, ya sea Plickers, Kahoot, o EducaPlay, y hacer una competición (amistosa) en clase, que seguro que los motiva mucho más que las dichosas fichas.

¿Que no tenemos recursos para llevar a cabo ninguno de esos juegos? No pasa nada. Una pizarra, un papel grande, una pared donde se pueda escribir con tiza, y a competir. Dos grupos, dos lados de una raya. “Escribid tantos verbos como os sea posible en un minuto”, por ejemplo, y después de un minuto se cuentan las palabras y se van sumando puntos.

¿Que no te gusta el caos que montan cuando juegan en grupo? “Os voy a leer una frase. Si créeis que debe llevar ‘have’, levantad una pintura roja. Si es ‘has’, levantad el verde”.

Dichosa “gamificación”. O, lo que es lo mismo, meter un poco de vidilla a tu clase para que no te odien (tanto).

Encuentra el error

Llevas todo el año (o toda primaria, o los cuatro cursos de ESO) repitiendo las mismas reglas gramaticales. Se las tienen que saber ya al dedillo, es imposible que les quepa alguna duda, pero cada vez que les preguntas se lían y no son capaces de explicártelas. Qué he hecho mal, te preguntas, mientras te mesas los cabellos y te das de golpes contra la ventana. Dónde me equivoqué.

En la herramienta de evaluación, probablemente. El problema, muchas veces, es que les enseñamos con un objetivo concreto y los evaluamos de forma distinta. Si lo que quieres es que sepan aplicar la norma gramatical, dales oportunidad de hacerlo, pero no los pongas a rellenar huecos.

En lengua extranjera, por ejemplo, puedes pedirles que encuentren la frase que está bien escrita, y así te darás cuenta de si han interioridad la norma a un nivel en el que no son capaces de explicarte el porqué, pero sí aplicarla. (Bendito nivel). Plickers vuelve a ser una herramienta genial para esto, donde además unes la parte del juego.

También puedes darles frases mal escritas y pedirles que te expliquen la razón. Para rizar el rizo, vale intercalar frases que están bien. “Has ido a pillar, teacher”. Sí, qué pasa. Es mi trabajo.

Es importante recordar siempre para qué les estamos enseñando la dichosa norma gramatical. No es lo mismo enseñarla para que mejoren la expresión escrita en su propio idioma que para aprender a pedir un café en una lengua extranjera.

Las reglas no las he puesto yo

Hay una creencia muy extendida, tanto entre adultos como los que no lo son tanto, sobre que las normas gramaticales son cosas que las profesoras blandimos como cuchillos o guadañas sobre sus cabezas para hacerles suspender, pero que en realidad no sirven para nada. Es gente que confunde la gramática normativa de la descriptiva, algo muy normal cuando lo único que han hecho tus profes de lengua ha sido decirte “eso está mal porque lo digo yo”.

La gramática no es algo que se hayan inventado los Señores de la RAE (Señores con mayúscula, sí, y con cierto tufillo a naftalina). Las normas gramaticales, sin entrar en tecnicismos, son los cimientos que dan forma a una lengua y que todos y todas las hablantes de esa lengua conocemos, aunque no seamos capaces de describirlas con palabras.

Un nativo del castellano nunca dirá “la de la rota ventana habitación está”, porque sabe que el orden correcto de esta frase es “la ventana de la habitación está rota”. Ni siquiera una niña de tres años va a hablar así, aunque seguramente suelte un “está rompida” porque tiene razón, si siguiera las normas y fuera regular, ese participio sería “rompida”.

Esas reglas de funcionamiento, como un libro de instrucciones, están dentro de nuestro cerebro y son las que nos ayudan a hablar con corrección. La gramática descriptiva se limita a describirlas para poder explicárselas a los no nativos y poder justificar por qué se dice de una manera y no de otra.

Y luego venimos los profes de lengua y les machacamos hasta la muerte con normas que les obligamos a aprender de memoria, y solo conseguimos que se líen y desaprendan lo que ya sabían. Ay.

Una buena manera de evitar esto es dejar que sean ellos y ellas las que saquen conclusiones sobre una determinada regla gramatical. Aunque esto funciona especialmente bien en su lengua materna porque ya tienen la norma interiorizada, se puede hacer también en una segunda lengua con alguna de esas frases que repetimos hasta la saciedad todos los días.

En vez de explicarles que el sujeto y el verbo deben tener concordancia, por ejemplo, les enseñamos una serie de frases correctas y otras incorrectas para que sean ellos y ellas quienes encuentren la norma. En vez de repetirles hasta el agotamiento lo de “auxiliar, sujeto y verbo” de las preguntas del inglés, les mostramos las frases que usamos a diario bien escritas y mal escritas, y dejamos que lleguen a sus propias conclusiones.

Cuando nos damos cuenta por nuestros propios medios del funcionamiento de algo, el aprendizaje se fija mucho más que cuando nos la explican. Ya lo decía Confucio (creo; puede ser otro personaje histórico que vivió hace miles de años y que usa las redes sociales con gran habilidad): “Dime y olvidaré; muéstrame y podría recordar; involúcrame y entenderé”.

Y siempre será mucho más ameno, para todas las partes, que leerse un tocho insufrible que deberás encima aprenderte de memoria.

¿Qué trucos utilizas tú para enseñar gramática en clase?

¿Cuál es la parte de tu asignatura que menos te gusta y qué haces para no morir de asco cuando toca darla?

Blog Ideas y consejos para el aula de lenguas

Ley de Murphy docente: todo lo que pueda ir mal, lo hará

15 enero, 2018

A veces me da por echar la vista atrás (no cuando ando por la calle, a base de darme con farolas ya he aprendido) y recordar cómo era yo cuando empecé a dar clase. Decir que era pánfila es quedarse corta. Pardilla, pava, fantasiosa, feliciana, o una mezcla de todas se acerca un poco más.

Tenía muchas ganas de hacer las cosas bien, pero no tenía ni pajolera idea de cómo llegar a hacerlo. Y es que, en educación, “hacer las cosas bien” es un concepto tan vago como ese “echa un chorrito de aceite” de las abuelas cuando intentan enseñar a los nietos a cocinar, así que me costó muchos años de ensayo y error acertar con la manera correcta de “hacer medio bien” las cosas, la mayor parte del tiempo y con ciertas clases y asignaturas.

Sí: años después, aún no he encontrado la fórmula exacta.

Una de las cosas que sí se me ha quedado marcada a fuego es la que podríamos denominar Primera Ley Del Aula, eso que en el resto de profesiones y aspectos de la vida se llama Ley de Murphy: todo lo que pueda ir mal, irá mal, y normalmente al mismo tiempo.

Como soy un alma caritativa y hoy me he levantado generosa, he decidido compartir con vosotros y vosotras esos aspectos de la educación que, seguro, fallarán en algún momento y algunas ideas para evitarlo. Luego no digáis que no os he avisado.

Nunca te fíes de la tecnología

Os voy a contar un chiste sobre docentes. ¿Cómo identificas al profesor novato? Es el que lleva a toda la clase a la sala de informática a hacer una actividad sin encender los ordenadores antes para comprobar que funcionan todos.

Otro, otro, que me he emocionado. ¿Cómo identificas a la profesora novata? Es la que se trae una pedazo de lección para la clase de la primera hora sin comprobar antes que todos los aparatos que necesita funcionan.

Otro, otro, otro. ¿Cómo sabes que es la primera vez que un político, gurú de la educación o similar pisa un colegio? Porque nada más entrar te piden la contraseña de la wi-fi para conectar su aparato (electrónico, se entiende), ¡y esperan que funcione!

Me troncho.

Nunca, nunca, nunca se debe confiar de la tecnología de un centro, por muy bien que haya ido la conexión toda la semana, lo nuevos que sean los ordenadores, o lo bien que haya funcionado la pantalla digital desde que la instalaron.

Siempre hay que tener un plan B, no solo cuando hay tecnología de por medio (la Ley de Murphy Docente no rige solo las cosas que se enchufan), pero especialmente cuando la hay. Las posibilidades de que algo no funcione son equivalentes a las horas de preparación que le hayamos dedicado a la lección o unidad didáctica, es parte de la ley.

El único consuelo que queda es pensar que se puede guardar para otra ocasión. Y que, como ya está preparada, el día que todo funcione podemos echar mano de ella sin preparación.

(Pero rápido, antes de que los hados de Internet se den cuenta de lo que estás haciendo).

La fotocopiadora y sus caprichos

Nueve y cuarto de la mañana. Lucía ha llegado a trabajar un poco antes porque les ha puesto un examen para hoy y aún no ha podido sacar las fotocopias. (Otro día hablamos sobre los exámenes escritos y si sirven de algo, pero seguidme el rollo, porfa). La fotocopiadora ha pasado ya la edad de jubilación (la suya y la de la aquella profesora que empezó a trabajar cuando la instalaron y se jubiló hace un par de años) y decide que es buen momento para ponerse en huelga.

Ya son y veinte. Lucía, presa del pánico, hace todo lo que puede (gritar, apretar con fuerza el botón, jurar en arameo, buscar ayuda en otras incautas profesoras que también han ido a sacar fotocopias a esa temprana hora y también juran, golpean el teclado, abren la cajetilla de los folios, la vuelven a cerrar), pero no hay manera. El conserje está arreglando vaya usted a saber qué en vaya usted a saber dónde y no les puede ayudar.

Nueve y veinticinco.

Desesperada, Lucía decide ir al ordenador más cercano y conectar el pen-drive. Va a imprimir veinticinco copias en la impresora y que sea lo que tenga que ser. Pero el ordenador, quinto de la impresora, también decide que esas no son horas y tarda sus buenos cinco minutos en despertar. Son y media. Las voces de los niños y niñas resuenan por el pasillo. A las nueve y treinta y dos, Lucía consigue por fin abrir su archivo y darle a imprimir… Solo para descubrir que la impresora no tiene tinta.

Lucía llega tarde a clase, sin el examen impreso y con un ataque de nervios. Máquinas 1, Lucía 0. Alumnos, -15, porque la profesora está de tan mala leche que la clase de ese día es un infierno.

No seáis como Lucía. Cuando necesitéis fotocopias, sacadlas el día anterior, y si veis que andáis pillados de tiempo, recordad que la fotocopiadora es un ser temperamental y algo puede salir mal. Tened un plan B, que puede ser:

  • Mostrar lo que iba a ir en la fotocopia en la pantalla digital.

  • Si no hay mucho texto, dictarlo.

  • Pasar de las fotocopias olímpicamente y echar mano de alguna actividad para cubrir ese hueco (aquí puedes encontrar unas cuantas). Habéis sido alumnos/as, sabéis la ilusión que hace que se suspenda un examen. Tened corazón.

  • Sacarlos al patio (os adorarán por siempre jamás).

Pero, por favor, no mandéis al conserje a sacar las copias mientras les dais un cuarto de hora para repasar (en absoluto silencio y sin levantar la cabeza del libro). Eso nunca. Eso caca.

En tus horas libres, siempre faltará algún(a) compañero/a

Lo hemos hecho todas. Nos ha pasado en algún momento de la vida (y nos seguirá pasando, porque somos seres de costumbres, optimistas, creemos que la mala suerte es pasajera, que no podemos ser tan gafes, ¡por qué yo, Dios mío!). Miramos el horario y vemos una hora libre al día siguiente. “Bien”, nos decimos, “aprovecharé para [ponga usted aquí cosa súper importante con fecha de entrega cercana]”. Al día siguiente, nada más entrar por la puerta, la jefa de estudios nos informa de que tenemos que hacer una sustitución.

—¿Y tengo que ser yo? ¿No hay nadie más? —decimos, en un intento de negociación que sabemos inútil—. Es que tenía que [ponga usted aquí cosa súper importante con fecha de entrega cercana] y, si no lo hago hoy, me voy a tener que quedar hasta las mil por la tarde.

—No hay nadie más. Solo tú.

(Toda la vida esperando oír estas palabras y te las tiene que decir la jefa de estudios. No hay derecho).

Y agachamos la cabeza cual cordero al matadero pensando en que hoy también nos vamos a quedar sin Netflix.

Nunca se debe contar con las horas libres, igual que tampoco son seguros los recreos. Esas horas exclusivas que tanto brillan en el horario con sus cantos de sirena tampoco son de fiar, porque siempre hay alguna reunión que no te esperas o una familia que no pide cita y quiere hablar contigo. En realidad, las únicas horas libres aseguradas son… las que metes en casa.

Nunca te fíes de tu horario. Tu horario miente. Tu horario es todos los pacientes del doctor House.

El material de plástica que lleva ahí meses desaparecerá en cuanto tú lo necesites

Los últimos tres años me ha tocado dar la asignatura de plástica en inglés, algo que me encanta (la mayor parte del tiempo) porque me chiflan las manualidades y soy adicta a Pinterest. A veces la inspiración me venía de una idea que veía en un tablero, pero otras era el material que solía ver en la sala de profesores, día sí y día también, lo que me hacía pensar en un proyecto.

El día que iba a por el material para empezar con la actividad era el día que desaparecía. Aunque llevara allí años. Aunque nadie supiera ni para qué servía.

(Una vez, dos semanas después de haber comprado yo una remesa de masa blanca para modelar que usar con los mayores, volvió a aparecer la caja entera que había ido a buscar y no estaba. Creo que esta ocasión no fue Murphy, sino mi miopía. O algún duendecillo malvado que me cambió las cosas de sitio).

El material que no compra una misma no existe o tiene tendencia a desaparecer. A no ser, claro, que hagas como mucha gente que conozco: según llega el pedido, se llevan la mitad a su clase y luego, si eso, se lo puedes pedir a ellas. (Te darán lo que necesitas si les caes bien. Y si tienes menos guardias que ellas hechas este mes. Y si les cambias el patio del viernes. Para siempre).

La lista de cosas que pueden ir mal en un centro es tan larga que podría escribir un libro con ella, así que de momento lo voy a dejar aquí. Mi consejo, siempre, es tener un plan B para cualquier actividad (y quizás no venga mal un C, D y así hasta Z). Cualquier cosa puede trastocar una lección que creíamos maravillosa, y más nos vale que la clase no nos pille en un renuncio.

¿Qué otra Ley de Murphy docente recomendáis evitar?

¿Qué os ha pasado a vostras/os que os haya servido de lección?