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A favor –y en contra– de la literatura juvenil

16 octubre, 2017

(Le robo Tomo prestado el título de Iban Zaldua, (Euskal) Literaturaren alde (eta kontra), que ya se sabe que las cosas buenas inspiran y hay que copia  imitarlas. Espero que no   Barkatu   Eskerrik asko, Iban.)

Últimamente estoy leyendo más literatura infantil que nunca, en parte porque quiero saber qué leen mis alumnos y alumnas y en parte porque la existencia de este género me genera (valga la “rebuznancia”) cierta inquietud. Me jacto de pertenecer a un tipo de persona, ya en extinción en estos tiempos de respuesta rápida y en caliente, que antes de criticar algo trata de informarse sobre ello y saber lo más posible del tema para no meter la pata y que me pillen con el culo al aire (y aún así me pillan, vaya si me pillan).

Solo por eso, por ejemplo, leí la horrorosa saga de Crepúsculo, para poder ponerla a parir sin tapujos y contestar con un sonoro “sí” a esa tan odiada pregunta que hacemos siempre (con razón): “¿Pero te lo has leído?”

(Y también por eso no me oiréis nunca hablar de 50 sombras de Grey. Aprendí la lección y ahora ya sé que nadie va a devolverme las horas y las neuronas que una emplea en leer ciertos libros solo para poder ponerlos verdes.)

Con los años también he conseguido que mis opiniones, que siempre han sido de un tajante que raya en lo borde, se moderen un poco en según qué cosas. Un buen ejemplo de esto es mi recelo a ciertos tipos de literatura, entre ellos la juvenil. Siempre he renegado un poco bastante de ella y he sentido cierto rechazo a la hora de coger un libro dirigido a un público adolescente. Arrugaba la nariz cuando me hablaban de autores de literatura juvenil, como si fuera un género menor, y me reía (hacia dentro, que hacia fuera me daba palo) cuando un adulto me decía que había disfrutado con un libro que yo consideraba de niñas pijas.

Al mismo tiempo, y en un alarde de contradicción que es uno de mis rasgos más distintivos, estaba enganchada hasta el tuétano a la saga de Harry Potter, y cada vez que alguien se burlaba de mí por vivir de aquella manera un mundo creado para niños y niñas, yo contestaba con la dichosa pregunta: ¿Pero te lo has leído? ¿Sabes siquiera de qué va, más allá de la magia y de la cicatriz de marras?

La respuesta, siempre, era un orgulloso “no”.  Un “no” que ocultaba un “yo no pierdo el tiempo con porquerías” que no se atrevían a decirme a la cara porque saben que puedo llegar a ser muy, muy borde y por defender a Snape podría llegar a las manos.

Tardé años en darme cuerna de que mi reacción cuando alguien me decía que se había leído Crepúsculo y le había encantado, que su autor favorito era ese de los títulos largos y cursis escritos en azul sobre fondos blancos y paisajes idílicos, o que lo importante es leer aunque sean novelas rosas (y entiéndase el término para definir el peor tipo de novelas rosas, no esas comedias románticas muy bien escritas que tocan temas serios a través del humor y situaciones rocambolescas; hablo de las de a euro el kilo, donde alguien siempre pierde los botones de la camisa en un arranque de pasión y, si coges los libros prestados, siempre se abren solos en las escenas más calenturientas), esa reacción, digo, era igual que la de la gente que se reía de Harry Potter.

Y un día me detuve a pensar. ¿Estaba siendo injusta? ¿Tenía derecho a juzgar a la gente por el tipo de libros que leía?

La respuesta a ambas preguntas fue un rotundo sí. Cada uno puede leer lo que quiera, y yo obviamente nunca le voy a decir a alguien en el autobús que qué haces, alma cándida, deja eso que te va a freír las neuronas, ¿no estarías mejor viendo vídeos de gatitos? Pero admito que juzgo a la gente por lo que lee, y me hago una idea de cómo es esa persona a través de los libros que le veo entre las manos. Igual que juzgo a las personas por sus hábitos higiénicos, por si fuma o no, por si lleva a sus hijos a un colegio privado o público, y hasta por lo que llevan en el carro en el supermercado.

(Por suerte, son juicios que me guardo y que no van a ir a ningún lado. Soy maestra, no jueza, y tengo la buena costumbre de no emitir juicios sobre menores de edad, que no tienen culpa de la gran mayoría de sus elecciones.)

Pero claro, me dije, si Harry Potter es tan maravilloso y tiene unos valores tan fantásticos, si está tan bien escrito a pesar de ser una saga infantil, ¿no podían otras obras juveniles estar igual de bien escritas? Si leer a Stephen King, contra el que durante años había tenido un millón de prejuicios, me había hecho ver que la literatura popular también puede ser de calidad, ¿no podía pasar lo mismo con la “young adult”?

Así que me lancé a buscar libros, eché mano de los ahorros (por qué son tan caros los libros, jopé) y empecé a leer lo que leen los jóvenes (y sí, sé que eso ha sonado a octogenaria que quiere hacerse la guay con sus nietos). Y llegué a una conclusión tan categórica como inútil:

La literatura juvenil puede ser tan buena y tan mala como la literatura para adultos.

Como investigadora no tengo precio, lo sé.

Ante tamaño descubrimiento, me dio por hilar un poco más fino, y en lugar de decidir si era buena idea darles a los chavales y chavalas los libros del youtuber de moda en lugar de La isla del tesoro, decidí hacer dos listas. Cual Rory Gilmore, separé en dos columnas los pros y los contras de la literatura juvenil.

Muy a diferencia de Rory Gilmore, esta lista no me llevó ni a Yale ni a Harvard, pero alguna conclusión saqué.

Argumentos a favor de la literatura juvenil

  • La literatura juvenil trata de temas que importan a los chicos y chicas. No quiero decir con esto que crea que solo deban leer sobre su mundo, pero sí es verdad que, si se sienten identificados, es probable que les guste más y así lean más a gusto. No debemos olvidar que están en una etapa de la vida en la que creen que nadie les entiende, que hay cosas que solo les pasan a ellos, que son los primeros en descubrir el amor, el dolor, la ansiedad, etc. Leer ciertos libros escritos para su edad les ayuda a ver que no es así. 

  • El lenguaje es actual, por lo que es más asequible. Ojo, eso también podría incluirse dentro de la lista de contras, porque a veces es tan natural que desaparece la división entre el lenguaje escrito, culto (por muy a su altura que esté) y el lenguaje vulgar más chabacano. No les voy a pedir que hablen como Galdós, pero tampoco quiero que suenen como los de Mujeres, Hombres y Viceversa, y “princesas del pueblo” ya abundan.

  • Muchos de los libros juveniles van más allá de ese supuesto público objetivo y la frontera entre literatura juvenil y literatura a secas se diluye. Tratan a sus lectores como adultos, como seres inteligentes capaces de llegar a conclusiones por sí mismos, sin necesidad de explicaciones superfluas. Esto queda claro cuando un adulto puede leerlo sin pensar “ah, claro, que esto está escrito para gente más joven”. Me pasa con los libros de Nando J. López, o La segunda revolución: Heredero, de Costa Alcalá, o cualquiera de John Green, que es capaz de hablar de amor sin ser ñoño y tratando muchos más temas.

  • Algunos autores y autoras tiene muy presentes una serie de valores que quieren transmitir. Hay diversidad en sus novelas; rompen los roles de género, hay personajes ambiguos, fuertes o débiles que piden ayuda; vemos la lucha entre el bien y el mal, elecciones difíciles entre lo que es bueno para uno o para el grupo… No llegan a ser didácticos (ningún adolescente permitiría que le dieran lecciones desde la página), pero cuidan las formas y el mensaje que transmiten. Y para mí esto es fundamental a esta edad.

  • Utilizan una sintaxis correcta, un lenguaje culto sin ser pedante, se estructuran como cualquier otra novela, sin trampas y con giros complicados. Tienen una dificultad mínima y piden un esfuerzo, que los lectores y lectoras hacen porque la historia les engancha y lo merece.

  • Beben de fuentes anteriores. Hacen referencia a clásicos, ya sea porque los imitan (bien) o porque utilizan elementos y los adaptan a sus fines. A veces, con suerte, algunos llegan a leer estas fuentes originales.

Todo esto ocurre con los libros buenos, sí, pero por desgracia abundan los malos. No voy a hablar de porcentajes, porque no he echado cuentas, pero un paseo por la sección juvenil de cualquier librería me produce cierta inquietud. Y sí, ya sé que tiene que haber de todo, y que hay libros malos para adultos también y no pasa nada (mentira: pasa, claro que pasa, ¿cómo creéis si no que se reproducen ciertos estereotipos?). Pero creo que en lo que a literatura infantil y juvenil respecta debemos vigilar, o al menos conocer, qué leen nuestros chicos y chicas, porque en más de una ocasión tendremos que hacer de contrapeso a los mensajes que reciben.

Argumentos en contra de la literatura juvenil

  • Las tramas son simplistas y repetitivas en muchas de las sagas y géneros. (Sí, ya sé que esto también ocurre en los libros para adultos, pero eso no me vale como excusa. Recordad: os juzgo.) Si queremos que nuestros adolescentes tengan una mente hábil y desarrollada, debemos darles libros que les reten, no que les adormezcan. Basta de sagas de vampiros, por favor. Como si con una no hubiera sido suficiente.

  • Muchas novelas dirigidas a un público más joven perpetúan roles y estereotipos de género que deberíamos estar intentando eliminar, no continuar. Solo con un vistazo a las portadas se puede ver qué libros son para chicas y cuáles para chicos. Algunos parecen estar preparando ya a sus lectoras para esos en los que saltan los botones de la camisa (de hecho, algunos son calcos sin sexo explícito). El tema del amor romántico, de la búsqueda de la pareja como único motor de la vida, está presente en muchos más libros de los que me gustaría. En los de los chicos (porque hay libros de chicos y libros de chicas, y solo eso ya debería hacernos tirarnos de los pelos), ellos son aguerridos y fuertes y viven aventuras, y en la mayoría la presencia de las chicas es casi figurativa. ¿Dónde, dónde está ese test de Bechdel, que yo lo vea?

  • Tratan a sus lectores como idiotas. Dan explicaciones innecesarias, describen situaciones que la mayoría de adolescentes no necesitan que les expliquen. Y al mismo tiempo parecen olvidarse cómo es tener quince años, o qué se siente cuando en tu casa hay problemas y tus padres están a punto de divorciarse. (Nada me echa más para atrás que los libros en los que este tema se trata desde una perspectiva adulta y terminan cambiando el punto de vista para que hablen los padres –o sea, el autor o autora– en lugar de contarlo desde el punto de vista adolescente.)

  • El lenguaje es básico y simplista, hay errores sintácticos (total, como es para once o doce años y no se van a dar cuenta…), y hay tantas repeticiones que te aburre seguir leyendo, como si temieran que se fueran a perder. ¿Alguno de estos autores que trata a los pre-adolescentes como idiotas ha escuchado alguna vez la complejidad que tienen sus juegos simbólicos? Creo que más de uno y una escribe sin tener una idea clara de cómo son los niños y niñas.

  • Está bien hablar de temas que les afectan, pero no solo y únicamente de ellos. Una de las cosas que desarrolla la (buena) literatura es la empatía, pero no puedes hacerlo si lo único que lees son historias de gente igual que tú a las que les pasan las mimas cosas que a ti. Historias con gente de otros lugares (pero bien hecho, por favor, cuidado con los estereotipos), de otras edades, con otros problemas. ¿Cómo si no vamos a conseguir sacarlos de su burbuja? Bastante nos cuesta ya.

  • En lugar de utilizar fuentes clásicas para enriquecer un texto (la mitología antigua en Harry Potter, por ejemplo), modifican los clásicos a su antojo para que los vampiros puedan salir a dar una vuelta por el centro comercial (porque qué gracia tendría dejarlos metidos en un espacio cerrado toda la saga, ¿no?). O simplifican tanto las tramas que se quedan en meros esbozos de la historia en la que se inspiran, tomando solo uno de los temas (volvemos a lo de creer que escriben para idiotas que no van a ser capaces de seguir tramas complejas).

  • Pero sobre todo, sobre todo, algunos de los valores que transmiten me parecen venenosos. No es que sean muy distintos a los que nos tragamos los adultos, pero nosotros y nosotras ya tenemos una mente (de)formada y el daño ya está hecho; se supone que tenemos que hacer un esfuerzo porque las nuevas generaciones no comentan los mismo errores y no caigan en las mismas trampas. Libros que parecen decirles que no se fíen de los adultos y escondan sus problemas ante ellos porque no les pueden ayudar (estoy pensando en ti, Por 13 razones), o les meten en la cabeza nociones de amor romántico que incluyen jugarte la vida para dar a luz al hijo del hombre que quieres, que él te mate para salvarte la vida (what?) y que encima ese momento de muerte sea lo más romántico que nadie ha hecho por ti (si no tienes ni idea de lo que te estoy hablando, QUÉ SUERTE TIENES).

Me quedé a gusto haciendo las dos listas, pero al final mi conclusión volvió a ser la de siempre: debemos saber qué leen. No para juzgarlos (o no muy duramente, porque juzgar es parte del ser humano), sino para equilibrarlo. Para colarles un “ah, pues si te ha gustado ese seguro que te gusta el de Bram Stoker”, o simplemente para hablar de lo que leen y saber qué opinan del mundo, qué les interesa, por qué un libro les ha gustado o les ha llamado la atención especialmente. La literatura (juvenil o no) puede servirnos de nexo para cruzar esa puerta que a veces nos cierran y tan difícil es abrir, y deberíamos usarla.

¿Qué libros de literatura juvenil has leído últimamente?

¿Qué opinión tienes de este género?

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