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Quiet, o el valor de la introversión

12 febrero, 2018

Hace unos meses llegó a mis manos Quiet, un libro que no conocía y que me recomendó Fernando Alcalá (co-autor, junto con Georgia Costa, de La segunda revolución, que si no habéis leído deberíais, porque está a punto de salir la segunda parte y ya vais tarde). En Quiet, su autora habla de lo que significa ser una persona introvertida en un mundo en el que se premia a las personalidades extrovertidas, ruidosas, líderes, y de lo duro que resulta fingir lo que no se es por no destacar (o, incluso peor, desaparecer).

Yo siempre me he considerado una persona introvertida, pero dudé mucho tras leer este libro porque no sé hasta qué punto coincido con las descripciones que Susan Cain ofrece. No soy especialmente tímida (aunque tampoco soy el tipo de persona que se pone a hablar con su compañera de asiento en el autobús), no me da miedo hablar en público más allá de los nervios normales (creo), no me cuesta conocer gente nueva si es un grupo recién formado (si son amigos de toda la vida y la única nueva soy yo, sí, claro) y suelo viajar con completos desconocidos en grupos organizados de los que siempre saco alguna nueva amistad.

Leyendo Quiet, llegué a plantearme si esa etiqueta que me había colocado me correspondía realmente, porque parecía que los sujetos de quien ella hablaba eran incapaces de funcionar bien en sociedad, y no es mi caso (al menos, no ahora, aunque lo ha sido). A ver si va a resultar que, después de tanto tiempo, voy a ser extrovertida y no lo sabía…

Pero luego recordé que mi plan de domingo favorito es no tener nada que hacer y poder quedarme leyendo en casa, o dar un paseo eterno pensando en mis cosas si el viento del norte no amenaza con llevarme al otro lado del Muro. Que después de varios días de socializar y conocer gente, necesito por lo menos los mismos días sin ver a nadie. Que a partir de las nueve de la noche soy incapaz siquiera de contestar WatsApps, no digamos ya una llamada de teléfono.

>Sí, creo que soy introvertida.

Por suerte, yo soy adulta, y la etiqueta que me ponga o me deje de poner es cosa mía, ya no importa. Lo que sí me gustó mucho del libro es su mención del sistema educativo y lo enfocado que está a fabricar líderes, gente que hable, que dé su opinión. Hasta leer a Cain, nunca me había planteado cuánto de mi tarea docente está enfocado a niños y niñas extrovertidas, y qué poco valoro las cualidades de los y las introvertidas.

¿Cuántas veces he podido decir, a lo largo de mis más de veinte años en el aula, “participa poco en clase”, “no habla”, “nunca da su opinión”?

¿A cuántas familias les habremos dicho aquello de “tiene que jugar más en el patio, en lugar de sentarse en un rincón a leer”? ¿”No sabe trabajar bien en grupo, siempre prefiere tareas individuales”?

(Y sí, tienen que aprender a trabajar en grupo, es una cualidad importante, pero ¿todo el rato? ¿Siempre bajo las órdenes de otros? ¿Poniéndose de acuerdo en absolutamente todo?).

Últimamente, se ha puesto muy de moda el trabajo cooperativo, algo que valoro mucho porque estoy convencida de que los niños y niñas se explican mejor las cosas unos a otros que lo que les pueda explicar una persona adulta. Pero para un/a introvertido/a, trabajar en grupo puede ser una auténtica pesadilla, sobre todo en aquellas tareas en las que no se les permite un momento de trabajo individual. Tener que negociar todo cuando tienes muy claro cómo hacer las cosas es una tortura comparable a escuchar tres discos de reggae uno tras otro. Os lo digo porque lo he vivido en mis propias carnes.

(Lo de trabajar en grupo. Lo de los tres discos de reggae no, gracias a dios).

Eso no significa que los introvertidos no necesiten aprender a trabajar en grupo, porque es una herramienta que les va a permitir ser socialmente competentes y la van a necesitar en el futuro. Pero tal y como se hacen los trabajos de grupo hoy en día, no sé hasta qué punto tenemos en cuenta las cualidades que este tipo de alumnado puede aportar al grupo y lo mal que se lo hacemos pasar cuando no enfocamos bien su labor.

Solo hace falta tenerlos en mente para hacer pequeños ajustes que les (nos) faciliten un poco el trabajo y puedan demostrar todo lo que valen. No hace falta complicarse demasiado la vida, pero sí cambiar el punto de vista.

Grupos heterogéneos sí, pero igual no tanto

Los grupos deben tener distintas habilidades, cómo no. La teoría dice que, en un grupo de cuatro, lo ideal es colocar dos peques “del montón” (odio esta expresión, pero permitídmela para no enrollarme), uno especialmente habilidoso y otro a quien le cueste un poco. Eso, claro está, en lo que a habilidades cognitivas se refiere.

Pero en esa mezcla también deberíamos tener en cuenta las personalidades de sus componentes. Si tenemos una sola niña introvertida en un grupo donde todas las demás son líderes, esa niña nunca va a mostrar todo su potencial y no va a abrir la boca ni a participar. Si, además, la juntamos con alguien con quien haya tenido algún problema en el recreo o la haya avergonzado en un momento dado por darle un corte a destiempo en clase (sin malicia, seguramente, solo porque sus personalidades chocan), más todavía.

Tenemos cierta tendencia a separar a los grupos de amigos cuando hacemos grupos de trabajo, porque pensamos que en lugar de trabajar se van a poner a jugar. Pero no nos damos cuenta de que las amistades suelen ser caracteres afines, y que si tan bien nos llevamos es porque somos parecidas y podemos llegar a trabajar bien juntas.

Aunque claro, también es verdad que aquí entran muchos factores en juego, como esos amiguetes que, cada vez que se juntan, amenazan con quemar el colegio, o los que se llevan bien precisamente por su incapacidad de centrarse en nada, o por tener el mismo déficit de atención. Pero, por lo general, juntar personalidades afines suele funcionar.

Énfasis en “suele”. A veces.

Reparto de tareas

En la teoría del trabajo cooperativo se hace hincapié en que los niños y niñas tiene que tener muy clara cuál es su labor en el grupo, y para ello nada mejor que asignársela desde el principio. Así nos evitamos, entre otras cosas, que uno trabaje y el resto se rasque la nariz hasta que llegue el momento de poner su nombre en el proyecto. Nos ha pasado a todos y seguirá pasando, pero nuestra labor como docentes es intentar evitarlo.

(¿Es ese de ahí Sísifo con su piedra? ¡No! ¡Es un docente intentando que todos los componentes del grupo trabajen al máximo de su capacidad!).

Algunos de los roles que se pueden asignar en un grupo de cuatro: portavoz, secretario/a, moderador/a y controlador/a del tiempo o calendario (“venga, gente, que solo nos quedan diez minutos para acabar la clase y no hemos hecho nada” / “tenemos dos días para hacerlo, así que hay que ponerse las pilas”). Hay muchos otros, claro (encargado del material, informático, apuntador), pero estos serían los básicos.

Lo ideal es que el profesor o profesora sea la encargada de otorgar los roles teniendo en cuenta la personalidad de cada uno y una. Pero por favor, sin trampas. No vale lo de “este niño es muy callado, así que voy a ponerlo de portavoz para que se abra un poco”, porque el pobre chaval va a sufrir horrores cuando se le ponga frente a la clase. Usemos sus fortalezas, no sus debilidades. Una persona callada será feliz apuntando lo que digan los demás (con voz y voto, por supuesto), igual que una personalidad fuerte es la perfecta para meter prisa a la gente porque se están tocando las narices.

Incluir algo de trabajo individual, incluso en las tareas de grupo

Los introvertidos trabajamos mejor en soledad. Necesitamos cerrarnos al mundo, empezar por el principio y terminar una tarea antes de enfrentarnos a la siguiente. Aunque por motivos de La Vida (así, en mayúsculas) he tenido que aprender a ser multitarea, cuando hago bien las cosas de verdad es cuando tengo una lista de la que voy tachando, por orden de importancia, las cosas que voy haciendo antes de ponerme con la siguiente.

Ayuda mucho dar un trabajo individual a la persona introvertida del grupo. Quizás sea la responsable de pasar a limpio el proyecto mientras los demás debaten cómo diseñar el mural / Power Point / maqueta, o el proyecto mega-guay que toque. Quizás sea la persona encargada de buscar en internet las dudas que vayan surgiendo, de hacer los cálculos necesarios para encontrar la escala, de cortar las piezas del móvil.

Lo que sea. Pero necesitan (necesitamos) algo que les permita respirar, apartarse un momento y concentrar la energía en algo en lo que son buenos y buenas, algo con lo que no tengan que negociar. No nos damos cuenta de lo agotador que puede ser tener que llegar a acuerdos con todo el mundo.

O sí. Porque cuando llegas a adulta no te queda otra, y es horrible.

A ver si conseguimos ahorrarles los disgustos hasta que tengan que asistir a su primera reunión de vecinos.

¿De qué otras maneras podría ayudarse al alumnado introvertido?

¿Recuerdas alguna situación en la que te hubiera gustado trabajar a solas?