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Recomendar lecturas a nuestros alumnos y alumnas: qué y por qué

25 septiembre, 2017

Creo que uno de los mayores problemas que tienen algunos docentes es que han perdido el contacto con su alumnado. No saben qué les gusta, no les preocupa cómo pasan su tiempo libre y les da exactamente igual de qué humor vengan a clase por las mañanas. Son gente a la que lo único que parece importarle es su asignatura y su clase (que no es poco, ojo, porque a algunos ni eso), y una vez la dan (bien, que no tienen porque ser malos docentes) su labor ha terminado. Los chicos y chicas aprenden, sí, pero no disfrutan. O no tanto como podrían.

No comulgo mucho con las nuevas tendencias que dicen que los niños y niñas tienen que venir al colegio a ser felices, o que hay que hacer de la clase poco menos que un patio de recreo para facilitar su aprendizaje, no van por ahí los tiros. A clase se viene a aprender, si es posible disfrutando, pero lo del pino-puente y las piruetas con las orejas para que te hagan caso mejor lo dejamos para otro momento.

Pero creo que hay un mundo entre uno y otro extremo. Ni con el látigo y “me da igual lo que te guste, tú tienes que aprender esto y punto”, ni con algodones y ese “haz lo que quieras, que no necesitas que yo te guíe y vas a aprender igual haciéndolo tú solo/a aunque te cueste treinta años más” que parece que se ha puesto tan de moda. En el punto medio está la virtud, que diría Aristóteles. Y en el punto medio también está el tema de las lecturas para el aula y qué tipo de literatura deberíamos recomendar a nuestros alumnos y alumnas.

Ya dije en un post anterior (y varias veces después) que estoy a favor de las lecturas obligatorias. Creo que la lectura y la literatura no son solo diversión, sino un medio para entender el mundo y una herramienta para convertir a nuestro alumnado en seres pensantes que no se conformen con el mundo que les rodea. No toda la literatura tiene ese poder, y a veces tenemos que enfrentarles a libros e historias que se les hacen difíciles, que quizás no entiendan y que, seguro, no les van a gustar, pero son la clave para hacer de ellos las personas que yo, al menos, quiero que dirijan el mundo en el futuro.

Lo que no quiere decir que la literatura no tenga su función como elemento de ocio. Enseñar a un prepúber a disfrutar con un libro y perderse en una historia es una de las cosas más bonitas de nuestro trabajo, y no te digo ya hablar de libros con ellos y ellas. Pero para hablar de libros que les gusten y ser capaces de recomendarles algo que sabes que les va a gustar hay que ponerse a su altura. No vale indicarles lo que a nosotras y nosotros nos gusta, desde nuestra perspectiva de adultos todo poderosos. Hay que pensar como ellos, ponerse en la piel de una niña de trece años o de un chaval de doce, preguntarles y dejarse guiar. Hoy en día hay millones de libros para elegir, y, como siempre, algunos son malos, otros son buenos o muy buenos y unos pocos me parecen hasta peligrosos.

Si queremos animar a la lectura y hacer de nuestros alumnos y alumnas más jóvenes gente que prefiere perderse en un libro que quedarse dos horas viendo Sálvame, debemos saber qué leen y, a poder ser, leerlo también. Durante años, cada vez que intentaba recomendarles un libro, me iba a los que me gustaron a mí cuando tenía su edad: La señora Frisby y las ratas de Nimh, Momo, La historia interminable… Pero me di cuenta de que ya se han quedado antiguos, de que estaba delante de una nueva generación: mis alumnos y alumnas no tienen los mismos gustos que tenía yo entonces. Necesitaba un nuevo repertorio.

Este verano he ido por primera vez al festival Ceslsius de Avilés. Aparte de pasármelo en grande y poner cara a un montón de gente que ya conocía por redes sociales (y que han resultado ser más maravillosos y maravillosas en persona, algo que no creía posible), me he puesto al día en literatura infantil y juvenil, o al menos he empezado a dar pasos en esa dirección. Volví con la maleta llena de libros, muchos de ellos pensados más para mis alumnos de sexto de primaria que para mí, y he aprovechado agosto y las tardes de piscina (y tormenta, que esto es el norte) para leer hasta cansarme. Qué lujazo, qué gusto, qué vicio. Qué bien me lo he pasado.

Tanto es así que he decidido hacer de esto una costumbre, y ya de paso compartirla aquí. Empezando esta misma semana, voy a hacer una pequeña sección de reseñas en las que hablaré de literatura que podamos recomendar a nuestro alumnado o, incluso, trabajar en clase con la seguridad de que les va a gustar. No siempre será literatura contemporánea, y no siempre será juvenil; hay clásicos que a los chavales les encantan, y si no me creéis podéis pasar por mi clase y hablar de Tolkien con algunos de mis alumnos.

En esta sección, que se publicará el último jueves de cada mes, hablaré de por qué determinado libro me parece adecuado para el aula o para recomendárselo a los chicos y chicas, y hasta donde pueda, echar una mano con los temas y lanzar ideas sobre cómo trabajarlo en el aula, si es que queréis hacer alguna lectura dialogada o seleccionar algunos pasajes. También trataré de clasificarlos por edad, aunque quizás sería más certero hablar de edad lectora. Mientras algunos de mis alumnos siguen con El diario de Greg, otros leen El Hobbit y alguno se ha pasado a la literatura young adult con cinco o seis años de adelanto.

Como este jueves será el primero, voy a empezar con el libro que más me ha gustado este verano y al que tengo especial cariño: La Segunda Revolución, de Costa Alcalá. Os hablaré más de él en la reseña, pero ya os adelanto que, si os gustó Harry Potter, este os va a encantar.

Si queremos que lean, tenemos que darles el material adecuado. Ofrecerles una biblioteca adecuada en clase o en el centro, tener una clara idea de los libros que hay ahí fuera. No a todos les va a gustar El guardián entre el centeno, pero si podemos evitar que lean Crepúsculo y sus sucedáneos, algo habremos ganado. O eso quiero creer.

¿Tienes algún libro en mente que recomendarías a chavales entre 12 y 18 años?

¿Qué leías tú a esa edad?