Blog la educación en la ficción

Las casas de Harry Potter y las escuelas “muggle”

23 abril, 2018

Me encanta la saga de Harry Potter (los libros más que las películas, pero las películas también, sí, porque sale mi amadísimo Alan Rickman y ¡ay!, voy a dejar de hablar de él porque igual me echo a llorar). No soy mucho de fantasía, pero pocos libros hay que me haya leído más veces que los siete tomos del niño mago, y ninguna serie de libros ha logrado nunca engancharme tanto como esta.

Leí en algún sitio que hay decenas (si no cientos) de tesis doctorales escritas sobre la saga escrita por J.K. Rowling donde, entre otras cosas, analizan por qué una historia tan simple y tan manida como la del niño huérfano que solventa las adversidades ha tenido tanto éxito. Yo no he llegado a hacer tesis, pero sí le he dado suficientes vueltas para tener una opinión sobre el tema. Opinión personalísima y muy poco científica de una persona que se ha leído cada libro una decena de veces, lo que quiera que eso valga. 

Y es que estoy convencida de que el éxito se debe a la universalidad de sus temas. La lucha del bien contra el mal, el débil ganando al fuerte, las injusticias que se acaban pagando, el racismo, el miedo al que dirán, la envidia, la fuerza del amor (sin tirar de ñoñerías), elegir lo correcto sobre lo fácil… Creo que no hay ni una sola persona en el mundo que no pueda encontrar un tema en los libros de Harry Potter que no le llegue, en mayor o menor medida.

Y si no lo hay, se rebusca hasta encontrarlo, como ha hecho aquí la que os escribe. Porque yo he encontrado un análisis perfecto de las escuelas muggle fijándome en las casas de Hogwarts y en el tipo de alumnado que alberga. Sí, mucho Voldemort y mucha leche, pero Rowling ha clavado el panorama educativo actual en, me atrevo a decir, Europa entera.

¿Que no? Esperad, que voy.

SPECIALIS REVELIO

Slytherin: El colegio privado cristiano de élite del mundo mago

La casa de Salazar Slytherin es famosa por sus conexiones con el poder más oscuro y más, ejem, poderoso. El padre de Malfoy tiene contactos con el primer ministro mago y sus amiguetes están repartidos en todos los estamentos del gobierno. La gran mayoría de los chicos y chicas de esta casa vienen de familias “bien” cuyos padres y madres también fueron miembros. Son racistas, xenófobos y clasistas y no quieren que nadie venga a quitarlos de su sitio.

En el mundo muggle, se me ocurre una denominación de escuela que encaja muy bien con esta descripción, pero que no voy a poner por escrito porque soy una cobarde y porque a ver quién es la guapa que se enfrenta a Slytherin, leches.

O, en lenguaje muggle, lo que viene a ser un “con la iglesia hemos topado”, vaya.

Por supuesto, de ambas (la escuela de ficción y la escuela muggle) sale gente buena. Gente que entró allí porque se sentía obligada por la familia o que cambió de parecer más tarde (ay, mi Severus…), que se ha dado cuenta de que esos valores no se corresponden con la persona en la que se ha convertido. Pero son los menos. Por desgracia, la gran mayoría, dada la opción, prefiere quedarse en la élite que dan el dinero y el poder.

Ravenclaw: El colegio privado bilingüe

En Ravenclaw solo entra la gente más inteligente. El sombrero dichoso tiene sus propias técnicas para saber qué cabezas son las más espabiladas y en las escuelas muggle nos tenemos que conformar con exámenes de entrada, pero, aunque las técnicas son distintas, el objetivo es el mismo: seleccionar a los que más saben.

Sí, es verdad que también hay colegios públicos bilingües, pero en esos está prohibido por ley hacer selección del alumnado a través de un examen (aunque se hace igualmente, alegando que las clases bilingües son “una rama especial, tienen que saber inglés”). Lo de privado también va porque en estas clases suele darse la “curiosa coincidencia” de que las familias tienen un nivel socieconómico tirando a lo alto, al menos lo suficiente para darle clases particulares al nene o la nena y mandarlo a Londres de vacaciones para que practique.

Concertado también me vale, claro.

Gryffindor: La élite dentro de lo público

Quienes trabajamos en educación sabemos muy bien que siempre ha habido clases, incluso en la red pública. Hay colegios con mejor fama que otros, hay institutos donde las familias se dan bofetadas por entrar. Sea por los resultados, por la metodología o por las modas, cuando un centro público coge buena fama deja de ser… tan público, pongámoslo así.

Y es que en Gryffindor no entra cualquiera. Entran los valientes, los que trabajan, los que luchan por sacarse las castañas del fuego; los que, en su gran mayoría, tienen una familia que les apoya y se preocupa por ellos (vale, sí, menos Harry, pero Harry es el Héroe y tiene que hacer el viaje solo, él no cuenta), que van a hablar con los profesores cuando hay un problema, que les cambian de escuela si ven que las cosas se tuercen. (¿Era Seamus o Dean el que estuvo a punto de cambiar tras la muerte de Cedric? Hola, sí, soy la que alardea de haberse leído el libro un montón de veces).

Gryffindor, en la vida real, representa ese centro en el que las familias empiezan a meter tanto los morros que a veces hay que pararles los pies y recordarles que en la escuela trabajan profesionales, que sabemos lo que hacemos y que sus hijos e hijas están en buenas manos. Es ese centro público que la gente a veces confunde con un concertado.

Y eso, aunque lo parezca, no siempre es bueno.

Hufflepuff: La escuela pública de toda la vida

En Hufflepuff da igual cuáles sean tus grandes virtudes o defectos. Da igual que seas lista o valiente, torpe o ágil, formal o gamberrete. Aquí entra todo el mundo, porque no se selecciona (bueno, sí, el sombrero te pone donde toca, pero vamos, es un “es que no sé que hacer contigo, my darling” como una casa). Eso no significa que el alumnado de Hufflepuff no sea tan capaz como el del resto de las escuelas (acordaos de Cedric), simplemente significa que no destacan.

De momento. Porque, como se demostró en el Torneo de los Tres Magos, tener un poco de todas las cualidades y saber utilizarlas y combinarlas puede hacerte ser el elegido y llegar el primero.

Aunque luego un mago psicópata te fulmine de un disparo hechizo. 

 

Yo tengo claro en qué escuela quiero trabajar y qué escuela me representa más. Cuando Pottermore no era más que un invento recién estrenado, el Sombrero Clasificador me colocó en Hufflepuff, y no pude estar más orgullosa. Después, en la nueva versión, me colocó en Gryffindor y ya no me hizo tanta gracia. Qué le vamos a hacer, soy hija de clase trabajadora y me veo representada en ese tipo de alumnado. Que no digo que la clase media tenga nada de malo, pero, ay, no soy muy de menús ecológicos o la importancia del yoga en la clase de gimnasia. Y al próximo que me hable de neurociencia, le incrusto el iPad que nos intentan vender todos los días en la oreja.

Qué agonía, madre. 

 

¿Qué otras lecturas (o películas, o series de televisión) has llegado a comparar tú con las escuelas muggle? 

 

Blog Formación y recursos para el aula de lenguas

Educar en el feminismo: sí, se puede

16 abril, 2018

Hace unos días terminé de leer el libro Educar en el feminismo, de Iria Marañón. Cayó en mis manos casi de casualidad, pero llevaba meses con ganas de ponerme con él porque, aparte de llevar el feminismo como etiqueta personal, tengo la suerte de trabajar en un centro que se toma muy en serio la igualdad de género y los derechos LGTB+.

Mi intención era hacer una reseña del libro que poder encajar en la sección de “reseñas para docentes”, pero en seguida me di cuenta de que este libro estaba más dirigido a familias que a gente que trabaja dando clase. Tiene ideas muy interesantes que comparto al cien por cien y recomiendo a cualquiera con hijos e hijas que le dé un buen repaso, pero para el aula no lo termino de ver.

Claro que no por eso iba a dejar de hacer una entrada sobre feminismo. Anda que no me gusta poco el tema.

Tras la noticia de que el tribunal supremo ha declarado que las ayudas a colegios que segregan por sexos son legales, este tema está más de actualidad que nunca. Ahora resulta que poner a las chicas a hacer ganchillo mientras los chicos van a ver un estadio de fútbol no es solo aceptable, sino deseable, o que mandar a casa a una chica (o casi detenerla) porque se le ve la tira del sujetador o “su atuendo despista a los chicos, que no se pueden concentrar en los estudios” es lo más normal del mundo, porque ya se sabe que la educación de ellos es más importante que la de ellas.

A veces tengo la sensación de que unos extraterrestres viajeros del tiempo me han secuestrado y me han colocado en una época que no es la mía, porque no me puedo creer que estemos volviendo hacia atrás en ciertos temas de esta manera.

Educar en el feminismo, aunque muchos agentes de la sociedad lo nieguen, sigue siendo tan importante como lo ha sido siempre. No se trata de darnos palmaditas en la espalda porque las niñas de nuestra clase juegan a fútbol o los chicos visten de rosa, sino de empoderar a unas y educar a todos y todas en el concepto de que el ser humano no tiene que tomar el modelo masculino por defecto, y que “ser un chicote” no es el objetivo de una educación feminista.

Mucho más fácil decirlo que hacerlo, claro. Varios estudios demuestran que, por muy concienciadas que estemos, las personas que trabajamos en educación pecamos de los mismos defectos que el resto de la sociedad a la hora de tratar de distinta manera a una niña o a un niño. Gente que creía no hacer diferencias ha tenido que ver con horror su imagen grabada en vídeo siendo sexista de forma accidental, simplemente porque tenemos un montón de actitudes grabadas a fuego en nuestro día a día que es muy difícil quitarse si no somos conscientes de que lo hacemos.

Pero se puede, o al menos se puede intentar. Educar en el feminismo es ir tan a contracorriente que es normal que de vez en cuando las olas nos venzan y nos empujen hacia la playa. No se puede dejar de bracear en ningún momento, incluso cuando solo sirva para no perder el terreno que hemos ganado, no para avanzar. Pero hay que hacerlo. Porque el feminismo es tan necesario hoy como lo fue hace doscientos años, por más que nos repitan que no es para tanto y ya lo tenemos todo ganado.

Más de sesenta muertes de mujeres al año víctimas de la violencia machista.

Creo que con eso queda claro que no hay nada ganado.

Educar en el feminismo: más difícil de lo que parece

El primer paso cuando una persona quiere educar en el feminismo es la autoevaluación. De verdad os digo que, por muy feministas que nos creamos, todas las personas cometemos una serie de micromachismos (y de machismos sin micro) de los que no nos damos cuenta hasta que alguien nos los señala.

Amelia Barquín, profesora universitaria experta en temas de género y multiculturalidad con la que he tenido la gran suerte de formarme durante los últimos años, es la responsable de que en mi colegio las gafas violetas sean parte del uniforme. Con ella hicimos, entre otras muchas cosas, un pequeño experimento (muy personal y muy poco científico) en el que nos pidió que nos fijáramos con detalle en cómo tratábamos a los chicos y chicas en nuestras clases. En un cuaderno teníamos que apuntar cosas como a quién premiábamos más, o cuántos turnos de habla les dábamos a los chicos y a las chicas, qué tipo de lenguaje usábamos con unas y otras, etc. El objetivo era hacer una autoevaluación que luego comentábamos en grupo.

Los resultados de este estudio os sorprenderán, como diría aquel.

Nuestro experimento fue cutre-salchichero, pero fue suficiente para que nos diéramos cuenta de que, por ejemplo, damos más voz a los chicos, incluso sin darnos cuenta; de que perdemos antes la paciencia con una niña movida (y la calificamos de “movida” incluso si se mueve mucho menos) que con un chico; de que utilizamos palabras como “guapa, preciosa, bonita” con ellas y “campeón, grandullón, listo” con ellos; de que alabamos la ropa nueva de las niñas o su nuevo peinado, pero no el de los niños, o no al mismo nivel. Desde su más tierna infancia juzgamos a las chicas por su apariencia y aceptamos que “los chicos se pegan y las niñas se abrazan” como si fuera algo genético en lugar de cultural.

Lo hacemos todas. Lo hacemos todos. Incluso cuando nos decimos a nosotras mismas que no, yo no, qué dices, jamás.

Enmendando errores

El primer paso para educar a niñas y niños en el feminismo es ponerse las gafas violetas y enfocarlas a nuestro propio ombligo. Cuando somos capaces de darnos cuenta de las meteduras de pata de nuestro día a día, ya estamos en el agua, ya estamos nadando.

Claro que, para ver las meteduras de pata, hay que saber mirar. Y quizás necesitemos ayuda de fuera y alguien que señale nuestras incongruencias para que las podamos ver. Aceptar que no somos seres perfectos y paritarios duele, y quizás nos cueste un esfuerzo. Debemos escuchar cuando alguien nos diga que lo que estamos haciendo es sexista. No lo descartes. Mírate de verdad, dale una vuelta, asegúrate de que no tienen razón antes de pensar que no es verdad.

Y, incluso si decides que no tu gesto no ha sido sexista, piensa que a esa persona se lo ha podido parecer por cualquier razón. No la llames exagerada, ni le digas aquello de que “es que tú ves machismo en todas partes”. Spoiler: el machismo está en todas partes.

Una vez nos hayamos mirado el ombligo y nos hayamos dado cuenta de qué pie cojeamos (y cojearemos, vaya si cojearemos), ya podemos empezar a corregir nuestros pasos. Cada persona es un mundo y cada una mete la pata en un sito distinto, pero aquí os dejo una lista de errores bastante comunes incluso entre gente muy concienciada con el feminismo. El noventa por ciento de estos errores los he tenido que corregir en mí misma, incluso después de darme cuenta de que “feminista” no era un insulto y podía sentirme orgullosa de serlo.

  • Si no se lo dirías a un niño, no se lo digas a una niña. Al revés también funciona (y con personas adultas, aún más). “Siéntate con las piernas juntas”, “no te tires al suelo que te manchas el vestido”, “vaya señorita estás hecha”, “ya eres mayor para llorar de esa manera”, “eres el hombre de la casa”, “a las chicas no se les pega”… Reconocedlo, lo hemos dicho. Lo hemos hecho.
  • No alagues su físico, ni a unos ni a otras. Los y las niñas pequeñas ponen mucho valor en su ropa y se mueren de ganas por enseñarte su jersey nuevo, su corte de pelo nuevo, sus zapatillas. Puedes apreciarlas con un “qué zapas más chulas”, o “ya veo que te has cortado el pelo” sin decir “qué guapa estás”, “qué bien te sienta”. Les basta con que lo veas, que te fijes, sentirse especiales, pero no hace falta que le digas “pareces una princesa”. Las princesas que ellas conocen, los referentes de los cuentos, se pasan el día esperando al príncipe muertas de asco en el castillo. No queremos ese modelo para nuestras niñas.
  • Usa piropos neutros o usa los mismos con unas y con otros. Si a una niña de doce años le dices “cariño”, a un niño también. Si te suena ridículo llamarle a un niño así, piensa por qué. Tienen la misma edad, ¿por qué a una le das más cariño y apego que al otro?

(En euskera, una palabra que me gusta mucho es “laztana”, equivalente a “cariño”. La usaba a menudo con las niñas, hasta que me di cuenta de que con los chicos, a partir de tercero o cuarto, dejaba de usarla. En lugar de eliminarla, la empecé a usar con los chicos. Muchachotes de sexto que yo creía a vuelta de todo empezaron a abrazarme y a pedir mimos, y una madre me dijo que su hijo le había dicho, muy contento, que le había llamado “laztana” en clase. Lección aprendida).

  • La violencia no es aceptable en ninguna de sus formas. Los chicos tienen por costumbre “jugar a pelear”, pero cuando vemos a dos chicas llegando a las manos, normalmente la bronca va en serio y no les gusta que los chicos “jueguen” con ellas. Deben aprender otras maneras de relacionarse. No podemos normalizar la violencia de ninguna manera, y tienen que aceptar que, si le dan un cachete en el culo a una niña y ella se enfada, no es “una broma” (aparte de ser algo muy serio que no deberíamos dejar pasar).
  • Evita dividir la clase en grupos de chicos y chicas. Así, además, evitarás discriminar al alumnado trans.
  • El dichoso fútbol suele ocupar el noventa por ciento del espacio del patio. Es buena idea programar días sin fútbol durante la semana, aunque también ayuda llevar alguna actividad complementaria para que el alumnado más movido pueda desfogarse. Además, si aprenden un juego que les guste más que el fútbol, puede incluso que no haya que programar esos días. (Sí, siempre fui una soñadora. Qué le vamos a hacer).
  • Si tienes la oportunidad, pide a alguien que haga una auditoría feminista en tu clase para que te ayude a medir, de verdad, el tiempo que les permites hablar a los chicos y chicas, o las veces que llamas a unas y a otros, o cuántas veces les llamas la atención y por qué. Hazlo con una compañera con quien tengas confianza, porque oír los resultados va a doler.

Educar en el feminismo es complejo, muy complejo. Es luchar contra nosotras mismas, contra todo lo que nos han enseñado; es desaprender un montón de creencias que damos por ciertas y nunca lo han sido. El camino es largo, pero se empieza siempre por el primer paso. Solo el hecho de que queramos darlo ya nos hace avanzar.

¿Cómo trabajas el feminismo en tu clase?

¿Qué situaciones has tenido que corregir?

Blog Fin de curso

El tercer trimestre: ¡socorro!

9 abril, 2018

Creo que hoy es el primer día en unas cuantas semanas en el que todos los docentes estamos otra vez trabajando. Los festivos de cada comunidad y cada colegio hacen que unos cojan las vacaciones antes y otros después y las acaben más tarde, aunque al final en todas partes tenemos los mismos días lectivos.

Y como no sabemos callarnos, no hacemos más que alardear de “jeje, vosotros ya habéis vuelto y aquí tenemos una semana más”, que es la vuelta a aquel “cómo me gusta la semana blanca”. Desde carnaval, los celos han estado a flor de piel en Twitter y demás redes.

Entre docentes, digo. No te digo ya la gente que solo tenía fiesta los días marcados en rojo en el calendario.

(Mi más sentido pésame. Sí, ya sé que tenemos demasiadas vacaciones).

Pero ya estamos todas y todos de vuelta, y delante tenemos uno de los mayores terrores del año: El Tercer Trimestre. Así, con mayúsculas y música lúgubre, en blanco y negro y protagonistas de ojos muy grandes mirando fijamente a la cámara.

También es conocido como el último esfuerzo, el sprint final, el vengaunúltimoempujónqueestoyaestá, o madre mía qué largo se me están haciendo estos tres meses.

Para los niños y niñas, no tanto. Para ellos y ellas representa la promesa de las vacaciones, de no estudiar y estar con los amigos (aunque más de uno y más de tres me han dicho, al cruzarnos por la calle en pleno agosto, que estaban deseando empezar las clases otra vez). Para los y las docentes también, pero nosotras sabemos que, antes de que llegue el bendito treinta de junio, hay mucho, MUCHO, que tenemos que hacer.

Porque de repente nos hemos dado cuenta de que no vamos a terminar el temario. Qué terminar, ¡si estamos por la mitad del libro!

Porque no nos acordábamos de que habíamos programado tres o cuatro actividades para este trimestre, por eso de que están cansados y rinden menos, mejor darles un paseo.

Porque tenemos reuniones con las familias, evaluaciones, ACIs, PIREs y esas dichosas decisiones difíciles sobre si determinada alumna repite o no.

Porque ahí fuera es primavera, ¡por fin!, y daríamos cualquier cosa por sentarnos en una terraza en lugar de estar aquí dentro tratando de explicar las conjugaciones de los verbos irregulares del inglés.

Pero no desesperemos. Sí, suena a topicazo, pero ya está el pescado vendido. Solo quedan tres meses (ni eso, que los niños terminan antes y la última semana de papeleo no es para tanto) y hay un puente en medio.

Lo malo es que esos tres meses son mucho más largos que los tres primeros meses del curso, y a la vez mucho más cortos por la cantidad de trabajo que nos espera. Vamos, que no se acaban nunca, hasta que te das cuenta de que no quieres que se acaben porque no te da la vida y tienes que…

Ay, que os había dicho que no había que desesperar.

Cómo afrontar el tercer trimestre sin perder la razón

El otro día me puse a limpiar el estudio de mi casa y encontré una postal que me había mandado una amiga, fechada en 1999. Fue el año que me fui a trabajar a Estados Unidos, y para entonces ya llevaba tres años siendo maestra. El estómago me dio un respingo al darme cuenta de que el año que viene hará veinte años (¡veinte!) que empecé mi aventura americana.

Sí, soy así de vieja.

Así que sí, he vivido ya unos cuantos terceros trimestres, y os puedo asegurar que, en mi ya larga experiencia laboral, nadie ha muerto ni ha terminado en la cárcel por no terminar todo lo que se supone que tenemos que terminar en este tiempo. Sí, hay cosas que hay que hacer sí o sí y más nos vale llevarlas al día, pero otras podemos relegarlas para el principio del curso que viene o, si no repetimos colegio, simplificar la tarea.

A ver si me explico.

Prioricemos

Esto viene al pelo también para nuestra vida personal, pero ¿cuántas de las cosas que consideramos urgentes son realmente urgentes? Si nos paramos a analizar nuestro día a día y todos los pequeños detalles que hacemos porque “tiene que hacerse, es urgente”, nos daríamos cuenta de que muchas de esas cosas quizás no importen tanto.

Hay que poner las notas sí o sí. Hay que reunirse con las familias una última vez sí o sí (aunque puedes adelantarlo y no necesitas pasar más de media hora con todas y cada una de ellas). Hay que asistir a las reuniones de evaluación sí o sí.

Pero igual no hace falta crear una carpeta en el ordenador con todas las fotos del curso para mandárselas a las familias. Es un detalle bonito, vale, pero si estamos hasta el cuello quizás no sea prioritario.

Igual podemos delegar la fiesta de fin de curso en alguna familia voluntariosa que quiera echar una mano. Incluso si eso significa que la fiesta no es exactamente como a nosotras nos gusta.

Y tampoco pasa nada si en el baile que hemos preparado con nuestra clase alguien da un paso fuera de ritmo. Cuando las personas adultas lo hacemos, parecemos ridículas; cuando lo hacen los niños y niñas, son la anécdota adorable de la función.

Tenemos que aprender a delegar, a darnos cuenta de que nada en nuestro trabajo es tan importante que merezca que nos pongamos enfermas.

De verdad.

Prioricemos.

Terminar el temario o morir en el intento

Spoiler: morir en el intento.

Si estamos todavía por la mitad del libro en abril (o dos tercios, me da igual), siento deciros que hace falta poco menos que un milagro para terminar todo lo que supuestamente tenemos que dar.

(Digo supuestamente porque el libro de texto no manda. El currículum está basado en competencias, y quizás esas ya estén trabajadas para febrero. E incluso los contenidos mínimos que marca la ley son mucho más vagos que la unidad quince del libro de matemáticas).

Si nos centramos en el ma-me-mi-mo-mu del día a día y forzamos el motor para llegar a la meta con más o menos gracia, lo único que vamos a conseguir va a ser quemarnos y quemar a quienes nos rodean (que en este caso es nuestro alumnado). Y es que el tercer trimestre es engañoso, porque no son tres meses: hay puentes, jornadas continuas donde el cambio de horario nos descoloca a docentes y alumnado por igual, excursiones, ensayos para la dichosa fiesta de fin de curso…

Esas cinco horas de lengua a la semana van a ser, con suerte, dos o tres. A ver quién es la guapa que se centra en semejante desbarajuste.

Por eso, a veces lo mejor es moderar la velocidad. El fin de curso es como una carretera llena de curvas, si aceleras corres el peligro de salirte y darte un buen golpe.  Mejor ir despacio y disfrutar del paisaje, por muchas ganas que tengamos de llegar.

(Sí, estoy llevando la dichosa metáfora del coche demasiado lejos y ya me he perdido, soy consciente. He acelerado demasiado, me he dejado llevar por el GPS y —BASTA).

Si los temas que quedan por dar nos parecen imprescindibles, hagamos un resumen y saltémonos las partes horribles del libro que nos cuesta dar (y a ellos y ellas entender). Aprovechemos para hacer un proyecto lo más manual posible, o echar mano de la tecnología y dejar que disfruten. Los y las docentes no somos las únicas que están cansadas a estas alturas de curso.

Y para esas últimas semanas en las que no tenemos muy claro si somos educadoras o canguros muy bien pagadas, podéis echar mano de estas actividades que evitan las grescas en clase.

Vamos a calmarnos un poco

Por propia experiencia, la peor época del año es el final del segundo trimestre. El cansancio hace mella, los nervios están a flor de piel y saltamos por cualquier cosa. También es la época en la que suelo enfermar, y sé que no soy la única. Son tiempos duros.

El final del tercer trimestre quizás no sea tan duro porque promete vacaciones y el buen tiempo ayuda (al menos aquí, que adoramos a esa cosa amarilla que se ve en el cielo y vemos muy de vez en cuando), aunque el cansancio también se nota. Es más fácil que saltemos por tonterías y que no estemos dispuestas a aguantar cosas que a principio de curso sí aguantamos. Y no, no estoy hablando de los problemas que nos puedan dar los niños y niñas, sino entre compañeras. Que trabajar con gente es muy duro, leñe.

Relajémonos. Dejemos pasar esas pequeñeces que el cansancio magnifica. Respiremos hondo cuando esa compañera que siempre llega tarde llega más tarde que nunca. Contemos hasta diez cuando el gamberro de clase la vuelva a liar. No contestemos inmediatamente a la nota incendiaria que nos ha mandado ese padre que ha dado por saco todo el curso.

Sé que es difícil (vaya si lo sé), pero por experiencia os digo que no merece la pena.

Es buena época también para trabajar la convivencia en clase y organizar juegos cooperativos, dar caña a las clases de tutoría, hablar de temas quizás no tan académicos y sí más personales. Después de todo un año con ellos y ellas, ahora que los conocemos, podemos saber qué les hace felices y qué les agobia.

Recordemos lo importante

Ser especialista de inglés en una escuela de una sola línea tiene su lado bueno y su lado no tan bueno. En el no tan bueno está que te vuelves loca corriendo de una clase a otra, te tragas todas las reuniones de evaluación y poner notas es un infierno. En el lado bueno, que conoces a casi todo el colegio por nombres y apellidos, a las familias e incluso a los perros que vienen a buscar a los más pequeños.

Y eso es algo muy, muy bueno (sobre todo lo de los perros, ¡que me gusta a mí un chucho!). Porque me ayuda a recordar que yo estoy aquí por los niños y niñas. Que lo mejor de mi profesión, lo más importante, son ellos y ellas. Y los lagrimones que suelto cada fin de curso cuando digo adiós a los de sexto son, al mismo tiempo, lo mejor y lo peor de mi trabajo.

A veces, en las prisas del día a día, en las carreras por llegar a vaya usted a saber dónde, nos olvidamos de los niños y niñas. Tenemos tanta prisa por terminar el temario, por acabar de decorar esa carpeta con las fichas, por asegurarnos de que han terminado el libro de ejercicios, que nos olvidamos de disfrutar de ellos y ellas.

Dejemos lo académico a un lado durante un mes. Centrémonos en las personas que tenemos delante. Disfrutemos de ellos y ellas, observemos su personalidad, su comportamiento, su situación en el mundo. Conozcámoslos. Sobre todo si no los vamos a volver a ver (porque nos vamos del centro, porque es el último curso de la etapa), aprovechemos para pasar tiempo con ellos y ellas. Lo recordarán más que cualquier tema de historia, cualquier “phrasal verb”, cualquier conjugación irregular.

Recordemos lo importante. Recordemos el objetivo de nuestro trabajo: formar personas válidas, fuertes y seguras de sí mismas.

Total, para dentro de dos semanas se habrán olvidado de todo ese temario que tanto nos apresuramos por terminar.

¿Cómo organizas tu tercer trimestre?

¿Qué cosas son para ti imprescindibles estos días?

Blog Reseñas para docentes

Inteligencia emocional y Al este del Edén

2 abril, 2018

No sé si son cosas mías, pero me parece a mí que hay una tendencia muy marcada estos últimos años de tomar conceptos más viejos que la tos, darles una vuelta “innovadora”, ponerles un nombre en inglés y vendérnoslos como si fueran inventos nuevos. Lo han hecho con el constructivismo, con la pedagogía de Montessori, con la dichosa “gamificación”… y también con la inteligencia emocional. Es uno de esos elementos del ruido que nos rodea ahora mismo a los docentes, otra de esas cosas que todo el mundo anuncia que tenemos que tener en cuenta.

Pero esta vez, creo, tienen razón. Alguna vez habían de acertar.

La inteligencia emocional puede definirse, a grandes rasgos, como nuestra capacidad para entender nuestro estado de ánimo y cómo nos influye en las decisiones que tomamos. Es fácil de entender cuando pensamos en todas esas veces que nos hemos dejado llevar por un arranque de mala leche y hemos destrozado un abono de fútbol porque nuestro equipo llevaba una temporada pésima, hemos roto una amistad por una pelea tonta o comprado un coche porque estábamos de euforia hasta las orejas.

No es algo nuevo ni que se haya inventado este siglo, y las personas adultas tenemos cierta tendencia a darnos cuenta de qué nos está pasando o por qué actuamos como lo hacemos.

(Bueno, no todas. Diría que un mínimo de población adulta. Y no todo el tiempo, claro).

Lo que sí es novedoso es que el concepto se haya integrado en las aulas en los últimos años, tratando de llamar la atención sobre el hecho de que los niños y niñas son más propensos a dejarse llevar por sus emociones y no saben por qué se están comportando de una manera u otra, cuando saben que lo que están haciendo está “mal”.

¿Cuántas veces habéis preguntado “por qué le has pegado” y la respuesta ha sido “no sé”? ¿Cuántas veces habéis hablado con el graciosete de clase pidiendo que se porte bien, sabiendo que es un gran chaval, y habéis recibido más de lo mismo en la siguiente clase?

Tener en cuenta la inteligencia emocional de los niños y niñas es sinónimo de tratarlos como personas completas y complejas. Buscar la causa de su mal comportamiento es mucho más efectivo que castigar, no digamos ya del por desgracia clásico “ya no hay nada que hacer con este crío”. Debería ser algo que los docentes tuviéramos muy claro en cuanto entramos en clase, pero por desgracia no lo es.

Yo nunca lo di en la carrera. A lo más que llegué fue al filtro afectivo de Krashen, que se le parecía un poco pero no era lo mismo.

Y aquí es donde entra Steinbeck.

Libros, genios, premios Nobel y educación

Soy de las personas que relee libros, lo que mi cartera agradece que no veas. En mi estantería abundan los libros que he leído más de una o dos veces; de hecho, en los últimos tiempos, el baremo que uso para decidir si voy a guardar un libro o lo voy a donar/regalar es “¿voy a leerlo otra vez?”. Si la respuesta es no, en la próxima limpieza sale de casa.

A veces releo porque no entendí bien el libro la primera vez, o porque no estaba en un estado mental adecuado para esa historia. (Decidme que no soy la única a la que le pasan estas cosas. Decidme que también tenéis libros que no podéis leer en según qué momentos de vuestras vidas). Otras, porque son libros muy complejos que necesitan dos lecturas para poder abarcarlos del todo.

La mayoría de mis relecturas, sin embargo, se deben a que la historia me engancha de tal manera que de vez en cuando necesito volver a ella, ya sea porque algún acontecimiento de mi vida me la recuerda, sale en una conversación o, simplemente, la echo de menos. Middlesex, White Teeth, Beloved, El guardián entre el centeno, La Regenta… No sé cuántas veces habré leído cualquiera de estos libros.

Pero al que vuelvo una y otra vez, el libro que cae en mis manos al menos una vez cada dos años, es Al este del Edén, de John Steinbeck. Algo tiene esta historia que me hace regresar a ella cada poco, y en cada lectura encuentro algo que se me había escapado la última vez. Hace un mes volví a cogerla, pero esta vez la leí despacio, con lápiz y cuaderno, subrayando cada párrafo que me decía algo y marcando el libro cada vez que el corazón me daba un brinco o tenía ganas de llorar ante la evidencia de que yo nunca, nunca, nunca, nunca escribiré así.

(No podía yo compararme con otra persona, no. Con Steinbeck, nada menos. Y cuando no es él, Virginia Woolf. O Zadie Smith, o Toni Morrison. Masoca soy, joroba).

En esta nueva lectura intenté enfrentarme al libro con una mirada feminista (sí, hago estas cosas, QUÉ PASA), porque estoy convencida de que Steinbeck habría sido un aliado si llega a nacer unos años más tarde. Pero tuve que dejar esta visión cuando me di cuenta de otra cosa: Steinbeck era periodista antes de escritor de ficción, pero habría sido, además de feminista, un gran docente.

Para quienes no se hayan leído el libro (A QUÉ ESTÁIS ESPERANDO, ALMAS DE CÁNTARO), solo voy a explicar que la historia gira alrededor del mito de Caín y Abel (acaban de morir varios expertos en Steinbeck ante semejante simplificación, pero permitidme la licencia para poder centrarme en lo que quiero decir), con un hermano muy bueno y uno muy malo, al menos en la superficie. Aaron lo hace todo bien y es adorado por cualquiera que le conoce; Caleb tiene malicia, pero hasta él mismo se da cuenta de que la única razón por la que es malo es porque quiere ser tan querido como su hermano.

Nature versus Nurture, herencia o crianza, ¿qué nos hace lo que somos? Steinbeck parece tenerlo claro y habla de ello a través del personaje de Lee, el sirviente chino que es más listo que todo los demás a pesar de su fingido pidgin. Es quien primero se da cuenta de lo mucho que sufre Cal, de lo mucho que desea ser querido por su padre, parecerse más a su hermano. Pero Aaron (o Aron, como a él le gusta escribirlo) parece un ángel, tiene rizos rubios y una voz suave, mientras que Cal es moreno, tosco, fuerte, burdo. Aron nace con ventaja. Caleb tiene que luchar para ser visto.

Y eso es lo que se nos escapa muchas veces en el aula. El niño que viene sin la mochila porque su hermano pequeño está ingresado y su madre se ha pasado la noche en el hospital, dejándolo a él a cargo de una vecina. La niña cuya madre se está muriendo de cáncer y no presta toda la atención que debería en clase. El niño que, por lo que sea, se ha ganado la fama de “malote” y ahora no puede dejar de interpretar ese papel, porque no sabe cómo encajar en otro. La niña con dificultades de aprendizaje que se porta fatal con sus amigas y las tortura hasta hacerles llorar, en un intento de sentirse superior a ellas en algo.

A los adultos también nos pasa. Cuando somos bordes con un camarero porque no podemos serlo con nuestro jefe. Cuando gritamos a nuestros hijos porque no queremos hacerlo con la pareja. Cuando decimos “no voy a llamar hoy a mi madre, porque si hablo ahora le monto un pollo”. En todos esos casos, el motivo del problema es que no estamos recibiendo lo que necesitamos: atención, respeto, valoración, aprecio. Y sale como sale. Como el champán de una botella agitada durante un buen rato. 

Hay libros que cuentan una historia, y eso está genial y es maravilloso y menos mal que existen, porque si no, perderíamos la cabeza en nuestro alocado día a día. Otros hablan de verdades universales tan grandes que no importa quién lo lea, siempre encontrará algo que tenga que ver con él o ella, algo que le defina. Y son estos libros a los que una siempre termina volviendo, sobre todo cuando se pierde y busca una referencia que la vuelva a colocar en el mundo. Al este del Edén es, sin duda, parte de estos últimos.

¿Has leído Al este del Edén?

¿En qué otros libros has encontrado lecciones que llevar al aula?


La única razón por la que he puesto la versión en inglés del libro en el título ha sido no haber encontrado una sola portada en castellano que no tuviera la foto de James Dean en la portada, y me niego. La película y el libro son productos completamente distintos, con el mismo título pero ni sombra de parecido el uno con el otro. No dejéis de ver la película, pero leed el libro también u os estaréis perdiendo una obra de arte.

Blog Lecturas recomendadas

Trece monos, de César Mallorquí

22 marzo, 2018

Escribo esta pequeña reseña con copos como posavasos cayendo al otro lado de mi ventana y con algún gracioso recordándome cada dos por tres que ya es primavera (será en El Corte Inglés, porque lo que es en Vitoria-Gasteiz, va a ser que no). Estoy entrando en calor a base de una infusión calentita y de cambiar la mesa de sitio para poder tener el radiador al lado. Tengo los pies helados y me ha costado media hora volver a sentir los dedos de las manos.

Odio la primavera en el norte.

Pero al lío. Hoy quiero pediros disculpas por mi “pira” del mes pasado. Falté a nuestra cita del último jueves de cada mes en febrero porque me despisté brutalmente, lo convertí en bisiesto y para cuando quise darme cuenta estábamos a uno de marzo (que es el cumpleaños de mi madre, encima. Alego incapacidad mental transitoria, señoría).

Bueno, si he de ser completamente sincera, aquella semana no estaba yo para hacerle justicia a ninguna recomendación literaria, así que me hice la loca.

Pero este mes estoy aquí una semana antes, no solo por resarciros de la pira, sino porque el jueves que viene es festivo y va a pasarse por esta vuestra casa Rita (y tampoco es plan de escribir solo para Google). Sobre todo cuando el libro del que os voy a hablar hoy es Trece monos, de César Mallorquí, una maravilla que tenía muchas ganas de traer al blog.

Aunque Mallorquí es muy conocido en el mundo de la literatura juvenil (y tiene un blog estupendo que tenéis que visitar), Trece monos es una colección de relatos cortos de ciencia ficción y fantasía para adultos, pero no por eso son menos adecuados para adolescentes y prepúberes con buen criterio y comprensión lectora. Como ya he dicho en alguna otra ocasión, no creo tanto en la clasificación por edades como en la de historial lector: lo adecuado de un libro u otro para un niño o niña debe basarse en cuánto y qué leen, no en la edad que tengan.

A mis peques de once y doce años, desde luego, les encantó.

Relatos y cuentos que parecen típicos y no lo son tanto

Trece monos se compone, como no podía ser de otra manera, de trece historias: doce relatos cortos y una novela corta que pone el punto y final a la colección. Lo único que une a estas historias es su género, porque  todas son de ciencia ficción o de fantasía, pero algunas fueron escritas hace años y otras solo para este libro, algunas recibieron premios en su momento y otras son inéditas (aunque no nuevas), etc.

Como ya he comentado, son cuentos (porque son cuentos, más que relatos) pensados para un público adulto y con cierto bagaje cultural, o al menos eso parece. Solo hace falta ponerse a leer para darse cuenta de que “Ensayo general” es una historia que puede disfrutar cualquiera, “Cuento de verano” arranca una carcajada a cualquiera aunque no haya leído la de Dickens en la que está basada y “El muro de un trillón de euros” te deja un cuerpo extraño porque suena demasiado actual.

No os voy a dar muchos más detalles de los relatos, que en formato corto es fácil cargárselos con dos palabras. Solo os diré que en clase hemos leído “Ensayo general” y “Virus” y los y las peques aún se están recuperando de la impresión. Los finales son bestiales.

Temas

Es difícil hablar de un solo tema en una colección de cuentos, obviamente, pero sí que hay varios recurrentes. Me avergüenza decir que este es el primer libro de Mallorquí que leo, así que no sé si los temas que trata son habituales en sus libros o los ha guardado solo para estos relatos.

La religión, sobre todo en forma de reinterpretación de las historias bíblicas, está muy presente en algunos de ellos, especialmente en “Fiat Tenebrae” (que consiguió que me cagara de miedo con el final, aunque en sí no es de terror) o “Ensayo general”, de los que no os quiero contar mucho porque solo con lo que ya he dicho puede que os los haya jorobado.

Como no podía faltar en un autor de ciencia ficción, la tecnología y sus abusos también están presentes, junto con las distopías en las que nada es lo que parece (“Virus”, “Naturaleza humana”). Aparece también el concepto de inmortalidad y longevidad unido a las clases más poderosas y al dinero, hasta el punto de que la serie Altered Carbon me ha recordado un poco a “El muro de un millón de euros” (salvando mucho las distancias, porque habla de cosas muy distintas).

Mi favorito, sin embargo, ha sido “Cuento de verano”, una reescritura hilarante del “Cuento de Navidad” de Dickens que me hubiera encantado leer en clase, pero que habría perdido toda la gracia porque no creo que muchos de ellos conozcan la historia original.

Y porque, ejem, el protagonista es un viajante de productos eróticos y habría tenido que explicar demasiado vocabulario. Que tienen once años, leñe.

O igual no, y no hubiera podido volver a mirarles a la cara nunca más.

Mejor dejémoslo ahí.

Para qué edades lo recomiendo

Por supuesto, no todo estos relatos se prestan igual para todos los públicos y todas las edades, pero creo que a partir de sexto se pueden encontrar cuentos que los chicos y chicas no tendrían ningún problema en entender. Ya he dicho que trabajé con los míos “Ensayo general”  y “Virus” y, aunque tuve que ayudar a los menos lectores de la clase a entender el giro que dan ambas historias, la gran mayoría los entendió y los disfrutó muchísimo.

(Y se han aprendido el nombre del libro, no solo de los cuentos, y hablan del autor como si fuera su vecino. Qué ilusión me hizo).

Si están acostumbrados a leer textos con cierta complejidad, “Virus” es un gran texto para el que no se necesita mucha culturilla general y a partir de sexto va muy bien. Con un público un poco mayor (a partir de quince años, quizás), “Cuento de verano” conseguirá que os amen con locura, porque no habrá muchas profesoras o profesores que se animen con un relato como ese, pero les va a encantar. “Fiat tenebrae” es perfecto para los y las amantes de la ciencia ficción más bestia con una mochila cultural importante, a poder ser con conocimientos de temas bíblicos.

(Iba a decir “que hayan dado religión”. Yo no la he dado nunca, soy atea convencida y conozco la Biblia mejor que muchos cristianos. A eso me refiero con tener cuidado al recomendar libros por edades o demás características “superfluas”).

Y el resto de los cuentos… para gustos, como los colores. “La isla del cartógrafo” es una historia bonita para los amantes de las aventuras, “Cien monos” es perfecto para salvar una guardia de lengua en cursos altos de secundaria (César me va a matar si alguna vez lee esto, vaya uso más mercantil de sus cuentos estoy haciendo), y el resto, incluida la novela corta, son para paladares exquisitos, más adultos, y no me imagino una clase en la que vayan a resonar con la mayoría (aunque a más de uno y una les va a encantar, pero son más especiales).

En resumen: Trece monos es un menú para todos. Es imposible no encontrar un cuento en este libro que no funcione para vuestra clase. Eso sí, dependiendo del curso y el grupo que tengáis no vale lo de “lo leéis en casa”, porque les tendréis que echar una mano y leerlo juntos.

Que es, en sí, la mejor parte de nuestro trabajo.

¿Has leído este libro o algo anterior de Mallorquí?

¿Qué libros suyos recomiendas para el aula?

 

 

Blog Opinión

¿De qué hablamos cuando hablamos de aprendizaje?

19 marzo, 2018

¿Qué es aprendizaje?, dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. (Que digo yo, será el iris, porque si la pupila es azul igual deberías ir al médico). ¿Qué es aprendizaje? ¿Y tú me lo preguntas? Aprendizaje es…

Esperad, que contesto.

Pero os voy a contar mi vida, así que paciencia. ¿O pensabas que la repuesta era tan fácil? ¡JA!

Qué es para mí aprendizaje: ejemplo práctico

Me gustan mucho las manualidades. (Quizás debería decir artesanía, porque “manualidades” suena a la clase de plástica de la escuela, y no me refiero a eso). Me encanta crear algo de cero, pasarme dos o tres horas peleándome con materiales que no son nada antes de que yo los convierta en “algo”, por muy horrible que sea ese “algo”.

(Reconozcámoslo: he hecho verdaderas chapuzas, y he tenido la poca vergüenza de regalarlas. Es lo que tiene no ser profesional, ni tener gusto).

Y cuando digo que me gusta hacer cosas a mano, me refiero a que me gusta hacer cualquier cosa a mano. En serio, cualquiera. En los últimos diez años, he hecho patchwork, ganchillo, costura, dibujo, pintura, bisutería, fieltro, fimo, cerámica, caligrafía, acuarela… y alguna más que me dejo o no sé cómo se llama.

No quiero ni recordar la cantidad de horas que dediqué a coser cada cuadradito. Porque sí, cada cuadrado de color tiene al lado un cuadrado blanco. Y está acolchada a mano.


Son un millón más uno porque cada actividad exige unos materiales concretos, un número de horas determinado y, sobre todo, un estado mental muy distinto. No es lo mismo hacer ganchillo delante de la tele que coser una colcha de quinientas piezas. No es lo mismo garabatear con un boli mal sentada o sacar la plumilla y la tinta china y ponerte en serio.

Puedo pasar años sin tocar unos materiales en concreto, sin hacer una actividad concreta.

(De hecho, creo que lo que más me gusta de las manualidades es comprar los materiales para hacerlas. Una especie de síndrome de Diógenes artístico).

(O igual, simplemente, es que las telas de patchwork son muy rebonicas, las cajas de acuarelas tentadoras y la sección de manualidades de los bazares chinos están impregnadas de aroma de heroína, de ahí que no puedas dejar de ir a comprar material).

Creo que este fue uno de mis primeros regalos. No me digáis que no es “peshosho”.

El caso es que, a veces, recuerdo que me gusta una técnica en concreto y me pongo como loca a trabajar con ella. Eso me ha pasado este mes, que he tenido la brillante idea de ordenar el armario de los materiales (sí, un armario entero, nada de un cajón, o una caja: un armario ropero) y me he encontrado con las telas, las lanas y demás cosas que he ido comprando a lo largo de los años.

Como me ha dado un tremendo vértigo pensar cuánto dinero he malgastado invertido en todo ese material, me he puesto a coser de nuevo, a ver si por lo menos hago acopio de carteritas y chuminadas varias que poder regalar en cumpleaños y otras fiestas de guardar. Pero ha sido sacar la máquina de coser y, ¡ay!, sentirme gipollas.

El único estuche/neceser que he vendido nunca. Pero, ejem, si os gusta tengo más (haced clic en la imagen o mandadme un mensaje).

No recordaba ni cómo se encendía.

No sabía ni cortar las telas con la tabla y la cuchilla.

Se me ha olvidado coser ojales, regular la largura de las puntadas, coser una cremallera.

Yo, que he cosido colchas suficientes para tapar a todo un regimiento de soldados napoleónicos en Rusia, ya no sé unir dos trozos de tela juntos.

Por supuesto, en cuanto me he puesto a ello y después de cagarla media docena de veces, jurar en arameo y lanzar la caja de los alfileres a tomar por culo de una patada, he ido recordando cómo se hacía y he recuperado las ganas de volver a coser. He recordado lo bien que me sienta, porque me ayuda a concentrarme en el aquí y ahora, algo que el ganchillo no consigue y el dibujo solo cuando lo hago en clase, en compañía.

Porque yo sé coser, aunque haga ya tiempo que no lo he hecho.

Y así es como yo defino el aprendizaje*: lo sé hacer, aunque ahora no me acuerde.

Eso es lo que debemos buscar en el aula. Tenemos que conseguir que nuestros alumnos y alumnas necesiten solo un pequeño repaso para echar mano de todos esos conocimientos que les hemos estado inyectando durante años.

Como nos pasa a los adultos que hace ya tiempo que salimos del aula y que no usamos a diario lo que aprendimos en clase, vamos.

Hace unos días, alguien se reía de que un profesor de ESO no había sido capaz de responder a preguntas que suelen aparecer en los exámenes en una asignatura que no era la suya. Esa persona se reía no poco de que a un docente se le hubiera pillado en semejante renuncio, porque “hay que ver, luego se lo piden a los chavales, y ni ellos son capaces de recordar lo que estudiaron”.

Me gustaría ver a esa gente que tanto se ríe contestando a preguntas de octavo de EGB, por decir algo. Más que nada, porque los que estudiamos EGB ya tenemos esos años muy lejos.

Me gustaría ver a alguien contestando preguntas sobre cualquier tema que alguna vez estudió a gusto, porque quiso y no ha vuelto a necesitar retomar en su vida. La gente dirá que es porque no lo aprendió bien en su momento, porque lo aprendió de memoria.

Mentira.

A mí me pasó con las integrales y las derivadas, por ejemplo. Aprendí a hacerlas, y me encantaba la mecánica (una vez que la entendí, que me costó la vida), aprobé el examen con buena nota, pero nunca las he necesitado y ahora no sabría decir ni qué aspecto tienen o qué símbolo usan.

Porque ¿alguien sabría explicarme para qué sirven? ¿En qué situación voy a necesitar yo hacer una puñetera derivada o una integral? ¿Eh? ¿EH?

(No, en serio: ¿qué mide una integral? ¿Para qué sirve? ¿Qué gremio las usa? ¿En qué problema tipo “un tren sale de Madrid a 65 km/h a las tres de la tarde, a qué hora llega a Valladolid” se usan las integrales?).

Sin embargo, todo lo que aprendí sobre geometría me vino de perlas cuando hacía las colchas que os he mencionado antes. Solo necesité un repaso de diez minutos en internet para recordar las fórmulas que me permitían hacer un hexágono o cómo saber el perímetro de un círculo.

¿Significa eso que debemos enseñar solo cosas útiles? Matemáticas, geometría, medidas, física… Algo que nos vaya a servir en el futuro. ¿Fuera filosofía y las humanidades? ¿Fuera el aprendizaje memorístico?

No. Ni mucho menos. Porque a día de hoy, no tenemos ni idea de qué vamos a necesitar saber en el futuro. Ni siquiera sabemos cómo va a ser el futuro, que en los últimos años avanza más rápido que en cualquier otro momento en la historia.

Yo odiaba la física y las matemáticas, hasta el punto de ir por letras puras y convencerme a mí misma de que era una negada para los números. Hoy en día, sin embargo, me fascina todo lo que tenga que ver con la astrofísica y hasta la ciencia ficción, pero me tengo que resignar a que me hablen con el tono condescendiente que se usa con los que solo captamos un uno por ciento (si hay suerte) de lo que nos están diciendo, porque no tengo ninguna base científica. No he estudiado nada científico desde los dieciséis.

(Otro día hablamos del “yo soy de letras, yo soy de ciencias” que tanto se llevaba en mi época. Que se te den mejor los idiomas a los doce años no debería condenarte a no volver a tocar las matemáticas o la física en tu vida. Pero claro, cualquiera se lo explica a mi yo de quince años que salió con un cero en electricidad en segundo de BUP. Por más que se lo cuente mi yo de cuarenta y tantos con todos los enchufes de la casa puestos por ella misma).

No es casualidad que el cerebro sea nuestro órgano más sabio: sabe dejar de lado las cosas que no necesitamos, pero sin llegar a borrarlas del todo. Todos esos años que pasamos delante de una pizarra o de un libro, escuchando chapas insoportables que, creemos, no sirven para nada terminan siendo útiles en algún momento de nuestra vida.

Lo que no se practica se atrofia, pero no se pierde. Una nunca olvida a andar en bici (dicen, porque yo nunca aprendí; pero bueno, los dibujos que adornan el título de esta entrada los hice yo hace más de diez años, y mejor no os enseño foto de mi dibujo más reciente). Lo que sí cuesta es volver a coger el ritmo.

Con el aprendizaje pasa igual. La gente que habla de lo inútil que es aprender para un examen porque luego todo se olvida no debe haber hecho mucho con su vida. A mí, desde luego, hasta las clases de gimnasia de cuarto o quinto me han venido alguna vez bien.

Sobre todo la lección de “cuando saltes el potro, asegúrate de tener la colchoneta gorda detrás por si caes de cabeza”. Porque la física sí me gusta, pero lo del ejercicio físico… Dejémoslo ahí.

¿Cómo defines tú el aprendizaje?

¿Qué conocimientos que creías olvidados te han venido bien siendo ya adulto/a?


*Si he de ser completamente sincera, esa frase se la he robado a un crío de seis años. Fue lo que me contestó cuando le pregunté alguna parida para demostrarle que “no me estás escuchando y no te estás enterando de nada”. La lección me la llevé yo.

 

Blog Para familias

Elegir centro escolar y no morir en el intento

12 marzo, 2018

Llego tarde, tardísimo con esta entrada, porque al menos en Euskadi el periodo de matriculación terminó hace ya semanas y lo de elegir centro escolar ya se os habrá quedado antiguo. Pero es que estos días los musos han estado de baja (y yo también) y no me he podido acercar al ordenador con las ganas que me hubiera gustado, así que ya lo siento si esta información os es inútil para este año.

Ya estamos bien, los musos y yo. Gracias. Volvemos al ataque.

Como esto de las comunidades autónomas es un guirigay y seguro que hay alguna donde aún estáis a tiempo para hacer la matrícula de vuestro churumbel o churumbela (he aprendido una palabra nueva), hoy os traigo una serie de recomendaciones que tener en cuenta a la hora de elegir centro escolar. Os las doy desde el punto de vista de una persona que se ha pasado media vida tratando de elegir el mejor centro posible para trabajar, así que, aunque no soy madre, sé en qué fijarme para saber si el centro escolar en cuestión se adapta a mis necesidades y a mi forma de pensar.

Os va a sorprender, pero las maestras y maestros también buscamos colegios majos. Qué cosas, oye.

(*Aclaro que esta lista tiene que ver con los centros públicos. No tengo ni idea de qué buscan las familias que llevan a sus hijos e hijas a la concertada, porque yo no sabría qué pedirle a una escuela privada. Las diferencias entre un tipo de escuela y otro son abismales, no es tontería, y no me pienso mojar. Hoy).

La distancia no importa (tanto)

Creo que una de los criterios que las familias más nos han repetido a mis compañeras y a mí a la hora de elegir centro escolar ha sido “es que vivimos aquí al lado”. Tiene sentido, claro, porque están viendo a sus peques de dos o tres años, aún indefensos y completamente dependientes de los adultos de la casa, y la cercanía del centro a casa es un factor importante por comodidad.

(Las matrículas al instituto también se basan mucho en este criterio. Los vemos con once o doce años yendo solos por esas calles atestadas de coches y preferimos que estén cerca, para poder vigilarlos casi desde la ventana y controlar que no anden con gente rara, que no se pierdan por el camino, que desconocidos con mala pinta no les ofrezcan chicles. Pedazo ventana la nuestra, oye).

Pero esos niños y niñas van a crecer. En menos tiempo del que pensáis van a ser capaces de ir a hacer pequeñas compras solos, y al poco pedirán permiso para ir en grupo al cole, quizás acompañados de un solo adulto, y poco a poco la distancia hasta el centro dejará de importar.

Obviamente, no estoy hablando de elegir un colegio en el otro lado de la ciudad (o sí, si veis que tiene un buen sistema de transporte, ya sea del propio centro o público), sino de una o dos manzanas de distancia. Hemos tenido familias queriendo cambiar a sus peques de centro porque el colegio en el que están ahora está doscientos metros más lejos de su casa que el nuestro. (Os lo juro. Medido en Google Maps).

De verdad, hay cosas mucho más importantes que la distancia.

Como por ejemplo…

El proyecto educativo

¿Cómo se trabaja en el colegio? ¿Qué tipo de metodología utilizan? ¿Tienen clases cerradas, con puertas y paredes, o uno de esos espacios abiertos en los que los niños y niñas corretean sin parar? Las familias sois quienes mejor conocéis a vuestros hijos e hijas, y por tanto tenéis que valorar qué tipo de enseñanza le va a ir mejor.

Pero no os quedéis solo con lo que se hace en infantil. ¿Cómo sigue ese proyecto a primaria? ¿Es bilingüe o no? (En Euskadi y Navarra: ¿qué modelo lingüístico tiene?). Mucha gente se deja engatusar por las clases tan preciosas que suele haber en infantil y luego, al llegar a primero, se dan de bruces con cuatro paredes y una metodología que no encaja para nada con la que querían para sus pequeños. Si el centro que os gusta tiene jornada de puertas abiertas, haced que os enseñen también las clases de primaria.

Lo mismo digo con los institutos, o si vuestro centro va desde los 2-3 años hasta los 18. No os quedéis solo con lo que hacen en ESO, investigad un poco el tipo de bachilleratos que ofrecen. Preguntad por el instituto de referencia del colegio si no lo sabéis todavía.

(Pero tampoco os paséis. Que no hace falta que, cuando vayáis a matricularlos en tres años, preguntéis por las notas de Selectividad y qué porcentaje del alumnado suele entrar en Medicina. True story, os lo juro).

El tamaño importa

Bueno, vale, no siempre (dicen), pero en este caso, sí. Y mucho.

El trato que los niños y niñas van a recibir en un centro de tres o cuatro líneas por curso (con líneas quiero decir cuántas clases hay en el mismo curso) no va a ser el mismo que el que va a recibir en uno de una sola línea. Esto no significa que uno vaya a ser mejor que otro, ojo: los centros grandes tienen ventajas de las que los pequeños carecen, y viceversa.

En un centro de varias líneas, la socialización de los niños y niñas es mayor. Se mezclan niveles en una misma clase con más facilidad  y, si hay problemas en un aula, se pueden mezclar en un momento dado para romper roles tóxicos, algo imposible de hacer en una escuela de una sola línea por motivos obvios. Hay más personal y más posibilidad de llevar proyectos grandes adelante, e incluso más probabilidad de que haya alguien experto en las TIC, o en metodologías innovadoras (lo que quiera que esto signifique), o con intereses que puedan beneficiar a los pequeños. Todas estas cosas no ocurren en una escuela pequeña.

En un centro de una línea, por contra, todo el mundo conoce a todo el mundo. Los niños y niñas tienen nombre y apellido, no son “ese niño rubio de tu clase” o “las chicas de quinto que se pelearon en el patio”. Es más fácil trabajar en un solo grupo y dirigir a todo el claustro en la misma dirección (más o menos), y la relación con las familias es mucho más cercana, sobre todo si es una escuela de barrio. Suele haber más sentimiento de unión y de escuela, mientras que en las grandes, a menudo, es un “ellos contra nosotros”.

Yo tengo claro cuál me gusta más (y tengo la gran suerte de trabajar en una que encaja con esa predilección). Las familias también deberíais tenerlo.

La fuerza del AMPA 

A lo largo de mi carrera, me he encontrado todo tipo de AMPAs (Asociaciones de Madres y Padres. No tengo muy claro qué es la última A, aunque yo le añadiría una F de Familia: hay un montón de niños y niñas que no viven con sus padres y madres, pero ese es tema para otro artículo). Muchas me producían cierto rechazo, casi temor. Siempre tuve la sensación de que el AMPA estaba ahí para llevar la contraria a todo lo que dijera el claustro, como cuando llevábamos la propuesta del calendario al OMR y las familias se nos echaban al cuello.

Por suerte, me he encontrado con muchas que no son así, ni mucho menos. Un AMPA activa facilita mucho el trabajo del colegio y es una gran aliada a la hora de organizar eventos, extraescolares o cualquier acto que se salga de lo estrictamente académico. Por no hablar de lo mucho que ayuda en la integración de familias nuevas en el centro.

Porque para las familias, tener un AMPA de este pelo en el centro es un verdadero lujo. Desde organizar cursos sobre acoso escolar para las familias a talleres de multiculturalidad (pero de verdad, no de “vamos a hacer un cuscús, que es muy típico”), los miembros —¡y miembras!— del AMPA consiguen la unidad de las familias y las convierten en una parte fundamental en la vida del colegio.

Eso sí: si queréis un AMPA fuerte, más os vale estar dispuestos y dispuestas a tomar las riendas y formar parte de ella de verdad. Que no vale eso de participar en lo que los demás organizan, ¡hay que mojarse!

Un claustro estable

Sí, en la escuela pública la estabilidad es casi una utopía, pero también es una señal muy clara de cómo se trabaja en ese centro. Un colegio del que todos los años sale disparado más de la mitad del profesorado y en el que nadie quiere coger plaza fija huele a chamusquina. Algo pasa.

Los docentes tenemos una capacidad limitada para elegir centro, pero es verdad que, cuando estamos a gusto en uno, tendemos a repetir en la medida de nuestras posibilidades. Ese “a gusto” puede significar, simplemente, que está cerca de casa (no es poco), pero por regla general te quedas porque hay buen ambiente (y eso se refleja en la manera de trabajar), porque te gusta el proyecto educativo, porque la dirección lleva bien el colegio, porque la relación con las familias es buena… Vamos, tenemos las mismas razones para quedarnos que las que familia para elegir centro escolar.

La excepción pueden ser los pueblos alejados de centros urbanos grandes, donde, por muy a gusto que estés, tienes que elegir entre dejar tu casa y tu familia detrás para mudarte a trabajar a Quinta la Leche. Pero cuando en una ciudad veis un colegio con mucho, mucho cambio cada año… Algo pasa. Sospechad.


Por supuesto, aun siguiendo todos estos consejos podéis meter la pata de manera espectacular. Tampoco hay que rasgarse las vestiduras si os equivocáis de centro, porque podéis cambiarlo al año siguiente (aunque sí, entrar en ciertos colegios es más difícil que entrar en la NASA, qué le vamos a hacer). Tened siempre en cuenta que el ambiente de muchos colegios cambia de año en año, y que la presencia o falta de una sola persona (sea docente, familiar, alumna o monitora de extra escolares) puede suponer un cambio que altere el funcionamiento de una clase o de todo el centro.

Por eso es importante fijarse en la imagen más extensa, y los factores que os he mencionado os ayudarán a acertar más que si os fijáis en aspectos puntuales.

Espero.

¿Qué buscas tú en un centro escolar?

¿Qué factores te parecen más importantes a la hora de escoger centro (ya seas docente o tutor legal)?

Anécdotas en el aula Blog

Top 10 de excusas disparatadas (dichas por adultos)

5 marzo, 2018

Todos hemos oído alguna vez las estupendas excusas que nos suelen dar los niños y niñas para no hacer cualquier cosa. “El perro se comió los deberes”, “no sabía que hoy había examen”, “¿el trabajo era para hoy?” son frases que oímos tres o cuatro veces por semana de boca de cada uno de nuestros retoños. Las profesionales estamos curadas de espanto.

(Mi favorita me la contó una compañera, hablando de su hijo de no más de siete años. Estaba jugando con soldados y le mandó recoger. “Mamá, en la guerra no hay reglas, todo es caos. No existe ‘recoger’”. Llego a ser yo y le saco la bayoneta, iba a ver él qué pronto llega la paz).

Pero, ¡ay!, de lo que no hablamos nunca son de las maravillosas excusas que oímos de boca de personas adultas en la escuela. Y no me refiero solo a las familias (que sí, dan para un libro), sino a cualquier componente adulto de la la comunidad educativa. Porque ni siquiera los docentes nos libramos de dar unas excusas por las que pagaría el mismísimo Donald Trump.
Os dejo el top 10 de las mejores que recuerdo, aunque podría escribir varias docenas.

¡Los Gremlins existen!

Lo de ducharse después de gimnasia es un tema que provoca muchas tensiones en los niños y niñas, y a veces en las familias. Ya sea por motivos culturales, porque la imagen que tienen de sus cuerpos no es la ideal, o porque alguien les ha hecho burla en algún momento, hay críos y crías que prefieren no ducharse. Creo que el equilibrio entre la higiene y el bienestar psicológico de los y las pequeñas merece una reflexión mucho más profunda que el “se tienen que duchar por cuestión de higiene”, pero mejor dejamos esa conversación para otro momento.

Las excusas sobre este tema pueden ir desde la sinceridad más brutal (no se ducha porque está gordito y se ríen de él en el vestuario) a la mentirijilla piadosa que descubres enseguida (tiene catarro, tiene la regla, el médico ha dicho que no me duche, es que estoy haciendo el Ramadam y puedo beber agua sin querer). Puede venir de los niños y puede venir de las familias. A veces lo dejas pasar (porque si no, el día que hay gimnasia faltan a clase) y a veces te impones (porque, ejem, apestan).

Pero la mejor excusa que he escuchado nunca me la contó una compañera, profesora de gimnasia, que llegó a la sala de profesores leyendo un papel boquiabierta. En cuanto me vio, lo tuvo que contar.

—No me lo puedo creer. No me lo puedo creer.

—¿Qué ha pasado? ¿De qué es la nota?

—De un padre, para que su hijo no se duche. Que tiene alergia al agua, me dice. Pero solo de día, ¿eh?, si se ducha de noche no pasa nada. —Me miró con lágrimas de risa en los ojos—. ¡Es un Gremlin!
Todavía nos reímos cada vez que sale el tema.

(Para aquellos que estén a punto de decirme que la alergia al agua puede ser real: un par de meses más tarde fuimos a la piscina y el crío no salió del agua en toda la mañana. Bastante elitista, la alergia esta).

Copiar también es estudiar

Hace un porrón largo de años, al poco de volver de Estados Unidos, me tocó ser tutora en una clase maravillosa. Les tenía un cariño tremendo y me encantaba estar con ellos, tanto que el domingo por la tarde me ponía contenta porque llegaba el lunes e iba a volver a verlos. (Sí, era joven e inexperta, llena de ideales y con la cabeza llena de pájaros. Ya no me pasa).

Les tenía tanto cariño y me parecían críos y crías tan excepcionales que, cuando les pillaba haciendo algo que “no debían”, me llevaba un disgusto tremendo porque no podía creer que me “traicionaran” de esa manera. Una vez pillé a una cría con una chuleta, y me sentí tan defraudada que llamé a sus padres para contárselo, porque no podía ni hablar con ella sin echarme a llorar del disgusto. Cuando les enseñé el papelito con todas las fechas del tema de historia apuntadas, la madre se puso a la defensiva.

—No es una chuleta, es lo que ha utilizado para estudiar. Lo ha escrito una y otra vez para aprendérselo de memoria.

—Hombre… Podría ser, sí, si no fuera porque está escrito en un trozo de papel que, doblado, ocupa lo que una uña y porque se lo he quitado de encima de la mesa mientras hacía el examen.

—Bueno, sí, pero… Hacer chuletas también supone un esfuerzo, ¿sabes? Así también se aprende.

No me cabe duda, señora. No me cabe duda.

(Meses después, cuando ya se habían ido al instituto, me enteré de que toda la clase copiaba en los exámenes. Yo, que me creía la hostia porque todo el mundo sacaba buenas notas en matemáticas, me enteré de que me habían tomado el pelo un año entero).

(Sigue siendo mi clase favorita de todos los tiempos. El cariño que me dieron bien merece las buenas notas que les puse. Y aprendí mi lección: ni MacGuiver podría copiar en mi clase ahora).

El clásico

Esta me la han dicho de todas las maneras posibles:

—Pues en casa se lo sabía.

Da igual que haya sacado un cero tan redondo como un rosco de Reyes. Da igual que fuera una presentación oral en la que no ha sabido decir ni “good morning”. Da lo mismo que fuera un listening escuchado por primera vez en el examen, o el dictado de un texto que no habían visto nunca antes.

—Pues en casa se lo sabía.

Chupito cada vez que me lo digan. Bueno, no, que iba a salir de trabajar a cuatro patas todas las tardes.

¿Deberes, yo? ¡Nunca!

Hay docentes que odian corregir exámenes (cof, cof, qué tos más tonta). Lo odian tan a muerte y con tanta fuerza que prefieren no ponerlos a tener que corregirlos. Ya sean escritos, de elección múltiple, frases cortas… Corregir veinticinco exámenes idénticos es poco menos que una tortura.

Pero a los niños y niñas les da igual. Nada les causa más ansiedad que no saber la nota del examen al minuto siguiente de haberlo hecho.

—¿Has corregido los exámenes?

—Lo hicimos ayer por la tarde, son las nueve de la mañana. No he tenido tiempo.

Dos días más tarde:

—¿Has corregido los exámenes?

—He estado muy liada, no he podido todavía.

Una semana más tarde, con un fin de semana de cuatro días en medio.

—¿Has corregido los exámenes?

—¡No he tenido una hora libre en toda la semana!

—Pero… Has tenido todo el fin de semana para corregirlos.

—Sí, claro, pretenderéis que me lleve deberes a casa para el fin de semana, ¿no?

—Eh… A nosotros nos los mandas.

Silencio incómodo.

Al día siguiente, los exámenes aparecieron corregidos como si de un milagro se tratara (al lado de una pila de exámenes sin corregir olvidados de una clase del curso anterior).

Cof, cof, de verdad, qué tos más tonta.

Era día para andar en bici

Mandar deberes o no mandar deberes, that is the question. Ni el to be ni leches, y fuera calaveras. Qué equivocado estaba Hamlet cuando hizo su pregunta.

Hay opiniones para todos los gustos, y estudios que defienden que no sirve para nada junto a otros que defienden que marca una diferencia. Independientemente de lo que pensemos los profesionales del gremio, determinadas familias tienen muy claras sus preferencias en este tema.

En la misma clase, dos madres:

—Ruth, ya sé que viene un fin de semana largo, pero ¿no te parece que las tres fichas de sumas y restas son demasiado? Entre eso y lo de leer todos los días… Pobre, no va a tener tiempo ni para jugar.

—Oye, Ruth, que solo les has dado tres fichas y tienen cuatro días por delante de no hacer nada. Que este se las va a ventilar el viernes por la tarde y luego no va a dar ni golpe, ¡cualquiera lo aguanta sin tarea!

Como nunca acertamos, al final cada uno hace lo que le da la gana y mande el humor del momento. Pero a veces tienes familias que te piden que les des fichas de refuerzo y tú te pasas tu buen rato buscando algo que encaje con las necesidades del peque o la peque.

Para que el lunes por la mañana, dicha peque te llegue sin las fichas y una nota de su padre:

“Hacía muy buen tiempo y hemos decidido andar en bici en vez de hacer los deberes. Ya los haremos cuando empeore el tiempo”.

Que no seré yo la que discuta la importancia de pasar tiempo en familia, pero ¿no podías haber mirado el tiempo antes de hacerme pasar dos horas buscando el material que me has pedido?

Digo.

La puntualidad (1)

Voy a dividir este punto en dos, porque una cosa es la puntualidad de los niños y niñas (o más bien de sus familias, que son quienes los traen) y otra la de los docentes, que a veces dan excusas para mear y no echar gota. Lo más divertido es que todavía hay familias que no se dan cuenta de que los niños y niñas, por regla general, son muy sinceros y siempre cuentan la verdadera razón por la que llegan tarde.

Una excusa universal es el clásico “no ha sonado el despertador”, que nos ha pasado a todos y es tan humano como el quedarte dormida en el sofá al mediodía y tener que ir corriendo a la clase de la tarde. (Quién, ¿yo? Noooo). Pero luego preguntas al niño y te enteras de la verdadera razón, y ahí ya no sabes si reírte o llamar directamente a los servicios sociales.

—Es que ayer nos fuimos de pintxo-pote y llegamos muy tarde a casa, y a mi madre hoy le ha costado levantarse.

—Es que no teníamos leche en casa y nos hemos ido a desayunar al bar de abajo.

—Es que el bebé ha llorado toda la noche y nos hemos dormido por la mañana, justo cuando ha dejado de llorar.

Algunos adultos, conscientes de que, total, sus hijos van a contar la verdad, vienen de cara y nos lo dicen ellos directamente. Claro que, a veces, preferiría que me mintieran.

—Es que esta mañana no queríamos ponernos calcetines —me dice una madre, riendo, mientras su churumbel de diez años sube las escaleras una hora (¡una hora!) tarde.

No comment.

La puntualidad (2)

Soy muy puntual. Me gusta llegar a clase exactamente a mi hora, ni un minuto antes ni uno después. Siendo especialista, considero que esa puntualidad es muy importante para no echar por la borda el horario de los demás, porque si yo llego cinco minutos tarde y en la hora anterior han tenido música, la de música va a llegar tarde a la siguiente clase, cuyo tutor tenía una reunión con una familia, que a su vez tiene prisa porque tiene que irse a trabajar…

Ya me entendéis.

Sé que hay gente a la que le cuesta mucho ser puntual, algo que nunca he entendido ni conseguiré entender mientras viva. En mi vida privada he aprendido a lidiar con ello, pero en la profesional tengo serios problemas. Sobre todo porque da la sensación de que quien llega tarde al cambio de clase es porque estaba tan enfrascada en lo que quiera que estuviera haciendo que se le ha ido el santo al cielo, cuando la gran mayoría de las veces es más bien al revés.

Bueno, no es que dé la sensación, sino que es la sensación que esas personas te transmiten.

—Estoy liadísima, no llego a nada —te dicen, y las ves corriendo por el pasillo de un lado para otro, siempre cinco minutos tarde a clase, dándote mensajes cuando te las cruzas por el pasillo, a grito pelado porque “no llego, no llego”.

Hasta que entras en la sala de profesores y las ves leyendo el periódico cinco minutos después del cambio de hora. Y les dices un sutil “oye, ¿tú no tenías clase ahora?” que las hace saltar como resortes mientras gritan por el pasillo “¡para una vez que me siento!, ¡no tengo tiempo para nada!, ¡pero para nada!”.

O te las encuentras paradas en el pasillo charlando con alguien con la alegría de quien no tiene nada que hacer, mientras tú llevas cinco minutos cuidando a sus fieras porque sabes que no las puedes dejar solas sin que se suban a los armarios. Y sacuden los brazos y gritan aquello de “¡ay!, ¡ay!, ¡ay!, ¡que me he despistado!, ¡que no llego a nada!”.

Nunca llegan a nada, es curioso. Y como ellas no llegan, tú tampoco.

Hoy no me puedo levantar

No hay cosa que más jorobe que tener guardia un día que tienes un millón de cosas que hacer. Pero las haces sin rechistar, claro, porque entiendes que hoy la haces tú, pero la próxima vez puedes ser tú la que enferme y tengas que faltar. Y es que, claro, para eso están las guardias.

Porque siempre imaginamos que alguien que no va a trabajar tiene una razón de peso para no hacerlo. Y, como los sustitutos brillan por su ausencia y son más caros que un interino (debe ser esa la razón de que tarden tanto tiempo en mandarlos), siempre hay alguien a quien sustituir. Por motivos diversos.

Sí, vamos a decir diversos.

—Ruth, tienes que ir a sustituir a Fulanita. Acaba de llamar y no viene hoy.

—Ay, pobre. ¿Qué tiene, gripe?

La jefa de estudios me mira con cara de estar a punto de echarse a reír.

—No. Una ampolla. En el pie. Ayer fue al monte y dice que hoy no puede andar.

—Eh… Pues vale.

(Antes de que empiecen los comentarios sobre “esto solo lo hacen los funcionarios”, romperé una lanza a favor de esta profesora: nunca antes había faltado y no volvió a faltar. Y por cada compañera que falta por una ampolla, tengo veinte que vienen a trabajar con fiebre. Pero como motivo para faltar, me hizo gracia).

A mí de aquí me sacáis en caja de pino

Creo que no hay nada que guste más a un niño o a una niña que una excursión. A los docentes también, la mayoría de las veces, aunque son agotadoras y la tensión por no perder a nadie y volver con el mismo número de niños y niñas que te has llevado puede hacer que prefieras dos o tres días de seis clases completas (incluido patio) a una sola excursión al parque de al lado.

Pero las hacemos, porque son pedagógicas, porque a veces aprenden más que durante tres o cuatro semanas de clase y porque, qué coño, son divertidas y a veces con eso basta. Ya pasarán ocho horas sentados frente a una mesa cuando sean adultos, ahora les toca disfrutar.

Un año tuve una compañera que se negaba a sacar a sus alumnos y alumnas del recinto escolar. Tenía una obsesión que rozaba lo enfermizo con no cruzar el límite que marcaba la verja del colegio con alguien a su cargo. Esta misma profesora se pasaba la hora exclusiva que metíamos al mediodía por los …  y se iba a comer a su casa, “porque si no, no me da tiempo a comer a gusto, y no pienso traerme el tupper al colegio”.

Cuando la jefa de estudios le dijo que sus niños tenían derecho a hacer las mismas excursiones que las otras clases, ella dijo que perfecto, pero que ella no los llevaba. Se encargaría de dar las clases del profesor o profesora que se encargara de su tutoría, pero con ella no iban.

La dirección lo aceptó como un intento de “vamos a intentar llevarnos bien” porque le quedaban dos telediarios para jubilarse, pero jamás he conocido a una persona tan poco adecuada para ser maestra.

Creo que ya se ha jubilado. Espero. De corazón. Por el bien de la educación así, en general.

Eso no significa lo que crees que significa

He escuchado todo tipo de excusas de familias defendiendo a sus querubines en situaciones comprometidas. Uno de los clásicos es “sí, vale, él ha pegado, ¿pero qué ha hecho el otro, eh? ¿EH?” que oímos unas quince veces al año cuando intentas explicarles que has tenido que castigarlos a los dos porque tú has llegado a la mitad de la pelea y no sabes quién ha empezado, y te da igual porque devolverla también está mal.

También tenemos que escuchar ese gran consejo que se está poniendo tan de moda últimamente: “tú da primero, hijo, que es mejor pedir perdón que recibir la hostia”. No sé dónde habrán oído esta gran proclama, pero ni los consejos de César Bona han tenido tanto éxito, oye.

Pero la excusa que más me toca las narices es la cultural. Y no porque no me parezca válida, que sí me lo parece, sino porque hay familias que la abusan. A ver si me explico con dos ejemplos.

Una niña que habla un castellano bastante pobre coge una bola de nieve en las manos y le grita a su compañera “¡Mira que gorda!”, refiriéndose a la bola. La niña, a la que ya han llamado gorda en alguna otra ocasión y que también tiene un castellano bastante pobre, corre a la profesora entre lágrimas y le dice que la acaban de insultar. Eso es una confusión cultural, idiomática o, simplemente, un desliz entre crías.

Una niña cuya familia lleva más generaciones en Vitoria que la mía le dice una barbaridad a una compañera que la profesora escucha y corta enseguida. Llama a los padres, asustada porque alguien haya podido decir algo así en su clase, y la respuesta que recibe es “en nuestro idioma eso significa otra cosa”. Idioma, por cierto, que los padres hablan pero la niña no.

Eso no es cultural, es educacional. Son modales. Es sacar la cara a quien no hay que sacársela. Y puedes hablar ruso, japonés, o chino mandarín, pero “cacho mierda”, “puta zorra” o “desgraciada” significan lo mismo en cualquier idioma.


Podría escribir más y me saldría una docena larga contando solo las mías, pero es que… eh… tengo que ir a… corregir. Sí, eso, corregir. Que luego llega el fin de semana y todos son prisas.

¿Cuál es la excusa más ridícula que has recibido de un adulto, en clase o fuera de ella?

¿Cuál es la más ridícula que has usado tú?

Blog Pataletas

Ruido

26 febrero, 2018

Estoy harta del ruido. No del ruido de la calle, de los camiones, de los coches sobre los charcos un día de lluvia (que también, porque tengo problemas de oído y precisamente por eso me molesta mucho más), sino del ruido que me rodea en las redes sociales, en la televisión, en los medios de comunicación.

El ruido del que hablo es uno que me hace dudar de lo que hago. Me desorienta de tal manera que ya no sé qué está bien y qué está mal, qué camino es el correcto o cuál es el objetivo. Es un ruido molesto que me persigue hasta en mis momentos de ocio, sin avisar, en cualquier conversación de barra de bar.

Es el ruido de los “expertos”. El ruido de los que insisten que tengo que cambiar mi manera de trabajar, incluso sin que me conozcan de nada.

El ruido de aquellos y aquellas que nunca han pisado un aula, pero saben más que yo.

El ruido de las nuevas metodologías, que la mayor parte de las veces no son nuevas, o no son metodologías, o no están evaluadas.

El ruido que hacen YouTubers, tuiteros, raperos, economistas, políticos, millonarios, excéntricos… pero nunca docentes. Porque los docentes, curiosamente, son los que menos ruido hacen.

Llevo más de veinte años en el aula. En ese tiempo he metido la pata y he corregido suficientes actitudes como para saber qué funciona y qué no en distintas situaciones (no siempre, porque sigo aprendiendo, pero cada vez más). En estas dos décadas largas he dado todas las asignaturas de 3 a 12 años en dos continentes distintos, en tres idiomas diferentes. He tenido alumnos y alumnas de todos los lugares del mundo, he vivido suficientes situaciones para llenar un libro.

Y, sin embargo, este año estoy siendo una pésima maestra. El año en el que solo doy una asignatura a un solo grupo de solo trece alumnos (¡trece!) está siendo el curso en el que más descontenta con mi trabajo estoy. Tengo la sensación de andar dando tumbos por el curriculum, de no centrarme en nada, de ser más desordenada que de costumbre. Sobre todo, tengo la terrible sensación de que mis alumnos y alumnas no están aprendiendo todo lo que podrían y deberían.

¿Y sabéis por qué? Por el ruido. El maldito ruido.

He dejado que el ruido me haga perder el rumbo. He escuchado las voces, los cantos de sirena que hablan de la clase perfecta, de la innovación, de los proyectos, de las TIC y de vaya usted a saber qué más. Me he sentido culpable por sentirme cómoda con un libro de texto, me he sentido mal por ser de esas profesoras que cuentan batallas sobre los temas que les interesan (preguntad a mis alumnos del año pasado qué es el Indoeuropeo, preguntad). Me he sentido mal por usar la pizarra de tiza. Por ser antigua.

Y he innovado. He llevado a cabo proyectos. He dejado que trabajaran por grupos, que cada uno fuera a su ritmo, que buscaran ellos sus propios conocimientos, que usaran la tecnología para aprender. ¿Y sabéis qué he conseguido?

Que un niño se pasara media hora larga tratando de recordar su contraseña, que cambió dos veces delante de mí y debió olvidar en los breves tres segundos que le costó ir de su email al Kahoot de marras.

Que un niño se haya cargado el trabajo de todo un grupo porque era el encargado del ordenador y se ha dedicado a gamberrear con él y hacer perder el tiempo a los demás.

Que una niña, ya de por sí más vaga que la chaqueta de un guardia, no se haya enterado de absolutamente nada de lo que ha hecho su grupo, por más que yo haya estado encima y le haya recordado, una y otra vez, que su nota depende del trabajo.

Que un niño que estuvo una semana entera enfermo no haya podido participar, y yo no tenga un material complementario que darle para que pueda estudiar en casa.

Vamos, que lo único que he hecho ha sido perder el tiempo.

Y no digo que la culpa sea de las nuevas metodologías. Probablemente, alguien a quien se le dé bien sacar proyectos adelante sepa cómo evitar todo lo que me ha pasado a mí. Seguro que lo he hecho todo mal, que hay mil maneras de corregir estos fallos, que trabajar por proyectos es la panacea.

Pero para llevar esto a cabo, yo he renunciado a lo que sé hacer bien. He renunciado a engancharlos solo con mi presencia y unas marcas de tiza en la pizarra.

He renunciado a usar el humor en clase y conseguir que recuerden una norma ortográfica con un chiste.

He renunciado a ponerles retos gramaticales y que salgan felices de clase porque saben cuál es el sujeto de “A mí me gustan los chicles”.

He renunciado a hacer juegos de homónimos, de sinónimos y antónimos, de tildes e hiatos.

Porque cuando trabajan solos no estoy yo. Y seguro que hay una manera de que sin mí aprendan más que conmigo, pero yo, de momento, no la conozco. Y me da rabia, mucha rabia, porque el experimento me ha costado medio curso y el año que viene se van al instituto sin saber conjugar los verbos. ¿Os imagináis a una cirujana practicando una técnica nueva con un paciente vivo? En educación, lo hacemos. Y cuando sale mal, sale muy mal.

Así que el último trimestre lo voy a dedicar a hacer lo que se me da bien: enseñar lo que yo sé como yo sé. Les voy a dar fichas, y les voy a poner exámenes, porque la única manera de esforzarte (ya seas niño o adulto) es si te juegas algo, que en este caso es la nota.

Les voy a soltar chapas sobre gramática que no les van a parecer chapas, porque sé dar una clase sin aburrir a nadie. Y voy a pedirles que levanten la mano, y que contesten preguntas además de hacerlas.

Les voy a pedir que trabajen en silencio y me pidan ayuda si no saben hacer algo. Que pregunten al vecino también, sí, pero la que más sabe en mi clase soy yo (por mucho que algunos y algunas me lo nieguen).

Y eso no significa que no vayamos a pasarlo bien, que no vaya a usar las TIC, que no vayan a trabajar en parejas o en grupos. Significa que voy a volver a mi zona de confort, porque mi zona de confort funciona y es amplia, y tiene puertas y ventanas por las que entra brisa fresca e ideas nuevas. Significa que voy a volver a dar clase de la mejor manera que sé. Y está mal que yo lo diga, pero sé bastante.

Bastante más que esos expertos que, con tanto ruido, me han hecho perder el rumbo.

Voy a comprarme unos tapones y a esperar con ansia el día que me quede sorda.

Blog Tecnología en el aula de lenguas

Formularios de Google: ¿La solución a todo?

19 febrero, 2018

Les robo Tomo prestada la idea de Kike Clemente y Sergio Tejero, del Berritzegune de Gasteiz, que nos enseñaron a usar los formularios de Google la semana pasada y me abrieron un mundo de posibilidades. Eskerrik asko!

Creo que no he usado los formularios de Google hasta hace cuatro días. Aunque nuestro centro tiene un dominio con Google Sites y, en teoría, sé cómo funciona la herramienta, nunca he sentido la necesidad de utilizar un formulario para clase. Me parece recordar que una vez intenté crear uno para que las compañeras pudieran notificarme las averías informáticas, pero me armé semejante lío que lo dejé por imposible.

Y buena cosa, también, visto que en nuestro cole lo que mejor funciona es el post-it de toda la vida. Para qué complicarse, ¿no?

Lo que no sabía era que Google Forms ofrece muchas más posibilidades que la de hacer un simple cuestionario donde escribes tu nombre, qué horario de clase prefieres o cuál es tu fruta favorita. Con solo trastear un poco con las opciones, se pueden crear exámenes que se corrigen solos, búsquedas del tesoro que pueden dar mucho juego u horarios de tutoría con un solo click.

Sí es verdad que exige un mínimo de intuición, similar a cualquier aplicación del entorno de Google, pero si somos capaz de montar un Plickers o configurar nuestra cuenta de Gmail, no nos va a costar nada.

No es mi intención explicar el manejo de los formularios de Google** y cómo se crea uno, más que nada porque hay mucha gente que ya lo ha hecho mejor que yo (por ejemplo, aquí). Lo que hoy traigo son una serie de ideas para las que esta herramienta sería utilísima en el aula.

El examen de toda la vida

Dicen los “expertos” que los exámenes están pasados de moda, que no sirven para medir el conocimiento, que no se deben usar. Yo, por una vez, he hecho caso a los “expertos” de a un euro la docena y hace varios años que no pongo exámenes. No porque los considere antipedagógicos (dependerá del examen), o porque no sirvan para nada (ver sintagma anterior), sino por una razón mucho más egoísta y práctica:

Odio corregirlos.

No hay cosa que más pereza me dé que corregir veinticinco exámenes de elección múltiple idénticos, o peor, veinticinco redacciones sobre el mismo tema en un idioma que apenas dominan. Y eso en este centro mío de mis entretelas, donde solo hay una línea, porque cuando he tenido tres o cuatro clases del mismo curso he llegado a llorar. (Bueno, no tanto. O igual sí. Pero como no me vio nadie, no cuenta).

Los formularios de Google te dan la opción de hacer exámenes de opción múltiple que se corrigen solos. También puedes hacerlos de respuesta corta, pero claro, entonces tienes que corregirlos tú y estamos en las mismas (aunque te ahorras la pelea de “qué demonios pone ahí”, que ya es algo). Esto es perfecto para hacer un repaso rápido o un examen en toda regla al terminar una unidad, por ejemplo de sinónimos y antónimos, o el “fill in the blanks” de toda la vida.

Trabajo que te ahorras: no hay que corregirlo (y con eso ya bastaría), los resultados se quedan guardados en un Excel del que echar mano cuando lo necesites y tus alumnos y alumnas tienen un feedback inmediato donde ven qué preguntas han fallado y cuál era la respuesta correcta.

Vamos, que de lo único que te tienes que preocupar es de escribir el examen. Y, como ya lo tienes hecho, puedes usarlo una y otra vez y no tienes ni que fotocopiarlo.

Recorrido personalizado

¿Os acordáis de aquellos libros de “Elige tu propia aventura”? No se leían de forma lineal, sino que, dependiendo de tus elecciones, te llevaba por un camino u otro y terminabas con un final distinto cada vez. Google Forms permite hacer algo así uniendo cada respuesta a una sección determinada que no tiene por qué ser la siguiente del cuestionario.

Sergio Tejero, por ejemplo, lo ha usado en este recomendador de libros que ha creado para su clase, donde se ve mejor que la cutre-explicación que os acabo de dar yo. Como veis, dependiendo de la elección del lector o lectora, el formulario le lleva a una página u otra y termina con una selección de libros condicionada por sus gustos.

Se me ocurren mil usos para esta vertiente de la herramienta, y seguro que a vosotros y vosotras también. ¿No sería genial hacer algo así con todos los libros de la biblioteca del centro? El curro sería increíble y habría que modificarlo un poco cada vez que adquiriéramos nuevos libros, pero creo que podría durar años y ser de mucha utilidad.

También podría usarse para escribir un cuento en el mismo estilo de aquella antigua colección. Mostrar un párrafo corto que se quede en un “cliffhanger” y dar opciones al lector: ¿qué quieres que pase ahora? (Estoy escribiendo esto y me muero de ganas por ir a probarlo. Maldita manía mía de malgastar horas durmiendo cuando podría malgastarlas haciendo experimentos de estos). Se podría escribir un cuento con toda la clase, donde cada uno estuviera encargado de la continuación de una de las opciones, por ejemplo.

¿Y un itinerario así para poder guiar a los chicos y chicas en su elección de asignaturas en ESO o Bachiller, por ejemplo? Que no quede escrito en piedra, pero como una forma de ayudarles a hacerse una idea sobre qué les gusta o qué camino pueden seguir según sus fortalezas.

Voy a dejar de pensar en qué se puede hacer con esto, porque si no, hoy no duermo.

Coge un día y una hora

Esta opción es genial para utilizar en las reuniones de padres y madres, o en las horas de tutoría, o para organizar presentaciones orales, por ejemplo. Necesitas una extensión en Drive, eso sí (Choice Eliminator 2, buscadlo en la pestañita), pero es muy fácil de usar y no te va a costar nada cogerle el tino. Simplemente instálala, ponla en marcha y escoge la lista de la que quieres que vayan desapareciendo las opciones.

Porque de eso se trata: si alguien coge las 9:00 del lunes, 19 de febrero, esa opción desaparece y nadie más puede elegirla. Si has configurado bien el documento, esa persona recibirá en su email un recordatorio de la hora que ha escogido, y tú tendrás un documento de Excel con el registro de todas las personas que se han apuntado.

Ay, la pesadilla de notita va, notita viene, llamada de teléfono para quedar, no te pillo, me llamas y no estoy, ¡yo he venido a hablar de mi niño!, que supone ser tutora. Cuántos árboles puede ahorrar esto. ¿Por qué no he sabido yo de la existencia de esto hasta hace cuatro días?

Ahora solo hace falta encontrar tiempo para poder juguetear y crear alguna de esas fantásticas ideas que se nos ocurren cada vez que nos enseñan a usar una herramienta nueva.

Ay.

¿Usas los formularios de Google en tu clase?

¿Qué posibilidades crees que podría tener en tu asignatura?

_________________

**Normalmente, cuando hablo de tecnología, utilizo el blog solo para dar ideas sobre cómo usar esa herramienta, pero no explico cómo se usa. Creo que no he hablado nunca de nada tan raro que no tenga tutoriales a mansalva ahí fuera, pero a veces me surge la duda. ¿Lo echáis de menos? ¿Agradeceríais una explicación, por simplista que fuera, sobre cómo usar las herramientas? Y si así fuera, ¿preferís vídeo (de los que hay a patadas por gente mucho más profesional que la menda, que haría uno muy sencillito y al grano) o una guía escrita?

Os iba a poner un formulario de Google, pero fíjate, me ha dado pereza. Podéis dejar un comentario en la entrada, o poneros en contacto conmigo a través del formulario de contacto (y no, ese no está hecho con Google Forms, jejeje).