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Fomentar la lectura en casa: trucos para criar lectores

18 septiembre, 2017

Este año, como los y las fieles del blog ya sabéis, me toca ser directora del centro (llorad por mí, sí, que a mí me da pereza). Aparte de eso, y por trabajar en una escuela pequeña de una sola línea, me toca también dar lengua castellana en un sexto en el que la mayoría del alumnado es castellano-parlante con euskera como segunda lengua. Esto, para alguien acostumbrado a que nadie pueda dirigirse a ella en el idioma que enseña (solo decir “can I go to the bathroom?” les cuesta un triunfo), supone un lujazo que pienso aprovechar de lo lindo.

Uno de mis objetivos este año es fomentar la lectura por placer. Mis peques están en una etapa en la que lo primordial es que les guste leer, ya sea cómics, El Hobbit o el equivalente a Teo para su edad (que parece ser El diario de Greg, por lo que he visto hasta ahora). En clase busco textos que les enganchen, que les llamen la atención y les hagan disfrutar, porque, aunque se creen muy mayores y les da la sensación de que ya lo saben todo, ahora es el momento de trabajar lo básico para ayudarles a comprender textos más complejos. Cuando lleguen a secundaria ya les tocará enfrentarse al reto que supone leer los clásicos, pero para entonces, si la base está bien puesta, tendrán las herramientas que les permitan coger las lecturas obligatorias por los cuernos.

Hablamos siempre de actividades para el fomento de la lectura en el aula, y yo la primera, pero cada vez tengo más claro que la afición a la lectura es algo que se tiene que trabajar en casa. Los niños y niñas a las que les gusta leer vienen con esa afición puesta, no es algo que les hayan enseñado en la escuela. Y al revés también pasa, claro: seguro que no soy la única a la que una madre o un padre preocupado le ha preguntado cómo hacer para que su niño o niña lea. “Es que le obligo a leer media hora todas las noches, pero no quiere”.

Pues claro que no quiere. Porque eso es un castigo.

Así que el post de hoy no es tanto para docentes como para familias, aunque también puede servirte para ofrecérselo de guía cuando necesites responder a algún padre o madre. Es un intento de contestar a todos aquellos que alguna vez me preguntaron “¿cómo consigo que mi niño/a deje la consola (o el móvil, o la tele) y coja un libro?”, dividido, además, por edades, porque lo que funciona a los ocho no funciona a los catorce. A ver si estás de acuerdo.

Nunca es demasiado pronto para empezar

Cuando hablamos de lectura, mucha gente cree que se refiere solo a la lectura activa, pero se puede enganchar a un bebé a los libros incluso antes de que sepan qué es una letra o diferencien los colores. En cuanto un bebé es capaz de mantenerse erguido en el regazo de un adulto, ya es buen momento para empezar a leer cuentos. Elige libros de colores vivos y páginas de cartón, deja que los manipulen y los chupeteen, que los tengan como juguetes. Deja que oigan tu voz repitiendo patrones, señala los dibujos mientras lees, haz los ruidos que correspondan a los animales de la página, o el chuchú del tren.

Si desde pequeños relacionan el momento del cuento con estar bien a gusto en brazos de mamá, papá, la tía o su hermano, la lectura siempre tendrá ese puntito de “sofá-manta-té caliente (y gatos)” que tanto nos gusta a los devoradores de libros. Y eso es lo que buscamos a estas edades, porque es la base de lo que vendrá después.

Ante todo, divertido

Cada vez que entro en la sección infantil de una librería, se me dan vuelta los ojos. Qué cantidad de preciosidades se publican hoy en día para niños de tres a seis años, qué maravilla de dibujos, de encuadernaciones, de historias. Casi me dan ganas de tener hijos solo para poder llenar la casa de esos libros.

(Pero solo casi. Se me pasa pronto, en cuanto me doy cuenta de que puedo comprarlos para las de educación infantil y ahorrarme los digustos.)

Leer con niños y niñas que ya saben hablar bien pero que aún no saben leer es una de las mejores cosas de mi profesión. Hasta en inglés, idioma que el noventa y nueve por ciento de mis alumnos no ha oído hablar hasta que entro yo en clase el primer día (bueno, sí: algunos ven “Pepa Pig” en inglés), leer libros llenos de colores con trampillas, puertas secretas, objetos para contar o rimas muy repetitivas les chifla. Te piden que lo vuelvas a leer ocho veces (y tú lo haces, claro, hasta que te lo sabes de memoria), comentan lo mismo en la misma página cada vez que lo lees, se aprenden las frases de memoria. Leen sin saber leer. Participan.

Y, para mí, ese es el momento clave. Si llegados a esa edad sienten pasión por los cuentos y los libros que les lees, aprovecha y llena su mundo de libros. La biblioteca del barrio, la del cole, libros prestados, los que puedas comprar tú… Haz de cada libro un mundo, un descubrimiento. Déjales disfrutar a su manera, que puede ser pararse en una página durante diez minutos a ver las ilustraciones y preguntarte por qué un barco pirata lleva una calavera en la bandera. Que participen.

Aparte de estar creando futuros lectores y lectoras, al leer en voz alta antes de que los peques sean capaces de leer por sí mismos estás ampliando su vocabulario, mejorando su gramática y, si encima lees en otro idioma que no sea el materno, le estarás facilitando el aprendizaje.

Todo ventajas, vamos.

Cuando empiezan a leer sin ayuda

Para que un niño o una niña sea capaz de decodificar sus primeras palabras, su cerebro ha tenido que pasar por un montón de procesos que lo han moldeado de forma irreversible. Pasan del aquí y ahora a tener una mente lógica, a entender símbolos abstractos y dotarlos de significado, a unir sonidos y grafías de forma casi natural.

Pero leer no es algo natural. No está en nuestro código genético; no es como el habla o el aprendizaje de idiomas, para lo que tenemos toda un área especializada para ello. La escritura es una invención humana relativamente moderna que tiene mucho más que ver con las matemáticas y las reglas fijas de nuestro hemisferio izquierdo que con el derecho, más creativo y espontáneo, aunque siempre pensemos en la escritura como algo artístico. No todo el mundo consigue llegar a ese nivel de abstracción al mismo tiempo, y algunos tendrán problemas. La lectura no ocurre por arte de magia y no se puede forzar: algo tiene que hacer “click” en nuestro cerebro para que se pueda conseguir.

Algunos niños y niñas empiezan a leer a los cinco años, otros incluso antes. A los seis, la gran mayoría ya lee, pero muchos se quedan rezagados y no es hasta los ocho donde alcanzan cierta fluidez. Qué agobio nos pillamos entonces, tanto docentes como familias, qué problemas, qué dramas. Y a veces es tan simple como darles un poco más de tiempo, seguir exponiéndoles a la lectura y trabajar la conciencia fonológica. No podemos adelantar el proceso, pero tampoco sabemos cuándo su cerebro va a dar ese paso, va a hacer ese “click” que le permita ser capaz de leer por sí mismo; cuando lo haga, será mejor que nos pille trabajando, para darle así el input que necesita.

He visto incontables casos de niños y niñas que se frustran en este nivel y pierden la afición por la lectura, ya sea porque les cuesta mucho o porque no pueden leer los libros que se supone que deben leer por su edad. Y me da rabia, porque hay un montón de libros que les gustarían y podrían leer sin ayuda, aunque estén por debajo del nivel que deberían tener, y otro buen montón que podemos leerles los adultos. La literatura, en su más tierna infancia, empezó siendo oral. A veces eso se nos olvida.

Cuando los peques ya puedan leer solos, ese primer año van a hincarle el diente a todo lo que puedan descifrar solos. Eso no significa que ya se haya acabado el ratito del cuento por la noche, o esos domingos por la tarde en el que nos tiramos en el sofá a leer con ellos algún libro de cuando eran “pequeños” (porque ahora son taaaaaaaan grandes…). Tenemos que intentar que la lectura nunca pierda el componente afectivo, porque, si lo piensas bien, es lo que hace que tú y yo sigamos leyendo también de adultos.

Cuando ya leen porque “tienen que”

A partir de tercero de primaria, los libros de texto se transforman. Ya no hay dos o tres frases con letra ligada para explicar algo, ahora hay textos con párrafos que necesitan leer y entender. Ahora es más importante que nunca que lean todo lo que puedan, porque cuanto más lo hagan más fácil se les hará, y mejor entenderán los textos de Conocimiento del Medio o los problemas de matemáticas. La lectura se convierte en una herramienta de aprendizaje, probablemente la más importante.

Y aquí lo que más ayuda es el ejemplo. Las maestras y maestros tenemos la puñetera manía de decirles a los padres que su niña o niño tiene que leer más, que necesitan media hora o una entera todos los días para agilizar su fluidez. La lectura se convierte en (¡ay!) deberes, y no hay cosa peor. Y las familias (muchas) nos hacen caso, y los encierran en la habitación, y les dicen “¡tienes que leer, lee, toma el libro que yo (o la maestra) he elegido y lee!” mientras en la sala se oye la tele a todo volumen.

¿Con qué vas a relacionar el libro a partir de ahí? Con un castigo, obviamente. Me meten aquí, apartada del mundo, mientras ellos van a ver una peli y a jugar con el móvil.

Si en lugar de eso en casa se dedica media hora al día (o una hora entera, o toda la tarde) a leer en familia, nos evitamos un montón de problemas. Ni siquiera hace falta que se lean libros, con el periódico vale, o blogs si nos da la gana; nos ponemos con la tablet en el sofá, sin tele y sin distracciones, y les dejamos a los peques que lean lo que quieran. Lo que quieran ellos y ellas, ojo, no lo que queramos los adultos.

¿Que les apetece un cómic? Cómo no. ¿Una revista? Por qué no, también es leer. ¿Un libro para niños más pequeños que ya se saben de memoria? Sí. Y lo mismo si cogen un libro que no te parece apropiado para su edad. Entenderán lo que puedan, pero daño no les va a hacer.

(Ojo: hablo de leer las obras de Shakespeare a los diez años, no de 50 Sombras de Grey. Cada uno en su casa verá a qué temas expone a sus hijos e hijas, ahí ya no me voy a meter, pero sabed que luego lo cuentan todo en clase, ejém.)

Otro consejo que he visto que funciona es tener la casa llena de libros, o al menos tener la costumbre de hacer viajes frecuentes a la biblioteca. Y no tienen por qué ser solo libros infantiles: pon a su alcance todo tipo de libros, de cualquier género y cualquier época. Cuando yo era pequeña, mis padres tenían una colección de premios Nobel y otra de clásicos de la literatura que les regalaron cuando se casaron. Si no tenía otra cosa que leer porque ya me había acabado todos mis libros, los cogía de ahí. Leí un montón de literatura rusa antes de los trece años; aunque no me aprovechara mucho en términos de entender la obra (no entendía el ochenta por ciento de lo que leía), me ayudó a desarrollar un vocabulario que se salía bastante de la media.

Si queremos que lean, tienen que vernos leer. Es lo único que funciona.

(Y a veces, ni eso.)

¿Qué hago con un(a) adolescente a quien no le gusta leer?

Empecemos por decir que hay muchos menos adolescentes a los que no les gusta leer de lo que creemos. Una cosa es que no les guste leer el tipo de libro que a nosotros nos gustaría que leyeran, y otra muy distinta que no lean.

(Una vez un alumno le dijo a su tutora: “Yo no he leído un libro en la vida, pero el de Belén Esteban me lo leería”. Estuve tentada de comprárselo, pero vivo en una ciudad en la que me conoce mucha gente.)

Los adolescentes leen. Leen blogs, leen mensajes de texto, leen libros de sus youtubers favoritos. Pero claro, queremos que lean cosas “buenas”, textos “que merezcan la pena”, algo de lo que podamos fardar delante de nuestro cuñado.

(“Mi hijo lee a Dostoievsky, pero no soporta a Tolstoi”. Esto mientras tomamos té en taza de porcelana con el meñique levantado.)

Pero claro: justo esos son libros que nunca se han leído en casa. Libros de los que nunca se ha hablado en casa.

Todas las novelas están inspiradas, queriendo o sin querer, en libros que vinieron antes. Es imposible no encontrar una unión entre un libro de literatura infantil o juvenil y un clásico de la literatura. Harry Potter bebe de los clásicos griegos, y no es tan difícil dar el salto a El señor de los anillos (ya sé que es un salto del copón, fans de Tolkien, no me matéis); todas las historias de amor que tanto se venden hoy en día con portadas azules y letras de lettering rosas tienen su origen en los dramas de Shakespeare y demás dramaturgos isabelinos, que a su vez copiaron historias celtas más antiguas; a alguien interesado por la ciencia ficción y los cómics se le puede guiar con facilidad hacia Philip K. Dick, Ursula K. Le Guin o Stephen King (que no todo van a ser señores con pechera y chorreras, leñe).

Pero si en casa no se lee, no se habla de libros, no hay una costumbre literaria, dar ese salto es muy, muy difícil. Y no estoy hablando, ni mucho menos, de familias con muchos recursos o un nivel sociocultural alto. No hace falta ser filóloga o catedrática para leer, ni que en nuestra casa tengamos todas las obras de García Márquez; pero interesarnos por lo que leen y preguntarles de vez en cuando qué les gusta, qué les apetece y, sobre todo, que nos vean leer, hará maravillas en la cantidad de libros que devoren al año.


Ya sé que no es tan sencillo y que no hay fórmulas mágicas. En la afición a la lectura entran factores tan variados que sería imposible identificarlos todos. Yo soy una lectora voraz que disfruta leyendo, pero mi hermano rara vez se sienta con un libro, y crecimos en la misma casa (también es verdad que él tiene TDA y es incapaz de estar veinte minutos quieto; algo que también debemos tener en cuenta con nuestros alumnos y alumnas, que a veces les obligamos a estar sentados cinco horas al día sin darnos cuenta de que les es físicamente imposible). Conozco mucha gente que no ha disfrutado de la lectura, por lo que sea, hasta bien entrada la edad adulta.

Sin embargo, creo que si los cogemos desde pequeños podemos hacer más que si nos echamos las manos a la cabeza al verlos cumplir dieciséis sin haber cogido un libro desde los ocho. Lo que sí es seguro es que la lectura como castigo u obligación (en casa, que ya sabéis lo que opino de leer ciertas obras en el instituto) nunca ayudó a crear afición. Y si pretendemos crear lectores y lectoras, tendremos que cambiar el chip, tanto en la escuela como en casa.

 

¿Qué te incitó a ti a leer?

Si tienes hijos/as, ¿cómo les animas a leer? 

 

(*Por cierto, por si alguien se lo preguntaba: sí, el bebé de la foto soy yo. ¿A que era monísima? Cómo nos estropeamos, madre.)