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Aprendizaje de idiomas: mitos y medias verdades

13 noviembre, 2017

El mundo del aprendizaje de idiomas está lleno de creencias y verdades absolutas que lo son solo a base de ser repetidas hasta la saciedad. Seguro que cualquiera que esté leyendo esto ahora mismo puede pensar en una larga retahíla de frases hechas sobre lo difícil que son algunos idiomas, o que a partir de cierta edad ya es imposible aprenderlos. Hemos crecido con estas creencias y nos las han repetido tanto que las tomamos por ciertas.

Lo peor de todo esto es que somos los propios docentes los que muchas veces reforzamos estos mitos. Hace unos meses, uno me dijo que un amigo neurólogo suyo le había dicho que, para hablar en euskera, el cerebro utilizaba el hemisferio derecho del cerebro, cuando el área de Broca, la parte encargada del lenguaje en general, y la de Wernicke, encargada de la interpretación sonora del lenguaje, están situadas en el izquierdo. El comentario me dejó perpleja y pregunté a tito Google si esto tenía algo de veracidad. Por supuesto, no tiene ni pies ni cabeza, pero la fama del euskera como lengua complicada, difícil e inalcanzable provoca estas creencias.

Que el euskera es único e irrepetible, sí; que los vascos y las vascas somos de otro planeta, también. Pero, de momento, utilizamos el cerebro de la misma manera que el resto de seres humanos (al menos para hablar).

Este quizás sea un ejemplo un poco exagerado, pero estoy convencida de que más de una persona cree, al menos, uno o dos de los mitos que voy a enumerar a continuación y que os puedo asegurar que no son verdad. La ciencia avanza una barbaridad, pero nuestras creencias son tan estancas que ni cuando las pruebas nos gritan a la cara nos lo creemos.

Algunos idiomas son más difíciles que otros

Una profesora de alemán de las muchas que he tenido (soy un desastre con este idioma, ¡pero no me rindo!) nos contó un chiste tonto sobre los alemanes y sus plegarias. No me hago responsable de sus efectos:

 

¿Por qué dan gracias los y las alemanas cuando se levantan por la mañana? ¿Por su economía? ¿Por su historia? ¿Por sus brillantes ojos azules?
¡No! Dan gracias por haber nacido con el alemán como lengua materna y no tener que aprenderlo.

 

El alemán, el euskera, el chino o el finés tienen fama de ser idiomas difíciles de aprender. A mucha gente incluso el inglés le parece complejo, sobre todo por la pronunciación, por más que su gramática sea mucho más sencilla que la del castellano o el francés. Todos tenemos una escala mental en la que colocamos los idiomas dependiendo de su dificultad. El portugués es fácil, el ruso difícil. El italiano es fácil, el euskera imposible.

Pues no. No es cierto.

No hay ningún idioma más difícil que otro.

Permitidme que lo repita, y en mayúsculas:

NO HAY NINGÚN IDIOMA MÁS DIFÍCIL QUE OTRO.

Lo que nosotros y nosotras apreciamos como una dificultad es el salto que hay entre un idioma y otro. El salto entre el castellano y el chino mandarín es enorme porque no tienen nada en común, ni siquiera el alfabeto. Nos parece un idioma inalcanzable porque tenemos que reaprender hasta la forma de entonar.

Pero no será mucho más difícil que el castellano cuando un niño o una niña que ha nacido en ese entorno y ha recibido input en ese idioma desde la cuna consigue hablarlo antes de cumplir los dos años, ¿no?

No debemos fijarnos en cuánto nos cuesta a nosotras aprender ese idioma, sino en cuánto les cuesta a los nativos de esa lengua aprenderlo. Si el mandarín (o el euskera, o el finés, o el dichoso alemán) fuera tan complicado como nos hacen creer, los niños y niñas chinos no conseguirían hablarlo bien hasta los veinte o treinta años; pero, al igual que los nativos de cualquier otro idioma, los y las hablantes de mandarín consiguen una gramática básica que les permite hablar con cierta fluidez para cuando cumplen dos años.

La supuesta dificultad de un idioma reside en la distancia entre las lenguas. El mandarín no es indoeuropeo, igual que no lo son el finés o el euskera (el alemán sí, y cómo ayuda saber inglés para aprenderlo), lo que dificulta mucho su aprendizaje. El italiano se nos hace sencillo porque tiene raíces latinas, igual que el catalán. El ruso nos parece imposible, pero no es más difícil que cualquier otro. Es, por así decirlo, una cuestión de perspectiva.

Si no aprendes idiomas de pequeño, de mayor es imposible

Qué harta estoy de oír esta frase y qué cansada de poner ejemplos de que no es cierta.

Aquí, con el euskera, se nos caen los casos que contradicen esta creencia de los bolsillos, tan llenos los tenemos:

Conozco infinidad de gente que no pudo estudiar euskera con la dictadura de Franco, pero ya de adultos decidieron que lo iban a aprender para hablárselo a sus hijos e hijas.

Una compañera mía lo aprendió por temas de trabajo aun siendo de Zaragoza cuando se mudó a Vitoria, ya casada y con hijas; se jubiló hace unos días y ahora está aprendiendo inglés para poder viajar, pasados ya los sesenta.

Un montón de padres y madres del colegio donde trabajo van a clase para aprender euskera y castellano casi al mismo tiempo, y es alucinante el progreso que hacen en muy poco tiempo.

Aprender un idioma cuando tienes cierta edad cuesta más, sí, pero no tanto por las aptitudes cognitivas o la escasez de conexiones neuronales (que también, claro que sí: el cerebro pierde elasticidad con la edad, igual que el resto del cuerpo), sino por la falta de tiempo o la actitud hacia ese idioma. Si yo tengo que aprender inglés a la fuerza porque si no me quedo sin trabajo, mi actitud hacia ese idioma no va a ser la que necesito para aprenderlo. Si tengo que hacer malabares con casa, familia y trabajo y solo puedo dedicarle al nuevo idioma las peores horas del día (cuando más cansada estoy, por ejemplo), mi progreso no va a ser el adecuado.

Pero los adultos aprendemos, vaya si aprendemos. De hecho, lo hacemos más rápido que los niños y niñas, aunque solo al principio. Ya tenemos una base sobre la que apoyarnos, un idioma materno que conocemos bien y con el que podemos hacer comparaciones, experiencias vitales que nos aclaran conceptos con más rapidez y conocimientos suficientes de gramática para hacer generalizaciones. Entendemos las explicaciones abstractas, somos más obedientes, prestamos más atención (bueno, en teoría, ejém). En un año, una persona adulta puede sacarse un A1 de cualquier idioma; eso es lo que se pide al terminar primaria (seis años, más dos o tres en infantil) para lengua extranjera en colegios no bilingües, para que os hagáis una idea.

Lo que tienen los niños y niñas a su favor son otros factores: no tienen vergüenza a la hora de hablarlo; su cerebro se está construyendo y es más moldeable, con más conexiones neuronales; tienen menos presión para aprenderlo (si se hacen las cosas bien y no les metemos el miedo en el cuerpo con los suspensos); y, sobre todo, tienen más tiempo.

Sí es cierto que hay aspectos de la lengua que se adquieren muy temprano, como es la adquisición fonológica, pero tampoco vamos a sonar como Stephen Fry aunque empecemos con el inglés a los tres años si nuestro modelo de adquisición suena como Botín, desengañémonos. Cada vez más estudios defienden la idea de que la calidad del aprendizaje tiene que ver con la calidad del input, y mucho también con la cantidad de horas que estemos expuestas a ese input. Si queremos hablar bien un idioma, no nos va a quedar más remedio que mudarnos.

Pero ánimo, que los idiomas se pueden aprender a un nivel muy alto aunque empieces con él a los “taitantos”.

A no ser que el que quieras aprender sea alemán, claro. El alemán es el idioma del diablo y no hay manera de aprenderse semejante lista de vocabulario y mucho menos sus géneros.

(Pero me encanta).

La gramática no sirve para nada

Ay, la gramática, esa gran incomprendida…

El problema de la gente con la gramática es que todos tenemos en mente las normas de la RAE y el libro de texto. Siempre pensamos en la gramática normativa, pero no nos acordamos de la descriptiva. Todas las lenguas tienen una base abstracta e invisible que los hablantes nativos, gracias a la maravillosa máquina que tenemos entre las orejas (no, no me refiero al audífono, sino al cerebro), conseguimos adquirir y conocer sin darnos cuenta solo con una muestra bastante pequeña de nuestro idioma.

Pensad en cuánto oímos en nuestros primeros dos años de vida y con qué rapidez generalizamos reglas. ¿De dónde sacan los niños “se ha rompido”? Nunca nos lo han oído decir. Están generalizando una regla en la que se nos ha colado una excepción, y tienen razón, debería decirse “rompido”.

Cuando alguien dice que no es bueno en gramática, suele referirse a que no es bueno haciendo los dichosos árboles gramaticales que tanto me han gustado siempre y que provocan pesadillas en más de una persona. Quizás dudemos qué frase está “mejor” dicha entre “María hizo los deberes hace una hora” o “María ha hecho los deberes hace una hora”, pero todo el mundo es capaz de identificar que “María ha hecho los deberes” es una frase correcta, mientras que “María los ha deberes hecho”, no. A eso es a lo que me refiero cuando hablo de la gramática de una lengua, no al dichoso “iros/idos” de la RAE.

La gramática es necesaria, igual que los planos de un edificio son necesarios. Lo que quizás no sea tan necesario es empezar a aprender un idioma empezando con la gramática. De nada sirve saber rellenar huecos y poner bien “have/has” o saberte de memoria la tabla de “Nor-Nori-Nork” si luego no sabes utilizarlo en un contexto. Pero estos conocimientos son indispensables para hablar bien un idioma, y es algo que los hablantes nativos llevan de serie. El resto lo tenemos que aprender de forma bastante artificial cuando atacamos un idioma nuevo.

Solo la gente que ha estudiado euskera como segundo idioma, sea adulta o no, entiende el grado de terror que provoca esta tabla. Y la alegría que da sabérsela de memoria.

Nunca hablarás como un/a nativo/a

Esto me lo dijo un profesor de fonética inglesa en la universidad. Me lo creí durante años, y estaba convencida de que mi cruz en la vida era pronunciar “window” como /güindou/ y “stop” como /estop/. Pero entonces el destino decidió mandarme fuera de mi burbuja (y cuando digo fuera, digo a tomar por saco por ahí) y acabé viviendo siete años en un país de habla inglesa.

Aunque mi acento nunca fue el de una nativa (ahora menos todavía, que es una mezcla entre inglés americano, británico y vasco peleón), mi gramática, léxico y dominio del lenguaje cotidiano (slang y demás) es, con creces, el de alguien cuyo idioma materno ha sido el inglés (californiano, se entiende). Por supuesto, vivir en el extranjero es una condición casi indispensable (incluso quitaría el “casi”), y el acento de según qué idiomas es inalcanzable a no ser que tengas un oído excepcional o muy buenos modelos.

(Por cierto: la pronunciación del inglés no es tan difícil, de verdad. Nuestro gran problema es el de siempre: los modelos, la calidad —y cantidad— del input. Ved las series en VOS, ¡por favor!).

Pero en lo que a gramática, léxico y soltura para hablar se refiere, hay que perder el miedo: se puede llegar a hablar como un nativo, claro que sí. De hecho, dependiendo del empeño que le pongas y las horas que estés dispuesta a invertir en ello, puedes incluso hablar mejor que el nativo medio.

Para ello, lo primero que tenemos que hacer es quitarle el miedo a hablar. Nadie se va a reír de ti si metes la pata (y si se ríen, que les den) y, como les digo siempre en clase a mis peques, equivocarse es la única manera de aprender porque significa que estás asumiendo riesgos y estás arriesgándote fuera de tu zona de confort. Pide ayuda a quien sepa más que tú. Haz que te corrijan. Busca cualquier excusa para hablar.

Y aún así no es fácil, claro. Necesitas horas, muchas horas, años. Y un input de muy buena calidad.

A no ser que aprendas alemán. Entonces necesitas un milagro.

¿Qué otros mitos has oído sobre el aprendizaje de lenguas?

¿Cuáles has comprobado tú en propia piel que no eran ciertos?

 


 

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